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S.S. León XIII, Divinum illud munus
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Divinum illud munus

Carta encíclica del S.S. León XIII sobre el Espíritu Santo

Aquella divina misi√≥n que, recibida del Padre en beneficio del g√©nero humano, tan sant√≠simamente desempe√Ī√≥ Jesucristo, tiene como √ļltimo fin hacer que los hombres lleguen a participar de una vida bienaventurada en la gloria eterna; y, como fin inmediato, que durante la vida mortal vivan la vida de la gracia divina, que al final se abre florida en la vida celestial.

Por ello, el Redentor mismo no cesa de invitar con suma dulzura a todos los hombres de toda naci√≥n y lengua para que vengan al seno de su Iglesia: Venid a m√≠ todos; Yo soy la vida; Yo soy el buen pastor. Mas, seg√ļn sus alt√≠simos decretos, no quiso El completar por s√≠ solo incesantemente en la tierra dicha misi√≥n; sino que como El mismo la hab√≠a recibido del Padre, as√≠ la entreg√≥ al Esp√≠ritu Santo para que la llevara a perfecto t√©rmino. Place, en efecto, recordar las consoladoras frases que Cristo, poco antes de abandonar el mundo, pronunci√≥ ante los ap√≥stoles: Os conviene que yo vaya: si yo no partiere, el Par√°clito no vendr√° a vosotros; mas si partiere, os le enviar√© 1 .

Y al decir as√≠, dio como raz√≥n principal de su separaci√≥n y de su vuelta al Padre, el provecho que sus disc√≠pulos hab√≠an de recibir de la venida del Esp√≠ritu Santo; al mismo tiempo que mostraba c√≥mo Este era igualmente enviado por El y, por lo tanto, que de El proced√≠a como del Padre; y que como abogado, como consolador y como maestro concluir√≠a la obra por El comenzada durante su vida mortal. La perfecci√≥n de su obra redentora estaba provident√≠simamente reservada a la m√ļltiple virtud de este Esp√≠ritu, que en la creaci√≥n adorn√≥ los cielos 2 y llen√≥ la tierra 3 .

Y Nos, que constantemente hemos procurado, con auxilio de Cristo Salvador, pr√≠ncipe de los pastores y obispo de nuestras almas, imitar sus ejemplos, hemos continuado religiosamente su misma misi√≥n, encomendada a los Ap√≥stoles, principalmente a Pedro, cuya dignidad tambi√©n se transmite a un heredero menos digno 4 . Guiados por esa intenci√≥n, en todos los actos de Nuestro Pontificado a dos cosas principalmente hemos atendido y sin cesar atendemos. Primero, a restaurar la vida cristiana as√≠ en la sociedad p√ļblica como en la familiar, tanto en los gobernantes como en los pueblos; porque s√≥lo de Cristo puede derivarse la vida para todos. Segundo, a fomentar la reconciliaci√≥n con la Iglesia de los que, o en la fe o por la obediencia, est√°n separados de ella; pues la verdadera voluntad del mismo Cristo es que haya s√≥lo un reba√Īo bajo un solo Pastor. Y ahora, cuando Nos sentimos cerca ya del fin de Nuestra mortal carrera, place consagrar toda Nuestra obra, cualquiera que ella haya sido, al Esp√≠ritu Santo que es vida y amor, para que la fecunde y la madure. Para cumplir mejor y m√°s eficazmente Nuestro deseo, en v√≠speras de la solemnidad de Pentecost√©s, queremos hablaros de la admirable presencia y poder del mismo Esp√≠ritu; es decir, sobre la acci√≥n que El ejerce en la Iglesia y en las almas merced al don de sus gracias y celestiales carismas. Resulte de ello, como es Nuestro deseo ardiente, que en las almas se reavive y se vigorice la fe en el augusto misterio de la Trinidad, y especialmente crezca la devoci√≥n al divino Esp√≠ritu, a quien de mucho son deudores todos cuantos siguen el camino de la verdad y de la justicia; pues, como se√Īal√≥ San Basilio, toda la econom√≠a divina en torno al hombre, si fue realizada por nuestro Salvador y Dios, Jesucristo, ha sido llevada a cumplimiento por la gracia del Esp√≠ritu Santo 5 .

3. Antes de entrar en materia, ser√° conveniente y √ļtil tratar algo sobre el misterio de la sacrosanta Trinidad.

Este misterio, el m√°s grande de todos los misterios, pues de todos es principio y fin, se llama por los doctores sagrados substancia del Nuevo Testamento; para conocerlo y contemplarlo, han sido creados en el cielo los √°ngeles y en la tierra los hombres; para ense√Īar con m√°s claridad lo prefigurado en el Antiguo Testamento, Dios mismo descendi√≥ de los √°ngeles a los hombres: Nadie vio jam√°s a Dios; el Hijo unig√©nito que est√° en el seno del Padre, El nos lo ha revelado 6 .

As√≠, pues, quien escriba o hable sobre la Trinidad siempre deber√° tener ante la vista lo que prudentemente amonesta el Ang√©lico: Cuando se habla de la Trinidad, conviene hacerlo con prudencia y humildad, pues -como dice Agust√≠n- en ninguna otra materia intelectual es mayor o el trabajo o el peligro de equivocarse o el fruto una vez logrado 7 . Peligro que procede de confundir entre s√≠, en la fe o en la piedad, a las divinas personas o de multiplicar su √ļnica naturaleza; pues la fe cat√≥lica nos ense√Īa a venerar un solo Dios en la Trinidad y la Trinidad en un solo Dios.

4. Por ello Nuestro predecesor Inocencio XII no accedi√≥ a la petici√≥n de quienes solicitaban una fiesta especial en honor del Padre. Si hay ciertos d√≠as festivos para celebrar cada uno de los misterios del Verbo Encarnado, no hay una fiesta propia para celebrar al Verbo tan s√≥lo seg√ļn su divna naturaleza: y aun la misma solemnidad de Pentecost√©s, ya tan antigua, no se refiere simplemente al Esp√≠ritu Santo por s√≠, sino que recuerda su venida o externa misi√≥n. Todo ello fue prudentemente establecido, para evitar que nadie multiplicara la divina esencia, al distinguir las Personas. M√°s a√ļn; la Iglesia, a fin de mantener en sus hijos la pureza de la fe, quiso instituir la fiesta de la Sant√≠sima Trinidad, que luego Juan XXII mand√≥ celebrar en todas partes; permiti√≥ que se dedicasen a este misterio templos y altares y, despu√©s de celestial visi√≥n, aprob√≥ una Orden religiosa para la redenci√≥n de cautivos, en honor de la Sant√≠sima Trinidad, cuyo nombre la distingu√≠a.

Conviene a√Īadir que el culto tributado a los Santos y Angeles, a la Virgen Madre de Dios y a Cristo, redunda todo y se termina en la Trinidad. En las preces consagradas a una de las tres divinas personas, tambi√©n se hace menci√≥n de las otras; en las letan√≠as, luego de invocar a cada una de las Personas separadamente, se termina por su invocaci√≥n com√ļn; todos los salmos e himnos tienen la misma doxolog√≠a al Padre, al Hijo y al Esp√≠ritu Santo; las bendiciones, los ritos, los sacramentos, o se hacen en nombre de la santa Trinidad, o les acompa√Īa su intercesi√≥n. Todo lo cual ya lo hab√≠a anunciado el Ap√≥stol con aquella frase: Porque de Dios, por Dios y en Dios son todas las cosas, a Dios sea la gloria eternamente 8 ; significando as√≠ la trinidad de las Personas y la unidad de naturaleza, pues por ser √©sta una e id√©ntica en cada una se tribute, como a uno y mismo Dios, igual gloria y coeterna majestad. Comentando aquellas palabras, dice San Agust√≠n: No se interprete confusamente lo que el Ap√≥stol distingue, cuando dice "de Dios, por Dios, en Dios"; pues dice "de Dios", por el Padre; "por Dios", a causa del Hijo; "en Dios", por relaci√≥n al Esp√≠ritu Santo 9 .

5. Con gran propiedad la Iglesia acostumbra atribuir al Padre las obras del poder; al Hijo, las de la sabiduría; al Espíritu Santo, las del amor. No porque todas las perfecciones y todas las obras ad extra no sean comunes a las tres divinas Personas, pues indivisibles son las obras de la Trinidad, como indivisa es su esencia 10 , porque así como las tres Personas divinas son inseparables, así obran inseparablemente 11 ; sino que por una cierta relación y como afinidad que existe entre las obras externas y el carácter "propio" de cada Persona, se atribuyen a una más bien que a las otras, o -como dicen- "se apropian". Así como de la semejanza del vestigio o imagen hallada en las criaturas nos servimos para manifestar las divinas Personas, así hacemos también con los atributos divinos; y la manifestación deducida de los atributos divinos se dice "apropiación" 12 .

De esta manera el Padre, que es principio de toda la Trinidad 13 , es la causa eficiente de todas las cosas, de la Encarnaci√≥n del Verbo y de la santificaci√≥n de las almas: "de Dios son todas las cosas": "de Dios", por relaci√≥n al Padre; el Hijo, Verbo e Imagen de Dios, es la causa ejemplar por la que todas las cosas tienen forma y belleza, orden y armon√≠a, √©l, que es camino, verdad, vida, ha reconciliado al hombre con Dios: "por Dios", por relaci√≥n al Hijo; finalmente, el Esp√≠ritu Santo es la causa √ļltima de todas las cosas, puesto que, as√≠ como la voluntad y aun toda cosa descansa en su fin, as√≠ El, que es la bondad y el amor del Padre y del Hijo, da impulso fuerte y suave y como la √ļltima mano al misterioso trabajo de nuestra eterna salvaci√≥n: "en Dios", por relaci√≥n al Esp√≠ritu Santo.

6. Precisados ya los actos de fe y de culto debidos a la august√≠sima Trinidad, todo lo cual nunca se inculcar√° bastante al pueblo cristiano, Nuestro discurso se dirige ya a tratar del eficaz poder del Esp√≠ritu Santo. -Ante todo, dirijamos una mirada a Cristo, fundador de la Iglesia y Redentor del g√©nero humano. Entre todas las obras de Dios ad extra la m√°s grande es, sin duda, el misterio de la Encarnaci√≥n del Verbo; en √©l brilla de tal modo la luz de los divinos atributos que ni es posible pensar nada superior ni puede haber nada m√°s saludable para nosotros. Este gran prodigio, aun cuando se ha realizado por toda la Trinidad, sin embargo se atribuye como "propio" al Esp√≠ritu Santo: y as√≠ dice el Evangelio que la concepci√≥n de Jes√ļs en el seno de la Virgen fue obra del Esp√≠ritu Santo 14 ; y con raz√≥n, porque el Esp√≠ritu Santo es la caridad del Padre y del Hijo, y este gran misterio de la bondad divina 15 , que es la Encarnaci√≥n, fue debido al inmenso amor de Dios al hombre, como advierte San Juan: Am√≥ Dios tanto al mundo que le dio su Hijo Unig√©nito 16 . A√Ī√°dase que por dicho acto la humana naturaleza fue levantada a la uni√≥n personal con el Verbo, no por m√©rito alguno sino s√≥lo por pura gracia, que es don propio del Esp√≠ritu Santo: El admirable modo, dice San Agust√≠n, con que Cristo fue concebido por obra del Esp√≠ritu Santo, nos da a entender la bondad de Dios, puesto que la naturaleza humana, sin m√©rito alguno precedente, ya en el primer instante fue unida al Verbo de Dios en unidad tan perfecta de persona que uno mismo fuese a la vez Hijo de Dios e Hijo del Hombre 17 .

Por obra del Esp√≠ritu divino tuvo lugar no solamente la concepci√≥n de Cristo, sino tambi√©n la santificaci√≥n de su alma, llamada unci√≥n en los Sagrados Libros 18 , y as√≠ es como toda acci√≥n suya se realizaba bajo el influjo del mismo Esp√≠ritu 19 , que tambi√©n cooper√≥ de modo especial a su sacrificio, seg√ļn la frase de San Pablo: Cristo, por medio del Esp√≠ritu Santo, se ofreci√≥ como hostia inocente a Dios 20 . Despu√©s de todo esto, ya no extra√Īar√° que todos los carismas del Esp√≠ritu Santo inundasen el alma de Cristo. Puesto que en El hubo una abundancia de gracia singularmente plena, en el modo m√°s grande y con la mayor eficacia que tenerse puede; en √©l, todos los tesoros de la sabidur√≠a y de la ciencia, las gracias gratis datas, las virtudes, y plenamente todos los dones, ya anunciados en las profec√≠as de Isa√≠as 21 , ya simbolizados en aquella misteriosa paloma aparecida en el Jord√°n, cuando Cristo con su Bautismo consagraba sus aguas para el nuevo Sacramento.

Con raz√≥n nota San Agust√≠n que Cristo no recibi√≥ el Esp√≠ritu Santo, siendo ya de treinta a√Īos, sino que cuando fue bautizado estaba sin pecado y ya ten√≠a el Esp√≠ritu Santo, entonces, es decir, en el bautismo, no hizo sino prefigurar a su cuerpo m√≠stico, es decir, a la Iglesia en la cual los bautizados reciben de modo peculiar el Esp√≠ritu Santo 22 . Y as√≠ la aparici√≥n sensible del Esp√≠ritu sobre Cristo y su acci√≥n invisible en su alma representaban la doble misi√≥n del Esp√≠ritu Santo, visible en la Iglesia, e invisible en el alma de los justos.

7. La Iglesia, ya concebida y nacida del corazón mismo del segundo Adán en la Cruz, se manifestó a los hombres por vez primera de modo solemne en el celebérrimo día de Pentecostés con aquella admirable efusión, que había sido vaticinada por el profeta Joel 23 : y en aquel mismo día se iniciaba la acción del divino Paráclito en el místico cuerpo de Cristo, posándose sobre los Apóstoles, como nuevas coronas espirituales, formadas con lenguas de fuego, sobre sus cabezas 24 .

Y entonces los Ap√≥stoles descendieron del monte, como escribe el Cris√≥stomo, no ya llevando en sus manos como Mois√©s tablas de piedra, sino al Esp√≠ritu Santo en su alma, derramando el tesoro y fuente de verdades y de carismas 25 . As√≠ ciertamente se cumpl√≠a la √ļltima promesa de Cristo a sus Ap√≥stoles, la de enviarles el Esp√≠ritu Santo, para que con su inspiraci√≥n completara y en cierto modo sellase el dep√≥sito de la revelaci√≥n: Aun tengo que deciros muchas cosas, mas no las entender√≠ais ahora; cuando viniere el Esp√≠ritu de verdad, os ense√Īar√° toda verdad 26 . El Esp√≠ritu Santo, que es esp√≠ritu de verdad, pues procede del Padre, Verdad eterna, y del Hijo, Verdad substancial, recibe de uno y otro, juntamente con la esencia, toda la verdad que luego comunica a la Iglesia, asisti√©ndola para que no yerre jam√°s, y fecundando los g√©rmenes de la revelaci√≥n hasta que, en el momento oportuno, lleguen a madurez para la salud de los pueblos. Y como la Iglesia, que es medio de salvaci√≥n, ha de durar hasta la consumaci√≥n de los siglos, precisamente el Esp√≠ritu Santo la alimenta y acrecienta en su vida y en su virtud: Yo rogar√© al Padre y El os mandar√° el Esp√≠ritu de verdad, que se quedar√° siempre con vosotros 27 . Pues por El son constituidos los Obispos, que engendran no s√≥lo hijos, sino tambi√©n padres, esto es, Sacerdotes, para guiarla y alimentarla con aquella misma sangre con que fue redimida por Cristo: El Esp√≠ritu Santo ha puesto a los Obispos para regir la Iglesia de Dios, que Cristo adquiri√≥ con su sangre 28 ; unos y otros, Obispos y Sacerdotes, por singular don del Esp√≠ritu tienen poder de perdonar los pecados, seg√ļn Cristo dijo a sus Ap√≥stoles: Recibid el Esp√≠ritu Santo: a los que perdonareis los pecados, les ser√°n perdonados, y a los que se les retuviereis, les ser√°n retenidos 29 .

8. Nada confirma tan claramente la divinidad de la Iglesia como el glorioso esplendor de carismas que por todas partes la circundan, corona magn√≠fica que ella recibe del Esp√≠ritu Santo. Baste, por √ļltimo, saber que si Cristo es la cabeza de la Iglesia, el Esp√≠ritu Santo es su alma: Lo que el alma es en nuestro cuerpo, es el Esp√≠ritu Santo en el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia 30 . Si esto es as√≠, no cabe imaginar ni esperar ya otra mayor y m√°s abundante manifestaci√≥n y aparici√≥n del Divino Esp√≠ritu, pues la Iglesia tiene ya la m√°xima que ha de durarle hasta que, desde el estadio de la milicia terrenal, sea elevada triunfante al coro alegre de la sociedad celestial.

No menos admirable, aunque en verdad sea más difícil de entender, es la acción del Espíritu Santo en las almas, que se esconde a toda mirada sensible.

Y esta efusión del Espíritu es de abundancia tanta que el mismo Cristo, su donante, la asemejó a un río abundantísimo, como lo afirma San Juan: Del seno de quien creyere en Mí, como dice la Escritura, brotarán fuentes de agua viva; testimonio que glosó el mismo Evangelista, diciendo: Dijo esto del Espíritu Santo, que los que en El creyesen habían de recibir 31 .

9. Cierto es que aun en los mismos justos del Antiguo Testamento ya inhabit√≥ el Esp√≠ritu Santo, seg√ļn lo sabemos de los profetas, de Zacar√≠as, del Bautista, de Sime√≥n y de Ana; pues no fue en Pentecost√©s cuando el Esp√≠ritu Santo comenz√≥ a inhabitar en los Santos por vez primera: en aquel d√≠a aument√≥ sus dones, mostr√°ndose m√°s rico y m√°s abundante en su largueza 32 . Tambi√©n aqu√©llos eran hijos de Dios, mas a√ļn permanec√≠an en la condici√≥n de siervos, porque tampoco el hijo se diferencia del siervo, mientras est√° bajo tutela 33 ; a m√°s de que la justicia en ellos no era sino por los previstos m√©ritos de Cristo, y la comunicaci√≥n del Esp√≠ritu Santo hecha despu√©s de Cristo es mucho m√°s copiosa, como la cosa pactada vence en valor a la prenda, y como la realidad excede en mucho a su figura. Y por ello as√≠ lo afirm√≥ Juan: A√ļn no hab√≠a sido dado el Esp√≠ritu Santo, porque Jes√ļs no hab√≠a sido glorificado 34 . Inmediatamente que Cristo ascendiendo a lo alto hubo tomado posesi√≥n de su reino, conquistado con tanto trabajo, con divina munificencia abri√≥ sus tesoros, repartiendo a los hombres los dones del Esp√≠ritu Santo 35 : Y no es que antes no hubiese sido mandado el Esp√≠ritu Santo, sino que no hab√≠a sido dado como lo fue despu√©s de la glorificaci√≥n de Cristo 36 . Y ello, porque la naturaleza humana es esencialmente sierva de Dios: La criatura es sierva, nosotros somos siervos de Dios seg√ļn la naturaleza 37 ; m√°s a√ļn, por el primer pecado toda nuestra naturaleza cay√≥ tan baja que se torn√≥ enemiga de Dios: Eramos por la naturaleza hijos de la ira 38 . No hab√≠a fuerza capaz de levantarnos de ca√≠da tan grande y rescatarnos de la eterna ruina. Pero Dios, que nos hab√≠a creado, se movi√≥ a piedad; y por medio de su Unig√©nito restituy√≥ al hombre a la noble altura de donde hab√≠a ca√≠do, y aun le realz√≥ con m√°s abundante riqueza de dones. Ninguna lengua puede expresar esta labor de la divina gracia en las almas de los hombres, por la que son llamados, ya en las Sagradas Escrituras, ya en los escritos de los Padres de la Iglesia, regenerados, criaturas nuevas, participantes de la divina naturaleza, hijos de Dios, deificados, y as√≠ m√°s a√ļn. Ahora bien, beneficios tan grandes propiamente los debemos al Esp√≠ritu Santo.

El es el Esp√≠ritu de adopci√≥n de los hijos, en el cual clamamos: "Abba", "Pater"; inunda los corazones con la dulzura de su paternal amor; da testimonio a nuestro esp√≠ritu de que somos hijos de Dios 39 . Para declarar lo cual es muy oportuna aquella observaci√≥n del Ang√©lico, de que hay cierta semejanza entre las dos obras del Esp√≠ritu Santo; puesto que por la virtud del Esp√≠ritu Santo Cristo fue concebido en santidad para ser hijo natural de Dios, y los hombres son santificados para ser hijos adoptivos de Dios 40 . Y as√≠, con mucha mayor nobleza a√ļn que en el orden natural, la espiritual generaci√≥n es fruto del Amor increado.

10. Esta regeneraci√≥n y renovaci√≥n comienza para cada uno en el Bautismo, Sacramento en el que, arrojado del alma el esp√≠ritu inmundo, desciende a ella por primera vez el Esp√≠ritu Santo, haci√©ndola semejante a s√≠: Lo que nace del Esp√≠ritu es esp√≠ritu 41 . Con m√°s abundancia se nos da el mismo Esp√≠ritu en la Confirmaci√≥n, por la que se nos infunde fortaleza y constancia para vivir como cristianos: es el mismo Esp√≠ritu el que venci√≥ en los m√°rtires y triunf√≥ en las v√≠rgenes sobre los halagos y peligros. Hemos dicho que "se nos da el mismo Esp√≠ritu": La caridad de Dios se difunde en nuestros corazones por el Esp√≠ritu Santo que nos ha sido dado 42 . Y en verdad no s√≥lo nos llena con divinos dones, sino que es autor de los mismos, y aun El mismo es el don supremo porque, al proceder del mutuo amor del Padre y del Hijo, con raz√≥n es don del Dios alt√≠simo. Para mejor entender la naturaleza y efectos de este don, conviene recordar cuanto, despu√©s de las Sagradas Escrituras, ense√Īaron los sagrados doctores, esto es, que Dios se halla presente a todas las cosas y que est√° en ellas: por potencia, en cuanto se hallan sujetas a su potestad; por presencia, en cuanto todas est√°n abiertas y patentes a sus ojos; por esencia, porque en todas se halla como causa de su ser 43 . Mas en la criatura racional se encuentra Dios ya de otra manera; esto es, en cuanto es conocido y amado, ya que seg√ļn naturaleza es amar el bien, desearlo y buscarlo. Finalmente, Dios por medio de su gracia est√° en el alma del justo en forma m√°s √≠ntima e inefable, como en su templo; y de ello se sigue aquel mutuo amor por el que el alma est√° √≠ntimamente presente a Dios, y est√° en √©l m√°s de lo que pueda suceder entre los amigos m√°s queridos, y goza de √©l con la m√°s regalada dulzura.

11. Y esta admirable unión, que propiamente se llama inhabitación, y que sólo en la condición o estado, mas no en la esencia, se diferencia de la que constituye la felicidad en el cielo, aunque realmente se cumple por obra de toda la Trinidad, por la venida y morada de las tres divinas Personas en el alma amante de Dios, vendremos a él y haremos mansión junto a él 44 , se atribuye, sin embargo, como peculiar al Espíritu Santo. Y es cierto que hasta entre los impíos aparecen vestigios del poder y sabiduría divinos; mas de la caridad, que es como "nota" propia del Espíritu Santo, tan sólo el justo participa.

A√Ī√°dase que a este Esp√≠ritu se le da el apelativo de Santo, tambi√©n porque, siendo el primero y eterno Amor, nos mueve y excita a la santidad que en resumen no es sino el amor a Dios. Y as√≠, el Ap√≥stol, cuando llama a los justos templos de Dios, nunca les llama expresamente templos "del Padre" o "del Hijo", sino "del Esp√≠ritu Santo": ¬ŅIgnor√°is que vuestros miembros son templo del Esp√≠ritu Santo, que est√° en vosotros, pues le hab√©is recibido de Dios?. 45 A la inhabitaci√≥n del Esp√≠ritu Santo en las almas justas sigue la abundancia de los dones celestiales. As√≠ ense√Īa Santo Tom√°s: El Esp√≠ritu Santo, al proceder como Amor, procede en raz√≥n de don primero; por esto dice Agust√≠n que, por medio de este don que es el Esp√≠ritu Santo, muchos otros dones se distribuyen a los miembros de Cristo 46 . Entre estos dones se hallan aquellos ocultos avisos e invitaciones que se hacen sentir en la mente y en el coraz√≥n por la moci√≥n del Esp√≠ritu Santo; de ellos depende el principio del buen camino, el progreso en √©l, y la salvaci√≥n eterna. Y puesto que estas voces e inspiraciones nos llegan muy ocultamente, con toda raz√≥n en las Sagradas Escrituras alguna vez se dicen semejantes al susurro del viento; y el Ang√©lico Doctor sabiamente las compara con los movimientos del coraz√≥n, cuya virtud toda se halla oculta: El coraz√≥n tiene una cierta influencia oculta, y por ello al coraz√≥n se compara el Esp√≠ritu Santo que invisiblemente vivifica a la Iglesia y la une 47 .

12. Y el hombre justo que ya vive la vida de la divina gracia y opera por congruentes virtudes, como el alma por sus potencias, tiene necesidad de aquellos siete dones que se llaman propios del Espíritu Santo. Gracias a éstos el alma se dispone y se fortalece para seguir más fácil y prontamente las divinas inspiraciones: es tanta la eficacia de estos dones, que la conducen a la cumbre de la santidad; y tanta su excelencia, que perseveran intactos, aunque más perfectos, en el reino celestial. Merced a esos dones, el Espíritu Santo nos mueve y realza a desear y conseguir las evangélicas bienaventuranzas, que son como flores abiertas en la primavera, cual indicio y presagio de la eterna bienaventuranza. Y muy regalados son, finalmente, los frutos enumerados por el Apóstol 48 que el Espíritu Santo produce y comunica a los hombres justos, aun durante la vida mortal, llenos de toda dulzura y gozo, pues son del Espíritu Santo que en la Trinidad es el amor del Padre y del Hijo y que llena de infinita dulzura a las criaturas todas 49 .

Y as√≠ el Divino Esp√≠ritu, que procede del Padre y del Hijo en la eterna luz de santidad como amor y como don, luego de haberse manifestado a trav√©s de im√°genes en el Antiguo Testamento, derramaba la abundancia de sus dones en Cristo y en su cuerpo m√≠stico, la Iglesia; y con su gracia y saludable presencia alza a los hombres de los caminos del mal, cambi√°ndoles de terrenales y pecadores en criaturas espirituales y casi celestiales. Pues tantos y tan se√Īalados son los beneficios recibidos de la bondad del Esp√≠ritu Santo, la gratitud nos obliga a volvernos a El, llenos de amor y devoci√≥n.

13. Seguramente har√°n esto muy bien y perfectamente los hombres cristianos, si cada d√≠a se empe√Īaren m√°s en conocerle, amarle y suplicarle: a ese fin tiende esta exhortaci√≥n dirigida a los mismos, tal como surge espont√°nea de Nuestro paternal √°nimo.

Acaso no falten en nuestros d√≠as algunos que, de ser interrogados como en otro tiempo lo fueron algunos por San Pablo, "si hab√≠an recibido el Esp√≠ritu Santo", contestar√≠an a su vez: Nosotros, ni siquiera hemos o√≠do si existe el Esp√≠ritu Santo 50 . Que si a tanto no llega la ignorancia, en una gran parte de ellos es muy escaso su conocimiento sobre El; tal vez hasta con frecuencia tienen su nombre en los labios, mientras su fe est√° llena de crasas tinieblas. Recuerden, pues, los predicadores y p√°rrocos que les pertenece ense√Īar con diligencia y claramente al pueblo la doctrina cat√≥lica sobre el Esp√≠ritu Santo, mas evitando las cuestiones arduas y sutiles, y huyendo de la necia curiosidad que presume indagar los secretos todos de Dios. Cuiden recordar y explicar claramente los muchos y grandes beneficios que del Divino Dador nos vienen constantemente, de forma que sobre cosas tan altas desaparezca el error y la ignorancia, impropios de los hijos de la luz. Insistimos en esto no s√≥lo por tratarse de un misterio, que directamente nos prepara para la vida eterna y que, por ello, es necesario creer firme y expresamente, sino tambi√©n porque, cuanto m√°s clara y plenamente se conoce el bien, m√°s intensamente se le quiere y se le ama. Esto es lo que ahora queremos recomendaros: Debemos amar al Esp√≠ritu Santo, porque es Dios: Amar√°s al Se√Īor tu Dios con todo tu coraz√≥n, con toda tu alma y con toda tu fortaleza 51 . Y ha de ser amado, porque es el Amor sustancial eterno y primero, y no hay cosa m√°s amable que el amor; y luego tanto m√°s le debemos amar cuanto que nos ha llenado de inmensos beneficios que, si atestiguan la benevolencia del donante, exigen la gratitud del alma que los recibe. Amor √©ste, que tiene una doble utilidad, ciertamente no peque√Īa. Primeramente, nos obliga a tener en esta vida un conocimiento cada d√≠a m√°s claro del Esp√≠ritu Santo: El que ama, dice Santo Tom√°s, no se contenta con un conocimiento superficial del amado, sino que se esfuerza por conocer cada una de las cosas que le pertenecen intr√≠nsecamente y as√≠ entra en su interior, como del Esp√≠ritu Santo, que es amor de Dios, se dice que examina hasta lo profundo de Dios 52 . En segundo lugar, que ser√° mayor a√ļn la abundancia de sus celestiales dones, pues como la frialdad hace cerrarse la mano del donante, el agradecimiento la hace ensancharse. Y cuidese bien de que dicho amor no se limite a √°ridas disquisiciones o a externos actos religiosos; porque debe ser operante, huyendo del pecado, que es especial ofensa contra el Esp√≠ritu Santo. Cuanto somos y tenemos, todo es don de la divina bondad que corresponde como propia al Esp√≠ritu Santo; luego el pecador le ofende al mismo tiempo que recibe sus beneficios, y abusa de sus dones para ofenderle, al mismo tiempo que, porque es bueno, se alza contra El multiplicando incesantes sus culpas.

14. A√Ī√°dase, adem√°s, que, pues el Esp√≠ritu Santo es esp√≠ritu de verdad, si alguno falta por debilidad o ignorancia, tal vez tenga alguna excusa ante el tribunal de Dios; mas el que por malicia se opone a la verdad o la rehuye comete grav√≠simo pecado contra el Esp√≠ritu Santo. Pecado tan frecuente en nuestra √©poca, que parecen llegados los tristes tiempos descritos por San Pablo, en los cuales, obcecados los hombres por justo juicio de Dios, reputan como verdaderas las cosas falsas, y al pr√≠ncipe de este mundo, que es mentiroso y padre de la mentira, le creen como a maestro de la verdad: Dios les enviar√° esp√≠ritu de error para que crean a la mentira 53 : en los √ļltimos tiempos se separar√°n algunos de la fe, para creer en los esp√≠ritus del error y en las doctrinas de los demonios 54 . Y por cuanto el Esp√≠ritu Santo, seg√ļn arriba hemos dicho, habita en nosotros como en su templo, repitamos con el Ap√≥stol: No quer√°is contristar al Esp√≠ritu Santo de Dios, que os ha consagrado 55 . Para ello no basta huir de todo lo que es inmundo, sino que el hombre cristiano debe resplandecer en toda virtud, especialmente en pureza y santidad, para no desagradar a hu√©sped tan grande, puesto que la pureza y la santidad son las propias del templo. Por ello exclama el mismo Ap√≥stol: Pero ¬Ņes que no sab√©is que sois templo de Dios y que el Esp√≠ritu de Dios habita en vosotros? Si alguno osare profanar el templo de Dios, ser√° maldito de Dios, pues el templo debe ser santo y vosotros sois este templo 56 ; amenaza tremenda, pero just√≠sima.

15. Por √ļltimo, conviene rogar y pedir al Esp√≠ritu Santo, cuyo auxilio y protecci√≥n todos necesitamos en extremo. Somos pobres, d√©biles, atribulados, inclinados al mal: luego recurramos a El, fuente inexhausta de luz, de consuelo y de gracia. Sobre todo, debemos pedirle perd√≥n de los pecados, que tan necesario nos es, puesto que es el Esp√≠ritu Santo don del Padre y del Hijo, y los pecadores son perdonados por medio del Esp√≠ritu Santo como por don de Dios 57 , lo cual se proclama expresamente en la liturgia cuando al Esp√≠ritu Santo le llama remisi√≥n de todos los pecados 58 .

Cuál sea la manera conveniente para invocarle lo aprendamos de la Iglesia, que suplicante se vuelve al mismo Espíritu Santo y lo llama con los nombres más dulces de padre de los pobres, dador de los dones, luz de los corazones, consolador benéfico, huésped del alma, aura de refrigerio; y le suplica encarecidamente que limpie, sane y riegue nuestras mentes y nuestros corazones, y que conceda a todos los que en El confiamos el premio de la virtud, el feliz final de la vida presente, el perenne gozo en la futura. Ni cabe pensar que estas plegarias no sean escuchadas por aquel de quien leemos que ruega por nosotros con gemidos inenarrables 59 . En resumen, debemos suplicarle con confianza y constancia para que diariamente nos ilustre más y más con su luz y nos inflame con su caridad, disponiéndonos así por la fe y por el amor a que trabajemos con denuedo por adquirir los premios eternos, puesto que El es la prenda de nuestra heredad 60 .

16. Ved, Venerables Hermanos, los avisos y exhortaciones Nuestras sobre la devoci√≥n al Esp√≠ritu Santo, y no dudamos que por virtud principalmente de vuestro trabajo y solicitud, se han de producir saludables frutos en el pueblo cristiano. Cierto que jam√°s faltar√° Nuestra obra en cosa de tan gran importancia; m√°s a√ļn, tenemos la intenci√≥n de fomentar ese tan hermoso sentimiento de piedad por aquellos modos que juzgaremos m√°s convenientes a tal fin. Entre tanto, puesto que Nos, hace ahora dos a√Īos, por medio del Breve Provida Matris, recomendamos a los cat√≥licos para la solemnidad de Pentecost√©s algunas especiales oraciones a fin de suplicar por el cumplimiento de la unidad cristiana, Nos place ahora a√Īadir aqu√≠ algo m√°s. Decretamos, por lo tanto, y mandamos que en todo el mundo cat√≥lico en este a√Īo, y siempre en lo por venir, a la fiesta de Pentecost√©s preceda la novena en todas las iglesias parroquiales y tambi√©n aun en los dem√°s templos y oratorios, a juicio de los Ordinarios.

Concedemos la indulgencia de siete a√Īos y otras tantas cuarentenas por cada d√≠a a todos los que asistieren a la novena y oraren seg√ļn Nuestra intenci√≥n, adem√°s de la indulgencia plenaria en un d√≠a de la novena, o en la fiesta de Pentecost√©s y aun dentro de la octava, siempre que confesados y comulgados oraren seg√ļn Nuestra intenci√≥n. Queremos igualmente tambi√©n que gocen de tales beneficios todos aquellos que, leg√≠timamente impedidos, no puedan asistir a dichos cultos p√ļblicos, y ello aun en los lugares donde no pudieren celebrarse c√≥modamente -a juicio del Ordinario- en el templo, con tal que privadamente hagan la novena y cumplan las dem√°s obras y condiciones prescritas. Y Nos place a√Īadir del tesoro de la Iglesia que puedan lucrar nuevamente una y otra indulgencia todos los que en privado o en p√ļblico renueven seg√ļn su propia devoci√≥n algunas oraciones al Esp√≠ritu Santo cada d√≠a de la octava de Pentecost√©s hasta la fiesta inclusive de la Sant√≠sima Trinidad, siempre que cumplan las dem√°s condiciones arriba indicadas. Todas estas indulgencias son aplicables tambi√©n aun a las benditas almas del Purgatorio.

17. Y ahora Nuestro pensamiento se vuelve a donde comenz√≥, a fin de lograr del divino Esp√≠ritu, con incesantes oraciones, su cumplimiento. Unid, pues, Venerables Hermanos, a Nuestras oraciones tambi√©n las vuestras, as√≠ como las de todos los fieles, interponiendo la poderosa y eficaz mediaci√≥n de la Sant√≠sima Virgen. Bien sab√©is cu√°n √≠ntimas e inefables relaciones existen entre ella y el Esp√≠ritu Santo, puesto que es su Esposa inmaculada. La Virgen cooper√≥ con su oraci√≥n much√≠simo as√≠ al misterio de la Encarnaci√≥n como a la venida del Esp√≠ritu Santo sobre los Ap√≥stoles. Que Ella contin√ļe, pues, realzando con su patrocinio nuestras comunes oraciones, para que en medio de las afligidas naciones se renueven los divinos prodigios del Esp√≠ritu Santo, celebrados ya por el profeta David: Manda tu Esp√≠ritu y ser√°n creados, y renovar√°s la faz de la tierra 61 .

Dado en Roma, junto a San Pedro, el d√≠a 9 de mayo del a√Īo 1897, vig√©simo de Nuestro Pontificado.


1

Io. 16, 7.

2

Iob 26, 13.

3

Sap. 1, 7.

4

S. Leo M. Sermo 2 in anniv. ass. suae.

5

De Spiritu Sancto 16, 39.

6

Io. 1, 18.

7

1a., 31, 2. -De Trin. 1, 3.

8

Rom. 11, 36.

9

De Trin. 6, 10; 1, 6.

10

S. Aug. De Trin., 1, 4 et 5.

11

S. Aug., ibid.

12

S. Th. 1a. 39, 7.

13

S. Aug. De Trin. 4, 20.

14

Mat. 1, 18. 20.

15

1 Tim. 3, 16.

16

3, 16.

17

Enchir. 30. -S. Th. 3a. 32, 1.

18

Act. 10, 38.

19

S. Basil. De Sp. S. 16.

20

Hebr. 9, 14.

21

4, 1; 11, 2. 3.

22

De Trin. 15, 26.

23

2, 28. 29.

24

Cyr. Hierosol. Catech. 17.

25

In Mat. hom. 1; 2 Cor. 3, 3.

26

Io. 16, 12, 13.

27

Ibid. 14. 16. 17.

28

Act. 20, 28.

29

Io. 20, 22. 23.

30

S. Aug. Serm. 187 de temp.

31

7, 38. 39.

32

S. Leo M., Hom. 3 de Pentec.

33

Gal. 4, 1. 2.

34

7, 39.

35

Eph. 4, 8.

36

Aug. de Trin. 1. 4, c. 20.

37

S. Cyr. Alex. Thesaur. 1. 5, c. 5.

38

Eph. 2, 3.

39

Rom. 8, 15, 16.

40

3a. 32, 1.

41

Io. 3, 7.

42

Rom. 5, 5.

43

1a. S. Th., 8, 3.

44

Io. 14, 23.

45

1 Cor. 6, 19.

46

1o. 38, 2. -S. Aug. De Trin. 15, 19.

47

3o. 8, 1 ad 3.

48

Gal. v. 22.

49

S. Aug. De Trin. 5, 9.

50

Act. 19, 2.

51

Deut. 6, 5.

52

1 Cor. 2, 10. -1. 2ae. 28, 2.

53

2 Thes. 2, 10.

54

1 Tim. 4, 1.

55

Eph. 4, 30.

56

1 Cor. 3, 16. 17.

57

Sum. theol. 3a. 3, 8 ad 3.

58

In Miss. Rom. fer. 3 post Pent.

59

Rom. 8, 26.

60

Eph. 1, 14.

61

Ps. 103, 30.
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