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S.S. Juan Pablo II, Dominum et Vivificantem
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Dominum et Vivificantem

Carta encíclica de S.S. Juan Pablo II sobre el Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y del mundo

Venerables hermanos,

amadísimos hijos e hijas:

¡ Salud y bendición apostólica !

INTRODUCCI√ďN

1. La Iglesia profesa su fe en el Esp√≠ritu Santo que es ¬ęSe√Īor y dador de vida¬Ľ. As√≠ lo profesa el S√≠mbolo de la Fe, llamado nicenoconstantinopolitano por el nombre de los dos Concilios --Nicea (a. 325) y Constantinopla (a. 381)--, en los que fue formulado o promulgado. En ellos se a√Īade tambi√©n que el Esp√≠ritu Santo ¬ęhabl√≥ por los profetas¬Ľ. Son palabras que la Iglesia recibe de la fuente misma de su fe, Jesucristo. En efecto, seg√ļn el Evangelio de Juan, el Esp√≠ritu Santo nos es dado con la nueva vida, como anuncia y promete Jes√ļs el d√≠a grande de la fiesta de los Tabern√°culos: ¬ę" Si alguno tiene sed, venga a m√≠, y beba el que cree en m√≠ ", como dice la Escritura: De su seno correr√°n r√≠os de agua viva¬Ľ. 1 Y el evangelista explica: ¬ęEsto dec√≠a refiri√©ndose al Esp√≠ritu que iban a recibir los que creyeran en √©l¬Ľ. 2 Es el mismo s√≠mil del agua usado por Jes√ļs en su coloquio con la Samaritana, cuando habla de una ¬ęfuente de agua que brota para la vida eterna¬Ľ, 3 y en el coloquio con Nicodemo, cuando anuncia la necesidad de un nuevo nacimiento ¬ęde agua y de Esp√≠ritu¬Ľ para ¬ęentrar en el Reino de Dios¬Ľ. 4

La Iglesia, por tanto, instruida por la palabra de Cristo, partiendo de la experiencia de Pentecostés y de su historia apostólica, proclama desde el principio su fe en el Espíritu Santo, como aquél que es dador de vida, aquél en el que el inescrutable Dios uno y trino se comunica a los hombres, constituyendo en ellos la fuente de vida eterna.

2. Esta fe, profesada ininterrumpidamente por la Iglesia, debe ser siempre fortalecida y profundizada en la conciencia del Pueblo de Dios. Durante el √ļltimo siglo esto ha sucedido varias veces; desde Le√≥n XIII, que public√≥ la Enc√≠clica Divinum illud munus (a. 1897) dedicada enteramente al Esp√≠ritu Santo, pasando por P√≠o XII, que en la Enc√≠clica Mystici Corporis (a. 1943) se refiri√≥ al Esp√≠ritu Santo como principio vital de la Iglesia, en la cual act√ļa conjuntamente con Cristo, Cabeza del Cuerpo M√≠stico, 5 hasta el Concilio Ecum√©nico Vaticano II, que ha hecho sentir la necesidad de una nueva profundizaci√≥n de la doctrina sobre el Esp√≠ritu Santo, como subrayaba Pablo VI: ¬ęA la cristolog√≠a y especialmente a la eclesiolog√≠a del Concilio debe suceder un estudio nuevo y un culto nuevo del Esp√≠ritu Santo, justamente como necesario complemento de la doctrina conciliar¬Ľ. 6

En nuestra √©poca, pues, estamos de nuevo llamados, por la fe siempre antigua y siempre nueva de la Iglesia, a acercarnos al Esp√≠ritu Santo que es dador de vida. Nos ayuda a ello y nos estimula tambi√©n la herencia com√ļn con las Iglesias orientales, las cuales han custodiado celosamente las riquezas extraordinarias de las ense√Īanzas de los Padres sobre el Esp√≠ritu Santo. Tambi√©n por esto podemos decir que uno de los acontecimientos eclesiales m√°s importantes de los √ļltimos a√Īos ha sido el XVI centenario del I Concilio de Constantinopla, celebrado contempor√°neamente en Constantinopla y en Roma en la solemnidad de Pentecost√©s del 1981. El Esp√≠ritu Santo ha sido comprendido mejor en aquella ocasi√≥n, mientras se meditaba sobre el misterio de la Iglesia, como aqu√©l que indica los caminos que llevan a la uni√≥n de los cristianos, m√°s a√ļn, como la fuente suprema de esta unidad, que proviene de Dios mismo y a la que San Pablo dio una expresi√≥n particular con las palabras con que frecuentemente se inicia la liturgia eucar√≠stica: ¬ęLa gracia de nuestro Se√Īor Jesucristo, el amor del Padre y la comuni√≥n del Esp√≠ritu Santo est√© con todos vosotros¬Ľ. 7

De esta exhortaci√≥n han partido, en cierto modo, y en ella se han inspirado las precedentes Enc√≠clicas Redemptor hominis y Dives in misericordia, las cuales celebran el hecho de nuestra salvaci√≥n realizada en el Hijo, enviado por el Padre al mundo, ¬ępara que el mundo se salve por √©l¬Ľ 8 y ¬ętoda lengua proclame: Jesucristo es Se√Īor, para gloria de Dios Padre¬Ľ. 9 De esta misma exhortaci√≥n arranca ahora la presente Enc√≠clica sobre el Esp√≠ritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoraci√≥n y gloria: √©l es una Persona divina que est√° en el centro de la fe cristiana y es la fuente y fuerza din√°mica de la renovaci√≥n de la Iglesia. 10 Esta Enc√≠clica arranca de la herencia profunda del Concilio. En efecto, los textos conciliares, gracias a su ense√Īanza sobre la Iglesia en s√≠ misma y sobre la Iglesia en el mundo, nos animan a penetrar cada vez m√°s en el misterio trinitario de Dios, siguiendo el itinerario evang√©lico, patr√≠stico v lit√ļrgico: al Padre, por Cristo, en el Esp√≠ritu Santo.

De este modo la Iglesia responde tambi√©n a ciertos deseos profundos, que trata de vislumbrar en el coraz√≥n de los hombres de hoy: un nuevo descubrimiento de Dios en su realidad trascendente de Esp√≠ritu infinito, como lo presenta Jes√ļs a la Samaritana; la necesidad de adorarlo ¬ęen esp√≠ritu y verdad¬Ľ; 11 la esperanza de encontrar en √©l el secreto del amor y la fuerza de una ¬ęcreaci√≥n nueva¬Ľ: 12 s√≠, precisamente aqu√©l que es dador de vida.

La Iglesia se siente llamada a esta misi√≥n de anunciar el Esp√≠ritu mientras, junto con la familia humana, se acerca al final del segundo milenio despu√©s de Cristo. En la perspectiva de un cielo y una tierra que ¬ępasar√°n¬Ľ, la Iglesia sabe bien que adquieren especial elocuencia las ¬ępalabras que no pasar√°n¬Ľ. 13 Son las palabras de Cristo sobre el Esp√≠ritu Santo, fuente inagotable del ¬ęagua que brota para vida eterna¬Ľ, 14 que es verdad y gracia salvadora. Sobre estas palabras quiere reflexionar y hacia ellas quiere llamar la atenci√≥n de los creyentes y de todos los hombres, mientras se prepara a celebrar --como se dir√° m√°s adelante-- el gran Jubileo que se√Īalar√° el paso del segundo al tercer milenio cristiano.

Naturalmente, las consideraciones que siguen no pretenden examinar de modo exhaustivo la riqu√≠sima doctrina sobre el Esp√≠ritu Santo, ni privilegiar alguna soluci√≥n sobre cuestiones todav√≠a abiertas. Tienen como objetivo principal desarrollar en la Iglesia la conciencia de que en ella ¬ęel Esp√≠ritu Santo la impulsa a cooperar para que se cumpla el designio de Dios, quien constituy√≥ a Cristo principio de salvaci√≥n para todo el mundo¬Ľ. 15

I Parte: EL ESP√ćRITU DEL PADRE Y DEL HIJO, DADO A LA IGLESIA

1. Promesa y revelaci√≥n de Jes√ļs durante la Cena pascual

3. Cuando ya era inminente para Jes√ļs el momento de dejar este mundo, anunci√≥ a los ap√≥stoles ¬ęotro Par√°clito¬Ľ. 16 El evangelista Juan, que estaba presente, escribe que Jes√ļs, durante la Cena pascual anterior al d√≠a de su pasi√≥n y muerte, se dirigi√≥ a ellos con estas palabras: ¬ęTodo lo que pid√°is en mi nombre, yo lo har√©, para que el Padre sea glorificado en el Hijo... y yo pedir√© al Padre y os dar√° otro Par√°clito para que est√© con vosotros para siempre, el Esp√≠ritu de la verdad¬Ľ. 17

Precisamente a este Esp√≠ritu de la verdad Jes√ļs lo llama el Par√°clito, y Par√°kletos quiere decir ¬ęconsolador¬Ľ, y tambi√©n ¬ęintercesor¬Ľ o ¬ęabogado¬Ľ. Y dice que es ¬ęotro¬Ľ Par√°clito, el segundo, porque √©l mismo, Jes√ļs, es el primer Par√°clito, 18 al ser el primero que trae y da la Buena Nueva. El Esp√≠ritu Santo viene despu√©s de √©l y gracias a √©l, para continuar en el mundo, por medio de la Iglesia, la obra de la Buena Nueva de salvaci√≥n. De esta continuaci√≥n de su obra por parte del Esp√≠ritu Santo Jes√ļs habla m√°s de una vez durante el mismo discurso de despedida, preparando a los ap√≥stoles, reunidos en el Cen√°culo, para su partida, es decir, su pasi√≥n y muerte en Cruz.

Las palabras, a las que aqu√≠ nos referimos, se encuentran en el Evangelio de Juan. Cada una de ellas a√Īade alg√ļn contenido nuevo a aquel anuncio y a aquella promesa. Al mismo tiempo, est√°n simult√°neamente relacionadas entre s√≠ no s√≥lo por la perspectiva de los mismos acontecimientos, sino tambi√©n por la perspectiva del misterio del Padre, del Hijo y del Esp√≠ritu Santo, que quiz√°s en ning√ļn otro pasaje de la Sagrada Escritura encuentran una expresi√≥n tan relevante como √©sta.

4. Poco despu√©s del citado anuncio, a√Īade Jes√ļs: ¬ęPero el Par√°clito, el Esp√≠ritu Santo, que el Padre enviar√° en mi nombre, os lo ense√Īar√° todo y os recordar√° todo lo que yo he dicho¬Ľ. 19 El Esp√≠ritu Santo ser√° el Consolador de los ap√≥stoles y de la Iglesia, siempre presente en medio de ellos--aunque invisible--como maestro de la misma Buena Nueva que Cristo anunci√≥. Las palabras ¬ęense√Īar√°¬Ľ y ¬ęrecordar√°¬Ľ significan no s√≥lo que el Esp√≠ritu, a su manera, seguir√° inspirando la predicaci√≥n del Evangelio de salvaci√≥n, sino que tambi√©n ayudar√° a comprender el justo significado del contenido del mensaje de Cristo, asegurando su continuidad e identidad de comprensi√≥n en medio de las condiciones y circunstancias mudables. El Esp√≠ritu Santo, pues, har√° que en la Iglesia perdure siempre la misma verdad que los ap√≥stoles oyeron de su Maestro.

5. Los ap√≥stoles, al transmitir la Buena Nueva, se unir√°n particularmente al Esp√≠ritu Santo. As√≠ sigue hablando Jes√ļs: ¬ęCuando venga el Par√°clito, que yo os enviar√© de junto al Padre, el Esp√≠ritu de la verdad, que procede del Padre, √©l dar√° testimonio de m√≠. Pero tambi√©n vosotros dar√©is testimonio, porque est√°is conmigo desde el principio¬Ľ. 20

Los ap√≥stoles fueron testigos directos y oculares. ¬ęOyeron¬Ľ y ¬ęvieron con sus propios ojos¬Ľ, ¬ęmiraron¬Ľ e incluso ¬ętocaron con sus propias manos¬Ľ a Cristo, como se expresa en otro pasaje el mismo evangelista Juan. 21 Este testimonio suyo humano, ocular e ¬ęhist√≥rico¬Ľ sobre Cristo se une al testimonio del Esp√≠ritu Santo: ¬ęEl dar√° testimonio de m√≠¬Ľ. En el testimonio del Esp√≠ritu de la verdad encontrar√° el supremo apoyo el testimonio humano de los ap√≥stoles. Y luego encontrar√° tambi√©n en ellos el fundamento interior de su continuidad entre las generaciones de los disc√≠pulos y de los confesores de Cristo, que se suceder√°n en los siglos posteriores.

Si la revelación suprema y más completa de Dios a la humanidad es Jesucristo mismo, el testimonio del Espíritu de la verdad inspira, garantiza y corrobora su fiel transmisión en la predicación y en los escritos apostólicos, 22 mientras que el testimonio de los apóstoles asegura su expresión humana en la Iglesia y en la historia de la humanidad.

6. Esto se deduce tambi√©n de la profunda correlaci√≥n de contenido y de intenci√≥n con el anuncio y la promesa mencionada, que se encuentra en las palabras sucesivas del texto de Juan: ¬ęMucho podr√≠a deciros a√ļn, pero ahora no pod√©is con ello. Cuando venga el Esp√≠ritu de la verdad, os guiar√° hasta la verdad completa; pues no hablar√° por su cuenta, sino que hablar√° lo que oiga, y os anunciar√° lo que ha de venir¬Ľ. 23

Con estas palabras Jes√ļs presenta el Par√°clito. el Esp√≠ritu de la verdad, como el que ¬ęense√Īar√°¬Ľ y ¬ęrecordar√°¬Ľ, como el que ¬ędar√° testimonio¬Ľ de √©l; luego dice: ¬ęOs guiar√° hasta la verdad completa¬Ľ. Este ¬ęguiar hasta la verdad completa¬Ľ, con referencia a lo que dice a los ap√≥stoles ¬ępero ahora no pod√©is con ello¬Ľ, est√° necesariamente relacionado con el anonadamiento de Cristo por medio de la pasi√≥n y muerte de Cruz, que entonces, cuando pronunciaba estas palabras, era inminente.

Despu√©s, sin embargo, resulta claro que aquel ¬ęguiar hasta la verdad completa¬Ľ se refiere tambi√©n, adem√°s del esc√°ndalo de la cruz, a todo lo que Cristo ¬ęhizo y ense√Ī√≥¬Ľ. 24 En efecto, el misterio de Cristo en su globalidad exige la fe ya que √©sta introduce oportunamente al hombre en la realidad del misterio revelado. El ¬ęguiar hasta la verdad completa¬Ľ se realiza, pues en la fe y mediante la fe, lo cual es obra del Esp√≠ritu de la verdad y fruto de su acci√≥n en el hombre. El Esp√≠ritu Santo debe ser en esto la gu√≠a suprema del hombre y la luz del esp√≠ritu humano. Esto sirve para los ap√≥stoles, testigos oculares, que deben llevar ya a todos los hombres el anuncio de lo que Cristo ¬ęhizo y ense√Ī√≥¬Ľ y, especialmente, el anuncio de su Cruz y de su Resurrecci√≥n. En una perspectiva m√°s amplia esto sirve tambi√©n para todas las generaciones de disc√≠pulos y confesores del Maestro, ya que deber√°n aceptar con fe y confesar con lealtad el misterio de Dios operante en la historia del hombre, el misterio revelado que explica el sentido definitivo de esa misma historia.

7. Entre el Esp√≠ritu Santo y Cristo subsiste, pues, en la econom√≠a de la salvaci√≥n una relaci√≥n √≠ntima por la cual el Esp√≠ritu act√ļa en la historia del hombre como ¬ęotro Par√°clito¬Ľ, asegurando de modo permanente la trasmisi√≥n y la irradiaci√≥n de la Buena Nueva revelada por Jes√ļs de Nazaret. Por esto, resplandece la gloria de Cristo en el Esp√≠ritu Santo-Par√°clito, que en el misterio y en la actividad de la Iglesia contin√ļa incesantemente la presencia hist√≥rica del Redentor sobre la tierra y su obra salv√≠fica, como lo atestiguan las siguientes palabras de Juan: ¬ęEl me dar√° gloria, porque recibir√° de lo m√≠o y os lo comunicar√° a vosotros¬Ľ. 25 Con estas palabras se confirma una vez m√°s todo lo que han dicho los enunciados anteriores. ¬ęEnse√Īar√° ..., recordar√° ..., dar√° testimonio¬Ľ. La suprema y completa autorrevelaci√≥n de Dios, que se ha realizado en Cristo, atestiguada por la predicaci√≥n de los Ap√≥stoles, sigue manifest√°ndose en la Iglesia mediante la misi√≥n del Par√°clito invisible, el Esp√≠ritu de la verdad. Cu√°n √≠ntimamente esta misi√≥n est√© relacionada con la misi√≥n de Cristo y cu√°n plenamente se fundamente en ella misma, consolidando y desarrollando en la historia sus frutos salv√≠ficos, est√° expresado con el verbo ¬ęrecibir¬Ľ: ¬ęrecibir√° de lo m√≠o y os lo comunicar√°¬Ľ. Jes√ļs para explicar la palabra ¬ęrecibir√°¬Ľ, poniendo en clara evidencia la unidad divina y trinitaria de la fuente, a√Īade: ¬ęTodo lo que tiene el Padre es m√≠o. Por eso os he dicho: Recibir√° de lo m√≠o y os lo comunicar√° a vosotros¬Ľ. 26 Tomando de lo ¬ęm√≠o¬Ľ, por eso mismo recibir√° de ¬ęlo que es del Padre¬Ľ.

A la luz pues de aquel ¬ęrecibir√°¬Ľ se pueden explicar todav√≠a las otras palabras significativas sobre el Esp√≠ritu Santo, pronunciadas por Jes√ļs en el Cen√°culo antes de la Pascua: ¬ęOs conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendr√° a vosotros el Par√°clito; pero si me voy, os lo enviar√©; y cuando √©l venga, convencer√° al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio¬Ľ. 27 Convendr√° dedicar todav√≠a a estas palabras una reflexi√≥n aparte.

2. Padre, Hijo y Espíritu Santo

8. Una caracter√≠stica del texto jo√°nico es que el Padre, el Hijo y el Esp√≠ritu Santo son llamados claramente Personas; la primera es distinta de la segunda y de la tercera, y √©stas tambi√©n lo son entre s√≠. Jes√ļs habla del Esp√≠ritu Par√°clito usando varias veces el pronombre personal ¬ę√©l¬Ľ; y al mismo tiempo, en todo el discurso de despedida, descubre los lazos que unen rec√≠procamente al Padre, al Hijo y al Par√°clito. Por tanto, ¬ęel Esp√≠ritu ... procede del Padre¬Ľ 28 y el Padre ¬ędar√°¬Ľ el Esp√≠ritu. 29 El Padre ¬ęenviar√°¬Ľ el Esp√≠ritu en nombre del Hijo, 30 el Esp√≠ritu ¬ędar√° testimonio¬Ľ del Hijo. 31 El Hijo pide al Padre que env√≠e el Esp√≠ritu Par√°clito, 32 pero afirma y promete, adem√°s, en relaci√≥n con su ¬ępartida¬Ľ a trav√©s de la Cruz: ¬ęSi me voy, os lo enviar√©¬Ľ. 33 As√≠ pues, el Padre env√≠a el Esp√≠ritu Santo con el poder de su paternidad, igual que ha enviado al Hijo, 34 y al mismo tiempo lo env√≠a con la fuerza de la redenci√≥n realizada por Cristo; en este sentido el Esp√≠ritu Santo es enviado tambi√©n por el Hijo: ¬ęos lo enviar√©¬Ľ.

Conviene notar aqu√≠ que si todas las dem√°s promesas hechas en el Cen√°culo anunciaban la venida del Esp√≠ritu Santo despu√©s de la partida de Cristo, la contenida en el texto de Juan comprende y subraya claramente tambi√©n la relaci√≥n de interdependencia, que se podr√≠a llamar causal, entre la manifestaci√≥n de ambos: ¬ęPero si me voy, os le enviar√©¬Ľ. El Esp√≠ritu Santo vendr√° cuando Cristo se haya ido por medio de la Cruz; vendr√° no s√≥lo despu√©s, sino como causa de la redenci√≥n realizada por Cristo, por voluntad y obra del Padre.

9. As√≠, en el discurso pascual de despedida se llega --puede decirse-- al culmen de la revelaci√≥n trinitaria. Al mismo tiempo, nos encontramos ante unos acontecimientos definitivos y unas palabras supremas, que al final se traducir√°n en el gran mandato misional dirigido a los ap√≥stoles y, por medio de ellos, a la Iglesia: ¬ęId, pues, y haced disc√≠pulos a todas las gentes¬Ľ, mandato que encierra, en cierto modo, la f√≥rmula trinitaria del bautismo: ¬ębautiz√°ndolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Esp√≠ritu Santo¬Ľ. 35 Esta f√≥rmula refleja el misterio √≠ntimo de Dios y de su vida divina, que es el Padre, el Hijo y el Esp√≠ritu Santo, divina unidad de la Trinidad. Se puede leer este discurso como una preparaci√≥n especial a esta f√≥rmula trinitaria, en la que se expresa la fuerza vivificadora del Sacramento que obra la participaci√≥n en la vida de Dios uno y trino, porque da al hombre la gracia santificante como don sobrenatural. Por medio de ella √©ste es llamado y hecho ¬ęcapaz¬Ľ de participar en la inescrutable vida de Dios.

10. Dios, en su vida √≠ntima, ¬ęes amor¬Ľ, 36 amor esencial, com√ļn a las tres Personas divinas. EL Esp√≠ritu Santo es amor personal como Esp√≠ritu del Padre y del Hijo. Por esto ¬ęsondea hasta las profundidades de Dios¬Ľ, 37 como Amor-don increado. Puede decirse que en el Esp√≠ritu Santo la vida √≠ntima de Dios uno y trino se hace enteramente don, intercambio del amor rec√≠proco entre las Personas divinas, y que por el Esp√≠ritu Santo Dios ¬ęexiste¬Ľ como don. El Esp√≠ritu Santo es pues la expresi√≥n personal de esta donaci√≥n, de este ser-amor. 38 Es Persona-amor. Es Persona-don. Tenemos aqu√≠ una riqueza insondable de la realidad y una profundizaci√≥n inefable del concepto de persona en Dios, que solamente conocemos por la Revelaci√≥n.

Al mismo tiempo, el Esp√≠ritu Santo, consustancial al Padre y al Hijo en la divinidad, es amor y don (increado) del que deriva como de una fuente (fons vivus) toda d√°diva a las criaturas (don creado): la donaci√≥n de la existencia a todas las cosas mediante la creaci√≥n; la donaci√≥n de la gracia a los hombres mediante toda la econom√≠a de la salvaci√≥n. Como escribe el ap√≥stol Pablo: ¬ęEl amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Esp√≠ritu Santo que nos ha sido dado¬Ľ. 39

3. La donación salvífica de Dios por el Espíritu Santo

11. El discurso de despedida de Cristo durante la Cena pascual se refiere particularmente a este ¬ędar¬Ľ y ¬ędarse¬Ľ del Esp√≠ritu Santo. En el Evangelio de Juan se descubre la ¬ęl√≥gica¬Ľ m√°s profunda del misterio salv√≠fico contenido en el designio eterno de Dios como expansi√≥n de la inefable comuni√≥n del Padre, del Hijo y del Esp√≠ritu Santo. Es la ¬ęl√≥gica¬Ľ divina, que del misterio de la Trinidad lleva al misterio de la Redenci√≥n del mundo por medio de Jesucristo. La Redenci√≥n realizada por el Hijo en el √°mbito de la historia terrena del hombre --realizada por su ¬ępartida¬Ľ a trav√©s de la Cruz y Resurrecci√≥n-- es al mismo tiempo, en toda su fuerza salv√≠fica, transmitida al Esp√≠ritu Santo: que ¬ęrecibir√° de lo m√≠o¬Ľ. 40 Las palabras del texto jo√°nico indican que, seg√ļn el designio divino, la ¬ępartida¬Ľ de Cristo es condici√≥n indispensable del ¬ęenv√≠o¬Ľ y de la venida del Esp√≠ritu Santo, indican que entonces comienza la nueva comunicaci√≥n salv√≠fica por el Esp√≠ritu Santo.

12. Es un nuevo inicio en relaci√≥n con el primero, --inicio originario de la donaci√≥n salv√≠fica de Dios-- que se identifica con el misterio de la creaci√≥n. As√≠ leemos ya en las primeras p√°ginas del libro del G√©nesis: ¬ęEn el principio cre√≥ Dios los cielos y la tierra ... y el Esp√≠ritu de Dios (ruah Elohim) aleteaba por encima de las aguas¬Ľ. 41 Este concepto b√≠blico de creaci√≥n comporta no s√≥lo la llamada del ser mismo del cosmos a la existencia, es decir, el dar la existencia, sino tambi√©n la presencia del Esp√≠ritu de Dios en la creaci√≥n, o sea, el inicio de la comunicaci√≥n salv√≠fica de Dios a las cosas que crea. Lo cual es v√°lido ante todo para el hombre, que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios: ¬ęHagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra¬Ľ. 42 ¬ęHagamos¬Ľ, ¬Ņse puede considerar que el plural, que el Creador usa aqu√≠ hablando de s√≠ mismo, sugiera ya de alguna manera el misterio trinitario, la presencia de la Trinidad en la obra de la creaci√≥n del hombre? El lector cristiano, que conoce ya la revelaci√≥n de este misterio, puede tambi√©n descubrir su reflejo en estas palabras. En cualquier caso, el contexto nos permite ver en la creaci√≥n del hombre el primer inicio de la donaci√≥n salv√≠fica de Dios a la medida de su ¬ęimagen y semejanza¬Ľ, que ha concedido al hombre.

13. Parece, pues, que las palabras pronunciadas por Jes√ļs en el discurso de despedida deben ser le√≠das tambi√©n con referencia a aquel ¬ęinicio¬Ľ tan lejano, pero fundamental, que conocemos por el G√©nesis. ¬ęSi no me voy, no vendr√° a vosotros el Par√°clito; pero si me voy, os lo enviar√©¬Ľ. Cristo, describiendo su ¬ępartida¬Ľ como condici√≥n de la ¬ęvenida¬Ľ del Par√°clito, une el nuevo inicio de la comunicaci√≥n salv√≠fica de Dios por el Esp√≠ritu Santo con el misterio de la Redenci√≥n. Este es un nuevo inicio, ante todo porque entre el primer inicio y toda la historia del hombre, --empezando por la ca√≠da original--, se ha interpuesto el pecado, que es contrario a la presencia del Esp√≠ritu de Dios en la creaci√≥n y es, sobre todo, contrario a la comunicaci√≥n salv√≠fica de Dios al hombre. Escribe San Pablo que, precisamente a causa del pecado, ¬ęla creaci√≥n ... fue sometida a la vanidad... gimiendo hasta el presente y sufre dolores de parto¬Ľ y ¬ędesea vivamente la revelaci√≥n de los hijos de Dios¬Ľ. 43

14. Por eso Jesucristo dice en el Cen√°culo: ¬ęOs conviene que yo me vaya¬Ľ; ¬ęSi me voy, os lo enviar√©¬Ľ 44 La ¬ępartida¬Ľ de Cristo a trav√©s de la Cruz tiene la fuerza de la Redenci√≥n; y esto significa tambi√©n una nueva presencia del Esp√≠ritu de Dios en la creaci√≥n: el nuevo inicio de la comunicaci√≥n de Dios al hombre por el Esp√≠ritu Santo. ¬ęLa prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Esp√≠ritu de su Hijo que clama: [exclamdown]Abb√° Padre!¬Ľ, escribe el ap√≥stol Pablo en la Carta a los G√°latas. 45 El Esp√≠ritu Santo es el Esp√≠ritu del Padre, como atestiguan las palabras del discurso de despedida en el Cen√°culo. Es, al mismo tiempo, el Esp√≠ritu del Hijo: es el Esp√≠ritu de Jesucristo, como atestiguar√°n los ap√≥stoles y especialmente Pablo de Tarso. 46 Con el env√≠o de este Esp√≠ritu ¬ęa nuestros corazones¬Ľ comienza a cumplirse lo que ¬ęla creaci√≥n desea vivamente¬Ľ, como leemos en la Carta a los Romanos.

El Esp√≠ritu viene a costa de la ¬ępartida¬Ľ de Cristo. Si esta ¬ępartida¬Ľ caus√≥ la tristeza de los ap√≥stoles, 47 y √©sta deb√≠a llegar a su culmen en la pasi√≥n y muerte del Viernes Santo, a su vez esta ¬ętristeza se convertir√° en gozo¬Ľ. 48 En efecto, Cristo insertar√° en su ¬ępartida¬Ľ redentora la gloria de la resurrecci√≥n y de la ascensi√≥n al Padre. Por tanto la tristeza, a trav√©s de la cual aparece el gozo, es la parte que toca a los ap√≥stoles en el marco de la ¬ępartida¬Ľ de su Maestro, una partida ¬ęconveniente¬Ľ, porque gracias a ella vendr√≠a otro ¬ęPar√°clito¬Ľ. 49 A costa de la Cruz redentora y por la fuerza de todo el misterio pascual de Jesucristo, el Esp√≠ritu Santo viene para quedar se desde el d√≠a de Pentecost√©s con los Ap√≥stoles, para estar con la Iglesia y en la Iglesia y, por medio de ella, en el mundo. De este modo se realiza definitivamente aquel nuevo inicio de la comunicaci√≥n de Dios uno y trino en el Esp√≠ritu Santo por obra de Jesucristo, Redentor del Hombre y del mundo.

4. El Mesías ungido con el Espíritu Santo

15. Se realiza as√≠ completamente la misi√≥n del Mes√≠as, que recibi√≥ la plenitud del Esp√≠ritu Santo para el Pueblo elegido de Dios y para toda la humanidad. ¬ęMes√≠as¬Ľ literalmente significa ¬ęCristo¬Ľ, es decir ¬ęungido¬Ľ; y en la historia de la salvaci√≥n significa ¬ęungido con el Esp√≠ritu Santo¬Ľ. Esta era la tradici√≥n prof√©tica del Antiguo Testamento. Sigui√©ndola, Sim√≥n Pedro dir√° en casa de Cornelio: ¬ęVosotros sab√©is lo sucedido en toda Judea ... despu√©s que Juan predic√≥ el bautismo; como Dios a Jes√ļs de Nazaret le ungi√≥ con el Esp√≠ritu Santo y con poder¬Ľ. 50

Desde estas palabras de Pedro y otras muchas parecidas 51 conviene remontarse ante todo a la profec√≠a de Isa√≠as, llamada a veces ¬ęel quinto evangelio¬Ľ o bien el ¬ęevangelio del Antiguo Testamento¬Ľ. Aludiendo a la venida de un personaje misterioso, que la revelaci√≥n neotestamentaria identificar√° con Jes√ļs, Isa√≠as relaciona la persona y su misi√≥n con una acci√≥n especial del Esp√≠ritu de Dios, Esp√≠ritu del Se√Īor. Dice as√≠ el Profeta:

¬ęSaldr√° un v√°stago del tronco de Jes√©
y un reto√Īo de sus ra√≠ces brotar√°.
Reposar√° sobre √©l el esp√≠ritu del Se√Īor:
espíritu de sabiduría e inteligencia,
espíritu de consejo y fortaleza,
esp√≠ritu de ciencia y de temor del Se√Īor.
Y le inspirar√° en el temor del Se√Īor¬Ľ. 52

Este texto es importante para toda la pneumatolog√≠a del Antiguo Testamento, porque constituye como un puente entre el antiguo concepto b√≠blico de ¬ęesp√≠ritu¬Ľ, entendido ante todo como ¬ęaliento carism√°tico¬Ľ, y el ¬ęEsp√≠ritu¬Ľ como persona y como don, don para la persona. El Mes√≠as de la estirpe de David (¬ędel tronco de Jes√©¬Ľ) es precisamente aquella persona sobre la que ¬ęse posar√°¬Ľ el Esp√≠ritu del Se√Īor. Es obvio que en este caso todav√≠a no se puede hablar de la revelaci√≥n del Par√°clito; sin embargo, con aquella alusi√≥n velada a la figura del futuro Mes√≠as se abre, por decirlo de alg√ļn modo, la v√≠a sobre la que se prepara la plena revelaci√≥n del Esp√≠ritu Santo en la unidad del misterio trinitario, que se manifestar√° finalmente en la Nueva Alianza.

16. El Mes√≠as es precisamente esta v√≠a. En la Antigua Alianza la unci√≥n era un s√≠mbolo externo del don del Esp√≠ritu. El Mes√≠as (mucho m√°s que cualquier otro personaje ungido en la Antigua Alianza) es el √ļnico gran Ungido por Dios mismo. Es el Ungido en el sentido de que posee la plenitud del Esp√≠ritu de Dios. El mismo ser√° tambi√©n el mediador al conceder este Esp√≠ritu a todo el Pueblo. En efecto, dice el Profeta con estas palabras:

¬ęEl Esp√≠ritu del Se√Īor est√° sobre m√≠,
por cuanto que me ha ungido el Se√Īor.
A anunciar la buena nueva a los pobres me ha a enviado,
a vendar los corazones rotos;
a pregonar a los cautivos la liberación,
y a los reclusos la libertad;
a pregonar a√Īo de gracia del Se√Īor¬Ľ. 53 El Ungido es tambi√©n enviado ¬ęcon el Esp√≠ritu del Se√Īor¬Ľ.
¬ęAhora el Se√Īor Dios me env√≠a con su esp√≠ritu¬Ľ. 54

Seg√ļn el libro de Isa√≠as, el Ungido y el Enviado junto con el Esp√≠ritu del Se√Īor es tambi√©n el Siervo elegido del Se√Īor, sobre el que se posa el Esp√≠ritu de Dios:

¬ęHe aqu√≠ a mi siervo a quien sostengo,
mi elegido en quien se complace mi alma.
He puesto mi esp√≠ritu sobre √©l¬Ľ. 55

Se sabe que el Siervo del Se√Īor es presentado en el Libro de Isa√≠as como el verdadero var√≥n de dolores: el Mes√≠as doliente por los pecados del mundo. 56 Y a la vez es precisamente aqu√©l cuya misi√≥n traer√° verdaderos frutos de salvaci√≥n para toda la humanidad:

¬ęDictar√° ley a las naciones ...¬Ľ; 57 y ser√° ¬ęalianza del pueblo y luz de las gentes ...¬Ľ; 58 ¬ępara que mi salvaci√≥n alcance hasta los confines de la tierra¬Ľ. 59

Ya que:

¬ęMi esp√≠ritu que ha venido sobre ti
y mis palabras que he puesto en tus labios
no caer√°n de tu boca ni de la boca de tu descendencia
ni de la boca de la descendencia de tu descendencia,
dice el Se√Īor, desde ahora y para siempre¬Ľ. 60

Los textos prof√©ticos expuestos aqu√≠ deben ser le√≠dos por nosotros a la luz del Evangelio, como a su vez el Nuevo Testamento recibe una particular clarificaci√≥n por la admirable luz contenida en estos textos veterotestamentarios. El profeta presenta al Mes√≠as como aqu√©l que viene por el Esp√≠ritu Santo, como aqu√©l que posee la plenitud de este Esp√≠ritu en s√≠ y, al mismo tiempo, para los dem√°s, para Israel, para todas las naciones y para toda la humanidad. La plenitud del Esp√≠ritu de Dios est√° acompa√Īada de m√ļltiples dones, los de la salvaci√≥n, destinados de modo particular a los pobres y a los que sufren, a todos los que abren su coraz√≥n a estos dones, a veces mediante las dolorosas experiencias de su propia existencia, pero ante todo con aquella disponibilidad interior que viene de la fe. Esto intu√≠a el anciano Sime√≥n, ¬ęhombre justo y piadoso¬Ľ ya que ¬ęestaba en √©l el Esp√≠ritu Santo¬Ľ, en el momento de la presentaci√≥n de Jes√ļs en el Templo, cuando descubr√≠a en √©l la ¬ęsalvaci√≥n preparada a la vista de todos los pueblos¬Ľ a costa del gran sufrimiento --la Cruz-- que hab√≠a de abrazar acompa√Īado por su Madre. 61 Esto intu√≠a todav√≠a mejor la Virgen Mar√≠a, que ¬ęhab√≠a concebido del Esp√≠ritu Santo¬Ľ, 62 cuando meditaba en su coraz√≥n los ¬ęmisterios¬Ľ del Mes√≠as al que estaba asociada. 63

17. Conviene subrayar aqu√≠ claramente que el ¬ęEsp√≠ritu del Se√Īor¬Ľ, que ¬ęse posa¬Ľ sobre el futuro Mes√≠as, es ante todo un don de Dios para la persona de aquel Siervo del Se√Īor. Pero √©ste no es una persona aislada e independiente, porque act√ļa por voluntad del Se√Īor en virtud de su decisi√≥n u opci√≥n. Aunque a la luz de los textos de Isa√≠as la actuaci√≥n salv√≠fica del Mes√≠as, Siervo del Se√Īor, encierra en s√≠ la acci√≥n del Esp√≠ritu que se manifiesta a trav√©s de √©l mismo, sin embargo en el contexto veterotestamentario no est√° sugerida la distinci√≥n de los sujetos o de las personas divinas, tal como subsisten en el misterio trinitario y son reveladas luego en el Nuevo Testamento. Tanto en Isa√≠as como en el resto del Antiguo Testamento la personalidad del Esp√≠ritu Santo est√° totalmente ¬ęescondida¬Ľ: escondida en la revelaci√≥n del √ļnico Dios, as√≠ como tambi√©n en el anuncio del futuro Mes√≠as.

18. Jesucristo se referir√° a este anuncio, contenido en las palabras de Isa√≠as, al comienzo de su actividad mesi√°nica. Esto acaecer√° en Nazaret mismo donde hab√≠a transcurrido treinta a√Īos de su vida en la casa de Jos√©, el carpintero junto a Mar√≠a, su Madre Virgen. Cuando se present√≥ la ocasi√≥n de tomar la palabra en la Sinagoga, abriendo el libro de Isa√≠as encontr√≥ el pasaje en que estaba escrito: ¬ęEL Esp√≠ritu del Se√Īor est√° sobre m√≠, por cuanto que me ha ungido el Se√Īor¬Ľ y despu√©s de haber le√≠do este fragmento dijo a los presentes: ¬ęEsta Escritura que acab√°is de o√≠r, se ha cumplido hoy¬Ľ. 64 De este modo confes√≥ y proclam√≥ ser el que ¬ęfue ungido¬Ľ por el Padre, ser el Mes√≠as, es decir Cristo, en quien mora el Esp√≠ritu Santo como don de Dios mismo, aqu√©l que posee la plenitud de este Esp√≠ritu, aqu√©l que marca el ¬ęnuevo inicio¬Ľ del don que Dios hace a la humanidad con el Esp√≠ritu.

5. Jes√ļs de Nazaret ¬ęelevado¬Ľ por el Esp√≠ritu Santo

19. Aunque en Nazaret, su patria, Jes√ļs no es acogido como Mes√≠as, sin embargo, al comienzo de su actividad p√ļblica, su misi√≥n mesi√°nica por el Esp√≠ritu Santo es revelada al pueblo por Juan el Bautista. Este, hijo de Zacar√≠as y de Isabel, anuncia en el Jord√°n la venida del Mes√≠as y administra el bautismo de penitencia. Dice al respecto: ¬ęYo os bautizo con agua; pero viene el que es m√°s fuerte que yo, y yo no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias. El os bautizar√° en Esp√≠ritu Santo y fuego¬Ľ. 65

Juan Bautista anuncia al Mes√≠as-Cristo no s√≥lo como el que ¬ęviene¬Ľ por el Esp√≠ritu Santo, sino tambi√©n como el que ¬ęlleva¬Ľ el Esp√≠ritu Santo, como Jes√ļs revelar√° mejor en el Cen√°culo. Juan es aqu√≠ el eco fiel de las palabras de Isa√≠as, que en el antiguo Profeta miraban al futuro, mientras que en su ense√Īanza a orillas del Jord√°n constituyen la introducci√≥n inmediata en la nueva realidad mesi√°nica. Juan no es solamente un profeta sino tambi√©n un mensajero, es el precursor de Cristo. Lo que Juan anuncia se realiza a la vista de todos. Jes√ļs de Nazaret va al Jord√°n para recibir tambi√©n el bautismo de penitencia. Al ver que llega, Juan proclama: ¬ęHe ah√≠ el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo¬Ľ. 66 Dice esto por inspiraci√≥n del Esp√≠ritu Santo, 67 atestiguando el cumplimiento de la profec√≠a de Isa√≠as. Al mismo tiempo confiesa la fe en la misi√≥n redentora de Jes√ļs de Nazaret. ¬ęCordero de Dios¬Ľ en boca de Juan Bautista es una expresi√≥n de la verdad sobre el Redentor, no menos significativa de la usada por Isa√≠as: ¬ęSiervo del Se√Īor¬Ľ.

As√≠, por el testimonio de Juan en el Jord√°n, Jes√ļs de Nazaret, rechazado por sus conciudadanos, es elevado ante Israel como Mes√≠as, es decir ¬ęUngido¬Ľ con el Esp√≠ritu Santo. Y este testimonio es corroborado por otro testimonio de orden superior mencionado por los Sin√≥pticos. En efecto, cuando todo el pueblo fue bautizado y mientras Jes√ļs despu√©s de recibir el bautismo estaba en oraci√≥n, ¬ęse abri√≥ el cielo y baj√≥ sobre √©l el Esp√≠ritu Santo en forma corporal, como una paloma¬Ľ 68 y al mismo tiempo ¬ęvino una voz del cielo: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco¬Ľ. 69

Es una teofan√≠a trinitaria que atestigua la exaltaci√≥n de Cristo con ocasi√≥n del bautismo en el Jord√°n, la cual no s√≥lo confirma el testimonio de Juan Bautista, sino que descubre una dimensi√≥n todav√≠a m√°s profunda de la verdad sobre Jes√ļs de Nazaret como Mes√≠as. El Mes√≠as es el Hijo predilecto del Padre. Su exaltaci√≥n solemne no se reduce a la misi√≥n mesi√°nica del ¬ęSiervo del Se√Īor¬Ľ. A la luz de la teofan√≠a del Jord√°n, esta exaltaci√≥n alcanza el misterio de la Persona misma del Mes√≠as. El es exaltado porque es el Hijo de la divina complacencia. La voz de lo alto dice: ¬ęmi Hijo¬Ľ.

20. La teofan√≠a del Jord√°n ilumina s√≥lo fugazmente el misterio de Jes√ļs de Nazaret cuya actividad entera se desarrollar√° bajo la presencia viva del Esp√≠ritu Santo. 70 Este misterio habr√≠a sido manifestado por Jes√ļs mismo y confirmado gradualmente a trav√©s de todo lo que ¬ęhizo y ense√Ī√≥¬Ľ. 71 En la l√≠nea de esta ense√Īanza y de los signos mesi√°nicos que Jes√ļs hizo antes de llegar al discurso de despedida en el Cen√°culo, encontramos unos acontecimientos y palabras que constituyen momentos particularmente importantes de esta progresiva revelaci√≥n. As√≠ el evangelista Lucas, que ya ha presentado a Jes√ļs ¬ęlleno de Esp√≠ritu Santo¬Ľ y ¬ęconducido por el Esp√≠ritu en el desierto¬Ľ, 72 nos hace saber que, despu√©s del regreso de los setenta y dos disc√≠pulos de la misi√≥n confiada por el Maestro, 73 mientras llenos de gozo narraban los frutos de su trabajo, ¬ęen aquel momento, se llen√≥ de gozo Jes√ļs en el Esp√≠ritu Santo, y dijo: "Yo te bendigo, Padre, Se√Īor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a peque√Īos. S√≠, Padre, pues tal ha sido tu benepl√°cito"¬Ľ. 74 Jes√ļs se alegra por la paternidad divina, se alegra porque le ha sido posible revelar esta paternidad; se alegra, finalmente, por la especial irradiaci√≥n de esta paternidad divina sobre los ¬ępeque√Īos¬Ľ. Y el evangelista califica todo esto como ¬ęgozo en el Esp√≠ritu Santo¬Ľ.

Este ¬ęgozo¬Ľ, en cierto modo, impulsa a Jes√ļs a decir todav√≠a: ¬ęTodo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quien es el Hijo sino el Padre; y quien es el Padre sino el Hijo, y aqu√©l a quien se lo quiera revelar¬Ľ. 75

21. Lo que durante la teofan√≠a del Jord√°n vino en cierto modo ¬ędesde fuera¬Ľ, desde lo alto aqu√≠ proviene ¬ędesde dentro¬Ľ, es decir, desde la profundidad de lo que es Jes√ļs. Es otra revelaci√≥n del Padre y del Hijo, unidos en el Esp√≠ritu Santo. Jes√ļs habla solamente de la paternidad de Dios y de su propia filiaci√≥n; no habla directamente del Esp√≠ritu que es amor y, por tanto, uni√≥n del Padre y del Hijo. Sin embargo, lo que dice del Padre y de s√≠ como Hijo brota de la plenitud del Esp√≠ritu que est√° en √©l y que se derrama en su coraz√≥n, penetra su mismo ¬ęyo¬Ľ, inspira y vivifica profundamente su acci√≥n. De ah√≠ aquel ¬ęgozarse en el Esp√≠ritu Santo¬Ľ. La uni√≥n de Cristo con el Esp√≠ritu Santo, de la que tiene perfecta conciencia, se expresa en aquel ¬ęgozo¬Ľ, que en cierto modo hace ¬ęperceptible¬Ľ su fuente arcana. Se da as√≠ una particular manifestaci√≥n y exaltaci√≥n, que es propia del Hijo del Hombre, de Cristo-Mes√≠as, cuya humanidad pertenece a la persona del Hijo de Dios, substancialmente uno con el Esp√≠ritu Santo en la divinidad.

En la magn√≠fica confesi√≥n de la paternidad de Dios, Jes√ļs de Nazaret manifiesta tambi√©n a s√≠ mismo su ¬ęyo¬Ľ divino; efectivamente, √©l es el Hijo ¬ęde la misma naturaleza¬Ľ, y por tanto ¬ęnadie conoce quien es el Hijo sino el Padre; y quien es el Padre sino el Hijo¬Ľ, aquel Hijo que ¬ępor nosotros los hombres y por nuestra salvaci√≥n¬Ľ se hizo hombre por obra del Esp√≠ritu Santo y naci√≥ de una virgen, cuyo nombre era Mar√≠a

6. Cristo resucitado dice: ¬ęRecibid el Esp√≠ritu Santo¬Ľ

22. Gracias a su narraci√≥n Lucas nos acerca a la verdad contenida en el discurso del Cen√°culo. Jes√ļs de Nazaret, ¬ęelevado¬Ľ por el Esp√≠ritu Santo, durante este discurso-coloquio, se manifiesta como el que ¬ętrae¬Ľ el Esp√≠ritu, como el que debe llevarlo y ¬ędarlo¬Ľ a los ap√≥stoles y a la Iglesia a costa de su ¬ępartida¬Ľ a trav√©s de la cruz.

El verbo ¬ętraer¬Ľ aqu√≠ quiere decir, ante todo, ¬ęrevelar¬Ľ. En el Antiguo Testamento, desde el Libro del G√©nesis, el esp√≠ritu de Dios fue de alguna manera dado a conocer primero como ¬ęsoplo¬Ľ de Dios que da vida, como ¬ęsoplo vital¬Ľ sobrenatural. En el libro de Isa√≠as es presentado como un ¬ędon¬Ľ para la persona del Mes√≠as, como el que se posa sobre √©l, para guiar interiormente toda su actividad salv√≠fica. Junto al Jord√°n, el anuncio de Isa√≠as ha tomado una forma concreta: Jes√ļs de Nazaret es el que viene por el Esp√≠ritu Santo y lo trae como don propio de su misma persona, para comunicarlo a trav√©s de su humanidad: ¬ęEl os bautizar√° en Esp√≠ritu Santo¬Ľ. 76 En el Evangelio de Lucas se encuentra confirmada y enriquecida esta revelaci√≥n del Esp√≠ritu Santo, como fuente √≠ntima de la vida y acci√≥n mesi√°nica de Jesucristo.

A la luz de lo que Jes√ļs dice en el discurso del Cen√°culo, el Esp√≠ritu Santo es revelado de una manera nueva y m√°s plena. Es no s√≥lo el don a la persona (a la persona del Mes√≠as), sino que es una Persona-don. Jes√ļs anuncia su venida como la de ¬ęotro Par√°clito¬Ľ, el cual, siendo el Esp√≠ritu de la verdad, guiar√° a los ap√≥stoles y a la Iglesia ¬ęhacia la verdad completa¬Ľ. 77 Esto se realizar√° en virtud de la especial comuni√≥n entre el Esp√≠ritu Santo y Cristo: ¬ęRecibir√° de lo m√≠o y os lo anunciar√° a vosotros¬Ľ. 78 Esta comuni√≥n tiene su fuente primaria en el Padre: ¬ęTodo lo que tiene el Padre es m√≠o. Por eso os he dicho: que recibir√° de lo m√≠o y os lo anunciar√° a vosotros¬Ľ. 79 Procediendo del Padre, el Esp√≠ritu Santo es enviado por el Padre. 80 El Esp√≠ritu Santo ha sido enviado antes como don para el Hijo que se ha hecho hombre, para cumplir las profec√≠as mesi√°nicas. Seg√ļn el texto jo√°nico, despu√©s de la ¬ępartida¬Ľ de Cristo-Hijo, el Esp√≠ritu Santo ¬ęvendr√°¬Ľ directamente --es su nueva misi√≥n-- a completar la obra del Hijo. As√≠ llevar√° a t√©rmino la nueva era de la historia de la salvaci√≥n.

23. Nos encontramos en el umbral de los acontecimientos pascuales. La revelaci√≥n nueva y definitiva del Esp√≠ritu Santo como Persona, que es el don, se realiza precisamente en este momento Los acontecimientos pascuales --pasi√≥n, muerte y resurrecci√≥n de Cristo-- son tambi√©n el tiempo de la nueva venida del Esp√≠ritu Santo, como Par√°clito y Esp√≠ritu de la verdad. Son el tiempo del ¬ęnuevo inicio¬Ľ de la comunicaci√≥n de Dios uno y trino a la humanidad en el Esp√≠ritu Santo, por obra de Cristo Redentor. Este nuevo inicio es la redenci√≥n del mundo: ¬ęTanto am√≥ Dios al mundo que dio a su Hijo √ļnico¬Ľ. 81 Ya en el ¬ędar¬Ľ el Hijo, en este don del Hijo, se expresa la esencia m√°s profunda de Dios, el cual, como Amor, es la fuente inagotable de esta d√°diva. En el don hecho por el Hijo se completan la revelaci√≥n y la d√°diva del amor eterno: el Esp√≠ritu Santo, que en la inescrutable profundidad de la divinidad es una Persona-don, por obra del Hijo, es decir, mediante el misterio pascual es dado de un modo nuevo a los ap√≥stoles y a la Iglesia y, por medio de ellos, a la humanidad y al mundo entero.

24. La expresi√≥n definitiva de este misterio tiene lugar el d√≠a de la Resurrecci√≥n. Este d√≠a, Jes√ļs de Nazaret, ¬ęnacido del linaje de David¬Ľ, como escribe el ap√≥stol Pablo, es ¬ęconstituido Hijo de Dios con poder, seg√ļn el Esp√≠ritu de santidad, por su resurrecci√≥n de entre los muertos¬Ľ. 82 Puede decirse, por consiguiente, que la ¬ęelevaci√≥n¬Ľ mesi√°nica de Cristo por el Esp√≠ritu Santo alcanza su culmen en la Resurrecci√≥n, en la cual se revela tambi√©n como Hijo de Dios, ¬ęlleno de poder¬Ľ. Y este poder, cuyas fuentes brotan de la inescrutable comuni√≥n trinitaria, se manifiesta ante todo en el hecho de que Cristo resucitado, si por una parte realiza la promesa de Dios expresada ya por boca del Profeta: ¬ęOs dar√© un coraz√≥n nuevo, infundir√© en vosotros un esp√≠ritu nuevo, ... mi esp√≠ritu¬Ľ, 83 por otra cumple su misma promesa hecha a los ap√≥stoles con las palabras: a Si me voy, os lo enviar√©¬Ľ. 84 Es √©l: el Esp√≠ritu de la verdad, el Par√°clito enviado por Cristo resucitado para transformarnos en su misma imagen de resucitado. 85

¬ęAl atardecer de aquel primer d√≠a de la semana, estando cerradas, por miedo a los jud√≠os, las puertas del lugar donde se encontraban los disc√≠pulos, se present√≥ Jes√ļs en medio de ellos y les dijo: "La paz con vosotros". Dicho esto, les mostr√≥ las manos y el costado. Los disc√≠pulos se alegraron de ver al Se√Īor. Jes√ļs repiti√≥: "La paz con vosotros. Como el Padre me envi√≥, tambi√©n yo os env√≠o".

Dicho esto, sopl√≥ sobre ellos y les dijo: "Recibid el Esp√≠ritu Santo"¬Ľ. 86

Todos los detalles de este texto-clave del Evangelio de Juan tienen su elocuencia, especialmente si los releemos con referencia a las palabras pronunciadas en el mismo Cen√°culo al comienzo de los acontecimientos pascuales. Tales acontecimientos --el triduo sacro de Jes√ļs, que el Padre ha consagrado con la unci√≥n y enviado al mundo-- alcanzan ya su cumplimiento. Cristo, que ¬ęhab√≠a entregado el esp√≠ritu en la cruz¬Ľ 87 como Hijo del hombre y Cordero de Dios, una vez resucitado va donde los ap√≥stoles para ¬ęsoplar sobre ellos¬Ľ con el poder del que habla la Carta a los Romanos. 88 La venida del Se√Īor llena de gozo a los presentes: ¬ęSu tristeza se convierte en gozo¬Ľ, 89 como ya hab√≠a prometido antes de su pasi√≥n. Y sobre todo se verifica el principal anuncio del discurso de despedida: Cristo resucitado, como si preparara una nueva creaci√≥n, ¬ętrae¬Ľ el Esp√≠ritu Santo a los ap√≥stoles. Lo trae a costa de su ¬ępartida¬Ľ; les da este Esp√≠ritu como a trav√©s de las heridas de su crucifixi√≥n: ¬ęles mostr√≥ las manos y el costado¬Ľ. En virtud de esta crucifixi√≥n les dice: ¬ęRecibid el Esp√≠ritu Santo¬Ľ.

Se establece as√≠ una relaci√≥n profunda entre el env√≠o del Hijo y el del Esp√≠ritu Santo. No se da el env√≠o del Esp√≠ritu Santo (despu√©s del pecado original) sin la Cruz y la Resurrecci√≥n: ¬ęSi no me voy, no vendr√° a vosotros el Par√°clito¬Ľ. 90 Se establece tambi√©n una relaci√≥n √≠ntima entre la misi√≥n del Esp√≠ritu Santo y la del Hijo en la Redenci√≥n. La misi√≥n del Hijo, en cierto modo, encuentra su ¬ęcumplimiento¬Ľ en la Redenci√≥n: ¬ęRecibir√° de lo m√≠o y os lo anunciar√° a vosotros¬Ľ. 91 La Redenci√≥n es realizada totalmente por el Hijo, el Ungido, que ha venido y actuado con el poder del Esp√≠ritu Santo, ofreci√©ndose finalmente en sacrificio supremo sobre el madero de la Cruz. Y esta Redenci√≥n, al mismo tiempo, es realizada constantemente en los corazones y en las conciencias humanas --en la historia del mundo-- por el Esp√≠ritu Santo, que es el ¬ęotro Par√°clito¬Ľ.

7. El Espíritu Santo y la era de la Iglesia

25. ¬ęConsumada la obra que el Padre encomend√≥ realizar al Hijo sobre la tierra (cf. Jn 17, 4) fue enviado el Esp√≠ritu Santo el d√≠a de Pentecost√©s a fin de santificar indefinidamente a la Iglesia y para que de este modo los fieles tengan acceso al Padre por medio de Cristo en un mismo Esp√≠ritu (cf. Ef 2, 18). El es el Esp√≠ritu de vida o la fuente de agua que salta hasta la vida eterna (cf. Jn 4, 14; 7, 38-39), por quien el Padre vivifica a los hombres, muertos por el pecado, hasta que resucite sus cuerpos mortales en Cristo (cf. Rom 8, 10-11 )¬Ľ. 92

De este modo el Concilio Vaticano II habla del nacimiento de la Iglesia el d√≠a de Pentecost√©s. Tal acontecimiento constituye la manifestaci√≥n definitiva de lo que se hab√≠a realizado en el mismo Cen√°culo el domingo de Pascua. Cristo resucitado vino y ¬ętrajo¬Ľ a los ap√≥stoles el Esp√≠ritu Santo. Se lo dio diciendo: ¬ęRecibid el Esp√≠ritu Santo¬Ľ. Lo que hab√≠a sucedido entonces en el interior del Cen√°culo, ¬ęestando las puertas cerradas¬Ľ, m√°s tarde, el d√≠a de Pentecost√©s es manifestado tambi√©n al exterior, ante los hombres. Se abren las puertas del Cen√°culo y los ap√≥stoles se dirigen a los habitantes y a los peregrinos venidos a Jerusal√©n con ocasi√≥n de la fiesta, para dar testimonio de Cristo por el poder del Esp√≠ritu Santo. De este modo se cumple el anuncio: ¬ęEl dar√° testimonio de m√≠. Pero tambi√©n vosotros dar√©is testimonio, porque est√°is conmigo desde el principio¬Ľ. 93

Leemos en otro documento del Vaticano II: ¬ęEl Esp√≠ritu Santo obraba ya, sin duda, en el mundo antes de que Cristo fuera glorificado. Sin embargo, el d√≠a de Pentecost√©s descendi√≥ sobre los disc√≠pulos para permanecer con ellos para siempre; la Iglesia se manifest√≥ p√ļblicamente ante la multitud; comenz√≥ la difusi√≥n del Evangelio por la predicaci√≥n entre los paganos¬Ľ. 94

La era de la Iglesia empez√≥ con la ¬ęvenida¬Ľ, es decir, con la bajada del Esp√≠ritu Santo sobre los ap√≥stoles reunidos en el Cen√°culo de Jerusal√©n junto con Mar√≠a, la Madre del Se√Īor. 95 Dicha era empez√≥ en el momento en que las promesas y las profec√≠as, que expl√≠citamente se refer√≠an al Par√°clito, el Esp√≠ritu de la verdad, comenzaron a verificarse con toda su fuerza y evidencia sobre los ap√≥stoles, determinando as√≠ el nacimiento de la Iglesia. De esto hablan ampliamente y en muchos pasajes los Hechos de los Ap√≥stoles de los cu√°les resulta que, seg√ļn la conciencia de la primera comunidad , cuyas convicciones expresa Lucas, el Esp√≠ritu Santo asumi√≥ la gu√≠a invisible --pero en cierto modo ¬ęperceptible¬Ľ-- de quienes, despu√©s de la partida del Se√Īor Jes√ļs, sent√≠an profundamente que hab√≠an quedado hu√©rfanos. Estos, con la venida del Esp√≠ritu Santo, se sintieron id√≥neos para realizar la misi√≥n que se les hab√≠a confiado. Se sintieron llenos de fortaleza. Precisamente esto obr√≥ en ellos el Esp√≠ritu Santo, y lo sigue obrando continuamente en la Iglesia, mediante sus sucesores. Pues la gracia del Esp√≠ritu Santo, que los ap√≥stoles dieron a sus colaboradores con la imposici√≥n de las manos, sigue siendo transmitida en la ordenaci√≥n episcopal. Luego los Obispos, con el sacramento del Orden hacen part√≠cipes de este don espiritual a los ministros sagrados y proveen a que, mediante el sacramento de la Confirmaci√≥n, sean corroborados por √©l todos los renacidos por el agua y por el Esp√≠ritu; as√≠, en cierto modo, se perpet√ļa en la Iglesia la gracia de Pentecost√©s.

Como escribe el Concilio, ¬ęel Esp√≠ritu habita en la Iglesia y en el coraz√≥n de los fieles como en un templo (cf. 1 Cor 3, 16; 6,19), y en ellos ora y da testimonio de su adopci√≥n como hijos (cf. G√°l 4, 6; Rom 8, 15-16.26). Gu√≠a a la Iglesia a toda la verdad (cf. Jn 16, 13), la unifica en comuni√≥n y misterio, la provee y gobierna con diversos dones jer√°rquicos y carism√°ticos y la embellece con sus frutos (cf. Ef 4, 11-12; 1 Cor 12, 4; G√°l 5, 22) con la fuerza del Evangelio rejuvenece la Iglesia, la renueva incesantemente y la conduce a la uni√≥n consumada con su Esposo¬Ľ. 96

26. Los pasajes citados por la Constituci√≥n conciliar Lumen gentium nos indica que, con la venida del Esp√≠ritu Santo, empez√≥ la era de la Iglesia. Nos indican tambi√©n que esta era, la era de la Iglesia, perdura. Perdura a trav√©s de los siglos y las generaciones. En nuestro siglo en el que la humanidad se est√° acercando al final del segundo milenio despu√©s de Cristo, esta ¬ęera de la Iglesia¬Ľ, se ha manifestado de manera especial por medio del Concilio Vaticano II, como concilio de nuestro siglo. En efecto, se sabe que √©ste ha sido especialmente un concilio ¬ęeclesiol√≥gico¬Ľ, un concilio sobre el tema de la Iglesia. Al mismo tiempo, la ense√Īanza de este concilio es esencialmente ¬ępneumatol√≥gica¬Ľ, impregnada por la verdad sobre el Esp√≠ritu Santo, como alma de la Iglesia. Podemos decir que el Concilio Vaticano II en su rico magisterio contiene propiamente todo lo ¬ęque el Esp√≠ritu dice a las Iglesias¬Ľ 97 en la fase presente de la historia de la salvaci√≥n.

Siguiendo la gu√≠a del Esp√≠ritu de la verdad y dando testimonio junto con √©l, el Concilio ha dado una especial ratificaci√≥n de la presencia del Esp√≠ritu Santo Par√°clito. En cierto modo, lo ha hecho nuevamente ¬ępresente¬Ľ en nuestra dif√≠cil √©poca. A la luz de esta convicci√≥n se comprende mejor la gran importancia de todas las iniciativas que miran a la realizaci√≥n del Vaticano II, de su magisterio y de su orientaci√≥n pastoral y ecum√©nica. En este sentido deben ser tambi√©n consideradas y valoradas las sucesivas Asambleas del S√≠nodo de los Obispos, que tratan de hacer que los frutos de la verdad y del amor --aut√©nticos frutos del Esp√≠ritu Santo-- sean un bien duradero del Pueblo de Dios en su peregrinaci√≥n terrena en el curso de los siglos. Es indispensable este trabajo de la Iglesia orientado a la verificaci√≥n y consolidaci√≥n de los frutos salv√≠ficos del Esp√≠ritu, otorgados en el Concilio. A este respecto conviene saber ¬ędiscernirlos¬Ľ atentamente de todo lo que contrariamente puede provenir sobre todo del ¬ępr√≠ncipe de este mundo¬Ľ. 98 Este discernimiento es tanto m√°s necesario en la realizaci√≥n de la obra del Concilio ya que se ha abierto ampliamente al mundo actual, como aparece claramente en las importantes Constituciones conciliares Gaudium et spes y Lumen gentium.

Leemos en la Constituci√≥n pastoral: ¬ęLa comunidad cristiana (de los disc√≠pulos de Cristo) est√° integrada por hombres que, reunidos en Cristo son guiados por el Esp√≠ritu Santo en su peregrinar hacia el Reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvaci√≥n para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente √≠ntima y realmente solidaria del g√©nero humano y de su historia¬Ľ. 99 ¬ęBien sabe la Iglesia que s√≥lo Dios, al que ella sirve, responde a las aspiraciones m√°s profundas del coraz√≥n humano, el cual nunca se sacia plenamente con solos los elementos terrenos¬Ľ. 100 ¬ęEl Esp√≠ritu de Dios ... con admirable providencia gu√≠a el curso de los tiempos y renueva la faz de la tierra¬Ľ. 101

II PARTE: EL ESP√ćRITU QUE CONVENCE AL MUNDO EN LO REFERENTE AL PECADO

1. Pecado, justicia y juicio

27. Cuando Jes√ļs, durante el discurso del Cen√°culo, anuncia la venida del Esp√≠ritu Santo ¬ęa costa¬Ľ de su partida y promete: ¬ęSi me voy, os lo enviar√©¬Ľ, precisamente en el mismo contexto a√Īade: ¬ęY cuando √©l venga, convencer√° al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio¬Ľ. 102 El mismo Par√°clito y Esp√≠ritu de la verdad, --que ha sido prometido como el que ¬ęense√Īar√°¬Ľ y ¬ęrecordar√°¬Ľ, que ¬ędar√° testimonio¬Ľ, que ¬ęguiar√° hasta la verdad completa¬Ľ--, con las palabras citadas ahora es anunciado como el que ¬ęconvencer√° al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio¬Ľ.

Significativo parece tambi√©n el contexto Jes√ļs relaciona este anuncio del Esp√≠ritu Santo con las palabras que indican su propia ¬ępartida¬Ľ a trav√©s de la Cruz, e incluso subraya su necesidad: ¬ęOs conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendr√° a vosotros el Par√°clito¬Ľ. 103

Pero lo m√°s interesante es la explicaci√≥n que Jes√ļs a√Īade a estas palabras: pecado, justicia, juicio. Dice en efecto: ¬ęEl convencer√° al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio; en lo referente al pecado, porque no creen en m√≠; en lo referente a la justicia, porque me voy al Padre, y ya no me ver√©is; en lo referente al juicio, porque el Pr√≠ncipe de este mundo est√° juzgado¬Ľ. 104

En el pensamiento de Jes√ļs el pecado, la justicia y el juicio tienen un sentido muy preciso, distinto del que quiz√°s alguno ser√≠a propenso a atribuir a estas palabras, independientemente de la explicaci√≥n de quien habla. Esta explicaci√≥n indica tambi√©n c√≥mo conviene entender aquel ¬ęconvencer al mundo¬Ľ, que es propio de la acci√≥n del Esp√≠ritu Santo. Aqu√≠ es importante tanto el significado de cada palabra, como el hecho de que Jes√ļs las haya unido entre s√≠ en la misma frase.

En este pasaje ¬ęel pecado¬Ľ, significa la incredulidad que Jes√ļs encontr√≥ entre los ¬ęsuyos¬Ľ, empezando por sus conciudadanos de Nazaret. Significa el rechazo de su misi√≥n que llevar√° a los hombres a condenarlo a muerte. Cuando seguidamente habla de ¬ęla justicia¬Ľ, Jes√ļs parece que piensa en la justicia definitiva, que el Padre le dar√° rode√°ndolo con la gloria de la resurrecci√≥n y de la ascensi√≥n al cielo: ¬ęVoy al Padre¬Ľ. A su vez, en el contexto del ¬ępecado¬Ľ y de la ¬ęjusticia¬Ľ entendidos as√≠, ¬ęel juicio¬Ľ significa que el Esp√≠ritu de la verdad demostrar√° la culpa del ¬ęmundo¬Ľ en la condena de Jes√ļs a la muerte en Cruz. Sin embargo, Cristo no vino al mundo s√≥lo para juzgarlo y condenarlo: √©l vino para salvarlo. 105 El convencer en lo referente al pecado y a la justicia tiene como finalidad la salvaci√≥n del mundo y la salvaci√≥n de los hombres. Precisamente esta verdad parece estar subrayada por la afirmaci√≥n de que ¬ęel juicio¬Ľ se refiere solamente al ¬ęPr√≠ncipe de este mundo¬Ľ, es decir, Satan√°s, el cual desde el principio explota la obra de la creaci√≥n contra la salvaci√≥n, contra la alianza y la uni√≥n del hombre con Dios: √©l est√° ¬ęya juzgado¬Ľ desde el principio. Si el Esp√≠ritu Par√°clito debe convencer al mundo precisamente en lo referente al juicio, es para continuar en √©l la obra salv√≠fica de Cristo.

28. Queremos concentrar ahora nuestra atenci√≥n principalmente sobre esta misi√≥n del Esp√≠ritu Santo, que consiste en ¬ęconvencer al mundo en lo referente al pecado¬Ľ, pero respetando al mismo tiempo el contexto de las palabras de Jes√ļs en el Cen√°culo. El Esp√≠ritu Santo, que recibe del Hijo la obra de la Redenci√≥n del mundo, recibe con ello mismo la tarea del salv√≠fico ¬ęconvencer en lo referente al pecado¬Ľ. Este convencer se refiere constantemente a la ¬ęjusticia¬Ľ, es decir, a la salvaci√≥n definitiva en Dios, al cumplimiento de la econom√≠a que tiene como centro a Cristo crucificado y glorificado. Y esta econom√≠a salv√≠fica de Dios sustrae, en cierto modo, al hombre del ¬ęjuicio, o sea de la condenaci√≥n¬Ľ, con la que ha sido castigado el pecado de Satan√°s, ¬ęPr√≠ncipe de este mundo¬Ľ, quien por raz√≥n de su pecado se ha convertido en ¬ędominador de este mundo tenebroso¬Ľ 106 y he aqu√≠ que, mediante esta referencia al ¬ęjuicio¬Ľ, se abren amplios horizontes para la comprensi√≥n del ¬ępecado¬Ľ as√≠ como de la ¬ęjusticia¬Ľ. El Esp√≠ritu Santo, al mostrar en el marco de la Cruz de Cristo ¬ęel pecado¬Ľ en la econom√≠a de la salvaci√≥n (podr√≠a decirse ¬ęel pecado salvado¬Ľ), hace comprender que su misi√≥n es la de ¬ęconvencer¬Ľ tambi√©n en lo referente al pecado que ya ha sido juzgado definitivamente (¬ęel pecado condenado¬Ľ).

29. Todas las palabras, pronunciadas por el Redentor en el Cen√°culo la v√≠spera de su pasi√≥n, se inscriben en la era de la Iglesia: ante todo, las dichas sobre el Esp√≠ritu Santo como Par√°clito y Esp√≠ritu de la verdad. Estas se inscriben en ella de un modo siempre nuevo a lo largo de cada generaci√≥n y de cada √©poca. Esto ha sido confirmado, respecto a nuestro siglo, por el conjunto de las ense√Īanzas del Concilio Vaticano II, especialmente en la Constituci√≥n pastoral ¬ęGaudium et spes¬Ľ. Muchos pasajes de este documento se√Īalan con claridad que el Concilio, abri√©ndose a la luz del Esp√≠ritu de la verdad, se presenta como el aut√©ntico depositario de los anuncios y de las promesas hechas por Cristo a los ap√≥stoles y a la Iglesia en el discurso de despedida; de modo particular, del anuncio, seg√ļn el cual el Esp√≠ritu Santo debe ¬ęconvencer al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio¬Ľ.

Esto lo se√Īala ya el texto en el que el Concilio explica c√≥mo entiende el ¬ęmundo¬Ľ: ¬ęTiene, pues, ante s√≠ la Iglesia (el Concilio mismo) al mundo, esto es la entera familia humana con el conjunto universal de las realidades entre las que √©sta vive; el mundo, teatro de la historia humana, con sus afanes, fracasos y victorias; el mundo, que los cristianos creen fundado y conservado por el amor del Creador, esclavizado bajo la servidumbre del pecado, pero liberado por Cristo, crucificado y resucitado, roto el poder del demonio, para que el mundo se transforme seg√ļn el prop√≥sito divino y llegue a su consumaci√≥n¬Ľ. 107 Respecto a este texto tan sint√©tico es necesario leer en la misma Constituci√≥n otros pasajes, que tratan de mostrar con todo el realismo de la fe la situaci√≥n del pecado en el mundo contempor√°neo y explicar tambi√©n su esencia partiendo de diversos puntos de vista. 108

Cuando Jes√ļs, la v√≠spera de Pascua, habla del Esp√≠ritu Santo, que ¬ęconvencer√° al mundo en lo referente al pecado¬Ľ, por un lado se debe dar a esta afirmaci√≥n el alcance m√°s amplio posible, porque comprende el conjunto de los pecados en la historia de la humanidad. Por otro lado, sin embargo, cuando Jes√ļs explica que este pecado consiste en el hecho de que ¬ęno creen en √©l¬Ľ, este alcance parece reducirse a los que rechazaron la misi√≥n mesi√°nica del Hijo del Hombre, conden√°ndole a la muerte de Cruz. Pero es dif√≠cil no advertir que este aspecto m√°s ¬ęreducido¬Ľ e hist√≥ricamente preciso del significado del pecado se extienda hasta asumir un alcance universal por la universalidad de la Redenci√≥n, que se ha realizado por medio de la Cruz. La revelaci√≥n del misterio de la Redenci√≥n abre el camino a una comprensi√≥n en la que cada pecado, realizado en cualquier lugar y momento, hace referencia a la Cruz de Cristo y por tanto, indirectamente tambi√©n al pecado de quienes ¬ęno han cre√≠do en √©l¬Ľ, condenando a Jesucristo a la muerte de Cruz.

Desde este punto de vista es conveniente volver al acontecimiento de Pentecostés.

2. El testimonio del día de Pentecostés

30. El d√≠a de Pentecost√©s encontraron su m√°s exacta y directa confirmaci√≥n los anuncios de Cristo en el discurso de despedida y, en particular, el anuncio del que estamos tratando: ¬ęEl Par√°clito... convencer√° al mundo en la referente al pecado¬Ľ. Aquel d√≠a, sobre los ap√≥stoles recogidos en oraci√≥n junto a Mar√≠a, Madre de Jes√ļs, baj√≥ el Esp√≠ritu Santo prometido, como leemos en los Hechos de los Ap√≥stoles: ¬ęQuedaron todos llenos del Esp√≠ritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, seg√ļn el Esp√≠ritu les conced√≠a expresarse¬Ľ, 109 ¬ęvolviendo a conducir de este modo a la unidad las razas dispersas, ofreciendo al Padre las primicias de todas las naciones¬Ľ. 110

Es evidente la relaci√≥n entre este acontecimiento y el anuncio de Cristo. En √©l descubrimos el primero y fundamental cumplimiento de la promesa del Par√°clito. Este viene, enviado por el Padre, ¬ędespu√©s¬Ľ de la partida de Cristo, como ¬ęprecio¬Ľ de ella. Esta es primero una partida a trav√©s de la muerte de Cruz, y luego, cuarenta d√≠as despu√©s de la resurrecci√≥n, con su ascensi√≥n al Cielo. A√ļn en el momento de la Ascensi√≥n Jes√ļs mand√≥ a los ap√≥stoles ¬ęque no se ausentasen de Jerusal√©n, sino que aguardasen la Promesa del Padre¬Ľ; ¬ęser√©is bautizados en el Esp√≠ritu Santo dentro de pocos d√≠as¬Ľ; ¬ęrecibir√©is la fuerza del Esp√≠ritu Santo, que vendr√° sobre vosotros, y ser√©is mis testigos en Jerusal√©n, en toda Judea y Samar√≠a, y hasta los confines de la tierra¬Ľ. 111

Estas palabras √ļltimas encierran un eco o un recuerdo del anuncio hecho en el Cen√°culo. Y el d√≠a de Pentecost√©s este anuncio se cumple fielmente. Actuando bajo el influjo del Esp√≠ritu Santo, recibido por los ap√≥stoles durante la oraci√≥n en el Cen√°culo ante una muchedumbre de diversas lenguas congregada para la fiesta, Pedro se presenta y habla. Proclama lo que ciertamente no habr√≠a tenido el valor de decir anteriormente: ¬ęIsraelitas ... Jes√ļs de Nazaret, hombre acreditado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y se√Īales que Dios hizo por su medio entre vosotros... a √©ste, que fue entregado seg√ļn el determinado designio y previo conocimiento de Dios, vosotros lo matasteis clav√°ndole en la cruz por mano de los imp√≠os; a √©ste, pues, Dios lo resucit√≥ libr√°ndole de los dolores de la muerte, pues no era posible que quedase bajo su dominio¬Ľ. 112

Jes√ļs hab√≠a anunciado y prometido: ¬ęEl dar√° testimonio de m√≠... pero tambi√©n vosotros dar√©is testimonio¬Ľ. En el primer discurso de Pedro en Jerusal√©n este ¬ętestimonio¬Ľ encuentra su claro comienzo: es el testimonio sobre Cristo crucificado y resucitado. El testimonio del Esp√≠ritu Par√°clito y de los ap√≥stoles. Y en el contenido mismo de aquel primer testimonio, el Esp√≠ritu de la verdad por boca de Pedro ¬ęconvence al mundo en lo referente al pecado¬Ľ: ante todo, respecto al pecado que supone el rechazo de Cristo hasta la condena a muerte y hasta la Cruz en el G√≥lgota. Proclamaciones de contenido similar se repetir√°n, seg√ļn el libro de los Hechos de los Ap√≥stoles, en otras ocasiones y en distintos lugares. 113

31. Desde este testimonio inicial de Pentecost√©s, la acci√≥n del Esp√≠ritu de la verdad, que ¬ęconvence al mundo en lo referente al pecado¬Ľ del rechazo de Cristo, est√° vinculada de manera inseparable al testimonio del misterio pascual: misterio del Crucificado y Resucitado. En esta vinculaci√≥n el mismo ¬ęconvencer en lo referente al pecado¬Ľ manifiesta la propia dimensi√≥n salv√≠fica. En efecto, es un ¬ęconvencimiento¬Ľ que no tiene como finalidad la mera acusaci√≥n del mundo, ni mucho menos su condena. Jesucristo no ha venido al mundo para juzgarlo y condenarlo, sino para salvarlo. 114 Esto est√° ya subrayado en este primer discurso cuando Pedro exclama: ¬ęSepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Se√Īor y Cristo a este Jes√ļs a quien vosotros hab√©is crucificado¬Ľ. 115 Y a continuaci√≥n, cuando los presentes preguntan a Pedro y a los dem√°s ap√≥stoles: ¬ę¬ŅQu√© hemos de hacer, hermanos?¬Ľ √©l les responde: ¬ęConvert√≠os y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisi√≥n de vuestros pecados; y recibir√©is el don del Esp√≠ritu Santo¬Ľ. 116

De este modo el ¬ęconvencer en lo referente al pecado¬Ľ llega a ser a la vez un convencer sobre la remisi√≥n de los pecados, por virtud del Esp√≠ritu Santo. Pedro en su discurso de Jerusal√©n exhorta a la conversi√≥n, como Jes√ļs exhortaba a sus oyentes al comienzo de su actividad mesi√°nica. 117 La conversi√≥n exige la convicci√≥n del pecado, contiene en s√≠ el juicio interior de la conciencia, y √©ste, siendo una verificaci√≥n de la acci√≥n del Esp√≠ritu de la verdad en la intimidad del hombre, llega a ser al mismo tiempo el nuevo comienzo de la d√°diva de la gracia y del amor: a Recibid el Esp√≠ritu Santo¬Ľ. 118 As√≠ pues en este ¬ęconvencer en lo referente al pecado¬Ľ descubrimos una doble d√°diva: el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redenci√≥n. El Esp√≠ritu de la verdad es el Par√°clito. El convencer en lo referente al pecado, mediante el ministerio de la predicaci√≥n apost√≥lica en la Iglesia naciente, es relacionado --bajo el impulso del Esp√≠ritu derramado en Pentecost√©s-- con el poder redentor de Cristo crucificado y resucitado. De este modo se cumple la promesa referente al Esp√≠ritu Santo hecha antes de Pascua: ¬ęrecibir√° de lo m√≠o y os lo anunciar√° a vosotros¬Ľ. Por tanto, cuando Pedro, durante el acontecimiento de Pentecost√©s, habla del pecado de aquellos que ¬ęno creyeron¬Ľ 119 y entregaron a una muerte ignominiosa a Jes√ļs de Nazaret, da testimonio de la victoria sobre el pecado; victoria que se ha alcanzado, en cierto modo, mediante el pecado m√°s grande que el hombre pod√≠a cometer: la muerte de Jes√ļs, Hijo de Dios, consubstancial al Padre. De modo parecido, la muerte del Hijo de Dios vence la muerte humana: ¬ęSer√© tu muerte, oh muerte¬Ľ. 120 Como el pecado de haber crucificado al Hijo de Dios ¬ęvence¬Ľ el pecado humano. Aquel pecado que se consum√≥ el d√≠a de Viernes Santo en Jerusal√©n y tambi√©n cada pecado del hombre. Pues, al pecado m√°s grande del hombre corresponde, en el coraz√≥n del Redentor, la oblaci√≥n del amor supremo, que supera el mal de todos los pecados de los hombres. En base a esta creencia, la Iglesia en la liturgia romana no duda en repetir cada a√Īo, en el transcurso de la vigilia Pascual, ¬ęOh feliz culpa¬Ľ, en el anuncio de la resurrecci√≥n hecho por el di√°cono con el canto del ¬ęExsultet¬Ľ.

32. Sin embargo, de esta verdad inefable nadie puede ¬ęconvencer al mundo¬Ľ, al hombre y a la conciencia humana , sino es el Esp√≠ritu de la verdad. El es el Esp√≠ritu que ¬ęsondea hasta las profundidades de Dios¬Ľ. 121 Ante el misterio del pecado se deben sondear totalmente ¬ęlas profundidades de Dios¬Ľ. No basta sondear la conciencia humana, como misterio √≠ntimo del hombre, sino que se debe penetrar en el misterio √≠ntimo de Dios, en aquellas ¬ęprofundidades de Dios¬Ľ que se resumen en la s√≠ntesis: al Padre, en el Hijo, por medio del Esp√≠ritu Santo. Es precisamente el Esp√≠ritu Santo que las ¬ęsondea¬Ľ y de ellas saca la respuesta de Dios al pecado del hombre. Con esta respuesta se cierra el procedimiento de ¬ęconvencer en lo referente al pecado¬Ľ, como pone en evidencia el acontecimiento de Pentecost√©s.

Al convencer al ¬ęmundo¬Ľ del pecado del G√≥lgota --la muerte del Cordero inocente--, como sucede el d√≠a de Pentecost√©s, el Esp√≠ritu Santo convence tambi√©n de todo pecado cometido en cualquier lugar y momento de la historia del hombre, pues demuestra su relaci√≥n con la cruz de Cristo. El ¬ęconvencer¬Ľ es la demostraci√≥n del mal del pecado, de todo pecado en relaci√≥n con la Cruz de Cristo. El pecado, presentado en esta relaci√≥n, es reconocido en la dimensi√≥n completa del mal, que le es caracter√≠stica por el ¬ęmisterio de la impiedad¬Ľ 122 que contiene y encierra en s√≠. El hombre no conoce esta dimensi√≥n, --no la conoce absolutamente-- fuera de la Cruz de Cristo. Por consiguiente, no puede ser ¬ęconvencido¬Ľ de ello sino es por el Esp√≠ritu Santo: Esp√≠ritu de la verdad y, a la vez, Par√°clito.

En efecto, el pecado, puesto en relaci√≥n con la Cruz de Cristo, al mismo tiempo es identificado por la plena dimensi√≥n del ¬ęmisterio de la piedad¬Ľ, 123 como ha se√Īalado la Exhortaci√≥n Apost√≥lica postsinodal ¬ęReconciliatio et paenitentia¬Ľ. 124 El hombre tampoco conoce absolutamente esta dimensi√≥n del pecado fuera de la Cruz de Cristo. Y tampoco puede ser ¬ęconvencido¬Ľ de ella sino es por el Esp√≠ritu Santo: por el cual sondea las profundidades de Dios.

3. El testimonio del principio: la realidad originaria del pecado

33. Es la dimensi√≥n del pecado que encontramos en el testimonio del principio, recogido en el Libro del G√©nesis. 125 Es el pecado que, seg√ļn la palabra de Dios revelada, constituye el principio y la ra√≠z de todos los dem√°s. Nos encontramos ante la realidad originaria del pecado en la historia del hombre y, a la vez, en el conjunto de la econom√≠a de la salvaci√≥n. Se puede decir que en este pecado comienza el misterio de la impiedad, pero que tambi√©n este es el pecado, respecto al cual el poder redentor del misterio de la piedad llega a ser particularmente transparente y eficaz. Esto lo expresa San Pablo, cuando a la ¬ędesobediencia¬Ľ del primer Ad√°n contrapone la ¬ęobediencia¬Ľ de Cristo, segundo Ad√°n: ¬ęLa obediencia hasta la muerte¬Ľ. 126 Seg√ļn el testimonio de del principio, el pecado en su realidad originaria se dio en la voluntad --y en la conciencia-- del hombre, ante todo, como ¬ędesobediencia¬Ľ, es decir, como oposici√≥n de la voluntad del hombre a la voluntad de Dios. Esta desobediencia originaria presupone el rechazo o, por lo menos, el alejamiento de la verdad contenida en la Palabra de Dios, que crea el mundo. Esta Palabra es el mismo Verbo, que ¬ęen el principio estaba en Dios¬Ľ y que ¬ęera Dios¬Ľ y sin √©l no se hizo nada de cuanto existe¬Ľ, porque ¬ęel mundo fue hecho por √©l¬Ľ. 127 El Verbo es tambi√©n ley eterna, fuente de toda ley, que regula el mundo y, de modo especial, los actos humanos. Pues, cuando Jes√ļs, la v√≠spera de su pasi√≥n, habla del pecado de los que ¬ęno creen en √©l¬Ľ, en estas palabras suyas llenas de dolor encontramos como un eco lejano de aquel pecado, que en su forma originaria se inserta oscuramente en el misterio mismo de la creaci√≥n. El que habla, pues, es no s√≥lo el Hijo del hombre, sino que es tambi√©n el ¬ęPrimog√©nito de toda la creaci√≥n¬Ľ, ¬ęen √©l fueron creadas todas las cosas ... todo fue creado por √©l y para √©l¬Ľ. 128 A la luz de esta verdad se comprende que la ¬ędesobediencia¬Ľ, en el misterio del principio, presupone en cierto modo la misma ¬ęno-fe¬Ľ, aquel mismo ¬ęno creyeron¬Ľ que volver√° a repetirse ante el misterio pascual. Como hemos dicho ya, se trata del rechazo o, por lo menos, del alejamiento de la verdad contenida en la Palabra del Padre. El rechazo se expresa pr√°cticamente como ¬ędesobediencia¬Ľ, en un acto realizado como efecto de la tentaci√≥n, que proviene del ¬ępadre de la mentira¬Ľ. 129 Por tanto, en la ra√≠z del pecado humano est√° la mentira como radical rechazo de la verdad contenida en el Verbo del Padre, mediante el cual se expresa la amorosa omnipotencia del Creador: la omnipotencia y a la vez el amor de Dios Padre, ¬ęcreador de cielo y tierra¬Ľ.

34. El ¬ęesp√≠ritu de Dios¬Ľ, que seg√ļn la descripci√≥n b√≠blica de la creaci√≥n ¬ęaleteaba por encima de las aguas¬Ľ, 130 indica el mismo ¬ęEsp√≠ritu que sondea hasta las profundidades de Dios¬Ľ, sondea las profundidades del Padre y del Verbo-Hijo en el misterio de la creaci√≥n. No s√≥lo es el testigo directo de su mutuo amor, del que deriva la creaci√≥n, sino que √©l mismo es este amor. El mismo, como amor, es el eterno don increado. En √©l se encuentra la fuente y el principio de toda d√°diva a las criaturas. El testimonio del principio, que encontramos en toda la revelaci√≥n comenzando por el Libro del G√©nesis, es un√≠voco al respecto. Crear quiere decir llamar a la existencia desde la nada; por tanto, crear quiere decir dar la existencia. Y si el mundo visible es creado para el hombre, por consiguiente el mundo es dado al hombre. 131 Y contempor√°neamente el mismo hombre en su propia humanidad recibe como don una especial ¬ęimagen y semejanza¬Ľ de Dios. Esto significa no s√≥lo racionalidad y libertad como propiedades constitutivas de la naturaleza humana, sino adem√°s, desde el principio, capacidad de una relaci√≥n personal con Dios, como ¬ęyo¬Ľ y ¬ęt√ļ¬Ľ y, por consiguiente, capacidad de alianza que tendr√° lugar con la comunicaci√≥n salv√≠fica de Dios al hombre. En el marco de la ¬ęimagen y semejanza¬Ľ de Dios, ¬ęel don del Esp√≠ritu¬Ľ significa, finalmente, una llamada a la amistad, en la que las trascendentales ¬ęprofundidades de Dios¬Ľ est√°n abiertas, en cierto modo, a la participaci√≥n del hombre. El Concilio Vaticano II ense√Īa: ¬ęDios invisible (cf. Col 1, 15; 1 Tim 1, 17) movido de amor, habla a los hombres como amigos, trata con ellos (cf. Bar 3, 38) para invitarlos y recibirlos en su compa√Ī√≠a¬Ľ. 132

35. Por consiguiente, el Esp√≠ritu, que ¬ętodo lo sondea, hasta las profundidades de Dios¬Ľ, conoce desde el principio ¬ęlo √≠ntimo del hombre. 133 Precisamente por esto s√≥lo √©l puede plenamente ¬ęconvencer en lo referente al pecado¬Ľ que se dio en el principio, pecado que es la ra√≠z de todos los dem√°s y el foco de la pecaminosidad del hombre en la tierra, que no se apaga jam√°s. El Esp√≠ritu de la verdad conoce la realidad originaria del pecado, causado en la voluntad del hombre por obra del ¬ępadre de la mentira¬Ľ --de aqu√©l que ya ¬ęest√° juzgado¬Ľ--. 134 EL Esp√≠ritu Santo convence, por tanto, al mundo en lo referente al pecado en relaci√≥n a este ¬ęjuicio¬Ľ, pero constantemente guiando hacia la ¬ęjusticia¬Ľ que ha sido revelada al hombre junto con la Cruz de Cristo, mediante ¬ęla obediencia hasta la muerte¬Ľ. 135

Sólo el Espíritu Santo puede convencer en lo referente al pecado del principio humano, precisamente el que es amor del Padre y del Hijo, el que es don, mientras el pecado del principio humano consiste en la mentira y en el rechazo del don y del amor que influyen definitivamente sobre el principio del mundo y del hombre.

36. Seg√ļn el testimonio del principio, que encontramos en la Escritura y en la Tradici√≥n, despu√©s de la primera (y a la vez m√°s completa) descripci√≥n del G√©nesis, el pecado en su forma originaria es entendido como ¬ędesobediencia¬Ľ, lo que significa simple y directamente trasgresi√≥n de una prohibici√≥n puesta por Dios. 136 Pero a la vista de todo el contexto es tambi√©n evidente que las ra√≠ces de esta desobediencia deben buscarse profundamente en toda la situaci√≥n real del hombre. Llamado a la existencia, el ser humano --hombre o mujer-- es una criatura. La ¬ęimagen de Dios¬Ľ, que consiste en la racionalidad y en la libertad, demuestra la grandeza y la dignidad del sujeto humano, que es persona. Pero este sujeto personal es tambi√©n una criatura: en su existencia y esencia depende del Creador. Seg√ļn el G√©nesis, ¬ęel √°rbol de la ciencia del bien y del mal¬Ľ deb√≠a expresar y constantemente recordar al hombre el ¬ęl√≠mite¬Ľ insuperable para un ser creado. En este sentido debe entenderse la prohibici√≥n de Dios: el Creador proh√≠be al hombre y a la mujer que coman los frutos del √°rbol de la ciencia del bien y del mal. Las palabras de la instigaci√≥n, es decir de la tentaci√≥n, como est√° formulada en el texto sagrado, inducen a transgredir esta prohibici√≥n, o sea a superar aquel ¬ęl√≠mite¬Ľ: ¬ęel d√≠a en que comiereis de √©l se os abrir√°n los ojos y ser√©is como dioses, conocedores del bien y del mal¬Ľ. 137

La ¬ędesobediencia¬Ľ significa precisamente pasar aquel l√≠mite que permanece insuperable a la voluntad y a la libertad del hombre como ser creado. Dios creador es, en efecto, la fuente √ļnica y definitiva del orden moral en el mundo creado por √©l. El hombre no puede decidir por s√≠ mismo lo que es bueno y malo, no puede ¬ęconocer el bien y el mal como dioses¬Ľ. S√≠, en el mundo creado Dios es la fuente primera y suprema para decidir sobre el bien y el mal, mediante la √≠ntima verdad del ser, que es reflejo del Verbo, el eterno Hijo, consubstancial al Padre. Al hombre, creado a imagen de Dios, el Esp√≠ritu Santo da como don la conciencia, para que la imagen pueda reflejar fielmente en ella su modelo, que es sabidur√≠a y ley eterna, fuente del orden moral en el hombre y en el mundo. La ¬ędesobediencia¬Ľ, como dimensi√≥n originaria del pecado, significa rechazo de esta fuente por la pretensi√≥n del hombre de llegar a ser fuente aut√≥noma y exclusiva en decidir sobre el bien y el mal. El Esp√≠ritu que ¬ęsondea las profundidades de Dios¬Ľ y que, a la vez, es para el hombre la luz de la conciencia y la fuente del orden moral, conoce en toda su plenitud esta dimensi√≥n del pecado, que se inserta en el misterio del principio humano. Y no cesa de ¬ęconvencer de ello al mundo¬Ľ en relaci√≥n con la cruz de Cristo en el G√≥lgota.

37. Seg√ļn el testimonio del principio, Dios en la creaci√≥n se ha revelado a s√≠ mismo como omnipotencia que es amor. Al mismo tiempo ha revelado al hombre que, como ¬ęimagen y semejanza¬Ľ de su creador, es llamado a participar de la verdad y del amor. Esta participaci√≥n significa una vida en uni√≥n con Dios, que es la ¬ęvida eterna¬Ľ. 138 Pero el hombre, bajo la influencia del ¬ępadre de la mentira¬Ľ, se ha separado de esta participaci√≥n. ¬ŅEn qu√© medida? Ciertamente no en la medida del pecado de un esp√≠ritu puro, en la medida del pecado de Satan√°s. El esp√≠ritu humano es incapaz de alcanzar tal medida. 139 En la misma descripci√≥n del G√©nesis es f√°cil se√Īalar la diferencia de grado existente entre ¬ęel soplo del mal¬Ľ del que es pecador (o sea permanece en el pecado) desde el principio 140 y que ya ¬ęest√° juzgado¬Ľ 141 y el mal de la desobediencia del hombre. Esta desobediencia, sin embargo, significa tambi√©n dar la espalda a Dios y, en cierto modo, el cerrarse de la libertad humana ante √©l. Significa tambi√©n una determinada apertura de esta libertad --del conocimiento y de la voluntad humana-- hacia el que es el ¬ępadre de la mentira¬Ľ. Este acto de elecci√≥n responsable no es s√≥lo una ¬ędesobediencia¬Ľ, sino que lleva consigo tambi√©n una cierta adhesi√≥n al motivo contenido en la primera instigaci√≥n al pecado y renovada constantemente a lo largo de la historia del hombre en la tierra: ¬ęes que Dios sabe muy bien que el d√≠a en que comiereis de √©l, se os abrir√°n los ojos y ser√©is como dioses, conocedores del bien y del mal¬Ľ. Aqu√≠ nos encontramos en el centro mismo de lo que se podr√≠a llamar el ¬ęanti-Verbo¬Ľ, es decir la ¬ęanti-verdad¬Ľ. En efecto, es falseada la verdad del hombre: qui√©n es el hombre y cu√°les son los l√≠mites insuperables de su ser y de su libertad. Esta ¬ęanti-verdad¬Ľ es posible, porque al mismo tiempo es falseada completamente la verdad sobre quien es Dios. Dios Creador es puesto en estado de sospecha, m√°s a√ļn incluso en estado de acusaci√≥n ante la conciencia de la criatura. Por vez primera en la historia del hombre aparece el perverso ¬ęgenio de la sospecha¬Ľ. Este trata de ¬ęfalsear¬Ľ el Bien mismo, el Bien absoluto, que en la obra de la creaci√≥n se ha manifestado precisamente como el bien que da de modo inefable: como bonum diffusivum sui, como amor creador. ¬ŅQui√©n puede plenamente ¬ęconvencer en lo referente al pecado¬Ľ, es decir de esta motivaci√≥n de la desobediencia originaria del hombre sino aqu√©l que s√≥lo √©l es el don y la fuente de toda d√°diva, sino el Esp√≠ritu que, ¬ęsondea las profundidades de Dios¬Ľ y es amor del Padre y del Hijo?

38. Pues, a pesar de todo el testimonio de la creaci√≥n y de la econom√≠a salv√≠fica inherente a ella, el esp√≠ritu de las tinieblas 142 es capaz de mostrar a Dios como enemigo de la propia criatura y, ante todo, como enemigo del hombre, como fuente de peligro y de amenaza para el hombre. De esta manera Satan√°s injerta en el √°nimo del hombre el germen de la oposici√≥n a aqu√©l que ¬ędesde el principio¬Ľ debe ser considerado como enemigo del hombre y no como Padre. El hombre es retado a convertirse en el adversario de Dios.

El an√°lisis del pecado en su dimensi√≥n originaria indica que, por parte del ¬ępadre de la mentira¬Ľ, se dar√° a lo largo de la historia de la humanidad una constante presi√≥n al rechazo de Dios por parte del hombre, hasta llegar al odio: ¬ęAmor de s√≠ mismo hasta el desprecio de Dios¬Ľ, como se expresa San Agust√≠n. 143 El hombre ser√° propenso a ver en Dios ante todo una propia limitaci√≥n y no la fuente de su liberaci√≥n y la plenitud del bien. Esto lo vemos confirmado en nuestros d√≠as, en los que las ideolog√≠as ateas intentan desarraigar la religi√≥n en base al presupuesto de que determina la radical ¬ęalienaci√≥n¬Ľ del hombre, como si el hombre fuera expropiado de su humanidad cuando, al aceptar la idea de Dios, le atribuye lo que pertenece al hombre y exclusivamente al hombre. Surge de aqu√≠ una forma de pensamiento y de praxis hist√≥rico-sociol√≥gica donde el rechazo de Dios ha llegado hasta la declaraci√≥n de su ¬ęmuerte¬Ľ. Esto es un absurdo conceptual y verbal. Pero la ideolog√≠a de la ¬ęmuerte de Dios¬Ľ amenaza m√°s bien al hombre, como indica el Vaticano II, cuando, sometiendo a an√°lisis la cuesti√≥n de la ¬ęautonom√≠a de la realidad terrena¬Ľ, afirma: ¬ęLa criatura sin el Creador se esfuma ... M√°s a√ļn, por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida¬Ľ. 144 La ideolog√≠a de la ¬ęmuerte de Dios¬Ľ en sus efectos demuestra f√°cilmente que es, a nivel te√≥rico y pr√°ctico, la ideolog√≠a de la ¬ęmuerte del hombre¬Ľ.

4. El Espíritu que transforma el sufrimiento en amor salvífico

39. EL Esp√≠ritu, que sondea las profundidades de Dios, ha sido llamado por Jes√ļs en el discurso del Cen√°culo el Par√°clito. En efecto, desde el comienzo ¬ęes invocado¬Ľ 145 para ¬ęconvencer al mundo en lo referente al pecado¬Ľ. Es invocado de modo definitivo a trav√©s de la Cruz de Cristo. Convencer en lo referente al pecado quiere decir demostrar el mal contenido en √©l. Lo que equivale a revelar el misterio de la impiedad. No es posible comprender el mal del pecado en toda su realidad dolorosa sin sondear las profundidades de Dios. Desde el principio el misterio oscuro del pecado se ha manifestado en el mundo con una clara referencia al Creador de la libertad humana. Ha aparecido como un acto voluntario de la criatura-hombre contrario a la voluntad de Dios: la voluntad salv√≠fica de Dios; es m√°s, ha aparecido como oposici√≥n a la verdad, sobre la base de la mentira ya definitivamente ¬ęjuzgada¬Ľ: mentira que ha puesto en estado de acusaci√≥n, en estado de sospecha permanente, al mismo amor creador y salv√≠fico. El hombre ha seguido al ¬ępadre de la mentira¬Ľ, poni√©ndose contra el Padre de la vida y el Esp√≠ritu de la verdad.

El ¬ęconvencer en lo referente al pecado¬Ľ ¬Ņno deber√°, por tanto, significar tambi√©n el revelar el sufrimiento? ¬ŅNo deber√° revelar el dolor, inconcebible e indecible, que, como consecuencia del pecado, el Libro Sagrado parece entrever en su visi√≥n antropom√≥rfica en las profundidades de Dios y, en cierto modo, en el coraz√≥n mismo de la inefable Trinidad? La Iglesia, inspir√°ndose en la revelaci√≥n, cree y profesa que el pecado es una ofensa a Dios. ¬ŅQu√© corresponde a esta ¬ęofensa¬Ľ, a este rechazo del Esp√≠ritu que es amor y don en la intimidad inexcrutable del Padre, del Verbo y del Esp√≠ritu Santo? La concepci√≥n de Dios, como ser necesariamente perfect√≠simo, excluye ciertamente de Dios todo dolor derivado de limitaciones o heridas; pero, en las profundidades de Dios, se da un amor de Padre que, ante el pecado del hombre, seg√ļn el lenguaje b√≠blico, reacciona hasta el punto de exclamar: ¬ęEstoy arrepentido de haber hecho al hombre¬Ľ. 146 ¬ęViendo el Se√Īor que la maldad del hombre cund√≠a en la tierra ... le pes√≥ de haber hecho al hombre en la tierra ... y dijo el Se√Īor: ¬ęme pesa de haberlos hecho¬Ľ. 147 Pero a menudo el Libro Sagrado nos habla de un Padre, que siente compasi√≥n por el hombre, como compartiendo su dolor. En definitiva, este inexcrutable e indecible ¬ędolor¬Ľ de padre engendrar√° sobre todo la admirable econom√≠a del amor redentor en Jesucristo, para que, por medio del misterio de la piedad, en la historia del hombre el amor pueda revelarse m√°s fuerte que el pecado Para que prevalezca el ¬ędon¬Ľ.

El Esp√≠ritu Santo, que seg√ļn las palabras de Jes√ļs ¬ęconvence en lo referente al pecado¬Ľ, es el amor del Padre y del Hijo y, como tal, es el don trinitario y, a la vez, la fuente eterna de toda d√°diva divina a lo creado. Precisamente en √©l podemos concebir como personificada y realizada de modo trascendente la misericordia, que la tradici√≥n patr√≠stica y teol√≥gica, de acuerdo con el Antiguo y el Nuevo Testamento, atribuye a Dios. En el hombre la misericordia implica dolor y compasi√≥n por las miserias del pr√≥jimo. En Dios, el Esp√≠ritu-amor cambia la dimensi√≥n del pecado humano en una nueva d√°diva de amor salv√≠fico. De √©l, en unidad con el Padre y el Hijo, nace la econom√≠a de la salvaci√≥n, que llena la historia del hombre con los dones de la Redenci√≥n. Si el pecado, al rechazar el amor, ha engendrado el ¬ęsufrimiento¬Ľ del hombre que en cierta manera se ha volcado sobre toda la creaci√≥n, 148 el Esp√≠ritu Santo entrar√° en el sufrimiento humano y c√≥smico con una nueva d√°diva de amor, que redimir√° al mundo. En boca de Jes√ļs Redentor, en cuya humanidad se verifica el ¬ęsufrimiento¬Ľ de Dios, resonar√° una palabra en la que se manifiesta el amor eterno, lleno de misericordia: ¬ęSiento compasi√≥n¬Ľ. 149 As√≠ pues, por parte del Esp√≠ritu Santo, el ¬ęconvencer en lo referente al pecado¬Ľ se convierte en una manifestaci√≥n ante la creaci√≥n ¬ęsometida a la vanidad¬Ľ y, sobre todo, en lo √≠ntimo de las conciencias humanas, como el pecado es vencido por el sacrificio del Cordero de Dios que se ha hecho hasta la muerte ¬ęel siervo obediente¬Ľ que, reparando la desobediencia del hombre, realiza la redenci√≥n del mundo. De esta manera, el Esp√≠ritu de la verdad, el Par√°clito, ¬ęconvence en lo referente al pecado¬Ľ.

40. El valor redentor del sacrificio de Cristo ha sido expresado con palabras muy significativas por parte del autor de la Carta a los Hebreos, que, despu√©s de haber recordado los sacrificios de la Antigua Alianza, en que ¬ęsi la sangre de machos cabr√≠os y de toros ... santifica en orden a la purificaci√≥n¬Ľ, a√Īade: ¬ęcu√°nto m√°s la sangre de Cristo, que por el Esp√≠ritu Eterno se ofreci√≥ a s√≠ mismo sin tacha a Dios, purificar√° de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo¬Ľ. 150 Aun conscientes de otras interpretaciones posibles, nuestra consideraci√≥n sobre la presencia del Esp√≠ritu Santo a lo largo de toda la vida de Cristo nos lleva a reconocer en este texto como una invitaci√≥n a reflexionar tambi√©n sobre la presencia del mismo Esp√≠ritu en el sacrificio redentor del Verbo Encarnado.

Reflexionemos primero sobre el contenido de las palabras iniciales de este sacrificio y, a continuaci√≥n, separadamente sobre la ¬ępurificaci√≥n de la conciencia¬Ľ llevada a cabo por √©l. En efecto, es un sacrificio ofrecido con [ = por obra de ] un Esp√≠ritu Eterno¬Ľ, que ¬ęsaca¬Ľ de √©l la fuerza de ¬ęconvencer en lo referente al pecado¬Ľ en orden a la salvaci√≥n. Es el mismo Esp√≠ritu Santo que, seg√ļn la promesa del Cen√°culo, Jesucristo ¬ętraer√°¬Ľ a los ap√≥stoles el d√≠a de su resurrecci√≥n, present√°ndose a ellos con las heridas de la crucifixi√≥n, y que les ¬ędar√°¬Ľ para la remisi√≥n de los pecados: ¬ęRecibid el Esp√≠ritu Santo. A quienes perdon√©is los pecados, les quedan perdonados¬Ľ. 151

Sabemos que Dios ¬ęa Jes√ļs de Nazaret le ungi√≥ con el Esp√≠ritu Santo y con poder¬Ľ, como afirmaba Sim√≥n Pedro en la casa del centuri√≥n Cornelio. 152 Conocemos el misterio pascual de su ¬ępartida¬Ľ seg√ļn el Evangelio de Juan. Las palabras de la Carta a los Hebreos nos explican ahora de que modo Cristo ¬ęse ofreci√≥ sin mancha a Dios¬Ľ y como hizo esto ¬ęcon un Esp√≠ritu Eterno¬Ľ. En el sacrificio del Hijo del hombre el Esp√≠ritu Santo est√° presente y act√ļa del mismo modo con que actuaba en su concepci√≥n, en su entrada al mundo, en su vida oculta y en su ministerio p√ļblico. Seg√ļn la Carta a los Hebreos, en el camino de su ¬ępartida¬Ľ a trav√©s de Getseman√≠ y del G√≥lgota, el mismo Jesucristo en su humanidad se ha abierto totalmente a esta acci√≥n del Esp√≠ritu Par√°clito, que del sufrimiento hace brotar el eterno amor salv√≠fico. Ha sido, por lo tanto, ¬ęescuchado por su actitud reverente y aun siendo Hijo, con lo que padeci√≥ experiment√≥ la obediencia¬Ľ. 153 De esta manera dicha Carta demuestra como la humanidad, sometida al pecado en los descendientes del primer Ad√°n, en Jesucristo ha sido sometida perfectamente a Dios y unida a √©l y, al mismo tiempo, est√° llena de misericordia hacia los hombres. Se tiene as√≠ una nueva humanidad, que en Jesucristo por medio del sufrimiento de la cruz ha vuelto al amor, traicionado por Ad√°n con su pecado. Se ha encontrado en la misma fuente de la d√°diva originaria: en el Esp√≠ritu que ¬ęsondea las profundidades de Dios¬Ľ y es amor y don.

El Hijo de Dios, Jesucristo, como hombre, en la ferviente oraci√≥n de su pasi√≥n, permiti√≥ al Esp√≠ritu Santo, que ya hab√≠a impregnado √≠ntimamente su humanidad, transformarla en sacrificio perfecto mediante el acto de su muerte, como v√≠ctima de amor en la Cruz. El solo ofreci√≥ este sacrificio. Como √ļnico sacerdote ¬ęse ofreci√≥ a s√≠ mismo sin tacha a Dios¬Ľ. 154 En su humanidad era digno de convertirse en este sacrificio, ya que √©l solo era ¬ęsin tacha¬Ľ. Pero lo ofreci√≥ ¬ępor el Esp√≠ritu Eterno¬Ľ: lo que quiere decir que el Esp√≠ritu Santo actu√≥ de manera especial en esta autodonaci√≥n absoluta del Hijo del hombre para transformar el sufrimiento en amor redentor.

41. En el Antiguo Testamento se habla varias veces del ¬ęfuego del cielo¬Ľ, que quemaba los sacrificios presentados por los hombres. 155 Por analog√≠a se puede decir que el Esp√≠ritu Santo es el ¬ęfuego del cielo¬Ľ que act√ļa en lo m√°s profundo del misterio de la Cruz. Proveniendo del Padre, ofrece al Padre el sacrificio del Hijo, introduci√©ndolo en la divina realidad de la comuni√≥n trinitaria. Si el pecado ha engendrado el sufrimiento, ahora el dolor de Dios en Cristo crucificado recibe su plena expresi√≥n humana por medio del Esp√≠ritu Santo. Se da as√≠ un parad√≥jico misterio de amor: en Cristo sufre Dios rechazado por la propia criatura: ¬ęNo creen en m√≠¬Ľ; pero, a la vez, desde lo m√°s hondo de este sufrimiento --e indirectamente desde lo hondo del mismo pecado ¬ęde no haber cre√≠do¬Ľ-- el Esp√≠ritu saca una nueva dimensi√≥n del don hecho al hombre y a la creaci√≥n desde el principio. En lo m√°s hondo del misterio de la Cruz act√ļa el amor, que lleva de nuevo al hombre a participar de la vida, que est√° en Dios mismo.

El Esp√≠ritu Santo, como amor y don, desciende, en cierto modo, al centro mismo del sacrificio que se ofrece en la Cruz. Refiri√©ndonos a la tradici√≥n b√≠blica podemos decir: √©l consuma este sacrificio con el fuego del amor, que une al Hijo con el Padre en la comuni√≥n trinitaria. Y dado que el sacrificio de la Cruz es un acto propio de Cristo, tambi√©n en este sacrificio √©l ¬ęrecibe¬Ľ el Esp√≠ritu Santo. Lo recibe de tal manera que despu√©s --√©l solo con Dios Padre-- puede ¬ędarlo¬Ľ a los ap√≥stoles, a la Iglesia y a la humanidad. El solo lo ¬ęenv√≠a¬Ľ desde el Padre. 156 El solo se presenta ante los ap√≥stoles reunidos en el Cen√°culo, ¬ęsopl√≥ sobre ellos¬Ľ y les dijo: ¬ęRecibid el Esp√≠ritu Santo. A quienes perdon√©is los pecados, les quedan perdonados¬Ľ, 157 como hab√≠a anunciado antes Juan Bautista: ¬ęEl os bautizar√° en Esp√≠ritu Santo y fuego¬Ľ. 158 Con aquellas palabras de Jes√ļs el Esp√≠ritu Santo es revelado y a la vez es presentado como amor que act√ļa en lo profundo del misterio pascual, como fuente del poder salv√≠fico de la Cruz de Cristo y como don de la vida nueva y eterna.

Esta verdad sobre el Esp√≠ritu Santo encuentra cada d√≠a su expresi√≥n en la liturgia romana, cuando el sacerdote, antes de la comuni√≥n, pronuncia aquellas significativas palabras: ¬ęSe√Īor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que por voluntad del Padre y cooperaci√≥n del Esp√≠ritu Santo, diste con tu muerte vida al mundo¬Ľ. Y en la III Plegaria Eucar√≠stica, refiri√©ndose a la misma econom√≠a salv√≠fica, el sacerdote ruega a Dios que el Esp√≠ritu Santo ¬ęnos transforme en ofrenda permanente¬Ľ.

5. ¬ęLa sangre que purifica la conciencia¬Ľ

42. Hemos dicho que, en el culmen del misterio pascual, el Esp√≠ritu Santo es revelado definitivamente y hecho presente de un modo nuevo. Cristo resucitado dice a los ap√≥stoles: ¬ęRecibid el Esp√≠ritu Santo¬Ľ. De esta manera es revelado el Esp√≠ritu Santo, pues las palabras de Cristo constituyen la confirmaci√≥n de las promesas y de los anuncios del discurso en el Cen√°culo. Y con esto el Par√°clito es hecho presente tambi√©n de un modo nuevo. En realidad ya actuaba desde el principio en el misterio de la creaci√≥n y a lo largo de toda la historia de la antigua Alianza de Dios con el hombre. Su acci√≥n ha sido confirmada plenamente por la misi√≥n del Hijo del hombre como Mes√≠as, que ha venido con el poder del Esp√≠ritu Santo. En el momento culminante de la misi√≥n mesi√°nica de Jes√ļs, el Esp√≠ritu Santo se hace presente en el misterio pascual con toda su subjetividad divina: como el que debe continuar la obra salv√≠fica, basada en el sacrificio de la Cruz. Sin duda esta obra es encomendada por Jes√ļs a los hombres: a los ap√≥stoles y a la Iglesia. Sin embargo, en estos hombres y por medio de ellos, el Esp√≠ritu Santo sigue siendo el protagonista trascendente de la realizaci√≥n de esta obra en el esp√≠ritu del hombre y en la historia del mundo: el invisible y, a la vez, omnipresente Par√°clito. El Esp√≠ritu que ¬ęsopla donde quiere¬Ľ. 159

Las palabras pronunciadas por Cristo resucitado ¬ęel primer d√≠a de la semana¬Ľ, ponen especialmente de relieve la presencia del Par√°clito consolador, como el que ¬ęconvence al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio¬Ľ. En efecto, s√≥lo tomadas as√≠ se explican las palabras que Jes√ļs pone en relaci√≥n directa con el ¬ędon¬Ľ del Esp√≠ritu Santo a los ap√≥stoles. Jes√ļs dice: ¬ęRecibid el Esp√≠ritu Santo: A quienes perdon√©is los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los reteng√°is, les quedan retenidos¬Ľ. 160 Jes√ļs confiere a los ap√≥stoles el poder de perdonar los pecados, para que lo transmitan a sus sucesores en la Iglesia. Sin embargo, este poder concedido a los hombres presupone e implica la acci√≥n salv√≠fica del Esp√≠ritu Santo. Convirti√©ndose en ¬ęluz de los corazones¬Ľ, 161 es decir de las conciencias, el Esp√≠ritu Santo ¬ęconvence en lo referente al pecado¬Ľ, o sea hace conocer al hombre su mal y, al mismo tiempo, lo orienta hacia el bien. Merced a la multiplicidad de sus dones por lo que es invocado como el portador ¬ęde los siete dones¬Ľ, todo tipo de pecado del hombre puede ser vencido por el poder salv√≠fico de Dios. En realidad --como dice San Buenaventura-- ¬ęen virtud de los siete dones del Esp√≠ritu Santo todos los males han sido destruidos y todos los bienes han sido producidos¬Ľ. 162

Bajo el influjo del Par√°clito se realiza, por lo tanto, la conversi√≥n del coraz√≥n humano, que es condici√≥n indispensable para el perd√≥n de los pecados. Sin una verdadera conversi√≥n, que implica una contrici√≥n interior y sin un prop√≥sito sincero y firme de enmienda, los pecados quedan ¬ęretenidos¬Ľ, como afirma Jes√ļs, y con El toda la Tradici√≥n del Antiguo y del Nuevo Testamento. En efecto, las primeras palabras pronunciadas por Jes√ļs al comienzo de su ministerio, seg√ļn el Evangelio de Marcos, son √©stas: ¬ęConvert√≠os y creed en la Buena Nueva¬Ľ. 163 La confirmaci√≥n de esta exhortaci√≥n es el ¬ęconvencer en lo referente al pecado¬Ľ que el Esp√≠ritu Santo emprende de una manera nueva en virtud de la Redenci√≥n, realizada por la Sangre del Hijo del hombre. Por esto, la Carta a los Hebreos dice que esta ¬ęsangre purifica nuestra conciencia¬Ľ. 164 Esta sangre, pues, abre al Esp√≠ritu Santo, por decirlo de alg√ļn modo, el camino hacia la intimidad del hombre, es decir hacia el santuario de las conciencias humanas.

43. El Concilio Vaticano II ha recordado la ense√Īanza cat√≥lica sobre la conciencia, al hablar de la vocaci√≥n del hombre y, en particular, de la dignidad de la persona humana. Precisamente la conciencia decide de manera espec√≠fica sobre esta dignidad. En efecto, la conciencia es ¬ęel n√ļcleo m√°s secreto y el sagrario del hombre¬Ľ, en el que √©sta se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto m√°s √≠ntimo. Esta voz dice claramente a ¬ęlos o√≠dos de su coraz√≥n advirti√©ndole ... haz esto, evita aquello¬Ľ. Tal capacidad de mandar el bien y prohibir el mal, puesta por el Creador en el coraz√≥n del hombre, es la propiedad clave del sujeto personal. Pero, al mismo tiempo, ¬ęen lo m√°s profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que √©l no se dicta a si mismo, pero a la cual debe obedecer¬Ľ. 165 La conciencia, por tanto, no es una fuente aut√≥noma y exclusiva para decidir lo que es bueno o malo; al contrario, en ella est√° grabado profundamente un principio de obediencia a la norma objetiva, que fundamenta y condiciona la congruencia de sus decisiones con los preceptos y prohibiciones en los que se basa el comportamiento humano, como se entrev√© ya en la citada p√°gina del Libro del G√©nesis. 166 Precisamente, en este sentido, la conciencia es el ¬ęsagrario √≠ntimo¬Ľ donde ¬ęresuena la voz de Dios¬Ľ. Es ¬ęla voz de Dios¬Ľ aun cuando el hombre reconoce exclusivamente en ella el principio del orden moral del que humanamente no se puede dudar, incluso sin una referencia directa al Creador: precisamente la conciencia encuentra siempre en esta referencia su fundamento y su justificaci√≥n.

El evang√©lico ¬ęconvencer en lo referente al pecado¬Ľ bajo el influjo del Esp√≠ritu de la verdad no puede verificarse en el hombre m√°s que por el camino de la conciencia. Si la conciencia es recta, ayuda entonces a ¬ęresolver con acierto los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad¬Ľ. Entonces ¬ęmayor seguridad tienen las personas y las sociedades para apartarse del ciego capricho y para someterse a las normas objetivas de la moralidad¬Ľ. 167

Fruto de la recta conciencia es, ante todo, el llamar por su nombre al bien y al mal, como hace por ejemplo la misma Constituci√≥n pastoral: ¬ęCuanto atenta contra la vida --homicidios de cualquier clase, genocidios, aborto, eutanasia y el mismo suicidio deliberado--; cuanto viola la integridad de la persona, como, por ejemplo, las mutilaciones, las torturas morales o f√≠sicas, los conatos sistem√°ticos para dominar la mente ajena; cuanto ofende a la dignidad humana, como son las condiciones infrahumanas de vida, las detenciones arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la prostituci√≥n, la trata de blancas y de j√≥venes; o las condiciones laborales degradantes, que reducen al operario al rango de mero instrumento de lucro, sin respeto a la libertad y a la responsabilidad de la persona humana¬Ľ; y despu√©s de haber llamado por su nombre a los numerosos pecados, tan frecuentes y difundidos en nuestros d√≠as, la misma Constituci√≥n a√Īade: ¬ęTodas estas pr√°cticas y otras parecidas son en s√≠ mismas infamantes, que degradan la civilizaci√≥n humana, deshonran m√°s a sus autores que a sus v√≠ctimas y son totalmente contrarias al honor debido al Creador¬Ľ. 168

Al llamar por su nombre a los pecados que m√°s deshonran al hombre, y demostrar que √©sos son un mal moral que pesa negativamente en cualquier balance sobre el progreso de la humanidad, el Concilio describe a la vez todo esto como etapa ¬ęde una lucha, y por cierto dram√°tica, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas¬Ľ. 169 La Asamblea del S√≠nodo de los Obispos de 1983 sobre la reconciliaci√≥n y la penitencia ha precisado todav√≠a mejor el significado personal y social del pecado del hombre. 170

44. Pues bien, en el Cen√°culo la v√≠spera de su Pasi√≥n, y despu√©s la tarde del d√≠a de Pascua, Jesucristo se refiri√≥ al Esp√≠ritu Santo como el que atestigua que en la historia de la humanidad perdura el pecado. Sin embargo, el pecado est√° sometido al poder salv√≠fico de la Redenci√≥n. El ¬ęconvencer al mundo en lo referente al pecado¬Ľ no se acaba en el hecho de que venga llamado por su nombre e identificado por lo que es en toda su dimensi√≥n caracter√≠stica. En el convencer al mundo en lo referente al pecado, el Esp√≠ritu de la verdad se encuentra con la voz de las conciencias humanas.

De este modo se llega a la demostraci√≥n de las ra√≠ces del pecado que est√°n en el interior del hombre, como pone en evidencia la misma Constituci√≥n pastoral: ¬ęEn realidad de verdad, los desequilibrios que fatigan al mundo moderno est√°n conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus ra√≠ces en el coraz√≥n humano. Son muchos los elementos que se combaten en el propio interior del hombre. A fuer de creatura, el hombre experimenta m√ļltiples limitaciones; se siente, sin embargo, ilimitado en sus deseos y llamado a una vida superior. Atra√≠do por muchas solicitaciones, tiene que elegir y que renunciar. M√°s a√ļn, como enfermo y pecador, no raramente hace lo que no quiere y deja de hacer lo que querr√≠a llevar a cabo¬Ľ. 171 El texto conciliar se refiere aqu√≠ a las conocidas palabras de San Pablo. 172

El ¬ęconvencer en lo referente al pecado¬Ľ que acompa√Īa a la conciencia humana en toda reflexi√≥n profunda sobre s√≠ misma, lleva por tanto al descubrimiento de sus ra√≠ces en el hombre, as√≠ como de sus influencias en la misma conciencia en el transcurso de la historia. Encontramos de este modo aquella realidad originaria del pecado, de la que ya se ha hablado. El Esp√≠ritu Santo ¬ęconvence en lo referente al pecado¬Ľ respecto al misterio del principio, indicando el hecho de que el hombre es ser-creado y, por consiguiente, est√° en total dependencia ontol√≥gica y √©tica de su Creador y recordando, a la vez, la pecaminosidad hereditaria de la naturaleza humana. Pero el Esp√≠ritu Santo Par√°clito ¬ęconvence en lo referente al pecado¬Ľ siempre en relaci√≥n con la Cruz de Cristo. Por esto el cristianismo rechaza toda ¬ęfatalidad¬Ľ del pecado. ¬ęUna dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los or√≠genes del mundo, durar√°, como dice el Se√Īor, hasta el final¬Ľ --ense√Īa el Concilio--. 173 ¬ęPero el Se√Īor vino en persona para liberar y vigorizar al hombre¬Ľ. 174 El hombre, pues, lejos de dejarse ¬ęenredar¬Ľ en su condici√≥n de pecado, apoy√°ndose en la voz de la propia conciencia, ¬ęha de luchar continuamente para acatar el bien, y s√≥lo a costa de grandes esfuerzos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de establecer la unidad en s√≠ mismo¬Ľ. 175 El Concilio ve justamente el pecado como factor de la ruptura que pesa tanto sobre la vida personal como sobre la vida social del hombre; pero, al mismo tiempo, recuerda incansablemente la posibilidad de la victoria.

45. El Esp√≠ritu de la verdad, que ¬ęconvence al mundo en lo referente al pecado¬Ľ, se encuentra con aquella fatiga de la conciencia humana, de la que los textos conciliares hablan de manera tan sugestiva. Esta fatiga de la conciencia determina tambi√©n los caminos de las conversiones humanas: el dar la espalda al pecado para reconstruir la verdad y el amor en el coraz√≥n mismo del hombre. Se sabe que reconocer el mal en uno mismo a menudo cuesta mucho. Se sabe que la conciencia no s√≥lo manda o prohibe, sino que juzga a la luz de las √≥rdenes y de las prohibiciones interiores. Es tambi√©n fuente de remordimiento: el hombre sufre interiormente por el mal cometido. ¬ŅNo es este sufrimiento como un eco lejano de aquel ¬ęarrepentimiento por haber creado al hombre¬Ľ, que con lenguaje antropom√≥rfico el Libro sagrado atribuye a Dios; de aquella ¬ęreprobaci√≥n¬Ľ que, inscribi√©ndose en el ¬ęcoraz√≥n¬Ľ de la Trinidad, en virtud del amor eterno se realiza en el dolor de la Cruz y en la obediencia de Cristo hasta la muerte? Cuando el Esp√≠ritu de la verdad permite a la conciencia humana la participaci√≥n en aquel dolor, entonces el sufrimiento de la conciencia es particularmente profundo y tambi√©n salv√≠fico. Pues, por medio de un acto de contrici√≥n perfecta, se realiza la aut√©ntica conversi√≥n del coraz√≥n: es la ¬ęmetanoia¬Ľ evang√©lica.

La fatiga del coraz√≥n humano y la fatiga de la conciencia, donde se realiza esta ¬ęmetanoia¬Ľ o conversi√≥n, es el reflejo de aquel proceso mediante el cual la reprobaci√≥n se transforma en amor salv√≠fico, que sabe sufrir. El dispensador oculto de esa fuerza salvadora es el Esp√≠ritu Santo, que es llamado por la Iglesia ¬ęluz de las conciencias¬Ľ, el cual penetra y llena ¬ęlo m√°s √≠ntimo de los corazones¬Ľ humanos. 176 Mediante esta conversi√≥n en el Esp√≠ritu Santo, el hombre se abre al perd√≥n y a la remisi√≥n de los pecados. Y en todo este admirable dinamismo de la conversi√≥n-remisi√≥n se confirma la verdad de lo escrito por San Agust√≠n sobre el misterio del hombre, al comentar las palabras del Salmo: ¬ęAbismo que llama al abismo¬Ľ. 177 Precisamente en esta ¬ęabismal profundidad¬Ľ del hombre y de la conciencia humana se realiza la misi√≥n del Hijo y del Esp√≠ritu Santo. El Esp√≠ritu Santo ¬ęviene¬Ľ en cada caso concreto de la conversi√≥n-remisi√≥n, en virtud del sacrificio de la Cruz, pues, por √©l, ¬ęla sangre de Cristo ... purifica nuestra conciencia de las obras muertas para rendir culto a Dios vivo¬Ľ. 178 Se cumplen as√≠ las palabras sobre el Esp√≠ritu Santo como ¬ęotro Par√°clito¬Ľ, palabras dirigidas a los ap√≥stoles en el Cen√°culo e indirectamente a todos: ¬ęVosotros le conoc√©is, porque mora con vosotros¬Ľ. 179

6. El pecado contra el Espíritu Santo

46. En el marco de lo dicho hasta ahora, resultan m√°s comprensibles otras palabras, impresionantes y desconcertantes, de Jes√ļs. Las podr√≠amos llamar las palabras del ¬ęno-perd√≥n¬Ľ. Nos las refieren los Sin√≥pticos respecto a un pecado particular que es llamado ¬ęblasfemia contra el Esp√≠ritu Santo¬Ľ. As√≠ han sido referidas en su triple redacci√≥n:

Mateo: ¬ęTodo pecado y blasfemia se perdonar√° a los hombres, pero la blasfemia contra el Esp√≠ritu no ser√° perdonada. Y al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonar√°; pero al que la diga contra el Esp√≠ritu Santo, no se le perdonar√° ni en este mundo ni en el otro¬Ľ. 180

Marcos: ¬ęSe perdonar√° todo a los hijos de los hombres, los pecados y las blasfemias, por muchas que √©stas sean. Pero el que blasfeme contra el Esp√≠ritu Santo, no tendr√° perd√≥n nunca, antes bien, ser√° reo de pecado eterno¬Ľ. 181

Lucas: ¬ęA todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonar√°; pero al que blasfeme contra el Esp√≠ritu Santo, no se le perdonar√°¬Ľ. 182

¬ŅPor qu√© la blasfemia contra el Esp√≠ritu Santo es imperdonable? ¬ŅC√≥mo se entiende esta blasfemia? Responde Santo Tom√°s de Aquino que se trata de un pecado ¬ęirremisible seg√ļn su naturaleza, en cuanto excluye aquellos elementos, gracias a los cuales se da la remisi√≥n de los pecados¬Ľ. 183

Seg√ļn esta ex√©gesis la ¬ęblasfemia¬Ľ no consiste en el hecho de ofender con palabras al Esp√≠ritu Santo; consiste, por el contrario, en el rechazo de aceptar la salvaci√≥n que Dios ofrece al hombre por medio del Esp√≠ritu Santo, que act√ļa en virtud del sacrificio de la Cruz. Si el hombre rechaza aquel ¬ęconvencer sobre el pecado¬Ľ, que proviene del Esp√≠ritu Santo y tiene un car√°cter salv√≠fico, rechaza a la vez la ¬ęvenida¬Ľ del Par√°clito aquella ¬ęvenida¬Ľ que se ha realizado en el misterio pascual, en la unidad mediante la fuerza redentora de la Sangre de Cristo. La Sangre que ¬ępurifica de las obras muertas nuestra conciencia¬Ľ.

Sabemos que un fruto de esta purificaci√≥n es la remisi√≥n de los pecados. Por tanto, el que rechaza el Esp√≠ritu y la Sangre permanece en las ¬ęobras muertas¬Ľ, o sea en el pecado. Y la blasfemia contra el Esp√≠ritu Santo consiste precisamente en el rechazo radical de aceptar esta remisi√≥n, de la que el mismo Esp√≠ritu es el √≠ntimo dispensador y que presupone la verdadera conversi√≥n obrada por √©l en la conciencia. Si Jes√ļs afirma que la blasfemia contra el Esp√≠ritu Santo no puede ser perdonada ni en esta vida ni en la futura, es porque esta ¬ęno-remisi√≥n¬Ľ est√° unida, como causa suya, a la ¬ęno-penitencia¬Ľ, es decir al rechazo radical del convertirse. Lo que significa el rechazo de acudir a las fuentes de la Redenci√≥n, las cuales, sin embargo, quedan ¬ęsiempre¬Ľ abiertas en la econom√≠a de la salvaci√≥n, en la que se realiza la misi√≥n del Esp√≠ritu Santo. El Par√°clito tiene el poder infinito de sacar de estas fuentes: ¬ęrecibir√° de lo m√≠o¬Ľ, dijo Jes√ļs. De este modo el Esp√≠ritu completa en las almas la obra de la Redenci√≥n realizada por Cristo, distribuyendo sus frutos. Ahora bien la blasfemia contra el Esp√≠ritu Santo es el pecado cometido por el hombre, que reivindica un pretendido ¬ęderecho de perseverar en el mal¬Ľ --en cualquier pecado-- y rechaza as√≠ la Redenci√≥n El hombre encerrado en el pecado, haciendo imposible por su parte la conversi√≥n y, por consiguiente, tambi√©n la remisi√≥n de sus pecados, que considera no esencial o sin importancia para su vida. Esta es una condici√≥n de ruina espiritual, dado que la blasfemia contra el Esp√≠ritu Santo no permite al hombre salir de su autoprisi√≥n y abrirse a las fuentes divinas de la purificaci√≥n de las conciencias y remisi√≥n de los pecados.

47. La acci√≥n del Esp√≠ritu de la verdad, que tiende al salv√≠fico ¬ęconvencer en lo referente al pecado¬Ľ, encuentra en el hombre que se halla en esta condici√≥n una resistencia interior, como una impermeabilidad de la conciencia, un estado de √°nimo que podr√≠a decirse consolidado en raz√≥n de una libre elecci√≥n: es lo que la Sagrada Escritura suele llamar ¬ędureza de coraz√≥n¬Ľ. 184 En nuestro tiempo a esta actitud de mente y coraz√≥n corresponde quiz√°s la p√©rdida del sentido del pecado, a la que dedica muchas p√°ginas la Exhortaci√≥n Apost√≥lica Reconciliatio et paenitentia. 185 Anteriormente el Papa P√≠o XII hab√≠a afirmado que ¬ęel pecado de nuestro siglo es la p√©rdida del sentido del pecado¬Ľ 186 y esta p√©rdida est√° acompa√Īada por la ¬ęp√©rdida del sentido de Dios¬Ľ. En la citada Exhortaci√≥n leemos: ¬ęEn realidad, Dios es la ra√≠z y el fin supremo del hombre y √©ste lleva en s√≠ un germen divino. Por ello, es la realidad de Dios la que descubre e ilumina el misterio del hombre. Es vano, por lo tanto, esperar que tenga consistencia un sentido del pecado respecto al hombre y a los valores humanos, si falta el sentido de la ofensa cometida contra Dios, o sea, el verdadero sentido del pecado¬Ľ. 187 La Iglesia, por consiguiente, no cesa de implorar a Dios la gracia de que no disminuya la rectitud en las conciencias humanas, que no se aten√ļe su sana sensibilidad ante el bien y el mal. Esta rectitud y sensibilidad est√°n profundamente unidas a la acci√≥n √≠ntima del Esp√≠ritu de la verdad. Con esta luz adquieren un significado particular las exhortaciones del Ap√≥stol: ¬ęNo exting√°is el Esp√≠ritu¬Ľ, ¬ęno entristezc√°is al Esp√≠ritu Santo¬Ľ. 188 Pero la Iglesia, sobre todo, no cesa de suplicar con gran fervor que no aumente en el mundo aquel pecado llamado por el Evangelio blasfemia contra el Esp√≠ritu Santo; antes bien que retroceda en las almas de los hombres y tambi√©n en los mismos ambientes y en las distintas formas de la sociedad, dando lugar a la apertura de las conciencias, necesaria para la acci√≥n salv√≠fica del Esp√≠ritu Santo. La Iglesia ruega que el peligroso pecado contra el Esp√≠ritu deje lugar a una santa disponibilidad a aceptar su misi√≥n de Par√°clito, cuando viene para ¬ęconvencer al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio¬Ľ.

48. Jes√ļs en su discurso de despedida ha unido estos tres √°mbitos del ¬ęconvencer¬Ľ como componentes de la misi√≥n del Par√°clito: el pecado, la justicia y el juicio. Ellos se√Īalan la dimensi√≥n de aquel misterio de la piedad, que en la historia del hombre se opone al pecado, es decir al misterio de la impiedad. 189 Por un lado, como se expresa San Agust√≠n, existe el ¬ęamor de uno mismo hasta el desprecio de Dios¬Ľ; por el otro, existe el ¬ęamor de Dios hasta el desprecio de uno mismo¬Ľ. 190 La Iglesia eleva sin cesar su oraci√≥n y ejerce su ministerio para que la historia de las conciencias y la historia de las sociedades en la gran familia humana no se abajen al polo del pecado con el rechazo de los mandamientos de Dios ¬ęhasta el desprecio de Dios¬Ľ, sino que, por el contrario, se eleven hacia el amor en el que se manifiesta el Esp√≠ritu que da la vida.

Los que se dejan ¬ęconvencer en lo referente al pecado¬Ľ por el Esp√≠ritu Santo, se dejan convencer tambi√©n en lo referente a ¬ęla justicia y al juicio¬Ľ. EL Esp√≠ritu de la verdad que ayuda a los hombres, a las conciencias humanas, a conocer la verdad del pecado, a la vez hace que conozcan la verdad de aquella justicia que entr√≥ en la historia del hombre con Jesucristo. De este modo, los que ¬ęconvencidos en lo referente al pecado¬Ľ se convierten bajo la acci√≥n del Par√°clito, son conducidos, en cierto modo, fuera del √°mbito del ¬ęjuicio¬Ľ: de aquel ¬ęjuicio¬Ľ mediante el cual ¬ęel Pr√≠ncipe de este mundo est√° juzgado¬Ľ. 191 La conversi√≥n, en la profundidad de su misterio divino-humano, significa la ruptura de todo v√≠nculo mediante el cual el pecado ata al hombre en el conjunto del misterio de la impiedad. Los que se convierten, pues, son conducidos por el Esp√≠ritu Santo fuera del √°mbito del ¬ęjuicio¬Ľ e introducidos en aquella justicia, que est√° en Cristo Jes√ļs, porque la ¬ęrecibe¬Ľ del Padre, 192 como un reflejo de la santidad trinitaria. Esta es la justicia del Evangelio y de la Redenci√≥n, la justicia del Serm√≥n de la monta√Īa y de la Cruz, que realiza la purificaci√≥n de la conciencia por medio de la Sangre del Cordero. Es la justicia que el Padre da al Hijo y a todos aquellos, que se han unido a √©l en la verdad y en el amor.

En esta justicia el Esp√≠ritu Santo, Esp√≠ritu del Padre y del Hijo, que ¬ęconvence al mundo en lo referente al pecado¬Ľ se manifiesta y se hace presente al hombre como Esp√≠ritu de vida eterna.

III PARTE: EL ESP√ćRITU QUE DA LA VIDA

1. Motivo del Jubileo del a√Īo dos mil: Cristo que fue concebido por obra y gracia del Esp√≠ritu Santo

49. El pensamiento y el coraz√≥n de la Iglesia se dirigen al Esp√≠ritu Santo al final del siglo veinte y en la perspectiva del tercer milenio de la venida de Jesucristo al mundo, mientras miramos al gran Jubileo con el que la Iglesia celebrar√° este acontecimiento. En efecto, dicha venida se mide, seg√ļn el c√≥mputo del tiempo, como un acontecimiento que pertenece a la historia del hombre en la tierra. La medida del tiempo, usada com√ļnmente, determina los a√Īos, siglos y milenios seg√ļn trascurran antes o despu√©s del nacimiento de Cristo. Pero hay que tener tambi√©n presente que, para nosotros los cristianos este acontecimiento significa, seg√ļn el Ap√≥stol, la ¬ęplenitud de los tiempos¬Ľ, 193 porque a trav√©s de ellos Dios mismo, con su ¬ęmedida¬Ľ, penetr√≥ completamente en la historia del hombre: es una presencia trascendente en el ¬ęahora¬Ľ (¬ęnunc¬Ľ) eterno. ¬ęAqu√©l que es, que era y que va a venir¬Ľ; aqu√©l que es ¬ęel Alfa y la Omega, el Primero y el Ultimo, el Principio y el Fin¬Ľ. 194 ¬ęPorque tanto am√≥ Dios al mundo que le dio su Hijo √ļnico, para que todo el que crea en √©l no perezca, sino que tenga vida eterna¬Ľ. 195 ¬ęPero al llegar la plenitud de los tiempos, envi√≥ Dios a su Hijo, nacido de mujer ... para que recibi√©ramos la filiaci√≥n¬Ľ. 196 y esta encarnaci√≥n del Hijo-Verbo tuvo lugar ¬ępor obra del Esp√≠ritu Santo¬Ľ.

Los dos evangelistas, a quienes debemos la narraci√≥n del nacimiento y de la infancia de Jes√ļs de Nazaret, se pronuncian del mismo modo sobre esta cuesti√≥n. Seg√ļn Lucas, en la anunciaci√≥n del nacimiento de Jes√ļs Mar√≠a pregunta: ¬ę¬ŅC√≥mo ser√° esto, puesto que no conozco var√≥n?¬Ľ y recibe esta respuesta: ¬ęEl Esp√≠ritu Santo vendr√° sobre ti, y el poder del Alt√≠simo te cubrir√° con su sombra; por eso el que ha de nacer ser√° santo y ser√° llamado Hijo de Dios¬Ľ. 197

Mateo narra directamente: ¬ęEl nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, Mar√≠a, estaba desposada con Jos√© y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontr√≥ encinta por obra del Esp√≠ritu Santo¬Ľ. 198 Jos√© turbado por esta situaci√≥n, recibe en sue√Īos la siguiente explicaci√≥n: ¬ęNo temas tomar contigo a Mar√≠a tu esposa, porque lo concebido en ella viene del Esp√≠ritu Santo. Dar√° a luz a un hijo a quien pondr√°s por nombre Jes√ļs, porque √©l salvar√° a su pueblo de sus pecados¬Ľ. 199

Por esto, la Iglesia desde el principio profesa el misterio de la encarnaci√≥n, misterio-clave de la fe, refiri√©ndose al Esp√≠ritu Santo. Dice el S√≠mbolo Apost√≥lico: ¬ęque fue concebido por obra y gracia del Esp√≠ritu Santo; naci√≥ de Santa Mar√≠a Virgen¬Ľ. Y no se diferencia del S√≠mbolo nicenoconstantinopolitano cuando afirma: ¬ęY por obra del Esp√≠ritu Santo se encarn√≥ de Mar√≠a la Virgen, y se hizo hombre¬Ľ.

¬ęPor obra del Esp√≠ritu Santo¬Ľ se hizo hombre aqu√©l que la Iglesia, con las palabras del mismo S√≠mbolo, confiesa que es el Hijo consubstancial al Padre: ¬ęDios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado¬Ľ. Se hizo hombre ¬ęencarn√°ndose en el seno de la Virgen Mar√≠a¬Ľ. Esto es lo que se realiz√≥ ¬ęal llegar la plenitud de los tiempos¬Ľ.

50. El gran Jubileo, que concluir√° el segundo milenio al que la Iglesia ya se prepara, tiene directamente una dimensi√≥n cristol√≥gica; en efecto, se trata de celebrar el nacimiento de Jesucristo. Al mismo tiempo, tiene una dimensi√≥n pneumatol√≥gica, ya que el misterio de la Encarnaci√≥n se realiz√≥ ¬ępor obra del Esp√≠ritu Santo¬Ľ. Lo ¬ęrealiz√≥ aquel Esp√≠ritu que --consubstancial al Padre y al Hijo-- es, en el misterio absoluto de Dios uno y trino, la Persona-amor, el don increado, fuente eterna de toda d√°diva que proviene de Dios en el orden de la creaci√≥n, el principio directo y, en cierto modo, el sujeto de la autocomunicaci√≥n de Dios en el orden de la gracia. El misterio de la Encarnaci√≥n de Dios constituye el culmen de esta d√°diva y de esta autocomunicaci√≥n divina.

En efecto, la concepci√≥n y el nacimiento de Jesucristo son la obra m√°s grande realizada por el Esp√≠ritu Santo en la historia de la creaci√≥n y de la salvaci√≥n: la suprema gracia --¬ęla gracia de la uni√≥n¬Ľ--fuente de todas las dem√°s gracias, como explica Santo Tom√°s. 200 A esta obra se refiere el gran Jubileo y se refiere tambi√©n --si penetramos en su profundidad-- al art√≠fice de esta obra: la persona del Esp√≠ritu Santo.

A ¬ęla plenitud de los tiempos¬Ľ corresponde, en efecto, una especial plenitud de la comunicaci√≥n de Dios uno y trino en el Esp√≠ritu Santo. ¬ęPor obra del Esp√≠ritu Santo¬Ľ se realiza el misterio de la ¬ęuni√≥n hipost√°tica¬Ľ, esto es, la uni√≥n de la naturaleza divina con la naturaleza humana, de la divinidad con la humanidad en la √ļnica Persona del Verbo-Hijo. Cuando Mar√≠a en el momento de la anunciaci√≥n pronuncia su ¬ęfiat¬Ľ: ¬ęH√°gase en m√≠ seg√ļn tu palabra¬Ľ, 201 concibe de modo virginal un hombre, el Hijo del hombre, que es el Hijo de Dios. Mediante este ¬ęhumanarse¬Ľ del Verbo-Hijo, la autocomunicaci√≥n de Dios alcanza su plenitud definitiva en la historia de la creaci√≥n y de la salvaci√≥n. Esta plenitud adquiere una especial densidad y elocuencia expresiva en el texto del evangelio de San Juan. ¬ęLa Palabra se hizo carne¬Ľ. 202 La Encarnaci√≥n de Dios-Hijo significa asumir la unidad con Dios no s√≥lo de la naturaleza humana sino asumir tambi√©n en ella, en cierto modo, todo lo que es ¬ęcarne¬Ľ toda la humanidad, todo el mundo visible y material. La Encarnaci√≥n, por tanto, tiene tambi√©n su significado c√≥smico y su dimensi√≥n c√≥smica. El ¬ęPrimog√©nito de toda la creaci√≥n¬Ľ, 203 al encarnarse en la humanidad individual de Cristo, se une en cierto modo a toda la realidad del hombre, el cual es tambi√©n ¬ęcarne¬Ľ, 204 y en ella a toda ¬ęcarne¬Ľ y a toda la creaci√≥n.

51. Todo esto se realiza por obra del Esp√≠ritu Santo y, por consiguiente, pertenece al contenido del gran Jubileo futuro. La Iglesia no puede prepararse a ello de otro modo, sino es por el Esp√≠ritu Santo. Lo que en ¬ęla plenitud de los tiempos¬Ľ se realiz√≥ por obra del Esp√≠ritu Santo, solamente por obra suya puede ahora surgir de la memoria de la Iglesia. Por obra suya puede hacerse presente en la nueva fase de la historia del hombre sobre la tierra: el a√Īo dos mil del nacimiento de Cristo.

El Esp√≠ritu Santo, que cubri√≥ con su sombra el cuerpo virginal de Mar√≠a, dando comienzo en ella a la maternidad divina, al mismo tiempo hizo que su coraz√≥n fuera perfectamente obediente a aquella autocomunicaci√≥n de Dios que superaba todo concepto y toda facultad humana. ¬ę¬°Feliz la que ha cre√≠do!¬Ľ; 205 as√≠ es saludada Mar√≠a por su parienta Isabel, que tambi√©n estaba ¬ęllena de Esp√≠ritu Santo¬Ľ, 206 En las palabras de saludo a la que ¬ęha cre√≠do¬Ľ, parece vislumbrarse un lejano (pero en realidad muy cercano) contraste con todos aquellos de los que Cristo dir√° que ¬ęno creyeron¬Ľ, 207 Mar√≠a entr√≥ en la historia de la salvaci√≥n del mundo mediante la obediencia de la fe. Y la fe, en su esencia m√°s profunda, es la apertura del coraz√≥n humano ante el don: ante la autocomunicaci√≥n de Dios por el Esp√≠ritu Santo. Escribe San Pablo: ¬ęEl Se√Īor es el Esp√≠ritu, y donde est√° el Esp√≠ritu del Se√Īor, all√≠ est√° la libertad¬Ľ. 208 Cuando Dios Uno y Trino se abre al hombre por el Esp√≠ritu Santo, esta ¬ęapertura¬Ľ suya revela y, a la vez, da a la creatura-hombre la plenitud de la libertad. Esta plenitud, de modo sublime, se ha manifestado precisamente mediante la fe de Mar√≠a, mediante ¬ęla obediencia a la fe¬Ľ. 209 S√≠, ¬ę¬°feliz la que ha cre√≠do!¬Ľ.

2. Motivo del Jubileo: se ha manifestado la gracia

52. La obra del Esp√≠ritu ¬ęque da la vida¬Ľ alcanza su culmen en el misterio de la Encarnaci√≥n. No es posible dar la vida, que est√° en Dios de modo pleno, sino es haciendo de ella la vida de un Hombre, como lo es Cristo en su humanidad personalizada por el Verbo en la uni√≥n hipost√°tica. Y. al mismo tiempo, con el misterio de la Encarnaci√≥n se abre de un modo nuevo la fuente de esta vida divina en la historia de la humanidad: el Esp√≠ritu Santo. EL Verbo, ¬ęPrimog√©nito de toda la creaci√≥n¬Ľ, se convierte en ¬ęel primog√©nito entre muchos hermanos¬Ľ 210 y as√≠ llega a ser tambi√©n la cabeza del cuerpo que es la Iglesia, que nacer√° en la Cruz y se manifestar√° el d√≠a de Pentecost√©s; y es en la Iglesia la cabeza de la humanidad: de los hombres de toda naci√≥n, raza, regi√≥n y cultura, lengua y continente, que han sido llamados a la salvaci√≥n. ¬ęLa Palabra se hizo carne; (aquella Palabra en la que) estaba la vida, y la vida era la Luz de los hombres ... A todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios¬Ľ. 211 Pero todo esto se realiz√≥ y sigue realiz√°ndose incesantemente ¬ępor obra del Esp√≠ritu Santo¬Ľ.

¬ęHijos de Dios¬Ľ son, en efecto, como ense√Īa el Ap√≥stol, ¬ęlos que son guiados por el Esp√≠ritu de Dios¬Ľ. 212 La filiaci√≥n de la adopci√≥n divina nace en los hombres sobre la base del misterio de la Encarnaci√≥n, o sea, gracias a Cristo, el eterno Hijo. Pero el nacimiento, o el nacer de nuevo, tiene lugar cuando Dios Padre ¬ęha enviado a nuestros corazones el Esp√≠ritu de su Hijo¬Ľ. 213 Entonces, realmente ¬ęrecibimos un Esp√≠ritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¬ę¬°Abb√°, Padre!¬Ľ. 214 Por tanto, aquella filiaci√≥n divina, insertada en el alma humana con la gracia santificante, es obra del Esp√≠ritu Santo. ¬ęEl Esp√≠ritu mismo se une a nuestro esp√≠ritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y si hijos, tambi√©n herederos; herederos de Dios, coherederos de Cristo¬Ľ. 215 La gracia santificante es en el hombre el principio y la fuente de la nueva vida: vida divina y sobrenatural.

El don de esta nueva vida es como una respuesta definitiva de Dios a las palabras del Salmista en las que, en cierto modo, resuena la voz de todas las criaturas: ¬ęEnv√≠as tu soplo y son creadas, y renuevas la faz de la tierra¬Ľ. 216 Aqu√©l que en el misterio de la creaci√≥n da al hombre y al cosmos la vida en sus m√ļltiples formas visibles e invisibles, la renueva mediante el misterio de la Encarnaci√≥n. De esta manera, la creaci√≥n es completada con la Encarnaci√≥n e impregnada desde entonces por las fuerzas de la redenci√≥n que abarcan la humanidad y todo lo creado. Nos lo dice San Pablo, cuya visi√≥n c√≥smico-teol√≥gica parece evocar la voz del antiguo Salmo: ¬ęla ansiosa espera de la creaci√≥n desea vivamente la revelaci√≥n de los hijos de Dios¬Ľ, 217 esto es, de aquellos que Dios, habi√©ndoles ¬ęconocido desde siempre¬Ľ, ¬ęlos predestin√≥ a reproducir ¬ęla imagen de su Hijo¬Ľ. 218 Se da as√≠ una ¬ęadopci√≥n sobrenatural¬Ľ de los hombres, de la que es origen el Esp√≠ritu Santo, amor y don. Como tal es dado a los hombres. Y en la sobreabundancia del don increado, por medio del cual los hombres ¬ęse hacen part√≠cipes de la naturaleza divina¬Ľ. 219 As√≠ la vida humana es penetrada por la participaci√≥n de la vida divina y recibe tambi√©n una dimensi√≥n divina y sobrenatural. Se tiene as√≠ la nueva vida en la que, como part√≠cipes del misterio de la Encarnaci√≥n, ¬ęcon el Esp√≠ritu Santo pueden los hombres llegar hasta el Padre¬Ľ. 220 Hay, por tanto, una √≠ntima dependencia causal entre el Esp√≠ritu que da la vida, la gracia santificante y aquella m√ļltiple vitalidad sobrenatural que surge en el hombre: entre el Esp√≠ritu increado y el esp√≠ritu humano creado.

53. Puede decirse que todo esto se enmarca en el √°mbito del gran Jubileo mencionado antes. En efecto, es necesario ir mas all√° de la dimensi√≥n hist√≥rica del hecho, considerado exteriormente. Es necesario insertar, en el mismo contenido cristol√≥gico del hecho, la dimensi√≥n pneumatol√≥gica, abarcando con la mirada de la fe los dos milenios de la acci√≥n del Esp√≠ritu de la verdad, el cual, a trav√©s de los siglos, ha recibido del tesoro de la Redenci√≥n de Cristo, dando a los hombres la nueva vida, realizando en ellos la adopci√≥n en el Hijo unig√©nito, santific√°ndolos, de tal modo que puedan repetir con San Pablo: ¬ęhemos recibido el Esp√≠ritu que viene de Dios¬Ľ. 221 Pero siguiendo el tema del Jubileo, no es posible limitarse a los dos mil a√Īos transcurridos desde el nacimiento de Cristo. Hay que mirar atr√°s, comprender toda la acci√≥n del Esp√≠ritu Santo a√ļn antes de Cristo: desde el principio, en todo el mundo y, especialmente, en la econom√≠a de la Antigua Alianza. En efecto, esta acci√≥n en todo lugar y tiempo, m√°s a√ļn, en cada hombre, se ha desarrollado seg√ļn el plan eterno de salvaci√≥n, por el cual est√° √≠ntimamente unida al misterio de la Encarnaci√≥n y de la Redenci√≥n, que a su vez ejerci√≥ su influjo en los creyentes en Cristo que hab√≠a de venir. Esto lo atestigua de modo particular la Carta a los Efesios. 222 por tanto, la gracia lleva consigo una caracter√≠stica cristol√≥gica y a la vez pneumatol√≥gica que se verifica sobre todo en quienes expl√≠citamente se adhieren a Cristo: ¬ęEn √©l (en Cristo) ... fuisteis sellados con el Esp√≠ritu Santo de la Promesa, que es prenda de nuestra herencia para redenci√≥n del Pueblo de su posesi√≥n¬Ľ. 223

Pero siempre en la perspectiva del gran Jubileo, debemos mirar m√°s abiertamente y caminar ¬ęhacia el mar abierto¬Ľ, conscientes de que ¬ęel viento sopla donde quiere¬Ľ, seg√ļn la imagen empleada por Jes√ļs en el coloquio con Nicodemo. 224 El Concilio Vaticano II, centrado sobre todo en el tema de la Iglesia, nos recuerda la acci√≥n del Esp√≠ritu Santo incluso ¬ęfuera¬Ľ del cuerpo visible de la Iglesia. Nos habla justamente de ¬ętodos los hombres de buena voluntad, en cuyo coraz√≥n obra la gracia de modo visible. Cristo muri√≥ por todos, y la vocaci√≥n suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina. En consecuencia, debemos creer que el Esp√≠ritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de s√≥lo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual¬Ľ. 225

54. ¬ęDios es esp√≠ritu, y los que adoran deben adorar en esp√≠ritu y verdad¬Ľ. 226 Estas palabras las pronunci√≥ Jes√ļs en otro de sus coloquios: aqu√©l con la Samaritana. El gran Jubileo, que se celebrar√° al final de este milenio y al comienzo del que viene, ha de constituir una fuerte llamada dirigida a todos los que ¬ęadoran a Dios en esp√≠ritu y verdad¬Ľ. Ha de ser para todos una ocasi√≥n especial para meditar el misterio de Dios uno y trino, que en s√≠ mismo es completamente trascendente respecto al mundo, especialmente el mundo visible. En efecto, es Esp√≠ritu absoluto: ¬ęDios es esp√≠ritu¬Ľ; 227 y a la vez, y de manera admirable no s√≥lo est√° cercano a este mundo, sino que est√° presente en √©l y, en cierto modo, inmanente, lo penetra y vivifica desde dentro. Esto sirve especialmente para el hombre: Dios est√° en lo √≠ntimo de su ser como pensamiento, conciencia, coraz√≥n; es realidad psicol√≥gica y ontol√≥gica ante la cual San Agust√≠n dec√≠a: ¬ęes m√°s √≠ntimo de mi intimidad¬Ľ. 228 Estas palabras nos ayudan a entender mejor las que Jes√ļs dirigi√≥ a la Samaritana: ¬ęDios es esp√≠ritu¬Ľ. Solamente el Esp√≠ritu puede ser ¬ęm√°s √≠ntimo de mi intimidad¬Ľ tanto en el ser como en la experiencia espiritual; solamente el Esp√≠ritu puede ser tan inmanente al hombre y al mundo, al permanecer inviolable e inmutable en su absoluta trascendencia

Pero la presencia divina en el mundo y en el hombre se ha manifestado de modo nuevo y de forma visible en Jesucristo. Verdaderamente en √©l ¬ęse ha manifestado la gracia¬Ľ. 229 El amor de Dios Padre, don, gracia infinita, principio de vida, se ha hecho visible en Cristo, y en su humanidad se ha hecho ¬ęparte¬Ľ del universo, del g√©nero humano y de la historia. La ¬ęmanifestaci√≥n de la gracia en la historia del hombre, mediante Jesucristo, se ha realizado por obra del Esp√≠ritu Santo, que es el principio de toda acci√≥n salv√≠fica de Dios en el mundo: es el ¬ęDios oculto¬Ľ 230 que como amor y don ¬ęllena la tierra¬Ľ. 231 Toda la vida de la Iglesia, como se manifestar√° en el gran Jubileo, significa ir al encuentro de Dios oculto, al encuentro del Esp√≠ritu que da la vida.

3. El Espíritu Santo en el drama interno del hombre: La carne tiene apetencias contrarias al espíritu y el espíritu contrarias a la carne

55. Por desgracia, a trav√©s de la historia de la salvaci√≥n resulta que la cercan√≠a y presencia de Dios en el hombre y en el mundo, aquella admirable condescendencia del Esp√≠ritu, encuentra resistencia y oposici√≥n en nuestra realidad humana. Desde este punto de vista son muy elocuentes las palabras prof√©ticas del anciano Sime√≥n que ¬ęmovido por el Esp√≠ritu, vino al Templo de Jerusal√©n para anunciar ante el reci√©n nacido de Bel√©n que √©ste ¬ęest√° puesto para ca√≠da y elevaci√≥n de muchos en Israel, y para ser se√Īal de contradicci√≥n¬Ľ. 232 La oposici√≥n a Dios, que es Esp√≠ritu invisible, nace ya en cierto modo en el terreno de la diversidad radical del mundo respecto a √©l, esto es, de su ¬ęvisibilidad¬Ľ y ¬ęmaterialidad¬Ľ con relaci√≥n a √©l, Esp√≠ritu ¬ęinvisible¬Ľ y ¬ęabsoluto¬Ľ; nace de su esencial e inevitable imperfecci√≥n respecto a √©l, ser perfect√≠simo. Pero la oposici√≥n se convierte en drama y rebeli√≥n en el terreno √©tico, por aquel pecado que toma posesi√≥n del coraz√≥n humano, en el que ¬ęla carne tiene apetencias contrarias al esp√≠ritu, y el esp√≠ritu contrarias a la carne¬Ľ. 233 Como ya hemos dicho, el Esp√≠ritu debe ¬ęconvencer al mundo¬Ľ en lo referente a este pecado.

San Pablo es quien de manera particular mente elocuente describe la tensi√≥n y la lucha que turba el coraz√≥n humano. Leemos en la Carta a los G√°latas: ¬ęPor mi parte os digo: Si viv√≠s seg√ļn el Esp√≠ritu, no dar√©is satisfacci√≥n a las apetencias de la carne. Pues la carne tiene apetencias contrarias al esp√≠ritu, y el esp√≠ritu contrarias a la carne, como son entre si antag√≥nicos, de forma que no hac√©is lo que quisierais¬Ľ. 234 Ya en el hombre en cuanto ser compuesto, espiritual y corporal, existe una cierta tensi√≥n, tiene lugar una cierta lucha entre el ¬ęesp√≠ritu¬Ľ y la ¬ęcarne¬Ľ. Pero esta lucha pertenece de hecho a la herencia del pecado, del que es una consecuencia y, a la: vez, una confirmaci√≥n. Forma parte de la experiencia cotidiana. Como escribe el Ap√≥stol: ¬ęAhora bien, las obras de la carne son conocidas: fornicaci√≥n, impureza, libertinaje ... embriaguez, org√≠as y cosas semejantes¬Ľ. Son los pecados que se podr√≠an llamar ¬ęcarnales¬Ľ. Pero el Ap√≥stol a√Īade tambi√©n otros: ¬ęodios, discordias, celos, iras, rencillas, divisiones, envidias¬Ľ. 235 Todo esto son ¬ęlas obras de la carne¬Ľ.

Pero a estas obras, que son indudablemente malas, Pablo contrapone ¬ęel fruto del Esp√≠ritu¬Ľ: ¬ęamor, alegr√≠a, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de s√≠¬Ľ. 236 Por el contexto parece claro que para el Ap√≥stol no se trata de discriminar o condenar el cuerpo, que con el alma espiritual constituye la naturaleza del hombre y su subjetividad personal; sino que trata de las obras, --mejor dicho, de las disposiciones estables-- virtudes y vicios, moralmente buenas o malas, que son fruto de sumisi√≥n (en el primer caso) o bien de resistencia (en el segundo) a la acci√≥n salv√≠fica del Esp√≠ritu Santo. Por ello, el Ap√≥stol escribe: ¬ęSi vivimos seg√ļn el Esp√≠ritu, obremos tambi√©n seg√ļn el Esp√≠ritu¬Ľ. 237 Y en otros pasajes dice: ¬ęLos que viven seg√ļn la carne, desean lo carnal; m√°s los que viven seg√ļn el Esp√≠ritu, lo espiritual¬Ľ; ¬ęmas nosotros no estamos en la carne, sino en el Esp√≠ritu, ya que el Esp√≠ritu de Dios habita en nosotros¬Ľ. 238 La contraposici√≥n que San Pablo establece entre la vida ¬ęseg√ļn el esp√≠ritu¬Ľ y la vida ¬ęseg√ļn la carne¬Ľ, genera una contraposici√≥n ulterior: la de la ¬ęvida¬Ľ y la ¬ęmuerte¬Ľ. ¬ęLas tendencias de la carne son muerte; mas las del esp√≠ritu, vida y paz¬Ľ; de aqu√≠ su exhortaci√≥n: ¬ęSi vivis seg√ļn la carne, morir√©is. Pero si con el Esp√≠ritu hac√©is morir las obras del cuerpo, vivir√©is¬Ľ. 239

Por lo cual √©sta es una exhortaci√≥n a vivir en la verdad, esto es, seg√ļn los imperativos de la recta conciencia y, al mismo tiempo, es una profesi√≥n de fe en el Esp√≠ritu de la verdad, que da la vida. En efecto, ¬ęAunque el cuerpo haya muerto ya a causa del pecado, el esp√≠ritu es vida a causa de la justicia¬Ľ; ¬ęAs√≠ que ... no somos deudores de la carne para vivir seg√ļn la carne¬Ľ; 240 somos mas bien, deudores de Cristo, que en el misterio pascual ha realizado nuestra justificaci√≥n consigui√©ndonos el Esp√≠ritu Santo: ¬ę¬°Hemos sido bien comprados!¬Ľ. 241

En los textos de San Pablo se superponen --y se compenetran rec√≠procamente-- la dimensi√≥n ontol√≥gica (la carne y el esp√≠ritu), la √©tica (el bien y el mal) y la pneumatol√≥gica (la acci√≥n del Esp√≠ritu Santo en el orden de la gracia). Sus palabras (especialmente en las Cartas a los Romanos y a los G√°latas) nos permiten conocer y sentir vivamente la fuerza de aquella tensi√≥n y lucha que tiene lugar en el hombre entre la apertura a la acci√≥n del Esp√≠ritu Santo, y la resistencia y oposici√≥n a √©l, a su don salv√≠fico. Los t√©rminos o polos contrapuestos son, por parte del hombre, su limitaci√≥n y pecaminosidad, puntos neur√°lgicos de su realidad psicol√≥gica y √©tica; y, por parte de Dios, el misterio del don, aquella incesante donaci√≥n de la vida divina por el Esp√≠ritu Santo. ¬ŅDe quien ser√° la victoria? De quien haya sabido acoger el don.

56. Por desgracia, la resistencia al Esp√≠ritu Santo, que San Pablo subraya en la dimensi√≥n interior y subjetiva como tensi√≥n, lucha y rebeli√≥n que tiene lugar en el coraz√≥n humano, encuentra en las diversas √©pocas hist√≥ricas y, especialmente, en la √©poca moderna su dimensi√≥n externa, concentr√°ndose como contenido de la cultura y de la civilizaci√≥n, como sistema filos√≥fico, como ideolog√≠a, como programa de acci√≥n y formaci√≥n de los comportamientos humanos. Encuentra su m√°xima expresi√≥n en el materialismo, ya sea en su forma te√≥rica --como sistema de pensamiento--ya sea en su forma pr√°ctica --como m√©todo de lectura y de valoraci√≥n de los hechos-- y adem√°s como programa de conducta correspondiente. El sistema que ha dado el m√°ximo desarrollo y ha llevado a sus extremas consecuencias pr√°cticas esta forma de pensamiento, de ideolog√≠a y de praxis, es el materialismo dial√©ctico e hist√≥rico, reconocido hoy como n√ļcleo vital del marxismo.

Por principio y de hecho el materialismo excluye radicalmente la presencia y la acci√≥n de Dios, que es Esp√≠ritu, en el mundo y, sobre todo, en el hombre por la raz√≥n fundamental de que no acepta su existencia, al ser un sistema esencial y program√°ticamente ateo. Es el fen√≥meno impresionante de nuestro tiempo al que el Concilio Vaticano II ha dedicado algunas p√°ginas significativas: el ate√≠smo. 242 Aunque no se puede hablar del ate√≠smo de modo un√≠voco, ni se le puede reducir exclusivamente a la filosof√≠a materialista dado que existen varias especies de ate√≠smo y quiz√°s puede decirse que a menudo se usa esta palabra de modo equ√≠voco sin embargo es cierto que un materialismo verdadero y propio entendido como teor√≠a explica la realidad y tomado como principio clave de la acci√≥n personal y social, tiene car√°cter ateo. El horizonte de los valores y de los fines de la praxis, que √©l delimita, est√° √≠ntimamente unido a la interpretaci√≥n de toda la realidad como ¬ęmateria¬Ľ. Si a veces habla tambi√©n del ¬ęesp√≠ritu¬Ľ y de las ¬ęcuestiones del esp√≠ritu¬Ľ, por ejemplo en el campo de la cultura o de la moral, lo hace solamente porque considera algunos hechos como derivados (epifen√≥menos) de la materia, la cual seg√ļn este sistema es la forma √ļnica y exclusiva del ser. De aqu√≠ se sigue que, seg√ļn esta interpretaci√≥n, la religi√≥n puede ser entendida solamente como una especie de ¬ęilusi√≥n idealista¬Ľ que ha de ser combatida con los modos y m√©todos m√°s oportunos seg√ļn los lugares y circunstancias hist√≥ricas, para eliminarlas de la sociedad y del coraz√≥n mismo del hombre.

Se puede decir, por tanto, que el materialismo es el desarrollo sistem√°tico y coherente de aquella ¬ęresistencia¬Ľ y oposici√≥n denunciados por San Pablo con estas palabras: ¬ęLa carne tiene apetencias contrarias al esp√≠ritu¬Ľ. Este conflicto es, sin embargo, rec√≠proco como lo pone de relieve el Ap√≥stol en la segunda parte de su m√°xima: ¬ęEl esp√≠ritu tiene apetencias contrarias a la carne¬Ľ. El que quiere vivir seg√ļn el Esp√≠ritu, aceptando y correspondiendo a su acci√≥n salv√≠fica, no puede dejar de rechazar las tendencias y pretenciones internas y externas de la ¬ęcarne¬Ľ, incluso en su expresi√≥n ideol√≥gica e hist√≥rica de ¬ęmaterialismo¬Ľ antirreligioso. En esta perspectiva tan caracter√≠stica de nuestro tiempo se deben subrayar las ¬ęapetencias del esp√≠ritu¬Ľ en los preparativos del gran Jubileo, como llamadas que resuenan en la noche de un nuevo tiempo de adviento, donde al final, como hace dos mil a√Īos, ¬ętodos ver√°n la salvaci√≥n de Dios¬Ľ. 243 Esta es una posibilidad y una esperanza que la Iglesia conf√≠a a los hombres de hoy. Ella sabe que el encuentro-choque entre las ¬ęapetencias contrarias al esp√≠ritu¬Ľ que caracterizan tantos aspectos de la civilizaci√≥n contempor√°nea, especialmente en algunos de sus √°mbitos y las ¬ęapetencias contrarias a la carne¬Ľ, con el acercamiento de Dios, con su encarnaci√≥n, con su comunicaci√≥n siempre nueva del Esp√≠ritu Santo, puede representar en muchos casos un car√°cter dram√°tico y terminar en nuevas derrotas humanas. Pero ella cree firmemente que, por parte de Dios, existe siempre una comunicaci√≥n salv√≠fica, una venida salv√≠fica y, si acaso, un salv√≠fico ¬ęconvencer en lo referente al pecado¬Ľ por obra del Esp√≠ritu.

57. En la contraposici√≥n paulina entre el ¬ęesp√≠ritu¬Ľ y la ¬ęcarne¬Ľ est√° incluida tambi√©n la contraposici√≥n entre la ¬ęvida¬Ľ y la ¬ęmuerte¬Ľ. Este es un grave problema sobre el que se debe decir ahora que el materialismo, como sistema de pensamiento en cualquiera de sus versiones, significa la aceptaci√≥n de la muerte como final definitivo de la existencia humana. Todo lo que es material es corruptible y, por tanto, el cuerpo humano (en cuanto ¬ęanimal¬Ľ) es mortal. Si el hombre en su esencia es s√≥lo ¬ęcarne¬Ľ, la muerte es para √©l una frontera y un t√©rmino insalvable. Entonces se entiende el que pueda decirse que la vida humana es exclusivamente un ¬ęexistir para morir¬Ľ.

Es necesario a√Īadir que en el horizonte de la civilizaci√≥n contempor√°nea --especialmente la m√°s avanzada en sentido t√©cnico-cient√≠fico-- los signos y se√Īales de muerte han llegado a ser particularmente presentes y frecuentes. Baste pensar en la carrera armamentista y en el peligro, a que la misma conlleva, de una autodestrucci√≥n nuclear. Por otra parte, se hace cada vez m√°s patente a todos la grave situaci√≥n de extensas regiones del planeta, marcadas por la indigencia y el hambre que llevan a la muerte. Se trata de problemas que no son s√≥lo econ√≥micos, sino tambi√©n y ante todo √©ticos. Pero en el horizonte de nuestra √©poca se vislumbran ¬ęsignos de muerte¬Ľ a√ļn m√°s sombr√≠os; se ha difundido el uso --que en algunos lugares corre el riesgo de convertirse en instituci√≥n-- de quitar la vida a los seres humanos a√ļn antes de su nacimiento, o tambi√©n antes de que lleguen a la meta natural de la muerte. Y m√°s a√ļn, a pesar de tan nobles esfuerzos en favor de la paz, se han desencadenado y se dan todav√≠a nuevas guerras que privan de la vida o de la salud a centenares de miles de hombres. Y ¬Ņc√≥mo no recordar los atentados a la vida humana por parte del terrorismo, organizado incluso a escala internacional?

Por desgracia, esto es solamente un esbozo parcial e incompleto del cuadro de muerte que se est√° perfilando en nuestra √©poca, mientras nos acercamos cada vez m√°s al final del segundo milenio cristiano. Desde el sombr√≠o panorama de la civilizaci√≥n materialista y, en particular, desde aquellos signos de muerte que se multiplican en el marco sociol√≥gico-hist√≥rico en que se mueve ¬Ņno surge acaso una nueva invocaci√≥n, m√°s o menos consciente, al Esp√≠ritu que da la vida? En cualquier caso, incluso independientemente del grado de esperanza o de desesperaci√≥n humana, as√≠ como de las ilusiones o de los desenga√Īos que se derivan del desarrollo de los sistemas materialistas de pensamiento y de vida, queda la certeza cristiana de que el viento sopla donde quiere, de que nosotros poseemos ¬ęlas primicias del Esp√≠ritu¬Ľ y que, por tanto, podemos estar tambi√©n sujetos a los sufrimientos del tiempo que pasa, pero ¬ęgemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo¬Ľ, 244 esto es, de nuestro ser humano, corporal y espiritual. Gemimos, s√≠, pero en una espera llena de indefectible esperanza, porque precisamente a este ser humano se ha acercado Dios, que es Esp√≠ritu. ¬ęDios, habiendo enviado a su propio Hijo en una carne semejante a la del pecado, y en orden al pecado, conden√≥ el pecado en la carne¬Ľ. 245 En el culmen del misterio pascual, el Hijo de Dios, hecho hombre y crucificado por los pecados del mundo, se present√≥ en medio de sus disc√≠pulos despu√©s de la resurrecci√≥n, sopl√≥ sobre ellos y dijo: ¬ęRecibid el Esp√≠ritu Santo¬Ľ. Este ¬ęsoplo¬Ľ permanece para siempre. He aqu√≠ que ¬ęel Esp√≠ritu viene en ayuda de nuestra flaqueza¬Ľ. 246

4. El Esp√≠ritu Santo fortalece el ¬ęhombre interior¬Ľ

58. El misterio de la Resurrecci√≥n y de Pentecost√©s es anunciado y vivido por la Iglesia, que es la heredera y continuadora del testimonio de los Ap√≥stoles sobre la resurrecci√≥n de Jesucristo. Es el testigo perenne de la victoria sobre la muerte, que revel√≥ la fuerza del Esp√≠ritu Santo y determin√≥ su nueva venida, su nueva presencia en los hombres y en el mundo. En efecto, en la resurreci√≥n de Cristo, el Esp√≠ritu Santo Par√°clito se revel√≥ sobre todo como el que da la vida: ¬ęAqu√©l que resucit√≥ a Cristo de entre los muertos dar√° tambi√©n la vida a vuestros cuerpos mortales por su Esp√≠ritu que habita en vosotros¬Ľ. 247 En nombre de la resurrecci√≥n de Cristo la Iglesia anuncia la vida, que se ha manifestado m√°s all√° del l√≠mite de la muerte, la vida que es m√°s fuerte que la muerte. Al mismo tiempo, anuncia al que da la vida: el Esp√≠ritu vivificante; lo anuncia y coopera con √©l en dar la vida. En efecto, ¬ęaunque el cuerpo haya muerto ya a causa del pecado, el esp√≠ritu es vida a causa de la justicia¬Ľ 248 realizada por Cristo crucificado y resucitado. Y en nombre de la resurrecci√≥n de Cristo, la Iglesia sirve a la vida que proviene de Dios mismo, en √≠ntima uni√≥n y humilde servicio al Esp√≠ritu. Precisamente por medio de este servicio el hombre se convierte de modo siempre nuevo en ¬ęel camino de la Iglesia¬Ľ, como dije ya en la Enc√≠clica sobre Cristo Redentor 249 y ahora repito en √©sta sobre el Esp√≠ritu Santo. La Iglesia unida al Esp√≠ritu, es consciente m√°s que nadie de la realidad del hombre interior, de lo que en el hombre hay de m√°s profundo y esencial, porque es espiritual e incorruptible. A este nivel el Esp√≠ritu injerta la ¬ęra√≠z de la inmortalidad¬Ľ, 250 de la que brota la nueva vida, esto es, la vida del hombre en Dios que, como fruto de su comunicaci√≥n salv√≠fica por el Esp√≠ritu Santo, puede desarrollarse y consolidarse solamente bajo su acci√≥n. Por ello, el Ap√≥stol se dirige a Dios en favor de los creyentes, a los que dice: ¬ęDoblo mis rodillas ante el Padre ... para que os conceda que se√°is fortalecidos por la acci√≥n de su Esp√≠ritu en el hombre interior¬Ľ. 251

Bajo el influjo del Esp√≠ritu Santo madura y se refuerza este hombre interior, esto es, ¬ęespiritual¬Ľ. Gracias a la comunicaci√≥n divina el esp√≠ritu humano que ¬ęconoce los secretos del hombre¬Ľ, se encuentra con el Esp√≠ritu que ¬ętodo lo sondea, hasta las profundidades de Dios¬Ľ. 252 Por este Esp√≠ritu, que es el don eterno, Dios uno y trino se abre al hombre, al esp√≠ritu humano. El soplo oculto del Esp√≠ritu divino hace que el esp√≠ritu humano se abra, a su vez, a la acci√≥n de Dios salv√≠fica y santificante. Mediante el don de la gracia que viene del Esp√≠ritu el hombre entra en ¬ęuna nueva vida¬Ľ, es introducido en la realidad sobrenatural de la misma vida divina y llega a ser ¬ęsantuario del Esp√≠ritu Santo¬Ľ, ¬ętemplo vivo de Dios¬Ľ. 253 En efecto, por el Esp√≠ritu Santo, el Padre y el Hijo vienen al hombre y ponen en √©l su morada. 254 En la comuni√≥n de gracia con la Trinidad se dilata el ¬ę√°rea vital¬Ľ del hombre, elevada a nivel sobrenatural por la vida divina. El hombre vive en Dios y de Dios: vive ¬ęseg√ļn el Esp√≠ritu¬Ľ y ¬ędesea lo espiritual¬Ľ.

59. La relaci√≥n √≠ntima con Dios por el Esp√≠ritu Santo hace que el hombre se comprenda, de un modo nuevo, tambi√©n a s√≠ mismo y a su propia humanidad. De esta manera, se realiza plenamente aquella imagen y semejanza de Dios que es el hombre desde el principio. 255 Esta verdad √≠ntima sobre el ser humano ha de ser descubierta constantemente a la luz de Cristo que es el prototipo de la relaci√≥n con Dios y, en √©l, debe ser descubierta tambi√©n la raz√≥n de ¬ęla entrega sincera de s√≠ mismo a los dem√°s¬Ľ, como escribe el Concilio Vaticano II; precisamente en raz√≥n de esta semejanza divina se demuestra que el hombre ¬ęes la √ļnica criatura terrestre a la que Dios ha amado por s√≠ misma¬Ľ, en su dignidad de persona, pero abierta a la integraci√≥n y comuni√≥n social. 256 El conocimiento eficaz y la realizaci√≥n plena de esta verdad del ser se dan solamente por obra del Esp√≠ritu Santo. El hombre llega al conocimiento de esta verdad por Jesucristo y la pone en pr√°ctica en su vida por obra del Esp√≠ritu, que el mismo Jes√ļs nos ha dado.

En este camino, ¬ęcamino de madurez interior¬Ľ que supone el pleno descubrimiento del sentido de la humanidad, Dios se acerca al hombre, penetra cada vez m√°s a fondo en todo el mundo humano. Dios uno y trino, que en s√≠ mismo ¬ęexiste¬Ľ como realidad trascendente de don interpersonal al comunicarse por el Esp√≠ritu Santo como don al hombre, transforma el mundo humano desde dentro, desde el interior de los corazones y de las conciencias. De este modo el mundo, part√≠cipe del don divino, se hace como ense√Īa el Concilio, ¬ęcada vez m√°s humano, cada vez m√°s profundamente humano¬Ľ, 257 mientras madura en √©l, a trav√©s de los corazones y de las conciencias de los hombres, el Reino en el que Dios ser√° definitivamente ¬ętodo en todos¬Ľ: 258 como don y amor. Don y amor: √©ste es el eterno poder de la apertura de Dios uno y trino al hombre y al mundo, por el Esp√≠ritu Santo.

En la perspectiva del a√Īo dos mil desde el nacimiento de Cristo se trata de conseguir que un n√ļmero cada vez mayor de hombres ¬ępuedan encontrar su propia plenitud ... en la entrega sincera de s√≠ mismo a los dem√°s¬Ľ seg√ļn la citada frase del Concilio. Que bajo la acci√≥n del Esp√≠ritu Par√°clito se realice en nuestro mundo el proceso de verdadera maduraci√≥n en la humanidad, en la vida individual y comunitaria por el cual Jes√ļs mismo ¬ęcuando ruega al Padre que "todos sean uno, como nosotros tambi√©n somos uno" (Jn 17, 21-22), sugiere una cierta semejanza entre la uni√≥n de las personas divinas y la uni√≥n de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad¬Ľ. 259 El Concilio reafirma esta verdad sobre el hombre, y la Iglesia ve en ella una indicaci√≥n particularmente fuerte y determinante de sus propias tareas apost√≥licas. En efecto, si el hombre es ¬ęel camino de la Iglesia¬Ľ, este camino pasa a trav√©s de todo el misterio de Cristo, como modelo divino del hombre. Sobre este camino el Esp√≠ritu Santo, reforzando en cada uno de nosotros ¬ęal hombre interior¬Ľ hace que el hombre, cada vez mejor, pueda ¬ęencontrarse en la entrega sincera de s√≠ mismo a los dem√°s¬Ľ. Puede decirse que en estas palabras de la Constituci√≥n pastoral del Concilio se compendia toda la antropolog√≠a cristiana: la teor√≠a y la praxis, fundada en el Evangelio, en la cual el hombre, descubriendo en s√≠ mismo su pertenencia a Cristo, y en a la elevaci√≥n a ¬ęhijo de Dios¬Ľ, comprende mejor tambi√©n su dignidad de hombre, precisamente porque es el sujeto del acercamiento y de la presencia de Dios, sujeto de la condescendencia divina en la que est√° contenida la perspectiva e incluso la ra√≠z misma de la glorificaci√≥n definitiva. Entonces se puede repetir verdaderamente que la ¬ęgloria de Dios es el hombre viviente, pero la vida del hombre es la visi√≥n de Dios¬Ľ: 260 el hombre, viviendo una vida divina, es la gloria de Dios, y el Esp√≠ritu Santo es el dispensador oculto de esta vida y de esta gloria. El --dice Basilio el Grande-- ¬ęsimple en su esencia y variado en sus dones ... se reparte sin sufrir divisi√≥n ... est√° presente en cada hombre capaz de recibirlo, como si s√≥lo √©l existiera y, no obstante, distribuye a todos gracia abundante y completa¬Ľ. 261

60. Cuando, bajo el influjo del Par√°clito, los hombres descubren esta dimensi√≥n divina de su ser y de su vida, ya sea como personas ya sea como comunidad, son capaces de liberarse de los diversos determinismos derivados principalmente de las bases materialistas del pensamiento, de la praxis y de su respectiva metodolog√≠a. En nuestra √©poca estos factores han logrado penetrar hasta lo m√°s √≠ntimo del hombre, en el santuario de la conciencia, donde el Esp√≠ritu Santo infunde constantemente la luz y la fuerza de la vida nueva seg√ļn la libertad de los hijos de Dios. La madurez del hombre en esta vida est√° impedida por los condicionamientos y las presiones que ejercen sobre √©l las estructuras y los mecanismos dominantes en los diversos sectores de la sociedad. Se puede decir que en muchos casos los factores sociales, en vez de favorecer el desarrollo y la expansi√≥n del esp√≠ritu humano, terminan por arrancarlo de la verdad genuina de su ser y de su vida, --sobre la que vela el Esp√≠ritu Santo-- para someterlo as√≠ al ¬ęPr√≠ncipe de este mundo¬Ľ.

El gran Jubileo del a√Īo dos mil contiene, por tanto, un mensaje de liberaci√≥n por obra del Esp√≠ritu, que es el √ļnico que puede ayudar a las personas y a las comunidades a liberarse de los viejos y nuevos determinismos, gui√°ndolos con la ¬ęley del esp√≠ritu que da la vida en Cristo Jes√ļs¬Ľ, 262 descubriendo y realizando la plena dimensi√≥n de la verdadera libertad del hombre. En efecto --como escribe San Pablo-- ¬ędonde est√° el Esp√≠ritu del Se√Īor, all√≠ est√° la libertad¬Ľ. 263 Esta revelaci√≥n de la libertad y, por consiguiente, de la verdadera dignidad del hombre adquiere un significado particular para los cristianos y para la Iglesia en estado de persecuci√≥n --ya sea en los tiempos antiguos, ya sea en la actualidad--, porque los testigos de la verdad divina son entonces una verificaci√≥n viva de la acci√≥n del Esp√≠ritu de la verdad, presente en el coraz√≥n y en la conciencia de los fieles, y a menudo sellan con su martirio la glorificaci√≥n suprema de la dignidad humana.

Tambi√©n en las situaciones normales de la sociedad los cristianos, como testigos de la aut√©ntica dignidad del hombre, por su obediencia al Esp√≠ritu Santo, contribuyen a la m√ļltiple ¬ęrenovaci√≥n de la faz de la tierra¬Ľ, colaborando con sus hermanos a realizar y valorar todo lo que el progreso actual de la civilizaci√≥n, de la cultura, de la ciencia, de la t√©cnica y de los dem√°s sectores del pensamiento y de la actividad humana, tiene de bueno, noble y bello. 264 Esto lo hacen como disc√≠pulos de Cristo, --como escribe el Concilio-- ¬ęconstituido Se√Īor por su resurrecci√≥n ... obra ya por virtud de su Esp√≠ritu en el coraz√≥n del hombre, no s√≥lo despertando el anhelo del siglo futuro, sino alentando, purificando y robusteciendo tambi√©n con ese deseo aquellos generosos prop√≥sitos con los que la familia humana intenta hacer m√°s llevadera su propia vida y someter la tierra a este fin¬Ľ. 265 De esta manera, afirman a√ļn m√°s la grandeza del hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios; grandeza que es iluminada por el misterio de la encarnaci√≥n del Hijo de Dios, el cual, ¬ęen la plenitud de los tiempos¬Ľ, por obra del Esp√≠ritu Santo, ha entrado en la historia y se ha manifestado como verdadero hombre, primog√©nito de toda criatura, ¬ędel cual proceden todas las cosas y para el cual somos¬Ľ. 266

5. La Iglesia sacramento de la unión intima con Dios

61. Acerc√°ndose el final del segundo milenio, que a todos debe recordar y casi hacer presente de nuevo la venida del Verbo en la plenitud de los tiempos, la Iglesia, una vez m√°s, trata de penetrar en la esencia misma de su constituci√≥n divino-humana y de aquella misi√≥n que la hace participar en la misi√≥n mesi√°nica de Cristo, seg√ļn la ense√Īanza y el plan siempre v√°lido del Concilio Vaticano II. Siguiendo esta l√≠nea, podemos remontarnos al Cen√°culo donde Jesucristo revela el Esp√≠ritu Santo como Par√°clito, como Esp√≠ritu de la verdad, y habla de su propia ¬ępartida¬Ľ mediante la Cruz como condici√≥n necesaria de su ¬ęvenida¬Ľ: ¬ęOs conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendr√° a vosotros el Par√°clito; pero si me voy, os lo enviar√©¬Ľ. 267 Hemos visto que este anuncio ha tenido ya su primera realizaci√≥n la tarde del d√≠a de Pascua y luego durante la celebraci√≥n de Pentecost√©s en Jerusal√©n, y que desde entonces se verifica en la historia de la humanidad a trav√©s de la Iglesia.

A la luz de este anuncio adquiere igualmente pleno significado lo que Jes√ļs, durante la √ļltima Cena, dice a prop√≥sito de su nueva ¬ęvenida¬Ľ. En efecto, es signicativo que en el mismo discurso de despedida, anuncie no s√≥lo su ¬ępartida¬Ľ, sino tambi√©n su nueva ¬ęvenida¬Ľ. Dice textualmente: ¬ęNo os dejar√© hu√©rfanos; volver√© a vosotros¬Ľ. 268 Y en el momento de la despedida definitiva, antes de subir al cielo, repetir√° aun m√°s expl√≠citamente: ¬ęHe aqu√≠ que yo estoy con vosotros todos los d√≠as hasta el fin del mundo¬Ľ. 269 Esta nueva ¬ęvenida¬Ľ de Cristo, este continuo venir para estar con los ap√≥stoles y con la Iglesia, este ¬ęyo estoy con vosotros todos los d√≠as hasta el fin del mundo¬Ľ, ciertamente no cambia el hecho de su ¬ępartida¬Ľ; le sigue a √©sa tras la conclusi√≥n de la actividad mesi√°nica de Cristo en la tierra, y tiene lugar en el marco del preanunciado env√≠o del Esp√≠ritu Santo y, por as√≠ decir, se encuadra dentro de su misma misi√≥n. Y sin embargo se cumple por obra del Esp√≠ritu Santo, el cual hace que Cristo, que se ha ido, venga ahora y siempre de un modo nuevo. Esta nueva venida de Cristo por obra del Esp√≠ritu Santo y su constante presencia y acci√≥n en la vida espiritual, se realizan en la realidad sacramental. En ella Cristo, que se ha ido en su humanidad visible, viene, est√° presente y act√ļa en la Iglesia de una manera tan √≠ntima que la constituye como Cuerpo suyo. En cuanto tal, la Iglesia vive, act√ļa y crece ¬ęhasta el fin del mundo¬Ľ. Todo esto acontece por obra del Esp√≠ritu Santo.

62. La expresi√≥n sacramental m√°s completa de la partida de Cristo por medio del misterio de la Cruz y de la Resurrecci√≥n es la Eucarist√≠a. En ella se realiza sacramentalmente cada vez su venida y su presencia salv√≠fica: en el Sacrificio y en la Comuni√≥n. Se realiza por obra del Esp√≠ritu Santo, dentro de su propia misi√≥n. 270 Mediante la Eucarist√≠a el Esp√≠ritu Santo realiza aquel ¬ęfortalecimiento del hombre interior¬Ľ del que habla la Carta a los Efesios. 271 Mediante la Eucarist√≠a, las personas y comunidades, bajo la acci√≥n del Par√°clito consolador, aprenden a descubrir el sentido divino de la vida humana, aludido por el Concilio: el sentido por el que Jesucristo ¬ęrevela plenamente el hombre al hombre¬Ľ, sugiriendo ¬ęuna cierta semejanza entre la uni√≥n de las Personas divinas y la uni√≥n de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad¬Ľ. 272 Esta uni√≥n se expresa y se realiza especialmente mediante la Eucarist√≠a en la que el hombre, participando del sacrificio de Cristo, que tal celebraci√≥n actualiza, aprende tambi√©n a ¬ęencontrarse ... en la entrega sincera de s√≠ mismo¬Ľ 273 en la comuni√≥n con Dios y con los otros hombres, sus hermanos.

Por esto los primeros cristianos, ya desde los d√≠as que siguieron a la venida del Esp√≠ritu Santo, ¬ęacud√≠an asiduamente a la fracci√≥n del pan y a la oraci√≥n¬Ľ, formando as√≠ una comunidad unida en las ense√Īanzas de los ap√≥stoles. 274 De esta manera ¬ęreconoc√≠an¬Ľ que su Se√Īor resucitado y ya ascendido al cielo, ven√≠a nuevamente, en medio de ellos, en la comunidad eucar√≠stica de la Iglesia y por medio de √©sta. Guiada por el Esp√≠ritu Santo, la Iglesia desde el principio se manifest√≥ y se confirm√≥ a s√≠ misma a trav√©s de la Eucarist√≠a. Y as√≠ ha sido siempre en todas las generaciones cristianas hasta nuestros d√≠as, hasta esta vigilia del cumplimiento del segundo milenio cristiano. Ciertamente, debemos constatar, por desgracia, que el milenio ya transcurrido ha sido el de las grandes divisiones entre los cristianos. Por consiguiente, todos los creyentes en Cristo, a ejemplo de los Ap√≥stoles, deber√°n poner todo su empe√Īo en conformar su pensamiento y acci√≥n a la voluntad del Esp√≠ritu Santo, ¬ęprincipio de unidad de la Iglesia¬Ľ, 275 para que todos los bautizados en un solo Esp√≠ritu, para formar un solo cuerpo, se encuentren unidos como hermanos en la celebraci√≥n de la misma Eucarist√≠a

¬ęsacramento de piedad, signo de unidad, v√≠nculo de caridad¬Ľ. 276

63. La presencia eucar√≠stica de Cristo, su sacramental ¬ęestoy con vosotros¬Ľ, permite a la Iglesia descubrir cada vez m√°s profundamente su propio misterio, como atestigua toda la eclesiolog√≠a del Concilio Vaticano II, para el cual ¬ęla Iglesia es en Cristo un sacramento, o sea signo o instrumento de la uni√≥n √≠ntima con Dios y de unidad de todo el g√©nero humano¬Ľ. 277 Como sacramento, la Iglesia se desarrolla desde el misterio pascual de la ¬ępartida¬Ľ de Cristo, viviendo de su ¬ęvenida¬Ľ siempre nueva por obra del Esp√≠ritu Santo, dentro de la misma misi√≥n del Par√°clito-Esp√≠ritu de la verdad. Este es precisamente el misterio esencial de la Iglesia como proclama el Concilio.

Si en virtud de la creaci√≥n Dios es aqu√©l en el que todos ¬ęvivimos, nos movemos y existimos¬Ľ, 278 a su vez la fuerza de la Redenci√≥n perdura y se desarrolla en la historia del hombre y del mundo como en un doble ¬ęritmo¬Ľ, cuya fuente se encuentra en el eterno Padre. Por un lado, es el ritmo de la misi√≥n del Hijo, que ha venido al mundo, naciendo de la Virgen Mar√≠a por obra del Esp√≠ritu Santo; y por el otro, es tambi√©n el ritmo de la misi√≥n del Esp√≠ritu Santo, como ha sido revelado definitivamente por Cristo. Por medio de la ¬ępartida¬Ľ del Hijo, el Esp√≠ritu ha venido y viene constantemente como Par√°clito y Esp√≠ritu de la verdad. Y en el √°mbito de su misi√≥n, casi como en la intimidad de la presencia invisible del Esp√≠ritu, el Hijo, que ¬ęse hab√≠a ido¬Ľ a trav√©s del misterio pascual, ¬ęviene¬Ľ y est√° continuamente presente en el misterio de la Iglesia, ocult√°ndose o manifest√°ndose en su historia y dirigiendo siempre su curso. Todo esto tiene lugar sacramentalmente por obra del Esp√≠ritu Santo, el cual, tomando de las riquezas de la Redenci√≥n de Cristo, da la vida continuamente. La Iglesia, al tomar conciencia cada vez m√°s viva de este misterio, se ve mejor a s√≠ misma sobre todo como sacramento. Esto sucede tambi√©n porque, por voluntad de su Se√Īor, mediante los diversos sacramentos la Iglesia realiza su ministerio salv√≠fico para el hombre. El ministerio sacramental, cada vez que se realiza, lleva consigo el misterio de la ¬ępartida¬Ľ de Cristo mediante la Cruz y la Resurrecci√≥n, por medio de la cual viene el Esp√≠ritu Santo. Viene y act√ļa: ¬ęda la vida¬Ľ. En efecto, los Sacramentos significan la gracia y confieren la gracia; significan la vida y dan la vida. La Iglesia es la dispensadora visible de los signos sagrados, mientras el Esp√≠ritu Santo act√ļa en ellos como dispensador invisible de la vida que significan. Junto con el Esp√≠ritu est√° y act√ļa en ellos Cristo Jes√ļs.

64. Si la Iglesia es el sacramento de la uni√≥n √≠ntima con Dios, lo es en Jesucristo, en quien esta misma uni√≥n se verifica como realidad salv√≠fica. Lo es en Jesucristo, por obra del Esp√≠ritu Santo. La plenitud de la realidad salv√≠fica, que es Cristo en la historia, se difunde de modo sacramental por el poder del Esp√≠ritu Par√°clito. De este modo, el Esp√≠ritu Santo es ¬ęel otro Par√°clito¬Ľ o ¬ęnuevo consolador¬Ľ porque, mediante su acci√≥n, la Buena Nueva toma cuerpo en las conciencias y en los corazones humanos y se difunde en la historia. En todo est√° el Esp√≠ritu Santo que da la vida.

Cuando usamos la palabra ¬ęsacramento¬Ľ referido a la Iglesia, hemos de tener presente que en el texto conciliar la sacramentalidad de la Iglesia aparece distinta de aquella que, en sentido estricto, es propia de los Sacramentos. Leemos al respecto: ¬ęLa Iglesia es ... como un sacramento, o sea signo o instrumento de la uni√≥n √≠ntima con Dios¬Ľ. Pero lo que cuenta y emerge del sentido anal√≥gico, con el que la palabra es empleada en los dos casos, es la relaci√≥n que la Iglesia tiene con el poder del Esp√≠ritu Santo, que √©l solo da la vida; la Iglesia es signo e instrumento de la presencia y de la acci√≥n del Esp√≠ritu vivificante.

El Vaticano II a√Īade que la Iglesia es ¬ęun sacramento de la unidad de todo el g√©nero humano¬Ľ. Se trata evidentemente de la unidad que el g√©nero humano, diferenciado en s√≠ mismo de muchas maneras, tiene de Dios y en Dios. Ella tiene sus ra√≠ces en el misterio de la creaci√≥n y adquiere una nueva dimensi√≥n en el misterio de la Redenci√≥n, en orden a la salvaci√≥n universal. Puesto que Dios ¬ęquiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad¬Ľ, 279 la Redenci√≥n comprende todos los hombres y, en cierto modo, toda la creaci√≥n. En la misma dimensi√≥n universal de la Redenci√≥n act√ļa, en virtud de la ¬ępartida¬Ľ de Cristo, el Esp√≠ritu Santo. Por ello la Iglesia, fundamentada mediante su propio misterio en la econom√≠a trinitaria de la salvaci√≥n, con raz√≥n se ve a s√≠ misma como ¬ęsacramento de la unidad de todo el g√©nero humano¬Ľ. Sabe que lo es por el poder del Esp√≠ritu Santo, de cuyo poder es signo e instrumento en la actuaci√≥n del plan salv√≠fico de Dios.

De este modo, se realiza la ¬ęcondescendencia¬Ľ del infinito Amor trinitario: el acercamiento de Dios, Esp√≠ritu invisible, al mundo visible. Dios uno y trino se comunica al hombre por el Esp√≠ritu Santo desde el principio mediante su ¬ęimagen y semejanza¬Ľ. Bajo la acci√≥n del mismo Esp√≠ritu el hombre y, por medio de √©l, el mundo creado redimido por Cristo, se acercan a su destino definitivo en Dios. De este acercamiento de los dos polos de la creaci√≥n y de la redenci√≥n, Dios y el hombre, la Iglesia se convierte en ¬ęsacramento, o sea signo e instrumento¬Ľ. Ella act√ļa para restablecer y reforzar la unidad en las ra√≠ces mismas del g√©nero humano: en la relaci√≥n de comuni√≥n que el hombre tiene con Dios como su Creador, Se√Īor y Redentor. Es una verdad que, en base a las ense√Īanzas del Concilio, podemos meditar, desarrollar y aplicar en toda la extensi√≥n de su significado en esta fase del paso del segundo al tercer milenio cristiano. Y nos resulta entra√Īable tener conciencia cada vez m√°s viva del hecho de que dentro de la acci√≥n desarrollada por la Iglesia en la historia de la salvaci√≥n --que est√° inscrita en la historia de la humanidad-- est√° presente y operante el Esp√≠ritu Santo, aqu√©l que con el soplo de la vida divina impregna la peregrinaci√≥n terrena del hombre y hace confluir toda la creaci√≥n --toda la historia--hacia su √ļltimo t√©rmino en el oc√©ano infinito de Dios

6. El Esp√≠ritu y la Esposa dicen: ¬ę¬°Ven!¬Ľ

65. El soplo de la vida divina, el Esp√≠ritu Santo, en su manera m√°s simple y com√ļn, se manifiesta y se hace sentir en la oraci√≥n. Es hermoso y saludable pensar que, en cualquier lugar del mundo donde se ora, all√≠ est√° el Esp√≠ritu Santo, soplo vital de la oraci√≥n. Es hermoso y saludable reconocer que si la oraci√≥n est√° difundida en todo el orbe, en el pasado, en el presente y en el futuro, de igual modo est√° extendida la presencia y la acci√≥n del Esp√≠ritu Santo, que ¬ęalienta¬Ľ la oraci√≥n en el coraz√≥n del hombre en toda la inmensa gama de las mas diversas situaciones y de las condiciones, ya favorables, ya adversas a la vida espiritual y religiosa. Muchas veces, bajo la acci√≥n del Esp√≠ritu, la oraci√≥n brota del coraz√≥n del hombre no obstante las prohibiciones y persecuciones, e incluso las proclamaciones oficiales sobre el car√°cter arreligioso o incluso ateo de la vida p√ļblica. La oraci√≥n es siempre la voz de todos aquellos que aparentemente no tienen voz, y en esta voz resuena siempre aquel ¬ępoderoso clamor¬Ľ, que la Carta a los Hebreos atribuye a Cristo. 280 La oraci√≥n es tambi√©n la revelaci√≥n de aquel abismo que es el coraz√≥n del hombre: una profundidad que es de Dios y que s√≥lo Dios puede colmar, precisamente con el Esp√≠ritu Santo. Leemos en San Lucas: ¬ęSi, pues, vosotros, siendo malos, sab√©is dar cosas buenas a vuestros hijos, cu√°nto m√°s el Padre del cielo dar√° el Esp√≠ritu Santo a los que se lo pidan¬Ľ. 281

El Esp√≠ritu Santo es el don, que viene al coraz√≥n del hombre junto con la oraci√≥n. En ella se manifiesta ante todo y sobre todo como el don que ¬ęviene en auxilio de nuestra debilidad¬Ľ. Es el rico pensamiento desarrollado por San Pablo en la Carta a los Romanos cuando escribe: ¬ęNosotros no sabemos c√≥mo pedir para orar como conviene; mas el mismo Esp√≠ritu intercede por nosotros con gemidos inefables¬Ľ. 282 Por consiguiente, el Esp√≠ritu Santo no s√≥lo hace que oremos, sino que nos gu√≠a ¬ęinteriormente¬Ľ en la oraci√≥n, supliendo nuestra insuficiencia y remediando nuestra incapacidad de orar. Est√° presente en nuestra oraci√≥n y le da una dimensi√≥n divina. 283 De esta manera, ¬ęel que escruta los corazones conoce cual es la aspiraci√≥n del Esp√≠ritu y que su intercesi√≥n a favor de los santos es seg√ļn Dios¬Ľ. 284 La oraci√≥n por obra del Esp√≠ritu Santo llega a ser la expresi√≥n cada vez m√°s madura del hombre nuevo, que por medio de ella participa de la vida divina.

Nuestra dif√≠cil √©poca tiene especial necesidad de la oraci√≥n. Si en el transcurso de la historia --ayer como hoy-- muchos hombres y mujeres han dado testimonio de la importancia de la oraci√≥n, consagr√°ndose a la alabanza a Dios y a la vida de oraci√≥n, sobre todo en los Monasterios, con gran beneficio para la Iglesia, en estos a√Īos va aumentando tambi√©n el n√ļmero de personas que, en movimientos o grupos cada vez m√°s extendidos, dan la primac√≠a a la oraci√≥n y en ella buscan la renovaci√≥n de la vida espiritual. Este es un s√≠ntoma significativo y consolador, ya que esta experiencia ha favorecido realmente la renovaci√≥n de la oraci√≥n entre los fieles que han sido ayudados a considerar mejor el Esp√≠ritu Santo, que suscita en los corazones un profundo anhelo de santidad.

En muchos individuos y en muchas comunidades madura la conciencia de que, a pesar del vertiginoso progreso de la civilizaci√≥n t√©cnico-cient√≠fica y no obstante las conquistas reales y las metas alcanzadas, el hombre y la humanidad est√°n amenazados. Frente a este peligro, y habiendo ya experimentado antes la espantosa realidad de la decadencia espiritual del hombre, personas y comunidades enteras --como guiados por un sentido interior de la fe-- buscan la fuerza que sea capaz de levantar al hombre, salvarlo de s√≠ mismo, de su propios errores y desorientaciones, que con frecuencia convierten en nocivas sus propias conquistas. Y de esta manera descubren la oraci√≥n, en la que se manifiesta ¬ęel Esp√≠ritu que viene en ayuda de nuestra flaqueza¬Ľ. De este modo, los tiempos en que vivimos acercan al Esp√≠ritu Santo muchas personas que vuelven a la oraci√≥n. Y conf√≠o en que todas ellas encuentren en la ense√Īanza de esta Enc√≠clica una ayuda para su vida interior y consigan fortalecer, bajo la acci√≥n del Esp√≠ritu, su compromiso de oraci√≥n, de acuerdo con la Iglesia y su Magisterio.

66. En medio de los problemas, de las desilusiones y esperanzas, de las deserciones y retornos de nuestra época, la Iglesia permanece fiel al misterio de su nacimiento. Si es un hecho histórico que la Iglesia salió del Cenáculo el día de Pentecostés, se puede decir en cierto modo que nunca lo ha dejado. Espiritualmente el acontecimiento de Pentecostés no pertenece sólo al pasado: la Iglesia está siempre en el Cenáculo que lleva en su corazón. La Iglesia persevera en la oración, como los Apóstoles junto a María, Madre de Cristo, y junto a aquellos que constituían en Jerusalén el primer germen de la comunidad cristiana y aguardaban , en oración, la venida del Espíritu Santo.

La Iglesia persevera en oraci√≥n con Mar√≠a. Esta uni√≥n de la Iglesia orante con la Madre de Cristo forma parte del misterio de la Iglesia desde el principio: la vemos presente en este misterio como est√° presente en el misterio de su Hijo. Nos lo dice el Concilio: ¬ęLa Virgen Sant√≠sima ... cubierta con la sombra del Esp√≠ritu Santo ... dio a la luz al Hijo, a quien Dios constituy√≥ primog√©nito entre muchos hermanos (cf. Rom 8, 29), esto es, los fieles, a cuya generaci√≥n y educaci√≥n coopera con amor materno¬Ľ; ella, ¬ępor sus gracias y dones singulares, ... unida con la Iglesia ... es tipo de la Iglesia¬Ľ. 285 ¬ęLa Iglesia, contemplando su profunda santidad e imitando su caridad ... se hace tambi√©n madre¬Ľ y ¬ęa imitaci√≥n de la Madre de su Se√Īor, por la virtud del Esp√≠ritu Santo, conserva virginalmente una fe √≠ntegra, una esperanza s√≥lida y una caridad sincera¬Ľ. Ella (la Iglesia) ¬ęes igualmente virgen, que guarda ... la fe prometida al Esposo¬Ľ. 286

De este modo se comprende el profundo sentido del motivo por el que la Iglesia, unida a la Virgen Madre, se dirige incesantemente como Esposa a su divino Esposo, como lo atestiguan las palabras del Apocalipsis que cita el Concilio: ¬ęEl Esp√≠ritu y la Esposa dicen al Se√Īor Jes√ļs: ¬ę¬°Ven!¬Ľ. 287 La oraci√≥n de la Iglesia es esta invocaci√≥n incesante en la que a el Esp√≠ritu mismo intercede por nosotros¬Ľ; en cierta manera √©l mismo la pronuncia con la Iglesia y en la Iglesia. En efecto, el Esp√≠ritu ha sido dado a la Iglesia para que, por su poder, toda la comunidad del pueblo de Dios, a pesar de sus m√ļltiples ramificaciones y diversidades, persevere en la esperanza: aquella esperanza en la que ¬ęhemos sido salvados¬Ľ. 288 Es la esperanza escatol√≥gica, la esperanza del cumplimiento definitivo en Dios, la esperanza del Reino eterno, que se realiza por la participaci√≥n en la vida trinitaria. El Esp√≠ritu Santo, dado a los Ap√≥stoles como Par√°clito, es el custodio y el animador de esta esperanza en el coraz√≥n de la Iglesia.

En la perspectiva del tercer milenio despu√©s de Cristo, mientras ¬ęel Esp√≠ritu y la Esposa dicen al Se√Īor Jes√ļs; "¬°Ven!", esta oraci√≥n suya conlleva, como siempre, una dimensi√≥n escatol√≥gica destinada tambi√©n a dar pleno significado a la celebraci√≥n del gran Jubileo. Es una oraci√≥n encaminada a los destinos salv√≠ficos hacia los cuales el Esp√≠ritu Santo abre los corazones con su acci√≥n a trav√©s de toda la historia del hombre en la tierra. Pero al mismo tiempo, esta oraci√≥n se orienta hacia un momento concreto de la historia, en el que se pone de relieve la ¬ęplenitud de los tiempos¬Ľ, marcada por el a√Īo dos mil. La Iglesia desea prepararse a este Jubileo por medio del Esp√≠ritu Santo, as√≠ como por el Esp√≠ritu Santo fue preparada la Virgen de Nazaret, en la que el Verbo se hizo carne.


1

Jn 7, 37 s.

2

Jn 7, 39.

3

Jn 4, 14; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Cost. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 4.

4

Cf. Jn 3, 5.

5

Cf. León XIII, Ep. Encicl. Divinum illud munus (9 mayo 1897): Acta Leonis, 17 (1898), pp. 125-148; Pío XII, Carta Encicl. Mystici Corporis (29 de junio 1943): AAS 35 (1943), pp. 183-248.

6

Audiencia general del 6 de junio de 1973: Pablo VI. Ense√Īanzas al Pueblo de Dios, XI (1973), 74.

7

Misal Romano; cf. 2 Cor 13, 13.

8

Jn 3, 17.

9

Flp 2, 11.

10

Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 4; Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el Congreso internacional de Pneumatolog√≠a (26 de marzo de 1982): ¬ęL'Osservatore Romano¬Ľ en lengua espa√Īola, 30 de mayo, 1982, p. 2.

11

Cf. Jn 4, 24.

12

Cf. Rom 8,22; G√°l 6,15.

13

Cf. Mt 24, 35

14

Jn 4, 14.

15

Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 17.

16

Allon parakleton: Jn 14, 16.

17

Jn 14, 13. 16 s.

18

Cf. 1 Jn 2, 1.

19

Jn 14, 26.

20

Jn 15, 26 s.

21

Cf. 1 Jn 1, 1-3; 4,14.

22

¬ęLa revelaci√≥n que la Sagrada Escritura contiene y ofrece ha sido puesta por escrito bajo la inspiraci√≥n del Esp√≠ritu Santo¬Ľ, por lo tanto la misma sagrada Escritura ¬ęse ha de leer con el mismo Esp√≠ritu con que fue escrita¬Ľ: Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelaci√≥n, 11. 12.

23

Jn 16, 12 s.

24

Act 1, 1.

25

Jn 16,14.

26

Jn 16, 15.

27

Jn 16, 7s.

28

Jn 15, 26.

29

Jn 14, 16.

30

Jn 14, 26.

31

Jn 15, 26

32

Jn 14, 16.

33

] Jn 16, 7.

34

Cf. Jn 3, 16 s., 34; 6, 57; 17, 3. 18. 23.

35

Mt 28, 19.

36

Cf. 1 Jn 4, 8. 16.

37

1 Cor 2, 10.

38

Cf. S. Tom√°s De Aquino, Summa Theol. Ia, qq. 37-38.

39

Rm 5, 5.

40

Jn 16, 14.

41

Gén 1, 1 s.

42

Gén 1, 26.

43

Rm 8, 19-22.

44

Jn 16-7.

45

G√°l 4, 6; cf. Rm 8, 15.

46

Cf. G√°l 4, 6; Flp 1, 19; Rm 8, 11.

47

Cf. Jn 16, 6.

48

Cf. Jn 16, 20.

49

Cf. Jn 16, 7.

50

Act 10, 37 s.

51

Cf. Lc 4, 16-21; 3, 16; 4, 14; Mc 1, 10.

52

Is 11, 1-3.

53

] Is 61, 1 s.

54

] Is 48, 16.

55

Is 42, 1.

56

Cf. Is 53, 5-6. 8.

57

Is 42, 1.

58

Is 42, 6.

59

] Is 49, 6.

60

Is 59, 21.

61

Cf. Lc 2, 25-35.

62

Cf. Lc 1, 35.

63

Cf. Lc 2, 19. 51.

64

Cf. Lc 4, 16-21; Is 61, 1 s.

65

Lc 3, 16, cf. Mt 3, 11, Mc 1, 7s.; Jn 1, 33.

66

Jn 1,29.

67

Cf. Jn 1,33 s.

68

Lc 3, 31 s.; Cf. Mt 3, 16; Mc 1, 10.

69

Mt 3, 17.

70

Cf. S. Basilio, De Spiritu Sancto, XVI, 39: PG 32, 139.

71

Act 1, 1.

72

Cf. Lc 4, 1.

73

Cf. Lc 10, 17-20

74

Lc 10, 21; cf. Mt 11, 25 s.

75

Lc 10, 22; cf. Mt 11, 27.

76

Mt 3, 11; Lc 3, 16.

77

Jn 16, 13.

78

Jn 16, 14.

79

Jn 16, 15.

80

Cf. Jn 14, 26; 15, 26.

81

Jn 3, 16.

82

Rm 1, 3 s.

83

Ez 36, 26 s.; cf. Jn 7, 37-39; 19, 34

84

Jn 16, 7.

85

Cf. S. Cirilo de Alejandría, In Johannis Evangelium, lib. V, cap. II: PG 73, 755.

86

Jn 20, 19-22.

87

] Cf. Jn 19, 30

88

Cf. Rom 1, 4.

89

Cf. Jn 16, 20.

90

Jn 16, 7.

91

Jn 16, 15.

92

Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 4.

93

Jn 15, 26 s.

94

Decreto Ad gentes, sobre la actividad rnisionera de la Iglesia, 4.

95

Cf. Act l, 14.

96

Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 4. Existe toda una tradici√≥n patr√≠stica y teol√≥gica sobre la uni√≥n √≠ntima entre el Esp√≠ritu Santo y la Iglesia, uni√≥n presentada a veces de modo an√°logo a la relaci√≥n entre el alma y cuerpo en el hombre: cf. S. Ireneo, Adversus haereses, III, 24, 1: SC 211, pp. 470-474; S. Agust√≠n, Sermo 267, 4, 4; PL 38, 1231; Sermo 268, 2: PL 38, 1232; In Iohannis evangelium tractatus, XXV, 13; XXVII, 6: CCL 36, 266, 272 s.; S. Gregorio Magno, In septem psalmos poenitentiales expositio, psal. V, 1: PL 79, 602; D√≠dimo Alejandrino, De Trinitate, II, 1: PG 39, 449 s.; S. Atanasio, Oratio III contra Arianos, 22, 23, 24: PG 26, 368 s., 372; S.Juan Cris√≥stomo. In Epistolam ad Ephesios, Homil. IX, 3: PG 62, 72 s. Santo Tom√°s de Aquino ha sintetizado la precedente tradici√≥n patr√≠stica y teol√≥gica, al presentar al Esp√≠ritu Santo como el ¬ęcoraz√≥n¬Ľ y el ¬ęalma¬Ľ de la Iglesia: cf. Summa Theol., III, q. 8, a. 1, ad 3; In symbolum Apostolorum Expositio, a. IX; In Tertium Librum Sententiarum, Dist. XIIIfi q. 2, a. 2, quaestiuncula 3.

97

Cf. Ap 2, 29; 3, 6. 13. 22.

98

Cf. Jn 12, 31; 14, 30; 16, 11.

99

Gaudium et spes, 1.

100

Ibid., 41.

101

Ibid., 26.

102

Jn 16, 7.

103

Jn 16, 7.

104

Jn 16, 8-11

105

Cf. Jn 3, 17; 12, 47

106

Cf. Ef 6, 12.

107

Const past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 2

108

Cf. Ibid., 10, 13, 27, 37, 63, 73, 79, 80.

109

Act 2, 4.

110

Cf. S. Ireneo, Adversus haereses, III, 17, 2: SC 211, p. 330-332.

111

Act 1, 4. 5. 8.

112

Act 2, 22-24.

113

Cf. Act 3, 14 s.; 4, 10. 27 s.; 7, 52; 10, 39; 13, 28 s. etc.

114

Cf. Jn 3, 17; 12, 47.

115

Act 2, 36.

116

Act 2, 37 s.

117

Cf. Mc 1,15.

118

Jn 20, 22.

119

Cf. Jn 16, 9.

120

Os 13, 14 Vg; cf. 1 Cor 15, 55.

121

Cf. 1 Cor 2, 10.

122

Cf. 2 Tes 2, 7.

123

Cf. 1 Tim 3, 16.

124

Cf. Reconciliatio et paenitentia (2 de diciembre de 1984), 19-22: AAS 77 (1985), pp. 229-233.

125

Cf. Gén 1-3.

126

] Cf. Rm 5, 19; Flp 2, 8.

127

Cf. Jn 1, 1. 2. 3. 10.

128

Cf. Col 1, 15-18.

129

Cf. Jn 8, 44.

130

Cf. Gén 1, 2.

131

Cf. Gén 1, 26. 28. 29.

132

Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 2.

133

Cf. 1 Cor 2, 10 s.

134

Cf. Jn 16, 11.

135

Cf. Flp 2, 8.

136

Gén 2, 16 s.

137

Gén 3, 5.

138

Cf. G√©n 3, 22 sobre el ¬ę√°rbol de la vida¬Ľ; cf. tambi√©n Jn 3, 36; 4, 14; 5, 24; 6, 40. 47; 10, 28; 12, 50; 14, 6; Act 13, 48; Rm 6, 23; G√°l 6, 8; 1 Tim 1, 16; Tit 1, 2; 3, 7; 1 Pe 3, 22; 1 Jn 1, 2; 2, 25; 5, 11. 13; Ap 2, 7.

139

Cf. S. Tom√°s de Aquino, Summa Theol., Ia-IIa, q. 80, a. 4 ad 3.

140

] 1 Jn 3, 8.

141

Jn 16, 11.

142

Cf. Ef 6, 12; Lc 22, 53.

143

Cf. De Civitate Dei XIV, 28: CCL 48, p. 451.

144

Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en e1 mundo actual, 36.

145

En griego el verbo es parakalein = invocar, llamar hacia sí.

146

Cf. Gén 6, 7.

147

Gén 6, 5-7.

148

Cf. Rm 8, 20-22.

149

Cf. Mt 15, 32; Mc 8, 2.

150

Heb 9, 13 s.

151

Jn 20, 22 s.

152

Act 10, 38.

153

Heb 5, 7 s.

154

Heb 9,14.

155

Cf. Lev 9, 24; 1 Re 18, 38; 2 Cro 7, 1.

156

Cf. Jn 15, 26.

157

Jn 20, 22 s.

158

Mt 3, 11.

159

Cf. Jn 3, 8.

160

Jn 20, 22 s.

161

Cf. Secuencia Veni, Sancte Spiritus.

162

S. Buenaventura, De septem donis Spiritus Sancti, Colatio II, 3: Ad Claras Aquas, V, 463.

163

Mc 1, 15.

164

Cf. Heb 9, 14.

165

Const past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 16.

166

Cf. Gén 2, 9. 17.

167

Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et Spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 16.

168

Ibid., 27.

169

Ibid., 13.

170

Cf. Juan Pablo II, Exhort. Apost. postsinodal Reconciliatio et paenitentia (2 de diciembre de 1984),16: AAS 77 (1985), pp. 213-217.

171

Const. past. Gaudium et spes, 10.

172

Cf. Rom 7, 14-15. 19.

173

Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 37.

174

Ibid., 13.

175

Ibid., 37.

176

Cf. Secuencia de Pentecostés: Reple cordis intima.

177

Cf. S. Agust√≠n, Enarr. in Ps. XLI, 13: CCL 38, 470: ¬ę¬Ņ Qu√© abismo es, pues, y a qu√© abismo llama ? Si abismo significa profundidad, ¬Ņ pensamos acaso que el coraz√≥n del hombre no sea un abismo ? ¬Ņ Hay algo, pues, m√°s profundo que este abismo ? Los hombres pueden hablar, pueden ser vistos a trav√©s de las acciones que hacen con sus miembros, pueden ser escuchados en sus conversaciones; pero, ¬Ņde qui√©n se puede penetrar el pensamiento ? ¬Ņ de qui√©n se puede leer en su coraz√≥n ?¬Ľ

178

Cf. Heb 9, 14.

179

Jn 14, 17.

180

Mt 12. 31 s.

181

Mc 3, 28 s.

182

Lc 12, 10.

183

S. Tomás De Aquino, Summa Theol. IIa-IIae, q. 14, a. 3; cf. S. Agustín, Epist. 185, 11, 48-49: PL 33, 814 s.; S. Buenaventura, Comment. in Evang. S. Lucae cap. XIV, 15-16: Ad Claras Aquas, VII, pp. 314 s.

184

Cf. Sal 81 [80], 13; Jer 7, 24, Mc 3, 5.

185

Juan Pablo II, Exhort. Apost. postsinodal Reconciliatio et paenitentia (2 de diciembre de 1984), 18: AAS 77 (1985), pp. 224-228.

186

Pío XII, Radiomensaje al Congreso Catequístico Nacional de los Estados Unidos de América en Boston (26 de octubre de 1946): Discursos y radiomensajes, VIII (1946), 288.

187

Juan Pablo II, Exhort. Apost. postsinodal Reconciliatio et paenitentia (2 de diciembre de 1984), 18: AAS 77 (1985), pp. 225 s.

188

1 Tes 5, 19; Ef 4, 30.

189

Juan Pablo II, Exhort. Apost. postsinodal Reconcitiatio et paenitentia (2 de didembre de 1984), 14-22: AAS 77 (1985), pp. 211-233.

190

Cf. S. Agustín, De Civitate Dei, XIV, 28: CCL 48, 451.

191

Cf. Jn 16, 11.

192

Cf. Jn 16,15.

193

Cf. G√°l 4, 4.

194

Ap 1, 8; 22, 13.

195

Jn 3, 16.

196

G√°l 4, 4 s.

197

Lc 1, 34 s.

198

Mt 1, 18.

199

Mt 1, 20 s.

200

S. Tom√°s De Aquino, Summa Theol. IIIa, q. 2, aa. 10-12; q. 6, a. 6; q. 7, a. 13.

201

Lc 1, 38.

202

Jn 1, 14.

203

Col 1, 15.

204

Cf. Por ejemplo, Gén 9, 11; Dt 5, 26; Job 34, 15; Is 40, 6; 52, 10; Sal 145 [144], 21; Lc 3, 6; 1 Pe 1, 24.

205

Lc 1, 45.

206

Cf. Lc 1, 41.

207

Cf. Jn 16, 9.

208

2 Cor 3, 17.

209

Cf. Rom 1, 5.

210

Rom 8, 29.

211

Cf. Jn 1, 14. 4. 12 s.

212

Cf. Rom 8, 14.

213

Cf. G√°l 4, 6; Rom 5, 5; 2 Cor 1, 22.

214

Rom 8, 15.

215

Rom 8, 16 s.

216

Cfr. Sal 104 (103), 30.

217

Rom 8, 19.

218

Rom 8, 29.

219

Cf. 2 Pe 1, 4.

220

Cf. Ef 2, 18; Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 2.

221

Cf. 1 Cor 2, 12.

222

Cf. Ef 1, 3-14.

223

Ef 1, 13 s.

224

Cf. Jn 3, 8.

225

Const past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 22; cf. Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 16.

226

Jn 4, 24.

227

Ibid.

228

Cf. S. Agustín, Confess. III, 6, 11: CCL 27, 33.

229

Cf. Tit 2, 11.

230

Cf. Is 45, 15.

231

Cf. Sab 1, 7.

232

Lc 2, 27. 34.

233

G√°l 5,17.

234

G√°l 5, 16 s.

235

Cf. G√°l 5, 19-21.

236

Gal 5, 22 s.

237

G√°l 5, 25.

238

Cf. Rom 8, 5. 9.

239

Rm. 8, 6. 13.

240

Rm 8, 10. 12.

241

Cf. 1 Cor 6, 20.

242

Cf. Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 19. 20. 21.

243

Lc 3, 6; cf. Is 40, 5.

244

Cf. Rom 8, 23.

245

Rom 8, 3.

246

Rom 8, 26.

247

Rom 8, 11.

248

Rom 8, 10.

249

Cf. Enc. Redemptor hominis (4 de marzo de 1979), 14: AAS 71 (1979), pp. 284 s.

250

Cf. Sab 15, 3.

251

Cf. Ef 3, 14-16.

252

Cf. 1 Cor 2, 10 s.

253

Cf. Rom 8, 9; 1 Cor 6, 19.

254

Cf. Jn 14, 23; S. Ireneo, Adversus haereses, V, 6, 1: SC 153, pp. 72-80; S. Hilario, De Trinitate, VIII, 19. 21: PL 16, 752 s.; S. Agustín, Enarr. in Ps. XLIX, 2: CCL 38, pp. 575 s.; S. Cirilo de Alejandría, In Ioannis Evangelium, lib. I; II: PG 73, 154-158; 246; lib. IX: PG 74, 262; S. Atanasio, Oratio III contra Arianos, 24: PG 26, 374 s.; Epist. I ad Serapionem, 24: PG 26, 586 s.; Dídimo Alejandrino, De Trinitate, II, 6-7: PG 39, 523-530; S. Juan Crisóstomo, In epist. ad Romanos homilia XIII, 8: PG 60, 519; S. Tomás de Aquino, Summa Theol. Ia, q. 43, aa. 1, 3-6.

255

Cf. Gén 1, 26 s.; S. Tomás de Aquino, Summa Theol. Ia, q. 93; aa. 4. 5. 8.

256

Cf. Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 24; cf. también 25.

257

Cf. Ibid., 38, 40.

258

Cf. 1 Cor 15, 28.

259

Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 24.

260

Cf. S. Ireneo, Adversus haereses, IV, 20, 7: SC 100/2 p. 648.

261

S. Basilio, De Spirito Sancto, IX, 22: PG 32, 110.

262

Rom 8, 2.

263

2 Cor 3, 17.

264

Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 53-59.

265

Ibid., 38.

266

1 Cor 8, 6.

267

Jn 16, 7.

268

Jn 14, 18.

269

Mt 28, 20.

270

Es lo que expresa la ¬ęEpiclesis¬Ľ antes de la Consagraci√≥n: ¬ęSantifica estos dones con la efusi√≥n de tu Esp√≠ritu, de manera que sean para nosotros Cuerpo y Sangre de Jesucristo, nuestro Se√Īor¬Ľ (Plegaria eucar√≠stica II).

271

Cf. Ef 3, 16.

272

Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 24.

273

Ibid.

274

Cf. Act 2, 42.

275

] Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 2.

276

S. Agustín, In Iohannis Evangelium Tractatus XXVI, 13: CCL 36, p. 266; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 47.

277

Const. dogrn. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 1.

278

Act 17, 28.

279

1 Tim 2, 4.

280

Cf. Heb 5, 7.

281

Lc 11, 13.

282

Rm 8, 26.

283

Cf. Orígenes, De oratione, 2: PG 11, 419-423.

284

Rom 8, 27.

285

Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 63.

286

Ibid., 64.

287

Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 4; cf. Ap 22, 17.

288

Cf. Rom 8, 24.
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