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S.S. Pío XII, Divino Afflante Spiritu
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Divino Afflante Spiritu

Carta encíclica de S.S. Pío XII sobre los estudios de la Sagrada Escritura, 30 de septiembre de 1943

Inspirados por el divino Esp√≠ritu, escribieron los escritores sagrados los libros que Dios, en su amor paternal hacia el g√©nero humano, quiso dar a √©ste para ense√Īar, para arg√ľir, para corregir, para instruir en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y est√© pertrechado para toda obra buena 1 .

Nada, pues, de admirar si la Santa Iglesia ha guardado con suma solicitud un tal tesoro -a ella venido del cielo y que ella tiene por fuente preciosísima y norma divina del dogma y de la moral-; como lo recibió incontaminado de mano de los Apóstoles, así lo conservó con todo cuidado, lo defendió de toda falsa y perversa interpretación y con toda diligencia lo empleó en su ministerio de comunicar a las almas la vida sobrenatural.

De todo ello nos ofrecen claro testimonio documentos casi innumerables de todas las √©pocas. Pero en tiempos recientes, cuando especiales ataques amenazaron al divino origen y a la recta interpretaci√≥n de los Sagrados Libros, la Iglesia con mayor empe√Īo y diligencia tom√≥ su defensa y protecci√≥n. Por ello, el Santo Concilio de Trento con un solemne decreto prescribi√≥ que se han de tener como sagrados y can√≥nicos los libros enteros con todas sus partes, tales como la Iglesia cat√≥lica acostumbr√≥ a leerlos, y se encuentran en la antigua edici√≥n vulgata latina 2 . Y en nuestro tiempo el Concilio Vaticano, para reprobar doctrinas falsas sobre la inspiraci√≥n, declar√≥ que la raz√≥n de que estos libros han de ser tenidos en la Iglesia por sagrados y can√≥nicos, no es porque, despu√©s de compuestos √ļnicamente por humana industria, hayan sido posteriormente aprobados por la autoridad de la Iglesia, ni tampoco solamente por el hecho de contener una revelaci√≥n sin error, sino m√°s bien porque, escritos bajo la inspiraci√≥n del Esp√≠ritu Santo, tienen a Dios por autor, y como tales fueron confiados a la misma Iglesia 3 . Y, sin embargo, alg√ļn tiempo despu√©s, en oposici√≥n a esta solemne definici√≥n de la doctrina cat√≥lica, que para los libros enteros con todas sus partes reivindica una tal autoridad divina, que est√° inmune de cualquier error, algunos escritores cat√≥licos osaron restringir la verdad de las Sagradas Escrituras s√≥lo a las cosas tocantes a la fe y costumbres, mientras todo lo dem√°s, perteneciente al orden f√≠sico o al g√©nero hist√≥rico, lo reputaban como dicho de paso y sin conexi√≥n alguna -seg√ļn ellos- con la fe. Por ello, Nuestro Predecesor, de i. m., Le√≥n XIII, en su enc√≠clica Providentissimus Deus, del 18 de noviembre de 1893, no s√≥lo reprob√≥ just√≠simamente estos errores, sino que orden√≥ los estudios de los Libros Sagrados con prescripciones y normas sapient√≠simas.

2. Muy justo es, por lo tanto, que se celebre el quincuag√©simo aniversario de la publicaci√≥n de aquella Enc√≠clica, considerada como la Carta Magna de los estudios b√≠blicos. Por ello, Nos, conforme a la solicitud que desde el principio de Nuestro sumo Pontificado 4 mostramos respeto a los estudios sagrados, hemos juzgado que ser√≠a muy conveniente, de una parte, el confirmar e inculcar todo cuanto Nuestro Predecesor sabiamente estableci√≥ y lo que sus Sucesores a√Īadieron para reforzar y perfeccionar la obra; y, de otra, ense√Īar lo que al presente parecen exigir los tiempos, para m√°s y m√°s animar a todos los hijos de la Iglesia, que a estos estudios se dedican, en esta labor tan necesaria como laudable.

I. PARTE HISTORIA

1) la obra de León XIII

3. Primera y m√°xima preocupaci√≥n de Le√≥n XIII fue el exponer la doctrina sobre la verdad de los Libros Sagrados y vindicarla de los ataques adversarios. Por ello, con muy graves palabras, declar√≥ que no hay error alguno en que, hablando el hagi√≥grafo de cosas f√≠sicas, siquiera las apariencias sensibles, como dice el Ang√©lico 5 , expres√°ndose o a modo de met√°fora, o seg√ļn las frases que en aquellos tiempos se usaban en el lenguaje com√ļn, y seg√ļn todav√≠a se usan aun hoy para muchas cosas en la conversaci√≥n ordinaria hasta entre los m√°s doctos. De hecho, la intenci√≥n de los escritores sagrados, o, mejor a√ļn -son palabras de San Agust√≠n 6 - del esp√≠ritu de Dios, que por ellos hablaba, no era el ense√Īar a los hombres tales cosas -es decir, la √≠ntima constituci√≥n de las cosas visibles-, que nada hab√≠an de servirles para la eterna salvaci√≥n 7 . Principio, que convendr√° aplicar tambi√©n a las ciencias afines, especialmente a la historia, esto es, refutando de modo semejante las falacias de los adversarios y defendiendo de sus impugnaciones la verdad hist√≥rica de la sagrada Escritura 8 . Ni tampoco puede atribuirse error al escritor sagrado, si en alg√ļn lugar, al transcribir los c√≥dices se les escap√≥ a los copistas algo inexacto, o cuando subsiste duda sobre el sentido preciso de alguna frase. Por √ļltimo, no es en modo alguno l√≠cito o restringir la inspiraci√≥n de la Sagrada Escritura a algunas partes tan s√≥lo, o conceder que err√≥ el mismo escritor sagrado, porque la inspiraci√≥n divina por s√≠ misma no s√≥lo excluye todo error, sino que lo excluye y rechaza tan necesariamente, cuanto es necesario que Dios, Verdad suma, no pueda ser autor de error alguno. Tal es la antigua y constante fe de la Iglesia 9 .

4. Esta doctrina, pues, que con tanta gravedad expuso Nuestro Predecesor Le√≥n XIII, la proponemos Nos e inculcamos con Nuestra autoridad para que todos religiosamente la mantengan. Y queremos que no se ponga menor empe√Īo aun hoy en seguir los consejos y est√≠mulos que √©l tan sabiamente a√Īadi√≥, conforme a su tiempo. Pues, como surgiesen nuevas y no leves dificultades y cuestiones, ya por los prejuicios del racionalismo que por todas partes cund√≠a, ya principalmente por los antiqu√≠simos monumentos excavados y estudiados en las regiones del Oriente, Nuestro mismo Predecesor, impulsado por la solicitud de su apost√≥lico oficio, y ansioso no s√≥lo de que una tan preclara fuente de la revelaci√≥n cat√≥lica se abriera m√°s segura y abundante para utilidad de la grey del Se√Īor, sino tambi√©n de que no le causara da√Īo alguno, expres√≥ su vivo deseo de que fuesen muchos quienes emprendiesen y con firmeza sostuviesen la defensa de las divinas Escrituras, y que principalmente aquellos a quienes la divina gracia llamara a las sagradas √≥rdenes pusieran cada d√≠a m√°s diligencia, como es muy de raz√≥n, en leerlas, meditarlas y exponerlas 10 .

5. Con tales criterios, el mismo Pont√≠fice, ya antes hab√≠a alabado y aprobado la Escuela de Estudios B√≠blicos, fundada en San Esteban de Jerusal√©n gracias a la solicitud del Maestro General de la Sagrada Orden de Predicadores, porque de ella, seg√ļn √©l mismo dijo, los estudios b√≠blicos hab√≠an recibido grandes ventajas, y aun se esperaban mayores 11 ; y despu√©s, en el √ļltimo a√Īo de su vida, a√Īadi√≥ una nueva disposici√≥n, para que estos estudios, tan altamente recomendados en la enc√≠clica Providentissimus Deus, se cultivasen cada d√≠a mejor y se promovieran con mayor seguridad. Y as√≠, en la Carta apost√≥lica Vigilantiae, del 30 de octubre de 1902, instituy√≥ un Consejo o -como suele decirse- una Comisi√≥n de graves varones que tuvieran como misi√≥n propia suya el procurar por todos los medios posibles que las divinas Escrituras sean estudiadas por los nuestros con todo aquel exquisito cuidado que los tiempos exigen, manteni√©ndose inc√≥lumes no s√≥lo de toda mancha de error, sino de toda temeridad en las opiniones 12 ; Comisi√≥n que tambi√©n Nos, siguiendo el ejemplo de Nuestros Predecesores, hemos confirmado y aun realzado de hecho, al valernos de ella, como muchas veces antes, y de su ministerio para sujetar a los comentaristas de los Libros Sagrados a aquellas sanas normas de ex√©gesis cat√≥lica que los Santos Padres y Doctores de la Iglesia y los mismos Sumos Pont√≠fices nos ense√Īaron 13 .

2) la obra de los sucesores de León XIII

6. Muy oportuno parece ahora el recordar con gratitud las principales y m√°s √ļtiles aportaciones de Nuestros Predecesores a dicha finalidad, y que podr√≠amos llamar complemento o fruto de la feliz empresa leoniana. Y, en primer lugar, P√≠o X, queriendo ofrecer un modo pr√°ctico para preparar buen n√ļmero de maestros, recomendables por la gravedad y la pureza de la doctrina, que en las escuelas cat√≥licas interpretaran los Sagrados Libros, instituy√≥ los grados acad√©micos de Licenciado y Doctor en Sagrada Escritura, que deber√≠an ser conferidos por la Comisi√≥n B√≠blica 14 , y luego dio leyes sobre el plan de estudios de la Sagrada Escritura, en los Seminarios, con el fin de que los alumnos seminaristas no s√≥lo tuvieran un profundo conocimiento de la Biblia, de su valor y de su doctrina, sino que pudieran, m√°s tarde, ejercer convenientemente el ministerio de la divina palabra y defender de todo ataque los libros escritos bajo la inspiraci√≥n de Dios 15 ; y, finalmente, para que en la ciudad de Roma hubiera un "centro" de altos estudios b√≠blicos, que con la mayor eficacia posible promoviese la ciencia de la Biblia y de las materias con ella relacionadas, todo ello seg√ļn el sentir de la Iglesia cat√≥lica, fund√≥ -confi√°ndolo a la √≠nclita Compa√Ī√≠a de Jes√ļs- el Pontificio Instituto B√≠blico, que quiso estuviera provisto de escuelas superiores y de todos los instrumentos tocantes a la erudici√≥n b√≠blica; y le dio sus propias leyes y estatutos, declarando que con ello realizaba el saludable y fruct√≠fero prop√≥sito de Le√≥n XIII 16 .

7. A todo ello dio feliz t√©rmino Nuestro inmediato Predecesor P√≠o XI, de f. m., al mandar, entre otras cosas, que nadie en los Seminarios ense√Īase la Sagrada Escritura sin haber leg√≠timamente obtenido grados acad√©micos en la Comisi√≥n B√≠blica o en el Instituto B√≠blico, luego de realizados regularmente sus estudios; y dispuso que estos grados tuviesen los mismos efectos que los leg√≠timamente otorgados en Sagrada Teolog√≠a o en Derecho Can√≥nico; mand√≥, adem√°s, que a nadie se le confiriese beneficio, al cual can√≥nicamente estuviera aneja la carga de explicar al pueblo la Sagrada Escritura, si, adem√°s de los otros requisitos, no hab√≠a obtenido la licenciatura o el doctorado. Al mismo tiempo, y despu√©s de haber exhortado as√≠ a los Generales de las Ordenes religiosas como a los Obispos del mundo cat√≥lico, a que enviaran sus mejores alumnos al Instituto B√≠blico, para asistir en √©l a sus cursos y recibir los grados acad√©micos, realz√≥ dicha exhortaci√≥n con su munificencia, al se√Īalar generosamente rentas anuales precisamente para dicha finalidad 17 .

8. Y el mismo Pont√≠fice, puesto que con el favor y aprobaci√≥n de P√≠o X, de f. m., en el a√Īo 1907 se hab√≠a encomendado a los monjes Benedictinos el encargo de hacer investigaciones y estudios que pudieran preparar la edici√≥n de la versi√≥n latina de la Biblia, que suele llamarse la Vulgata 18 , queriendo dar base m√°s s√≥lida y mayor seguridad a esta empresa tan ardua como laboriosa que, si exige largos trabajos y cuantiosos gastos, pone ya de relieve su gran utilidad con los excelentes vol√ļmenes hasta ahora publicados, levant√≥ desde los cimientos el monasterio de San Jer√≥nimo en Roma, dedicado por completo a aquella labor, y lo dot√≥ espl√©ndidamente con su propia biblioteca y con toda clase de medios para la investigaci√≥n 19 .

3) los Sumos Pontífices, y la Sagrada Escritura

9. Ni puede pasarse aquí en silencio cómo esos mismos Predecesores Nuestros, cuando se les ofreció ocasión para ello, recomendaron siempre ya el estudio, ya la predicación, ya la piadosa lectura y meditación de las Sagradas Escrituras. Y así, Pío X aprobó cálidamente la Sociedad de San Jerónimo, cuya finalidad es tanto el familiarizar a los fieles cristianos con la tan loable costumbre de leer y meditar los santos Evangelios, como el facilitarles en todo lo posible práctica tan piadosa. Y la exhortaba a que perseverase con entusiasmo en su empresa, por tratarse de cosa utilísima, la que mejor respondía a los tiempos, pues contribuye no poco a desarraigar la opinión de que la Iglesia sea opuesta a la lectura de las Sagradas Escrituras en lengua vulgar o de que ponga impedimento para ello 20 . Más tarde, Benedicto XV, en ocasión del decimoquinto centenario de la muerte del Doctor Máximo en la exposición de las Sagradas Escrituras, luego de inculcar seriamente así los preceptos y ejemplos del mismo Doctor, como los principios y normas dados por León XIII y por sí mismo, y después de otras recomendaciones oportunísimas en esta materia que nunca deberán echarse en olvido, exhortó a todos los hijos de la Iglesia, y sobre todo a los clérigos, a que uniesen la reverencia a la Sagrada Escritura con la piadosa lectura y la asidua meditación de la misma; y advirtió que en sus páginas ha de buscarse el manjar que haga crecer la vida espiritual hacia la perfección, y que la principal utilidad de la Escritura está en emplearla santa y fructuosamente para la predicación de la divina palabra. Y luego alabó de nuevo la obra de la Sociedad de San Jerónimo, consagrada a divulgar, cuanto posible, los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles, de suerte que ya no hay familia cristiana que de ellos carezca, y todos se acostumbran a su cotidiana lectura y meditación 21 .

4) frutos de acci√≥n tan m√ļltiple

10. Y es justo y grato reconocer que no s√≥lo en virtud de estas disposiciones, mandatos y est√≠mulos de Nuestros Predecesores, mas tambi√©n por la cooperaci√≥n de todos cuantos diligentemente los secundaron, ya estudiando, ya investigando, ya escribiendo, ya ense√Īando y predicando, ya tambi√©n traduciendo y propagando los Sagrados Libros, entre los cat√≥licos ha progresado no poco la ciencia y el uso de las Sagradas Escrituras. Son, en verdad, ya much√≠simos los cultivadores de la Escritura Santa que han salido y cada d√≠a salen de las escuelas superiores de Teolog√≠a y de Sagrada Escritura, y principalmente de Nuestro Pontificio Instituto B√≠blico; los cuales, animados por su ardiente afici√≥n a los sagrados vol√ļmenes, la comunican luego con el mismo ardor al clero joven y le transmiten tambi√©n la doctrina que ellos aprendieron. Y as√≠ no pocos de ellos, con sus propios escritos o de varias maneras, han promovido y promueven los estudios b√≠blicos, ya editando los textos sagrados seg√ļn las normas de una cr√≠tica depurada, ya explic√°ndolos, ilustr√°ndolos y traduci√©ndolos a las lenguas modernas; ya proponi√©ndolos a los fieles para su piadosa lectura y meditaci√≥n; ya, finalmente, cultivando y adquiriendo las disciplinas profanas, en cuanto son √ļtiles para explicar la Sagrada Escritura. Estas y otras obras emprendidas, que cada d√≠a se propagan y se consolidan m√°s, como, por ejemplo, las sociedades, los congresos, las semanas de estudios b√≠blicos, y las bibliotecas, las asociaciones para meditar el Evangelio, nos hacen concebir una firme esperanza de que en adelante ir√°n creciendo cada d√≠a m√°s, para mayor provecho de las almas, el respeto, uso y conocimiento de las Sagradas Letras. Pero ello no se lograr√° sino a condici√≥n de que con firmeza, valent√≠a y confianza se ajusten todos al programa de estudios b√≠blicos prescrito por Le√≥n XIII, aclarado m√°s amplia y completamente por sus Sucesores y por Nos todav√≠a confirmado y aumentado; programa que es, en realidad, el √ļnico seguro y comprobado por la experiencia; y no se desanimen en modo alguno por las dificultades que, como en todo lo humano, tampoco han de faltar en esta obra tan preclara.

II. PARTE DOCTRINAL

11. No hay quien f√°cilmente no vea c√≥mo se han modificado, en estos cincuenta a√Īos, las condiciones de los estudios b√≠blicos y la de todos cuantos les pueden ser √ļtiles. Pasando por alto otras cosas, cuando Nuestro Predecesor public√≥ su enc√≠clica Providentissimus Deus, muy pocos eran los lugares de Palestina comenzados a explorar por excavaciones relacionadas con estos estudios, en tanto que ahora las investigaciones de tal g√©nero se han multiplicado y se llevan a cabo con m√©todos m√°s severos que, perfeccionados por el mismo ejercicio, nos ofrecen m√°s copiosos y ciertos resultados. Cu√°nta, en verdad, sea la luz que de estas investigaciones brota para entender mejor y m√°s plenamente los Sagrados Libros, lo saben muy bien los peritos y cuantos a tales estudios se consagran. Crece a√ļn la importancia de estas investigaciones por los documentos escritos hallados de cuando en cuanto, que contribuyen mucho al conocimiento de las lenguas, literatura, historia, costumbres y religiones de los m√°s antiguos pueblos. Ni es de menor importancia el hallazgo y la investigaci√≥n, tan frecuente en nuestro tiempo, de los papiros que tan √ļtiles han sido para conocer las literaturas y las instituciones p√ļblicas y privadas, principalmente del tiempo de nuestro Salvador. Adem√°s, se han hallado y editado con rigurosa cr√≠tica vetustos c√≥dices de los Sagrados Libros; se ha investigado m√°s y m√°s plenamente la ex√©gesis de los Santos Padres; y, en fin, se ilustran con innumerables ejemplos los modos de decir, de narrar o de escribir de los antiguos. Todo esto, que no sin especial consejo de la providencia de Dios ha sido concebido a nuestra √©poca, invita y, en cierto modo, amonesta a los int√©rpretes de las Sagradas Letras para que, vali√©ndose sol√≠citos de tanta luz, las estudien m√°s a fondo, las expliquen con m√°s precisi√≥n y las expongan con mayor claridad. Y si, con gran contento del alma, vemos que los int√©rpretes han obedecido con el mayor entusiasmo y siguen obedeciendo a esta invitaci√≥n, no vemos en ello el √ļltimo ni tampoco el menor de los frutos de la enc√≠clica Providentissimus Deus, en la que Nuestro Predecesor, como presagiando este nuevo florecer de los estudios b√≠blicos, llam√≥ a los exegetas cat√≥licos hacia un trabajo, cuyo camino y m√©todo les traz√≥ con sabia intuici√≥n. Hacer que el trabajo no s√≥lo permanezca ininterrumpido sino que cada d√≠a se vaya perfeccionando m√°s y resulte m√°s fecundo: tal es la finalidad de esta Nuestra Enc√≠clica, con la cual Nos proponemos principalmente demostrar a todos lo que aun resta por hacer y con qu√© √°nimo debe emprender hoy el exegeta cat√≥lico tan importante y elevado cargo, y dar nuevo est√≠mulo y nuevos √°nimos a los obreros que constantemente trabajan en la vi√Īa del Se√Īor.

1) textos originales

12. Ya los Padres de la Iglesia, y en primer lugar San Agust√≠n, recomendaron encarecidamente al int√©rprete cat√≥lico, deseoso de entender y explicar las Sagradas Escrituras, que estudiara las lenguas antiguas y acudiera a los textos originales 22 . Pero tal era la condici√≥n de los estudios, en aquellos tiempos, que no consent√≠an fuesen muchos los familiarizados con la lengua hebrea: y aun √©stos, con un conocimiento imperfecto. Y en la Edad Media, cuando m√°s florec√≠a la Teolog√≠a escol√°stica, hasta el conocimiento mismo del griego se hallaba, hac√≠a ya tiempo, tan deca√≠do entre los occidentales, que aun los mayores Doctores de aquellos tiempos, al explicar los Sagrados Libros, no pod√≠an apoyarse sino tan s√≥lo en la versi√≥n latina llamada Vulgata. Por lo contrario, en nuestros tiempos, no s√≥lo la lengua griega, que desde el Renacimiento resucit√≥ en cierto modo a nueva vida, es casi familiar a todos los cultivadores de la antig√ľedad y de las letras, sino que ya el mismo conocimiento de la hebrea y las otras lenguas orientales se halla ampliamente difundido entre los estudiosos. Es hoy, adem√°s, tal la abundancia de medios para aprender estas lenguas, que el int√©rprete de la Biblia, que por negligencia se cierre la puerta para el conocimiento de los textos originales, no podr√° en modo alguno evitar la nota de ligereza y desidia, pues al exegeta le toca como captar con sumo cuidado y veneraci√≥n aun las m√°s peque√Īas cosas que bajo la divina inspiraci√≥n salieron de la pluma del hagi√≥grafo, para as√≠ penetrar m√°s profunda y plenamente en su pensamiento. Procure, pues, seriamente adquirir una pericia cada d√≠a mayor de las lenguas b√≠blicas, y aun de las dem√°s lenguas orientales, para apoyar su interpretaci√≥n en todos los subsidios que toda clase de filolog√≠a supedita. Eso, en verdad, procur√≥ sol√≠citamente San Jer√≥nimo, seg√ļn eran los conocimientos de su √©poca; y tal fue el ideal de no pocos de los grandes int√©rpretes de los siglos XVI y XVII, bien que el conocimiento de las lenguas fuese mucho menor que hoy, poniendo en ello un infatigable esfuerzo y logrando frutos no medianos. Con el mismo m√©todo, pues, ha de explorarse el mismo texto original, que, como escrito inmediatamente por el mismo autor sagrado, tendr√° mayor autoridad y mayor peso que en cualquier versi√≥n, ya antigua, ya moderna, por muy buena que fuese; y ello se lograr√° m√°s f√°cil y √ļtilmente si al conocimiento de las lenguas se uniere tambi√©n una s√≥lida pericia en el arte de la cr√≠tica tocante al texto mismo.

13. Sabiamente advierte ya San Agust√≠n la importancia de esta cr√≠tica, cuando, entre las reglas que se deben inculcar al que estudia los Sagrados Libros, puso -en primer lugar- la preocupaci√≥n de poder servirse de un texto correcto. Quienes desean conocer las Sagradas Escrituras -dice aquel preclar√≠simo Doctor de la Iglesia- deben, ante todo, atender con sumo cuidado a la enmienda de los c√≥dices, de suerte que los no correctos cedan su puesto a los correctos 23 . Hoy este arte, que se llama cr√≠tica textual y que se aplica laudable y provechosamente en la edici√≥n de los textos profanos, con toda raz√≥n ha de ejercitarse tambi√©n en los Sagrados Libros, precisamente por la misma reverencia debida a la divina palabra. Su propia finalidad es restituir a su primitivo ser el sagrado texto lo m√°s perfectamente posible, purific√°ndolo de las corrupciones en √©l introducidas por impericia de los copistas y libr√°ndolo, cuanto se pueda, de glosas y lagunas, de inversiones de palabras, de repeticiones y otros defectos de la misma especie, que suelen infiltrarse en los textos a trav√©s de los muchos siglos. Verdad es que, hace algunos decenios, no pocos empleaban la cr√≠tica tan arbitrariamente que a veces pod√≠a decirse que con ello trataron de introducir en el sagrado texto sus prejuicios; pero hoy ha llegado a alcanzar ya tal estabilidad y seguridad, que se ha convertido en un insigne instrumento para editar la divina palabra con mayor pureza y esmero, y es f√°cil descubrir cualquier abuso de la misma. Ni hace falta traer aqu√≠ a la memoria -porque es claro y sabido de todos los que estudian las Sagradas Escrituras- en cu√°nta estima ha tenido la Iglesia, desde los primeros siglos hasta nuestros tiempos, estos trabajos de la cr√≠tica. Hoy, pues, cuando este arte ha alcanzado tal perfecci√≥n, es para los cultivadores de los estudios b√≠blicos honrosa tarea, aunque no siempre f√°cil, procurar con todo af√°n que cuanto antes preparen los cat√≥licos ediciones ajustadas a estas normas, no s√≥lo de los textos sagrados, sino tambi√©n de las versiones antiguas, que a la suma reverencia hacia el sagrado texto a√Īadan la escrupulosa observancia de las leyes de la cr√≠tica. Y sepan bien todos que esta larga labor no s√≥lo es necesaria para el recto conocimiento de los escritos divinamente inspirados; imperiosamente la exige, adem√°s, la piedad con que debemos mostrarnos sumamente agradecidos al Dios provident√≠simo, por habernos enviado estos libros a modo de cartas paternas dirigidas como a sus hijos propios desde la sede de su majestad.

14. Ni se figure nadie que este uso de los textos primitivos, obtenidos con el empleo de la cr√≠tica, se opone en modo alguno a las sabias prescripciones del Concilio Tridentino tocantes a la Vulgata latina 24 . Documentalmente consta c√≥mo los Presidentes de aquel Concilio recibieron el encargo de rogar, en nombre mismo del Concilio, al Sumo Pont√≠fice -y as√≠ lo hicieron- que hiciera corregir, como mejor fuera posible, ante todo la edici√≥n latina, y despu√©s tambi√©n el texto griego y el hebreo, que se publicaran luego, para la mayor utilidad de la santa Iglesia de Dios 25 . Si, por las dificultades de los tiempos y otros impedimentos, no pudo entonces darse plena satisfacci√≥n a estos deseos, al presente, como lo esperamos, aunados los esfuerzos de todos los doctos cat√≥licos, podr√° mejor y m√°s plenamente satisfacerse. Si el Concilio Tridentino orden√≥ que la Vulgata fuese la versi√≥n que todos usaran como aut√©ntica, esto, como cualquiera ve, s√≥lo se refiere a la Iglesia latina y a su uso p√ļblico de la Escritura, y en nada disminuye la autoridad y el valor de los textos originales. Pues ni siquiera se trataba entonces de los textos originales, sino de las versiones latinas que en aquel tiempo corr√≠an, entre las cuales el Concilio, con mucha raz√≥n, decret√≥ que hab√≠a de preferirse aquella que la misma Iglesia hab√≠a aprobado por el largo uso de tantos siglos. Por lo tanto, esta precedente autoridad, o, como dicen, autenticidad de la Vulgata, no fue establecida por el Concilio principalmente por razones cr√≠ticas, sino m√°s bien por su leg√≠timo uso en la Iglesia, ya de tantos siglos, por el cual se demuestra que en las cosas de fe y costumbres est√° enteramente inmune de todo error, de modo que, por testimonio y confirmaci√≥n de la misma Iglesia, puede aducirse con seguridad y sin peligro de error en las disputaciones, lecciones y sermones: por lo tanto, no es una autenticidad primariamente cr√≠tica, sino m√°s bien jur√≠dica. Luego esta autoridad de la Vulgata en las cosas doctrinales no impide en modo alguno -antes hoy m√°s bien lo exige casi- que esa misma doctrina se compruebe y se confirme tambi√©n por los textos originales, y que a cada momento se acuda a los textos primitivos, con los cuales siempre, y cada d√≠a mejor, se aclare y exponga la verdadera significaci√≥n de la Sagrada Escritura. Ni prohibe tampoco el Concilio Tridentino que para uso y bien de los fieles cristianos, y para m√°s f√°cil inteligencia de la divina palabra, se hagan versiones en lenguas vulgares, pero precisamente sobre los mismos textos originales, como con la aprobaci√≥n de la autoridad de la Iglesia sabemos haberse hecho laudablemente en muchas naciones.

2) interpretación

15. Excelentemente pertrechado con el conocimiento de las lenguas y los subsidios de la cr√≠tica, pase ya el exegeta cat√≥lico a la tarea suprema entre cuantas se le imponen, esto es, hallar y exponer el verdadero sentido de los Sagrados Libros. Al hacerlo, los int√©rpretes cat√≥licos tengan siempre ante sus ojos que lo que m√°s ahincadamente han de procurar es el discernir claramente y precisar cu√°l es el sentido de las palabras b√≠blicas, que llaman literal. Este literal significado de las palabras resulta de que con toda diligencia lo averig√ľen por el conocimiento de las lenguas, por el examen del contexto y por la comparaci√≥n con los lugares semejantes; pues de todo esto suele hacerse uso tambi√©n en la interpretaci√≥n de los escritos profanos, para que aparezca clara la mente del autor. Pero teniendo siempre en cuenta el exegeta de las Sagradas Letras que aqu√≠ se trata de palabra divinamente inspirada, cuya custodia e interpretaci√≥n ha sido por el mismo Dios encomendada a su Iglesia, atienda con no menor diligencia a las explicaciones y declaraciones del magisterio de la Iglesia, a las dadas por los Santos Padres y tambi√©n a la analog√≠a de la fe, como sapient√≠simamente lo advierte Le√≥n XIII en su enc√≠clica Providentissimus Deus 26 . Pero pongan singular empe√Īo en no exponer solamente -como con dolor vemos se hace en algunos comentarios- lo tocante a la historia, a la arqueolog√≠a, a la filolog√≠a y a otras disciplinas semejantes, sino que, empleando √©stas oportunamente en cuanto pueden contribuir a la ex√©gesis, expliquen principalmente cu√°l es la doctrina teol√≥gica de fe y costumbres en cada libro o en cada lugar, de manera que su explanaci√≥n no s√≥lo ayude a los profesores de teolog√≠a para proponer y confirmar los dogmas de la fe, mas sirva tambi√©n a los sacerdotes para aclarar al pueblo la doctrina cristiana y, en fin, a todos los fieles para llevar una vida santa y digna de un cristiano.

16. Dando una tal interpretaci√≥n, teol√≥gica ante todo, reducir√°n eficazmente al silencio a quienes aseguran no hallar casi nada en los comentarios b√≠blicos que eleve la mente a Dios, nutra el alma y promueva la vida interior, y a√Īaden que se ha de recurrir a una cierta interpretaci√≥n espiritual y m√≠stica, como ellos dicen. Cu√°n poco acertado sea este su juicio, lo demuestra la misma experiencia de muchos que, meditando y considerando una y otra vez la divina palabra, llevaron sus almas a la perfecci√≥n y se sintieron movidos de un vehemente amor a Dios, y lo demuestran tambi√©n claramente la perpetua ense√Īanza de la Iglesia y los consejos de los sumos Doctores. No es que de la Sagrada Escritura se excluya todo sentido espiritual, pues lo que en el Antiguo Testamento se dijo y se hizo fue sapient√≠simamente ordenado y dispuesto por Dios de tal manera, que las cosas pret√©ritas presignificasen de modo espiritual las que en la nueva ley de gracia hab√≠an de realizarse. Por lo cual el exegeta, como debe investigar y exponer el significado propio, o, como dicen, literal, de las palabras, intentado y expresado por el hagi√≥grafo, y tambi√©n el significado espiritual, siempre que conste haber sido realmente dado por Dios. S√≥lo Dios, en verdad, pudo conocer y revelarnos a nosotros ese significado espiritual. Ahora bien, este sentido, en los Santos Evangelios, nos lo indica y nos lo ense√Īa el mismo Divino Salvador; lo profesan de palabra y por escrito los Ap√≥stoles, imitando el ejemplo del Maestro; lo demuestra la constante doctrina tradicional de la Iglesia, y, finalmente, lo declara el antiqu√≠simo uso de la liturgia seg√ļn la conocida sentencia: La ley de la oraci√≥n es la ley de la creencia. Pongan, pues, en claro y expliquen los ex√©getas cat√≥licos, con la diligencia que la dignidad de la divina palabra pide, este sentido espiritual intentado y ordenado por el mismo Dios, pero gu√°rdense religiosamente de proponer como genuino sentido de las Sagradas Escrituras otros sentidos figurados; pues aunque, al desempe√Īar el cargo de la predicaci√≥n, puede ser √ļtil, para ilustrar y recomendar las cosas de la fe y costumbres, un m√°s amplio uso del sagrado texto en sentido figurado, siempre que se haga con moderaci√≥n y sobriedad, nunca, sin embargo, ha de olvidarse que este uso de las palabras de la Sagrada Escritura le es a √©sta como exterior y a√Īadido, y que, sobre todo hoy, no deja de ser peligroso, pues los fieles cristianos, principalmente los instruidos en las ciencias sagradas y en las profanas, quieren saber lo que Dios nos da a entender en las Sagradas Escrituras, m√°s bien que lo dicho por un facundo orador o escritor, empleando con cierta habilidad las palabras de la Biblia. Ni necesita tampoco la palabra de Dios, viva y eficaz y m√°s penetrante que espada de dos filos, y que llega hasta la divisi√≥n del alma y del esp√≠ritu, y de las coyunturas y las m√©dulas, y discernidora de los pensamientos e intenciones del coraz√≥n 27 , de artificios o arreglos humanos para mover los corazones y excitar los √°nimos, porque las mismas sagradas p√°ginas, escritas bajo la inspiraci√≥n divina, tienen por s√≠ mismas abundancia de un primer sentido; enriquecidas de divina virtud, valen por s√≠; adornadas de soberana hermosura, por s√≠ lucen y resplandecen, siempre que el int√©rprete las explique tan √≠ntegra y fielmente, que saque a luz todos los tesoros de sabidur√≠a y prudencia que en ellas se encierran.

17. Para esto podr√° el exegeta servirse muy bien del estudio de las obras en que los Santos Padres, los Doctores de la Iglesia e ilustres int√©rpretes de las Sagradas Letras, en tiempos pasados, las expusieron; ya que √©stos, si a veces estaban menos provistos de erudici√≥n profana y del conocimiento de las lenguas que los de nuestro tiempo, se distinguen, sin embargo, dado el oficio que Dios les dio en la Iglesia, por cierta suave perspicacia de las cosas celestiales y por una admirable agudeza de entendimiento, con que √≠ntimamente penetran las profundidades de la divina palabra, y as√≠ sacan de ella cuanto puede servir para ilustrar la doctrina de Cristo y promover la santidad de la vida. De doler es, en verdad, que tan preciosos tesoros de la cristiana antig√ľedad sean demasiado poco conocidos por muchos de los escritores de nuestros tiempos, y que los cultivadores de la historia de la ex√©gesis todav√≠a no hayan llegado a hacer todo lo posible para mejor conocer y m√°s justamente estimar materia tan importante. Ojal√° fueran muchos los que, examinando diligentemente los autores y las obras de interpretaci√≥n cat√≥lica, a fin de sacar de all√≠ las casi inmensas riquezas que acumulan, contribuyeran eficazmente a que cada d√≠a aparezca m√°s claro hasta qu√© alto grado penetraron ellos en la doctrina de los Libros Santos, y cu√°nto la ilustraron, de modo que los int√©rpretes modernos los tomen como ejemplo y busquen en ellos oportunos argumentos. Se llegar√° as√≠, por fin, a la feliz y fecunda uni√≥n de la doctrina y espiritual suavidad en el decir de los antiguos con la erudici√≥n m√°s vasta y el arte m√°s avanzado de los modernos, que producir√° indudablemente nuevos frutos en el campo de las Divinas Letras, nunca suficientemente cultivado, y nunca exhausto.

3) problemas principales

18. Es tambi√©n de esperar que nuestros tiempos podr√°n contribuir en algo a una m√°s profunda y exacta interpretaci√≥n de las Sagradas Escrituras, pues no pocas cosas -y, entre ellas, principalmente las referentes a la historia- o apenas o insuficientemente fueron explicadas por los expositores de los siglos pasados, por faltarles casi todas las noticias necesarias para su ilustraci√≥n. Cu√°n dif√≠ciles, en efecto, y casi inaccesibles fuesen algunas cuestiones para los mismos Padres, se demuestra, por no citar otros ejemplos, en los varios conatos que muchos de ellos repitieron para interpretar los primeros cap√≠tulos del G√©nesis; igualmente, en los repetidos tanteos de un San Jer√≥nimo para traducir los Salmos de suerte que su sentido literal, esto es, el expresado por las palabras mismas del texto, apareciese con claridad. Finalmente, hay algunos libros o textos sagrados, cuyas dificultades de interpretaci√≥n se han puesto de relieve en la edad moderna, es decir, cuando un m√°s exacto conocimiento de los tiempos antiguos hizo presentarse nuevos problemas que nos obligan a un m√°s profundo examen de la materia. Se equivocan, por lo tanto, algunos que, no conociendo bien el estado actual de la ciencia b√≠blica, se empe√Īan en que al exegeta cat√≥lico de nuestros d√≠as no le queda nada ya que a√Īadir a cuanto la antig√ľedad cristiana produjo; por lo contrario, la verdad es que son tantos los problemas planteados por nuestro tiempo que reclaman nueva investigaci√≥n y nuevo examen y estimulan no poco la actividad del moderno escriturista.

19. Verdad es que nuestra √©poca acumula nuevas cuestiones y nuevas dificultades; pero tambi√©n, por favor de Dios, suministra nuevos recursos y subsidios a la ex√©gesis. Entre ellos parece digno de especial menci√≥n el que los te√≥logos cat√≥licos, siguiendo la doctrina de los Santos Padres, y principalmente la del Ang√©lico y Com√ļn doctor, han explorado y expuesto -con mayor precisi√≥n y sutileza que sol√≠a hacerse en los pasados siglos- la naturaleza y los efectos de la inspiraci√≥n b√≠blica: pues, partiendo del principio de que el escritor sagrado, al escribir su libro, es **** o instrumento del Esp√≠ritu Santo, pero instrumento vivo y racional, observan rectamente que, bajo el influjo de la divina moci√≥n, de tal manera hace uso de sus facultades y energ√≠as, que por el libro nacido de su acci√≥n puedan todos f√°cilmente colegir la √≠ndole propia de cada uno y, por as√≠ decirlo, sus singulares caracter√≠sticas y rasgos 28 . Ha de esforzarse, pues, el int√©rprete con toda diligencia, sin descuidar luz alguna que hayan aportado las modernas investigaciones, por conocer la √≠ndole propia y las condiciones de vida del escritor sagrado, el tiempo en que floreci√≥, las fuentes, ya escritas, ya orales, que utiliz√≥ as√≠ como el vocabulario por √©l usado. As√≠ podr√° mejor conocer qui√©n fue el hagi√≥grafo y qu√© quiso significar al escribir. A nadie se le oculta que la suprema norma para la interpretaci√≥n es precisar y delimitar qu√© pretendi√≥ decir el escritor, como egregiamente lo advierte San Atanasio: Aqu√≠, como conviene hacerlo en todos los otros lugares de la divina Escritura, debe observarse con qu√© ocasi√≥n habl√≥ el Ap√≥stol; ha de atenderse con cuidado y exactitud a cu√°l es la persona a quien escribe y cu√°l el motivo de que le escriba, no sea que al ignorar tales cosas o al malentender una cosa por otra se aleje del verdadero pensamiento del autor 29 .

20. Pero muchas veces no es tan claro en las palabras y escritos de los antiguos autores orientales, como lo es por ejemplo en los escritores de nuestra √©poca, cu√°l sea el sentido literal: lo que aquellos quisieron significar no se determina tan s√≥lo por las leyes de la gram√°tica o de la filolog√≠a, ni por el contexto del discurso, sino que es preciso, por decirlo as√≠, que el int√©rprete se vuelva mentalmente a aquellos remotos siglos del Oriente, y con el auxilio de la historia, de la arqueolog√≠a, de la etnolog√≠a y otras disciplinas, discierna y distintamente vea qu√© g√©nero literario quisieron emplear y de hecho emplearon los escritores de aquella vetusta edad. Porque los antiguos Orientales no siempre empleaban las mismas formas y los mismos modos de decir que hoy usamos nosotros, sino m√°s bien aquellos que eran los corrientes entre los hombres de sus tiempos y lugares. Cu√°les fueran √©stos, no puede el int√©rprete determinarlo de antemano, sino solamente en virtud de una cuidadosa investigaci√≥n de las antiguas literaturas del Oriente. Esta, llevada a cabo en los √ļltimos decenios con mayor cuidado y diligencia que anteriormente, nos ha hecho ver con m√°s claridad qu√© formas de decir se usaron en aquellos antiguos tiempos, ya en la descripci√≥n po√©tica de las cosas, ya en el establecimiento de normas y leyes de vida, ya, por fin, en la narraci√≥n de hechos y sucesos. Esta misma investigaci√≥n ha probado ya con claridad que el pueblo de Israel aventaj√≥ singularmente a las otras antiguas naciones orientales en escribir bien la historia, as√≠ por la antig√ľedad como por la fiel narraci√≥n de hechos, m√©ritos que seguramente proceden del carisma de la divina inspiraci√≥n y del fin peculiar de la historia b√≠blica, que es religioso. Sin embargo, tambi√©n entre los escritores sagrados, como entre los dem√°s antiguos, se hallan ciertas maneras de exponer y narrar, ciertos idiotismos, propios, sobre todo, de las lenguas sem√≠ticas, las llamadas aproximaciones, y ciertos modos de hablar hiperb√≥licos; m√°s a√ļn, a veces hasta paradojas, con las cuales m√°s firmemente se graban las cosas en la mente: cosas todas ellas nada de admirar para quien rectamente sienta acerca de la inspiraci√≥n b√≠blica. Porque no hay modo alguno de decir, de que entre los antiguos, principalmente los orientales, sol√≠a servirse el humano lenguaje para expresar las ideas, que sea ajeno a los Libros Sagrados, siempre a condici√≥n de que el empleado no repugne a la santidad y verdad de Dios, como ya con su acostumbrada agudeza lo advirti√≥ el mismo Doctor Ang√©lico con estas palabras: Las cosas divinas se nos ofrecen en la Escritura seg√ļn el modo que los hombres acostumbran a usar 30 . Pues as√≠ como el Verbo sustancial de Dios se hizo semejante a los hombres en todo, excepto en el pecado 31 , as√≠ tambi√©n las palabras de Dios, expresadas en lengua humana, se hacen en todo semejantes al humano lenguaje, excepto en el error. En esto consiste aquella **** o condescensi√≥n de Dios providente que ya San Juan Cris√≥stomo exalt√≥ sobremanera y que repetidamente afirm√≥ encontrarse en los Libros Sagrados 32 .

21. Por esto el exegeta cat√≥lico, para satisfacer a las actuales necesidades de la ciencia b√≠blica al exponer la Sagrada Escritura, para demostrar y probar que est√° enteramente inmune de error, v√°lgase tambi√©n, como es su deber, prudentemente de este recurso, esto es, el de investigar hasta qu√© punto la forma o g√©nero literario, empleado por el hagi√≥grafo, pueda contribuir a la verdadera y genuina interpretaci√≥n: y est√© persuadido de que esta parte de su oficio no puede desde√Īarse sin gran detrimento de la ex√©gesis cat√≥lica. Pues no pocas veces -para no mencionar sino esto-, cuando muchos pretenden reprochar al autor sagrado el haber faltado a la verdad hist√≥rica o haber narrado las cosas con poca exactitud, h√°llase que no se trata de otra cosa sino de aquellos modos nativos de decir y narrar, propios de los antiguos, que a cada paso l√≠cita o corrientemente se acostumbran a emplear en las mutuas relaciones de los hombres. Exige, pues, una justa ecuanimidad, que al hallar tales cosas en la divina palabra, que con palabras humanas se expresa para los hombres, no se les tache de error, como tampoco se hace cuando se hallan en el uso cotidiano de la vida. Conociendo, pues, y exactamente estimando los modos y maneras de decir y escribir de los antiguos, podr√°n resolverse muchas dificultades que contra la verdad y la fidelidad hist√≥rica de las Sagradas Escrituras se oponen, y semejante estudio ser√° muy a prop√≥sito para percibir m√°s plena y claramente la mente del autor sagrado.

22. Atiendan, pues, tambi√©n a esto nuestros cultivadores de los estudios b√≠blicos con toda diligencia y nada omitan de todo cuanto de nuevo aporten ya la arqueolog√≠a, ya la historia antigua, ya el conocimiento de las antiguas literaturas, ya cuanto contribuya a penetrar mejor en la mente de los antiguos escritores, sus modos y maneras de discurrir, de narrar y escribir. Y en esto tengan en cuenta aun los cat√≥licos seglares que no s√≥lo contribuyen al bien de la ciencia profana, sino que merecen bien de la causa cristiana si, como es de raz√≥n, se entregan con ah√≠nco y constancia a explorar e indagar las cosas de la antig√ľedad y a resolver cuestiones de este g√©nero, hasta ahora poco claras y conocidas. Pues todo humano conocimiento, aun profano, como de por s√≠ tiene una nativa dignidad y excelencia -por ser una cierta participaci√≥n finita de la infinita ciencia de Dios-, recibe una nueva y m√°s alta dignidad y como consagraci√≥n cuando se emplea para ilustrar con luz m√°s clara las cosas divinas.

4) cuestiones más difíciles

23. Por la tan avanzada exploraci√≥n de las antig√ľedades orientales de que hemos hablado, por la m√°s cuidadosa investigaci√≥n de los mismos textos originales, por un m√°s amplio y diligente conocimiento de las lenguas b√≠blicas y de todas las otras orientales, felizmente, con el auxilio de Dios, se ha logrado que no pocas cuestiones que, en tiempo de Nuestro Predecesor, de i. m., Le√≥n XIII, suscitaban los cr√≠ticos ajenos a la Iglesia y hasta hostiles a ella contra la autenticidad, antig√ľedad, integridad y fidelidad hist√≥rica de los Libros Sagrados, hoy han quedado eliminadas y resueltas. Los exegetas cat√≥licos, usando rectamente las mismas armas de la ciencia, de que no pocas veces abusaban los adversarios, de una parte han hallado interpretaciones conformes a la doctrina cat√≥lica y al genuino sentir de nuestros mayores, y de otra parecen haberse al mismo tiempo capacitado para resolver las dificultades que las nuevas exploraciones o los nuevos hallazgos suscitaren o las que, para su resoluci√≥n, dej√≥ la antig√ľedad a nuestra √©poca. De ah√≠ ha resultado que la credibilidad de la Biblia y su valor hist√≥rico, debilitados hasta cierto punto en algunos a causa de tantos ataques, hoy se hallan plenamente restablecidos entre los cat√≥licos por completo; y hasta no faltan escritores, aun no cat√≥licos, que despu√©s de investigaciones emprendidas con sobriedad y ecuanimidad han llegado a abandonar los prejuicios de los modernos para volverse, siquiera en algunos puntos, a las antiguas sentencias. Esta gran mudanza se debe, por lo menos en gran parte, al incansable trabajo con que los expositores cat√≥licos de las Sagradas Letras, sin atemorizarse ante dificultades y obst√°culos de todo g√©nero, han puesto todo su empe√Īo en procurar que de todo cuanto las investigaciones de la erudici√≥n moderna proporcionaban ya en el campo de la arqueolog√≠a, ya en el de la historia y la filolog√≠a, se hiciera un cumplido uso para la soluci√≥n de las nuevas cuestiones que se ofrec√≠an.

24. Nadie, pues, se admire de que todav√≠a no se hayan vencido y resuelto todas las dificultades, y de que aun queden hoy graves cuestiones que agitan no poco la mente de los exegetas cat√≥licos. M√°s no hay que acobardarse por ello; no se olvide que en las humanas disciplinas acontece algo muy semejante a lo que sucede en las cosas naturales -que, luego de comenzadas, crecen poco a poco, y s√≥lo despu√©s de muchos trabajos se recogen los frutos. As√≠ ha sucedido precisamente en ciertas cuestiones que en los tiempos pasados no hab√≠an sido resueltas y estaban como en suspenso, pero, al fin, con el progreso de los estudios han sido felizmente resueltas en nuestros tiempos. Lo cual da esperanza de que tambi√©n aqu√©llas, que hoy parecen las m√°s complejas y dif√≠ciles, mediante un esfuerzo constante llegar√°n alg√ļn d√≠a a quedar plenamente aclaradas. Y si la resoluci√≥n se retrasare largo tiempo y el feliz √©xito no nos sonr√≠e a nosotros, sino que acaso se reserva para los venideros, nadie se irrite por ello, pues justo es que tambi√©n a nosotros nos toque lo que ya en su tiempo advirtieron los Padres, y principalmente San Agust√≠n 33 : que Dios, de intento, sembr√≥ de dificultades los Libros Sagrados por √©l mismo inspirados, as√≠ para que nos excit√°semos m√°s intensamente a leerlos y a escudri√Īarlos como para que, al experimentar suavemente los l√≠mites de nuestra inteligencia, nos ejercit√°ramos en la debida humildad. Ni ser√≠a tampoco de admirar si en alguna que otra cuesti√≥n no se llega nunca a una soluci√≥n plenamente satisfactoria, porque muchas veces se trata de cosas oscuras y demasiado remotas de nuestro tiempo y experiencia, y tambi√©n porque la ex√©gesis, como las m√°s graves disciplinas, puede tener sus secretos que, inaccesibles a nuestros entendimientos, con ning√ļn esfuerzo logremos -los hombres- descubrir.

25. Pero en tal estado las cosas, el int√©rprete cat√≥lico, llevado de un fervoroso amor a su profesi√≥n y de una sincera devoci√≥n a la Santa Madre Iglesia, jam√°s debe abstenerse de acometer una y otra vez las cuestiones dif√≠ciles no resueltas, no s√≥lo para rebatir lo que opongan los adversarios, sino tambi√©n para intentar una soluci√≥n que concuerde fielmente con la doctrina de la Iglesia y principalmente con lo que ella ense√Īa acerca de la absoluta inmunidad de todo error en las Sagradas Escrituras, y que satisfaga tambi√©n debidamente a las conclusiones ciertas de las disciplinas profanas. Y tengan presente todos los hijos de la Iglesia que los conatos de esos valientes operarios de la vi√Īa del Se√Īor deben juzgarlos no s√≥lo con justicia y ecuanimidad, sino tambi√©n con suma caridad, y deben estar muy lejos de aquel celo no muy prudente que pretende se haya de rechazar todo lo nuevo por nuevo o tenerle a lo menos por sospechoso. Y tengan, en primer lugar, ante los ojos que en las normas y leyes dadas por la Iglesia se trata de la doctrina tocante a las cosas de fe y costumbres, y que de lo mucho que en los Libros Sagrados, legales, hist√≥ricos, sapienciales y prof√©ticos se contiene, son muy pocas las cosas cuyo sentido haya sido declarado por la autoridad de la Iglesia y no son tampoco m√°s aquellas en que un√°nimemente convienen los Padres. Quedan, pues, muchas y muy graves cosas en cuyo examen y exposici√≥n puede y debe ejercitarse libremente el ingenio y la agudeza de los int√©rpretes cat√≥licos, para la utilidad de todos, para un adelantamiento cada d√≠a mayor de la doctrina sagrada, para la defensa y el honor de la Iglesia. Esta es la verdadera libertad de los hijos de Dios, el mantener fielmente la doctrina de la Iglesia y el recibir como un don de Dios, con gratitud, y aprovechar todo cuanto los conocimientos profanos aporten. Esta libertad, por el fervor de todos exaltada y mantenida, es condici√≥n y fuente de todo genuino fruto y de todo progreso s√≥lido en la ciencia cat√≥lica, como preclaramente lo amonesta Nuestro Predecesor Le√≥n XIII, cuando dice: Si no queda a salvo la uni√≥n de los √°nimos y si no se ponen a seguro los principios, no podr√°n esperarse grandes frutos para el progreso de esta disciplina ni aun del entusiasta estudio colectivo de muchos 34 .

5) las Sagradas Escrituras, en la instrucción de los fieles

26. Quien considere la ingente labor que por espacio de casi dos mil a√Īos se ha echado sobre s√≠ la ex√©gesis cat√≥lica para que la palabra de Dios, llegada a los hombres por las Sagradas Escrituras, cada d√≠a m√°s perfecta y plenamente se entienda y con m√°s vehemente amor se ame, f√°cilmente se persuadir√° de que a los fieles cristianos, y sobre todo a los sacerdotes, incumbe el grave deber de usar copiosa y santamente aquel tesoro acumulado durante tanto tiempo por lo sumos ingenios; porque no dio a los hombres los Libros Sagrados para satisfacer su curiosidad o para facilitarles materias de estudio e investigaci√≥n, sino, como advierte el Ap√≥stol, para que los divinos or√°culos pudieran instruir para la salvaci√≥n por la fe en Cristo Jes√ļs, para que el hombre de Dios sea perfecto, apercibido para toda buena obra 35 . Por lo tanto, los sacerdotes, obligados por oficio a procurar la salud eterna de las almas, despu√©s de recorrer ellos mismos con diligente estudio las sagradas p√°ginas, despu√©s de hacerlas suyas por la oraci√≥n y la meditaci√≥n, deben exponer celosamente al pueblo estas soberanas riquezas de la divina palabra en sermones, homil√≠as y exhortaciones; confirmar la doctrina cristiana con sentencias tomadas de los Libros Sagrados; ilustrarla con preclaros ejemplos de la historia sagrada, sobre todo del Evangelio de Cristo nuestro Se√Īor; y todo esto, evitando con cuidado y diligencia aquellos sentidos acomodaticios que sugiere el propio individual arbitrio y se toman de cosas muy ajenas al asunto: esto no es usar, sino abusar, de la divina palabra. Exp√≥nganlo con tanta elocuencia, con tanta distinci√≥n y claridad, que los fieles no s√≥lo se muevan y enciendan a ordenar rectamente su vida, sino a concebir una suma veneraci√≥n hacia la Sagrada Escritura. Por lo dem√°s, procuren los Prelados acrecentar y perfeccionar cada d√≠a m√°s esta veneraci√≥n en los fieles a ellos encomendados, promoviendo cuanto emprendan aquellos varones, que, llenos de esp√≠ritu apost√≥lico, laudablemente procuran excitar y fomentar entre los cat√≥licos el conocimiento y el amor de las Sagradas Escrituras. Fomenten, pues, y ayuden a las asociaciones piadosas, cuyo prop√≥sito sea difundir, entre los fieles, ejemplares de las Sagradas Escrituras principalmente de los Evangelios, y procurar con todo ah√≠nco que se haga bien y santamente su cotidiana lectura en las familias cristianas: recomienden eficazmente de palabra y de obra, cuando las leyes lit√ļrgicas lo permitan, las Sagradas Escrituras, que hoy, con la aprobaci√≥n de la autoridad de la Iglesia, se hallan traducidas a lenguas vulgares; y tengan ellos, o hagan que las tengan otros sagrados oradores muy peritos, disertaciones o lecciones p√ļblicas en asuntos b√≠blicos. Todos los sagrados ministros den su ayuda, en la medida de sus fuerzas, a las revistas peri√≥dicas que con tanta loa y fruto se publican en varias partes del orbe, ya para tratar y exponer cient√≠ficamente estas cuestiones, ya para acomodar los frutos de estas investigaciones, bien al sagrado ministerio, bien a la utilidad de los fieles, y div√ļlguenlas convenientemente entre los varios √≥rdenes y clases de su grey. Y est√©n bien persuadidos todos los sagrados ministros de que todo esto y todo lo dem√°s que, a este prop√≥sito, invente el celo apost√≥lico y el amor a la divina palabra, ha de ser para ellos mismos un auxiliar eficaz en su apostolado junto a las almas.

27. Pero a nadie se le oculta que todo esto no pueden hacerlo bien los sacerdotes, si ellos antes, durante su permanencia en el Seminario, no han bebido este activo y perenne amor a la Sagrada Escritura. Por lo tanto, velen con diligencia los Prelados, a quienes incumbe el paternal cuidado de sus Seminarios, para que tampoco en esto se omita nada de cuanto pueda conducir a la consecuci√≥n de este fin. Y los profesores de Sagrada Escritura den en los Seminarios toda la ense√Īanza b√≠blica, de tal manera, que armen a los j√≥venes, que se forman para el sacerdocio y para el ministerio de la divina palabra, con el conocimiento y el amor de las Divinas Letras, pues sin ellas no se pueden obtener frutos abundantes de apostolado. Por lo cual, la exposici√≥n exeg√©tica ha de ser principalmente teol√≥gica, evitando in√ļtilmente disputas y omitiendo todo aquello que sea fuente de vana curiosidad m√°s bien que fomento de verdadera doctrina y de piedad s√≥lida; propongan el sentido llamado literal, y principalmente el teol√≥gico, con tanta solidez, expl√≠quenlo con tanta maestr√≠a, inc√ļlquenlo con tal fervor, que sus alumnos lleguen a experimentar en cierto modo lo mismo que los disc√≠pulos de Jesucristo cuando, yendo a Ema√ļs, al o√≠r las palabras del Maestro, exclamaron: ¬ŅNo ard√≠a, en verdad, nuestro coraz√≥n en nosotros mientras nos explicaba las Escrituras? 36 .

De este modo serán las Divinas Letras para los futuros sacerdotes de la Iglesia pura y perenne fuente de vida espiritual para cada uno, así como alimento y robustez del sagrado ministerio de la predicación que sobre sí han de tomar. Y si en verdad llegaren los profesores de esta gravísima disciplina a conseguir esto en los Seminarios, con santa alegría tengan la persuasión de haber contribuido grandemente a la salud de las almas, al adelantamiento de la causa católica, al honor y gloria de Dios, cumpliendo con ello una labor íntimamente unida a los deberes del apostolado.

28. Todo esto que hemos dicho, Venerables Hermanos y amados hijos, si bien es en todo tiempo necesario, urge sin duda mucho más en los luctuosos nuestros, cuando pueblos y naciones se sumergen casi todos en un piélago de calamidades, mientras la dura guerra acumula ruinas sobre ruinas, muertes sobre muertes, y cuando, excitados hasta la exacerbación los mutuos odios de los pueblos, con sumo dolor vemos que en no pocos se extingue no ya el sentimiento de la cristiana benignidad y caridad, sino aun el de la misma humanidad.

A estas mortales heridas de la humana convivencia, ¬Ņqui√©n podr√° poner remedio sino s√≥lo Aquel a quien el Pr√≠ncipe de los Ap√≥stoles, lleno de amor y confianza, invoca con estas frases: ¬ŅA qui√©n iremos, Se√Īor? T√ļ tienes palabras de vida eterna 37 . Luego es necesario que por todos los medios trabajemos para hacer que todos vuelvan a este nuestro misericordios√≠simo Redentor, pues El es el divino consolador de los afligidos; El quien a todos -ya presidan con p√ļblica autoridad, ya est√©n sujetos con el deber de la obediencia y la sumisi√≥n- ense√Īa la verdadera probidad, la √≠ntegra justicia y la caridad generosa; El, en fin, y s√≥lo El, quien puede ser fundamento y defensa de la paz y la tranquilidad. Pues nadie puede poner otro fundamento fuera del que puesto est√°, que es Cristo Jes√ļs 38 . Y a este Cristo, autor de la salud, tanto m√°s plenamente le conocer√°n los hombres, tanto m√°s intensamente le amar√°n, tanto m√°s fielmente le imitar√°n, cuanto m√°s movidos se sientan al conocimiento y a la meditaci√≥n de las Sagradas Escrituras, principalmente del Nuevo Testamento.

Pues, como dice San Jer√≥nimo: Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo 39 , y si algo hay en esta vida que sostenga al var√≥n prudente y le persuada a permanecer ecu√°nime entre las apreturas y tormentas del mundo, creo que m√°s que todo es la meditaci√≥n y la ciencia de las Escrituras 40 . Porque de ellas sacar√°n, los que se ven fatigados y oprimidos por la adversidad y la desgracia, verdaderos consuelos y divina virtud para padecer y sufrir con paciencia; en ellas -en los Santos Evangelios- se nos muestra a todos Jes√ļs, sumo y acabado ejemplar de justicia, de caridad y de misericordia, y se le abren al g√©nero humano, desgarrado y trepidante, las fuentes de aquella divina gracia, preterida la cual y desconocida, no podr√°n los pueblos ni sus directores iniciar ni establecer la tranquilidad de los Estados ni la concordia de los esp√≠ritus; en ellas finalmente, todos aprender√°n a conocer a Cristo que es la Cabeza de todo principado y potestad 41 y que se ha hecho para nosotros sabidur√≠a de Dios y justicia y santificaci√≥n y redenci√≥n 42 .

a los cultivadores de estudios bíblicos

29. Expuestas, pues, y recomendadas estas cosas referentes a la necesidad de adaptar los estudios escritur√≠sticos a las necesidades del d√≠a, resta ya, Venerables Hermanos y amados hijos, no s√≥lo felicitar con √°nimo paternal a todos y cada uno de los devotos hijos de la Iglesia que fielmente siguen su doctrina y obedecen sus normas, por haber sido llamados y elegidos a cargo tan excelso, sino alentarlos tambi√©n a que con fuerzas cada d√≠a renovadas sigan con todo empe√Īo y cuidado cumpliendo la obra felizmente comenzada. Cargo excelso decimos; pues ¬Ņqu√© cosa hay m√°s sublime que escudri√Īar, explicar, exponer a los fieles y defender contra los infieles la palabra misma de Dios, dada a los hombres por inspiraci√≥n del Esp√≠ritu Santo? Con este espiritual alimento se nutre el alma misma del int√©rprete para memoria de la fe, para consuelo de la esperanza, para exhortaci√≥n a la caridad 43 .

Vivir entre esto, meditar esto, no querer saber sino esto, buscar s√≥lo esto, ¬Ņno os parece ya como un oasis -a√ļn aqu√≠, en la tierra- del reino de los cielos? 44 . Apaci√©ntense tambi√©n con este mismo alimento las almas de los fieles y de ah√≠ saque cada uno el conocimiento y el amor de Dios, el bien y la felicidad de su propia alma. Entr√©guense, pues, con todo coraz√≥n a esto los expositores de la divina palabra. Oren para entender 45 : trabajen para penetrar cada d√≠a m√°s profundamente en los secretos de las sagradas p√°ginas; ense√Īen y prediquen para abrir a los dem√°s los tesoros de la palabra de Dios. Lo que en los pasados siglos llevaron a cabo con fruto aquellos preclaros int√©rpretes de las Sagradas Escrituras, lo emulen seg√ļn sus fuerzas los del d√≠a, de manera que, como en los tiempos pasados, tambi√©n hoy la Iglesia tenga doctores eximios en exponer las Sagradas Escrituras, y los fieles de Cristo, gracias al trabajo y al esfuerzo de aqu√©llos, perciban toda la luz, toda la fuerza persuasiva y todo el gozo de las Sagradas Escrituras. Y en esta labor, ardua y grave en verdad, tengan ellos tambi√©n por consuelo los Libros Santos 46 , y acu√©rdense de la retribuci√≥n que les aguarda, pues los sabios brillar√°n como la luz del firmamento, y los que a muchos ense√Īan la justicia, como estrellas por perpetuas eternidades 47 .

30. Y entretanto, mientras todos los hijos de la Iglesia, y nominalmente a los profesores de la ciencia b√≠blica, al joven clero y a los oradores sagrados, les deseamos fervorosamente que, meditando asiduamente los divinos or√°culos, gusten cu√°n bueno y cu√°n suave es el esp√≠ritu del Se√Īor 48 , a vosotros, Venerables Hermanos y amados hijos, a todos y a cada uno en particular, como prenda de los dones celestiales y testimonio de Nuestra paternal benevolencia, os damos de todo coraz√≥n en el Se√Īor la Bendici√≥n Apost√≥lica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el d√≠a 30 del mes de septiembre, en la festividad de San Jer√≥nimo, Doctor M√°ximo en exponer las Sagradas Escrituras, el a√Īo 1943, quinto de Nuestro Pontificado.


1

2 Tim. 3, 16 ss.

2

Sess. 4 decr. 1 EB 45.

3

Sess. 3 c. 2 EB 62.

4

Sermo ad alumnos Seminariorum... in Urbe (24 iun. 1939) A.A.S. 31, 245-251.

5

Cf. 1. 70, 1 ad 3.

6

De Gen. ad litt. 2, 9, 20 PL 34, 270 ss.; CSEL 28 (Sect. 3, pars. 2) p. 46.

7

A.L. 13, 355 EB 106.

8

Cf. Bened. XV enc. Spiritus Paraclitus A.A.S. 12 (1920) 396 EB 471.

9

A.L. 13, 357 ss. EB 109 ss.

10

Ibid. 328 EB 67 ss.

11

Litt. ap. Hierosolymae in coenobio d.d. 17 sept. 1892 A.L. 12, 239-241, v.p. 240.

12

Cf. A.L. 22, 232 ss. EB 130-141 v.n. 130, 132.

13

Pont. Comm. de Re bibl. Litt. ad Archiep. et Epp. Italiae d.d. 20 aug. 1941 A.A.S. 33, 465-472.

14

Litt. ap. Scripturae Sanctae d.d. 23 febr. 1904; Acta Pii X 1, 176-179 EB 142-150 v.n. 143-144.

15

Cf. Litt. ap. Quoniam in re biblica d.d. 27 mart. 1906. Acta Pii X 3, 72-76 EB 155-173 v. n. 155.

16

Litt. ap. Vinea electa d.d. 7 maii 1909. A.A.S. 1, 447-449 EB 293-306 v.nn. 296. 294.

17

Cf. Motu pr. Bibliorum scientiam d.d. 27 apr. 1924 A.A.S. 16, 180-182 EB 518-525.

18

Ep. ad Revmum. D. Aldanum Gasquet d.d. 3 dec. 1907 Acta Pii X 4, 117-119 EB 285 ss.

19

Const. ap. Inter praecipuas d.d. 15 iun. 1933 A.A.S. 26, 85-87.

20

Ep. ad Emmum. Card. Cassetta Qui piam d.d. 21 ian. 1907 Acta Pii X 4, 23-25.

21

Enc. Spiritus Paraclitus d.d. 15 sept. 1920 A.A.S. 12, 385-422 EB 457-508 v.nn. 457, 495, 497, 491.

22

Cf. e.g. S. Hier. Praef. in IV Ev. ad Damasum: PL 29, 526-527; S. Aug. De doctr. christ. 2, 16 PL 34, 42-43.

23

De doctr. christ. 2, 21 PL 34, 46.

24

Decr. de editione et usu Sacrorum Librorum: Conc. Trid. ed. Goerres, 5, 91 ss.

25

Ibid. 10, 471, cf. 5, 29, 59, 65; 10, 446 ss.

26

A.L. 13, 245-346 EB 94-96.

27

Hebr. 4, 12.

28

Cf. Benedictus XV enc. Spiritus Paraclitus: A.A.S. 12, 390 EB 461.

29

Contra Arianos 1, 54 PG 26, 123.

30

Comm. ad Hebr. c. 1, 1. 4.

31

Hebr. 4, 15.

32

Cf. v. g. In Gen. 1, 5 PG 53, 34-35; In Gen. 2, 21 ibid. 121 121; In Gen. 3, 8 ibid. 135; Hom. 15 in Io. ad 1, 18 PG 59, 97 ss.

33

Cf. S. Aug., Ep. 149 ad Paulinum, n. 34 PL 33, 644; De diversis quaestionibus, q. 53, 2 ibid. 40, 36; Enarr. in Ps. 146, n. 12 ibid. 37, 1907.

34

Litt. ap. Vigilantiae: A.L. 22, 237 EB 136.

35

Cf. 2 Tim. 3, 15. 17.

36

Luc. 24, 32.

37

Io. 6, 69.

38

1 Cor. 3, 11.

39

S. Hier. In Isaiam prol. PL 24, 27.

40

Id. In Eph. prol. ibid. 26, 430.

41

Col. 2, 10.

42

1 Cor. 1, 30.

43

Cf. S. Aug. Contra Faustum 13, 18 PL 42, 294 CSEL 25, 400.

44

S. Hier., ep. 53, 10 PL 22, 549 CSEL 54, 463.

45

S. Aug. De doctr. christ. 3, 56 PL 34, 89.

46

1 Mach. 12, 9.

47

Dan. 12, 3.

48

Cf. Sap. 12, 1.
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