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San Doroteo de Gaza, Conferencias
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CONFERENCIAS

Diversas ense√Īanzas de nuestro santo padre Doroteo a sus disc√≠pulos

San Doroteo de Gaza

Abad√≠a del Ni√Īo Dios - Victoria, Entre R√≠os. Argentina.

Tradujo: P. Fernando Rivas, O.S.B.

Indexó: H. Juan Pablo Montiel, O.S.B.

Pascua de Resurrección 1996.

Cuando dejó el monasterio de abba Séridos y fundó, con la ayuda de Dios, su propio monasterio, después de la muerte de abba Juan el Profeta, y de la reclusión definitiva de abba Barsanufio.

ACERCA DEL RENUNCIAMIENTO

I CONFERENCIA

1. En el principio Dios creó al hombre y lo puso en el paraíso, como dice la Sagrada Escritura (Gn 2, 15). Después de haberlo dotado de todo tipo de virtud le dio el precepto de no comer del árbol que se encontraba en el medio del paraíso (Gn 2, 16-17). Y el hombre vivía en las delicias del paraíso, en la oración y en la contemplación, colmado de gloria y honor (Sal 8, 6), y poseía la integridad de sus facultades en el estado natural en que había sido creado. Dios hizo al hombre a su imagen (Gn 1, 27) es decir inmortal, libre y dotado de toda virtud. Pero al transgredir el precepto y comer del árbol del cual Dios le había prohibido, fue expulsado del paraíso.

Ca√≠do de su estado natural se encontr√≥ en el estado contrario a su naturaleza, esto es, en el pecado, en el amor de la gloria y de los placeres de esta vida, y dem√°s pasiones que lo dominaban. Se hizo esclavo de ellas por su transgresi√≥n. El mal fue en aumento progresivamente, y rein√≥ la muerte (Rm 5,14). En ning√ļn lugar se rend√≠a culto a Dios y se lo ignoraba en todas partes. Como dijeron los Padres, s√≥lo algunos hombres, inspirados por la ley natural, conocieron a Dios: Abrah√°n y los otros Patriarcas, No√© y Job. Pero eran muy pocos y raros los que conoc√≠an a Dios Entonces el Enemigo despleg√≥ toda su maldad y fue el reino del pecado (Rm 5, 21). Entonces se extendieron la idolatr√≠a, el polite√≠smo, la magias las matanzas y los otros maleficios del diablo.

2. Pero finalmente, el Dios de bondad tuvo piedad de su criatura y le dio la ley escrita, a trav√©s de Mois√©s En ella prohib√≠a ciertas cosas y ordenaba otras: Haz esto, no hagas aquello. Les dio los mandamientos y agreg√≥: El Se√Īor Dios es el √ļnico Se√Īor (Dt 6, 4), con el objeto de alejar del polite√≠smo sus almas. Y tambi√©n: Amar s al Se√Īor tu Dios con toda tu alma y con todo tu esp√≠ritu (Dt 6, 5). Con ello declara que Dios es √ļnico y que no hay ning√ļn otro, pues al decir: Amar s al Se√Īor tu Dios muestra que es el √ļnico Dios y el √ļnico Se√Īor. Dice tambi√©n en el Dec√°logo: Adorar√°s al Se√Īor tu Dios, y s√≥lo a El servir s. Te unir√°s a El y jurar√°s por su nombre (Dt 6, 13). Y finalmente: No tendr√°s otros dioses, ni ninguna imagen de lo que est√° arriba, en el cielo, ni de lo que est√° abajo, en la tierra (Dt 5, 7-8), pues adoraban a todas las creaturas.

3. El Dios de bondad dio la ley para socorrer, para convertir y para corregir el mal. Pero el mal no fue corregido. Envi√≥ a los profetas, pero ni ellos pudieron hacer algo, pues el mal sobrepasaba todo l√≠mite. Seg√ļn palabras de Isa√≠as: No hay herida, ni magulladura, ni llaga viva; no es posible aplicar ung√ľento, ni aceite, ni vendas (Is 1, 6). Dicho de otro modo, el mal no es parcial, ni localizado, sino disperso por todo el cuerpo. Abarca el alma entera y afecta a todas sus facultades. No es posible aplicar ung√ľento etc., porque todo est√° sometido al pecado, todo est√° en su poder. Jerem√≠as dice tambi√©n: Hemos cuidado a Babilonia, pero ella no se cur√≥ (Jr 51, 9), como si dijese: hemos manifestado tu nombre, proclamamos tus mandamientos, tus beneficios, tus promesas, anunciamos a Babilonia el ataque de los enemigos, pero ella no se cur√≥, es decir, no se arrepinti√≥, no tuvo miedo, no se apart√≥ de su malicia. Dice tambi√©n en otra parte: No han aceptado la ense√Īanza (Jr 2, 30), es decir, la advertencia, la instrucci√≥n. Y en el salmo: Su alma aborrec√≠a todos los manjares, y ya tocaba las puertas de la muerte (Sal 106, 18).

4. Fue entonces cuando, en su bondad y su amor por los hombres, Dios envi√≥ a su Hijo √ļnico (cf Jn 3, 16), pues s√≥lo Dios pod√≠a curar y vencer tal mal. Los profetas no lo ignoraban. David lo dec√≠a claramente: T√ļ que te sientas sobre Querubines, mu√©strate. Despierta tu poder y ven a salvarnos (Sal 79, 2-3). Se√Īor, inclina los cielos y desciende (Sal 143, 5), y tantas otras palabras semejantes. Todos los profetas, cada uno a su manera, tambi√©n levantaron su voz, ya sea para suplicarle que viniera, ya sea para decir que estaban seguros de su venida.

Vino entonces nuestro Se√Īor, haci√©ndose hombre por nuestra causa, para sanar dice san Gregorio, lo semejante por lo semejante, el alma por el alma, la carne por la carne. Porque se hizo hombre en todo, menos en el pecado. Tom√≥ nuestra misma sustancia, las primicias de nuestra naturaleza, y pas√≥ a ser un nuevo Ad n a la imagen de Aqu√©l que lo hab√≠a creado (Col 3,10), restaurando el estado natural del hombre, y dando a sus facultades su integridad primigenia. Como hombre renov√≥ al hombre ca√≠do, y lo libr√≥ de la esclavitud que lo arrastraba violentamente hacia el pecado. Porque es por una violencia tir√°nica por lo que el hombre es arrastrado por el enemigo. De donde los mismos que quer√≠an evitar el pecado eran como forzados a cometerlo. Como lo dice el Ap√≥stol en nombre nuestro: El bien que quiero no lo hago, y el mal que no quiero lo realizo (Rm 7, 19).

5. Dios, hecho hombre por nosotros ha librado al hombre de la tiran√≠a del enemigo Ha destrozado todo su poder, ha roto su fuerza y nos ha sustra√≠do a su dominio y esclavitud, siempre que nosotros no consintamos en pecar. Pues nos ha dado, como El ha dicho, la virtud de pisotear serpientes, escorpiones y todo el poder del enemigo (Lc 10, 19), al purificarnos de toda falta por el santo bautismo. El santo bautismo, en efecto, perdona y borra todos los pecados. Y adem√°s, conociendo nuestra debilidad y previendo que, aun despu√©s del bautismo cometer√≠amos todav√≠a m√°s pecados (¬Ņno est√° acaso escrito: el esp√≠ritu del hombre es arrastrado al mal desde su juventud Gn 8, 21), Dios, en su bondad, nos ha dado sus santos mandamientos que nos purifican. De este modo, si lo queremos, podemos ser purificados de nuevo por la pr√°ctica de los mandamientos y no solo de nuestros pecados, sino tambi√©n de nuestras pasiones. Pues las pasiones son diferentes de los pecados. Las pasiones son la c√≥lera, la vanagloria, el amor a los placeres, el odio, los malos deseos, y todas las inclinaciones de este tipo. Los pecados, en cambio, son los mismos actos de las pasiones, cuando se ponen en pr√°ctica y se realizan corporalmente las obras imperadas por las pasiones. Pues, ciertamente es posible tener pasiones y no ponerlas en acci√≥n.

6. Dios nos ha dado, como lo he dicho, los preceptos que nos purifican de nuestras mismas pasiones, y de las malas disposiciones de nuestro hombre interior (cf Rm 7, 22; Ef 3, 16). El nos da el discernimiento del bien y del mal. Nos hace tomar conciencia y nos muestra las causas de nuestros pecados: La Ley decía: no cometer s adulterio; pero yo digo: no tengas malos deseos (Mt 5, 2 7; cf Ex 20, 14). La Ley decía: no matar s, pero yo digo: no te irrites (Mt 5, 21; cf Ex 20, 13). Pues si tienes malos deseos, aunque no estés cometiendo adulterio, la codicia no cesar de trabajarte interiormente hasta llevarte al acto mismo de adulterio. Si te irritas y excitas contra tu hermano llegar el momento en que hablar s mal de él, luego le tender s trampas, y así, de a poco, llegar s al asesinato mismo.

La Ley dec√≠a tambi√©n: Ojo por ojo, diente por diente, etc. (Ex 21, 24). Pero el Se√Īor nos exhorta no s√≥lo a recibir con paciencia el golpe del que nos abofetea, sino incluso a presentarle humildemente la otra mejilla (cf Mt 5, 38-39). Esto se debe a que el fin de la Ley era ense√Īarnos a no hacer lo que no quer√≠amos que nos hicieran. Nos imped√≠a hacer el mal por el temor de sufrirlo. Pero lo que se nos pide ahora, lo repito, es expulsar el odio mismo, el amor al placer, el amor a la gloria y las otras pasiones.

7. En una palabra, el deseo de Cristo, nuestro Maestro, es mostrarnos de qu√© manera hemos llegado a cometer todos esos pecados, c√≥mo hemos ca√≠do en tales males. Para ello nos libr√≥ primeramente por el santo bautismo, como ya he dicho, concedi√©ndonos la remisi√≥n de nuestros pecados. Despu√©s nos ha dado el poder de hacer el bien, si lo deseamos, y de no ser nunca m√°s arrastrados por la fuerza hacia el mal, pues los pecados oprimen y arrastran a aquel que los comete, tal como dice la Escritura: Cada uno se encierra en los lazos de sus propias faltas (Pr 5, 22). Despu√©s de ello, el Se√Īor nos ense√Īa en sus santos mandamientos c√≥mo purificarnos de nuestras pasiones, a fin de que √©stas no nos hagan caer en los mismos pecados. Y, finalmente, nos muestra el motivo por el que hemos llegado al desprecio y transgresi√≥n de los preceptos de Dios; de esta manera, nos da el remedio para que podamos obedecer y ser salvados. ¬ŅCu√°l es ese remedio y cu√°l es el motivo de ese desprecio? Escuchen lo que dice nuestro Se√Īor: Aprended de mi que soy manso y humilde de coraz√≥n y encontrar√©is reposo para vuestras almas (Mt 11, 29). Brevemente, con una sola palabra nos muestra la ra√≠z y la causa de todos los males junto con su remedio, fuente de todos los bienes; nos manifiesta que es nuestra propia exaltaci√≥n la que nos ha hecho caer, y que es imposible obtener misericordia si no es por la disposici√≥n contraria, que es la humildad. La exaltaci√≥n de hecho engendra el desprecio y la funesta desobediencia, mientras que la humildad engendra la obediencia y la salvaci√≥n de las almas. Por ello entiendo una humildad verdadera, no un simple rebajarse con palabras o actitudes, sino una disposici√≥n verdaderamente humilde, en lo √≠ntimo del coraz√≥n y del esp√≠ritu. Es por eso que el Se√Īor dice: soy manso y humilde de coraz√≥n.

8. ¬°Qu√© aquel que quiera encontrar el verdadero reposo para su alma aprenda entonces la humildad! Podr√° comprobar que en ella se encuentran la alegr√≠a, la gloria y el reposo, as√≠ como en el orgullo se encuentra todo lo contrario. En efecto ¬Ņc√≥mo hemos llegado a todas estas tribulaciones? ¬ŅPor qu√© hemos ca√≠do en todas estas miserias? ¬ŅNo es acaso a causa de nuestro orgullo, de nuestra locura? ¬ŅNo es por haber seguido nuestros torcidos prop√≥sitos, y por habernos aferrado a la amargura de nuestra voluntad? Y ¬Ņpor qu√© todo eso? ¬ŅAcaso el hombre no fue creado en la plenitud del bienestar, del gozo, de la paz y de la gloria? ¬ŅNo estaba en el para√≠so? Se le dijo: No hagas eso, y lo hizo. ¬ŅVen el orgullo? ¬ŅVen la arrogancia? ¬ŅVen la insumisi√≥n?.

Al ver Dios tal desobediencia dice: "El hombre est√° loco, no sabe ser feliz; si no pasa por d√≠as malos se perder completamente. Si no aprende lo que es la aflicci√≥n no sabr√° lo que es el reposo. Entonces Dios le dio lo que merec√≠a, ech√°ndolo del para√≠so. Fue librado a su ego√≠smo y a su voluntad propia a fin de que, al quebrarse los huesos, aprendiese a no seguir m√°s sus propios criterios, sino el precepto de Dios. De esta manera, la miseria de la desobediencia le ense√Īar√≠a el reposo de la obediencia, seg√ļn la palabra del profeta: Tu rebeld√≠a te instruir (Jr 2, 19).

Pero Dios, por su bondad, no abandon√≥ a la creatura y, como lo he repetido tantas veces, se volvi√≥ hacia ella y lo llam√≥ nuevamente: Venid a mi todos los que est√°is fatigados y agobiados y yo os aliviar√© (Mt 11, 28). Es decir: "Est√°is fatigados, no sois felices. Hab√©is experimentado el da√Īo que produjo vuestra desobediencia. Ahora convert√≠os; reconoced vuestra impotencia y vuestra confusi√≥n para alcanzar la paz y la gloria. Entonces vivid por la humildad ya que hab√©is muerto por el orgullo". Aprended de m√≠ que soy manso y humilde de coraz√≥n, y as√≠ encontrar√©is el descanso para vuestras almas (Mt 11, 29).

9. ¬°Oh, hermanos m√≠os, qu√© no ha hecho el orgullo! y ¬°qu√© poder posee la humildad! ¬ŅHab√≠a necesidad de tantas idas y venidas? Si desde el principio el hombre hubiese sido humilde y obedecido a los mandamientos, no hubiese ca√≠do. Y despu√©s de su falta Dios le volvi√≥ a dar una ocasi√≥n para arrepentirse y as√≠ alcanzar misericordia. Pero el hombre mantuvo la cabeza erguida. En efecto, Dios se acerc√≥ para decirle: ¬ŅD√≥nde est s, Ad n? (Gn 3, 9) es decir: "¬Ņde qu√© gloria has ca√≠do? ¬Ņen qu√© miseria?". Y despu√©s le pregunt√≥: "¬ŅPor qu√© has pecado? ¬ŅPor qu√© has desobedecido?", y buscando con ello que el hombre le dijera: "¬°Perd√≥name!" Pero, d√≥nde est√° ese "perd√≥name"? No hubo ni humillaci√≥n ni arrepentimientos sino todo lo contrario. El hombre le respondi√≥: La mujer que T√ļ me has dado me enga√Ī√≥ (Gn 3, 12). No dijo: "mi mujer", sino: "La mujer que T√ļ me has dado", como si dijera: "la carga que T√ļ me has puesto sobre mi cabeza". As√≠ es, hermanos, cuando el hombre no acostumbra a echarse la culpa a s√≠ mismo, no teme ni siquiera acusar al mismo Dios. Entonces Dios se dirigi√≥ a la mujer y le dijo ¬ŅPor qu√© no has guardado lo que te hab√≠a mandado?, como queriendo decirle: "Al menos t√ļ di ¬°perd√≥name!, y as√≠ tu alma se humille y alcance misericordia". Pero tampoco recibi√≥ el "perd√≥name". La mujer por su parte le respondi√≥: La serpiente me ha enga√Īado (Gn 3, 13), como queriendo decir: Si √©l ha pecado ¬Ņpor qu√© voy a ser yo la culpable?". ¬°Qu√© hacen, desdichados! ¬°Al menos pidan disculpa! Reconozcan su pecado. ¬°Tengan compasi√≥n de su desnudez! Pero ninguno de los dos se quiso acusar, y ni uno ni otro mostr√≥ el menor signo de humildad.

10. Ahora pueden ver claramente a qu√© situaci√≥n hemos llegado y cu√°ntos males nos ha causado la costumbre de autojustificarnos, la confianza en nosotros mismos y el apego a la voluntad propia. Todos estos son distintos brotes del orgullo, el enemigo de Dios. En cambio la humildad engendra la acusaci√≥n de si mismo, la desconfianza en el propio juicio, y el desprecio de la voluntad propia, los cuales nos permiten volver al estado natural de nuestra alma, a trav√©s de la purificaci√≥n que producen los santos mandamientos de Cristo. Ello se debe a que sin humildad es imposible obedecer a los mandamientos y alcanzar alg√ļn bien, como dice abba Marcos: "Sin contrici√≥n en el coraz√≥n es imposible apartarse del mal y m√°s dif√≠cil todav√≠a adquirir alguna virtud" . Es por la contrici√≥n del coraz√≥n como acogemos los mandamientos, nos apartamos del mal, adquirimos las virtudes y llegamos al reposo del alma.

1 11. Esto es cosa sabida de los santos. Por una vida entera de humildad buscaron unirse a Dios. Hubo amigos de Dios que despu√©s del santo bautismo no s√≥lo renunciaron a los actos a los que los impulsaban las pasiones, sino que tambi√©n quisieron vencer a las pasiones mismas, llegando a la impasibilidad: as√≠ San Antonio, Pacomio y otros Padres inspirados por Dios. Teniendo como meta purificarse de toda mancha de la carne y del esp√≠ritu, como dice el Ap√≥stol (2Co 7, 1), y sabiendo como ya lo hemos dicho, que por el cumplimiento de los mandamientos se llega a la purificaci√≥n del alma, y que el esp√≠ritu purificado recobra, por decirlo as√≠, la vista, y vuelve a su estado natural (¬Ņacaso no est√° escrito: Los mandamientos del Se√Īor son puros e iluminan los ojos? Sal 18, 9), los Padres comprendieron que eso no podr√≠an alcanzarlo con facilidad qued√°ndose en el mundo. Por ello concibieron para ellos una vida apartada, una conducta especial, es decir la vida mon√°stica, y as√≠ empezaron a abandonar el mundo para habitar en los desiertos, viviendo en medio de ayunos, incomodidades, vigilias y otras mortificaciones, en una total renuncia a su patria, a sus familiares, a las riquezas y a los dem√°s bienes.

En una palabra, crucificaron el mundo en si mismos. Pero no s√≥lo guardaron lo mandado, sino que ofrecieron regalos espont√°neos de la siguiente manera: los mandamientos de Cristo fueron dados para todos los cristianos, y todo cristiano est√° obligado a cumplirlos. Son, por as√≠ decir, como los impuestos del rey. El que no pague los impuestos al rey, ¬Ņpodr√° escapar a su castigo? Pero en el mundo hay grandes e ilustres personajes que, no contentos con s√≥lo pagar los impuestos al rey, le hacen regalos, y por ello merecen grandes honores, favores y dignidades.

12. Y es por esta raz√≥n por la que los Padres, no contentos con guardar los mandamientos, ofrecieron tambi√©n regalos a Dios; esos regalos son la virginidad y la pobreza. En realidad no son mandamientos sino regalos. En ninguna parte est√° escrito: "No tomar s mujer ni tendr√°s hijos". Cristo no dio un mandamiento cuando dijo: Vende todo lo que posees. Pero s√≠ cuando el doctor de la Ley le pregunt√≥: Maestro, ¬Ņqu√© debo hacer para ganar la vida eterna?, El le respondi√≥: Conoces los mandamientos: no matar s, no cometer s adulterio, no robar s, no dar s falso testimonio contra tu pr√≥jimo, etc. Pero al decirle que todo eso ya lo hab√≠a guardado desde su juventud, Cristo le dijo: Si quieres ser perfecto, vende todo lo que posees, d selo a los pobres, etc. (Mt 19, 16-21). F√≠jense que no dijo: Vende todo lo que posees como una orden, sino como un consejo. Porque decir: Si quieres, no es obligar sino aconsejar.

13. Decimos entonces que los Padres ofrecen a Dios como regalo, adem√°s de otras virtudes, la virginidad y la pobreza y, como dijimos m√°s arriba, crucificaron el mundo para s√≠ mismos y lucharon por crucificarse ellos tambi√©n para el mundo, seg√ļn lo dicho por el Ap√≥stol: El mundo est√° crucificado para mi y yo lo estoy para el mundo (Ga 6, 14). ¬ŅCu√°l es la diferencia? El mundo est√° crucificado para el hombre cuando √©ste renuncia al mundo para vivir en la soledad, y abandona parientes, riquezas bienes, ocupaciones y trabajos. Entonces el mundo est√° crucificado para √©l porque √©l lo ha abandonado. Y eso es lo que dice el Ap√≥stol: El mundo esta crucificado para m√≠. Pero despu√©s agrega : Y yo para el mundo. ¬ŅC√≥mo se crucifica el hombre para el mundo? Cuando despu√©s de abandonar las cosas exteriores, lucha contra los placeres y la codicia de las cosas, como as√≠ tambi√©n contra su propia voluntad, mortificando sus pasiones. Entonces est√° crucificado para el mundo, y puede decir con el Ap√≥stol: El mundo est√° crucificado para m√≠ y yo lo estoy para el mundo.

14. Los Padres, tal como decimos, despu√©s de haber crucificado el mundo para s√≠ mismos, se esforzaron por sus combates en crucificares ellos mismos para el mundo. Nosotros, en cambio, decimos haber crucificado el mundo para nosotros mismos por el hecho de venir al monasterio, pero nos oponemos a crucificarnos a nosotros mismos para el mundo. Todav√≠a gozamos con los placeres, tenemos sus apegos, nos atrae su gloria, el gusto de los alimentos y de los vestidos. Si vemos una herramienta que nos gusta, enseguida nos apegamos a ella. Dejamos que este objeto de poco valor tenga para nosotros un valor grandioso, tal como dice abba Z√≥simo. S√≥lo en apariencia al venir al monasterio hemos dejado el mundo y abandonado lo que a √©l le pertenece porque por cualquier insignificancia enseguida retomamos apegos. Es una gran locura el hecho de haber renunciado a cosas considerables para satisfacer luego nuestros apetitos con cosas que no tienen ning√ļn valor. Cada uno de nosotros ha dejado lo que pose√≠a en el mundo, grandes bienes, si es que los ten√≠amos, o bien lo poco que nos pertenec√≠a, cada uno seg√ļn sus medios. Hemos entrado al monasterio y, como ya dije, all√≠ buscamos satisfacer nuestros deseos con cosas miserables e insignificantes. No debemos obrar as√≠. ¬°Hemos renunciado al mundo y a las cosas del mundo!; de la misma manera debemos renunciar al apego de las cosas sensibles. Para eso es necesario saber lo que es la renuncia, el por qu√© hemos venido al monasterio y tambi√©n qu√© significa el h√°bito que vestimos, a fin de comportarnos conforme a √©l y de luchar siguiendo el ejemplo de nuestros Padres.

15. El h√°bito que llevamos se compone de una t√ļnica sin mangas, de un cintur√≥n de cuero, de un escapulario y de una capucha. Todos ellos son s√≠mbolos, y debemos saber lo que significan.

¬ŅPor qu√© llevamos una t√ļnica sin mangas? ¬ŅPor qu√© no tiene mangas, cuando todas las dem√°s las tienen? Las mangas simbolizan las manos, y las manos significan la vida asc√©tica. Por eso cuando nos viene el pensamiento de realizar con las manos alguna obra del hombre viejo, por ejemplo robar, golpear o cualquier otro pecado que se ejecuta con las manos, debemos estar atentos a que llevamos un h√°bito que no tiene mangas, es decir, que no tenemos manos para realizar las obras del hombre viejo.

Adem√°s nuestra t√ļnica tiene una marca p√ļrpura. ¬ŅQu√© significa esa marca? Todos los soldados que Est√°n al servicio del rey llevan p√ļrpura sobre su manto. Ello se debe a que el rey lleva p√ļrpuras y por eso todos los soldados ponen p√ļrpura sobre su manto, es decir, la insignia real, para mostrar que pertenecen al rey y combaten para √©l. Nosotros tambi√©n tenemos la marca de p√ļrpura sobre nuestra t√ļnica, para se√Īalar que somos soldados de Cristo y que debemos soportar todos los sufrimientos que √©l ha padecido por nosotros. Durante la pasi√≥n nuestro Maestro llev√≥ un manto de p√ļrpura: primero como Rey, porque es Rey de reyes y Se√Īor de se√Īores (Ap 19, 16); despu√©s porque fue burlado por los imp√≠os. De esta manera al llevar p√ļrpura profesamos, tal como lo he dicho, soportar todos los sufrimientos; y as√≠ como un soldado no abandona su estado para hacerse agricultor o comerciante (lo que significar√≠a despreciar su profesi√≥n, pues seg√ļn el Ap√≥stol ning√ļn soldado que quiere satisfacer al que lo ha enrolado se deja llevar por las cosas de los civiles (2Tm 2, 4), de la misma manera nosotros debemos luchar para no tener ninguna preocupaci√≥n por las cosas del mundo y dedicarnos totalmente a Dios, con asiduidad y sin distracci√≥n, tal como est√° dicho de quien es virgen (cf: 1 Co 7, 34-35).

16. Tambi√©n tenemos un cintur√≥n. ¬ŅPor qu√© llevamos un cintur√≥n?. El cintur√≥n que vestimos significa que estamos prontos para trabajar. El que quiere trabajar comienza por ajustarse el cinto, y despu√©s se pone manos a la obra, seg√ļn lo dicho: Que vuestra cintura est√© ce√Īida (Lc 12, 35). Por otra parte, al estar hecho con cuero muerto, nos da a entender que debemos mortificar nuestro amor a los placeres. Esto se debe a que el cinto se coloca sobre las caderas y es all√≠ donde Est√°n los ri√Īones( , en los cuales seg√ļn se dice, se encuentra localizada la fuerza concupiscible del alma. Eso es lo que dice el Ap√≥stol: Mortificad vuestros miembros terrenos, la fornicaci√≥n, la impureza, etc. (Col 3,5).

17. Tambi√©n tenemos un escapulario. Se coloca sobre los hombros en forma de cruz. Ello significa que cargamos sobre nuestras espaldas el signo de la cruz, seg√ļn lo dicho: Toma tu cruz y s√≠gueme (Mt 16,24). Y ¬ŅQu√© es esa cruz sino la muerte perfecta que logra en nosotros nuestra fe en Cristo? Porque, como dice el libro de los Ancianos: "La fe supera todos los obst√°culos, y nos hace f√°cil la ascesis", la cual nos lleva a esa muerte perfecta que consiste en morir a todo lo que es de este mundo, es decir, despu√©s de haber abandonado a nuestros parientes, debemos luchar contra el afecto que nos une a ellos; despu√©s de haber abandonado las riquezas, todos los bienes y todas las cosas, debemos abandonar tambi√©n la atracci√≥n que siguen ejerciendo sobre nosotros. Ese es el perfecto renunciamiento.

18. Tambi√©n llevamos una capucha. Es un s√≠mbolo de la humildad. Son los ni√Īos, que son inocentes, los que llevan capucha, no los adultos. Por eso al llevarla queremos ser como los ni√Īos en cuanto a la malicia, seg√ļn lo que dice el Ap√≥stol: No se√°is ni√Īos en cuanto a la inteligencia, sino en cuanto a la malicia (1Co 14, 20). ¬ŅQu√© significa ser ni√Īo en cuanto a la malicia? Los ni√Īos al no tener malicia no se encolerizan cuando son injuriados, ni sufren de vanidad cuando los felicitan. No se enojan cuando tomamos sus cosas, porque son ni√Īos para la maldad. No retienen ninguna pasi√≥n, ni exigen que se los honre.

Pero la capucha tambi√©n es un s√≠mbolo de la gracia de Dios. Al igual que la capucha protege y mantiene el calor en la cabeza del ni√Īo, de la misma manera la gracia divina protege nuestra alma, como dice el libro de los Ancianos: "La capucha es s√≠mbolo de la gracia de Dios nuestro Salvador, que protege la parte m√°s sublime del alma y cubre de cuidados nuestra infancia en Cristo contra todos los que intentan golpearla o da√Īarla".

19. Al tener sobre la cadera el cintur√≥n que significa la mortificaci√≥n de los apetitos irracionales, teniendo sobre los hombros un escapulario que es la cruz, y sobre la cabeza una capucha, s√≠mbolo de la inocencia y de la infancia en Cristo, "vivamos conforme a nuestro h√°bito, tal como lo dicen los Padres, para no llevar una vestidura que nos sea extra√Īa". Si hemos abandonado las grandes cosas, hagamos lo mismo con las peque√Īas. Si hemos abandonado el mundo, dejemos tambi√©n sus afectos porque, tal como hemos dicho antes, sin que nos demos cuenta nos atan al mundo a trav√©s de cosas √≠nfimas y miserables, que no merecen ning√ļn inter√©s de nuestra parte.

20. Si queremos ser completamente libres, comencemos a negar nuestra voluntad propia, y de esta manera, poco a poco, llegaremos con la ayuda de Dios a despojarnos verdaderamente. Nada hay tan provechoso para el hombre como el negar su voluntad propia. Por este camino progresamos más allá de toda virtud. El que anda por esta vía de la negación de la voluntad propia se asemeja al viajante que encuentra un atajo por el cual se ahorra gran parte del camino. Ello se debe a que negando nuestra voluntad alcanzamos el desapego de las cosas, y por este desapego, con el auxilio de Dios, llegaremos a la impasibilidad.

Por este medio es posible llegar en un breve espacio de tiempo a negar diez inclinaciones de nuestra voluntad. Y este es el modo: un hermano se encuentra dando vuelta y ve alguna cosa. Su pensamiento le dice: "m√≠rala", pero √©l responde: "no, no mirar√©". Niega su voluntad y no mira. Despu√©s se encuentra con unos hermanos que Est√°n hablando y su pensamiento le sugiere: "t√ļ tambi√©n puedes decir algo". Pero niega su voluntad y no habla. Pero le viene otro pensamiento que le dice: "Ve a ver al cocinero y preg√ļntale qu√© est√° preparando". Pero no va sino que niega su voluntad. Luego, por azar, ve un objeto y le interesa saber qui√©n lo ha tra√≠do. Niega su voluntad y no pregunta. De esta manera, por las sucesivas negaciones de su voluntad va adquiriendo un h√°bito, y de las peque√Īas cosas pasa a negarse en las grandes con gran tranquilidad. De esta manera llega a no tener m√°s voluntad propia. Cualquier cosa le agrada, como si viniese de su propia voluntad. Y de esta manera, no queriendo en nada hacer su voluntad, encuentra que la hace en todas las cosas. Todo lo que le sucede y que no depende de √©l le resulta provechoso. De este modo se encuentra sin ning√ļn apego y por ese despojamiento, como ya he dicho, llega a la impasibilidad.

21. Tengan en cuenta qué progresos se pueden realizar por medio de la negación de la voluntad propia. Fíjense, si no, en el bienaventurado Dositeo. Provenía de una vida relajada y sensual, y no había oído hablar ni una palabra acerca de Dios. Sin embargo, todos ustedes conocen las cumbres a que lo llevó en poco tiempo la fiel práctica de la obediencia y la negación de la voluntad propia. También todos ustedes saben como Dios lo ha glorificado y no ha permitido que tal virtud cayese en el olvido. Dios se lo ha revelado a un anciano que vio a Dositeo en medio de todos los santos gozando de su felicidad.

22. Les voy a contar tambi√©n otro suceso, del cual fui testigo, para que vean c√≥mo la obediencia y el rechazo de la voluntad propia pueden librar a un hombre de la misma muerte. Estando yo en el monasterio de abba S√©ridos, vino un disc√≠pulo de un gran anciano de la regi√≥n de Ascal√≥n para cumplir un encargo de su abba. Este le hab√≠a dado la orden de que esa misma tarde volviera a su celda. Pero sucedi√≥ que se desat√≥ una gran tormenta, con lluvias torrenciales y grandes truenos. Un r√≠o vecino estaba en plena crecida. A pesar de todo el hermano quiso partir, por la orden que hab√≠a recibido de su Anciano. Nosotros le insistimos en que se quedara, porque consideramos imposible que pudiera cruzar el r√≠o y salir sano y salvo, pero √©l no se dejaba convencer. Entonces nos dijimos: "Acompa√Ī√©mosle hasta el r√≠o. Cuando lo vea, √©l mismo se convencer ". Salimos entonces con √©l. Al llegar al r√≠o el hermano se alz√≥ sus vestidos, los at√≥ sobre su cabeza, se ci√Ī√≥ un manto y se ech√≥ al r√≠o en medio de una terrible correntada. Nosotros permanecimos mudos de estupor, temiendo por su vida pero √©l continuaba nadando y enseguida lleg√≥ a la otra orilla. Tom√≥ nuevamente sus vestidos, nos hizo de lejos una reverencia, se despidi√≥ y sali√≥ corriendo. Nosotros quedamos estupefactos y llenos de admiraci√≥n al ver el poder de la virtud. Mientras nosotros tem√≠amos y no ve√≠amos ninguna posibilidad, √©l atraves√≥ el r√≠o sin ning√ļn peligro gracias a su obediencia.

23. Algo similar le sucedi√≥ a un hermano cuyo abba lo hab√≠a enviado a la ciudad por unos encargos que deb√≠a realizar con su proveedor. Al verse incitado al mal por la hija de √©ste, s√≥lo dijo: "Oh Dios, por las oraciones de mi padre ¬°l√≠brame!". Inmediatamente se encontr√≥ en la ruta que llevaba a Escete, volviendo a lo de su padre. Ese es el poder de la virtud, ese es el poder de una palabra. ¬°Qu√© seguridad otorga recurrir a las oraciones de su padre espiritual! Porque el hermano dijo: "¬°Oh Dios, l√≠brame por las oraciones de mi padre!" y enseguida se encontr√≥ en el camino de regreso. Consideren la humildad y la prudencia de los dos. Estaban en un apuro y el anciano quiso enviarlo al que le hac√≠a sus comisiones. No le dijo: "Ve", sino: "¬ŅQuieres ir?". De la misma manera el hermano no le respondi√≥: "Voy", sino: "Har√© lo que t√ļ quieras". Rechazaba dos cosas: las ocasiones de una ca√≠da y la desobediencia a su padre. M√°s tarde, al hacerse m√°s apremiante la necesidad, el anciano le dijo: "Ve, ponte en camino", y no le dijo: "Conf√≠o en que mi Dios te proteger ", sino: "Conf√≠o en que ser s protegido por las oraciones de mi padre". Igualmente en el momento de la tentaci√≥n el hermano no dijo: "Dios m√≠o ¬°s√°lvame!, sino: "Oh Dios, por las oraciones de mi padre ¬°s√°lvame!". Cada uno puso su esperanza en las oraciones de su padre.

F√≠jense c√≥mo se unieron la humildad con la obediencia. Del mismo modo que en el tiro de un carro ninguno de los dos caballos puede adelantarse al otro, pues se romper√≠a el carro, as√≠ la humildad debe ir a la par de la obediencia. Y ¬Ņc√≥mo se puede obtener esa gracia sino, tal como he dicho, haci√©ndose violencia, negando su voluntad propia y abandon√°ndose a Dios trav√©s de su padre sin dudar jam√°s, haciendo como esos dos hermanos, con la total seguridad de estar obedeciendo a Dios? Seremos as√≠ dignos de obtener misericordia y ser salvados.

24. Se cuenta que un d√≠a San Basilio, visitando sus monasterios, pregunt√≥ a uno de los superiores: "¬ŅTienes alg√ļn hermano que este en el camino de la salvaci√≥n?" A lo que respondi√≥ el abba: "Se√Īor gracias a tus oraciones todos esperamos ser salvados". Pero el santo volvi√≥ a preguntar: "¬ŅTienes a alguno que est√© en el camino de la salvaci√≥n?" Entonces el abba comprendi√≥, porque √©l tambi√©n era un hombre espiritual, y le respondi√≥: "S√≠". "Tr√°emelo", le dijo el santo. El hermano lleg√≥ y el santo le dijo: "Dame algo para lavarme". El hermano sali√≥ y le trajo lo necesario. Despu√©s de lavarse, San Basilio tom√≥ la jarra y le dijo al hermano: "L√°vate tambi√©n t√ļ". Sin discutir el hermano se lav√≥ con el agua que le verti√≥ el santo. Despu√©s de esta prueba San Basilio le dijo tambi√©n: "Cuando entre en la iglesia hazme acordar de que te imponga las manos". Y el hermano obedeci√≥ sin discutir. Cuando vio a San Basilio en la iglesia se lo hizo recordar. El obispo le impuso las manos y se lo llev√≥ con √©l. ¬ŅQu√© otro hubiese merecido m√°s que este hermano el poder vivir junto a este santo hombre de Dios?

25. En cambio, ustedes, hermanos, no han hecho la experiencia de esa obediencia que no juzga, y entonces no conocen el descanso que se encuentra en ella. Un d√≠a interrogu√© al abba Juan, disc√≠pulo de Barsanufio: "Maestro, la Escritura dice que es por las muchas tribulaciones por lo que entraremos en el reino de los cielos (Hch 14, 22). Pero yo noto que no tengo la menor tribulaci√≥n. ¬ŅQu√© debo hace entonces para no perder mi alma? . Dec√≠a esto porque yo no tenia ninguna tribulaci√≥n ni preocupaci√≥n. Si me ven√≠a alg√ļn pensamiento, tomaba mi tabla y le escrib√≠a al Anciano (porque antes de entrar a servirlo lo interrogaba por escrito), y antes de terminar de escribir ya experimentaba el consuelo y el provecho. Y de ah√≠ proven√≠an mi despreocupaci√≥n y mi paz. Sin embargo, por desconocer el poder de la virtud y al haber o√≠do que es por muchas tribulaciones por lo que se debe entrar en el reino de los cielos, me inquietaba el no ser probado. Pero cuando le comuniqu√© mi temor al Anciano, √©ste me dijo: "No te atormentes, t√ļ no tienes problema. Todos los que se entregan a la obediencia de los Padres experimentan esa falta de problemas y ese descanso".

LA HUMILDAD

II CONFERENCIA

26. Dice un anciano: "Ante todo necesitamos humildad; y por cada cosa que nos dicen debemos estar dispuestos a decir: Perd√≥n. Porque es por la humildad por lo que es aniquilado todo enga√Īo de nuestro enemigo y adversario". Busquemos el sentido de este dicho del anciano. ¬ŅPor qu√© nos dice: "Ante todo necesitamos humildad", y no m√°s bien: "Ante todo necesitamos la temperancia"? En efecto el Ap√≥stol nos dice: El atleta se priva de todo (1 Co 9, 25). ¬ŅO por qu√© no dijo m√°s bien: "Ante todo necesitamos el temor de Dios". ya que la Escritura nos dice: El principio de la sabidur√≠a es el temor del Se√Īor (Pr 15, 27)? ¬ŅO por qu√© no dijo tampoco: "Ante todo necesitamos la limosna, o la fe" como en efecto est√° escrito: Por las limosnas y la fe los pecados son purificados (ib√≠d), o como nos dice el Ap√≥stol: Sin la fe es imposible agradar a Dios? (Hb 11, 6). Por lo tanto, si es imposible agradar a Dios sin la fe, si por las limosnas y la fe son purificados los pecados, si el hombre se aparta del mal por el temor del Se√Īor, si el principio de la sabidur√≠a es el temor del Se√Īor, y finalmente si el atleta se priva de todo, ¬Ņpor qu√© dijo el anciano: "Ante todo necesitamos humildad", dejando de lado todo aquello que es tan necesario? Porque lo que nos quiere ense√Īar es que, ni el temor de Dios, ni la limosna, ni la fe, ni la temperancia, ni ninguna otra virtud, puede existir sin la humildad. Y por ese motivo dice: "Ante todo necesitamos humildad: y por cada cosa que nos dicen debemos estar dispuestos a decir: Perd√≥n. Porque es por la humildad por lo que es aniquilado todo enga√Īo de nuestro enemigo y adversario".

27. F√≠jense bien hermanos, cu√°n grande es el poder de la humildad, qu√© eficaz es el decir: ¬°Perd√≥n! Pero, ¬Ņpor qu√© llamamos al diablo no s√≥lo enemigo sino adversario?. Se lo llama enemigo a causa de su odio insidioso al hombre y al bien: adversario porque se esfuerza en entorpecer toda obra buena. ¬ŅAlguien quiere rezar? Pues √©l se opone y le pone trabas con los malos pensamientos, con alguna distracci√≥n obsesiva, con la acedia ¬ŅAlguien quiere hacer limosna? Lo frena con la avaricia y el retraso. ¬ŅQuiere otro velar? Se lo impide con la pereza y la negligencia. En s√≠ntesis, se opone a toda obra buena que emprendamos. Y es por eso por lo que no s√≥lo se lo llama enemigo sino tambi√©n adversario. De all√≠ que digamos que "por la humildad es aniquilado todo enga√Īo de nuestro enemigo y adversario".

28. Realmente es grande la humildad. Todos los santos han marchado por este camino de la humildad. y acortaron por sus trabajos su trayecto, seg√ļn est√° dicho: Mira mi humildad y mis trabajos y perdona todos mis pecados (Sal 24, 18). Incluso por s√≠ sola, como dice abba Juan, la humildad puede conducirnos, aunque m√°s lentamente. Humill√©monos tambi√©n nosotros un poco y seremos salvados. Aunque no podamos, por nuestra debilidad, realizar esfuerzos penosos, tratemos de humillarnos. Tengo confianza en que por la misericordia de Dios, lo poco que hayamos hecho con humildad, nos valdr√° para estar entre los santos que han sufrido muchas penas en el servicio de Dios. S√≠, verdaderamente somos d√©biles e incapaces de realizar tales esfuerzos, pero ¬Ņno podemos acaso humillarnos?.

29. Hermanos: ¬°Feliz aquel que posee la humildad! La humildad es grande. Y aquel santo que dijo "La humildad ni se irrita ni irrita a nadie" describi√≥ muy bien al que posee una verdadera humildad. La ira no va con ella, porque la humildad se opone a la vanagloria y preserva al hombre de ella. Nos irritamos a causa de las riquezas y de los alimentos ¬ŅC√≥mo podemos entonces decir que "la humildad no se irrita, ni irrita a nadie? Es que, como hemos dicho, la humildad es grande.

Es tan poderosa que atrae la gracia de Dios al alma y estando presente la gracia de Dios protege al alma contra esas dos pasiones graves. En efecto, ¬Ņqu√© hay m√°s grave que irritarse e irritar al pr√≥jimo? Ya lo dec√≠a Evagrio: "Es algo totalmente ajeno al monje el irritarse". Ya que el que se irrita si no es enseguida protegido por la humildad, cae poco a poco en un estado demon√≠aco, perturbando a los dem√°s y perturb√°ndose a s√≠ mismo. Por eso el anciano dice: "La humildad ni se irrita, ni irrita a nadie".

30. Pero, ¬Ņqu√© digo? ¬ŅSolamente contra esas dos pasiones nos protege la humildad? Es m√°s bien contra toda pasi√≥n y toda tentaci√≥n contra lo que ella protege nuestra alma.

Cuando a San Antonio le fue dado contemplar todos los lazos tendidos por el diablo, pregunt√≥ a Dios gimiendo: "Qui√©n podr√° librarse de ellos? Y ¬Ņqu√© le respondi√≥ Dios? "La humildad los vencer " . Y ¬Ņqu√© otra cosa admirable agreg√≥ Dios? "Y nada podr√° contra ella" ¬ŅVen, hermanos, su poder? ¬ŅVen la gracia de una virtud'? Verdaderamente no hay nada m√°s poderoso que le humildad, nada la puede vencer. Si algo enojoso le sucede al humilde, enseguida se lo achaca a s√≠ mismo, juzga que se lo ha merecido, no soporta reprochar a otro por ello, ni busca culparlo. Sencillamente lo soporta sin perturbarse, sin abatirse y en total calma. Por eso "la humildad ni se irrita, ni irrita a nadie". Hizo bien el santo en decirnos: "Ante todo tenemos necesidad de humildad".

3l. Hay dos clases de humildad. as√≠ como hay dos clases de orgullo: la primera clase de orgullo consiste en despreciar a su hermano, en no tenerlo en cuenta, como si no fuese nada, y en creerse superior a √©l. Si no procedemos de inmediato a vigilarnos estrictamente, caeremos poco a poco en la segunda especie que consiste en exaltarse ante Dios mismo y atribuirse sus buenas obras a s√≠ mismo y no a Dios. En verdad, hermanos, yo conoc√≠ a uno que hab√≠a ca√≠do en ese miserable estado. Al principio, cuando un hermano le dec√≠a algo, el lo despreciaba y dec√≠a: "¬ŅQui√©n es ese? No hay en el mundo como Z√≥simo y sus disc√≠pulos". Despu√©s se puso a despreciar tambi√©n a estos diciendo: "No hay como Macario", y poco despu√©s "¬ŅQui√©n es Macarlo? No hay como Basilio y Gregorio". Pero enseguida comenz√≥ a despreciarlos tambi√©n: "¬ŅQui√©nes son Basilio y Gregorio?, dec√≠a. "No hay como Pedro y Pablo". Ciertamente hermano, le dije, pronto despreciar√°s a Pedro y a Pablo. Cr√©anme, poco tiempo despu√©s comenz√≥ a decir: "¬ŅQui√©n es Pedro y qui√©n es Pablo. No hay como la Sant√≠sima Trinidad". Finalmente se levant√≥ contra el mismo Dios y esa fue su ruina. Por esta raz√≥n, hermanos, debemos luchar contra la primera clase de orgullo, para no caer poco a poco en el orgullo total.

32. Existe también un orgullo mundano y un orgullo monástico. El mundano consiste en creerse más que su hermano porque se es más rico, más hermoso, mejor vestido o más noble que él. Cuando veamos que nos gloriamos en esas cosas, o bien de que nuestro monasterio sea el más grande o el más rico o el más numeroso, sepamos que todavía estamos en el orgullo mundano.

Lo mismo sucede cuando nos vanagloriamos de cualidades naturales: por ejemplo de tener una voz bella o salmodiar bien, o de ser hábil o de trabajar y servir correctamente. Estos motivos son más elevados que los primeros, aunque todavía se trata de orgullo mundano.

El orgullo monástico consiste en gloriarse de sus vigilias, de sus ayunos, de su piedad, de sus observancias, de su celo, así como en humillarse por vanidad. Todo esto es orgullo monástico. Si no podemos evitar el enorgullecemos, conviene que este orgullo recaiga sobre cosas monásticas y no mundanas.

Hemos explicado, entonces, cuál es la primera especie de orgullo y cuál es la segunda; también hemos definido el orgullo mundano y el orgullo monástico. Mostremos ahora cuáles son las dos especies de humildad.

33. La primera consiste en considerar a su hermano como más inteligente que uno mismo y superior en todo; es decir, como decía un santo: "colocarse por debajo de todos", la segunda especie de humildad consiste en atribuir a Dios las buenas obras. Esa es la perfecta humildad de los santos. Ella nace naturalmente en el alma como consecuencia de la práctica de los mandamientos. En efecto, miremos hermanos los árboles cargados de frutos: son los frutos los que doblegan y hacen bajar las ramas. Al contrario, la rama que no tiene frutos se yergue en el espacio y crece derecha. Incluso hay cierto árboles cuyas ramas no dan frutos mientras se mantienen erguidas hacia el cielo, pero si se les cuelga una piedra para guiarlas hacia abajo, entonces dan fruto. Lo mismo sucede con el alma: cuando se humilla da fruto y cuanto más produce, más se humilla. Porque cuanto más se acerca a Dios, más pecadora se ve.

34. Recuerdo que un d√≠a habl√°bamos de la humildad y un hombre distinguido de Gaza, al o√≠rnos decir que cuanto m√°s nos acercamos a Dios, m√°s pecadores nos vemos estaba asombrado y dec√≠a: "¬ŅC√≥mo es posible?" No comprend√≠a y ped√≠a una explicaci√≥n. "Distinguido Se√Īor, le pregunt√©, d√≠game, ¬Ņqui√©n piensa que es usted en la ciudad?" "Un gran personaje, me respondi√≥, el primero de la ciudad. Si va a Ces√°rea, ¬Ņpor qui√©n se tendr√° all√≠? Por inferior a los grandes de ese lugar: ¬Ņy si va a Antioqu√≠a? Me tendr√© por extranjero; ¬Ņy en Constantinopla, junto al Emperador? Por un miserable. As√≠ es, le dije. as√≠ sucede a los santos: cuanto m√°s se acercan a Dios, se ven m√°s pecadores . Cuando Abrah√°n vio al Se√Īor se llam√≥ tierra y ceniza (Gn 18, 27). Isa√≠as dec√≠a: Oh, qu√© miserable e impuro soy (Is 6, 5). De la misma manera cuando Daniel estaba en la fosa de los leones al llegar Habacuc con la comida y decirle: Toma la comida que Dios te env√≠a, ¬Ņqu√© dijo Daniel? El Se√Īor se ha acordado de mi (Dan 14, 36-37). ¬ŅSe dan cuenta, qu√© humildad ten√≠a en su coraz√≥n? Estaba en la fosa, en medio de los leones que no le hac√≠an ning√ļn da√Īo, y esto no solo una primera vez sino una segunda tambi√©n (cf. Dan 6 y 14), y a pesar de todo eso se admiraba y dec√≠a: El Se√Īor se ha acordado de m√≠.

35. ¡Fíjense en la humildad de los santos, en la disposición de su corazón! Aun siendo enviados por Dios para socorrer a los hombres rechazaban y huían de los honores por humildad. Si se echa un harapo sobre un hombre vestido de seda, va a tratar de evitarlo para no ensuciar su precioso vestido. Igualmente los santos revestidos de virtudes huyen de la gloria humana por temor de ser manchados. Por el contrario, los que desean la gloria se asemejan a un hombre desnudo que no cesa de buscar un trozo de tela o de cualquier otra cosa con la cual cubrir su indecencia. Así el que está desprovisto de virtudes busca la gloria de los hombres. Enviados por Dios para socorro del prójimo, los santos lo rechazaban por humildad. Moisés decía: Te suplico que tomes a otro que sea capaz yo soy torpe de palabra y se me traba la lengua (Ex 4, 10). Y Jeremías: Soy muy joven (Jr 1, 6). Todos los santos, en general. han adquirido esa humildad, como lo hemos visto, por la práctica de los mandamientos. Cómo es ella o cómo nace en el alma, nadie lo puede expresar por palabras a quien no lo haya aprendido por experiencia. Nadie podría trasmitir a otros con simples palabras.

36. Un d√≠a abba Z√≥simo hablaba acerca de la humildad, y un sofista que se encontraba all√≠, oyendo sus palabras, quiso saber el sentido exacto: "Dime, le dijo, ¬Ņc√≥mo puedes creerte pecador? ¬ŅNo sabes que eres santo, que posees virtudes? ¬°Bien ves que practicas los mandamientos! ¬ŅC√≥mo, en esas condiciones, te puedes creer pecador". El anciano, no encontrando una respuesta para darle le dijo: "No s√© c√≥mo dec√≠rtelo, ¬°pero es as√≠! El sofista le insist√≠a para que le diera una explicaci√≥n. Pero el anciano, no encontrando c√≥mo exponerle la cuesti√≥n, se puso a decir con santa simplicidad: "¬°No me atormentes!; yo s√© que es as√≠". Viendo que el anciano no sabia que responder le dije: "¬ŅNo es acaso como sucede en la sof√≠stica y en la medicina? Cuando conocemos bien esas artes y las ponemos en pr√°ctica, vamos adquiriendo, poco a poco, por ese ejercicio mismo, una suerte de h√°bitos de m√©dico o de sofista. Nadie podr√≠a decir ni sabr√≠a explicar c√≥mo le vino ese h√°bitos. Como dije, poco a poco e inconscientemente, el alma lo adquiere por el ejercicio de su arte. Lo mismo podemos pensar acerca de la humildad: de la pr√°ctica de los mandamientos nace una disposici√≥n de humildad, que no se puede explicar con palabras". Al escuchar esto, abba Z√≥simo se llen√≥ de alegr√≠a y me abraz√≥ diciendo: "Has encontrado la explicaci√≥n. Es como t√ļ lo has dicho". En tanto el sofista qued√≥ satisfecho y admiti√≥ tambi√©n el razonamiento.

37. Verdaderamente, ciertas palabras de los ancianos nos dejan entrever esa humildad, pero la disposici√≥n espiritual de la misma, nadie podr√≠a decir en qu√© consiste. Cuando abba Agat√≥n estuvo cerca de su fin, los hermanos le dijeron: "Padre ¬Ņt√ļ tambi√©n sientes temor?" Y √©l respondi√≥: "Sin ninguna duda he hecho todo lo posible para guarda: los mandamientos, pero soy un hombre, y ¬Ņc√≥mo podr√≠a saber si mis obras agradaron a Dios? Porque uno es el criterio de Dios y otro el de los hombres" . F√≠jense, hermanos, c√≥mo este anciano nos ha abierto los ojos para entrever la humildad, y nos ha indicado un camino para alcanzarla. Pero c√≥mo es ella, o c√≥mo nace en el alma, ya lo he dicho muchas veces, nadie podr√≠a explicarlo, y tampoco puede descubrirlo por un razonamiento si el alma por sus obras no ha merecido captarlo. Los Padres han dicho qu√© es lo que la obtiene. En el libro de los Ancianos se cuenta que un hermano le pregunt√≥ a un anciano: "¬ŅQue es la humildad?". El anciano respondi√≥: "La humildad es una obra grande y divina. El camino de la humildad son los trabajos corporales realizados 'con sabidur√≠a'; el tenerse por inferior a todos, y orar a Dios sin cesar". Ese es el camino de la humildad, pero la humildad misma es divina e incomprensible.

38. Pero, ¬Ņpor qu√© se dice que los trabajos corporales llevan al alma a la humildad? ¬ŅC√≥mo pueden los trabajos corporales ser virtud del alma?

Ya hemos dicho m√°s arriba que tenerse por inferior a todos se opone a la primer clase de orgullo. ¬ŅC√≥mo podr√≠a el que se pone por debajo de todos creerse m√°s grande que su hermano, o exaltarse en cualquier cosa o acusar o despreciar a alguien? Lo mismo acerca de la oraci√≥n continua. Es claro que ella se opone a la segunda clase de orgullo. Porque es evidente que el hombre humilde y piadoso, sabiendo que nada bueno se puede hacer en su alma sin el auxilio y la protecci√≥n de Dios, jam√°s cesa de invocarlo para que tenga misericordia de √©l. Y el que ora a Dios sin cesar sabe cu√°l es la fuente de cualquier obra buena que realice y no podr√≠a en consecuencia sentir orgullo ni atribuirlo a sus propias fuerzas. Es a Dios a quien atribuye todas sus obras buenas, y no cesa de darle gracias e invocarlo, temiendo que la p√©rdida de su auxilio haga aparecer su debilidad y su impotencia. De este modo la humildad lo hace orar y la oraci√≥n lo hace humilde, y cuanto m√°s hace el bien, tanto m√°s se humilla, y cuanto m√°s se humilla m√°s socorro recibe y progresa as√≠ por su humildad.

39. ¬ŅPor qu√© se dice, entonces, que tambi√©n los trabajos corporales procuran humildad? ¬ŅQu√© influencia puede tener el trabajo del cuerpo sobre una disposici√≥n del alma? Se lo voy a decir. Cuando el alma se apart√≥ del precepto para caer en el pecado, la desdichada fue entregada, seg√ļn dice San Gregorio, a la concupiscencia y a la total libertad del error. Am√≥ los bienes corporales y, en cierta manera, fue hecha una sola cosa con el cuerpo, transform√°ndose toda ella en carne, seg√ļn lo escrito: Mi esp√≠ritu no permanecer en esos hombres, pues son de carne (Gn 6, 3). De este modo, la desgraciada alma sufre con el cuerpo; ella queda afectada en si misma por todo lo que el cuerpo hace. Por eso el anciano dice que incluso el trabajo corporal lleva a la humildad. De hecho, las disposiciones del alma son las mismas en el hombre sano que en el enfermo; en el que tiene hambre que en el satisfecho. No son las mismas en un hombre montado a caballo que en el que est√° montado en un asno; en el que est√° sentado en un trono, que en el que est√° sentado en la tierra; en el que est√° muy bien vestido, que en el que est√° vestido miserablemente. Por lo tanto, el trabajo humilla el cuerpo, y cuando el cuerpo es humillado tambi√©n el alma lo es con √©l, de tal manera que el anciano ten√≠a raz√≥n al decir que incluso el trabajo corporal conduce a la humildad. Por eso Evagrio, al ser tentado de blasfemar, no ignorando en su sabidur√≠a que la blasfemia viene del orgullo y que la humillaci√≥n del cuerpo trae la del alma, pas√≥ cuarenta d√≠as sin entrar bajo techo, de tal forma que su cuerpo, cuenta el narrador, produc√≠a gusanos, como las bestias salvajes. Ese castigo no era para la blasfemia, sino para la humildad. El anciano ha hecho bien en decir que los trabajos corporales tambi√©n conducen a la humildad. Que el Dios de bondad nos conceda la gracia de la humildad que libra al hombre de grandes males y lo protege de grandes tentaciones.

LA CONCIENCIA

III CONFERENCIA

40. Cuando Dios cre√≥ al hombre, puso en √©l un germen divino, una especie de facultad m√°s viva y luminosa que una chispa, para iluminar el alma y permitirle discernir entre el bien y el mal. Es lo que llamamos conciencia, que no es sino la ley natural. Ella est√° representada _seg√ļn los Padres_ por los pozos que cav√≥ Jacob y que los filisteos llenaron de tierra (cf. Gn 26,15). Fue conform√°ndose a esa ley de la conciencia c√≥mo los Patriarcas y todos los santos anteriores a la ley escrita fueron agradables a Dios. Pero progresivamente los hombres la fueron sepultando por sus pecados y terminaron por despreciarla, de tal modo que nos hicieron falta la ley escrita, los profetas, y la misma venida de Nuestro Se√Īor Jesucristo para sacarla a la luz y despertarla, para revivir por la pr√°ctica de sus santos mandamientos esa chispa sepultada. Est ahora en nosotros el enterrarla nuevamente o dejarla brillar para que nos ilumine, si es que le obedecemos. En efecto, si nuestra conciencia nos indica hacer tal cosa y nosotros la despreciamos, si ella insiste nuevamente y nosotros no hacemos lo que dice, persistiendo en pasarla por alto, terminaremos por sepultarla y el peso con que la hemos tapado le impedir√° en adelante hablarnos con claridad.

Pero como una lámpara cuya luz está opacada por las manchas, comienza a hacernos ver las cosas más confusamente, más oscuramente, por así decirlo, y del mismo modo que en aguas fangosas nadie puede reconocer su rostro, comenzaremos a no percibir más su voz e incluso llegaremos a creer que no tenemos ya conciencia. Sin embargo no hay nadie que esté privado de ella, porque como lo hemos dicho, es algo divino que no puede morir nunca; ella nos recuerda continuamente lo que debemos hacer, somos nosotros los que no la oímos más porque, como ya lo he dicho, la hemos despreciado.

41. Por eso el Profeta llora sobre Efra√≠n diciendo: Efra√≠n ha oprimido a su adversario y pisoteado el juicio (Os 10, 11). Es a la conciencia la que √©l llama adversario. De ah√≠ proviene lo dicho en el evangelio: Ponte pronto de acuerdo con tu adversario mientras estas en camino con √©l, no sea que este te entregue al juez, y el juez a los guardias que estos te metan en prisi√≥n. En verdad te digo que no saldr√°s hasta que hayas pagado hasta el √ļltimo c√©ntimo (Mt 5, 25-26). ¬ŅPor qu√© conciencia es llamada adversario? Porque ella se opone constantemente a nuestra voluntad torcida nos acusa cuando no hacemos lo que debemos, y tambi√©n si hacemos lo que no debemos hacer nos condena. Por eso es llamada adversario y se nos da el consejo de ponernos de acuerdo pronto con el adversario mientras estamos con √©l en camino. El camino, tal como lo entiende San Basilio, es el mundo presente.

42. Esforcémonos, hermanos, por cuidar nuestra conciencia mientras estemos en este mundo, procurando no caer en su condenación en cualquier cosa que hagamos, y tratando de no despreciarla o pasarla por alto jamás en cualquier cosa, por mínima que parezca.

Porque de esas peque√Īas cosas que consideramos sin importancia, pasaremos a despreciar tambi√©n las grandes.

Se comienza pues por decir: ¬ŅQu√© importa si digo esa palabra?, ¬Ņqu√© importa si como ese bocado?, ¬Ņqu√© importa si me meto en ese asunto? Y a fuerza de decir qu√© importa esto, qu√© importa aquello, se contrae un c√°ncer maligno y pernicioso, se comienza a subestimar las cosas importantes y aun graves, a pisotear nuestra conciencia, y finalmente corremos el riesgo de degradarnos poco a poco hasta llega a una total insensibilidad.

Por eso, hermanos, cuidemos de no subestimar las cosas peque√Īas, no las despreciemos como insignificantes No son peque√Īas, son un c√°ncer, son un h√°bito nocivo. Estemos alerta, cuid√©monos de las cosas leves, no sea que se transformen en graves. La virtud y el pecado comienzan por cosas peque√Īas, pero llevan a las cosas grandes, sean buenas o malas. Por eso el Se√Īor nos exhorta a cuidar nuestra conciencia, bajo forma de una advertencia dirigida a alguien en particular: "F√≠jate lo que haces, desdichado, atenci√≥n". Ponte de acuerdo pronto con tu adversario mientras est s en camino con √©l. Y agrega a√ļn para hacernos ver el car√°cter temible y peligroso de la situaci√≥n: No sea que este te entregue al juez y el juez a los guardias, y que estos te pongan en prisi√≥n. ¬ŅY entonces? En verdad te digo que no saldr√°s hasta que hayas pagado hasta el √ļltimo c√©ntimo. Porque como ya he dicho, es ella, la conciencia, la que nos instruye con sus reproches acerca del bien y del mal as√≠ como nos muestra lo que hay que hacer o no hacer. Y tambi√©n ser ella quien nos acusar en el siglo venidero. Por ello el Se√Īor dice: No sea que este te entregue al juez... y lo que sigue.

43. Pero cuidar la conciencia implica una gran diversidad de aplicaciones. Cuidarla en lo que respecta a Dios, en lo que respecta al prójimo y en lo que respecta a las cosas materiales.

En primer lugar en lo que respecta a Dios, cuidando de no despreciar sus mandamientos aun en aquello que escapa a las miradas de los hombres y de lo que por lo tanto no se nos pedirá cuenta. Aquel que guarda su conciencia por Dios, en lo secreto, es el que, por ejemplo, evita descuidar la oración, evita descuidar la vigilancia cuando un pensamiento apasionado irrumpe en su corazón, en vez de detenerse en él y consentirlo, el que evita sospechar del prójimo y juzgarlo por las apariencias cuando lo ve decir o hacer alguna cosa. En una palabra, todo lo que sucede en lo secreto y que nadie conoce sino Dios y nuestra conciencia, debe ser objeto de nuestra vigilancia. Y esto es guardar nuestra conciencia respecto a Dios.

44. En cuanto a la conciencia con respecto al prójimo, consiste en no hacer absolutamente nada que pueda afligirlo o herirlo, ya sea un acto, una palabra, un gesto o una mirada. Porque, vuelvo a repetirlo, hay actitudes hirientes para con el prójimo: una mirada puede llegar a herirlo. En síntesis, toda vez que el hombre sabe que obra con la intención de molestar al prójimo ensucia su propia conciencia, ya que esta sabe bien que intentamos lastimar o afligir.

Debemos cuidar de no obrar así. Y esto es guardar la conciencia con respecto al prójimo.

45. Finalmente cuidar la conciencia con respecto a las cosas materiales consiste en evitar hacer mal uso de ellas, no permitir que nada se pierda o abandone, no desde√Īar el recoger y ordenar un objeto que veamos tirado, aunque sea insignificante. Tambi√©n consiste en evitar el descuido en nuestros vestidos. Alguien podr√≠a por ejemplo usar sus ropas una o dos semanas m√°s, pero sin esperar ese plazo, se apresura a lavarlas y sacudirlas. Esas ropas podr√≠an haber servido cinco meses o m√°s todav√≠a, pero a fuerza de lavarlas se desgastan y se hacen inutilizables. Eso ser√≠a obrar contra la conciencia.

Lo mismo sucede en cuanto a la cama. A menudo podr√≠amos conformarnos con una simple almohada pero queremos un gran colch√≥n. Teniendo una cobija de lana desear√≠amos cambiarla por otra nueva o m√°s bonita, por frivolidad o capricho. Podr√≠amos contentarnos con un manto hecho de varios retazos pero reclamamos uno de una sola pieza de lana e incluso llegamos a enojarnos si no lo recibimos. Si adem√°s viendo lo que tiene nuestro hermano comenzamos a decir: "¬ŅPor qu√© tiene √©l eso y yo no? ¬°El es un afortunado!", no estamos en el camino del crecimiento. Tambi√©n puede suceder que al colgar la t√ļnica o la frazada al sol olvidemos recogerla y la dejemos arruinar. Todo esto es tambi√©n obrar contra nuestra conciencia.

Lo mismo sucede con los alimentos. Podríamos conformarnos con un poco de legumbres frescas o secas, o con algunas aceitunas. Pero en lugar de contentarnos con eso buscamos otro alimento más agradable y más costoso. Todo esto es contra la conciencia.

46. Ahora bien, los Padres nos dicen que el monje no debe dejar nunca que ninguna cosa por m√≠nima que sea atormente su conciencia. Es preciso por tanto, hermanos, permanecer siempre vigilantes y cuidarnos de todas estas faltas para no ponernos en peligro. El mismo Se√Īor nos lo ha prevenido, como vimos m√°s arriba. Que Dios nos conceda comprender y guardar estas ense√Īanzas para que los dichos de nuestros Padres no sean motivo de nuestra condenaci√≥n.

EL TEMOR DE DIOS

IV CONFERENCIA

47. San Juan dice en las ep√≠stolas cat√≥licas: El amor perfecto expulsa el temor (1 Jn 4 18). ¬ŅQu√© nos quiere decir con esto? ¬ŅDe qu√© amor nos habla y de qu√© temor? Pues el Profeta dice en el salmo: Todos sus santos temed al Se√Īor (Sal 33 10). Y en las santas Escrituras encontramos mil otros pasajes semejantes. Por lo tanto si los santos que aman de tal manera al Se√Īor le temen, ¬Ņc√≥mo puede decir san Juan: El amor expulsa el temor? Quiere mostrarnos que hay dos temores, uno inicial y el otro perfecto; el primero es el de los que se inician en la piedad, y el otro es el de los santos q han llegado a la perfecci√≥n y a la cumbre del santo amor. Por ejemplo, el que hace la voluntad de Dios por temor a sus castigos: todav√≠a es principiante tal como dijimos, ya que no hace el bien por s√≠ mismo sino por el temor a los castigos. Otro hace la voluntad de Dios porque ama a Dios mismo, y ama especialmente serle grato: √©ste sabe lo que es el bien, conoce lo que es estar con Dios. Este es el que posee el amor verdadero, el amor perfecto como dice san Juan, y ese amor lo lleva al temor perfecto. Teme y guarda la voluntad de Dios no por evitar los azotes o el castigo, sino porque, habiendo gustado la dulzura de estar con Dios, como hemos dicho, aborrece el perderla, teme quedar privado de ella. Este temor perfecto, nacido del amor, expulsa el temor inicial. Y es por eso que san Juan dice que el amor perfecto expulsa el temor: Pero es imposible llegar al temor perfecto sin pasar por el temor inicial.

48. Hay en efecto, como dice san Basilio, tres estados en los que podemos agradar a Dios. O bien hacemos lo que agrada a Dios por temor al castigo y entonces estamos en la condici√≥n de esclavos; o bien buscando la ventaja de un salario cumplimos las √≥rdenes recibidas en vista de nuestro propio provecho, asemej√°ndonos as√≠ a los mercenarios; o finalmente, hacemos el bien por el bien mismo y estamos as√≠ en la condici√≥n de hijos. Porque el hijo, al llegar a una edad razonable, hace la voluntad de su padre no por temor al castigo, ni para obtener una recompensa, sino porque amando a su padre, guarda hacia √©l el afecto y el honor debido a un padre, con la convicci√≥n de que todos los bienes de su padre le pertenecen. Este merece o√≠r que se le diga: Ya no eres m√°s esclavo sino hijo y heredero de Dios por Cristo (Ga 4, 7). Es evidente que no teme m√°s a Dios con ese temor inicial del cual hablamos, sino que ama como dec√≠a San Antonio: "Ya no temo m√°s a Dios, sino que lo amo" . Del mismo modo el Se√Īor, al decir a Abraham, despu√©s que este le ofreci√≥ a su hijo: Ahora s√© que temes a Dios (Gn 22,12), quer√≠a referirse a ese temor perfecto nacido del amor. Si no ¬Ņc√≥mo pudo decirle: Ahora s√©...? Disc√ļlpenme pero Abraham ¬°hab√≠a hecho tantas cosas!; hab√≠a obedecido a Dios, hab√≠a abandonado todos sus bienes, se hab√≠a establecido en una tierra extranjera, en un pueblo id√≥latra, donde no hab√≠a ninguna se√Īal de culto divino. Pero, sobre todo, hab√≠a soportado esa terrible prueba del sacrificio de su hijo. Y despu√©s de todo eso el Se√Īor le dice: Ahora s√© que temes a Dios. Es muy claro que all√≠ habla del temor perfecto, el de los santos. Porque ellos hacen la voluntad de Dios no ya por temor a un castigo o para obtener una recompensa, sino por amor, como lo hemos dicho muchas veces, temiendo hacer cualquier cosa contra la voluntad de aquel a quien aman. Por lo cual san Juan dice: El amor expulsa el temor. Los santos no obran m√°s por temor, sino que temen por amor.

49. Este es el temor perfecto, pero, lo repito, es imposible llegar a √©l sin haber tenido antes el temor inicial. Porque est√° dicho: El principio de la sabidur√≠a es el temor del Se√Īor (Sal 110, 10); y tambi√©n: El principio y el fin es el temor del Se√Īor (cf. Pr 1, 7; 9, 10; 22, 4). La Escritura llama comienzo al temor inicial, al cual sigue el temor perfecto, el de los santos. Ese temor inicial es el nuestro. Como un esmalte sobre el metal, guarda al alma de todo mal, seg√ļn est√° escrito: Todo hombre se aleja del mal por el temor del Se√Īor (Pr 15, 27). Aquel que se aparta del mal por temor al castigo, como un esclavo asustado de su se√Īor, comienza progresivamente a hacer el bien, y poco a poco pasa a esperar una recompensa por sus buenas obras, como el mercenario. Y si continua huyendo del mal por temor, como el esclavo, y despu√©s haciendo el bien con la esperanza de una ganancia como el mercenario, perseverando as√≠ en la virtud, con el auxilio de Dios y uni√©ndose cada vez m√°s a √©l, terminar por gustar del verdadero bien, y al tener una cierta experiencia de √©l, no querr√° ya separarse nunca m√°s. ¬ŅQui√©n podr√° entonces, como dice el Ap√≥stol, separarlo del amor de Cristo (cf Rm 8, 35)? Entonces alcanzar la perfecci√≥n del hijo, amar el bien por el bien mismo, y temer porque ama. Y tal es el temor grande y perfecto.

0 50. Para ense√Īarnos la diferencia entre esos dos temores, el Profeta dec√≠a: Venid hijos escuchadme os instruir√© en el temor del Se√Īor (Sal 33, 12). Apliquemos nuestro esp√≠ritu a cada palabra del Profeta y veamos c√≥mo cada una tiene su significaci√≥n. En primer lugar dice: Venid a mi, para invitarnos a la virtud. Despu√©s agrega: hijos; los, santos llaman hijos a aquellos a los que su palabra ha hecho pasar del vicio a la virtud, como dice el Ap√≥stol: Hijitos m√≠os, por quienes sufro nuevamente los dolores del parto hasta que Cristo sea formado en vosotros (Ga. 4, 19). Enseguida, y despu√©s de habernos llamado e invitado a esa transformaci√≥n, el Profeta nos dice: Os ense√Īar√© el temor del Se√Īor. F√≠jense en la seguridad del santo. Nosotros cuando queremos dar alguna buena ense√Īanza siempre empezamos por decir: "¬ŅQuieren que conversemos un rato y que hablemos sobre el temor del Se√Īor o sobre otra virtud?". El santo en cambio no habla as√≠, sino que dice con toda seguridad: Venid, hijos, escuchadme, os instruir√© en el temor del Se√Īor. ¬ŅQui√©n es el hombre que ama la vida y desea tener d√≠as felices? (Sal 33, 13). Y como si alguien respondiese: "Yo quiero; ens√©√Īame c√≥mo vivir y conocer d√≠as felices", le responde diciendo: Guarda tu lengua del mal y tus labios del enga√Īo (Sal 33, 14). F√≠jense, hermanos, c√≥mo siempre el temor de Dios impide obrar el mal. Guardar su lengua del mal es no lastimar de ninguna manera la conciencia del pr√≥jimo, ni hablar mal de √©l, ni irritarlo. Guardar sus labios del enga√Īo es no enga√Īar al pr√≥jimo.

El Profeta sigue: Ap√°rtate del mal (Sal 33, 15). Despu√©s de haber hablado de faltas particulares: la mentira, el enga√Īo, llega ahora al vicio en general: Ap√°rtate del mal, es decir huye absolutamente de todo mal, ap√°rtate de todo lo que implica pecado. Pero no se detiene all√≠, y agrega: Y haz el bien. Sucede en efecto que no hacemos el mal, sin que por eso hagamos el bien. Se puede no ser injusto pero sin practicar la misericordia, o bien no odiar sin por eso amar. De este modo el Profeta ha tenido raz√≥n en decir: Ap√°rtate del mal y obra el bien.

F√≠jense, hermanos, c√≥mo el Profeta nos muestra la sucesi√≥n de los tres estados de los que hemos hablado: por el temor de Dios se lleva al alma a apartarse del mal, incit√°ndola as√≠ a elevarse hasta alcanzar el bien. Porque en la medida en que se llega a no cometer el mal y a alejarse de √©l, se comienza naturalmente a obrar el bien bajo la gu√≠a de los santos. A estas palabras el Profeta agrega expresamente: Busca la paz y s√≠guela (Sal 33, 15). No dice solamente b√ļscala sino s√≠guela, c√≥rrela, para alcanzarla.

51. Prestemos atenci√≥n a estas palabras y veamos la precisi√≥n del santo. Cuando alguien llega a apartarse del mal y se esfuerza, con la ayuda de Dios, en hacer el bien, inmediatamente caen sobre √©l los ataques del enemigo. Lucha, se aflige, est√° agobiado: no s√≥lo teme el volver al mal, como dijimos del esclavo, sino que tambi√©n espera la retribuci√≥n del bien, como un mercenario. En los ataques y contraataques de este combate con el enemigo, muchas veces con sufrimiento y atormentado, obra el bien. Pero cuando le llega el socorro de Dios y comienza a habituarse al bien, entonces empieza a entrever el reposo y gusta progresivamente de la paz. Es entonces cuando se da cuenta de lo que es la aflicci√≥n de la guerra, de lo que es la alegr√≠a la felicidad de la paz. Finalmente busca esa paz, se apresura, corre tras ella para atraparla, para poseerla en plenitud y hacerla morar en √©l. ¬ŅQu√© cosa hay m√°s dichosa que un alma que ha llegado a este estado? Es entonces cuando llega a la condici√≥n de hijo, como lo dijimos tantas veces. Pues, felices los hacedores de paz, porque ser n llamados hijos de Dios (Mt 5, 9) ¬ŅQui√©n podr√° decir entonces que esa alma hace el bien todav√≠a por alg√ļn otro motivo que no sea el gozo del bien mismo? ¬ŅQui√©n conocer esa alegr√≠a sino aquel que tuvo la experiencia? Entonces, ese tal descubre tambi√©n el temor perfecto del que hemos hablado continuamente.

Ya hemos sido instruidos acerca del temor perfecto de los santos, así como del temor inicial, el nuestro; sabemos lo que el temor de Dios expulsa y a lo que nos lleva. Debemos ahora ver cómo viene el temor de Dios, y lo que nos aleja de él.

52. Los Padres han dicho que el hombre adquiere el temor de Dios por el recuerdo de la muerte y de los castigos; al examinar cada tarde c√≥mo pas√≥ el d√≠a y cada ma√Īana c√≥mo ha pasado la noche; guard√°ndose de la ligereza de esp√≠ritu y uni√©ndose a un hombre temeroso de Dios. En efecto, se cuenta que un hermano pregunt√≥ a un anciano: "Padre, ¬Ņqu√© debo hacer para temer a Dios?", a lo que el anciano respondi√≥: "Ve, √ļnete a un hombre temeroso de Dios, y por lo mismo que le teme, te ense√Īar a ti el temor de Dios" Por el contrario, alejamos de nosotros el temor de Dios si hacemos lo opuesto a todo eso: Si no pensamos en la muerte ni en los castigos, si no nos vigilamos a nosotros mismos, si no examinamos nuestra conducta, viviendo de cualquier manera y junt√°ndonos con cualquier persona. Pero sobre todo, cuando nos entregamos a la ligereza de esp√≠ritu, que es lo peor de todo y la ruina segura.

¬ŅQu√© otra cosa aleja tanto de nosotros el temor de Dios como la ligereza de esp√≠ritu? Es lo que llev√≥ a decir a abba Agat√≥n, cuando fue interrogado acerca de ella, que se asemeja a un gran viento que al elevarse hace huir a todos y arranca los frutos de los √°rboles. ¬°F√≠jense qu√© poderosa es esta pasi√≥n! ¬°F√≠jense en su furor! Cuando abba Agat√≥n fue nuevamente interrogado sobre si la ligereza de esp√≠ritu era tan da√Īina, respondi√≥: "No hay pasi√≥n tan perjudicial como la ligereza de esp√≠ritu. Ella es la madre de todas las pasiones". Con mucha certeza e inteligencia el anciano dice que es la madre de todas las pasiones, debido a que aleja del alma el temor de Dios. Si nos alejamos del mal, es por el temor de Dios, entonces all√≠ donde no est√° se encuentran todas las pasiones. ¬°Qu√© Dios nos libre de esta fatal pasi√≥n de la ligereza de esp√≠ritu!

53. La ligereza de esp√≠ritu es multiforme. Se manifiesta en el hablar, en los contactos y en las miradas. Es ella la que lleva a pronunciar discursos grandilocuentes, a hablar de cosas mundanas, a hacer bromas o provocar risas disolutas. Es por ligereza por lo que se toca a alguien sin necesidad, por puro placer, se lo acaricia o se toma alguna cosa de √©l o se lo mira detenidamente. Todo esto es obra de la ligereza, porque no hay temor de Dios en el alma, y por ella se llega poco a poco a un total descuido. Por eso al dar los mandamientos de la ley Dios dijo: Que los hijos de Israel sean respetuosos (Lv 15 31). Sin respeto no se puede honrar a Dios ni obedecer ni una sola vez alg√ļn mandamiento. No hay nada m√°s abominable que la ligereza, porque es la madre de todas las pasiones, aleja el respeto, expulsa el temor de Dios y da a luz el desprecio.

Es por ella, hermanos, por lo que unos son descarados con otros, o por lo que hablan mal uno de otro, y se hacen da√Īo mutuamente. Uno de ustedes ve una cosa poco edificante y va enseguida a murmurar y volcar todo eso en el coraz√≥n de otro hermano. De esta manera, no s√≥lo se hace da√Īo a s√≠ mismo, sino que tambi√©n perjudica a su hermano, poniendo en su coraz√≥n un veneno mortal. Cuando el hermano estaba aplic√°ndose a la oraci√≥n o a cualquier otra obra buena, llega el otro y le da materia de murmuraci√≥n. Con ello perjudica su crecimiento y lo pone frente a la tentaci√≥n. Y no hay nada tan malo y funesto como hacer da√Īo al pr√≥jimo y al mismo tiempo a uno mismo.

54. Respet√©monos, hermanos, evitemos el hacernos da√Īo a nosotros mismos y a los dem√°s. Honr√©monos mutuamente, y preocup√©monos por no hacernos da√Īo unos a otros, porque seg√ļn un anciano esa es otra de las formas de la ligereza de esp√≠ritu.

Si sucede que alguien ve a su hermano cometer una falta, que se cuide de despreciarlo o dejarlo morir con su silencio, o de descorazonarlo con reproches, as√≠ como de hablar mal de √©l. Al contrario, con compasi√≥n y temor de Dios que le cuente lo sucedido a quien tiene autoridad para corregir, o bien h√°blele √©l mismo al hermano y d√≠gale con caridad y humildad: "Disc√ļlpame porque soy tambi√©n un negligente, pero me parece que en eso no hemos obrado bien". Si no es escuchado, que hable a otro hermano que tenga confianza con aquel, o si no que se dirija al superior o al abad, seg√ļn la gravedad de la falta, y no se preocupe m√°s. Pero cuide siempre de que al hablar tenga como meta la correcci√≥n del hermano, evitando las murmuraciones, el despreciarlo o denigrarlo. No busque darle una lecci√≥n o mandonearlo, o fingir que obra por su bien, cuando interiormente est√© animado por alguna de las disposiciones de alma de las que acabo de hablar. Porque si habla a su abad, y no lo hace para enmienda de su hermano o porque est√° escandalizado, entonces est√° cometiendo una falta, porque eso es difamar. Examine su coraz√≥n y si ve que hay alguna pasi√≥n que lo est√° molestando, mejor calle. Pero si ve con claridad que quiere hablar por compasi√≥n o para utilidad de su pr√≥jimo, y sin embargo alg√ļn pensamiento apasionado le turba interiormente, abrase humildemente con su abad, cont√°ndole su problema y el de su hermano en los siguientes t√©rminos: "Veo en mi conciencia que es por el bien del hermano que quiero hablar, pero tambi√©n veo que a ello se mezcla en mi interior un pensamiento de turbaci√≥n. Si es porque alguna vez tuve algo contra ese hermano, yo no lo s√©. Pero tampoco s√© si un enga√Īo interior me quiere impedir que hable y que logre as√≠ su correcci√≥n". Entonces el abad le dir√° si debe hablar o no.

Puede suceder tambi√©n que hablemos no para utilidad del hermano, ni porque nos hayamos escandalizado, ni porque estemos empujados por el rencor, sino por pura palabrer√≠a. ¬ŅQu√© utilidad tienen esas palabras? Muchas veces ocurre que el hermano se entera de que hemos hablado de √©l y queda disgustado. De todo ello no sale sino aflicci√≥n y empeoramiento de las cosas. Por el contrario, cuando hablamos para su provecho y s√≥lo por eso, Dios no permitir que de ello salga alg√ļn perjuicio, ni que ello provoque aflicci√≥n o da√Īo.

55. Tengan mucho cuidado, hermanos, en guardar la lengua. Ninguno hable con maldad a su hermano ni lo lastime con sus palabras, con sus actos o gestos o de cualquier otra manera. Tampoco seamos susceptibles. Si uno oye alguna palabra de su hermano no se sienta herido ni le responda mal para no quedar enemistado con él. Eso no corresponde a gente que lucha, ni conviene a quienes quieren ser salvados.

Tengan temor de Dios, pero unido al respeto. Cuando se encuentren inclinen la cabeza delante del hermano, y como hemos dicho, que cada uno se humille delante de Dios y de su hermano negando su propia voluntad. Es muy bueno hacer esto: humillarse delante del hermano y anticiparse a honrarlo. El que se humilla saca m√°s provecho que el otro. Por mi parte no se si he hecho alg√ļn bien, pero si he sido protegido ha sido porque nunca me prefer√≠ a mi hermano, y siempre lo antepuse a m√≠.

56. Cuando estaba con el abad S√©ridos, el hermano encargado de cuidar al anciano abba Juan, el compa√Īero de Barsanufio, se enferm√≥ y entonces el abad me envi√≥ en su reemplazo. Abrac√© la puerta de su celda como quien adora la venerada cruz; y con mucho m√°s amor todav√≠a tom√© el encargo de servirlo. ¬°Cu√°ntos deseaban estar cerca de este santo! Sus palabras eran admirables. Cada d√≠a, al terminar mi servicio, hac√≠a una reverencia para solicitarle permiso y me retiraba. Siempre me dec√≠a alguna cosa. Ten√≠a cuatro dichos y cada tarde, cuando estaba por retirarme, me dec√≠a uno de ellos. Dec√≠a as√≠: "Que Dios guarde por siempre la caridad" (esta frase la dec√≠a siempre antes de cada sentencia); "los Padres han dicho: Respetar la conciencia del hermano engendra humildad". Otras veces me dec√≠a: "Que Dios guarde por siempre la caridad; los Padres han dicho: nunca he preferido mi voluntad a la de mi hermano ". Otras veces: "Que Dios guarde por siempre la caridad; huye de todo lo que es del hombre y ser s salvo".

Y finalmente: "Que Dios guarde por siempre la caridad. Llevad las cargas unos de otros y así cumpliréis la ley de Cristo (Ga 6,2)".

Cada d√≠a el Anciano me daba una de esas cuatro sentencias como quien da un vi tico, al retirarme por la tarde. Y yo las consideraba igualmente, como si fueran para la salvaci√≥n de toda mi vida. Pero a pesar de la confianza que ten√≠a con el Anciano, y el gusto que me daba el servirlo, al presentir que un hermano estaba triste porque quer√≠a √©l servir al Anciano, fui al abad y le dije: "Este servicio le convendr√≠a m√°s a este hermano, si a usted no le molesta". Pero ni √©l ni el Anciano consintieron en ello. Hice todo lo que pude para que ese hermano fuese preferido a m√≠. Durante los nueve a√Īos que estuve a su servicio, nunca dije ninguna palabra desagradable a nadie. Sin embargo tuve que soportar una carga, y lo digo para que no se piense lo contrario.

57. Sucedi√≥ que un hermano me persigui√≥ insult√°ndome desde la enfermer√≠a hasta la capilla. Yo, que iba delante de √©l, no dije una sola palabra. Cuando el abad se enter√≥ (no s√© por medio de qui√©n) quiso castigarlo. Entonces yo me postr√© a sus pies suplic√°ndole: "No, por el Se√Īor. Fue mi culpa. ¬ŅEn qu√© fue culpable ese hermano?" Otro hermano, ya sea para probarme o por necedad, Dios lo sabe, durante cierto tiempo orinaba todas las noches cerca de mi cabecera, y entonces mi cama quedaba mojada. Otros hermanos ven√≠an todos los d√≠as a sacudir su colcha delante de la puerta de mi celda. Yo ve√≠a c√≥mo las chinches se met√≠an en el cuarto sin poder matarlas por la cantidad que hab√≠a a causa del calor. Al irme a acostar se me ven√≠an todas encima. Me dorm√≠a a causa de mi cansancio extremo, pero por la ma√Īana encontraba mi cuerpo todo picado. Sin embargo nunca dije a esos hermanos: "¬°No hagan eso!, o ¬ŅPor qu√© hacen eso?". Mi conciencia me atestigua que nunca dije una palabra que pudiera herir o afligir a alguien.

Aprendan tambi√©n ustedes a llevar los fardos los unos de los otros (Ga 6, 2). Aprendan a respetarse mutuamente. Y si uno llega a o√≠r una palabra desagradable de un hermano, o si le toca cargar con algo contra su gusto, no se descorazone ni se irrite enseguida. No reaccionen en el combate o frente a una ocasi√≥n provechosa con un coraz√≥n relajado, descuidado, sin fuerzas e incapaces de soportar el menor golpe, como si fuesen un mel√≥n al que la m√°s peque√Īa piedra puede da√Īar y pudrir. Tengan un coraz√≥n firme, tengan paciencia y hagan que su mutua caridad supere todas las contrariedades.

58. Si alguno tiene un cargo o tiene que solicitar alguna cosa, ya sea al jardinero, al mayordomo, al cocinero o a cualquier otro hermano encargado de un servicio, esfu√©rcese, tanto el que pide como el que responde, por guardar siempre la calma, para no turbar su esp√≠ritu ni ceder a la antipat√≠a, al malhumor, ni a la voluntad propia o a la autojustificaci√≥n, porque los alejar√≠an del mandamiento de Dios. Cualquier cosa que sea, grande o peque√Īa, es preferible despreciarla o dejarla de lado. La indiferencia ante las cosas es verdaderamente algo malo, pero peor es perder la tranquilidad al punto de perturbar nuestra alma para poder realizarlas. Por lo tanto, cuando tengan que hacer cualquier cosa, aunque sea muy sena y urgente, no quiero que la hagan con prisa o turbaci√≥n. Quiero que est√©n convencidos de que cualquier obra que tengan que realizar, sea grande o peque√Īa, no es m√°s que la octava parte de lo que buscamos, mientras que guardar la paz del alma, aunque haya que dejar alg√ļn servicio, es la mitad o los cuatro octavos de la meta que buscamos. ¬°F√≠jense qu√© diferencia!

59. De esta manera, cuando hagan algo y quieran hacerlo bien y acabarlo, pongan su empe√Īo en realizarlo, lo que, como he dicho, equivale a la octava parte de su objetivo, y guarden intacta la calma, que equivale a la mitad o a los cuatro octavos. Si se debe cometer una transgresi√≥n o apartarse del mandamiento, hacerse da√Īo a si mismo o a otro para poder cumplir con lo que se debe hacer, no se justifica perder la mitad por salvar un octavo. El que obra de esa manera no realiza su servicio con sabidur√≠a. Ya sea por vanagloria o por deseo de agradar, se preocupa en discutir o atormentarse a s√≠ mismo y a los otros, para lograr finalmente que se le diga que nadie ha hecho la cosa tan bien como √©l. ¬°F√≠jense, hermanos, qu√© gran virtud! No, hermanos, esto no es una victoria sino una derrota, y desastrosa. Por mi parte yo les digo: si uno de ustedes es enviado por m√≠ a hacer alguna cosa, y ve que comienza a turbarse o sufre cualquier otro perjuicio, que lo deje inmediatamente. No se hagan mal a ustedes mismos o a cualquier otro. Es preferible que la cosa no se haga y se la deje, a fin de no turbarse ni perturbar a los otros. De otra manera perder n la mitad para ganar el octavo, lo cual es claramente desatinado.

60. Si les digo esto no es para descorazonarlos y que renuncien a los trabajos, o para descuidar o abandonar inmediatamente las cosas con el objeto de verse libre de toda preocupaci√≥n. Tampoco lo digo para que desobedezcan, dici√©ndose a si mismos: "No puedo hacer eso porque me har√° mal. No me conviene hacerlo". Con estos pensamientos nunca podr√°n tomar ning√ļn trabajo ni cumplir un servicio a Dios. Apl√≠quense m√°s bien con todas sus fuerzas a cumplir su servicio con caridad, someti√©ndose mutuamente, honr√°ndose y estimul√°ndose fraternalmente unos a otros. No hay nada tan poderoso como la humildad. Por lo tanto si uno de ustedes ve a su hermano apenado o √©l mismo lo est , corte r√°pidamente y conceda la prioridad al otro sin esperar a que se produzca alg√ļn da√Īo. Pues como ya lo he dicho mil veces, es m√°s provechoso que una cosa no se haga seg√ļn nuestra voluntad sino que si es necesario, se haga, pero no por nuestra obstinaci√≥n o pretendidas razones; y aunque parezca convenientes nunca has que disputar y contradecirse mutuamente, perdiendo as√≠ la mitad. El da√Īo que se sigue es muy distinto. Puede suceder que tambi√©n perdamos la octava parte por no hacer nada. As√≠ les sucede a los que obrar con un celo malo. Es indiscutible que todas las obras que realizamos las hacemos con vistas a obtener un objetivo, un provecho. Y ¬Ņqu√© podemos sacar si no nos humillamos los unos ante los otros? Obrando de otro modo s√≥lo encontraremos perturbaci√≥n y nos molestamos mutuamente. Ya saben, hermanos, lo que dice el libro de los Ancianos: "Del pr√≥jimo vienen la muerte y la vida".

Hermanos, mediten sin cesar en sus corazones estos consejos. Estudien las palabras de los santos Ancianos. Esfu√©rcense en el amor y el temor de Dios, por buscar su aprovechamiento y el del pr√≥jimo. De ese modo podr√°n progresar en toda circunstancia, con el auxilio de Dios. Que nuestro Dios nos gratifique en su bondad por el temor que le tenemos, pues est√° dicho: Teme al Se√Īor y guarda sus mandamientos: ese es el deber de todos los hombres (Ecle 12 13).

NO SE DEBE SEGUIR EL PROPIO JUICIO

V CONFERENCIA

61. Est dicho en los Proverbios: Aquellos que no tienen gu√≠a caen como las hojas; la salvaci√≥n se encuentra en el mucho consejo (Pr 11, 14)95. Examinemos, hermanos, la fuerza de estas palabras y veamos lo que nos ense√Īa la Escritura. En ella se nos Pone en guardia contra la excesiva confianza en nosotros mismos, as√≠ como contra la ilusi√≥n de creernos suficientemente sagaces y por tanto capaces de dirigirnos a nosotros mismos. Tenemos necesidad de ayuda tenemos necesidad de gu√≠as seg√ļn Dios Nada hay m√°s desvalido ni m√°s vulnerable que aquel que no tiene qui√©n lo conduzca por el camino de Dios. ¬ŅQu√© nos dice, en efecto, la Escritura? Aquellos que no tienen gu√≠a caen como las hojas. La hoja al nacer siempre es verde, vigorosa, bella; despu√©s se va resecando poco a poco, luego cae y finalmente la pisamos sin fijarnos siquiera. As√≠ sucede con el hombre que no tiene gu√≠a. Al comienzo manifiesta gran fervor por el ayuno, las vigilias, la soledad, la obediencia y toda obra buena. Luego ese fervor se va apagando progresivamente al carecer de gu√≠a que lo alimente e inflame, se va resecando insensiblemente, cae y acaba en manos de sus enemigos que hacen de √©l lo que quieren.

De aquellos que, por el contrario, descubren sus pensamientos y buscan hacerlo todo con consejo la Escritura dice: La salvación se encuentra en el mucho consejo. Por mucho consejo no se quiere decir que es necesario consultar a todo el mundo, sino hacerlo en todo con aquel en quien debemos depositar nuestra plena confianza, no callando ciertas cosas y manifestando otras, sino revelando todo y en todo pidiendo consejo. Para el que obra así, la salvación se encuentra en el mucho consejo.

62. En efecto, si un hombre no conf√≠a todo lo que est√° en √©l, sobre todo si acaba de abandonar una vida de malos h√°bitos, el diablo descubrir en √©l una voluntad propia o una autojustificaci√≥n que le permitir enga√Īarlo Porque cuando el diablo ve a alguno decidido a no pecar, no ser tan tonto en su malicia, como para sugerirle directamente faltas manifiestas. No le dir√° "ve a fornicar", ni "ve a robar", porque sabe que estamos rechazando esas cosas y no nos hablar de eso que rechazamos. Pero si nos encuentra en posesi√≥n de una voluntad propia o de una autojustificaci√≥n, por ah√≠ nos enga√Īa con bellas razones. De all√≠ viene que tambi√©n est√© escrito: El malvado hace el mal cuando se asocia a una autojustificaci√≥n (Pr 11, 15). El Malvado es el diablo; √©l hace el mal cuando se asocia a una autojustificaci√≥n, es decir cuando se asocia a nuestra presunci√≥n de tener raz√≥n. Porque entonces √©l es m√°s fuerte, puede obrar y da√Īarnos m√°s. Cada vez que nos aferramos obstinadamente a nuestra propia voluntad y nos fiamos de nuestras razones, pensando obrar bien, nos tendemos lazos a nosotros mismos y no sabemos que vamos a nuestra perdici√≥n. Por que en efecto, ¬Ņc√≥mo podremos conocer la voluntad de Dios, o buscarla verdaderamente, si depositamos en nosotros mismos nuestra confianza y mantenemos firme nuestra propia voluntad?

63. Eso es lo que hacía decir a abba Poimén que la voluntad es un muro de acero entre el hombre y Dios. Este es el sentido de esas palabras. Y agregaba: "Es una piedra de escándalo", en cuanto se opone y obstaculiza la voluntad de Dios. Por lo tanto si un hombre renuncia a ella, también puede decir: Por mi Dios yo atravesaré el muro. Mi Dios cuyo camino es intachable (Sal 17, 30-31). ¡Qué palabras admirables! En verdad, cuando se ha renunciado a la propia voluntad se ve sin obstáculo la voluntad de Dios. Pero si no lo hacemos, no podemos ver que el camino de Dios es intachable.

Recibimos una advertencia; enseguida nos enojamos, nos volvemos con desprecio, nos rebelamos. En efecto, ¬Ņc√≥mo podr√° aquel que est√° apegado a su propia voluntad, escuchar a alguien ni seguir el menor consejo?

Abba Poim√©n habla tambi√©n de la autojustificaci√≥n: "Si la autojustificaci√≥n presta su apoyo a la voluntad, eso se convierte en un mal para el hombre". ¬°Qu√© sensatez en las palabras de los santos! Esa uni√≥n de la autojustificaci√≥n con la voluntad propia es un gran peligro, es realmente la muerte, es un gran mal. Para el desdichado que se deja atrapar, es la ruina completa. ¬ŅQui√©n lo persuadir√° de que otro sabe mejor que √©l lo que le conviene? Se abandonar totalmente a sus propios pensamientos y finalmente el enemigo lo enga√Īara como quiera. Es por eso que est√° escrito: El maligno obra el mal cuando se asocia a una autojustificaci√≥n; √©l detesta las palabras que traer seguridad (Pr 11, 15).

64. Se dice que detesta las palabras que traen seguridad porque no sólo siente horror de la seguridad sino que no puede siquiera oír su voz y detesta sus palabras, es decir el hecho mismo de hablar para obtener seguridad.

Me explic√≥. Aquel que busca cerciorarse de la utilidad de lo que pretende hacer, no ha realizado a√ļn nada, pero el enemigo, aun antes de saber si observar o no lo que le sea aconsejado, muestra su odio al hecho mismo de preguntar y escuchar un consejo √ļtil. Detesta el solo sonido de tales palabras y huye. ¬ŅPor qu√©? Porque sabe que su maquinaci√≥n ser descubierta por el solo hecho de preguntar y de dialogar sobre la utilidad de lo que proyecta hacer. Nada detesta tanto como el ser reconocido, pues entonces no encuentra el medio de tender lazos como √©l quiere.

Que el alma se ponga en seguridad, revelando todo y escuchando de alguien competente: "Haz esto, no hagas aquello; tal cosa es buena, tal cosa es mala; eso es autojustificaci√≥n, eso es voluntad propia", o tambi√©n: "No es el momento de hacer eso", y otra vez: "ahora es el momento"; entonces el diablo no encontrar ocasi√≥n para hacer da√Īo, ni para hacerlo caer, pues estar constantemente guiado y protegido por todas partes. Constatamos as√≠, hermanos, que la salvaci√≥n se encuentra en el mucho consejo. Esto es lo que el Maligno no quiere, sino que lo detesta. El busca hacer el mal y se alegra entonces m√°s en aquellos que no tienen gu√≠a. ¬ŅPor qu√©? Porque caen como las hojas.

65. Veamos c√≥mo el Maligno amaba a ese hermano del cual dec√≠a a abba Macario: "Tengo un hermano que en cuanto me ve, cambia como el viento" . El ama a esos monjes, encuentra sus delicias en aquellos que no son guiados por otro y no se someten a alguien que pueda, seg√ļn Dios, socorrerlos y darles una mano. ¬ŅAcaso no se dirig√≠a a todos los hermanos aquel demonio que el santo vio un d√≠a llevando todas sus maldades en frascos? ¬ŅNo se las presentaba a todos? Pero cada uno de ellos, sintiendo el enga√Īo, corri√≥ a revelar sus pensamientos y encontr√≥ consejo en el momento de la tentaci√≥n, de suerte que el Maligno no pudo hacer nada con ellos. Y no encontr√≥ m√°s que a ese desdichado hermano que confiaba en sus fuerzas y no recib√≠a ayuda de nadie. Se burl√≥ de √©l y se retir√≥ agradeci√©ndole y maldiciendo a los dem√°s. Cuando m√°s tarde cont√≥ el hecho a San Macario mencionando el nombre del hermano, el santo corri√≥ hacia √©l y encontr√≥ la causa de su ca√≠da. Percibi√≥ que el hermano no quer√≠a confesar su falta y no ten√≠a el h√°bito de abrirse. Por eso el enemigo pod√≠a hacerle dar vueltas a su gusto. El santo le pregunt√≥: "¬ŅC√≥mo est s, hermano?" ."Bien, gracias a tus oraciones". "¬ŅNo te dan guerra los pensamientos?". "Por el momento estoy bien". No quer√≠a confesar hasta que el santo, h√°bilmente, le hizo abrir su coraz√≥n. Entonces lo fortific√≥ con la palabra de Dios y regres√≥. El enemigo retorn√≥, seg√ļn su costumbre, con el deseo de hacerlo caer, pero se sorprendi√≥ pues lo encontr√≥ s√≥lidamente afirmado y no pudo enga√Īarlo. Se fue pues sin haber logrado nada, humillado por ese hermano. Al tiempo, el santo pregunt√≥ al diablo: "¬ŅC√≥mo est√° ese hermano amigo tuyo?". Este lo maldijo, no trat√°ndolo ya de amigo sino de enemigo, y dici√©ndole: "l tambi√©n se ha separado de m√≠ y no me escucha m√°s; se ha convertido en el m√°s feroz de todos".

66. Ven, hermanos: el enemigo detesta la palabra de seguridad porque continuamente busca nuestra perdici√≥n. Pueden ver tambi√©n por qu√© ama a aquellos que tienen confianza en s√≠ mismos: porque colaboran con el diablo, tendi√©ndose lazos a s√≠ mismos. Por mi parte, no conozco ninguna ca√≠da de un monje que no haya sido causada por la confianza en s√≠ mismo. Algunos dicen: el hombre cae por esto, cae por aquello. Pero yo repito, no conozco ca√≠da que no tenga aquello por causa. ¬ŅVes a alguien caer? Sabe que √©l se dirigi√≥ a s√≠ mismo. Nada hay m√°s grave que dirigirse a s√≠ mismo, nada m√°s fatal.

Gracias a la protecci√≥n de Dios yo siempre he evitado ese peligro. Cuando estaba en el monasterio (de abba S√©ridos), confiaba todo al anciano, abba Juan y nunca admit√≠ hacer cosa alguna sin su consejo. Tal vez el pensamiento me dijera: "¬ŅEl anciano no te dir√° tal cosa? ¬ŅPara qu√© importunarlo?". Pero yo replicaba: "Anatema a ti y a tu discernimiento, a tu inteligencia, a tu prudencia y a tu ciencia. Lo que t√ļ sabes, lo sabes por los demonios". Me iba entonces a consultar a abba Juan y a veces suced√≠a que su respuesta era precisamente la que yo hab√≠a previsto. Entonces mi pensamiento me dec√≠a: "¬ŅY bien, qu√©? Es lo mismo que te hab√≠a dicho yo. ¬ŅNo has molestado al anciano in√ļtilmente?". Y Yo respond√≠a: "Si, ahora est√° bien, ahora esto viene del Esp√≠ritu Santo. Pues lo que viene de ti es malo, viene de los demonios, de un estado apasionado".

Así nunca me permití seguir mi conciencia sin tomar consejo. Y créanme, hermanos, yo vivía en gran paz y en una despreocupación tal, que llegué a inquietarme, pues sabia que es por muchas tribulaciones como entraremos en el reino de Dios (Hch 14, 22). ¡Y yo me encontraba libre de tribulación! Sentí temor y sospechas al no conocer la causa de tal paz, hasta que el anciano me lo aclaró diciendo: "No te preocupes. El que se entrega a la obediencia de los Padres, posee esa paz y esa despreocupación".

67. Presten atención también ustedes, hermanos, y aprendan a consultar y a no fiarse de su propio juicio. Conozcan qué despreocupación, qué alegría, qué paz se encuentra en ello.

Pero como les dije que nunca fui probado, escuchen, hermanos, lo que me sucedi√≥ una vez. Estando un d√≠a en el monasterio (de abba S√©ridos) fui asaltado por una tristeza inmensa e intolerable. Estaba tan abatido y deca√≠do, que hubiese entregado el alma. Ese tormento era un lazo de los demonios y semejante prueba viene de su envidia; es muy penoso pero de corta duraci√≥n: pesado, tenebroso, sin consuelo ni paz, rodeado de angustia y opresi√≥n. Pero la gracia de Dios viene r√°pidamente al alma, si no nadie podr√≠a soportarlo. Presa de tal prueba y peligro estaba un d√≠a en el patio del monasterio, descorazonado y suplicando a Dios que viniese en mi ayuda. De pronto, echando un vistazo en el interior de la iglesia, vi penetrar en el santuario; alguien que ten√≠a aspecto de obispo y estaba vestido de armi√Īo. Yo nunca me acercaba a un extranjero sin necesidad o sin una orden. Pero algo me atrajo y avanc√©. Permaneci√≥ largo rato all√≠ delante, las manos extendidas hacia el cielo. Yo estaba detr√°s suyo, rezando con mucho temor, pues su vista me hab√≠a llenado de zozobra. Cuando cese de orar, se volvi√≥ y vino hacia m√≠. A medida que se acercaba yo sent√≠a alejarse de m√≠ la tristeza y el miedo. Parado ante m√≠, extendi√≥ su mano hasta tocar mi frente y la palme√≥ con sus dedos diciendo: No he cesado de esperar en el Se√Īor, El se inclin√≥ y escuch√≥ mi grito. Me levant√≥ de la fosa fatal de la charca fangosa; afianz√≥ mis pies sobre roca y asegur√≥ mis pasos, me puso en la boca un c√°ntico nuevo, un himno a nuestro Dios (Sal 39, 2-4). Tres veces repiti√≥ estos vers√≠culo y me palmeaba en la frente. Despu√©s se fue. Enseguida mi coraz√≥n se llen√≥ de luz, de alegr√≠a, de consuelo, de dulzura: ya no era el mismo hombre. Sal√≠ corriendo en su busca pero no lo encontr√©: hab√≠a desaparecido. Desde entonces, por la misericordia de Dios, no recuerdo haber sido atormentado por la tristeza o el temor. El Se√Īor me ha protegido hasta hoy gracias a las oraciones de los santos ancianos.

68. Les he contado esto, hermanos, para mostrarles cu√°nta despreocupaci√≥n y qu√© paz gozan con toda seguridad aquellos que no ponen la confianza en s√≠ mismos, sino que en todo se dirigen a Dios y a aquellos que los pueden guiar seg√ļn Dios. Aprendan tambi√©n ustedes, hermanos, a aconsejarse, a no fiarse de ustedes mismos. Eso es bueno, es humildad, paz, alegr√≠a. ¬ŅPara qu√© atormentarse en vano? No es posible salvarse de otra manera.

Pero puede ser que se pregunten qu√© debe hacer aquel que no tiene a qui√©n pedir consejo. De hecho, si alguien busca sinceramente, de todo coraz√≥n, la voluntad de Dios, Dios no lo abandonar jam√°s y lo guiar en todo seg√ļn su voluntad. As√≠, si alguno dirige su coraz√≥n hacia la voluntad de Dios, Dios iluminar hasta a un ni√Īo para hac√©rsela conocer. Pero si por el contrario no busca sinceramente la voluntad de Dios, podr√° consultar a un profeta: Dios pondr√° en boca del profeta una respuesta conforme a la perversidad de su coraz√≥n, seg√ļn palabras de la Escritura: Si un profeta habla y se equivoca, soy yo el Se√Īor quien lo hace equivocar (Ez 14, 9). Por eso debemos con todas nuestras fuerzas, dirigirnos seg√ļn la voluntad de Dios y no confiarnos en nuestro propio coraz√≥n. Si una cosa es buena y nosotros o√≠mos decir a un santo que es buena, debemos tenerla por tal, sin creer por eso que sabemos c√≥mo hacerla o pensar que la hacemos bien. Debemos hacerla lo mejor que podamos y luego volver a aconsejarnos nuevamente para cerciorarnos de haberla hecho bien. Despu√©s de lo cual no debemos quedarnos totalmente tranquilos, sino esperar el juicio de Dios, como el santo abba Agat√≥n, a quien le preguntaron: "Padre, ¬Ņt√ļ temes tambi√©n?". Y respondi√≥: "Yo hago lo que puedo, pero no s√© si mis obras han agradado a Dios. Pues uno es el juicio de Dios y otro del de los hombres" . Que Dios nos proteja contra el peligro de fiarnos de nuestro propio juicio y que nos conceda seguir fielmente el camino de nuestros Padres.

NO DEBEMOS JUZGAR AL PR√ďJIMO

VI CONFERENCIA

69. Hermanos, si recordamos bien los dichos de los santos Ancianos y los meditamos sin cesar, nos ser dif√≠cil pecar, nos ser dif√≠cil descuidarnos. Si como ellos nos dicen, no menospreciamos lo peque√Īo, aquello que juzgamos insignificante, no caeremos en faltas graves. Se lo repetir√© siempre, por las cosas peque√Īas, el preguntarse por ejemplo: ¬ŅQu√© es esto? ¬ŅQu√© es aquello?, nacer en el alma un h√°bito nocivo y nos pondremos a subestimar incluso las cosas importantes. ¬ŅSe dan cuenta de qu√© pecado tan grande cometemos cuando juzgamos al pr√≥jimo? En efecto, ¬Ņqu√© puede haber m√°s grave? ¬ŅExiste algo que Dios deteste m√°s y ante lo cual se aparte con m√°s horror?. Los Padres han dicho: "No existe nada peor que el juzgar" . Y sin embargo, es por aquellas cosas que llamamos de poca importancia por lo que llegamos a un mal tan grande. Si aceptamos cualquier leve sospecha sobre nuestro pr√≥jimo, comenzamos a pensar: " ¬ŅQu√© importancia tiene el escuchar lo que dice tal hermano? ¬ŅY si yo lo dijera tambi√©n? ¬ŅQu√© importa si observo lo que este hermano o este extra√Īo va a hacer? ". Y el esp√≠ritu comienza a olvidarse de sus propios pecados y a ocuparse del pr√≥jimo. De ah√≠ vienen los juicios, maledicencias y desprecios y finalmente caemos nosotros mismos en las faltas que condenamos. Cuando descuidamos nuestras propias miserias, cuando no lloramos nuestro propio muerto, seg√ļn la expresi√≥n de los Padres, no podemos corregirnos en absoluto sino m√°s bien nos ocupamos constantemente del pr√≥jimo.

Ahora bien, nada irrita más a Dios, nada despoja más al hombre y lo conduce al abandono, que el hecho de criticar al prójimo, de juzgarlo o maldecirlo.

70. Porque criticar, juzgar y despreciar son cosas diferentes. Criticar es decir de alguien: tal ha mentido o se ha encolerizado, o ha fornicado u otra cosa semejante. Se lo ha criticado, es decir, se ha hablado en contra suyo, se ha revelado su pecado, bajo el dominio de la pasión.

Juzgar es decir: tal es mentiroso, colérico o fornicador. Aquí juzgamos la disposición misma de su alma y nos pronunciamos sobre su vida entera al decir que es así y lo juzgamos como tal. Y es cosa grave. Porque una cosa es decir: se ha encolerizado, y otra: es colérico, pronunciándose así sobre su vida entera. Juzgar sobrepasa en gravedad todo pecado, a tal punto que Cristo mismo ha dicho: Hipócrita, s cate primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver claro para sacar la paja del ojo de tu hermano (Lc 6, 42).

Ha comparado la falta del prójimo a una paja, y el juzgar, a una viga; así de grave es juzgar, más grave quizá que cualquier otro pecado que podamos cometer. El fariseo que oraba y agradecía a Dios por sus buenas acciones no mentía, decía la verdad; no es por eso por lo que fue condenado. En efecto, debemos agradecer a Dios por cualquier bien que podamos realizar, puesto que lo hacemos con su asistencia y su ayuda. Luego, no fue condenado por haber dicho: No soy como los otros hombres (Lc 18, 11). No, fue condenado cuando, vuelto hacia el publicano, agregó: ni como ese publicano. Entonces fue gravemente culpable, porque juzgaba a la persona misma de ese publicano, la disposición misma de su alma, en una palabra su vida entera. Y así el publicano se alejó justificado, mientras que él no.

71. No existe nada m√°s grave, m√°s enojoso, lo vuelvo a repetir, que juzgar o despreciar al pr√≥jimo. ¬ŅPor qu√© m√°s bien no nos juzgamos a nosotros mismos, ya que conocemos nuestros defectos, de los cuales deberemos rendir cuenta a Dios? ¬ŅPor qu√© usurpar el juicio de Dios? ¬ŅC√≥mo nos permitimos exigir a su creatura? ¬ŅNo deber√≠amos temblar oyendo lo que le sucedi√≥ a aquel gran Anciano, que al enterarse de que un hermano hab√≠a ca√≠do en fornicaci√≥n dijo de √©l: " ¬°Oh! ¬°Qu√© mal ha cometido!"? ¬ŅNo conocen la temible historia que refiere al respecto el libro de los Ancianos ? Un santo √°ngel llev√≥ ante √©l el alma del culpable y le dijo: "Aquel que juzgaste ha muerto. ¬ŅD√≥nde quieres que lo conduzca: al reino o al suplicio?" ¬ŅQu√© hay m√°s terrible que esta responsabilidad? Porque las palabras del √°ngel al Anciano no quieren decir otra cosa que: "Puesto que eres t√ļ el juez de justos y pecadores, dame tus √≥rdenes con respecto a esta pobre alma. ¬ŅLa perdonas? ¬ŅQuieres castigarla?" As√≠, este santo anciano, trastornado,

pasó el resto de sus días entre gemidos, lágrimas y mil penas, suplicando a Dios le perdonara ese pecado Y esto después de haberse prosternado a los pies del ángel y de haber recibido su perdón. Porque la palabra del ángel: "Así Dios te ha mostrado cuán grave es el juzgar, no lo hagas más", significaba su perdón. Sin embargo el alma del Anciano no quiso ser consolada de su pena hasta su muerte.

72. ¬ŅPor qu√©, entonces, queremos nosotros exigir algo del pr√≥jimo? ¬Ņpor qu√© querer cargarnos con el fardo de otro? Nosotros, hermanos, ya tenemos de qu√© preocuparnos. Que cada uno piense en s√≠ mismo y en sus propias miserias. S√≥lo a Dios corresponde justificar o condenar, a √©l que conoce el estado de cada uno, sus fuerzas, su comportamiento, sus dones, su temperamento, sus particularidades, y juzgar de acuerdo a cada uno de estos elementos que s√≥lo √©l conoce. Dios juzga en forma diferente a un obispo, a un pr√≠ncipe, a un anciano y a un joven, a un superior y a un disc√≠pulo, a un enfermo y a un hombre de buena salud. Y ¬Ņqui√©n podr√° emitir esos juicios sino aquel que todo lo ha hecho, todo lo ha formado, y todo lo sabe?

73. Recuerdo haber o√≠do relatar el hecho siguiente: un nav√≠o cargado de esclavos ech√≥ el ancla en una ciudad donde viv√≠a una virgen piadosa, muy preocupada por su salvaci√≥n. Esta se alegr√≥ cuando supo de la llegada del barco, porque deseaba comprar una peque√Īa esclava. Pensaba: "La educar√© como conviene, de tal forma que ignore absolutamente la malicia de este mundo". Hizo venir al patr√≥n del barco que ten√≠a justamente dos ni√Īitas como ella quer√≠a. Enseguida pag√≥ el precio y con alegr√≠a se llev√≥ una de las peque√Īas a su casa. Apenas se hab√≠a alejado la piadosa mujer, una miserable comediante sali√≥ al encuentro del patr√≥n y viendo a la otra ni√Īa que lo acompa√Īaba quiso comprarla. Se entendieron por el precio, pag√≥ y se fue, llev√°ndose consigo a la ni√Īa.

¬°Vean, hermanos, el misterio de Dios, vean sus juicios! ¬ŅQui√©n podr√° explicarlo? La piadosa virgen que tom√≥ esa peque√Īa la cri√≥ en el temor de Dios, la form√≥ en las buenas obras, le ense√Ī√≥ todo sobre la vida mon√°sticas en una palabra, le hizo conocer el buen aroma de los santos mandamientos de Dios.

La Comediante, por el contrario, tom√≥ a la desdichada para hacer de ella un instrumento del diablo. ¬ŅQu√© otra cosa podr√≠a ense√Īarle, esa arp√≠a, m√°s que la perdici√≥n de su alma? ¬ŅQu√© podr√≠amos decir nosotros de este horroroso reparto? Las dos eran peque√Īas, las dos fueron llevadas para ser vendidas sin saber ad√≥nde iban. Y he aqu√≠ que una de ellas se encontr√≥ en las manos de Dios y la otra en las del diablo. ¬ŅPodr√≠amos decir que Dios pedir√° a esta lo mismo que a aquella? ¬ŅC√≥mo podr√≠a hacerlo? Y si las dos cayeran en la fornicaci√≥n o en otro pecado, aunque la falta fuera id√©ntica, ¬Ņpodr√≠amos decir que las dos recibir n el mismo juicio? ¬ŅC√≥mo admitirlo? Una de ellas ha sido instruida sobre el juicio y el Reino de Dios y ha puesto en pr√°ctica d√≠a y noche las palabras divinas, mientras que la otra desdichada no ha visto ni o√≠do nada bueno sino al contrario, todas las ignominias del diablo. ¬ŅSer posible que ambas sean juzgadas con el mismo rigor?.

74. En consecuencia el hombre no puede conocer nada de los juicios de Dios. S√≥lo Dios puede comprender todo y juzgar los asuntos de cada uno seg√ļn su ciencia √ļnica.

En realidad ocurre que un hermano hace en la simplicidad de su coraz√≥n un acto que complace a Dios m√°s que toda tu vida, y t√ļ, ¬Ņte eriges en juez suyo y da√Īas as√≠ tu alma? Si √©l llegara a caer, ¬Ņc√≥mo podr√≠as saber cu√°ntos combates ha librado y cu√°ntas veces ha derramado su sangre antes de cometer el mal? Quiz√° su falta cuente ante Dios como una obra de justicia, porque Dios ve su pena y el tormento que ha soportado anteriormente; siente piedad de √©l y lo perdona. Dios tiene piedad de √©l y de ti, ¬°t√ļ lo condenas para tu perdici√≥n! Y ¬Ņc√≥mo podr√≠as conocer todas las l√°grimas que ha derramado sobre su falta en presencia de Dios? T√ļ has visto el pecado, pero no conoces el arrepentimiento.

A veces no solamente juzgamos sino que además despreciamos. En efecto, como ya lo he dicho, una cosa es juzgar y otra despreciar. Hay desprecio cuando no contentos con juzgar al prójimo, lo execramos, le tenemos horror como a algo abominable, lo que es peor y mucho más funesto.

75. Aquellos que quieren ser salvados no se ocupan de los defectos del pr√≥jimo, sino siempre de sus propias faltas, y as√≠ progresan. Tal era aquel monje que viendo pecar a su hermano dec√≠a gimiendo: "¬°Desdichado de m√≠! ¬°Hoy √©l, y ma√Īana seguramente ser√© yo!" ¬°Vean qu√© prudencia! ¬°Qu√© presencia de esp√≠ritu! ¬ŅC√≥mo ha encontrado la forma de no juzgar a su hermano? Al decir: "¬°Seguramente ser√© yo ma√Īana!", se inspir√≥ en el temor y la inquietud por el pecado que esperaba cometer y as√≠ evit√≥ juzgar al pr√≥jimo. Pero no contento con esto se ha humillado por debajo de su hermano agregando: "El ha hecho penitencia por su falta, pero yo no la hago, ni llegar√© a hacerla, seguramente no, porque no tengo voluntad para hacer penitencia".

Vean, hermanos, la luz de esta alma divina. No sólo ha podido abstenerse de juzgar al prójimo sino que se tiene por inferior a él. Y nosotros, miserables como somos, juzgamos a diestra y siniestra, sentimos aversión y desprecio cada vez que oímos o sospechamos cualquier cosa.

Lo peor es que, no contentos por el da√Īo que nos hemos hecho a nosotros mismos, nos apresuramos a decir al primer hermano que encontramos: "Ha pasado esto y esto otro", y le hacemos mal tambi√©n a √©l, echando el pecado en su coraz√≥n. No tememos a aquel que dijo: ¬°Ay de aquel que haga tomar a su pr√≥jimo una bebida impura! (Ha 2, 15). Pero hacemos el trabajo del demonio y no nos preocupamos. Porque ¬Ņqu√© puede hacer un demonio sino perturbar y da√Īar? Es as√≠ como colaboramos entonces con los demonios no s√≥lo para nuestra perdici√≥n sino tambi√©n para la del pr√≥jimo. Aquel que da√Īa a un alma trabaja con los demonios y los ayuda, as√≠ como aquel que practica el bien trabaja con los √°ngeles santos.

76. ¬ŅDe d√≥nde proviene esta desdicha sino de nuestra falta de caridad? Si tuvi√©ramos caridad acompa√Īada de compasi√≥n y pena, no prestar√≠amos atenci√≥n a los defectos del pr√≥jimo seg√ļn la palabra: La caridad cubre una multitud de defectos (I Pe 4, 8) y La caridad no se detiene ante el mal, disculpa todo, etc. (I Co 13, 5-6).

Luego, si tuvi√©ramos caridad, ella misma cubrir√≠a cualquier falta y seriamos como los santos cuando ven los defectos de los hombres. Los santos ¬Ņacaso son ciegos por no ver los pecados? ¬ŅQui√©n detesta m√°s el pecado que los santos? Sin embargo no odian al pecador, no lo juzgan, no le rehuyen. Por el contrario, lo compadecen, lo exhortan, lo consuelan, lo cuidan como a un miembro enfermo: hacen todo para salvarlo. Vean a los pescadores: con su anzuelo echado al mar, han atrapado un gran pez y sienten que se agita y se debate, pero no lo sacan enseguida con gran esfuerzo, porque la l√≠nea se romper√≠a y todo estar√≠a perdido, sino que diestramente le aflojan el hilo y lo dejan ir por donde quiere. Cuando perciben que est√° agotado y que su af√°n mengua, comienzan a tirar poco a poco de la l√≠nea. De la misma manera los santos por la paciencia y la caridad atraen al hermano en lugar de rechazarlo lejos de s√≠ con repugnancia. Cuando una madre tiene un hijo deforme no lo abandona horrorizada; sino que se afana en adornarlo y hacer todo lo posible para que sea agradable.

Es as√≠ como los santos protegen siempre al pecador, lo preparan, y lo toman a su cargo para corregirlo en el momento oportuno, para impedirle da√Īar a otro y tambi√©n para que ellos mismos progresen m√°s en la caridad de Cristo.

¬ŅQu√© hizo San Ammonas cuando los hermanos alterados fueron a decirle: "Ven a ver, abba, hay una mujer en la celda de tal hermano"? ¬°Qu√© misericordia, qu√© caridad testimoni√≥ esa santa alma! Sabiendo que el hermano hab√≠a escondido a la mujer bajo el tonel, se sent√≥ arriba y orden√≥ a los otros buscar en toda la celda. Como no la encontraran les dijo: " ¬°Dios los perdone!". Y haci√©ndoles sentir verg√ľenza, les ayud√≥ a no creer m√°s, con facilidad, en el mal del pr√≥jimo. En cuanto al culpable lo cur√≥ no solamente protegi√©ndolo ante Dios, sino corrigi√©ndolo cuando encontr√≥ el momento favorable. Porque luego de haber despedido a todo el mundo, lo tom√≥ de la mano y le dijo: "Preoc√ļpate de ti mismo, hermano". Enseguida el hermano fue penetrado de dolor y compunci√≥n y obraron en su alma la bondad y la compasi√≥n del anciano.

77. Adquiramos nosotros tambi√©n la caridad. Adquiramos la misericordia respecto del pr√≥jimo para evitar la terrible maledicencia, el juzgar y el despreciar. Ayud√©monos los unos a los otros como a nuestros propios miembros. Si alguien tiene una herida en la mano, en el pie o en otra parte, ¬Ņsiente acaso asco de s√≠ mismo? ¬ŅSe corta el miembro enfermo aunque se est√© pudriendo? Mas bien ¬Ņno lo lavar , limpiar , le pondr√° emplastos y vendajes, lo untar con √≥leo santo, rogar y har√° rogar a los santos por √©l, como dice Abba Z√≥simo? . En resumen no abandona su miembro, no le asquea su fetidez, hace todo por curarlo. As√≠ debemos compadecernos unos de otros, ayudarnos mutuamente, o vali√©ndonos de otros m√°s capaces, hacer todo con el pensamiento y con las obras para socorrernos a nosotros mismos y los unos a los otros. Porque somos miembros los unos de los otros, dice el Ap√≥stol (Rm 12, 5). Luego, si formamos un solo cuerpo y si somos cada uno por nuestra parte miembros los unos de los otros (Rm 12, 5), cuando un miembro sufre todos los miembros sufren con √©l (I Co 12, 26). A su entender, ¬Ņqu√© son los monasterios? ¬ŅNo son como un solo cuerpo con sus miembros? Los que gobiernan son la cabeza, los que cuidan y corrigen son los ojos, los que sirven por la palabra son la boca, las orejas son los que obedecen, las manos los que trabajan, los pies los que hacen los encargos y aseguran los servicios. ¬ŅEres la cabeza? Gobierna. ¬ŅEres los ojos? S√© atento y observa. ¬ŅEres la boca? Habla para provecho. ¬ŅEres la oreja? Obedece; ¬Ņla mano? Trabaja; ¬Ņel pie? Cumple tu servicio. Que cada uno, como pueda, trabaje por el cuerpo. Sean siempre sol√≠citos en ayudarse los unos a los otros, ya sea instruyendo y sembrando la Palabra de Dios en el coraz√≥n de su hermano, ya sea consol√°ndolo en el momento de prueba o prest√°ndole asistencia y ayud√°ndolo en su trabajo. En una palabra, cuide cada uno, como pueda, seg√ļn ya les he dicho, de que permanezcan unidos los unos a los otros. Ya que cuanto m√°s unido se est√° al pr√≥jimo, m√°s unido se est√° a Dios.

78. Para que comprendan el sentido de esta palabra voy a darles una imagen sacada de los Padres: Supongan un círculo trazado sobre la tierra, es decir una circunferencia hecha con un compás y un centro. Se llama precisamente centro al centro del círculo. Presten atención a lo que les digo. Imaginen que ese círculo es el mundo, el centro, Dios, y sus radios, las diferentes maneras o formas de vivir los hombres. Cuando los santos deseosos de acercarse a Dios caminan hacia el centro del círculo, a medida que penetran en su interior se van acercando uno al otro al mismo tiempo que a Dios. Cuanto más se aproximan a Dios, más se aproximan los unos a los otros; y cuanto más se aproximan los unos a los otros, más se aproximan a Dios. Y comprender n que lo mismo sucede en sentido inverso, cuando dando la espalda a Dios nos retiramos hacia lo exterior, es evidente entonces que cuanto más nos alejamos de Dios, más nos alejamos los unos de los otros y cuanto más nos alejamos los unos de los otros más nos alejamos también de Dios.

Tal es la naturaleza de la caridad. Cuando estamos en el exterior y no amamos a Dios, en la misma medida estamos alejados con respecto al prójimo. Pero si amamos a Dios, cuanto más nos aproximemos a Dios por la caridad tanto más estaremos unidos en caridad al prójimo, y cuanto estemos unidos al prójimo tanto lo estaremos a Dios.

¬°Que Dios nos haga dignos de comprender aquello que nos es provechoso y realizarlo! Porque cuanto m√°s nos preocupemos por cumplir diligentemente lo que entendemos, m√°s nos dar Dios su luz y nos ense√Īar su voluntad.

LA ACUSACI√ďN DE S√ć MISMO

VII CONFERENCIA

79. Fij√©monos, hermanos, c√≥mo nos sucede a veces que oyendo una palabra desagradable no la tenemos en cuenta, como si nada hubi√©semos o√≠do, y otras veces en cambio nos perturba de inmediato. ¬ŅCu√°l es la raz√≥n de tal diferencia? ¬ŅHay una o m√°s razones? En cuanto a m√≠, existen muchas, pero una sola de ellas engendra, por as√≠ decirlo, todas las dem√°s. Me explicar√©. Tomemos primeramente un hermano que acaba de rezar o de hacer una buena meditaci√≥n; se encuentra, como suele decirse, en buena forma. Soporta a su hermano y deja pasar las cosas sin perturbarse. Consideremos a otro que siente afecto por un hermano, a causa de esto soporta con tranquilidad cualquier cosa que provenga de ese hermano. Sucede tambi√©n que otro hermano desprecia al que quiere molestarlo, no teniendo en cuenta nada que provenga de √©l, no prest√°ndole atenci√≥n ni siquiera como a un hombre, y en suma no considerando en nada ni lo que dice ni lo que hace.

80. Voy a relatarles algo admirable. Había en el monasterio, antes de que yo me fuera, un hermano al que nunca veía perturbado ni enojado con nadie y sin embargo yo veía a muchos de sus hermanos maltratarlo y ofenderlo de diferentes formas. Este joven hermano soportaba lo que venia de cualquiera de ellos, como si nadie lo atormentase en absoluto. Yo no cesaba de admirar su excesiva paciencia y quise saber cómo había adquirido tal virtud. Un día lo llamé aparte y haciéndole una reverencia lo invité a que me dijera qué pensamiento guardaba en su corazón mientras soportaba tales ofensas y maltratos, que le permitía conservar esa paciencia. Me respondió sencillamente y sin ambages: "Tengo la costumbre de considerarme con respecto a aquellos que me ofenden como los cachorros con respecto a sus amos. Ante tales palabras bajé la cabeza y me dije: Este hermano ha encontrado el camino". Después de persignarme lo dejé, rogándole a Dios que nos protegiese a ambos.

81. Decía antes que a veces es por desprecio por lo que no nos perturbamos, y esto sería manifiestamente un desastre. Pero también ofenderse por un hermano que nos molesta puede provenir ya sea de una mala disposición momentánea o de una aversión a tal hermano. Hay también muchas otras razones que pueden alegarse. Pero la causa de la perturbación, si la buscamos cuidadosamente, es siempre el hecho de que no nos acusamos a nosotros mismos. De ahí proviene todo ese agobio y el no encontrar nunca la paz. No hay por que asombrarse de que todos los santos digan que no existe otro camino más que este. Podemos ver bien que nadie ha conseguido la paz siguiendo otro camino ¡y nosotros pensamos encontrar uno que nos lleve directamente a ella, sin consentir jamás en acusarnos a nosotros mismos!. En verdad, aunque hubiéramos realizado mil obras buenas, si no guardamos este camino, no cesaremos de sufrir y de hacer sufrir a los demás, perdiendo así todo mérito.

Por el contrario, ¬°qu√© alegr√≠a, qu√© paz disfrutar donde vaya, aquel que se acusa a s√≠ mismo, como lo ha dicho abba Poim√©n! Cualquiera fuere el da√Īo, la ofensa o la pena que le infieran, si a priori se juzga merecedor de ella, no se sentir perturbado nunca. ¬ŅHay alg√ļn estado que est√© m√°s exento de preocupaci√≥n que este?

82. Pero me dir√°n: si un hermano me atormenta y examin√°ndome constato que no le he dado motivo alguno, ¬Ņc√≥mo podr√© acusarme a m√≠ mismo? De hecho si alguien se examina con temor de Dios, percibir ciertamente que ha dado pretexto, ya sea por una actitud, una palabra o un acto. Y si ve que en nada de esto ha dado pretexto en el caso presente, es seguramente porque ha atormentado a ese hermano en otra ocasi√≥n, en un caso semejante o diferente, o bien que ha atormentado a otro hermano y es por esto, o muchas veces por un pecado diferente, por lo que merec√≠a el sufrimiento.

Así como lo he dicho, si nos examinamos con temor de Dios y escrutamos cuidadosamente nuestra conciencia, nos encontraremos de todas formas responsables.

Sucede tambi√©n que un hermano, creyendo mantenerse en paz y tranquilidad, se ve perturbado por una palabra ofensiva que acaba de decirle un hermano y juzga que la raz√≥n es suya, dici√©ndose en su interior: "Si este hermano no hubiese venido a hablarme y perturbarme, yo no habr√≠a pecado". Es una ilusi√≥n, un razonamiento falso. Aquel que le ha dicho esa palabra, ¬Ņha puesto en √©l esa pasi√≥n? Sencillamente le ha revelado la pasi√≥n que estaba en √©l, para que se arrepienta, si as√≠ lo quiere. As√≠ este hermano se parece a un pan de trigo puro, exteriormente de buen aspecto, pero que una vez partido deja ver su podredumbre. Se cre√≠a en paz pero hab√≠a en √©l una pasi√≥n que ignoraba. Una sola palabra de su hermano ha puesto en evidencia la podredumbre escondida en su coraz√≥n. Si desea obtener misericordia, que se arrepienta, que se purifique, que progrese, y ver que debe m√°s bien agradecer a su hermano el haber sido motivo de tal beneficio.

83. Porque las pruebas ya no lo agobiar√°n m√°s. Cuanto m√°s progrese, m√°s insignificantes le parecer√°n. En efecto, a medida que el alma crece, se hace m√°s fuerte y m√°s capaz de soportar todo lo que le sucede. Es como una bestia de carga: si es robusta, soporta alegremente el pesado fardo que se le carga. Si tropieza se levanta enseguida; apenas lo siente. Pero si es d√©bil, cualquier carga la agobia y una vez ca√≠da precisa mucha ayuda para volver a levantarse. As√≠ pasa con el alma. Se debilita cada vez que peca porque el pecado agota y corrompe al pecador. Que una nada le pase y helo aqu√≠ agobiado. Si por el contrario un hombre avanza en la virtud, lo que anta√Īo le agobiaba se le hace cada vez m√°s liviano. As√≠ nos es de gran ventaja, una fuente abundante de paz y progreso, el hacernos a nosotros mismos responsables, y a nadie m√°s que a nosotros de lo que pasa, tanto m√°s cuanto que nada puede pasarnos sin la Providencia de Dios.

84. Pero, dir√° alguien, ¬Ņc√≥mo puedo no sentirme atormentado si necesito algo que no recibo? Porque heme aqu√≠ presionado por la necesidad. Pero ni siquiera esto es ocasi√≥n de acusar a otro ni de estar enojado con nadie. Si realmente tiene necesidad de algo, como pretende, y no lo recibe, debe decirse: "Cristo sabe mejor que yo si debo encontrar satisfacci√≥n y √©l mismo me presenta esta privaci√≥n de la cosa o alimento". Los hijos de Israel han comido el man√° en el desierto durante cuarenta a√Īos y aunque era de una sola especie, este man√° era para cada uno seg√ļn su deseo: salado para quien lo deseaba salado, dulce para quien lo deseaba dulce, conform√°ndose, en una palabra, al temperamento de cada uno (cf. Sb 16, 21). Luego si alguien precisa un huevo y recibe en su lugar una verdura, que piense: "Si el huevo me fuese √ļtil, Dios con toda seguridad me lo hubiese enviado. Adem√°s es posible que esta verdura sea para m√≠ como un huevo". Y conf√≠o en Dios que esto le ser contado como martirio. Ya que si es verdaderamente digno de que le sea concedido, Dios mover el coraz√≥n de los sarracenos para que se muestren misericordiosos con √©l seg√ļn sus necesidades. Pero si no es digno o si lo que desea no le ser de utilidad, no obtendr√° satisfacci√≥n aunque remueva cielo y tierra. Es verdad que se consigue a veces por encima de nuestras necesidades y a veces por debajo de ellas. Pues Dios, en su misericordia, proporciona a cada uno lo que necesita; si da a alguien en demas√≠a es para mostrarle el exceso de su ternura y ense√Īarle la acci√≥n de gracias. Cuando por el contrario no le proporciona lo necesario suple con su Palabra aquello que se necesitaba y ense√Īa la paciencia. As√≠, y por todo, debemos siempre mirar a lo alto, ya recibamos un bien ya un mal, y dar gracias por todo lo que nos sucede, sin cansarnos jam√°s de acusarnos a nosotros mismos y repetir con los Padres: "Si nos pasa algo bueno es por disposici√≥n de Dios, y si algo malo es por causa de nuestros pecados".

Si, todos nuestros sufrimientos provienen de nuestros pecados. Cuando los santos sufren, lo hacen por Dios o como manifestaci√≥n de su virtud para provecho de muchos o para acrecentar la recompensa que recibir n de Dios. Pero ¬Ņc√≥mo podr√≠amos nosotros, miserables, decir lo mismo? Cada d√≠a pecamos y seguimos nuestras pasiones; nos hemos alejado del camino recto trazado por los Padres, que consiste en acusarse a s√≠ mismo, por seguir la senda torcida donde estamos acusando a nuestro pr√≥jimo. Cada uno de nosotros, en toda circunstancia, se apura a acusar la falta de su hermano, carg√°ndole la culpa. Cada uno vive en la negligencia, sin preocuparse por nada ¬°y pedimos a nuestro pr√≥jimo que nos rinda cuenta de sus pecados contra los mandamientos!.

85. Dos hermanos enojados entre s√≠ vinieron un d√≠a a buscarme. El mayor dec√≠a del m√°s joven: "Cuando le doy una orden se molesta y yo tambi√©n, porque pienso que si tuviera confianza y caridad por m√≠, recibir√≠a con gusto lo que le digo". Y el m√°s joven dec√≠a a su vez: "Que Su Reverencia me perdone, pero sin duda √©l no me habla con temor de Dios sino con la voluntad de mandarme, y es por esto, pienso, por lo que mi coraz√≥n no conf√≠a, seg√ļn la palabra de los Padres".

Observen, hermanos: ambos se acusaban rec√≠procamente sin que ni el uno ni el otro se acusara a s√≠ mismo. M√°s a√ļn, otros dos que estaban irritados mutuamente se ped√≠an disculpas, pero persist√≠an en la desconfianza mutua. El primero dec√≠a: "No es con sinceridad como ha pedido disculpas; por eso no he confiado en √©l, seg√ļn la palabra de los Padres". Y el otro a√Īad√≠a: "No ten√≠a hacia m√≠ ninguna disposici√≥n de caridad antes de que le presentara mis excusas, as√≠ que yo tampoco he sentido confianza hacia √©l".

¬°Qu√© ilusi√≥n, se√Īores! ¬ŅVen ustedes la perversi√≥n de esp√≠ritu?. Dios sabe c√≥mo me espanta el ver que ponemos las palabras de los Padres al servicio de nuestra mala voluntad y para perdici√≥n de nuestras almas. Era preciso que cada uno echase la culpa sobre s√≠.

Uno de ellos debió decir: "No fue con sinceridad como he pedido disculpas a mi hermano. Por eso Dios no ha puesto confianza en él". Y el otro: Yo no tenía ninguna disposición de caridad a su respecto antes de su disculpa. Por eso Dios no ha puesto confianza en él".

Hubiera sido preciso que los dos primeros hicieran lo mismo. Uno de ellos debió haber dicho: "Yo hablo con suficiencia por esto Dios no le da confianza a mi hermano". Y el otro: "Mi hermano me da las órdenes con humildad y caridad pero yo soy indisciplinado y no tengo temor de Dios". De hecho ninguno de ellos ha encontrado el camino ni se ha culpado a sí mismo. Cada uno, por el contrario ha cargado la culpa a su prójimo.

86. Vean, hermanos, es por esta raz√≥n por lo que no llegamos a progresar, a ser un poco √ļtiles, y pasamos todo nuestro tiempo corrompi√©ndonos por los pensamientos que tenemos unos contra otros y atorment√°ndonos a nosotros mismos. Cada uno se justifica, cada uno se descuida, como ya he dicho, sin cumplir en nada, y pidiendo al pr√≥jimo que rinda cuenta de los mandamientos. Por esto no nos habituamos al bien: por poco que recibamos alguna luz inmediatamente pedimos cuenta al pr√≥jimo critic√°ndolo y diciendo: "Deber√≠a hacer esto, y ¬Ņpor qu√© no ha procedido as√≠?". ¬ŅPor qu√© m√°s bien no nos pedimos cuenta a nosotros mismos del cumplimiento de los mandamientos, culp√°ndonos por no observarlos?.

¬ŅD√≥nde est√° aquel santo anciano a quien le preguntaron: "¬ŅQu√© encuentras m√°s importante en este camino, Padre?". Y habiendo respondido: "Acusarse a s√≠ mismo en todo", fue alabado por aquel que le interrogara. agregando: "No hay otro camino que no sea ese". De la misma manera abba Poim√©n dec√≠a gimiendo: "Todas las virtudes han entrado en esta casa menos una, y sin ella le cuesta al hombre mantenerse en pie". Cuando le preguntaron cu√°l era esa virtud respondi√≥:

"Acusarse a s√≠ mismo" . San Antonio dec√≠a tambi√©n que la gran ocupaci√≥n del hombre deber√≠a ser echarse la culpa a s√≠ mismo ante Dios y estar dispuesto a luchar contra la tentaci√≥n hasta el √ļltimo suspiro. Por doquier vemos que los Padres, observando esta regla y remitiendo todo a Dios, aun las peque√Īas cosas, han encontrado la paz.

87. As√≠ se comport√≥ aquel santo anciano que estaba enfermo y cuyo disc√≠pulo puso en su alimento aceite de lino, que es muy nocivo, en lugar de miel. El anciano no dijo nada, sin embargo comi√≥ en silencio una primera y una segunda porci√≥n, lo que necesitaba. sin culpar interiormente a su hermano dici√©ndose que lo hab√≠a hecho por desprecio, y sin decir palabra alguna que pudiera contristarlo. Cuando el hermano se dio cuenta de lo que hab√≠a hecho comenz√≥ a afligirse diciendo: "Te he matado, abba, y eres t√ļ quien me ha hecho cometer este pecado con tu silencio". Pero el anciano respondi√≥ con dulzura: "No te aflijas, hijo m√≠o, si Dios hubiese querido que comiese miel, t√ļ habr√≠as puesto miel". Y as√≠ remiti√≥ el asunto inmediatamente a Dios. Pero, mi buen anciano, ¬Ņqu√© tiene que ver Dios con este asunto? El hermano se ha equivocado y t√ļ dices: "Si Dios lo hubiera querido...". ¬ŅCu√°l es la relaci√≥n? "Si", dijo el anciano, "si Dios hubiera querido que comiese miel, el hermano hubiera puesto miel". Aun estando tan enfermo y habiendo pasado tantos d√≠as sin probar alimento, no se enoj√≥ contra el hermano sino que remitiendo todo a Dios qued√≥ en paz. El anciano habl√≥ bien porque sab√≠a que si Dios hubiera querido que √©l comiese miel, hubiera transformado en miel aun ese infecto aceite.

88. En cuanto a nosotros, hermanos, en toda ocasi√≥n nos arrojamos contra el pr√≥jimo, agobi√°ndolo con reproches y acus√°ndolo de despreciar y de obrar contra su conciencia. ¬ŅO√≠mos algo? De inmediato vemos su parte mala y decimos: "Si no hubiera querido herirme no lo hubiera dicho". ¬ŅD√≥nde est√° aquel santo que dec√≠a refiri√©ndose a Seme√≠: D√©jenlo maldecir, puesto que el Se√Īor le ha dicho que maldiga a David (2S 16, 10)? ¬ŅC√≥mo Dios mandaba a un asesino que maldijese a un profeta? ¬ŅC√≥mo se lo hab√≠a dicho Dios? Pero en su sabidur√≠a el profeta sabia bien que nada atrae m√°s la misericordia de Dios sobre el alma que las tentaciones. sobre todo aquellas que suceden en tiempo de agobio y persecuci√≥n. As√≠ fue como respondi√≥: Dejen que maldiga a David porque el Se√Īor as√≠ se lo ha dicho. ¬ŅY con qu√© motivo? Quiz√° el Se√Īor ver mi humillaci√≥n y cambiar su maldici√≥n en bienes para mi. Vean c√≥mo el profeta obraba con sabidur√≠a. Se enojaba con aquellos que quer√≠an castigar a Seme√≠ porque lo maldec√≠a: ¬ŅQu√© tenemos en com√ļn, hijos de Serui ? dec√≠a, d√©jenlo maldecir puesto que el Se√Īor se lo ha dicho.

Nosotros nos cuidamos mucho de decir con respecto a nuestro hermano: "El Se√Īor se lo ha dicho", sino que apenas hemos o√≠do una palabra de √©l tenemos la reacci√≥n del perro a quien se le arroja una piedra deja a aquel que la lanz√≥ y va a morder la piedra. As√≠ hacemos nosotros: dejamos a Dios que es quien permite que las pruebas nos asedien para purificaci√≥n de nuestros pecados y corremos a echarnos sobre el pr√≥jimo diciendo: "¬ŅPor qu√© me ha dicho esto? ¬ŅPor qu√© me ha hecho esto?". Cuando podr√≠amos sacar gran provecho de estos sufrimientos, nos tendemos emboscadas, no reconociendo que todo llega por la Providencia de Dios seg√ļn convenga a cada uno. ¬°Que Dios nos conceda inteligencia por las oraciones de los santos! Am√©n.

DEL RENCOR

VIII CONFERENCIA

89. Evagrio ha dicho: "Encolerizarse y entristecer a otro debe ser algo extra√Īo al monje"; y tambi√©n: "Aquel que ha dominado su c√≥lera ha triunfado sobre el demonio. Por el contrario, aquel que se someta al imperio de esta pasi√≥n, ser totalmente ajeno a la vida mon√°stica, etc." ¬ŅQu√© decir de nosotros, que aparte de la irritaci√≥n y la c√≥lera llegamos hasta el rencor? ¬ŅQu√© hacer sino deplorar este estado tan vergonzoso e indigno del hombre? Permanezcamos alerta, hermanos, ayud√©monos a nosotros mismos para que, con Dios, podamos preservarnos de la amargura de esta funesta pasi√≥n.

Tal vez alguno de nosotros se disculpe con su hermano por la perturbación causada o la herida infligida, pero aun después de la disculpa persiste en su enojo y conserva malos pensamientos con respecto a ese hermano. No debe restarle importancia a esos pensamientos, sino que debe eliminarlos rápidamente. Ya que se trata del recuerdo de las injurias, y para evitar su peligro se deber , como ya he dicho, vigilar estrechamente, siendo necesarios la disculpa y la lucha. Porque pidiendo simplemente disculpas por cumplir con el precepto, se ha curado la cólera momentánea, pero no se ha luchado contra el recuerdo de la injuria: todavía se guarda rencor contra el hermano. Pues una cosa es el recuerdo de la injuria otra la cóleras otra la irritación y otra la perturbación.

90. Les dar√© un ejemplo, hermanos, que les ayudar a comprender: el que enciende un fuego tiene al comienzo s√≥lo un peque√Īo carb√≥n. Este representar√≠a la palabra del hermano que nos ofende. F√≠jense, hermanos, no es m√°s que un peque√Īo carb√≥n, porque ¬Ņqu√© es una simple palabra de nuestro hermano? Si puedes soportarla, apagas el carb√≥n. Si por el contrario comienzas a pensar: ¬ŅPor qu√© me habr√° dicho eso? ¬°Tengo que contestarle algo! o, ¬°no me habr√≠a hablado de esa manera de no ser para ofenderme! ¬°Pues que sepa que yo tambi√©n puedo hacerle da√Īo!". Como el que enciende un fuego, ustedes echan le√Īa o cualquier cosa y hacen una fogata, se perturban. Esa perturbaci√≥n no es sino un movimiento y flujo de pensamientos que excitan y exasperan el coraz√≥n. Y esa excitaci√≥n, que tambi√©n se llama ira, es la que incita a vengarse del que lo ofendi√≥. Seg√ļn el dicho de abba Marcos: "La malicia que se introduce en los pensamientos excita el coraz√≥n; pero disipada por la oraci√≥n y la esperanza, ayuda a quebrantarlo".

Yo les digo que, soportando la palabra molesta de otro hermano, pueden apagar el peque√Īo carb√≥n antes de que aparezca la perturbaci√≥n. Pero incluso ese √°nimo perturbado puede calmarse f√°cilmente, en cuanto nace, con el silencio, la oraci√≥n, con s√≥lo una satisfacci√≥n que provenga del coraz√≥n. Si por el contrario se contin√ļa atizando el fuego, es decir, exaltando y excitando el coraz√≥n, pensando "¬ŅPor qu√© me habr√° dicho eso? ¬°Yo tambi√©n puedo decirle algo!", fluir y entrechocar de pensamientos, avivando y caldeando el coraz√≥n, producir la llama de la exasperaci√≥n. Esta, seg√ļn san Basilio, no es otra cosa que la ebullici√≥n de la sangre en torno al coraz√≥n. Es irritaci√≥n, llamada tambi√©n encono.

Si ustedes quieren, todav√≠a la pueden apagar antes de que se transforme en c√≥lera. Pero, hermanos, si contin√ļan perturb√°ndose y perturbando al otro, estar√°n haciendo lo que aquel que arroja trozos de le√Īa al fog√≥n para avivar el fuego: la le√Īa se transformar en brasas y esto es la c√≥lera.

91. Es lo mismo que dec√≠a abba Z√≥simo cuando le pidieron que explicara la sentencia: "Donde no hay irritaci√≥n no hay combate". En efecto, si cuando comienza la perturbaci√≥n, al aparecer el humo y las chispas, tomamos la delantera acus√°ndonos a nosotros mismos y ofreciendo alguna satisfacci√≥n antes de que brote la llama de la irritaci√≥n, permaneceremos en paz. Pero, si ya provocada la irritaci√≥n, no nos calmamos y persistimos en la perturbaci√≥n y en la excitaci√≥n, nos asemejaremos a aqu√©l que echa madera al fuego y aviva sus llamas, hasta conseguir unas buenas brasas. Y de la misma manera que las brasas transformadas en carbones y puestas al rescoldo pueden durar a√Īos sin inutilizarse, aunque se les vuelque agua encima, as√≠ la c√≥lera prolongada se transforma en rencor y ya no es posible librarse de √©l si no es vertiendo sangre.

Les he mostrado, hermanos, la diferencia de esos cuatro estados. Compréndanlo bien. Ahora saben lo que es la perturbación inicial, lo que es la exasperación, lo que es la cólera y lo que es el rencor.

Fíjense, hermanos, cómo por una sola palabra se llega a semejante mal. Si desde el comienzo nos hubiéramos echado la culpa a nosotros mismos, hubiéramos soportado pacientemente la palabra del hermano, no buscando venganza ni respondiendo dos o cinco palabras por una sola devolviendo así mal por mal; habríamos podido escapar de todos esos males.

Por eso, hermanos, no cesaré de repetirles: arranquen sus pasiones cuando son incipientes, antes de que se fortifiquen y los hagan sufrir. Porque una cosa es arrancar una planta tierna y otra sacar de raíz un árbol grande.

92. Nada me llama tanto la atenci√≥n como la ignorancia que tenemos de lo que cantamos. Cada d√≠a en la salmodia nos cargamos de maldiciones sin percibirlo. ¬ŅNo debemos conocer acaso aquello que salmodiamos? As√≠, todos los d√≠as decimos: Si he hecho mal a los que me lo hicieron, que caiga muerto ante mis enemigos (Sal 7, 5). ¬ŅQu√© significa: que yo caiga? Mientras estamos de pie tenemos fuerza para oponernos a nuestros enemigos: damos golpes y los recibimos, nos lanzamos sobre el otro y se lanzan sobre nosotros, pero siempre estamos de pie. En cambio, si caemos, ¬Ņc√≥mo podremos, estando en tierra, luchar todav√≠a contra el adversario? Pero nosotros estamos pidiendo no s√≥lo caer ante nuestros enemigos, sino caer muertos. Y ¬Ņqu√© es caer muertos ante el enemigo? Ya hemos dicho que caer es no tener m√°s fuerza para resistir y estar tendido por tierra. Caer muerto es no tener el m√°s m√≠nimo poder de levantarse. Porque el que se levanta puede reponerse y volver al combate.

Decimos también: Que el enemigo persiga y atrape mi alma (Sal 7, 6); no sólo que la persiga, sino también que la atrape, es decir, que caigamos en sus manos, que le estemos sometidos en todo y que nos derribe cuando quiera, si es que devolvemos el mal a quien nos lo ha hecho.

Sin detenernos en esto, agregamos a continuaci√≥n: Que pisotee por tierra nuestra vida {Sal 7, 6). ¬ŅQu√© significa nuestra vida? Son nuestras virtudes, y al pedir que sea echada por tierra y pisoteada, estamos pidiendo hacernos totalmente terrenos y tener nuestra mente fija en la tierra.

Y reduzca mi gloria a basura (Sal 7, 6). ¬ŅQu√© es nuestra gloria sino el conocimiento que nace en el alma por la observancia de los santos mandamientos? Nosotros estamos pidiendo entonces que de nuestra gloria, el enemigo haga nuestra verg√ľenza, como dice el Ap√≥stol (Flp 3, 19), que la reduzca a basura, que convierta en terrenas nuestra vida y nuestra gloria, de tal manera que no pensemos m√°s seg√ļn Dios, sino seg√ļn el cuerpo y la carne, como aquellos de quienes dice Dios: Mi esp√≠ritu no permanecer en esos hombres, porque son carne (Gn 6,3).

As√≠ son todas las maldiciones que nos echamos encima al salmodiar, si es que devolvemos mal por mal. Y ¬Ņqu√© mal no devolvemos? Pero eso nos importa poco, no nos preocupa.

93. Podemos devolver mal por mal no sólo con actos, sino también con una palabra o una actitud. A nosotros nos parece que no devolvemos el mal con un acto si lo hacemos con una palabra o una actitud. Sin embargo, con una sola actitud, un gesto o una mirada, podemos perturbar a nuestro hermano. Porque podemos muy bien lastimarlo con un gesto o una mirada y eso es también devolver mal por mal. Alguno de nosotros cuida de no devolver el mal por medio de un acto, o una palabra, de actitudes o gestos, pero en su corazón guarda tristeza con respecto a su hermano y siente enojo contra él.

F√≠jense, hermanos, en la diversidad de tales estados. Alguno no siente tristeza con respecto a su hermano pero si llega a enterarse de que alguien le ha hecho da√Īo, ha murmurado contra √©l o lo ha injuriado, se regocija al saberlo, y de esta manera √©l tambi√©n devuelve mal por mal en su coraz√≥n. Otro quiz√° no guarda enemistad ni se regocija al o√≠r injuriar a aquel que le ha hecho da√Īo e incluso puede hasta afligirse si sabe que est√° apenado, pero no le agrada ver a ese hermano contento, y se entristece al verlo honrado y en paz. Esta es otra forma de rencor, aunque m√°s sutil.

Debemos alegrarnos del bien del hermano y debemos hacer todo lo posible por sentirlo, honrarlo y contentarlo en toda circunstancia.

94. Decíamos al comienzo de este encuentro que un hermano puede guardar tristeza hacia otro, incluso después de haber dado una satisfacción, y decíamos que si por la satisfacción había curado la cólera, todavía no había combatido el rencor.

F√≠jense en este otro hermano que, al recibir una ofensa de otro, hace la paz con √©l, le da satisfacci√≥n, tiene palabras de reconciliaci√≥n y no guarda en su coraz√≥n ning√ļn resentimiento contra el autor de la ofensa. Pero si ese hermano vuelve a decirle cualquier cosa desagradable, trae nuevamente a la memoria lo pasado, y se perturba por lo anterior y lo reciente a la vez.

Se asemeja as√≠ a un hermano que tiene una herida y se pone un vendaje; gracias al vendaje la herida se cura y cicatriza, pero alrededor suyo queda muy sensible: se lastima m√°s f√°cilmente que el resto del cuerpo, y si recibe una pedrada comienza enseguida a sangrar. Tal es el estado del hermano del que hablamos: tenia una herida y le puso un vendaje, la satisfacci√≥n. Como aquel del que hablamos en primer lugar, ha curado la herida, es decir la c√≥lera. Incluso ha comenzado a preocuparse del rencor, cuid√°ndose de no guardar en su coraz√≥n ning√ļn resentimiento, lo que es la cicatrizaci√≥n de la llaga. Pero todav√≠a no ha borrado completamente sus rastros; todav√≠a guarda algo de rencor, es decir, la cicatriz, por la cual la herida se vuelve a abrir r√°pidamente al menor golpe. Debe esforzarse entonces por hacer desaparecer incluso esa cicatriz de tal manera que vuelva el vello, que no quede ninguna deformidad y que nadie pueda darse cuenta de que all√≠ hubo una herida.

¬ŅC√≥mo lograr esto? Orando de todo coraz√≥n por aquel que le ha hecho mal, diciendo: "¬°Oh Dios, aux√≠lianos a mi hermano y a mi por sus oraciones!" De este modo, por un lado reza por su hermano, lo cual es un testimonio de compasi√≥n y caridad, y por el otro, se humilla pidiendo su seguridad por las oraciones de ese hermano. De esta manera, all√≠ donde se encuentran la compasi√≥n, la caridad y la humildad, ¬Ņc√≥mo puede triunfar la c√≥lera, el rencor o cualquier otra pasi√≥n? Es lo que dec√≠a abba Z√≥simo: "Aunque el diablo y todos los demonios pongan en acci√≥n todas sus maquinaciones perversas, todos sus artificios resultan in√ļtiles y son aniquilados por la humildad del mandamiento de Cristo". Y otro Anciano: "Aquel que reza por sus enemigos, nunca conocer el rencor".

95. Pongan pues en pr√°ctica, hermanos, y comprendan bien las ense√Īanzas que reciben, porque si no las ponen en pr√°ctica, las palabras solas no podr√°n hacer que las comprendan. ¬ŅCu√°l es el hombre que queriendo aprender un arte, s√≥lo se contenta con que le hablen? M√°s bien comenzar primero por hacer, deshacer, rehacer, demoler y as√≠ por un trabajo perseverante, aprender poco a poco su arte con ayuda de Dios que ve su buena voluntad y sus esfuerzos.

¬°Pero nosotros queremos adquirir el arte de las artes por las palabras, sin ponerlas en acci√≥n! ¬ŅC√≥mo puede ser posible? Vigil√©monos a nosotros mismos, hermanos, y trabajemos con celo mientras podamos. ¬°Que Dios nos haga recordar y guardar las palabras o√≠das, a fin de que en el d√≠a del juicio no sean ellas motivo nuestra condenaci√≥n!

SOBRE LA MENTIRA

IX CONFERENCIA

96. Hermanos, deseo recordarles algunas peque√Īas cosas respecto a la mentira. Se debe a que no los veo para nada ocupados en cuidar su lengua, y eso nos lleva f√°cilmente a numerosas faltas. Comprendan, hermanos, que en todo se contraen h√°bitos, sea para bien o para mal, y no dejar√© de repetirlo. Hace falta mucha vigilancia para no dejarse sorprender por la mentira. Pues ning√ļn mentiroso est√° unido a Dios; la mentira es extra√Īa a Dios. Est escrito en efecto: la mentira viene del maligno, ... y √©l es mentiroso y padre de la mentira (Jn 8, 44). As√≠, el diablo es llamado padre de la mentira. Al contrario, Dios es la Verdad ya que √©l mismo dijo: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14, 6). F√≠jense de qui√©n se separan y a qui√©n se unen por la mentira: al Maligno. Por lo tanto si queremos realmente ser salvados, debemos amar la verdad con todas nuestras fuerzas y con todo nuestro ardor, cuid√°ndonos de toda mentira, para no ser separados de la verdad y de la vida.

97. Hay tres formas diferentes de mentir: con el pensamiento, con la palabra o con la vida misma. Miente con el pensamiento aquel que acepta las sospechas. Si ve a alguien hablando con su hermano, piensa: "Es de m√≠ de quien hablan". Si dejan de hablar sigue sospechando que es a causa de √©l. Si alguien dice una palabra supone que es para hacerle da√Īo. En fin, con cualquier motivo sospecha de su pr√≥jimo y se dice: "Por m√≠ ha hecho eso, por mi ha dicho aquello; por tal raz√≥n ha hecho eso otro". As√≠ es el que miente con el pensamiento: no se basa en la verdad, sino en conjeturas. De all√≠ las curiosidades indiscretas, las murmuraciones, el h√°bito de estar a la escucha, de discutir, de juzgar.

Puede suceder que alguien tenga una sospecha y que est√© en la verdad: de ah√≠ en m√°s, alegando la intenci√≥n de enmendarse, no cesa de averiguar alrededor de √©l diciendo: "Cuando se habla mal de mi, me doy cuenta de la falta que se me reprocha y me corrijo". Pero el origen de esa conducta es el Maligno, porque ha comenzado por la mentira: en la ignorancia conjetur√≥ lo que no sab√≠a. Y entonces, ¬Ņc√≥mo un mal √°rbol puede dar buenos frutos? Si quiere verdaderamente corregirse, que no se turbe cuando un hermano le dice: "No haga aquello, o: ¬ŅPor qu√© has hecho eso?". Que pida disculpas y le agradezca. Entonces se corregir . Y si Dios ve que esa es su voluntad, nunca lo dejar equivocar, sino que le enviar a aquel que deba corregirlo. En cuanto a decir: "Me f√≠o de mis sospechas para corregirme", y ponerse a investigar y a escuchar por todas partes, es una falsa justificaci√≥n, inspirada por el diablo, que busca enga√Īarnos.

98. Cuando estaba en el monasterio (del abad S√©ridos), tenia la tentaci√≥n de juzgar el estado de cada uno seg√ļn su actitud exterior. Pero me sucedi√≥ lo siguiente: Una vez pas√≥ delante de m√≠ una mujer llevando una vasija de agua: no se c√≥mo me dej√© sorprender y la mir√© a los ojos. Enseguida me vino a la cabeza la idea de que era una mujer de mala vida. Ese pensamiento me turb√≥ mucho y me abr√≠ al anciano abba Juan: "Se√Īor, le dije, si a pesar m√≠o, al ver los modales de alguien, deduzco su estado ¬Ņqu√© debo hacer?". "¬°Y qu√©!" respondi√≥, Anciano, "¬Ņno puede suceder que alguien tenga un defecto natural y luche por corregirse? No es posible, por lo tanto, conocer su estado por ese defecto. Por eso nunca te f√≠es de tus sospechas, porque una regla torcida tuerce incluso lo que es derecho. Las sospechas son enga√Īosas y da√Īinas". Desde entonces si mi pensamiento me dec√≠a del sol: es el sol y de las tinieblas: son tinieblas, ya no me fiaba m√°s. No hay nada tan grave como las sospechas. Son tan perjudiciales que a la larga nos llegan a persuadir y a hacernos creer como evidentes cosas que ni existen ni existieron nunca.

99. Respecto a esto les voy a referir un hecho asombroso del que fui testigo cuando estaba en el monasterio. Teníamos un hermano que era fácil presa de ese vicio. Confiaba tanto en sus sospechas que tenía siempre la convicción de que las cosas eran como su espíritu las imaginaba, no admitiendo que fuesen de otra manera. Al crecer el mal con el tiempo, los demonios lograron perderlo por completo. Un día en que había entrado en el jardín para observar lo que sucedía (no dejaba de espiar y estar a la escucha), creyó ver que un hermano robaba higos y los comía. Era un viernes, poco antes de la hora segunda. Persuadido de que realmente había visto tal cosa, se escondió, por así decir, y salió sin decir nada. Pero después a la hora de la oración, se dedicó a espiar al hermano que había robado y comido los higos, para ver qué haría en el momento de la comunión. Al verlo lavarse las manos para comulgar, corrió a decir al abad: "Fíjese en ese hermano, va a recibir la santa comunión con los hermanos.

Imp√≠daselo, porque lo he visto esta ma√Īana robando higos en el jard√≠n y comi√©ndolos". El hermano se acercaba a la santa eucarist√≠a con mucha compunci√≥n porque era uno de los m√°s fervorosos. El abad lo vio y lo llam√≥ antes de que llegase al padre que daba la comuni√≥n. Lo llam√≥ aparte y le pregunt√≥: "Dime, hermano, ¬Ņqu√© has hecho hoy?" "¬ŅD√≥nde, se√Īor?", respondi√≥ el hermano asombrado. "En el jard√≠n, adonde fuiste esta ma√Īana", prosigui√≥ el abad. "¬ŅQu√© hac√≠as all√≠?" Estupefacto el hermano respondi√≥: "Se√Īor, hoy no he ido al jard√≠n, no estuve en el monasterio esta ma√Īana. Llegu√© ahora. Enseguida de la vigilia nocturna el ec√≥nomo me envi√≥ a tal lugar con un encargo". Se trataba de un viaje de varias millas y hab√≠a vuelto s√≥lo a la hora de la oraci√≥n. El abad llam√≥ al ec√≥nomo y le pregunt√≥: "¬ŅAdonde enviaste a este hermano?". El ec√≥nomo le respondi√≥ lo mismo que el hermano, que lo hab√≠a enviado a tal pueblo. Despu√©s pidi√≥ disculpas diciendo: "Perd√≥name, Padre, t√ļ descansabas despu√©s de la vigilia y por eso no lo mand√© a pedirte permiso". Totalmente convencido, el abad los envi√≥ a comulgar con su bendici√≥n. Despu√©s llam√≥ al que hab√≠a tenido la sospecha, lo amonest√≥ y le prohibi√≥ la santa comuni√≥n. Adem√°s, despu√©s de la oraci√≥n, llam√≥ a todos los hermanos, les cont√≥ apenado lo que hab√≠a sucedido, y delante de todos castig√≥ al hermano culpable, con un triple objetivo: confundir al diablo y desenmascararlo como sembrador de sospechas, conseguir para el hermano el perd√≥n de su falta por medio de la humillaci√≥n y el auxilio de Dios en el futuro, y finalmente hacer que los otros hermanos fueran m√°s atentos y no se dejaran llevar por las sospechas. En el largo discurso que nos dirigi√≥ sobre el tema a nosotros y al hermano, dijo que no hab√≠a cosa m√°s da√Īina que la sospecha y nos dio como prueba lo que acababa de suceder.

100. De muchas maneras los Padres han expresado cosas semejantes poni√©ndonos en guardia contra el mal de la sospecha. Esforc√©monos entonces, hermanos, con todas nuestras fuerzas en no fiarnos nunca de nuestras sospechas. No hay nada que aleje tanto al hombre de la preocupaci√≥n por sus propios pecados, haciendo que se ocupe constantemente de aquello que no le incumbe. De eso no resulta nada bueno, sino mil perturbaciones, mil sufrimientos, y no se tiene la oportunidad de adquirir el temor de Dios. Por eso en cuanto nuestra maldad siembra en nosotros la sospecha, transform√©mosla de inmediato en buenos pensamientos, y no nos podr√° hacer da√Īo. La sospecha est√° llena de malicia y no deja el alma en paz. Y esto es mentir con el pensamiento.

101. El mentiroso de palabra es por ejemplo aquel que tarda en levantarse para vigilias y que en lugar de decir: "Perd√≥name, fui perezoso para levantarme", dice: "Ten√≠a fiebre y mareos, no pod√≠a ponerme en pie, no tenia fuerzas". Pronuncia diez palabras falsas en lugar de pedir perd√≥n y humillarse. Si alguien le ha reprochado, se preocupa en disfrazar sus palabras arregl√°ndolas para no ser acusado. Si tiene alg√ļn entredicho con otro hermano no cesa de justificarse diciendo: "Fuiste t√ļ el que lo dijo, t√ļ el que lo hizo"; o "no fui yo que lo dijo, fue tal otro el que habl√≥; fue tal cosa o fue tal otra", solamente para evitar la humillaci√≥n. Finalmente si desea algo, no se atreve a decir: "quiero eso", sino que usar mil vueltas: "sufro tal cosa y tengo necesidad de aquello", o: "me lo han prescrito", y mentir hasta que haya satisfecho su deseo.

Todo pecado tiene su origen en el amor al placer, en el amor al dinero o en la vanagloria. La mentira proviene igualmente de esas tres pasiones. Mentimos para no ser descubiertos y humillados, o para satisfacer un deseo o para obtener una ganancia. El mentiroso no cesa de revolver en su imaginación todos los subterfugios posibles para alcanzar su objetivo. Pero jamás se le cree: aunque diga algo verdadero, nadie le tiene confianza y su veracidad resulta dudosa.

102. Sin embargo puede sobrevenir alguna necesidad en la cual si no disimulamos en parte, puede ocurrir un mal mayor. En ese caso si nos vemos sorprendidos en tal situaci√≥n, deberemos disfrazar nuestras palabras para evitar, tal como lo dije, un perjuicio, un mal o un peligro m√°s grave. Era lo que dec√≠a abba Alonio a abba Agat√≥n: "Dos hombres han asesinado delante tuyo, y uno de ellos se refugia en tu celda. El magistrado lo busca y te interroga: ¬ŅHas sido testigo del asesinato? Si no usas alg√ļn artificio entregar s ese hombre a la muerte" . Cuando nos encontremos obligados por una tal necesidad, no debemos por ello considerar la mentira como algo sin importancia, sino que la debemos rechazar, llorarla ante Dios, considerando esto como una prueba. Pero no sucede sino raramente, una vez entre mil. Es como los ant√≠dotos o los purgantes: si se los toma continuamente son da√Īinos, pero utilizados cada tanto, en caso de extrema necesidad, son provechosos. Lo mismo debemos hacer en la cuesti√≥n que nos ocupa: aunque se tenga que mentir por necesidad, que sea raramente, una vez entre mil, y si nos vemos en una gran necesidad. Debemos entonces, con temor y temblor, mostrar a Dios nuestra buena voluntad junto con la necesidad en que nos encontramos, y obtendremos as√≠ su protecci√≥n. De otro modo, aun incluso en esos casos, nos har√° mal.

103. Ya hemos hablado del que miente con el pensamiento y con las palabras. Nos queda por decir quién es el que miente con su misma vida.

Miente con su vida el libertino que se precia de casto; el avaro que habla de limosnas y elogia la caridad, o tambi√©n el orgulloso que admira la humildad. No la admira con intenci√≥n de alabar la virtud; en ese caso comenzar√≠a por confesar humildemente su propia debilidad diciendo: " ¬°Qu√© desdicha la m√≠a! Estoy vac√≠o de todo bien". Despu√©s de confesar as√≠ su miseria, podr√≠a admirar y alabar la virtud. Pero tampoco es con la intenci√≥n de evitar el esc√°ndalo por lo que hace el elogio de la virtud, porque si as√≠ fuera deber√≠a decir: " ¬°Soy un miserable, lleno de pasiones! ¬ŅPor qu√© voy a escandalizar a mi pr√≥jimo? ¬ŅPor qu√© voy a hacer mal al alma de otro imponi√©ndome as√≠ una carga m√°s? "Entonces, aun siendo √©l mismo pecador, podr√≠a aproximarse al bien. Porque verse a si mismo como un miserable es humildad, y cuidar del pr√≥jimo es compasi√≥n. Pero el mentiroso no admira la virtud con esos sentimientos. Para cubrir su propia verg√ľenza pone por delante el nombre de la virtud hablando de ella como si fuese virtuoso. Y muchas veces lo hace para hacer da√Īo y enga√Īar a alguien. Porque, en efecto, ninguna maldad, ninguna herej√≠a, ni el mismo diablo podr√° enga√Īar si no es simulando virtud, seg√ļn lo dice el Ap√≥stol: El mismo diablo se transforma en √°ngel de luz (2 Co 11-14). No es de admirar entonces que sus servidores se disfracen de servidores de la justicia. De esta manera, sea para evitar la humillaci√≥n o por verg√ľenza, o con el objeto de seducir y enga√Īar a alguien, el mentiroso habla de las virtudes, las alaba y las admira, como si √©l mismo las hubiese adquirido con su esfuerzo. As√≠ es el que miente con su misma vida. No es simple, tiene doblez, es uno por dentro y otro por fuera. Toda su vida no es m√°s que duplicidad y farsa.

Hemos hablado de la mentira, que proviene del diablo. De la verdad hemos dicho: La Verdad es Dios. Huyamos por lo tanto, hermanos de la mentira, para escapar de las filas del Maligno esforz√°ndonos en poseer la verdad y en estar unidos a Aquel que dijo: Yo soy la Verdad (Jn 14, 6). ¬°Que Dios nos haga dignos de su verdad!

ACERCA DEL FIN PRECISO Y DE LA VIGILANCIA CON LA QUE DEBEMOS MARCHAR EN EL CAMINO DE DIOS

X CONFERENCIA

104. Hermanos, cuidemos de nosotros mismos, seamos vigilantes. ¬ŅQui√©n nos devolver el tiempo si nosotros lo perdemos? Podremos buscar los d√≠as perdidos, pero no encontrarlos. Abba Arsenio se dec√≠a sin cesar: "Arsenio, ¬Ņpara qu√© saliste del mundo?". En cambio nosotros somos tan negligentes que ni sabemos por qu√© hemos salido, ni sabemos qu√© es lo que buscamos. Y por eso no progresamos, y caemos siempre en la aflicci√≥n. Ello se debe a que nuestro coraz√≥n no est√° atento. Porque si combati√©semos un poco, no sufrir√≠amos ni penar√≠amos por mucho tiempo, ya que si bien en los comienzos hay que esforzarse combatiendo poco a poco, vamos avanzando y terminamos por trabajar en paz, pues Dios ve que nos hacemos violencia y nos da su socorro.

Hagámonos violencia, pongamos manos a la obra y tengamos al menos la voluntad de hacer el bien. Aunque no hayamos alcanzado todavía la perfección, el solo hecho de desearlo es ya el comienzo de nuestra salvación. Porque del deseo pasaremos con la ayuda de Dios a la lucha, y en la lucha encontraremos el auxilio de Dios para adquirir las virtudes Es lo que hacía decir a uno de los Padres: "Da tu sangre y recibe el espíritu", es decir, lucha y entra en posesión de la virtud.

105. Cuando estudiaba las ciencias profanas sufr√≠a mucho, pues cuando me dispon√≠a a tomar un libro, era como si fuese a meter la mano en una bestia salvaje. Pero como me esforc√© con perseverancia, Dios me ayud√≥, y alcanc√© el h√°bito de trabajar a tal punto que el entusiasmo por los estudios me hac√≠a olvidar el reposo, el comer y el beber Nunca iba a comer con mis amigos; tampoco iba a conversar con ellos durante el tiempo de estudio, a pesar de que me gustaba la sociedad y de que amaba a mis compa√Īeros. Cuando el profesor nos mandaba, iba a darme un ba√Īo, ya que ten√≠a necesidad de hacerlo todos los d√≠as a causa de la sequedad producida por el exceso de trabajo. Despu√©s me retiraba solo, sin saber qu√© era lo que comer√≠a. Era incapaz de dejarme distraer ni por la elecci√≥n de mis alimentos. Adem√°s siempre hab√≠a alguien que me preparaba lo que el quer√≠a. Tomaba lo que √©l me preparaba, pero sobre mi cama, donde tenia mi libro a cuya lectura me entregaba de tanto en tanto. Mientras descansaba lo guardaba cerca de m√≠, sobre mi escritorio, y despu√©s de haber dormido un poco, volv√≠a a la lectura. Tambi√©n por la tarde despu√©s del oficio de V√≠speras, encend√≠a la l√°mpara y le√≠a hasta medianoche. No ten√≠a otro placer que el de los estudios. Cuando vine al monasterio me dije: "Si por la ciencia profana experiment√© tanta sed y ardor en aplicarme al estudio y adquirir la costumbre, ¬Ņcu√°nto m√°s por la virtud?". Y de este pensamiento sacaba gran proveo.

Si alguien quiere adquirir la virtud, no debe distraerse ni disiparse. Así como el que desea aprender carpintería no se dedica a otra cosa, del mismo modo sucede con los que quieren adquirir el arte espiritual: no deben ocuparse de otra cosa, sino que deben dedicarse día y noche a la forma de llegar a ser maestros. Los que no hacen eso no sólo no progresan, sino que al no tener un objetivo, se fatigan se pierden, por el hecho de que sin vigilancia y combate se cae fácilmente fuera de la virtud.

106. Las virtudes son un punto medio; es el camino real del que habla un santo Anciano: "Seguid el camino real, y contad las millas" . Las virtudes son el medio entre el exceso y la falta. Est escrito: No te desv√≠es ni a derecha ni a izquierda (Pr 4, 27), sino sigue el canino real (cf: Num 20, 17). San Basilio dice "Es recto de coraz√≥n aquel cuyo pensamiento no se inclina ni al exceso ni a la falta, sino que se dirige hacia ese medio que es la virtud". Lo que quiero decir es esto: el mal en s√≠ mismo no es nada, porque no tiene ser ni sustancia. Dios no lo permita. Es el alma la que lo produce al separarse de la virtud y ser llenada por las pasiones. Y, precisamente por ese mal ella es atormentada, no encontrando su reposo natural. Es, por ejemplo como la madera: no tiene ning√ļn gusano, pero si se pudre un poco de esa podredumbre nace el gusano que la roe. El hierro tambi√©n produce la herrumbre, y √©l mismo es corro√≠do por la herrumbre; o tambi√©n el vestido que hace nacer las polillas, por las cuales luego es devorado. Del mismo modo el alma misma produce el mal que antes no tenia ni ser ni sustancia, y es devorada a su vez por ese mismo mal. Es lo que ha dicho tambi√©n San Gregorio: "El fuego producido por la madera consume la madera, como el mal a los perversos". Y esto es tambi√©n visible en los enfermos. Si vivimos de manera desordenada sin cuidar la salud, se produce un exceso o carencia de humores, y de all√≠ se sigue un desequilibrio. De ese modo, la enfermedad antes no estaba en ninguna parte, incluso no exist√≠a. Y al recobrar nuevamente el cuerpo su salud, la enfermedad no se encuentra en ninguna parte. De forma similar el mal es la enfermedad del alma privada de su salud natural, es decir de la virtud. Por eso decimos que la virtud es un punto medio. Por ejemplo, el coraje es el medio entre la cobard√≠a y la audacia: la humildad, entre el orgullo y el servilismo; el respeto, entre la verg√ľenza y la insolencia; y as√≠ respectivamente todas las otras virtudes. El hombre que se encuentra revestido de todas esas virtudes es precioso a los ojos de Dios; y aunque parezca que come, bebe y duerme como el resto de los hombres, sus virtudes lo hacen precioso. Al contrario, si carece de vigilancia y no cuida de s√≠, f√°cilmente se aparta del camino, sea a la derecha sea a la izquierda, es decir hacia el exceso o la falta, y provoca esa enfermedad que es el mal.

107. Ese es el camino real que han seguido todos los santos. Las "millas" son las diferentes etapas que debemos medir para darnos cuenta de dónde estamos, a qué distancia hemos llegado, en qué estado nos encontramos. Me explico: todos somos como viajeros que tienen por meta la ciudad santa. Partiendo de una misma ciudad, unos han recorrido cinco millas, y después se detuvieron; otros han recorrido diez; algunos han llegado hasta la mitad del camino; otros no han dado un paso: al salir de la ciudad se quedaron a las puertas, en su atmósfera nauseabunda. Puede suceder que otros recorran dos millas, pero después se pierden y vuelven sobre sus pasos, o habiendo hecho dos millas vuelven cinco para atrás. Otros han llegado hasta la misma ciudad, pero se quedaron fuera y no penetraron en su interior.

Eso es lo que nosotros somos. Seguramente hay entre nosotros quienes, habiendo dejado el mundo para entrar en el monasterio, ten√≠an por meta la adquisici√≥n de las virtudes. De ellos unos han progresado un poco, pero despu√©s se detuvieron; otros han avanzado algo m√°s; otros llegaron hasta la mitad del camino, pero se quedaron all√≠. Tambi√©n Est√°n los que no han hecho nada: dieron la impresi√≥n de abandonar el mundo, pero de hecho se quedaron en las cosas de mundo, en sus pasiones y en su podredumbre. Algunos llegaron a realizar algo bueno, pero despu√©s lo destruyeron, o incluso destruyeron mucho m√°s de lo que hab√≠an hecho. Otros llegaron a adquirir virtudes, pero se enorgullecieron y despreciaron al pr√≥jimo: son los que permanecieron fuera de la ciudad sin entrar. Estos tampoco llegaron a la meta, pues aunque hayan llegado a las puertas de la ciudad permanecieron fuera, por lo cual tampoco cumplieron su cometido. Que cada uno de nosotros tome conciencia de d√≥nde se encuentra. Al salir de la ciudad ¬Ņse ha quedado afuera, cerca de la puerta, a la vista de la ciudad? ¬ŅHa avanzado poco o mucho? ¬ŅHa recorrido la mitad del camino? ¬ŅNo habr√° avanzado, y despu√©s retrocedido dos millas? ¬ŅO habr√° retrocedido cinco millas despu√©s de haber avanzado dos? ¬ŅHa llegado hasta la ciudad? ¬ŅHa entrado en Jerusal√©n? ¬ŅO ha llegado a la ciudad sin poder penetrar? Que cada uno descubra en qu√© estado y d√≥nde se encuentra.

108. Hay tres estados para el hombre: el que pone por obra sus pasiones, el que las controla, y el que las arranca de raíz. Practicar una pasión es realizar sus actos y entretenerse en ella. Controlarla no es ni practicarla ni arrancarla, sino razonando sobrepasarla, aunque la conserve en el corazón. Arrancarla de raíz es luchar y realizar actos contrarios a ella.

Estos tres estados tienen un largo proceso. Tomemos un ejemplo. D√≠ganme qu√© pasi√≥n quieren que examinemos. ¬ŅQuieren que hablemos del orgullo, de la fornicaci√≥n? ¬ŅO prefieren m√°s bien que tratemos de la vanagloria, porque es la que con m√°s frecuencia nos derrota? Es por vanagloria por lo que uno no puede soportar una palabra de su hermano. Llega a o√≠r una sola, y ya queda turbado, y le responde cinco o diez. Discute, siembra la discordia, y cuando termina la querella, sigue pensando mal de su hermano porque le ha dicho esa palabra. Le guarda rencor y se aflige por no haberle dicho m√°s cosas de las que le dijo. Prepara palabras peores todav√≠a para dec√≠rsela. No deja de pensar: "¬ŅPor qu√© no le habr√© dicho esto? Todav√≠a puedo decirle esto otro". Y no logra salir de su furor. Este es el primer estado, es el mal convertido en estado habitual. ¬°Dios nos libre de √©l! Tal disposici√≥n con toda seguridad est√° condenada al castigo. Todo pecado cometido es merecedor del infierno. Aunque se quiera convertir, aquel que se encuentra en tal estado no tendr√° fuerza para llegar por s√≠ solo a terminar con esa pasi√≥n, a menos que lo auxilien los santos, tal como dicen los Padres. Por lo tanto no ceso de repetirles: apres√ļrense a arrancar las pasiones antes que se transformen en h√°bitos.

Puede suceder que alg√ļn otro, turbado por una palabra que oy√≥, responda por su parte cinco o diez por una, luego se aflige por no haber dicho otras, tres veces peores, siente tristeza y guarda rencor. Pero despu√©s de unos d√≠as se arrepiente. Otro deja pasar una semana antes de arrepentirse: otro un solo d√≠a. Otro se irrita, pelea, se turba y perturba al otro, pero se arrepiente enseguida. F√≠jense qu√© variados son esos estados, pero todos merecen el infierno ya que ponen por obra la pasi√≥n.

109. Hablemos ahora de los que controlan la pasión. Fíjense en un hermano que oye una palabra y se aflige interiormente, pero se entristece no por el ultraje recibido sino por no haber podido soportarlo. Ese es el estado de los que luchan, de los que controlan la pasión. Otro hermano lucha con esfuerzo, pero termina por sucumbir bajo el peso de la pasión. Otro no quiere contestar mal, pero se ve llevado por el hábito. Otro todavía lucha para evitar cualquier palabra desagradable, pero se entristece de haber sido maltratado, aunque condena su propia tristeza y hace penitencia. Tal otro, en fin, no se aflige por haber sido maltratado, pero tampoco se alegra de ello. Todos estos, fíjense bien, contienen la pasión. Pero hay dos que se distinguen de los otros, a saber, aquel que es vencido en el combate y aquel que es llevado por la costumbre, porque los dos corren el peligro de aquellos que ejecutan la pasión. Los he puesto entre los que la contienen porque esa es su intención. No quieren poner por obra la pasión, pero experimentan tristeza y luchan. Los Padres han dicho que todo lo que el alma rechaza, es de poca duración. Esos hermanos deben examinarse para saber si lo que retienen, no es la pasión misma, sino una de las causas de la pasión, y si no es por eso por lo que son vencidos y arrastrados.

Algunos luchan, por así decir, por contener la pasión, pero es bajo la instigación de otra. Tal hermano, por ejemplo, guarda silencio por vanagloria; tal otro, por respeto humano, o por alguna otra pasión. Es curar el mal con el mal. Abba Poimén dice que de ninguna manera la iniquidad destruye la iniquidad. Por ello esos hermanos son de los que ejercitan la pasión, aunque no lo crean.

110. Ahora debemos hablar de aquellos que arrancan la pasi√≥n. F√≠jense en un hermano que se alegra de haber sido maltratado, pero a causa de la recompensa que recibir . Es de los que arrancan la pasi√≥n, pero no con sabidur√≠a. Otro tambi√©n se alegra de haber sido ultrajado, y est√° convencido de que el ultraje le era merecido, porque √©l mismo hab√≠a dado motivo. Este arranca la pasi√≥n con ciencia, ya que ser maltratado y atribuirse la culpa, tomar por propia cuenta los ultrajes recibidos, es obra de la sabidur√≠a. Porque aquel que dice a Dios en su oraci√≥n: "Se√Īor, conc√©deme la humildad", debe saber que est√° pidiendo a Dios que le env√≠e alguien para maltratarlo. Y cuando es maltratado, debe maltratarse a s√≠ mismo y despreciarse en su coraz√≥n, a fin de humillarse por dentro mientras lo humillan por fuera.

Están finalmente también los que no sólo se regocijan por el ultraje y se consideran responsables, sino que también se afligen por la turbación de aquel que los ultraja. ¡Qué Dios nos lleve a tal estado!.

111. F√≠jense en la naturaleza de estos tres estados. Que cada uno de nosotros, lo vuelvo a repetir, vea cu√°l es su estado. ¬ŅEs con total conformidad como ejercita la pasi√≥n y la entretiene? ¬ŅO bien, sin obrar voluntariamente, la pone en pr√°ctica vencido o arrastrado por el h√°bito? Y despu√©s, ¬Ņse aflige por ello? ¬ŅHace penitencia? ¬ŅLucha por contener la pasi√≥n con sabidur√≠a, o bajo la instigaci√≥n de otra pasi√≥n? Porque hemos dicho que se puede guardar silencio tal vez por vanagloria, por respeto humano, en s√≠ntesis, por una consideraci√≥n humana. ¬ŅHa comenzado a arrancar sus pasiones? ¬ŅLo hace con ciencia, realizando actos contrarios a la pasi√≥n? Que cada uno se fije d√≥nde se encuentra, a qu√© distancia se halla.

Adem√°s de nuestro examen cotidiano, debemos examinamos cada a√Īo, cada mes y cada semana, pregunt√°ndonos: "¬ŅD√≥nde me encuentro ahora respecto de aquella pasi√≥n que me abat√≠a la semana pasada?". Igualmente cada a√Īo: "El a√Īo pasado he sido vencido por tal pasi√≥n, ¬Ņc√≥mo me encuentro ahora?". De esta manera debemos interrogarnos cada vez para ver si hemos hecho alg√ļn progreso, si hemos permanecido estancados, o si nos hemos vuelto peores.

112. ¬°Que Dios nos d√© la fuerza, si no para arrancar la pasi√≥n, al menos para no ponerla por obra, para contenerla! Porque es algo realmente grave ejercitar la pasi√≥n y no contenerla. Les voy a decir a qui√©n se parece el que ejercita la pasi√≥n y la entretiene: se parece a un hombre que toma en sus propias manos los golpes que recibe del enemigo y se los aplica a s√≠ mismo en su coraz√≥n. En cuanto al que contiene la pasi√≥n, es como un hombre atacado por su enemigo, pero que, revestido con una coraza, no es alcanzado por ning√ļn golpe. Finalmente el que arranca la pasi√≥n es como uno que rechaza los golpes que recibe o los devuelve al coraz√≥n de su enemigo, tal como dice el salmo: que su espada entre en su coraz√≥n y que sus arcos se rompan (Sal 36, 15). Intentemos tambi√©n nosotros, hermanos, si no podemos devolverle la espada en su coraz√≥n, no tomar sus golpes para aplic√°rnoslos a nosotros mismos en el coraz√≥n, y revist√°monos tambi√©n con una coraza, para no ser lastimados por ellos. ¬°Que Dios en su bondad nos proteja, nos haga vigilantes y nos gu√≠e en su camino ! Am√©n !

DE LA PRONTITUD EN REPRIMIR LAS PASIONES ANTES DE QUE EL ALMA SE HABIT√öE AL MAL

XI CONFERENCIA

113. Consideren con atenci√≥n, hermanos, c√≥mo son las cosas, y sean cuidadosos para no caer en negligencia ya que aun una peque√Īa negligencia puede llevarlos a grandes peligros. Acabo de visitar a un hermano a quien encontr√© saliendo apenas de una enfermedad. Hablando con √©l me enter√© de que no hab√≠a tenido fiebre m√°s que siete d√≠as. Sin embargo, a cuarenta d√≠as de esto todav√≠a estaba en camino de recuperaci√≥n. Ya ven, hermanos, qu√© desgracia es perder el equilibrio de la salud. No nos preocupan los peque√Īos des√≥rdenes y no nos damos cuenta de que, por poco que se est√© enfermo, sobre todo si se es de natural delicado, son necesarios mucho tiempo y cuidados para reponerse. Ese pobre hermano tuvo fiebre durante siete d√≠as y vemos que despu√©s de tantos d√≠as, cuarenta, todav√≠a no hab√≠a podido restablecerse.

Lo mismo pasa con el alma: se comete una falta leve, y ¬Ņduran cu√°nto tiempo ser necesario verter nuestra sangre antes de levantarnos.? En lo que se refiere a la debilidad del cuerpo podemos esgrimir diversas razones: o bien los remedios no surten efecto porque son viejos, o bien el m√©dico no tiene experiencia y receta un remedio por otro, o quiz√°s el enfermo no es d√≥cil y no sigue lo prescripto. Pero cuando nos referimos al alma, no sucede lo mismo. En efecto, no podremos decir que el m√©dico no tiene experiencia ni que no haya dado los remedios convenientes, puesto que el m√©dico de nuestras almas es Cristo mismo, que todo lo sabe y que da a cada pasi√≥n el remedio adecuado, quiero decir sus mandamientos, sea la humildad en contraposici√≥n a la vanagloria, la templanza contra la sensualidad, la limosna contra la avaricia; en s√≠ntesis, cada pasi√≥n tiene como remedio el mandamiento que le corresponde. El m√©dico, entonces, no es falto de experiencia. Por otra parte, no puede tampoco decirse que los remedios sean ineficaces por ser demasiado viejos. Los mandamientos de Cristo no envejecen nunca, incluso se renuevan en la medida en que son utilizados.

No hay entonces ning√ļn obst√°culo para la salud del alma, salvo el propio desarreglo.

114. Cuidemos de nosotros mismos, hermanos, vigilemos mientras estamos a tiempo. ¬ŅPor qu√© descuidarnos? Practiquemos el bien a fin de encontrar auxilio en tiempos de prueba. ¬ŅPor qu√© estropear nuestra vida? ¬°Escuchamos tantas ense√Īanzas!; sin embargo poco nos importan, las despreciamos. Ante nuestros ojos desaparecen nuestros hermanos, y no prestamos atenci√≥n, sabiendo que nosotros tambi√©n nos aproximamos poco a poco a la muerte. Desde que nos sentamos para conversar pasaron dos o tres horas de nuestro tiempo y nos hemos aproximado m√°s a nuestra muerte, pero vemos esa p√©rdida de tiempo sin temor ¬ŅC√≥mo es que no recordamos estas palabras de un anciano: "Aquel que pierde oro o plata podr√° encontrarla, pero aquel que pierde el tiempo no lo encontrar jam√°s"? De hecho podremos buscar, sin encontrar ni siquiera una sola hora de ese tiempo. ¬ŅCu√°ntos desean o√≠r una palabra de Dios y no lo consiguen? Y nosotros que la o√≠mos tan frecuentemente, la despreciamos y no salimos de nuestra torpeza. Dios sabe qu√© estupefacto estoy por la insensibilidad de nuestras almas.

Podemos ser salvados y no lo queremos. En efecto, podemos arrancar nuestras pasiones cuando comienzan, pero no nos preocupamos. Las dejamos endurecerse en nosotros hasta llegar al √ļltimo grado del mal. Se lo he dicho a menudo: una cosa es arrancar de ra√≠z una planta que se saca de una sola vez y otra sacar de ra√≠z un gran √°rbol.

115. Un gran anciano estaba con sus disc√≠pulos en un lugar donde se encontraban cipreses de diferentes tama√Īos, peque√Īos y grandes. Dijo a uno de sus disc√≠pulos: "Arranca ese cipr√©s". El √°rbol era muy peque√Īo y enseguida el hermano lo arranc√≥ con una sola mano. Luego el anciano le mostr√≥ otro cipr√©s mas grande que el anterior dici√©ndole: "Arranca tambi√©n aquel". El hermano lo arranc√≥ sacudi√©ndolo con sus dos manos. Entonces el anciano le se√Īal√≥ otro m√°s grande, que el hermano apenas pudo arrancar. Le indic√≥ luego otro a√ļn m√°s grande: el hermano lo sacudi√≥ mucho y no pudo arrancarlo sino a costa de mucho esfuerzo y sudor. Finalmente el anciano le mostr√≥ otro √°rbol todav√≠a m√°s grande y esta vez el hermano ni aun con mucho trabajo y sudor pudo arrancarlo. El anciano, viendo su impotencia, orden√≥ a otro hermano levantarse y ayudarlo. Entre los dos consiguieron arrancarlo "As√≠ pasa con las pasiones, hermanos" dijo entonces el anciano. "Cuando son peque√Īas podemos reprimirlas f√°cilmente, si queremos. Pero si las descuidamos por parecernos peque√Īas, se enquistar√°n en nosotros y cuanto m√°s se endurezcan m√°s dif√≠cil ser arrancarlas. Y si han echado ra√≠ces profundas, no lograremos ni aun con esfuerzo, deshacernos de ellas; ser preciso el auxilio de los santos que, cerca de Dios, velan por nosotros".

Vean, hermanos, qu√© fuerza tienen las ense√Īanzas de los santos ancianos. Y el Profeta nos da sobre esto la misma lecci√≥n cuando dice en el Salmo: Hija de Babilonia, miserable, feliz quien te devuelva el mal que nos hiciste, feliz quien pueda agarrar y estrellar tus ni√Īos contra las pe√Īas (Sal 136, 8-91)

116. Examinemos ahora estas palabras una por una. Por Babilonia el Profeta entiende la confusi√≥n; lo interpreta as√≠ a trav√©s de Babel, que precisamente es Siquem. Por hija de Babilonia entiende la iniquidad porque el alma entra primeramente en confusi√≥n y luego comete el pecado. Llama miserable a esta hija de Babilonia porque el mal no tiene ni ser ni sustancia, como ya se los he dicho anteriormente. Es nuestra negligencia la que lo saca del no-ser y nuestra enmienda quien lo hace desvanecerse en la nada. El santo Profeta contin√ļa dirigi√©ndose a la hija de Babilonia: Feliz quien te devuelva el mal que nos hiciste. Veamos ahora lo que hemos dado nosotros, lo que hemos recibido a cambio, y aquello que debemos devolver. Hemos dado nuestra voluntad y hemos recibido a cambio el pecado. Son proclamados felices aquellos que devuelven el pecado: devolver es no volver a cometerlo. Feliz, contin√ļa el salmista, quien pueda agarrar y estrellar tus ni√Īos contra las pe√Īas. Esto significa: Feliz aquel que desde el comienzo no deja que sus brotes, es decir, los malos pensamientos, crezcan y lo lleven a realizar el mal, sino que enseguida y cuando son todav√≠a peque√Īos, y antes de que hayan crecido y se hayan fortalecido en √©l, los agarra, los estrella contra la piedra que es Cristo, y los aniquila refugi√°ndose cerca de Cristo.

117 As√≠ ven, hermanos, c√≥mo los Ancianos y las Sagradas Escrituras Est√°n un√°nimemente de acuerdo en proclamar felices a aquellos que luchan por reprimir las pasiones cuando apenas comienzan, antes de llegar a la experiencia de su dolor y amargura. Hagamos todo esfuerzo, hermanos, para conseguir misericordia. Luchemos un poco y encontraremos mucha paz. Los Padres han dicho c√≥mo todos debemos purificar nuestra conciencia diariamente examinando cada noche c√≥mo hemos pasado el d√≠a y cada ma√Īana c√≥mo hemos pasado la noche, y luego hacer penitencia ante Dios por todos los pecados que hayamos cometido. En verdad, nosotros que cometemos tantas faltas, necesitamos, ya que olvidamos f√°cilmente, examinarnos cada seis horas a fin de revisar c√≥mo las hemos pasado y en qu√© hemos pecado. Que cada uno de nosotros se pregunte entonces: "¬ŅHabr√© dicho algo que haya herido a mi hermano? Vi√©ndolo hacer alguna cosa, ¬Ņlo he juzgado o despreciado? ¬ŅO he hablado mal de √©l? ¬ŅNo he murmurado contra el mayordomo porque no me entregaba lo que le ped√≠a? ¬ŅNo he humillado y entristecido al cocinero haciendo notar que sus comidas no eran buenas! O bien, ¬Ņno he murmurado en mi interior por mal humor?". Porque tambi√©n es pecado el murmurar interiormente. Y m√°s a√ļn: "Si el encargado de la salmodia u otro hermano me ha hecho alguna observaci√≥n, ¬Ņla he soportado bien? ¬ŅNo le he contestado mal?". Es de esta manera , hermanos, como debemos interrogarnos al final del d√≠a, cuando examinamos en qu√© forma lo hemos pasado. Y hay que repetir un examen semejante con respecto a la noche. ¬ŅNos hemos levantado diligentemente para la vigilia? ¬ŅNo nos hemos impacientado contra el encargado de despertarnos y hemos murmurado contra √©l? Porque es preciso reconocer que aquel que nos despierta para las vigilias nos presta un gran servicio y nos consigue grandes bienes. Nos despierta para que podamos dialogar con Dios, rogar por nuestros pecados y ser iluminados. ¬°Cu√°n agradecidos deber√≠amos estarle! En cierta forma podr√≠amos considerarlo como el instrumento de nuestra salvaci√≥n.

118. Voy a contarles con respecto a esto una maravillosa historia que o√≠ sobre un gran anciano visionario. En la iglesia, cuando los hermanos comenzaban a salmodiar, √©l ve√≠a un personaje resplandeciente que sal√≠a del santuario con un peque√Īo vaso que conten√≠a agua bendita y una cuchara. Sumerg√≠a la cuchara en el vaso y pasando delante de todos los hermanos, marcaba a cada uno con una cruz. De los lugares que encontraba vac√≠os, marcaba algunos y dejaba otros. Cuando la salmodia estaba por terminar el anciano lo ve√≠a nuevamente salir del santuario y repetir los mismos gestos. Un d√≠a lo retuvo y arroj√°ndose a sus pies le suplic√≥ que le explicara lo que hac√≠a y qui√©n era. "Soy un √°ngel de Dios", le dijo el personaje resplandeciente, "y he recibido la misi√≥n de marcar as√≠ a aquellos que se encuentran en la iglesia al comienzo de la salmodia y a aquellos que permanecen hasta el fin, a causa de su fervor, de su celo y de su buena voluntad". "Pero ¬Ņpor qu√© marca usted los lugares de algunos ausentes?", pregunt√≥ el anciano. Y el santo √°ngel respondi√≥: "Todos los hermanos fervorosos y de buena voluntad, que Est√°n ausentes por una enfermedad grave y con el consentimiento de los Padres, o que Est√°n ocupados por alguna orden, reciben tambi√©n la marca, porque Est√°n de coraz√≥n con aquellos que salmodian. Es solamente a aquellos que podr√≠an estar all√≠ y que Est√°n ausentes por negligencia, a los que tengo orden de no marcar, ya que ellos mismos se hacen indignos".

Ya ven, hermanos, qué servicio les presta el encargado de despertar cuando los llama para el oficio de la iglesia. Hagan todo lo posible, hermanos, para no verse privados nunca de la marca del santo ángel. Si sucede que un hermano está distraído y otro lo llama a su deber, que no se irrite sino que, atento al bien que recibe, agradezca a su hermano, quienquiera que sea.

119. Cuando estaba en el monasterio (de abba S√©ridos), el abad, por consejo de los ancianos, me dio el cargo de hospedero. Yo acababa de levantarme de una grave enfermedad. Los hu√©spedes llegaban y se cuidaba de ellos hasta la noche. Despu√©s era el turno de los camelleros: yo deb√≠a proveer a todas sus necesidades. Y a menudo, despu√©s de haberme acostado, se presentaban nuevas necesidades que me obligaban a levantarme. Mientras tanto llegaba la hora de la vigilia. Yo hab√≠a dormido s√≥lo un poco y el encargado de la salmodia venia despertarme. Me sent√≠a destrozado y como vencido a consecuencia del trabajo o de la enfermedad, porque a√ļn tenia accesos de fiebre. Agobiado por el sue√Īo le contestaba: "Bien, Padre, ¬°que te sea tenida en cuenta tu caridad, y que Dios te la recompense! A tus √≥rdenes ¬°ya voy, Padre!". Pero apenas se iba volv√≠a a caer dormido, y me aflig√≠a mucho llegar con retraso a la vigilia. Como el encargado de salmodia no pod√≠a permanecer constantemente a mi lado, ped√≠a a dos hermanos que uno me despertara y que el otro no me dejara adormecer en la vigilia. Y cr√©anme, hermanos, yo los miraba como a los autores de mi salvaci√≥n y sent√≠a casi veneraci√≥n por ellos. Tales son los sentimientos que ustedes deben tener con respecto a aquellos que los despiertan para el oficio de la iglesia o para cualquier otra obra buena.

120. Dec√≠amos antes que uno debe examinar c√≥mo ha pasado el d√≠a y la noche. ¬ŅHemos estado atentos durante la salmodia y el rezo? ¬ŅNos hemos dejado atrapar por pensamientos apasionados? ¬ŅHemos escuchado bien las lecturas divinas? ¬ŅNo hemos abandonado la salmodia y hemos salido de la iglesia por ligereza de esp√≠ritu? Si nos examinamos as√≠ cada d√≠a, aplic√°ndonos a arrepentirnos de nuestras faltas y a corregirnos, comienza a disminuir la frecuencia del pecado: por ejemplo, ocho veces en vez de nueve. De tal modo progresando poco a poco y con la ayuda de Dios, impediremos que las pasiones se fortalezcan en nosotros. Porque es un grave peligro caer en el h√°bito de una pasi√≥n. Aquel que ha llegado a eso, vuelvo a repetirlos aun dese√°ndolo ya no es capaz de dominar la pasi√≥n por si solo, a menos que reciba la ayuda de algunos santos.

121. ¬ŅQuieren que les hable de un hermano que hab√≠a contra√≠do una pasi√≥n como h√°bito? Escuchen su historia muy lamentable. Cuando yo estaba en el monasterio (de abba S√©ridos) los hermanos, no s√© por qu√©, ten√≠an gusto en hacerme confidente de sus pensamientos con toda franqueza. Se dec√≠a que el mismo abad, por consejo de los ancianos, me hab√≠a encargado escucharlos. Un d√≠a uno de los hermanos vino a decirme: "Perd√≥name y ruega por mi Padre, porque robo para comer. ¬ŅPor qu√©? -le pregunt√©- acaso tienes hambre? Si, no como lo suficiente cuando comparto la mesa con los hermanos y adem√°s no puedo pedir m√°s. ¬ŅPor qu√© no se lo dices al abad? Tengo verg√ľenza ¬ŅQuieres que se lo diga en tu nombre? Como t√ļ quieras, Padre".

Fui a exponer el caso al abad y √©l me contest√≥: "Por caridad cuida de √©l lo mejor que puedas". Lo tom√© entonces a mi cargo y habl√© de √©l al mayordomo: "Ten la bondad de servir a ese hermano todo lo que desee, no importa a qu√© hora: si te viene a buscar no le rehuses nada. ¬°Comprendido!, respondi√≥ el mayordomo. El hermano, despu√©s de algunos d√≠as, volvi√≥ a decirme: Perd√≥name, Padre, he vuelto a robar ¬ŅPor qu√©? -le pregunt√©- ¬ŅEl mayordomo no te da todo lo que le pides? Si, √©l me da todo lo que quiero, pero yo siento verg√ľenza ante √©l. ¬ŅSientes tambi√©n verg√ľenza conmigo? ¬°No! Entonces, cuando quieras algo ven que te lo dar√© yo, ¬°pero no robes m√°s!".

Yo estaba encargado de la enfermer√≠a. El hermano venia a buscarme y recib√≠a todo lo que deseaba. Pero algunos d√≠as despu√©s, volvi√≥ a robar. Vino afligido a verme: "Robo todav√≠a. ¬ŅPor qu√©, hermano? ( le dije ( ¬ŅAcaso no te doy todo lo que necesitas? Si. ¬ŅTe da acaso verg√ľenza recibir algo de mi? No. Entonces, ¬Ņpor qu√© robas? Perd√≥name, pero no s√© por qu√©. Robo as√≠, sin raz√≥n. Dime seriamente, ¬Ņqu√© haces con lo que robas? Se lo doy al asno".

Y se descubrió en efecto que este hermano robaba habas, dátiles, higos, cebollas, en síntesis todo lo que encontraba. Lo escondía bajo su estera o afuera. Finalmente no sabiendo qué hacer y viendo que las cosas se echaban a perder, las tiraba o se las daba a los animales.

122. Ya ven, hermanos, lo que es tener una pasi√≥n como h√°bito. Qu√© desgracia, qu√© miseria, ¬Ņno es cierto? Ese hermano sabia que obraba mal, sabia que hacia el mal, estaba desolado, lloraba, y sin embargo el desdichado era arrastrado por el mal habito que su anterior negligencia hab√≠a enraizado en √©l. Como bien dice abba Nisteros: "Quienquiera que es arrastrado por una pasi√≥n se convierte en esclavo de la pasi√≥n".

Que Dios en su Bondad nos arranque de los malos h√°bitos para que no tenga que decirnos: ¬ŅDe qu√© vale mi sangre, el que yo baje a la tumba? (Sal 29, 10). Ya les he explicado anteriormente c√≥mo se cae en el h√°bito. Porque no se llama col√©rico a aquel que se encoleriza una sola vez, ni imp√ļdico a aquel que comete una sola impureza, as√≠ como no se llama caritativo a aquel que da una sola vez limosna. Son la virtud y el vicio practicados de manera continua los que engendran un h√°bito en el alma y este h√°bito procura sea el castigo sea la paz del alma. Hemos dicho en otra ocasi√≥n que la virtud proporciona la paz al alma y hemos visto c√≥mo el vicio la castiga. Y es porque la virtud es natural en nosotros, est√° en nosotros. "Su germen es indestructible". Entonces habituarse a la virtud por la pr√°ctica del bien es recobrar su propio estado, es volver a la salud, as√≠ como se recobra la vista normal despu√©s de una enfermedad en los ojos, o su salud natural, propia, despu√©s de no importa qu√© enfermedad. Pero no pasa lo mismo con el vicio. Por la pr√°ctica del mal adoptamos un h√°bito extra√Īo a nosotros, contra nuestra naturaleza, contraemos una especie de enfermedad cr√≥nica. Y no podremos recobrar la salud sin un auxilio abundante, sin muchas oraciones y l√°grimas que logren despertar la misericordia de Cristo en favor nuestro.

Y así también lo constatamos en nuestro cuerpo. Algunos alimentos, por ejemplo, producen melancolía: el repollo, las lentejas, etc. No por el hecho de comer una o dos veces repollo, lentejas y otra cosa semejante se engendrar un humor melancólico, pero si los tomamos continuamente aumentar ese tipo de humor, provocar en el individuo fiebres ardientes, así como le acarrear mil inconvenientes. Lo mismo sucede con el alma: si se persevera en el pecado nace en el alma un habito vicioso y este hábito llevar en sí mismo su castigo.

123. Es preciso por lo tanto, hermanos, que ustedes sepan esto: puede suceder que un alma sienta inclinación por alguna pasión. Si se deja llevar una sola vez a ponerla por obra, corre el riesgo de caer inmediatamente en el hábito de esa pasión. Lo mismo ocurre con el cuerpo. Si alguien ya es de un temperamento melancólico a consecuencia de su dejadez pasada, uno solo de estos alimentos podrá quizá excitar e inflamar enseguida ese humor.

Es necesario entonces cuidado, celo y temor continuos, para no caer en un mal h√°bito. Cr√©anme, hermanos, el que tenga una sola pasi√≥n como h√°bito est√° condenado al castigo. Puede pasar que obre diez buenas acciones por una sola mala seg√ļn su pasi√≥n, pero esta √ļnica acci√≥n proveniente de su h√°bito vicioso llevar ventaja sobre las otras diez buenas. Es como si un √°guila se hubiera desprendido de una red que la atrapaba quedando solamente una garra prendida: por este lazo insignificante, toda su fuerza es aniquilada. Porque por mucho que se encuentre libre de la red, si una sola de sus garras queda enganchada, ¬Ņno sigue acaso presa de la red? Y el cazador, ¬Ņno podr√° acaso derribarla cuando quiera? As√≠ pasa con el alma: si tiene una sola pasi√≥n hecha h√°bito, el enemigo la derriba cuando le parece; la tiene en su poder gracias a esa pasi√≥n. Por eso es que no ceso de decirles, hermanos, que no dejen que una pasi√≥n cree h√°bito en ustedes. Luchemos m√°s bien pidiendo a Dios noche y d√≠a no caer en la tentaci√≥n.

Si llevamos desventaja, como hombres que somos, y nos deslizamos en el pecado, apresurémonos a levantarnos enseguida. Hagamos penitencia. Lloremos ante la divina bondad. Velemos, combatamos y Dios, viendo nuestra buena voluntad, nuestra humildad y nuestra contrición, nos tendera la mano y tendrá misericordia de nosotros. Amén.

DEL TEMOR AL CASTIGO QUE VENDR√Ā Y DE LA NECESIDAD DE QUE AQUE QUE DESEA SER SALVADO NO DESCUIDE JAM√ĀS LA PREOCUPACI√ďN DE SU PROPIA SALVACI√ďN

XII CONFERENCIA

124. Mientras sufr√≠a en los pies unos dolores que me hac√≠an sentir enfermo, algunos hermanos que ven√≠an a verme me preguntaron por la causa de mi mal; pienso que esto era con un doble fin: primero para reconfortarme y distraerme un poco de mis sufrimientos, y adem√°s para darme la oportunidad de decirles algunas palabras edificantes. Pero como el dolor no me permiti√≥ entonces responderles a gusto, es preciso que ahora me escuchen al respecto. ¬ŅAcaso no es agradable hablar de la aflicci√≥n cuando ya ha desaparecido? Tambi√©n en el mar mientras castiga la tormenta, todos en la nave Est√°n angustiados, pero cuando la tempestad se calma, comentan entre s√≠ alegremente sobre todo lo pasado. Es bueno, hermanos m√≠os, y se los repito sin cesar, relacionar todo con Dios y decir que nada se hace fuera de √©l. Dios sabe perfectamente que tal cosa es buena y √ļtil y por eso la realiza, a pesar de que existan tambi√©n otras razones. Por ejemplo podr√≠a decir que hab√≠a comido con unos hu√©spedes que me hab√≠a excedido un poco por agradarles, que mi est√≥mago se hab√≠a sentido pesado y se hab√≠a producido una fluxi√≥n en el pie, lo que me habr√≠a provocado el reumatismo; podr√≠a as√≠ seguir encontrando otros motivos: no faltar n a quien quiera encontrarlos. Pero he aqu√≠ lo que es m√°s exacto y m√°s provechoso decir: esto sucedi√≥ porque Dios sab√≠a que era √ļtil a mi alma. Porque no hay nada que haga Dios que no sea bueno. Todo lo que hace es bueno y muy bueno. No hay entonces por qu√© inquietarse por lo que pasa, sino como ya lo he dicho, relacionar todo con la Providencia de Dios y quedar tranquilos.

125. Algunos se sienten tan agobiados por las penurias que los persiguen, que Están dispuestos a renunciar a la vida misma y encuentran agradable la idea de la muerte que los libere. Es una prueba de cobardía y de mucha ignorancia, porque no saben qué destino temible puede aguardar a su alma cuando salga de su cuerpo.

Hermanos, estamos en este mundo por un gran favor de la bondad divina. Pero nosotros por ignorancia de las cosas del m√°s all√° encontramos agobiantes las de aqu√≠ abajo. Sin embargo no es as√≠. ¬ŅNo saben ustedes lo que refiere el libro de los Ancianos? "Mi alma desea la muerte", dec√≠a un hermano muy probado a un Anciano. "Se debe _respondi√≥ el Anciano_ a que huye de la prueba e ignora que el sufrimiento que vendr√° es mucho m√°s temible".

Otro hermano pregunt√≥ a un Anciano: "¬ŅDe d√≥nde proviene el que me aburra cuando estoy en mi celda?". "Se debe -respondi√≥ el Anciano- a que todav√≠a no has contemplado la felicidad esperada, ni el castigo futuro. Si los considerases atentamente, aunque tu celda se llenase de gusanos y estuvieras sumergido hasta el cuello, te quedar√≠as sin asco". Pero nosotros querr√≠amos salvarnos mientras dormimos y por eso perdemos coraje ante las pruebas, cuando por el contrario tendr√≠amos m√°s bien que agradecer a Dios y sentirnos felices de tener que sufrir un poquito aqu√≠ abajo, para encontrar alg√ļn descanso en el m√°s all√° .

126. Evagrio comparaba al hombre lleno de pasiones y que suplica a Dios que apresure su muerte, con un enfermo que pidiera a un obrero romper lo m√°s r√°pidamente su lecho de dolor. En efecto, gracias a su cuerpo, el alma est√° entretenida y aliviada de sus pasiones: come, bebe, duerme, se distrae y divierte con sus amigos. Pero cuando ha salido del cuerpo, queda sola con sus pasiones que pasan a ser su perpetuo castigo. Est totalmente ocupada, consumida por su asedio, hecha a√Īicos, a tal punto que no es siquiera capaz de acordarse de Dios. Ahora bien, el recuerdo de Dios es el consuelo del alma seg√ļn las palabras del salmo: Me he acordado de Dios y ha sido colmada mi alegr√≠a (Sal 76, 4). Pero las pasiones no le permiten siquiera ese recuerdo.

¬ŅQuieren ustedes un ejemplo para comprender lo que intento decirles? Que alguno de ustedes venga y yo lo encerrar√© en una celda oscura, que pase solamente tres d√≠as sin comer, sin beber, sin dormir, sin ver a nadie, sin salmodiar, sin rezar, sin acordarse jam√°s de Dios, y ver lo que le har√°n las pasiones. ¬°y esto mientras todav√≠a est√° aqu√≠ abajo! ¬°Cu√°nto m√°s tendr√° que sufrir cuando el alma una vez salida del cuerpo sea entregada y abandonada a sus pasiones!

127. ¬ŅQu√© tendr√° que soportar de ellas entonces, la desdichada? Ustedes podr√°n representarse de alguna forma ese tormento contemplando los sufrimientos de aqu√≠ abajo. Cuando alguien tiene fiebre, ¬Ņqu√© es lo que le quema? ¬ŅQu√© fuego, qu√© combustible produce ese calor abrasador? Y si alguien padece de un cuerpo melanc√≥lico, mal equilibrado, ¬Ņno es ese desequilibrio el que le quema, lo perturba sin cesar y atormenta su vida? Igualmente pasa con el alma apasionada: no cesa de ser torturada, la desdichada, por su propio h√°bito vicioso: tiene constantemente el amargo recuerdo y la penosa compa√Ī√≠a de las pasiones que le queman constantemente y la consumen.

Pero adem√°s ¬Ņqui√©n podr√° describir, hermanos, esos lugares siniestros, esos cuerpos torturados de las almas a las cuales Est√°n asociados en tanto sufrimiento, sin morir jam√°s, ese fuego indescriptible, las tinieblas, las potencias inexorables en su venganza y los otros mil suplicios de los cuales hablan aqu√≠ y all√° las santas Escrituras, todos ellos referidos a los malos actos y pensamientos de las almas? As√≠ como los santos ganan los lugares de la luz y gozan entre los √°ngeles de una felicidad proporcionada al bien que han hecho, los pecadores son recibidos en los lugares oscuros y tenebrosos, llenos de horror y espanto, seg√ļn palabras de los santos. En efecto, ¬Ņqu√© puede haber m√°s terrible y m√°s lamentable que esos lugares donde son enviados los demonios? ¬ŅQu√© m√°s amargo que el castigo al que son condenados? Y sin embargo los pecadores son castigados con los demonios mismos seg√ļn est√° dicho: Alejaos de m√≠: malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus √°ngeles (Mt. 25, 41).

128. Pero lo m√°s terrible es lo que dice San Juan Cris√≥stomo: "Aun si no existiera el r√≠o de fuego que se desliza, ni √°ngeles que exciten el terror, sino s√≥lo el hecho de que entre los hombres algunos sean llamados a la gloria y al triunfo y otros sean vergonzosamente proscriptos e impedidos de ver la gloria de Dios, ¬Ņno ser√≠a la pena de esta humillaci√≥n y de este deshonor, el dolor de verse excluido de tan gran bien, m√°s amargo que toda gehena?". Porque entonces el reproche mismo de la conciencia y el recuerdo de las acciones pasadas, como hemos dicho precedentemente, son peores que miles de indecibles tormentos.

Seg√ļn los Padres, en efecto, las almas recuerdan todas las cosas de aqu√≠ abajo: palabras, acciones, pensamientos, no pueden olvidar nada. Lo que dice el salmo: En ese d√≠a se desvanecer n todos sus pensamientos (Sal 145, 4), se refiere a los pensamientos de este mundo, que , tienen por objeto las construcciones, las propiedades, los familiares, los ni√Īos y todo comercio. Eso se desvanece cuando el alma sale del cuerpo: no conserva ning√ļn recuerdo ni se preocupa m√°s por ello. Pero aquello que ha hecho por virtud o por pasi√≥n, permanece en su memoria y no se pierde nada.

Si se ha prestado servicio a alguien o si nos han ayudado a nosotros, se recordar perpetuamente a aquel que est√° en deuda con nosotros o a aquel de quien hemos recibido ayuda. De la misma manera el alma guardar siempre el recuerdo de aquel que le hizo da√Īo y de aquel a quien se lo infligi√≥. Lo repito, nada de lo que ella ha hecho en este mundo muere; el alma se acordar de todo despu√©s de haber abandonado el cuerpo: es m√°s, tendr√° un conocimiento a√ļn mas profundo y m√°s l√ļcido, habi√©ndose despojado de este cuerpo terrenal.

129. Habl√°bamos de esto un d√≠a con un gran Anciano y este dec√≠a: "El alma salida del cuerpo recuerda la pasi√≥n que ha obrado, as√≠ como el pecado y la persona con quien lo cometi√≥". Pero -observ√©- quiz√°s no sea as√≠. Quiz√°s el alma guarde el h√°bito proveniente del pecado consumado y sea de este h√°bito del que conserve el recuerdo". Discutimos largo rato sobre este punto, buscando aclararlo. Pero el Anciano no se dejaba persuadir e insist√≠a en que el alma recordaba no s√≥lo la forma del pecado, sino el lugar en que fue cometido as√≠ como la persona que fue su c√≥mplice. En tal caso nuestro destino final seria a√ļn m√°s desdichado si no tom√°semos cuidado de nuestros actos. Por esta raz√≥n no cesar√© de exhortarlos a cultivar con esmero los buenos pensamientos para reencontrarlos en el mas all√° . Porque aquello que tenemos aqu√≠ abajo se ir con nosotros y nos acompa√Īar en el mas all√° .

Preocupémonos de escapar de tal desgracia, hermanos, pongamos nuestro celo y Dios tendrá misericordia. Porque él es como dice el salmo: La esperanza de todos los que Están en los extremos de la tierra y de aquellos que Están en el mar lejano (64, 6). Aquellos que Están en los extremos de la tierra son aquellos completamente sumergidos en el pecado: los que Están en el mar lejano son aquellos que viven en la más profunda ignorancia. Y sin embargo, Cristo es su esperanza.

130. Es preciso un poco de esfuerzo. Esforcémonos por obtener misericordia. Cuanto más se descuide un campo estéril, más se cubrir de espinas y de cardos, y cuando queramos limpiarlo encontraremos que cuanto más espinas tenga más correr la sangre de las manos que quieran arrancar esas malas hierbas, que por negligencia se ha dejado crecer. Porque es imposible no cosechar aquello que se ha sembrado. Quien quiera limpiar su campo, deber primero arrancar de raíz cuidadosamente todas las malas hierbas. Si no arranca bien las raíces si no que corta sólo los tallos, volver a crecer la maleza. Entonces, digo, debe arrancar hasta las raíces; luego, en el campo libre de malezas y de espinas, deber remover la tierra con cuidado; aplastar los terrones; trazar los surcos y cuando haya puesto su campo en condiciones, deber por fin arrojar la buena semilla. Porque si después de todo este arduo trabajo deja el terreno desocupado, la maleza reaparecer y al encontrar el suelo fresco y bien preparado, echar raíces aun más profundas y más numerosas.

131. As√≠ pasa con el alma. Ante todo se debe suprimir cualquier inclinaci√≥n arraigada y los malos h√°bitos, porque no hay nada peor que un mal h√°bito. "No es cosa f√°cil dominarlos, dice San Basilio, ya que un h√°bito consolidado por una larga pr√°ctica se hace generalmente tan fuerte como la naturaleza misma". Es preciso luchar, repito, contra los malos h√°bitos y contra las pasiones, pero tambi√©n contra su causas que son sus ra√≠ces. Porque si no son arrancadas las ra√≠ces, la espinas necesariamente reverdecer n. Algunas pasiones, suprimida sus causas, ya no pueden hacer nada. La envidia por ejemplo no es nada en si misma, pero responde a muchas causas, una de las cuales es el amor a la fama. Es porque se desea el honor por lo que se ejerce la envidia sobre aquel que recibe honores o ha alcanzado mayor estima. Lo mismo sucede con la c√≥lera, tiene muchas causas, especialmente el amor al placer. Evagrio lo recordaba cuando se refer√≠a a estas palabras de un santo: "Si suprimo los placeres es para quitar todo pretexto a la c√≥lera". Los Padres ense√Īan adem√°s que toda pasi√≥n proviene del amor a la fama, del amor al dinero, o del amor al placer, como se los he dicho en otras oportunidades.

132. Por tanto, es necesario suprimir no s√≥lo las pasiones, sino sus causas, y reformar la conducta por la penitencia y las l grimas. Solo entonces se comenzar a esparcir la buena semilla, es decir las buenas obras. Recuerden lo que dijimos del campo: si despu√©s de haberlo limpiado y puesto en condiciones no echamos ninguna buena semilla, las malezas volver n y encontrando buena tierra, reci√©n trabajada, echar n ra√≠ces aun mas fuertes. Lo mismo sucede con el hombre. Si despu√©s de haber reformado su conducta y hecho penitencia por sus obras pasadas, no se preocupa por hacer buenas acciones y por adquirir virtudes, le pasar lo que dice el Se√Īor en el evangelio: Cuando el esp√≠ritu inmundo sale de un hombre, vaga sin rumbo por lugares √°ridos en busca de reposo. No encontr√°ndolo se dice "volver√© a mi casa de donde sal√≠". Y a su llegada la encuentra vac√≠a, es decir sin ninguna virtud, barrida y ordenada. Entonces, va, busca siete esp√≠ritus peores que √©l, regresan y se instalan en ella. Y el estado final de ese hombre es peor que el primero (Lc 11, 24-27).

133. En efecto, es imposible para el alma permanecer en el mismo estado: o mejora o empeora. Por esto cualquiera que desee salvarse no debe s√≥lo evitar el mal sino practicar el bien, como dice el salmo: Ap√°rtate del mal y haz el bien (Sal 36, 27). No nos dice solamente: Ap√°rtate del mal sino que agrega: Haz el bien. Por ejemplo, ¬Ņalguien estaba habituado a cometer injusticias? ¬°Que, no las cometa m√°s, pero adem√°s que practique obras de justicia ! ¬ŅEra un libertino? ¬°Que ponga fin a sus perversiones pero a la vez que practique la templanza! ¬ŅEra col√©rico? ¬°Que no se irrite m√°s, pero adem√°s que adquiera mansedumbre! ¬ŅEra orgulloso? ¬°Que cese en su altivez, pero que adem√°s sepa humillarse! Tal es el sentido de las palabras Ap√°rtate del mal y haz el bien, Porque a cada pasi√≥n corresponde su virtud opuesta. Para el orgullo es la humildad; para el amor al dinero, la limosna; para la lujuria, la templanza; para el desaliento, la paciencia; para la c√≥lera la mansedumbre; para el odio, la caridad. En resumen, a cada pasi√≥n, decimos, corresponde la virtud opuesta.

134. Les he repetido estas cosas. Hemos desterrado las virtudes e introducido las pasiones en su lugar. De la misma manera debemos esforzarnos no solamente por echar las pasiones sino por volver a introducir las virtudes, restableci√©ndolas en su propio lugar. Porque poseemos por naturaleza las virtudes que Dios nos ha dado. Al crear al hombre, Dios las puso en √©l, seg√ļn la palabra: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza (Gen 1, 260 A nuestra imagen, porque Dios ha creado al alma inmortal y libre, a nuestra Semejanza, es decir seg√ļn la virtud. En efecto est√° escrito: Sed misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso (Lc 6, 36); sed santos porque yo soy santo (Lv 11, 44) y el Ap√≥stol dice Sed buenos los unos con los otros (Ef 4, 32). Tambi√©n el salmista dice: El Se√Īor es bueno con aquellos que esperan en √©l (Lam 3, 25), y tantas otras cosas semejantes. Esto es la semejanza. Dios nos ha dado las virtudes con la naturaleza. Pero las pasiones no son naturales: no tienen ser ni sustancia; se asemejan a las tinieblas en que no subsisten por s√≠ mismas, sino que son seg√ļn San Basilio, como un apasionamiento de la atm√≥sfera, no existen sino por la ausencia de luz. Al alejar las virtudes por amor al placer el alma provoca el nacimiento de las Pasiones que luego se consolidan en ella.

135. Entonces, como dije, despu√©s de todo el buen trabajo del campo debemos sembrar enseguida la buena semilla para que produzca buen fruto. Pero adem√°s el cultivador que siembra su campo debe, al tirar la semilla, esconderla y hundirla en la tierra, porque si no los p√°jaros vendr√°n a comerla y se perder . Despu√©s de haberla escondido, esperar de la misericordia de Dios la lluvia y el crecimiento del grano. Porque podr√° tomarse todos los trabajos de limpiar, remover la tierra y sembrar, pero si Dios no manda lluvia sobre su sembrad√≠o, toda la labor ser vana. Es as√≠ como debemos obrar. Si hacemos alg√ļn bien, escond√°moslo por humildad y pongamos en manos de Dios nuestra debilidad, suplic√°ndole mirar nuestros esfuerzos, que de otra manera ser√≠an in√ļtiles.

136. También suele pasar que después de haber regado y hecho germinar la semilla, la lluvia no cae en el tiempo debido y el germen entonces se seca y muere. Porque el grano germinado, como la semilla, precisa lluvia de tanto en tanto, para crecer. De manera que no podemos permanecer tranquilos. Sucede a veces que después del crecimiento del grano y de la formación de la espiga, la langosta, el granizo u otra plaga destruyen la cosecha. Lo mismo sucede con el alma. Aunque haya trabajado para purificarse de todas las pasiones y se haya aplicado a practicar todas las virtudes, deber siempre contar con la misericordia y la protección de Dios por temor de ser abandonada y morir.

Hemos dicho que la semilla, aun despu√©s de haber germinado, crecido y dado fruto, si no le cae lluvia de tanto en tanto, puede secarse y morir. As√≠ pasa con el hombre. Si despu√©s de todo lo que ha hecho, Dios le quita un poco de su protecci√≥n y lo abandona, helo ah√≠ perdido. Bien, este abandono se produce cuando el hombre act√ļa contra su estado: por ejemplo, si es piadoso y se deja llevar por la negligencia o si es humilde y se hace orgulloso. Dios no abandona tanto al negligente en su negligencia y al orgulloso en su orgullo como a aquellos que caen en la negligencia o en el orgullo habiendo sido piadosos y humildes. Esto es pecar contra su estado y de ah√≠ proviene el abandono. He aqu√≠ por qu√© San Basilio juzga en forma distinta la falta de aquel que es piadoso de la falta del negligente.

137. Adem√°s de haberse precavido contra tales peligros, falta a√ļn tener cuidado, si se obra alg√ļn bien, de no realizarlo por vanagloria, por deseo de agradar a los hombres o por alg√ļn otro motivo humano, a fin de no perder por completo ese poco bien, tal como dec√≠amos con respecto a las langostas, el granizo u otras plagas.

El agricultor no puede permanecer tranquilo aun cuando la cosecha esté a punto y haya sido preservada hasta el momento de la siega. Porque puede ocurrir que después de haber cosechado su campo, poniendo todo su esfuerzo, venga un malvado que, por odio, prenda fuego a su cosecha, reduciendo a cenizas todo su afán. No puede, en consecuencia, estar tranquilo, hasta ver el grano bien limpio y guardado en su granero. Igualmente el hombre no debe dejar de preocuparse aunque haya podido escapar de todos los peligros que hemos enumerado. Porque, en efecto, puede suceder que después de todo esto el diablo busque perderlo, ya sea por pretensión de justicia, ya sea por orgullo, ya sea inspirando pensamientos de infidelidad o de herejía, y no solamente reduce a la nada todos sus esfuerzos, si no que lo separa de Dios. Lo que no ha podido conseguir por actos lo consigue por un simple pensamiento. Porque un solo pensamiento puede separar de Dios, si es recibido y aprobado.

Aquel que quiere ser verdaderamente salvado, no debe jam√°s permanecer tranquilo hasta su √ļltimo suspiro. Es preciso desvivirse preocuparse y pedir sin cesar a Dios que nos proteja y nos salve por su bondad, por la gloria de su santo nombre. Am√©n.

SE DEBEN SOPORTAR LAS TENTACIONES SIN TURBACI√ďN Y CON ACCI√ďN DE GRACIAS

XIII CONFERENCIA

138. Como ha dicho muy bien abba Poimén, el verdadero monje se da a conocer en las tentaciones. Como dice la Sabiduría, el monje que se compromete a servir a Dios debe prepararse para las tentaciones (Ecle 2, 1), a fin de que no se sorprenda ni perturbe por lo que pueda acontecerle, creyendo firmemente que todo aquello que le sucede responde a la Providencia de Dios. Y donde se encuentra la Providencia de Dios, todo lo que llega es necesariamente bueno y de provecho para el alma. Todo lo que Dios hace con nosotros lo hace para nuestro crecimiento, con amor y bondad para con nosotros. De esta manera, como dice el Apóstol: En todas las cosas debemos dar gracias (1 Ts 5, 18) por su bondad, y no descorazonarnos nunca ni desfallecer por lo que nos suceda, sino recibir sin perturbarnos todos los acontecimientos, con humildad y confianza en Dios, seguros, tal como he dicho, de que todo lo que Dios permite lo hace para nuestro bien, por amor a nosotros, y sea lo que fuere está bien hecho. Y las cosas nunca están bien hechas sino cuando Dios en su misericordia dispone de ellas.

139. Si una persona tiene un amigo y sabe que lo estima, seguramente si sufre algo de parte de √©l, aunque sea algo muy penoso, estar seguro de que lo hace porque lo quiere y no llegar a pensar nunca que se lo hace para da√Īarlo. ¬°Cu√°nto m√°s debemos considerar que todo lo que hace Dios, nuestro Creador, que nos sac√≥ de la nada para darnos el ser, que se hizo hombre y muri√≥ por nosotros, lo hace por amor y para nuestro bien! Porque en lo que se refiere a un amigo, si bien puedo pensar que act√ļa con la intenci√≥n de hacerme un bien, no necesariamente ha de tener suficiente inteligencia para ocuparse de mis intereses y de ese modo, aun sin quererlo, puede hacerme da√Īo. Pero de Dios no podemos decir lo mismo, ya que √©l es la fuente de la sabidur√≠a. El sabe todo lo que nos es provechoso, y en vista de eso regula todos nuestros acontecimientos, hasta el m√°s m√≠nimo. Respecto de un amigo, tambi√©n podemos decir: me ama y quiere mi bien; es bien inteligente como para ocuparse de mis intereses, pero no tiene la fuerza necesaria para ayudarme en lo que √©l cree que puede. Pero eso tampoco podr√≠amos decirlo de Dios, ya que todo le es posible y para √©l no hay nada imposible.

De este modo, sabemos que Dios ama a su creatura y quiere para ella lo que es bueno; El es también la fuente de la sabiduría y sabe cómo arreglar nuestras actividades; nada le es imposible porque todas las cosas están sometidas a su voluntad. Sabiendo entonces que todo lo que hace lo hace para nuestro provecho, debemos recibirlo como he dicho, con acción de gracias, como proveniente de un Maestro generoso y bueno, aunque sea algo penoso. Todo proviene de su justo juicio y Dios, que es tan misericordioso, no mira con indiferencia las penas que nos puedan sobrevenir.

140. Frecuentemente nos hacemos la siguiente pregunta: si en las adversidades el sufrimiento nos conduce a pecar, ¬Ņc√≥mo podremos decir que son para nuestro bien? Pues pecamos, en ese caso, cuando nos falta resignaci√≥n y no queremos soportar lo m√°s m√≠nimo ni sufrir nada que nos contrar√≠e. Porque en efecto, Dios no permite que seamos tentados m√°s all√° de nuestras fuerzas, tal como dice el Ap√≥stol: Dios es fiel y no permitir que se√°is tentados m√°s all√° de lo que pod√°is soportar (1 Co 10, 13). Somos nosotros los que no tenemos paciencia, y no queremos sufrir un poco ni soportar lo que se nos manda con humildad. De esta manera las tentaciones nos quebrantar y cuanto m√°s nos esforzamos por escapar de ellas, m√°s nos abaten nos descorazonan, sin por eso poder librarnos de las mismas.

Los que nadan en el mar y conocen el arte de la nataci√≥n, se sumergen cuando les llega la ola, y la pasan por debajo, hasta que se aleja. Despu√©s siguen nadando sin dificultad. Si quisieran enfrentar la ola, los chocar√≠a y los llevar√≠a a buena distancia. Al volver a nadar les viene otra ola y si se resisten nuevamente, otra vez ser√°n llevados lejos y s√≥lo lograr√°n fatigarse sin avanzar. En cambio si se sumergen bajo la ola, si se agachan por debajo de ella, la ola pasar sin arrastrarlos; podr√°n seguir nadando cuanto quieran y lograr la meta que quieren alcanzar. Lo mismo sucede con las tentaciones. Soportadas con humildad y paciencia, pasan sin hacer da√Īo. Pero si insistimos en afligirnos, en alterarnos, en acusar a todo el mundo, sufrimos nosotros mismos, la tentaci√≥n se transforma en insoportable, y finalmente no s√≥lo no nos resulta de provecho, sino que nos hace da√Īo.

141. Las tentaciones son muy provechosas para quien las soporta sin atormentarse. Incluso si es una pasi√≥n la que nos aflige, no debemos perturbarnos por ello. Si nos perturbamos se debe a nuestra ignorancia y a nuestro orgullo, lo cual es debido al desconocimiento del estado de nuestra alma, y al querer huir del sufrimiento. Como dicen los Padres: "Si no progresamos, se debe a que ignoramos nuestros l√≠mites, a que no tenemos constancia en las obras que comenzamos y a que queremos alcanzar la virtud sin ning√ļn esfuerzo". ¬ŅA qu√© se debe que el que est√° preso de una pasi√≥n se asombre de ser atormentado por ella? ¬ŅPor qu√© se atormenta por un lado, mientras que por el otro la pone en pr√°ctica? ¬ŅLa tienes y te escandalizas? La tienes dentro y te dices: "¬ŅPor qu√© me atormenta?". Mejor sop√≥rtala, c√≥mbatela e invoca a Dios. Es imposible no sufrir los efectos de una pasi√≥n cuando se ha llegado a ponerla en pr√°ctica. Abba Sisoes dec√≠a: "Los instrumentos de las pasiones est√°n dentro tuyo. Devu√©lveles lo que les pertenece y se ir√°n". Por "instrumentos" entend√≠a sus causas. En tanto que las amamos y nos valemos de ellas es imposible que no seamos v√≠ctimas de pensamientos apasionados, que llegan incluso a violentar nuestra voluntad para poner en pr√°ctica la pasi√≥n, puesto que voluntariamente nos hemos entregado en sus manos.

142. Esto es lo que dice el Profeta acerca de Efra√≠n, quien ha maltratado a su adversario, es decir a su conciencia, y ha pisoteado el juicio (Os 5, 11). Busc√≥ a Egipto, dice, y ha sido llevado a la fuerza por los asirios (cf Os 7, 11). Por Egipto los Padres entienden el deseo carnal, que nos inclina a complacer al cuerpo y vuelve sensual al esp√≠ritu; y por asirios, los pensamientos apasionados, que ensucian y entenebrecen el esp√≠ritu, lo llenan de im√°genes impuras y lo fuerzan contra su voluntad a cometer el pecado. Cuando uno se entrega deliberadamente a los placeres del cuerpo, ser necesariamente llevado a la fuerza por los asirios, aunque √©l no lo quiera, para servir a Nabucodonosor. Sabiendo eso, el Profeta desfallec√≠a y dec√≠a: No vay√°is a Egipto (Jr 42, 19). ¬ŅQu√© es lo que hacen, desdichados? ¬°Hum√≠llense un poco, doblen la cerviz, trabajen por el rey de Babilonia y permanezcan en la tierra de sus padres! Despu√©s los alentaba diciendo: No tem√°is al rey de Babilonia porque Dios est√° con nosotros para librarnos de sus manos (Jr 42, 11). Luego les anunciaba el mal que les llegar√≠a si no obedec√≠an a Dios: Si vais a Egipto ser√° un callej√≥n sin salida, ser√©is reducidos a esclavitud y objeto de maldiciones y ultrajes (cf. Jr 42,15-18). Pero ellos le respondieron: No nos quedaremos en este pa√≠s. Iremos a Egipto, donde no habr√° guerra, no oiremos m√°s el sonido de la trompeta y no pasaremos m√°s hambre (cf. Jr 42,13-14). Se fueron entonces a servir voluntariamente al Fara√≥n, pero en seguida fueron llevado por la fuerza hacia Asiria, y pasaron a ser, a pesar suyo, sus esclavos.

143. Presten atenci√≥n a estas palabras. Aquel que no ha puesto en pr√°ctica una pasi√≥n, aunque los pensamientos le hagan la guerra, se encuentra todav√≠a en su propia ciudad, es libre y tiene a Dios para que lo ayude. Si se humilla ante √Čl y sobrelleva con acci√≥n de gracia el peso de la gravosa tentaci√≥n, luchando un poco, el auxilio de Dios lo salvar√°. Pero si por el contrario rehuye la pena y se deja llevar por el placer del cuerpo, ser llevado necesariamente por la fuerza al pa√≠s de los asirios para servirlos, muy a pesar suyo.

Pero el Profeta dice tambi√©n a los israelitas: Orad por la vida de Nabucodonosor, pues de su vida depende vuestra salvaci√≥n (Ba 1,11-22). Nabucodonosor simboliza el no desfallecer ante la prueba de la tentaci√≥n que sobreviene, ni rebelarse contra ella, sino soportarla humildemente sobrellevarla como una cosa merecida, creer que no se es digno de ser liberado de ese fardo, sino m√°s bien de que la tentaci√≥n se prolongue y se haga m√°s fuerte, con la certeza de que si bien se desconoce la causa por el momento, nada desubicado ni injusto puede provenir de Dios. As√≠ pensaba el hermano que se aflig√≠a y lloraba porque Dios le hab√≠a quitado la tentaci√≥n: "Se√Īor, dec√≠a, ¬Ņacaso no soy digno de sufrir un poco?". Tambi√©n se relata que el disc√≠pulo de un gran anciano fue tentado un d√≠a de fornicar. El anciano al verlo apenado le dijo: "¬ŅQuieres que le pida a Dios que te alivie de este combate?". Pero el disc√≠pulo le respondi√≥: "Si tengo que sufrir una pena, Padre, veo el fruto de ella en m√≠. P√≠dele m√°s bien a Dios que me d√© paciencia".

144. ¡Estos son los que realmente desean ser salvados! Y esto es llevar con humildad el yugo y orar por la vida de Nabucodonosor. El Profeta dice: Porque de su vida depende vuestra salvación. Quien dice como ese hermano: "Veo en mí el fruto de mi pena", equivale a decir: De su vida depende mi salvación. Esto se lo muestra el anciano cuando le responde al hermano: "Hoy sé que estás en el camino del crecimiento y que me superas".

Porque verdaderamente, si uno combate por no cometer pecado y se pone a luchar contra los mismos pensamientos apasionados que le vienen al alma, y es humillado y quebrantado por la lucha, poco a poco, el sufrimiento de los combates lo va purificando y lo lleva al estado natural. Tal como hemos dicho, perturbarse cuando se combate una pasión es fruto de la ignorancia y del orgullo. Más bien debemos reconocer nuestros limites humildemente, y esperar en la oración que Dios tenga misericordia. Porque el que no es tentado y desconoce el tormento de las pasiones, no lucha y no puede ser purificado. Respecto de ello dice el Salmo: Cuando los pecadores crecen como la hierba, y se revelan todos los que hacen el mal, es para ser aniquilados para siempre (Sal 91, 8). Los pecadores que brotan como la hierba son los pensamientos apasionados, pues la hierba es frágil y sin fuerza. Cuando los pensamientos apasionados brotan en el alma, entonces se revelan todos los que hacen el mal, es decir, se descubren las pasiones, para ser aniquiladas para siempre. Sólo cuando las pasiones manifiestan a los que combaten, es cuando las pueden aniquilar.

145. Vean de qu√© forma se encadenan estas palabras: primero nacen los pensamientos apasionados, se manifiestan las pasiones y es entonces cuando son aniquiladas. Todo esto se refiere a los que luchan, pero nosotros, que cometemos pecados y jugueteamos con las pasiones, no podemos saber cu√°ndo nacen esos pensamientos apasionados, ni cu√°ndo aparecen las pasiones para poder combatir contra ellas. Todav√≠a estamos abajo, en Egipto, miserablemente ocupados en hacer ladrillos para el Fara√≥n. ¬ŅQui√©n al menos nos dar la posibilidad de tomar conciencia de nuestra amarga servidumbre, a fin de humillarnos y esforzarnos por obtener misericordia?

Cuando los hijos de Israel estaban en Egipto al servicio del Faraón, se dedicaban a hacer ladrillos, y los que hacen ladrillos están continuamente encorvados, con la mirada fija en la tierra. Del mismo modo, si el alma es presa del diablo y peca, el diablo echa por tierra su espíritu, le prohibe todo pensamiento espiritual, y le obliga a pensar y hacer continuamente cosas terrenas. Con los ladrillos que fabricaron los hijos de Israel construyeron tres ciudades fortificadas para el Faraón: Pitón, Ramsés y On, que es Eliópolis (Ex 1,11): que son el amor al placer, el amor al dinero y el amor a la gloria, las tres fuentes de todos los pecados.

146. Al enviar Dios a Mois√©s para librarlos de la servidumbre del Fara√≥n y hacerlos salir de Egipto, el Fara√≥n les hizo m√°s duros todav√≠a los trabajos y les dijo: ¬°Vosotros sois unos perezosos!, por eso and√°is diciendo queremos ofrecer sacrificios al Se√Īor nuestro Dios (Ex 5, 17). Del mismo modo, cuando el diablo ve que Dios se ha fijado en un alma para tenerle misericordia, alivi√°ndola de sus pasiones, sea por una palabra sea por alguno de sus servidores, entonces la fustiga cada vez m√°s intensamente con el peso de las pasiones y la ataca con m√°s virulencia. Sabiendo esto los Padres fortalec√≠an al hombre con sus ense√Īanzas y no dejaban que se amedrentase. Uno de ellos dijo: "¬ŅHas ca√≠do? ¬°Lev√°ntate! ¬ŅCaes de nuevo? Lev√°ntate nuevamente!". Otro dice: "La fuerza de los que quieren adquirir las virtudes consiste el no descorazonarse cuando caen, sino retomar sus prop√≥sitos". Cada uno a su manera, de una forma u otra, tienden la mano a los que son combatidos y atormentados por el enemigo. Al hacer esto los Padres se inspiraban en las Palabras de la Divina Escritura: El que cae ¬Ņno se vuelve a levantar?. Y el que se aleja ¬Ņno vuelve?. Volved, hijos, a m√≠ y yo curar√© vuestras heridas, dice el Se√Īor (Jr 8, 4 y 3, 22). Y otros textos semejantes.

147. Cuando el peso de la mano de Dios cay√≥ sobre el Fara√≥n y los suyos, y consinti√≥ en dejar partir a los hijos de Israel, dijo a Mois√©s: Id a sacrificar al Se√Īor vuestro Dios, pero dejad vuestros reba√Īos y vuestros bueyes (Ex 10, 24), figura de los pensamientos del alma, de los cuales el Fara√≥n quer√≠a seguir siendo el due√Īo, con la esperanza de hacer volver por ellos a los hijos de Israel. Pero Mois√©s le respondi√≥: No, debes darnos algo para ofrecer sacrificios y holocaustos al Se√Īor, nuestro Dios. Llevaremos nuestros reba√Īos con nosotros. No quedar√° ni uno (Ex 10, 25-26). Cuando los hijos de Israel, bajo la conducci√≥n de Mois√©s, abandonaron Egipto y pasaron el mar Rojo. Dios, queriendo conducirlos a las setenta palmeras y a las doce fuentes de agua, los llev√≥ primero al mar , y el pueblo se desesper√≥ al no encontrar agua para beber, porque el agua era amarga. Pero despu√©s del mar , Dios los condujo al lugar de las setenta palmeras y las doce fuentes de agua (cf. Ex 15).

148. Del mismo modo el alma que ha dejado de cometer pecados y atraviesa el mar espiritual, debe en primer lugar sufrir en la lucha y en las aflicciones, porque es as√≠, por las pruebas, como entrar en el santo reposo. Porque debemos pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de los cielos (Hch 14, 22). Las tribulaciones mueven la misericordia de Dios hacia el alma , as√≠ como los vientos desatan la lluvia. Y as√≠ como las excesivas lluvias pudren el brote tierno y destruyen su fruto, mientras que el viento los va secando poco a poco, d√°ndoles vigor, lo mismo sucede con el alma: el relajamiento, la despreocupaci√≥n, la debilitan y la disipan; las tentaciones, por el contrario, traen el recogimiento y la uni√≥n con Dios. Se√Īor, dice el Profeta, en la tribulaci√≥n nos hemos acordado de ti (Is 26, 16). No debemos por tanto, como he dicho, perturbarnos o descorazonarnos en las tentaciones, sino tener paciencia, dar gracias y pedir a Dios sin cesar, con humildad, que tenga piedad de nuestra debilidad y nos proteja contra toda tentaci√≥n para gloria suya. Am√©n.

SOBRE EL EDIFICIO Y LA ARMON√ćA DE LAS VIRTUDES DEL ALMA

XIV CONFERENCIA

149. La Escritura dice de aquellas matronas que dejaban vivir a los ni√Īos varones de los israelitas: Por su temor de Dios, ellas se construyeron casas (cf. Ex 1, 21). ¬ŅSe trata de casas materiales? ¬°Pero c√≥mo puede decirse que ellas construyeron tales casas por el temor de Dios! cuando por el contrario se nos ense√Īa que es ventajoso abandonar por el temor de Dios hasta aquello que poseemos? (Cf. Mt 19, 29). No se trata entonces de una casa material, sino de la casa del alma que se levanta por la observancia de los mandamientos de Dios. Con estas palabras la Escritura nos ense√Īa que el temor de Dios dispone el alma guardar los mandamientos y por ellos se edifica la casa del alma. Cuid√©monos entonces, hermanos. Tengamos tambi√©n temor de Dios construy√°monos nuestras casas para encontrar abrigo en el mal tiempo, en caso de lluvia, de rel√°mpagos, de truenos, porque la mala estaci√≥n es una gran calamidad para aquellos que no tienen morada.

150. ¬ŅPero c√≥mo se edifica la casa del alma? Podemos aprenderlo con exactitud viendo construir una casa material. El que quiera construirla debe asegurarla por todas partes, debe levantarla sobre sus cuatro costados y no debe ocuparse de una sola parte descuidando las otras, pues de otra manera no llegar√≠a a nada, perder√≠a su esfuerzo y todos sus gastos ser√≠an in√ļtiles. As√≠ pasa con el alma. El hombre no debe descuidar ning√ļn elemento de su edificio, sino irlo elevando de forma pareja y armoniosa. Es lo que dice abba Juan: "Desear√≠a que el hombre tome un poco de cada virtud y no haga lo que algunos que se aferran a una sola virtud, se acantonan en ella y no practican m√°s que esa, descuidando las otras". Quiz√° tengan una superioridad en el ejercicio de tal virtud y consecuentemente no se ver√°n molestados por la pasi√≥n contraria. Sin embargo las dem√°s pasiones los asedian y los oprimen, pero ellos no se preocupan y se imaginan poseer algo grande. Se asemejan a un hombre que construye una √ļnica pared y la levanta tan alta como puede y luego considerando su altura piensa haber hecho algo grande, sin apercibirse de que el primer golpe de viento la echar√° por tierra. Porque se levanta sola sin el apoyo de otras paredes. Tampoco puede servir como un refugio ya que se estar√≠a al descubierto por los dem√°s lados. No hay entonces que proceder de este modo, sino que quien quiera construir su casa para refugiarse en ella, deber construirla por cada costado y asegurarla en todas sus partes.

151. He aqu√≠ c√≥mo: primeramente deber hacer el cimiento, que seria la fe. Ya que sin la fe _dice el Ap√≥stol _ es imposible agradar a Dios (Hb 11, 6). Luego sobre ese cimiento deber construir un edificio bien proporcionado. ¬ŅTiene ocasi√≥n de obedecer? ¬°Que coloque una piedra de obediencia! ¬ŅUn hermano se irrita contra √©l? ¬°Que coloque una piedra de paciencia! ¬ŅDebe practicar la templanza? ¬°Que coloque una piedra de templanza! As√≠ de cada virtud que se presente deber colocar una piedra en su edificio y levantarlo de esa manera con una piedra de compasi√≥n, otra de privaci√≥n de su voluntad, otra de mansedumbre y as√≠ sucesivamente. Debe cuidar sobre todo de la constancia y de la fortaleza, que son piedras angulares: son las que hacen s√≥lida una construcci√≥n, uniendo las paredes entre s√≠ e impidi√©ndoles doblegarse y dislocarse. Sin ellas somos incapaces de perfeccionar virtud alguna. Pues el alma sin valor carece tambi√©n de constancia y sin constancia nadie puede obrar el bien. As√≠ el Se√Īor dice: Vosotros salvar√©is vuestras almas por vuestra constancia (Lc 21,19).

El constructor deber tambi√©n colocar cada piedra sobre cemento pues si colocara las piedras una sobre la otra sin cementar, se separar√≠an y la casa caer√≠a. El cemento es la humildad porque est√° hecho de tierra, que todos tenemos bajo nuestros pies. Una virtud sin humildad no es tal, y como dice el libro de los Ancianos: "As√≠ como no se puede construir un nav√≠o sin clavos, igualmente es imposible salvarse sin humildad". Debemos pues, si realizamos alg√ļn bien, hacerlo con humildad para poder conservarlo por la humildad. La casa deber todav√≠a tener lo que se llama el encadenado: se trata de la discreci√≥n que consolida la casa, une las piedras entre s√≠ y hace m√°s firme el edificio, d√°ndole al mismo tiempo una buena apariencia.

El techo ser√≠a la caridad, que es la culminaci√≥n de las virtud as√≠ como de la casa (cf. Col 3, 14). Despu√©s del techo viene la baranda de la terraza ¬ŅQu√© ser√≠a la baranda? Est√° escrito en la Ley: Cuando construy√°is una casa y hag√°is un techo con terraza, rodeadla con una baranda para que vuestros peque√Īos no se caigan de ella (Dt 22, 8). La baranda es la humildad, corona y guardiana de todas las virtudes. As√≠ como cada virtud debe estar acompa√Īada de la humildad, como la piedra colocada sobre el cemento, igualmente la perfecci√≥n de la virtud exige la humildad, y es progresando en ella como los santos llegan con naturalidad a la perfecci√≥n. Se los digo siempre: cuanto m√°s nos acercamos a Dios, m√°s pecadores nos vemos.

Pero, ¬Ņqui√©nes son esos ni√Īos de quienes la Ley dice: Para que no se caigan del techo? Son los pensamientos que nacen en el alma: hay que cuidarlos con humildad para que no caigan del techo, es decir de la perfecci√≥n de las virtudes.

152. Y he aqu√≠ la casa terminada. Tiene su encadenado, su techo y su baranda. En resumen, la casa est√° lista. ¬ŅNo le falta nada? S√≠, hemos omitido algo ¬ŅQu√©? Que el constructor sea h√°bil, si no su construcci√≥n ser endeble y un buen d√≠a se derrumbar . El constructor h√°bil es aquel que trabaja con conocimiento. Podemos en efecto dedicarnos a edificar nuestra virtud pero si no lo hacemos con ciencia, perderemos el tiempo y permaneceremos en la incoherencia sin llega a terminar nuestra labor; colocamos una piedra y la sacamos. Suceder√≠a tambi√©n que poniendo una lleguemos a sacar dos. Por ejemplo un hermano acaba de decirnos una palabra desagradable o hiriente. T√ļ guardas silencio y pides disculpas: has colocado una piedra. Despu√©s de lo cual vas y dices a otro hermano: "Fulano me ha ofendido, me ha dicho esto y aquello. Yo no solo no le he contestado sino que le he pedido disculpas". Aqu√≠ tienes, hab√≠as Puesto una piedra, has retirado dos. Se puede tambi√©n pedir disculpas con el deseo de ser alabado encontr√°ndose as√≠ unida la humildad a la vanagloria. Es coloca una piedra y luego sacarla. Aquel que se disculpa sabiamente, se persuade realmente de haber cometido una falta, est√° convencido de ser √©l mismo la causa del mal. Esto es pedir disculpas con ciencia. Otro practica el silencio pero no lo hace con ciencia porque cree realizar un acto de virtud. Esto no le sirve de nada. El que calla con ciencia se juzga indigno de hablar, como dicen los Padres, y este es el silencio practicado sabiamente. Otro no tiene alta opini√≥n de s√≠ y cree que hace algo grande en reconocerlo, que se humilla no sabe que no hace absolutamente nada porque no obra sabiamente. No tener demasiada alta opini√≥n de s√≠ mismo, sabiamente, seria tenerse por nada e indigno de ser contado entre los hombres, como abba Mois√©s, que se dec√≠a a si mismo: "Negro sucio, no eres un hombre, ¬Ņy quieres estar entre ellos?".

153. Otro ejemplo: alguien atiende a un enfermo pero en vista de una recompensa. Esto tampoco es obrar sabiamente. Si le sucede algo desagradable, renuncia de inmediato a su obra buena y no puede llevarla a buen fin porque no la realizaba sabiamente. Por el contrario, aquel que atiende a un enfermo sabiamente lo hace para adquirir compasión y misericordia. Si tiene tal intención, la prueba puede venirle de afuera, el enfermo mismo puede impacientarse con él: lo soportar sin alterarse, atento a su fin y sabiendo que el enfermo está haciendo más por él que él por el enfermo. Porque, créanme, cualquiera que atiende a un enfermo sabiamente ser aliviado de las pasiones y las tentaciones.

Yo conocí a un hermano que, atormentado por un deseo vergonzoso, fue liberado de él por haber atendido sabiamente a un enfermo de disentería. Evagrio cuenta también que un hermano perturbado por alucinaciones nocturnas fue liberado de ellas por un gran anciano, quien le prescribió atender a los enfermos además del ayuno. A tal hermano que le preguntaba la razón contestó: "Nada apaga mejor tales pasiones que la misericordia".

Aquel que se entrega a la ascesis por vanagloria o figur√°ndose que as√≠ practica la virtud, no lo hace sabiamente. De ah√≠ proviene el que se ponga a despreciar a su hermano, crey√©ndose √©l mismo gran cosa. No s√≥lo pone una piedra y retira dos, sino que al juzgar a su pr√≥jimo corre el riesgo de hacer caer toda la pared. Aquel que se mortifica sabiamente, no se tiene por virtuoso ni desea ser alabado como asceta, sino que por la mortificaci√≥n espera conseguir la templanza y por ella llegar a la humildad. Ya que, seg√ļn los Padres, "el camino de la humildad solo son los trabajos realizados sabiamente".

En resumen, se debe practicar cada virtud como ya lo hemos dicho, de manera de llegar a adquirirla para luego transformarla en hábito. Entonces seremos, como ya he dicho, buenos y hábiles constructores, capaces de construir sólidamente nuestra casa.

154. Aquel que desea llegar con la ayuda de Dios a tal estado de perfecci√≥n no deber decir: "Las virtudes son demasiado elevadas, no podr√© alcanzarlas". Seria hablar como hombre que no conf√≠a en la ayuda de Dios o que no es solicito en la pr√°ctica del bien. Examinemos cualquier virtud y ver√°n ustedes que depende de nosotros el √©xito, si lo queremos. As√≠ la Escritura dice: Amar√°s a tu pr√≥jimo como a ti mismo (Lv 19, 18). No midas qu√© alejado estas de tal virtud no te pongas temeroso y digas: "¬ŅC√≥mo puedo amar a mi pr√≥jimo como a mi mismo? ¬ŅC√≥mo podr√© preocuparme por sus penas como fueran m√≠as y sobre todo de aquellas que permanecen ocultas en su coraz√≥n y que ni veo ni conozco como conozco las m√≠as?". No alimentes tales pensamientos ni imagines que la Virtud es dif√≠cil, inalcanzable. Comienza siempre poni√©ndote en acci√≥n y depositando tu confianza en Dios. Mu√©strale tu deseo y tu buena voluntad y ver√°s la ayuda que te enviar para que logres triunfar.

Una comparaci√≥n: imagina dos escalas. Una de ellas se elevan hacia el cielo, la otra desciende hasta los infiernos. T√ļ est√°s sobre la tierra entre las dos escalas. No te digas: "¬ŅC√≥mo podr√≠a volar desde la tierra y encontrarme de golpe en la c√ļspide de esa escala?". Esto no seria posible ni Dios te lo pide. Pero ten cuidado por lo menos de no descender: no hagas mal al pr√≥jimo, no lo hieras, no lo critiques, no lo ofendas, no lo desprecies. Despu√©s ponte a practicar el bien reconfortando con tus palabras a tu hermano, demostr√°ndole tu compasi√≥n y proporcion√°ndole algo que necesite. Y as√≠ escal√≥n por escal√≥n llegar√°s con la ayuda de Dios a la c√ļspide de esa escala. Porque es a fuerza de ayudar al pr√≥jimo como llegar√°s a desear su provecho y beneficio igual que el tuyo y esto ser amar al pr√≥jimo como a ti mismo. Si buscamos encontraremos, si pedimos a Dios El nos iluminar√°. Porque el Se√Īor dice en el Evangelio: Pedid y se os dar , buscad y encontrar√©is, golpead y se os abrir (Mt 7, 7; Lc 11, 9). Dice pedid para que roguemos por la oraci√≥n. Buscad es examinar c√≥mo se origina esta virtud, qu√© nos proporciona y qu√© debemos hacer para adquirirla. Hacer cada d√≠a este examen seria buscad y encontrar√©is. Golpead es cumplir los mandamientos ya que golpeamos con las manos y las manos significan la acci√≥n.

Luego debemos no solo pedir sino buscar y practicar, esforz√°ndonos por estar, como dice el Ap√≥stol, listos para toda buena acci√≥n (2 Tm 3, 17). ¬ŅQu√© quiere decir con esto? Que si alguien quiere construir un barco prepare primero todo aquello que necesita, desde los trozos m√°s peque√Īos de madera hasta el pegamento y la estopa. M√°s a√ļn: si una mujer quiere iniciar una labor, preparar hasta la aguja m√°s peque√Īa y el m√°s peque√Īo hilo. El tener todo as√≠ preparado para cualquier cosa es lo que se dice: estar listos.

155. Estemos pues completamente preparados para toda buena acci√≥n, dispuestos a realizar la voluntad de Dios sabiamente como El quiere y para su agrado. El Ap√≥stol dice: Lo que Dios quiere como bueno, lo que le es agradable, lo que es perfecto (Rm 12, 2). ¬ŅQu√© se entiende por esto?.

Todo llega porque Dios lo permite o porque as√≠ lo desea, como dice el Profeta: Soy yo, el Se√Īor, quien hace la luz y crea las tinieblas (Is 45, 7) , m√°s a√ļn: No hay mal en la ciudad que el Se√Īor no lo haya hecho (Am 3, 6). Por mal se entienden todas las desgracias, es decir las pruebas que nos suceden para nuestra correcci√≥n, por causa de nuestra malicia: hambre, pestes, sequ√≠a, enfermedades, guerras. Estos males no llegan por deseo de Dios sino porque El los permite; permite que nos sean infligidos para nuestro provecho. Luego Dios no quiere que nosotros los deseemos ni que los apoyemos.

Si, por ejemplo, la voluntad de Dios permite la destrucci√≥n de una ciudad, no nos pide que vayamos a prenderle fuego e incendiarla o tomemos hachas para demolerla. Y si Dios permite que un hermano est√© afligido o caiga enfermo, no quiere que nosotros mismos contribuyamos a afligirlo dici√©ndonos: "Puesto que es la voluntad de Dios que este hermano est√© enfermo, no ejerzamos misericordia con √©l". Dios no quiere esto, no desea que cooperemos con su voluntad cuando es de esta clase. Quiere que nos mantengamos buenos, cuando no quiere que nosotros deseemos cooperar ¬ŅY d√≥nde quiere que se dirija nuestra voluntad? A todo aquello que es bueno, a todo aquello que responde a su voluntad, es decir, a todo aquello que es objeto de precepto: amarse los unos a los otros, ser compasivos, dar limosna, etc. Esto es lo que Dios quiere como bueno.

¬ŅQu√© debemos entender por aquello que le es agradable? Aun realizando una buena acci√≥n no hacemos necesariamente lo que es agradable a Dios. Me explico. Tomemos por ejemplo un hombre que encuentra una hu√©rfana pobre y linda. Encantado por su belleza la recoge y la educa en su condici√≥n de hu√©rfana. Seria aqu√≠ obrar lo que Dios quiere y en conciencia algo bueno, pero no lo que le es agradable. Aquello agradable a Dios seria la limosna hecha no por consideraciones humanas sino por causa del bien mismo y por compasi√≥n. En fin aquello que es perfecto es la limosna hecha sin parsimonia, ni lentitud o frialdad, sino con todas nuestras fuerzas y de todo coraz√≥n. Es dar como si recibi√©ramos nosotros mismos, es ser benefactor como si fu√©ramos nosotros los beneficiados. Esto es lo perfecto. Es as√≠ como debe realizarse, seg√ļn dice el Ap√≥stol: Aquello que Dios quiere como bueno, aquello que le agrada, aquello que es perfecto. Y esto ser√≠a obrar con ciencia.

156. Debemos pues conocer el bien de la limosna y su virtud; porque ella es grande y tiene hasta el poder de borrar los pecados, seg√ļn la palabra del Profeta: El rescate del hombre es su propia riqueza (Pr 13, 8). Y adem√°s: Rescata tus pecados con tus limosnas (Dan 4, 24). El Se√Īor mismo ha dicho: Sed misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso (Lc 6, 36). No ha dicho "Ayunad como vuestro Padre celestial ayuna, ni, sed pobres como vuestro Padre celestial es pobre", sino: Sed misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso. Porque es especialmente esta virtud la que asemeja a Dios, ella es propia de Dios. Es preciso entonces, como dec√≠amos, tener nuestros ojos fijos en tal meta y hacer limosna con ciencia. En efecto, existen gran variedad de motivos en la pr√°ctica de la limosna. Este la practica para que su campo sea bendecido, y Dios bendice su campo; aquel por la seguridad de su barco, y Dios salva su barco; aquel otro por sus hijos, y Dios los protege; otros para recibir honores y Dios se los procura. Dios no rechaza a nadie y da a cada cual lo que busca, siempre que no perjudique a su alma. Pero todos ellos han recibido su recompensa, no se han reservado nada ante Dios porque el fin que persegu√≠an no era el provecho de su alma. ¬ŅHas hecho limosna para que tu campo sea bendecido? Dios lo ha bendecido. ¬ŅLo has hecho por tus hijos? Dios los ha protegido. ¬ŅPara recibir honores? Dios te los ha concedido. ¬ŅQu√© te debe el Se√Īor? Te ha pagado el salario por el cual has obrado.

157. Alguien hace limosna para verse preservado del castigo futuro. Este obra por su alma. Obra seg√ļn Dios pero no como Dios quiere porque todav√≠a lo hace en condici√≥n servil; en efecto, el esclavo no cumple la voluntad de su amo voluntariamente sino porque teme el castigo. Hace limosna para ser preservado del castigo y Dios lo preserva. Otro practica la limosna para recibir su recompensa. Est√° mejor pero no todav√≠a como Dios lo quiere, no est√° todav√≠a en disposici√≥n de un hijo. Como el mercenario que no realiza la voluntad de su amo sino para percibir su salario, √©l tambi√©n est√° actuando en busca de una remuneraci√≥n.

Hay en efecto tres disposiciones dentro de las cuales podemos obrar el bien, seg√ļn San Basilio. Ya se las he dicho en otra ocasi√≥n. O lo hacemos con temor por el castigo, y estamos en actitud servil, o lo hacemos en vista de la recompensa y estamos en disposici√≥n mercenaria, o finalmente lo hacemos por el bien mismo y entonces estamos con la disposici√≥n del hijo. Porque el hijo no cumple la voluntad de su padre por temor, ni por el deseo de recibir una remuneraci√≥n, sino porque quiere servirlo, honrarlo y contentarlo. As√≠ debemos hacer limosna: en vista del bien mismo, con compasi√≥n los unos de los otros, agradeciendo a los otros como si fu√©ramos nosotros los beneficiados, dando como si recibi√©ramos. Tal es la limosna practicada con sabidur√≠a y es as√≠, decimos, como nos encontraremos con la disposici√≥n del hijo.

158. Nadie puede decir: "Soy pobre y no tengo con qu√© hacer limosna". Porque si no puedes dar como aquellos ricos que echaban sus dones en el tesoro (cf. Mc 12, 41; Lc 21, 3), da dos monedas como la viuda pobre. Dios las recibir de ti m√°s gustoso que los dones de lo ricos. ¬ŅNo tienes ni esas dos monedas?. Tienes al menos fuerzas y podr√°s ejercer misericordia sirviendo a tu hermano enfermo. Si tampoco puedes hacer esto, puedes todav√≠a reconfortar a tu hermano con algunas palabras. Haz caridad con tu palabra y oye a aquel que dice: Una palabra es un bien superior a un don (Ecle 18, 16). Suponiendo que no puedas siquiera dar la limosna de tu palabra, puedes, cuando tu hermano est√© irritado contra ti, tenerle compasi√≥n y soportarlo durante su c√≥lera, vi√©ndolo atormentado por el enemigo com√ļn y en lugar de decir algo que lo excite a√ļn m√°s, guardar silencio ejerciendo as√≠ misericordia con respecto a su alma, al arrancarla del enemigo. Puedes todav√≠a, si tu hermano ha pecado contra ti, ejercer misericordia perdon√°ndole su falta a fin de conseguir t√ļ mismo el perd√≥n de Dios. Pues esta dicho: Perdonad y ser√©is perdonados (Lc 6, 37). As√≠ ejercer√°s caridad con el alma de tu hermano, perdon√°ndole las falta que ha cometido contra ti. En efecto, Dios nos ha dado el poder de perdonarnos nuestros pecados los unos a los otros.

No teniendo con qu√© ejercer misericordia con el cuerpo de tu hermanos lo haces con su alma. Y ¬Ņqu√© misericordia ser m√°s grande que √©sta? As√≠ como el alma es m√°s preciosa que el cuerpo, de la misma manera la misericordia con respecto al alma es superior a la misericordia con el cuerpo. Nadie podr√° decir: "No tengo posibilidad de practicar misericordia". Todos lo podemos de acuerdo a nuestros medios y condici√≥n, siempre que tengamos cuidado de realizar con ciencia el bien que obremos, como ya lo explicamos con respecto a cada virtud. El que obra con ciencia es el constructor experimentado y h√°bil que construye s√≥lidamente su casa y del cual el Evangelio dice: El hombre precavido construye su casa sobre la roca (Mt. 7, 24), y nada puede destruirla.

Que el Dios de bondad nos permita oír y practicar lo que oímos para que estas palabras no sirvan para nuestra condenación el día de Juicio. ¡Que a El sea la gloria por los siglos! Amén.

LOS SANTOS AYUNOS

XV CONFERENCIA

159. En la Ley, Dios hab√≠a prescrito a los hijos de Israel ofrecer cada a√Īo el diezmo de todos sus bienes (cf. Num 18, 25). Haci√©ndolo ser√≠an bendecidos en todas sus actividades. Los santos Ap√≥stoles, sabiendo eso, con el objeto de procurar a nuestras almas una ayuda provechosa, decidieron transmitirnos ese precepto bajo una forma m√°s preciosa y elevada, a saber, la ofrenda del diezmo de los d√≠as de nuestra vida, dicho de otra manera, su consagraci√≥n a Dios, a fin de ser bendecidos tambi√©n nosotros en nuestras obras y de expiar cada a√Īo las faltas del a√Īo entero. Haciendo un c√°lculo, santificaron para nosotros entre los trescientos sesenta y cinco d√≠as del a√Īo, las siete semanas de ayuno. Ellos no asignaron al ayuno m√°s que esas siete semanas. Fueron los Padres quienes despu√©s convinieron en agregar una semana m√°s, tanto para practicarlo con anticipaci√≥n como para preparar a aquellos que se van a entregar a los ayunos, y para honrar esos ayunos con la cifra de la santa cuarentena que Nuestro Se√Īor mismo pas√≥ ayunando. Porque las ocho semanas suman cuarenta d√≠as, excluyendo los s√°bados y los domingos, sin tener en cuenta el ayuno privilegiado del S√°bado Santo, que es sagrado entre todos, y de todo el a√Īo, el √ļnico ayuno en s√°bado. Pero las siete semanas, sin los s√°bados y domingos, hacen treinta y cinco d√≠as. Agreg√°ndole el ayuno del S√°bado Santo y de la mitad constituida por la noche gloriosa y luminosa, obtenemos treinta y seis d√≠as y medio, lo que es exactamente la d√©cima parte de los trescientos sesenta y cinco d√≠as del a√Īo. Porque la d√©cima parte de trescientos es treinta; la d√©cima parte de sesenta es seis; y la d√©cima parte de cinco es medio: lo que hace un total de treinta y seis d√≠as y medio, tal como dijimos. Y es, por as√≠ decir, el diezmo de todo el a√Īo lo que los santos Ap√≥stoles consagraron a la penitencia para purificar las faltas de todo el a√Īo.

160. Hermanos, feliz aquel que en estos d√≠as santos se cuida bien y como corresponde. Porque si como hombre que es, peca por debilidad o negligencia, Dios ha dado precisamente estos d√≠as santos, para que preocup√°ndose cuidadosamente de su alma con vigilancia y humildad, y haciendo penitencia durante este per√≠odo, se vea purificado de los pecados de todo el a√Īo. Entonces el alma se ve aliviada de su carga, y se acerca con pureza al santo d√≠a de la Resurrecci√≥n, y hecho un hombre nuevo por la penitencia de estos santos ayunos participa en los santos Misterios sin incurrir en condenaci√≥n; permanece en el gozo y la alegr√≠a espiritual, celebrando con Dios los cincuenta d√≠as de la santa Pascua, que es, como se ha dicho, la resurrecci√≥n de alma, y para se√Īalarlos no doblamos las rodillas en la iglesia durante todo el tiempo pascual.

161. Quien quiera purificar sus pecados de todo el a√Īo por medio de estos d√≠as, en primer lugar debe guardarse de la indiscreci√≥n en la comida, pues, seg√ļn los Padres, la indiscreci√≥n en la comida engendra todo el mal que hay en el hombre. Debe cuidar de no romper el ayuno si no es por una gran necesidad, y no buscar las comidas sabrosa; ni cargarse con un exceso de alimentos o de bebidas. Pues hay dos tipos de gula. Se puede ser tentado por la delicadeza de los alimentos; no necesariamente se quiere comer mucho, pero se desean comidas exquisitas. Cuando un goloso come un alimento que le agrada, queda de tal manera dominado por el placer, que lo retiene largo tiempo en la boca, mastic√°ndolo largamente, y no trag√°ndolo sino a disgusto por causa de la voluptuosidad que experimenta. Es lo que llamamos goloso (laimarg√≠a).

Otro es tentado por la cantidad; no desea comidas agradables y no se preocupa por su sabor. Sean buenos o malos no tiene otra preocupación que comer. Sean cuales sean los alimentos, su objetivo es llenar su vientre. Es lo que llamamos voracidad (gastrimargía). Les voy a decir la razón de esos nombres. Margainein significa en los autores paganos estar fuera de si, y el insensato es llamado margos. Cuando a alguien le ocurre este mal o locura de querer llenar el vientre se lo llama gastrimargia; es decir locura del vientre. Cuando sólo se trata del placer de la boca lo llamamos laimargía, es decir, locura de la boca.

162. El que quiera purificarse de sus pecados debe, con todo cuidado, huir de esos desarreglos, ya que no vienen de la necesidad del cuerpo sino de la pasi√≥n y si se los tolera se transforman en pecados. En el uso leg√≠timo del matrimonio y en la fornicaci√≥n, el acto es el mismo, siendo la intenci√≥n la que difiere: en el primer caso se unen para tener hijos, en el segundo para satisfacer la pasi√≥n. Igualmente en la alimentaci√≥n se da la misma acci√≥n al comer por necesidad o por placer, pero el pecado est√° en la intenci√≥n. Come por necesidad aquel que, habi√©ndose fijado una raci√≥n diaria la disminuye si es que le provoca un sobrecargo y se da cuenta de que hay que quitar alguna cosa. Si por el contrario esa raci√≥n, lejos de cargarlo no logra mantener su cuerpo y debe ser levemente aumentada, le adiciona un peque√Īo suplemento. De esta manera eval√ļa con exactitud sus necesidades y se conforma a lo que ha fijado, no por placer, sino con el fin de mantener las fuerzas de su cuerpo. Este alimento tambi√©n debe tomarlo con acci√≥n de gracias, juzg√°ndose en su coraz√≥n indigno de tal ayuda; y si alguno a consecuencia de una necesidad o exigencia es objeto de cuidados particulares, no debe tenerlo en cuenta ni buscar por s√≠ mismo el bienestar, ni pensar que el bienestar es inofensivo para el alma.

163. Cuando estaba en el monasterio (del abad S√©ridos), fui un d√≠a a ver a uno de los Ancianos (pues all√≠ hab√≠a muchos grandes Anciano) y encontr√© al hermano encargado de servirlo comiendo con √©l. Entonces le dije aparte: "Hermano, t√ļ sabes que esos Ancianos que ves comer y que tienen un poco de solaz, son como los hombres que han adquirido una bolsa y que no han cesado de trabajar y de llenarla (de dinero) hasta colmarla. Despu√©s de haberla cerrado, han seguido trabajando y obtuvieron todav√≠a mil piezas m√°s, para poder entregar en caso de necesidad, siempre guardando lo que se encontraba en la bolsa. De esta manera, estos Ancianos no han cesado de trabajar y adquirir tesoros. Despu√©s de haberlos guardado han seguido ganando algunos m√°s, los cuales podr√≠an entregar en caso de enfermedad o de vejez, siempre conservando sus tesoros. Pero nosotros que todav√≠a no hemos llenado la bolsa ¬Ņc√≥mo es que hacemos donaciones?". Este es el motivo por el cual debemos, tal como lo he dicho, juzgarnos indignos de toda concesi√≥n, aunque la tomemos por necesidad, e indignos de la vida mon√°stica, y tomar, no sin temor, lo que es necesario. De esta manera no ser para nosotros motivo de condenaci√≥n.

164. Todo esto referido a la temperancia del vientre. Pero no s√≥lo debemos vigilar nuestro r√©gimen alimenticio, debemos evitar tambi√©n todo otro pecado, y ayunar tambi√©n de la lengua como del vientre, absteni√©ndonos de la maledicencia, de la mentira, de la charlataner√≠a, de las injurias, de la c√≥lera, en una palabra de toda falta que se comete con la lengua. Asimismo debemos practicar el ayuno de los ojos, no mirando cosas vanas, evitando la libertad de la mirada que contempla a alguien con impudicia. Tambi√©n debemos prohibir toda mala acci√≥n a las manos y a los pies. Practicando de esta manera un ayuno agradable, como dice Basilio, absteni√©ndonos de todo mal que se pueda cometer con cualquiera de nuestros sentidos, nos acercaremos al santo d√≠a de la Resurrecci√≥n renovados, purificados y dignos de participar en los santos Misterios, como ya lo hemos dicho. Saldremos enseguida al encuentro de Nuestro Se√Īor y lo recibiremos con palmas y ramas de olivo, mientras que √©l har√° su entrada en la ciudad santa, sentado sobre un asno (cf. Mc 11,1-8;Jn 12, 13).

165. ¬ŅQu√© quiere decir: Sentado sobre un asno? El Se√Īor se sent√≥ sobre un asno a fin de que el alma, seg√ļn el Profeta (cf. Sal 48, 21) se abaje y se haga semejante a los animales sin raz√≥n y de esta manera sea convertida por √©l, el Verbo de Dios, y sometida a su divinidad. Y ¬Ņqu√© significa salir a su encuentro con palmas y ramas de olivo?. Cuando alguien sale a guerrear contra su enemigo y vuelve victorioso, todos los suyos salen a su encuentro con palmas para recibir al vencedor. En efecto, la palma es signo de la victoria. Por otra parte cuando alguien sufre una injusticia y quiere recurrir a quien lo pueda vengar, lleva ramas de olivo, pidiendo e implorando misericordia y auxilio, pues los olivos son un signo de la misericordia. Nosotros tambi√©n iremos al encuentro de Cristo Nuestro Se√Īor con palmas, como delante de un vencedor, pues √©l ha vencido al enemigo por nosotros; y con ramos de olivo, para implorar su misericordia, a fin de que, como ha vencido por nosotros, nosotros tambi√©n, implor√°ndole, salgamos victoriosos con √©l; y para que nos encontremos alzando emblemas de victoria en honor no s√≥lo de la victoria que ha realizado por nosotros, sino tambi√©n por la que nosotros vamos a tener por √©l, gracias a las oraciones de los santos. Am√©n.

EXPLICACI√ďN DE ALGUNAS PALABRAS DE SAN GREGORIO CANTADAS EN LA SANTA PASCUA

XVI CONFERENCIA

166. Con gusto les voy a decir algunas palabras sobre las estrofas que hemos cantado, para que no se vean distra√≠dos por la melod√≠a, y para que su esp√≠ritu se ponga en consonancia con el sentido de las palabras. ¬ŅQu√© es lo que acabamos de cantar?

Es el día de la Resurrección.

Hagamos de nosotros mismos una ofrenda.

Antiguamente, en sus fiestas o asambleas, los hijos de Israel presentaban dones al Se√Īor, seg√ļn la Ley: sacrificios, holocaustos, ofrendas de las primicias, etc. San Gregorio nos exhorta a hacer, como ellos, una fiesta al Se√Īor; nos invita diciendo:

Es el d√≠a de la Resurrecci√≥n, es decir, es el d√≠a de la santa fiesta, es el d√≠a de la asamblea divina, es el d√≠a de la Pascua de Cristo. ¬ŅQu√© es la Pascua de Cristo? Los hijos de Israel realizaron la Pascua, el paso, cuando salieron de Egipto, pero ahora la Pascua que San Gregorio nos pide celebrar es aquella que realiza el alma que sale del Egipto espiritual, es decir del pecado. El efecto, cuando ella pasa del pecado a la virtud, realiza el paso en honor del Se√Īor, seg√ļn la palabra de Evagrio: "La Pascua del Se√Īor es la salida del mal".

167. Hoy por lo tanto es la Pascua del Se√Īor, d√≠a de fiesta resplandeciente, es el d√≠a de la Resurrecci√≥n de Cristo, que ha clavado el pecado en la cruz, que ha muerto por nosotros y ha resucitado. Llevemos tambi√©n nosotros dones al Se√Īor, ofrezcamos sacrificios y holocaustos, no ya de bestias sin raz√≥n, ya que Cristo no los desea. Pues est√° escrito: T√ļ no quieres sacrificios ni ofrendas de animales, no te han agradado los holocaustos de terneros ni de ovejas (Hb 10, 5-6; cf. Sal 39, 7). Y en Isa√≠as: ¬ŅDe qu√© me sirven la multitud de vuestros sacrificios?, dice el Se√Īor (Is 1,11). Pero como el Cordero de Dios ha sido inmolado por nosotros, como dice el Ap√≥stol: Cristo nuestra Pascua, ha sido inmolado por nosotros (1 Co 5, 7) a fin de quitar el pecado del mundo, y como se ha hecho por nosotros maldici√≥n, seg√ļn la palabra: Maldito quien cuelga del madero, a fin de arrancarnos de la maldici√≥n de la Ley (Ga 3, 13), y de hacer de nosotros hijos (Ga 4, 5), debemos por nuestra parte ofrecerle un don que le agrade. Pero para agradar a Cristo ¬Ņqu√© don, qu√© sacrificio debemos ofrecerle en este d√≠a de la Resurrecci√≥n, ya que √©l no quiere sacrificios de animales irracionales? San Gregorio nos lo ense√Īa, ya que despu√©s de decir:

Es el día de la Resurrección, agrega: hagamos de nosotros mismos una ofrenda.

El Apóstol dice en el mismo sentido: Ofreced vuestros cuerpos como víctima viva, santa, agradable a Dios; este es el culto que vuestra razón os pide (Rm 12, 1).

168. ¬ŅC√≥mo debemos ofrecer a Dios nuestros cuerpos como v√≠ctima viva y santa? No haciendo las voluntades de la carne y de nuestros pensamientos (Ef 2, 3), sino marchando seg√ļn el Esp√≠ritu, sin cumplir los deseos carnales (Ga 5,16). Esto es mortificar los miembros terrenales (Col 3, 5). Y a esta v√≠ctima la llamamos viva, santa y agradable a Dios. ¬ŅPor qu√© la llamamos v√≠ctima viva? Porque el animal destinado al sacrificio es degollado y muere al instante, mientras que los santos que se ofrecen a s√≠ mismos a Dios se sacrifican vivos cada d√≠a, como dice David: Por tu causa somos llevados a la muerte cada d√≠a, semejantes a ovejas de matanza (Sal 43, 22). Es lo que dice San Gregorio: Hagamos de nosotros mismos una ofrenda. Es decir, sacrifiqu√©monos, mat√©monos cada d√≠a, como todos los santos, por Cristo nuestro Dios, por El que ha muerto por nosotros. Pero ¬Ņc√≥mo se han dado muerte los santos? No amando al mundo ni lo que es del mundo, seg√ļn lo dicen las ep√≠stolas cat√≥licas (1 Jn 2, 15), renunciando a los deseos de la carne, a la concupiscencia de los ojos, y al orgullo de la vida (1 Jn 2, 16), es decir, amor al placer, al amor al dinero y a la vanagloria, tomando la cruz y siguiendo a Cristo (cf. Mt. 16, 24), crucificando el mundo a nosotros mismos, y crucific√°ndonos al mundo (cf. Ga 6, 14). Respecto de esto dice el Ap√≥stol los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos (Ga 5, 24). Esta es la forma en que los santos se dan muerte.

169. Pero ¬Ņc√≥mo se ofrecen? No viviendo m√°s para s√≠ mismos y someti√©ndose a los mandamientos divinos, renunciando a sus voluntades por el mandamiento y por el amor a Dios y al pr√≥jimo. He aqu√≠ que hemos dejado todo y te hemos seguido, dec√≠a San Pedro (Mt 19, 27, ¬ŅQu√© hab√≠a dejado? No tenia ni bienes, ni riquezas, ni oro, ni plata. No pose√≠a m√°s que su red, y como dice San Juan Cris√≥stomo, bien gastada. Pero ha renunciado, tal como dice, a todas sus voluntades a todo deseo de este mundo; y es evidente que si hubiese tenido riquezas o cosas superfluas, las habr√≠a despreciado. Entonces, tomando su cruz, sigui√≥ a Cristo, seg√ļn la palabra: No soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mi (Ga 2, 20). Esta es la forma en que los santo se han ofrecido, mortificando en ellos todo deseo y toda voluntad propia y viviendo s√≥lo para Cristo y sus mandamientos.

170. De esta manera, también nosotros. Hagamos de nosotros mismos una ofrenda, como nos exhorta San Gregorio. Quiere que seamos lo más precioso de Dios.

S√≠, en verdad, de todas las creaturas visibles, el hombre es la m√°s preciosa. Las otras, el Creador las ha hecho existir con una palabra: ¬°Que exista!, y fue hecho. ¬°Que surja la tierra!, y ella apareci√≥. Que aparezcan las aguas, etc. (cf. Gn 1, 3.11.20). Pero al hombre lo hizo y form√≥ con sus propias manos y puso todas las otras creaturas para que le sirvieran y para su provecho, haci√©ndolo rey de ellas, y le concedi√≥ gozar de las delicias del para√≠so (cf. Gn 2). Y cosa m√°s admirable todav√≠a, cuando el hombre cay√≥ de su condici√≥n por su propia falta, Dios se la devolvi√≥ por la sangre de su Hijo √ļnico. De esta manera, de todas las creaturas visibles, el hombre es la cosa m√°s preciosa para Dios, y no s√≥lo la m√°s preciosa, sino, contin√ļa San Gregorio, la m√°s cercana, porque dijo: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza (Gn 1, 26). Y tambi√©n: Dios cre√≥ al hombre. Lo hizo a su propia imagen (Gn 1, 27), y sopl√≥ sobre su rostro un soplo de vida (Gn 2, 7). Nuestro Se√Īor mismo al venir a nosotros, tom√≥ la naturaleza del hombre, una carne humana, un esp√≠ritu humano, en una palabra se hizo hombre en todo menos en el pecado, introduciendo por ello al hombre en su familiaridad y apropi√°ndoselo por as√≠ decir. Es por lo tanto muy justo que San Gregorio haya dicho del hombre que √©l es para Dios la cosa m√°s preciosa y la m√°s cercana.

171. Enseguida agrega:

Devolvamos a la imagen su calidad de imagen.

¬ŅC√≥mo hacer esto? Aprend√°moslo del Ap√≥stol: Purifiqu√©monos, dice, de toda mancha de la carne y del esp√≠ritu (2Co 7,1). Hagamos pura nuestra imagen, tal como la hab√≠amos recibido; lav√©mosla de toda mancha de pecado, a fin de que su belleza resplandezca en las virtudes. David dec√≠a acerca de esta belleza en su oraci√≥n: Se√Īor, por tu amor, has dado resplandor a mi belleza (Sal 29. 8). Purifiquemos entonces nuestra calidad de imagen, ya que Dios la quiere tal como nos la ha dado sin mancha ni arruga ni nada de eso (Ef. 5, 27).

Devolvamos a la imagen su calidad de imagen.

Reconozcamos nuestra dignidad.

Veamos con qué bienes inmensos hemos sido agraciados y a imagen de quién hemos sido creados. No ignoremos los dones magníficos que hemos recibido de Dios en virtud de su sola bondad, y no por nuestros méritos. Sepamos que hemos sido hechos a imagen de Dios.

Honremos el arquetipo.

No insultemos la imagen de Dios, seg√ļn la cual hemos sido hechos. ¬ŅQui√©n, queriendo pintar el retrato de un rey se atrever a poner colores apagados? Seria despreciar al soberano y atraerse un castigo. En cambio usar colores preciosos y brillantes, dignos del retrato real agregando incluso l√°minas de oro. Tratar de poner, en la medida de lo posible, todos los ornamentos del rey, a fin de que viendo la semejanza de ese retrato perfecto, se crea estar viendo al modelo, al mismo rey, por lo magnifico y reluciente de la imagen. Tambi√©n nosotros cuid√©monos de deshonrar el arquetipo. Somos la imagen de Dios. Hagamos nuestra imagen pura y preciosa. Pues si se castiga al que deshonra el retrato de un rey, que no es m√°s que un ser visible y de nuestra naturaleza, ¬Ņcu√°nto m√°s deberemos sufrir si despreciamos la imagen divina que hay en nosotros y no le damos la pureza de su calidad de imagen, tal como lo dice San Gregorio? Honremos pues el arquetipo.

172. Conozcamos el sentido del misterio, y por qué murió Cristo.

El sentido del misterio de la muerte de Cristo es éste: por nuestro pecado habíamos borrado nuestra condición de imagen, y nos habíamos dado la muerte, como dice el Apóstol, por nuestras transgresiones y faltas (Ef 2,1). Pero Dios, que nos había hecho a su imagen, movido de compasión por su creatura y su imagen, se hizo hombre por nosotros y aceptó la muerte por todos, a fin de hacernos volver, a los que estábamos muertos, a la vida de la que habíamos caído por el pecado. El mismo, subido a su santa cruz y crucificando el pecado que nos había valido el ser expulsados del paraíso, llevó cautiva la cautividad, tal como dice la Escritura (Sal 67, 19; Ef 4, 8).

¬ŅQu√© quiere decir: llev√≥ cautiva la cautividad? A causa de la transgresi√≥n de Ad√°n, el enemigo nos hab√≠a hecho cautivos y nos tenia en su poder. Cuando sal√≠an de su cuerpo, las almas humanas eran llevadas al infierno, ya que el para√≠so estaba cerrado. Pero Cristo, subido a lo alto de la santa y vivificante cruz, nos arranc√≥ por su propia sangre de la cautividad a la que nos hab√≠a reducido el enemigo debido a la transgresi√≥n. En otras palabras, nos arranc√≥ de las manos del enemigo, y en cambio, nos lleva cautivos, despu√©s de haber vencido y derrotado a aquel que nos tenia cautivos. Esto es lo que significa llevar cautiva la cautividad. Ese es el sentido del misterio: Cristo muri√≥ por nosotros para llevarnos a la vida, a nosotros, que est√°bamos muertos, como lo dice el santo . Fuimos arrancados del infierno por el amor de Cristo, y desde entonces est√° en nuestro poder el entrar en el para√≠so. El enemigo no es m√°s nuestro se√Īor y no nos tiene m√°s en esclavitud como antes.

173. Estemos por lo tanto atentos, hermanos, y guard√©monos de pecar. Se los he dicho con frecuencia: el pecado cometido nos hace nuevamente esclavos del enemigo, ya que de pleno grado nos sometemos y nos ponemos a su servicio. ¬ŅNo es una gran verg√ľenza y una gran desdicha el ir nuevamente a echarnos en el infierno, despu√©s que Cristo nos libr√≥ por su sangre y que nosotros sabemos todo eso? ¬ŅNo somos acaso dignos de un castigo mucho peor y despiadado? ¬°Que Dios en su amor tenga piedad de nosotros y nos conceda tener el esp√≠ritu despierto para comprender y ayudarnos a nosotros mismos, a fin de encontrar un poco de misericordia en el d√≠a del juicio!

EXPLICACI√ďN DE ALGUNAS PALABRAS DE SAN GREGORIO, CANTADAS PARA LOS SANTOS M√ĀRTIRES

XVII CONFERENCIA

174. Hermanos, es bueno cantar textos de los santos te√≥foros, porque siempre tienen la preocupaci√≥n de ense√Īarnos todo lo que concierne a la iluminaci√≥n de nuestras almas. En ellos encontramos tambi√©n la ocasi√≥n de descubrir cada vez, con palabras apropiadas, el sentido mismo del aniversario que se celebra, ya se trate de una fiesta del Se√Īor, de los santos m√°rtires o de los Padres, en s√≠ntesis, de toda santa solemnidad. Debemos entonces cantar con atenci√≥n y aplicar nuestro esp√≠ritu al significado de las palabras de los santos, para que no sea s√≥lo la boca la que cante, como dice el libro de los Ancianos, sino nuestro coraz√≥n con nuestra boca. En el canto precedente hemos aprendido, seg√ļn nuestra capacidad, algunas cosas sobre la santa Pascua. Veamos ahora lo que San Gregorio nos quiere ense√Īar sobre los santos m√°rtires. El canto dice en su honor lo que acabamos de recitar, que est√° tomado de sus discursos:

Víctimas vivas, holocaustos espirituales, etc.

175. ¬ŅQu√© quiere decir: V√≠ctimas vivas? V√≠ctima es todo aquello que se ofrece a Dios en sacrificio, por ejemplo una oveja, un buey o cualquier otro animal. Entonces, ¬Ņpor qu√© San Gregorio dice de los santos v√≠ctimas vivas? La oveja que se presenta para el sacrificio, primero es degollada y muerta; luego es despedazada, cortada en partes y ofrecida a Dios. Pero los santos m√°rtires fueron despedazados, desollados, torturados, desmembrados en su carne, estando vivos. Los verdugos les cortaban las manos, los pies, la lengua, les arrancaban los ojos, les despedazaban los costados para que se viesen la forma y disposici√≥n de sus entra√Īas. Y yo digo que todos esos tormentos, los santos los soportaban vivos y poseyendo sus esp√≠ritus: por esa raz√≥n son llamados v√≠ctimas vivas.

Pero ¬Ņpor qu√©: holocaustos espirituales? El holocausto es distinto del sacrificio. Se pueden ofrecer las primicias del animal, y no el animal entero, es decir, tal como est√° escrito en la Ley: el espaldar derecho, el cebo del h√≠gado, los dos ri√Īones y otras partes semejantes (Cf. Lv 3, 4). El que tal ofrece hace un sacrificio, ofrece las primicias. Eso es lo que se llama un sacrificio. Pero hay holocausto, por el contrario, cuando se ofrece la oveja entera, el buey o cualquier otra v√≠ctima, y se la quema totalmente, como est√° dicho: la cabeza con los pies y los intestinos (Lv 8, 24; cf 4, 11). Tambi√©n se quemaba la piel y los excrementos (cf Lv 8, 17); en una palabra, todo, absolutamente todo. Eso es lo que se llama un holocausto. Era de esta manera como los hijos de Israel cumpl√≠an con los sacrificios y holocaustos de la ley.

176. Pero esos sacrificios y holocaustos eran símbolo de las almas que quieren ser salvadas y ofrecerse a Dios. Al respecto les voy a decir algunas ideas que han expresado los Padres, para que aprendiéndolas puedan elevar sus pensamientos y enriquecer sus almas.

El hombro, seg√ļn dicen, representa el vigor, y las manos la acci√≥n como ya lo hemos dicho en otra ocasi√≥n. Siendo el hombro la fuerza de la mano, ofrecemos la fuerza de la mano derecha, es decir las pr√°ctica de las buenas obras, ya que la derecha, para los Padres, significa el bien. En cuanto a todas las otras partes de las que hemos hablado, el l√≥bulo del h√≠gado, los dos ri√Īones y su grasa, el anca y la grasa de los muslos, el coraz√≥n, las costillas y el resto, tambi√©n son s√≠mbolos. Todas esas cosas, dice el Ap√≥stol, les suced√≠an en figura, y fueron escritas para nuestra instrucci√≥n (I Co 10, 11). Les voy a dar la explicaci√≥n. El alma, seg√ļn San Gregorio, est√° formada de partes; en efecto, comprende la potencia concupiscible, la potencia irascible y la potencia racional. Entonces ofrecemos el l√≥bulo del h√≠gado. Los Padres vieron en el h√≠gado la sede de los deseos. Ofrecer el l√≥bulo, extremo superior del h√≠gado, es ofrecer simb√≥licamente la parte m√°s elevada de la potencia concupiscible, dicho de otra manera, sus primicias, lo que ella tiene de mejor y m√°s precioso. Eso quiere decir: no amar nada tanto como a Dios y anteponer el deseo de Dios a todo otro deseo, ya que le ofrecemos, como hemos dicho, la parte m√°s preciosa. Los ri√Īones y su grasa, el anca, la grasa de los muslos, tienen anal√≥gicamente la misma significaci√≥n, ya que all√≠ tambi√©n seg√ļn los Padres reside el deseo. De esta manera, todas esas partes son s√≠mbolos de la potencia concupiscible. El coraz√≥n simboliza la potencia irascible, ya que, para los Padres, es la sede de la c√≥lera. San Basilio lo expresa diciendo: "La c√≥lera es la ebullici√≥n y la agitaci√≥n de la sangre en torno al coraz√≥n" Finalmente las costillas significan la potencia racional, ya que √©se es el simbolismo que los Padres atribuyen al pecho. Por esa raz√≥n, dicen, Mois√©s, al revestir a Aar√≥n con las vestiduras del sumo sacerdote, le puso sobre el pecho lo racional, seg√ļn el precepto de Dios (Cf. Ex 28, 15). Todas esas partes de la v√≠ctima son por lo tanto, como lo hemos dicho, s√≠mbolos del alma que, con la ayuda de Dios, se purifica por la ascesis y vuelve a su estado natural. En efecto, Evagrio dice que el alma racional obra seg√ļn la naturaleza cuando su parte concupiscible desea la virtud; la parte irascible lucha para obtenerla y la parte racional se entrega a la contemplaci√≥n de los seres.

177. De esta manera, cuando los hijos de Israel ofrec√≠an en sacrificio un cordero, un buey o cualquier otro animal, separaban esas partes de la v√≠ctima y las colocaban sobre el altar, delante del Se√Īor; es lo que llamamos un sacrificio, mientras que el holocausto consiste en ofrecer la v√≠ctima entera, quem√°ndola completamente. Siendo, como hemos dicho mas arriba, total, definitivo, completo, el holocausto es s√≠mbolo de los perfectos, de aquellos que dicen: Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido (Mt. 19, 27). A ese grado de perfecci√≥n el Se√Īor invit√≥ a aquel que dec√≠a: Todo eso ya lo observo desde mi juventud, ya que le dijo: Una sola cosa te falta todav√≠a. ¬ŅCu√°l? Esta: Toma tu cruz y s√≠gueme (Lc 18, 21-22). De esta manera fue como los santos m√°rtires se ofrecieron totalmente a Dios, ofreci√©ndose no s√≥lo ellos mismos, sino todo lo que les pertenec√≠a, y lo que ten√≠an a su alrededor. Ya que, seg√ļn San Basilio, "una cosa es lo que nosotros somos, otra lo que poseemos y otra lo que nos rodea", como ya se los dije en otra ocasi√≥n. Lo que nosotros somos es nuestro esp√≠ritu y nuestra alma; lo nuestro es el cuerpo; lo que est√° a nuestro alrededor son las riquezas y las otras cosas materiales. Los santos se ofrecieron a Dios de todo coraz√≥n, con toda el alma, con todas sus fuerzas, seg√ļn esta palabra: Amar√°s al Se√Īor tu Dios con todo el coraz√≥n, con toda tu alma, y con todo tu esp√≠ritu (Mt 22, 37). No s√≥lo despreciaron hijos, esposa, honor, riquezas y todo lo dem√°s, sino tambi√©n su propio cuerpo. Por lo cual se los llama holocaustos y holocaustos espirituales, ya que el hombre es un animal racional, y V√≠ctimas perfectas para Dios.

178. El salmo contin√ļa:

Cordero conocedor de Dios y conocido de Dios.

Conocedor de Dios: ¬Ņc√≥mo? El Se√Īor mismo nos lo muestra al decir mis ovejas escuchan mi voz; yo conozco a mis ovejas y ellas me conocen a m√≠ (Jn 10, 27 y 14). ¬ŅQu√© quiere decir: Mis ovejas escuchan mi voz? Lo siguiente: obedecen a mi palabra, guardan mis mandamientos, y por eso me conocen; en efecto, es por la observancia de los mandamientos por lo que los santos se acercan a Dios, y cuanto m√°s se acercan a El, mejor lo conocen y son conocidos por El. Pero si Dios conoce todo, las cosas ocultas y misteriosas, incluso las que no existen, ¬Ņpor qu√© San Gregorio llama a los santos ovejas conocidas por Dios? Debido a que acerc√°ndose por los mandamientos, como he dicho, conocen a Dios y son conocidos por El. Cuanto m√°s nos separ√°ramos y alejamos de alguien, m√°s lo desconocemos y podemos decir que m√°s nos desconoce. De la misma manera diremos del que se acerca, que conoce y es conocido. En este sentido decimos que Dios desconoce a los pecadores, en cuanto los pecadores se alejan de El. El Se√Īor mismo les dice: En verdad os digo: no os conozco (Mt 25, 12). En consecuencia, los santos, cuanto m√°s crecen en la virtud por los mandamientos, m√°s se acercan a Dios, y cuanto m√°s se acercan a Dios lo conocen mejor y son conocidos por El.

179. Su redil es inaccesible a los lobos.

Llamamos redil a un corral donde el pastor encierra y guarda sus ovejas para que no sean atacadas por los lobos, ni robadas por los ladrones. Si el redil est√° roto en alguna parte, les ser√° f√°cil a los lobos y a los ladrones entrar para realizar sus malos prop√≥sitos. El redil de los santos est√° asegurado y custodiado por todas partes. All√≠, dice el Se√Īor, los ladrones no perforan ni roban (Mt. 6, 20), ni pueden planear ning√ļn otro da√Īo. Oremos, hermanos, para que merezcamos tambi√©n nosotros pacer con ellos y poder encontrarnos en el lugar de su dichosa alegr√≠a y reposo. Pues, aunque no podamos alcanzar la perfecci√≥n de los santos ni ser dignos de estar en su gloria, podemos al menos no quedar excluidos del para√≠so, a condici√≥n de ser vigilantes y esforzarnos un poco, como dice San Clemente: "Si no somos coronados, esforc√©monos al menos en no estar lejos de aquellos que est√°n coronados". En un palacio hay grandes e ilustres personajes, por ejemplo los senadores, los patricios, los generales, los gobernadores, los consejeros. Todos ellos reciben un digno tratamiento. Pero en el mismo palacio hay otros que sirven por un salario, y tambi√©n decimos de ellos que est√°n al servicio del emperador; tambi√©n ellos est√°n en el interior del palacio, y si no tienen la gloria de los grandes, al menos est√°n all√≠, en el interior. Sucede, por otra parte, que poco a poco, al avanzar obtienen cargos importantes y altas dignidades. Tambi√©n nosotros evitemos con mucho cuidado pecar, para poder al menos escapar del infierno. De esta manera podremos, gracias al amor que Cristo nos tiene, obtener el ingreso en el para√≠so, por las oraciones de todos los santos. Am√©n.

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