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S.S. Pío XI, Divini redemptoris
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Divini redemptoris

Carta Encíclica de Pío XI sobre el comunismo ateo

La promesa de un Redentor ilumina la primera p√°gina de la historia de la humanidad; por eso la segura esperanza de tiempos mejores alivi√≥ el pesar del para√≠so perdido 1 y acompa√Ī√≥ al g√©nero humano en su atribulado camino, hasta que, cuando vino la plenitud de los tiempos 2 , el Salvador del mundo, viniendo a la tierra, colm√≥ la expectaci√≥n e inaugur√≥ una nueva civilizaci√≥n universal, la civilizaci√≥n cristiana, inmensamente superior a la que hasta entonces trabajosamente hab√≠a alcanzado el hombre en algunos pueblos m√°s privilegiados.

2. Pero, como triste herencia del pecado original, qued√≥ en el mundo la lucha entre el bien y el mal; y el antiguo tentador nunca ha desistido de enga√Īar a la humanidad con falaces promesas. Por eso en el curso de los siglos se han ido sucediendo unas a otras las convulsiones hasta llegar a la revoluci√≥n de nuestros d√≠as, desencadenada ya, o que amenaza, puede decirse, en todas partes y que supera en amplitud y violencia a cuanto hubo de sufrirse en las precedentes persecuciones contra la Iglesia. Pueblos enteros est√°n en peligro de caer de nuevo en una barbarie peor que aquella en que aun yac√≠a la mayor parte del mundo al aparecer el Redentor.

3. Este peligro tant amenazador, ya lo habéis comprendido, Venerables Hermanos, es el comunismo bolchevique y ateo, que tiende a derrumbar el orden social y a socavar los fundamentos mismos de la civilización cristiana.

I. ACTITUD DE LA IGLESIA

CONDENACIONES ANTERIORES

4. Frente a esta amenaza, la Iglesia cat√≥lica no pod√≠a callar y no call√≥. No call√≥, sobre todo, esta Sede Apost√≥lica, que sabe c√≥mo su misi√≥n especial√≠sima es la defensa de la verdad y de la justicia y de todos aquellos bienes eternos que el comunismo ateo desconoce y combate. Desde los tiempos en que algunos grupos intelectuales pretendieron liberar la civilizaci√≥n humana de las cadenas de la moral y de la religi√≥n, Nuestros Predecesores llamaron, abierta y expl√≠citamente, la atenci√≥n del mundo sobre las consecuencias de la descristianizaci√≥n de la sociedad humana. Y por lo que hace al comunismo, ya desde el 1846 Nuestro venerado Predecesor P√≠o IX, de s. m., pronunci√≥ una solemne condenaci√≥n, confirmada despu√©s en el Syllabus, contra la nefanda doctrina del llamado comunismo, tan contraria al mismo derecho natural, la cual, una vez admitida, llevar√≠a a la radical subversi√≥n de los derechos, bienes y propiedades de todos y aun de la misma sociedad humana 3 . M√°s tarde, otro Predecesor Nuestros, de i. m., Le√≥n XIII, en la enc√≠clica Quod Apostolici muneris, lo defin√≠a mortal pestilencia que serpentea por las m√°s √≠ntimas entra√Īas de la sociedad humana y conduce al peligro extremo de la ruina 4 ; y con clarividencia indicaba que el ate√≠smo de las masas populares en la √©poca del tecnicismo, tra√≠a su origen de aquella filosof√≠a, que de siglos atr√°s se afanaba por lograr que la ciencia y la vida se separasen de la fe y de la Iglesia.

Actos del presente Pontificado

5. Tambi√©n Nos, durante Nuestro Pontificado, hemos denunciado a menudo y con apremiante insistencia las corrientes ateas que crec√≠an amenazadoras. Cuando, en 1924, Nuestra misi√≥n de socorro volv√≠a de la Uni√≥n Sovi√©tica, condenamos Nos los errores y m√©todos de los comunistas, en una Alocuci√≥n especial, dirigida al mundo entero 5 . Y en Nuestras enc√≠clicas Miserentissimus Redemptor 6 , Quadragesimo anno 7 , Caritate Christi 8 , Acerba animi 9 , Dilectissima Nobis 10 , elevamos solemne protesta contra las persecuciones desencadenadas en Rusia, M√©jico y Espa√Īa; y no se ha apagado a√ļn el eco universal de aquellas alocuciones, que pronunciamos el a√Īo pasado con motivo de la inauguraci√≥n de la Exposici√≥n mundial de la Prensa cat√≥lica, de la audiencia a los pr√≥fugos espa√Īoles y del Mensaje de Navidad. Hasta los m√°s encarnizados enemigos de la Iglesia, que desde Mosc√ļ dirigen esta lucha contra la civilizaci√≥n cristiana, atestiguan con sus ininterrumpidos ataques de palabra y obra que el Papado, tambi√©n en nuestros d√≠as, contin√ļa fielmente tutelando el santuario de la religi√≥n cristiana, y que ha llamado la atenci√≥n sobre el peligro comunista con m√°s frecuencia y de modo m√°s persuasivo que cualquier otra autoridad p√ļblica terrenal.

NECESIDAD DE OTRO DOCUMENTO SOLEMNE

6. Pero, a pesar de estas repetidas advertencias paternas, que vosotros, Venerables Hermanos, con gran satisfacción Nuestra, habéis tan fielmente transmitido y comentado a los fieles en tantas recientes pastorales, algunas de ellas colectivas, el peligro se va agravando cada día más bajo el impulso de hábiles agitadores. Por eso Nos nos creemos en el deber de elevar de nuevo Nuestra voz con un documento aun más solemne, como es costumbre de esta Sede Apostólica, Maestra de la verdad, y como lo pide el hecho de que todo el mundo católico desea ya un documento de esta clase. Y confiamos que el eco de Nuestra voz llegará a dondequiera que haya mentes libres de prejuicios y corazones sinceramente deseosos del bien de la humanidad; tanto más, cuanto que Nuestras palabras se hallan hoy confirmadas dolorosamente por el espectáculo de los amargos frutos producidos por las ideas subversivas; frutos que habíamos previsto y anunciado, y que espantosamente se multiplican de hecho en los países dominados ya por el mal, o se ciernen amenazadores sobre todos los demás países del mundo.

7. Una vez m√°s, por lo tanto, queremos Nos exponer en breve s√≠ntesis los principios del comunismo ateo, tal como se manifiestan principalmente en el bolchevismo, y mostrar sus m√©todos de acci√≥n; contraponemos a esos falsos principios la luminosa doctrina de la Iglesia e inculcamos de nuevo, con insistencia, los medios con los que la civilizaci√≥n cristiana, la √ļnica Civitas verdaderamente humana, puede librarse de este sat√°nico azote y desarrollarse mejor para el verdadero bienestar de la sociedad humana.

II. DOCTRINA Y FRUTOS DEL COMUNISMO

FALSO IDEAL

8. El comunismo de hoy, de modo m√°s acentuado que otros movimientos similares del pasado, contiene en s√≠ una idea de falsa redenci√≥n. Un seudoideal de justicia, de igualdad y de fraternidad en el trabajo, impregna toda su doctrina y toda su actividad con cierto falso misticismo que comunica a las masas, halagadas por falaces promesas, un √≠mpetu y entusiasmo contagiosos, especialmente en tiempos como los nuestros, en los que a la defectuosa distribuci√≥n de los bienes de este mundo ha seguido una miseria, que no es la normal. M√°s a√ļn, se hace gala de este seudoideal, como si √©l hubiera sido el iniciador de cierto progreso econ√≥mico, el cual, cuando es real, se explica por otras causas muy distintas: como son la intensificaci√≥n de la producci√≥n industrial en pa√≠ses que casi carec√≠an de ella, la explotaci√≥n de enormes riquezas naturales, y el uso de m√©todos inhumanos para efectuar grandes trabajos a poca costa.

Materialismo de Marx

9. La doctrina, que el comunismo oculta bajo apariencias a veces tan seductoras, se funda hoy esencialmente en los principios del materialismo, llamado dial√©ctico e hist√≥rico, ya proclamados por Marx, y cuya √ļnica genuina interpretaci√≥n pretenden poseer los teorizantes del bolchevismo. Esta doctrina ense√Īa que no existe m√°s que una sola realidad, la materia, con sus fuerzas ciegas: la planta, el animal, el hombre son el resultado de su evoluci√≥n. La misma sociedad humana no es sino una apariencia y una forma de la materia, que evoluciona del modo dicho, y que por ineludible necesidad tiende, en un perpetuo conflicto de fuerzas, hacia la s√≠ntesis final: una sociedad sin clases. En semejante doctrina es evidente que no queda ya lugar para la idea de Dios: no existe diferencia entre el esp√≠ritu y la materia, ni entre el cuerpo y el alma; ni sobrevive el alma a la muerte, ni por consiguiente puede haber esperanza alguna de otra vida. Insistiendo en el aspecto dial√©ctico de su materialismo, los comunistas sostienen que los hombres puden acelerar el conflicto que ha de conducir al mundo hacia la s√≠ntesis final. De ah√≠ sus esfuerzos para hacer m√°s agudos los antagonismos que surgen entre las diversas clases de la sociedad; la lucha de clases, con sus odios y destrucciones, toma el aspecto de una cruzada por el progreso de la humanidad. En cambio, todas las fuerzas, sean las que fueren, que se oponen a esas violencias sistem√°ticas, deben ser aniquiladas como enemigas del g√©nero humano.

EL HOMBRE Y LA FAMILIA

10. El comunismo, adem√°s, despoja al hombre de su libertad, principio espiritual de su conducta moral, quita toda dignidad a la persona humana y todo freno moral contra el asalto de los est√≠mulos ciegos. No reconoce al individuo, frente a la colectividad, ning√ļn derecho natural de la personalidad humana, porque √©sta, en la teor√≠a comunista, es s√≥lo una simple rueda engranada en el sistema. En las relaciones de los hombres entre s√≠, sostiene el principio de la absoluta igualdad, rechazando toda jerarqu√≠a y autoridad establecida por Dios, incluso la de los padres; todo eso que los hombres llaman autoridad y subordinaci√≥n se deriva de la colectividad como de su primera y √ļnica fuente. Ni concede a los individuos derecho alguno de propiedad sobre los bienes naturales y sobre los medios de producci√≥n, porque, al ser √©stos una fuente de otros bienes, su posesi√≥n conducir√≠a al predominio de un hombre sobre los dem√°s. Por eso precisamente, por ser la fuente originaria de toda esclavitud econ√≥mica, deber√° ser destruida radicalmente tal forma de propiedad privada.

11. Naturalmente, esta doctrina, al negar a la vida humana todo car√°cter sagrado y espiritual, hace del matrimonio y de la familia una instituci√≥n puramente convencional y civil, o sea, el fruto de un determinado sistema econ√≥mico; niega la existencia de un v√≠nculo matrimonial de naturaleza jur√≠dico-moral que est√© por encima del arbitrio de los individuos y de la colectividad, y por consiguiente, niega tambi√©n su indisolubilidad. En particular, no existe para el comunismo nada que ligue a la mujer con la familia y la casa. Al proclamar el principio de la emancipaci√≥n de la mujer, la separa de la vida dom√©stica y del cuidado de los hijos para arrastrarla a la vida p√ļblica y a la producci√≥n colectiva en la misma medida que al hombre; se dejar√° a la colectividad el cuidado del hogar y de la prole 11 . Niega, finalmente, a los padres el derecho a la educaci√≥n, porque √©ste es considerado como un derecho exclusivo de la comunidad, y s√≥lo en su nombre y por mandato suyo lo pueden ejercer los padres.

LO QUE SER√ćA LA SOCIEDAD

12. ¬ŅQu√© ser√≠a, pues, la sociedad humana basada sobre tales fundamentos materialistas? Ser√≠a una colectividad sin m√°s jerarqu√≠a que la del sistema econ√≥mico. Tendr√≠a como √ļnica misi√≥n la de producir bienes por medio del trabajo colectivo, y como √ļnico fin el goce de los bienes de la tierra en un para√≠so en el que cada cual dar√≠a seg√ļn sus fuerzas y recibir√≠a seg√ļn sus necesidades. El comunismo reconoce a la colectividad el derecho, o m√°s bien, el arbitrio ilimitado de obligar a los individuos al trabajo colectivo, sin atender a su bienestar particular, aun contra su voluntad y hasta con la violencia. En esa sociedad, tanto la moral como el orden jur√≠dico ya no ser√≠an sino una emanaci√≥n del sistema econ√≥mico de cada momento; es decir, de origen terreno, mudable y caduco. En una palabra: se pretende introducir una nueva √©poca y una nueva civilizaci√≥n, fruto exclusivo de una evoluci√≥n ciega -una humanidad sin Dios.

13. Cuando ya todos hayan adquirido las cualidades colectivas, y en aquella utópica sociedad no haya diferencia alguna de clases, el Estado político, que ahora se concibe sólo como instrumento de la dominación de los capitalistas para esclavizar a los proletarios, perderá toda su razón de ser y "se disolverá"; pero hasta que no se realice aquella feliz condición, el Estado y el poder estatal es para el comunismo el medio más eficaz y universal de conseguir su fin.

14. Venerables Hermanos: ¡tal es el nuevo evangelio, que el comunismo bolchevique y ateo pretende anunciar a la humanidad como un mensaje de salvación y de redención! Sistema lleno de errores y sofismas; opuesto a la razón y a la revelación divina; subversivo del orden social, porque destruye sus bases fundamentales; desconocedor del verdadero origen, naturaleza y fin del Estado; negador de los derechos de la personalidad humana, de su dignidad y libertad.

PROMESAS DESLUMBRADORAS

15. Pero ¬Ņc√≥mo un tal sistema, anticuado ya hace mucho tiempo en el terreno cient√≠fico, desmentido por la realidad de los hechos, c√≥mo -decimos- semejante sistema ha podido difundirse tan r√°pidamente en todas las partes del mundo? La explicaci√≥n est√° en el hecho de que son muy pocos los que han podido penetrar en la verdadera naturaleza del comunismo; los m√°s, en cambio, ceden a la tentaci√≥n, h√°bilmente presentada bajo promesas las m√°s deslumbradoras. Con el pretexto de no querer sino la mejora de la suerte de las clases trabajadoras, de suprimir los abusos reales causados por la econom√≠a liberal y de obtener de los bienes terrenos una m√°s justa distribuci√≥n (fines sin duda, del todo leg√≠timos), y, aprovech√°ndose de la crisis econ√≥mica mundial, ha conseguido lograr que su influencia penetre aun en aquellos grupos sociales que, por principio, rechazan todo materialismo y todo terrorismo. Y como todo error contiene siempre una parte de verdad, este aspecto de verdad -al que hemos hecho alusi√≥n-, es puesto astutamente de relieve, seg√ļn los tiempos y lugares para cubrir, cuando conviene, la brutalidad repugnante e inhumana de los principios y m√©todos del comunismo; as√≠ logra seducir aun a esp√≠ritus no vulgares hasta convertirlos en ap√≥stoles junto a las j√≥venes inteligencias poco preparadas aun para advertir sus errores intr√≠nsecos. Los corifeos del comunismo saben tambi√©n aprovechar los antagonismos de raza, las divisiones y oposiciones de los diversos sistemas pol√≠ticos y hasta la desorientaci√≥n reinante en el campo de la ciencia sin Dios, para infiltrarse en las Universidades y corroborar con argumentos seudocient√≠ficos los principios de su doctrina.

EL LIBERALISMO LE PREPAR√ď EL CAMINO

16. Y para comprender cómo el comunismo ha conseguido que las masas obreras lo hayan aceptado sin discusión, conviene recordar que los trabajadores estaban ya preparados por el abandono religioso y moral en el que los había dejado la economía liberal. Con los turnos de trabajo, incluso el domingo, no se les daba tiempo ni aun para cumplir sus más graves deberes religiosos de los días festivos; no se pensaba en construir iglesias junto a las fábricas, ni en facilitar el trabajo del sacerdote; al contrario, se continuaba promoviendo positivamente el laicismo. Ya se recogen los frutos de errores tantas veces denunciados por Nuestros Predecesores y por Nos mismo; no cabe maravillarse de que en un mundo, hace ya tiempo tan intensamente descristianizado, se propague, inundándolo todo, el error comunista.

PROPAGANDA ASTUTA Y VAST√ćSIMA

17. Adem√°s, esta difusi√≥n tan r√°pida de las ideas comunistas, que se infiltran en todos los pa√≠ses, grandes y peque√Īos, civilizados o retrasados, de modo que ning√ļn rinc√≥n de la tierra se ve libre de ellas, se explica por una propaganda verdaderamente diab√≥lica, tal como jam√°s conoci√≥ el mundo: propaganda dirigida desde un solo centro y h√°bilmente adaptada a las condiciones de los diversos pueblos; propaganda que dispone de grandes medios econ√≥micos, de organizaciones gigantescas, de congresos internacionales, de innumerables fuerzas bien adiestradas; propaganda que se hace en folletos y revistas, en el cinemat√≥grafo y en el teatro, en la radio, en las escuelas y hasta en las Universidades, y que penetra poco a poco en todas las clases sociales, aun en las m√°s sanas, sin que se aperciban casi del veneno que insensiblemente va infiltr√°ndose cada vez m√°s en todos los esp√≠ritus y en los corazones todos.

CONSPIRACI√ďN DEL SILENCIO

18. Un tercer y muy poderoso factor contribuye a la intensa difusi√≥n del comunismo: esa verdadera conspiraci√≥n del silencio en la mayor parte de la Prensa mundial no cat√≥lica. Decimos conspiraci√≥n, porque no se puede explicar de otro modo que una Prensa tan √°vida de poner de relieve aun los m√°s menudos incidentes cotidianos, haya podido pasar en silencio, tanto tiempo, los horrores cometidos en Rusia, en M√©jico y tambi√©n en gran parte de Espa√Īa, y hable relativamente tan poco de organizaci√≥n mundial tan vasta como el comunismo moscovita. Silencio debido en parte a razones de una pol√≠tica poco previsora; silencio, apoyado por diversas organizaciones secretas que hace tiempo tratan de destruir el orden social cristiano.

CONSECUENCIAS DOLOROSAS

19. Mientras tanto, ante nuestros ojos tenemos las dolorosas consecuencias de esa propaganda. Allí donde el comunismo ha logrado afirmarse y dominar -Nuestro pensamiento va ahora con singular afecto paternal a los pueblos de Rusia y Méjico-, se ha esforzado por todos los medios en destruir desde sus cimientos (así lo proclama abiertamente) la civilización y la religión cristiana, borrando hasta su recuerdo en el corazón de los hombres, especialmente de la juventud. Obispos y sacerdotes desterrados, condenados a trabajos forzados, fusilados, asesinados de modo inhumano; simples seglares, sólo por haber defendido la religión, han sido detenidos por sospechosos, vejados, perseguidos y llevados a prisiones y tribunales.

20. Tambi√©n all√≠ donde, como en nuestra querid√≠sima Espa√Īa, el azote comunista no ha tenido aun tiempo para hacer sentir todos los efectos de sus teor√≠as, se ha desencadenado, en desquite, con la violencia m√°s furibunda. No ha derribado alguna que otra iglesia, alg√ļn que otro convento; sino que, siempre que le fue posible, destruy√≥ todas las iglesias, todos los conventos y hasta toda huella de religi√≥n cristiana, aunque se tratase de los m√°s insignes monumentos del arte y de la ciencia. El furor comunista no se ha limitado a matar Obispos y millares de sacerdotes, de religiosos y religiosas, escogiendo precisamente a los que con mayor celo se ocupaban de los obreros y de los pobres; sino que ha hecho un n√ļmero mucho mayor de v√≠ctimas entre los seglares de toda clase, que aun ahora son asesinados cada d√≠a, en masa, por el mero hecho de ser buenos cristianos, o, al menos contrarios al ate√≠smo comunista. Destrucci√≥n tan espantosa se lleva a cabo con un odio, una barbarie y una ferocidad que no se hubiera cre√≠do posible en nuestro siglo. -Todo hombre de buen juicio, todo hombre de Estado, consciente de su responsabilidad, temblar√° de horror al pensar que cuanto hoy sucede en Espa√Īa, tal vez pueda repetirse ma√Īana en otras naciones civilizadas.

FRUTOS NATURALES DEL SISTEMA

21. Ni se diga que tales atrocidades son un fen√≥meno transitorio, que suele acompa√Īar a todas las grandes revoluciones, o excesos aislados de exasperaci√≥n, comunes a toda guerra; no, son frutos naturales de un sistema falto de todo freno interior. El hombre, individual y socialmente, necesita un freno. Hasta los pueblos b√°rbaros tuvieron ese freno en la ley natural, esculpida por Dios en el alma de todo hombre. Y cuando esta ley natural fue mejor observada, se vio c√≥mo antiguas naciones se levantaban a una grandeza que deslumbra a√ļn, m√°s de lo que convendr√≠a, a ciertos observadores superficiales de la historia humana. Pero cuando del coraz√≥n de los hombres se arranca hasta la idea misma de Dios, las pasiones desbordadas los empujar√°n necesariamente a la barbarie m√°s feroz.

Lucha contra todo lo divino

22. Ese es, desgraciadamente, el espectáculo que contemplamos: por primera vez en la historia, asistimos a una lucha fríamente intentada y arteramente preparada por el hombre contra todo lo que es divino 12 . el comunismo es, por naturaleza, antirreligioso, y considera la religión como el opio del pueblo porque los principios religiosos, que hablan de la vida de ultratumba, impiden que el proletario aspire a la conquista del paraíso soviético, que es de este mundo.

EL TERRORISMO

23. Pero no se pisotea impunemente la ley natural, ni al Autor de ella: el comunismo no ha podido ni podr√° realizar su ideal, ni siquiera en el campo puramente econ√≥mico. Es verdad que en Rusia ha contribuido a liberar hombres y cosas de una larga y secular inercia, y a obtener con toda suerte de medios, frecuentemente sin escr√ļpulos, alg√ļn √©xito material; pero sabemos por testimonios no sospechosos, algunos muy recientes, que, de hecho, ni en eso siquiera ha obtenido el fin que hab√≠a prometido; esto, dejando aparte la esclavitud que el terrorismo ha impuesto a millones de hombres. Aun en el campo econ√≥mico es necesaria alguna moral, alg√ļn sentimiento moral de responsabilidad, para el cual no hay lugar en un sistema puramente materialista, como el comunismo. Para sustituir tal sentimiento, ya no queda sino el terrorismo, como el que ahora vemos en Rusia, donde antiguos camaradas de conspiraci√≥n y de lucha se destrozan unos a otros; terrorismo que, adem√°s, no logra contener, no ya la corrupci√≥n de las costumbres, pero tampoco la disoluci√≥n del organismo social.

PATERNAL RECUERDO

24. Al hablar as√≠, no queremos en modo alguno condenar en masa a los pueblos de la Uni√≥n Sovi√©tica, por los que sentimos el m√°s vivo afecto paternal. Sabemos que no pocos de ellos gimen bajo el duro yugo impuesto a la fuerza por hombres en su mayor√≠a extra√Īos a los verdaderos intereses del pa√≠s, y reconocemos que otros mucho han sido enga√Īados con falaces esperanzas. Lo que Nos condenamos, es el sistema, sus autores y sus fautores, que han considerado a Rusia como el terreno m√°s apto para poner en pr√°ctica una teor√≠a elaborada ya hace decenios, y que desde all√≠ siguen propagando por todo el mundo.

III. DOCTRINA DE LA IGLESIA

25. Expuestos ya los errores y los medios violentos y enga√Īosos del comunismo bolchevique y ateo, es hora ya, Venerables Hermanos, de oponerles brevemente la verdadera noci√≥n de la Civitas humana, de la Sociedad humana, cual -por medio de la Iglesia, Magistra gentium- nos la ense√Īan la raz√≥n y la revelaci√≥n, y tal cual vosotros ya la conoc√©is.

SUPREMA REALIDAD: DIOS

26. Por encima de toda otra realidad est√° el sumo, √ļnico, supremo Ser, Dios, Creador omnipotente de todas las cosas, Juez infinitamente sabio y justo de todos los hombres. Esta suprema realidad, Dios, es la condenaci√≥n m√°s absoluta de las desvergonzadas mentiras del comunismo. Y no es que Dios exista, porque as√≠ los hombres lo creen; sino porque El existe, creen en El y elevan a El sus s√ļplicas cuantos no cierran voluntariamente los ojos ante la verdad.

HOMBRE Y FAMILIA

27. Cuanto a lo que la raz√≥n y la fe dicen del hombre, Nos lo hemos expuesto en sus puntos fundamentales en la Enc√≠clica sobre la educaci√≥n cristiana 13 . El hombre tiene un alma espiritual e inmortal; es una persona, adornada admirablemente por el Creador con dones de cuerpo y de esp√≠ritu, un verdadero microcosmos, como dec√≠an los antiguos, esto es, un peque√Īo mundo, que excede con mucho en valor a todo el inmenso mundo inanimado. Dios s√≥lo es su √ļltimo fin, en esta vida y en la otra; la gracia santificante lo eleva al grado de hijo de Dios y lo incorpora al reino de Dios en el cuerpo m√≠stico de Cristo. Adem√°s, Dios lo ha dotado con m√ļltiples y variadas prerrogativas: derecho a la vida, a la integridad del cuerpo, a los medios necesarios para la existencia; derecho de tender a su √ļltimo fin por el camino trazado por Dios; derecho de asociaci√≥n, de propiedad y del uso de la propiedad.

28. Así como el matrimonio y el derecho a su uso natural son de origen divino, así también la constitución y prerrogativas fundamentales de la familia han sido determinadas y fijadas por el Creador mismo, no por voluntad humana ni por factores económicos. De esto hemos hablado largamente en la Encíclica sobre el matrimonio cristiano 14 y en la otra, ya citada, sobre la educación.

¬ŅQU√Č ES LA SOCIEDAD?

29. Al mismo tiempo Dios destin√≥ tambi√©n al hombre para vivir en la sociedad civil, exigida por su propia naturaleza. En el plan del Creador, la sociedad es un medio natural que el hombre puede y debe usar para obtener su fin, pues la sociedad humana es para el hombre, y no al contrario. Lo cual no ha de entenderse en el sentido del liberalismo individualista, que subordina la sociedad al uso ego√≠sta del individuo; sino s√≥lo en el sentido de que, por la uni√≥n org√°nica con la sociedad, se haga posible a todos, mediante la mutua colaboraci√≥n, la realizaci√≥n de la verdadera felicidad terrena; adem√°s, que en la sociedad se desarrollan todas las cualidades individuales y sociales innatas en la naturaleza humana, las cuales, superando el inter√©s inmediato del momento, reflejan en la sociedad la perfecci√≥n divina, lo cual no puede verificarse en el hombre aislado. Pero aun esta finalidad dice, en √ļltimo an√°lisis, relaci√≥n al hombre, para que, al reconocer √©ste el reflejo de la perfecci√≥n divina, lo convierta en alabanza y adoraci√≥n del Creador. S√≥lo -y no la colectividad en s√≠-, s√≥lo el hombre, la persona humana, est√° dotado de raz√≥n y de voluntad moralmente libre.

30. Por lo tanto, as√≠ como el hombre no puede sustraerse a los deberes para con la sociedad civil, impuestos por Dios, y as√≠ como los representantes de la autoridad tienen el derecho de obligarle a su cumplimiento cuando lo rehuse ileg√≠timamente, as√≠ tambi√©n la sociedad no puede privar al hombre de los derechos personales que le han sido concedidos por el Creador -antes hemos aludido a los m√°s importantes-, ni hacer, por principio, imposible su uso. Es, pues, conforme a la raz√≥n y a sus exigencias, que en √ļltimo t√©rmino todas las cosas de la tierra est√©n ordenadas a la persona humana, para que por su medio hallen el camino hacia el Creador. Y al hombre, a la persona humana, se aplica lo que el Ap√≥stol de las Gentes escribe a los Corintios sobre el plan divino de la salvaci√≥n cristiana: Todo es vuestro, vosotros sois de Cristo, Cristo es de Dio 15 . Mientras el comunismo empobrece a la persona humana, invirtiendo el orden en las relaciones del hombre y de la sociedad, ¬°ved las alturas a que la raz√≥n y la revelaci√≥n elevan a aqu√©lla!

31. Los principios directivos del orden económico-social fueron expuestos en la Encíclica social de León XIII sobre la cuestión obrera 16 , y, adaptados a las exigencias de los tiempos presentes, en nuestra Encíclica sobre la restauración del orden social 17 . Ademas, insistiendo de nuevo en la doctrina secular de la Iglesia sobre el carácter individual y social de la propiedad privada, Nos hemos precisado el derecho y la dignidad del trabajo, las relaciones de apoyo mutuo y de ayuda que deben existir entre los poseedores del capital y los trabajadores, el salario debido en estricta justicia al obrero, para sí y para su familia.

32. En la misma Enc√≠clica demostramos que los medios para salvar al mundo actual de la triste ruina en que el liberalismo amoral lo ha hundido, no consisten ni en la lucha de clases ni en el terror, mucho menos a√ļn en el abuso autocr√°tico del poder estatal, sino en la penetraci√≥n de la justicia social y del sentimiento de la caridad cristiana en el orden econ√≥mico y social. Demostramos c√≥mo debe restaurarse la verdadera prosperidad seg√ļn los principios de un sano corporativismo que respete la debida jerarqu√≠a social, y c√≥mo todas las corporaciones deben unirse en unidad arm√≥nica, inspiradas en el principio del bien com√ļn de la sociedad. La misi√≥n m√°s genuina y principal del poder p√ļblico y civil consiste en promover eficazmente la armon√≠a y la coordinaci√≥n de todas las fuerzas sociales.

JERARQU√ćA SOCIAL Y PRERROGATIVAS DEL ESTADO

33. Para asegurar esta colaboraci√≥n org√°nica y llegar a la tranquilidad, la doctrina cat√≥lica reivindica para el Estado la dignidad y autoridad de defensor vigilante y previsor de los derechos divinos y humanos, sobre los que la Sagrada Escritura y los Padres de la Iglesia insisten con tanta frecuencia. No es verdad que todos tengan derechos iguales en la sociedad civil, y que no exista jerarqu√≠a leg√≠tima. B√°stenos recordar las Enc√≠clicas de Le√≥n XIII, antes citadas, especialmente las relativas al poder del Estado 18 y a la constituci√≥n cristiana del Estado 19 . En ellas encuentra el cat√≥lico luminosamente expuestos los principios de la raz√≥n y de la fe, que le har√°n capaz de defenderse contra los errores y los peligros de la concepci√≥n estatal comunista. La expoliaci√≥n de los derechos y la esclavizaci√≥n del hombre, la negaci√≥n del origen trascendente y primigenio del Estado y del poder estatal, el horrible abuso del poder p√ļblico al servicio del terrorismo colectivista, son precisamente todo lo contrario de lo que exigen la √©tica natural y la voluntad del Creador. Tanto la persona humana como la sociedad civil tienen su origen en el Creador, que las ha ordenado mutuamente la una para la otra; por consiguiente, ninguna de las dos puede eximirse de los deberes correlativos, ni negar o disminuir sus derechos. El Creador mismo ha regulado esta mutua relaci√≥n en sus l√≠neas fundamentales, y es una injusta usurpaci√≥n la que se arroga el comunismo al imponer, en lugar de la ley divina, basada en los inmutables principios de la verdad y de la caridad, un programa pol√≠tico de partido, que dimana del arbitrio humano y est√° lleno de odio.

BELLEZA DE ESTA DOCTRINA DE LA IGLESIA

34. La Iglesia, al ense√Īar esta luminosa doctrina, no tiene otra mira que la de realizar el feliz anuncio cantado por los √°ngeles sobre la gruta de Bel√©n al nacer el Redentor: Gloria a Dios... y... paz a los hombres... 20 ; paz verdadera y verdadera felicidad, aun aqu√≠ abajo, en cuanto es posible, con miras y preparaci√≥n a la felicidad eterna; pero paz reservada a los hombres de buena voluntad. Esta doctrina se aparta tanto de los errores extremos como de las exageraciones de los partidos pol√≠ticos y de sus teor√≠as y m√©todos; y aqu√©lla se mantiene siempre en el equilibrio de la verdad y de la justicia; equilibrio que reivindica en la teor√≠a, aplica y promueve en la pr√°ctica, al conciliar los derechos y los deberes de los unos con los de los otros, como la autoridad con la libertad, la dignidad del individuo con la del Estado, la personalidad humana en el s√ļbdito con la representaci√≥n divina en el superior y, por lo tanto, la sumisi√≥n debida, y el amor ordenado de s√≠ y de la familia y de la patria, con el amor de las dem√°s familias y pueblos, fundado en el amor de Dios, Padre de todos, primer principio y √ļltimo fin. La justa preocupaci√≥n de los bienes temporales no separa de la solicitud por los eternos. Si subordina los primeros a los segundos, seg√ļn la palabra de su divino Fundador: Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo dem√°s se os dar√° por a√Īadidura 21 , est√°, sin embargo, muy lejos de desinteresarse de las cosas humanas y de impedir el progreso y las ventajas materiales de la sociedad, antes bien las ayuda y las promueve del modo m√°s razonables y eficaz. As√≠, en el terreno econ√≥mico y social, aunque jam√°s haya presentado la Iglesia un determinado sistema t√©cnico, por no ser de su incumbencia, sin embargo, ha fijado claramente los principios y las normas que, aun admitiendo de hecho las m√°s diversas aplicaciones concretas seg√ļn las varias condiciones de tiempos, lugares y pueblos, indican el camino seguro para obtener el feliz progreso de la sociedad.

35. La sabidur√≠a y suma utilidad de esa doctrina est√° admitida por cuantos verdaderamente la conocen. Con raz√≥n pudieron afirmar insignes estadistas que, despu√©s de haber estudiado los diversos sistemas sociales, no hab√≠an hallado nada m√°s sabio que los principios expuestos en las enc√≠clicas Rerum novarum y Quadragesimo anno. Tambi√©n en pa√≠ses no cat√≥licos, m√°s a√ļn, ni siquiera cristianos, se reconoce cu√°n √ļtiles son para la sociedad humana las doctrinas sociales de la Iglesia; as√≠, apenas hace un mes, un eminente pol√≠tico, no cristiano, del Extremo Oriente, no dud√≥ en proclamar que la Iglesia con su doctrina de paz y de fraternidad cristiana aporta una contribuci√≥n preciosa al establecimiento y mantenimiento tan laborioso de la paz constructiva entre las naciones. Hasta los mismos comunistas, seg√ļn sabemos por relaciones fidedignas que de todas partes afluyen a este Centro de la cristiandad, si no est√°n del todo corrompidos, cuando se les expone la doctrina social de la Iglesia, reconocen su superioridad sobre las doctrinas de sus jefes y maestros. S√≥lo los cegados por la pasi√≥n y por el odio cierran sus ojos a la luz de la verdad y la combaten obstinadamente.

¬ŅHA OBRADO LA IGLESIA CONFORME A ESTA DOCTRINA?

36. Pero los enemigos de la Iglesia, aunque obligados a reconocer la sabidur√≠a de su doctrina, acusan a la Iglesia de no haber sabido obrar en conformidad con sus principios, y por ello afirman que hay que buscar otros caminos. Toda la historia del Cristianismo demuestra la falsedad e injusticia de esta acusaci√≥n. Nos referimos s√≥lo, ahora, a algunos hechos caracter√≠sticos: el Cristianismo fue el primero en proclamar, en una forma, amplitud y convicci√≥n desconocidas en los siglos precedentes, la verdadera y universal fraternidad de todos los hombres de cualquier condici√≥n y estirpe; as√≠ contribuy√≥ poderosamente a la abolici√≥n de la esclavitud, no con revoluciones sangrientas, sino por la fuerza interna de su doctrina, que a la soberbia patricia romana le hac√≠a ver en su esclava una hermana suya en Cristo. Fue el Cristianismo, que adora al Hijo de Dios hecho hombre por amor de los hombres y convertido en Hijo del Artesano, m√°s a√ļn, Artesano tambi√©n El mismo 22 , fue el Cristianismo el que elev√≥ el trabajo manual a su verdadera dignidad; aquel trabajo manual, antes tan despreciado que hasta el probo Marco Tulio Cicer√≥n, resumiendo la opini√≥n general de su tiempo, no vacil√≥ en escribir estas palabras, de las que hoy se avergonzar√≠a todo soci√≥logo: Todos los artesanos se ocupan en oficios despreciables, puesto que en el taller no puede haber nada de noble 23 .

37. Fiel a estos principios, la Iglesia ha regenerado a la sociedad humana; bajo su influencia surgieron admirables obras de caridad, potentes gremios de artesanos y trabajadores de toda categor√≠a, despreciados como algo medieval por el liberalismo del siglo pasado, pero que hoy son admiraci√≥n de nuestros contempor√°neos, que en muchos pa√≠ses tratan de restablecer siquiera en su idea fundamental. Y cuando otras corrientes pon√≠an obst√°culos a la obra e imped√≠an el influjo saludable de la Iglesia, √©sta, siempre y hasta nuestros d√≠as, continu√≥ amonestando a los extraviados. Baste recordar con qu√© firmeza, energ√≠a y constancia Nuestro predecesor Le√≥n XiII reivindic√≥ para el obrero el derecho de asociaci√≥n que el liberalismo, dominante en los Estados m√°s o menos poderosos, se empe√Īaba en negarle. Y este influjo de la doctrina de la Iglesia es, aun en estos tiempos, m√°s grande de lo que parece, porque grande y cierto, aunque invisible y dif√≠cil de calcular, es el predominio de las ideas sobre los hechos.

38. Se puede decir, en verdad, que la Iglesia, a semejanza de Cristo, pasa a trav√©s de los siglos haciendo bien a todos. No habr√≠a ni socialismo ni comunismo, si quienes gobiernan los pueblos no hubieran despreciado las ense√Īanzas y las maternales advertencias de la Iglesia; pero ellos han preferido construir sobre las bases del liberalismo y del laicismo otras construcciones sociales, que parec√≠an a primera vista potentes y grandiosas, pero que muy pronto se ha visto c√≥mo carec√≠an de s√≥lidos fundamentos; por lo que una tras otra se van derrumbando miserablemente, como tiene que derrumbarse todo cuanto no se apoya sobre la √ļnica piedra angular que es Jesucristo.

IV. RECURSOS Y MEDIOS

NECESIDAD DE DEFENSA

39. Tal es, Venerables Hermanos, la doctrina de la Iglesia, la √ļnica que, como en todos los dem√°s campos, tambi√©n en el terreno social puede traer verdadera luz y ser la salvaci√≥n frente a la ideolog√≠a comunista. Pero es preciso que esta doctrina se realice cada vez m√°s en la pr√°ctica de la vida, conforme al aviso del ap√≥stol Santiago: Sed... obradores de la palabra, y no tan s√≥lo oidores, enga√Īandoos a vosotros mismos 24 ; por esto, lo que m√°s urge al presente es aplicar con energ√≠a los oportunos remedios para oponerse eficazmente a la amenazadora revoluci√≥n que se est√° preparando. Tenemos la firme confianza de que al menos la pasi√≥n, con que los hijos de las tinieblas trabajan d√≠a y noche en su propaganda materialista y atea, servir√° para estimular santamente a los hijos de la luz a un celo no desigual, y aun mayor, por honor de la Majestad divina.

40. ¬ŅQu√©, pues, hacer? ¬ŅQu√© remedios emplear para defender a Cristo y la civilizaci√≥n cristiana contra ese tan pernicioso enemigo? Como un padre en el seno de la familia, quisi√©ramos Nos conversar, por decirlo as√≠, en la intimidad, sobre los deberes que la gran lucha de nuestros d√≠as impone a todos los hijos de la Iglesia, dirigiendo tambi√©n Nuestra paternal admonici√≥n aun a aquellos hijos que se han alejado de ella.

RENOVACI√ďN DE LA VIDA CRISTIANA

41. Como en los periodos m√°s borrascosos de la historia de la Iglesia, as√≠ hoy todav√≠a el remedio fundamental est√° en una sincera renovaci√≥n de la vida privada y p√ļblica, seg√ļn los principios del Evangelio, en todos aquellos que se glor√≠an de pertenecer al redil de Cristo, para que sean verdaderamente la sal de la tierra que preserva a la sociedad humana de una corrupci√≥n total.

42. Con √°nimo profundamente agradecido al Padre de las luces, de quien desciende toda d√°diva buena y todo don perfecto 25 , vemos en todas partes signos consoladores de esta renovaci√≥n espiritual, no s√≥lo en tantas almas singularmente elegidas que en estos √ļltimos a√Īos se han alzado hasta la cumbre de la m√°s sublime santidad, y en tantas otras, cada vez m√°s numerosas, que generosamente caminan hacia la misma luminosa meta, sino tambi√©n en una piedad sentida y vivida que vuelve a florecer en todas las clases de la sociedad, aun en las m√°s cultas, como lo hemos hecho notar en Nuestro reciente "Motu proprio" In multis solaciis, del 28 de octubre pasado, con ocasi√≥n de la reorganizaci√≥n de la Academia Pontificia de Ciencias 26 .

43. Pero no podemos negar que aun queda mucho por hacer en este camino de la renovaci√≥n espiritual. Aun en pa√≠ses cat√≥licos, son demasiados los que son cat√≥licos casi s√≥lo de nombre; demasiados los que, aun observando m√°s o menos fielmente las pr√°cticas m√°s esenciales de la religi√≥n que se glor√≠an de profesar, no se preocupan de conocerla mejor ni de adquirir una convicci√≥n m√°s √≠ntima y profunda, y menos a√ļn de hacer que al barniz exterior corresponda el interno esplendor de una conciencia recta y pura, que comprenda y cumpla todos sus deberes bajo la mirada de Dios. Sabemos cu√°nto aborrece el Divino Salvador esta vana y falaz exterioridad, El, que quer√≠a que todos adorasen al Padre en esp√≠ritu y verdad 27 . Quien no vive verdadera y sinceramente seg√ļn la fe que profesa, no podr√° sostenerse mucho tiempo hoy, cuando tan fuerte sopla el viento de la lucha y de la persecuci√≥n, sino que ser√° arrastrado miserablemente por este nuevo diluvio que amenaza al mundo; y as√≠, mientras se labra su propia ruina, expondr√° tambi√©n a ludibrio el nombre de cristiano.

DESPRENDIMIENTO

44. Y aqu√≠ queremos, Venerables Hermanos, insistir m√°s particularmente sobre dos ense√Īanzas del Se√Īor, que tienen especial conexi√≥n con las actuales condiciones del g√©nero humano: el desprendimiento de los bienes terrenos y el precepto de la caridad. Bienaventurados los pobres de esp√≠ritu, fueron las primeras palabras que salieron de los labios del Divino Maestro en su serm√≥n de la monta√Īa 28 . Y esta lecci√≥n es m√°s necesaria que nunca en estos tiempos de materialismo sediento de bienes y placeres de esta tierra. Todos los cristianos, ricos y pobres, deben tener siempre fija la mirada en el cielo, recordando que no tenemos aqu√≠ ciudad permanente sino que vamos tras de la futura 29 . Los ricos no deben poner su felicidad en las cosas de la tierra, ni enderezar sus mejores esfuerzos a conseguirlas, sino que, consider√°ndose s√≥lo como administradores que saben c√≥mo han de dar cuenta al supremo Due√Īo, se sirvan de ellas como de preciosos medios que Dios les otorga para hacer el bien; y no dejen de distribuir a los pobres lo superfluo, seg√ļn el precepto evang√©lico 30 . De lo contrario, se verificar√° en ellos y en sus riquezas la severa sentencia de Santiago ap√≥stol: Ea, pues, ricos, llorad, levantad el grito en vista de las desdichas que han de sobreveniros. Podridos est√°n vuestros bienes, y vuestras ropas han sido ro√≠das por la polilla. El oro y la plata vuestra se han enmohecido; y el or√≠n de estos metales dar√° testimonio contra vosotros, y devorar√° vuestras carnes como un fuego. Os hab√©is atesorado ira para los √ļltimos d√≠as 31 .

45. Pero tambi√©n los pobres, a su vez, aunque se esfuercen, seg√ļn las leyes de la caridad y de la justicia, por proveerse de lo necesario y aun por mejorar de condici√≥n, deben tambi√©n permanecer siempre pobres de esp√≠ritu 32 , estimando m√°s los bienes espirituales que los bienes y goces terrenos. Recuerden, adem√°s, que nunca se conseguir√° hacer desaparecer del mundo las miserias, los dolores, las tribulaciones a que est√°n sujetos tambi√©n los que exteriormente aparecen muy felices. Todos, pues, necesitan la paciencia, esa paciencia cristiana con que se eleva el coraz√≥n hacia las divinas promesas de una felicidad eterna. Pero vosotros, hermanos m√≠os -diremos tambi√©n con Santiago-, tened paciencia hasta la venida del Se√Īor. Mirad c√≥mo el labraor, con la esperanza de recoger el precioso fruto de la tierra, aguarda con paciencia la lluvia temprana y la tard√≠a. Esperad tambi√©n vosotros con paciencia y reanimad vuestros corazones, porque la venida del Se√Īor est√° cerca 33 . S√≥lo as√≠ se cumplir√° la consoladora promesa del Se√Īor: Bienaventurados los pobres. Y no es √©ste un consuelo y una promesa vana, como son las promesas de los comunistas, sino que son palabras de vida, que encierran una realidad suprema, palabras que se verifican plenamente aqu√≠ en la tierra y despu√©s en la eternidad. Muchos son, de hecho, los pobres que en estas palabras y en la esperanza del reino de los cielos -proclamado ya propiedad suya, porque es vuestro el reino de Dios 34 - hallan una felicidad que tantos ricos no encuentran en sus riquezas, siempre inquietos al estar atormentados porque desean tener aun m√°s.

CARIDAD CRISTIANA

46. Todavía más importante para remediar el mal de que tratamos, o, por lo menos, más directamente ordenado a curarlo, es el precepto de la caridad. Nos referimos a esa caridad cristiana, paciente y benigna 35 , que evita toda apariencia de protección humillante y toda ostentación: esa caridad que desde los comienzos del Cristianismo ganó para Cristo a los más pobres entre los pobres, los esclavos: y damos las gracias a todos cuantos, en las obras de beneficencia, desde las Conferencias de San Vicente de Paul hasta las grandes y recientes organizaciones de asistencia social, han ejercitado y ejercitan las obras de misericordia corporal y espiritual. Cuanto más experimenten en sí mismos los obreros y los pobres lo que el espíritu de amor, animado por la virtud de Cristo, hace por ellos, tanto más se despojarán del prejuicio de que el Cristianismo ha perdido su eficacia y que la Iglesia está de parte de quienes explotan su trabajo.

47. Pero cuando vemos, por un lado, una muchedumbre de indigentes que, por causas ajenas a su voluntad, est√°n realmente oprimidos por la miseria; y por otro lado, junto a ellos, tantos que se divierten inconsideradamente y gastan enormes sumas en cosas in√ļtiles, no podemos menos de reconocer con dolor que no s√≥lo no es bien observada la justicia, sino que tampoco se ha profundizado lo suficiente en el precepto de la caridad cristiana, ni se vive conforme a √©l en la pr√°ctica cotidiana. Deseamos, pues, Venerables Hermanos, que sea m√°s y m√°s explicado, de palabra y por escrito, este divino precepto, precioso distintivo dejado por Cristo a sus verdaderos disc√≠pulos; este precepto que nos ense√Īa a ver, en los que sufren, a Jes√ļs mismo y nos obliga a amar a nuestros hermanos como el divino Salvador nos ha amado, es decir, hasta el sacrificio de nosotros mismos, y, si es necesario, aun de la propia vida. Mediten todos a menudo aquellas palabras, consoladoras por una parte, pero terribles por otra, de la sentencia final que el Juez Supremo pronunciar√° en el d√≠a del juicio final: Venid, benditos de mi Padre... porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber... En verdad os digo: siempre que lo hicisteis con alguno de estos mis m√°s peque√Īos hermanos, conmigo lo hicisteis 36 . Y por lo contrario: Apartaos de M√≠, malditos, al fuego eterno... porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber... En verdad os digo: siempre que dejasteis de hacerlo con alguno de estos mis peque√Īos hermanos, dejasteis de hacerlo conmigo 37 .

48. Para merecer, pues, la vida eterna y para poder socorrer eficazmente a los necesitados, es necesario volver a un vida m√°s modesta; renunciar a los placeres, muchas veces hasta pecaminosos, que el mundo ofrece hoy en tanta abundancia; y, finalmente, olvidarse de s√≠ mismo por el amor del pr√≥jimo. Hay una divina fuerza regeneradora en este precepto nuevo, como lo llamaba Jes√ļs, de la caridad cristiana 38 , cuya fiel observancia, al infundir en los corazones una paz interna que no conoce el mundo, remediar√° eficazmente los males que afligen a la humanidad.

Deberes de estricta justicia

49. Pero la caridad nunca ser√° verdadera caridad si no tiene siempre en cuenta la justicia. El Ap√≥stol ense√Īa que quien ama al pr√≥jimo, ha cumplido la ley; y da la raz√≥n: porque el No fornicar, No matar, No robar... y cualquier otro mandato, se resumen en esta f√≥rmula: Amar√°s a tu pr√≥jimo como a ti mismo 39 . Si, pues, seg√ļn el Ap√≥stol, todos los deberes se reducen al √ļnico precepto de la verdadera caridad, tambi√©n se reducir√°n a √©l los que son de estricta justicia, como el no matar y el no robar; una caridad que prive al obrero del salario al que tiene estricto derecho, no es caridad, sino un vano nombre y una vac√≠a apariencia de caridad. Ni el obrero ha de recibir como limosna lo que le corresponde por justicia; ni con peque√Īas d√°divas de misericordia pretenda nadie eximirse de los grandes deberes impuestos por la justicia. La caridad y la justicia imponen deberes, con frecuencia acerca del mismo objeto, pero bajo diversos aspectos; y los obreros, por raz√≥n de su propia dignidad tienen pleno derecho a mostrarse muy sensibles en la exigencia de los deberes que los dem√°s tienen para con ellos.

50. Por esto Nos dirigimos de modo particular a vosotros, patronos e industriales cristianos, cuya tarea es a menudo tan dif√≠cil porque padec√©is la pesada herencia de los errores de un r√©gimen econ√≥mico injusto que ha ejercitado su ruinoso influjo durante varias generaciones: Acordaos de vuestra responsabilidad. Es, por desgracia, verdad que las pr√°cticas admitidas en ciertos sectores cat√≥licos han contribuido a quebrantar la confianza de los trabajadores en la religi√≥n de Jesucristo. No quer√≠an aqu√©llos comprender que la caridad cristiana exige el reconocimiento de ciertos derechos debidos al obrero y que la Iglesia los ha reconocido expl√≠citamente. ¬ŅQu√© decir de ciertos patronos cat√≥licos que en algunas partes consiguieron impedir la lectura de Nuestra enc√≠clica Quadragesimo anno en sus iglesias patronales? ¬ŅQu√© decir de aquellos industriales cat√≥licos que todav√≠a no han cesado de mostrarse, hasta hoy, enemigos de un movimiento obrero recomendado por Nos mismo? ¬ŅY no es de lamentar que el derecho de propiedad, reconocido por la Iglesia, haya sido usado algunas veces para defraudar al obrero en su justo salario y en sus derechos sociales?

Justicia social

51. En efecto, adem√°s de la justicia conmutativa, existe la justicia social, que impone tambi√©n deberes a los que ni patronos ni obreros se pueden sustraer. Y precisamente es propio de la justicia social el exigir de los individuos todo cuanto es necesario al bien com√ļn. Pero as√≠ como en el organismo viviente no se provee al todo si no se da a cada parte y a cada miembro cuanto necesitan para ejercer sus funciones, as√≠ tampoco se puede proveer al organismo social y al bien de toda la sociedad si no se da a cada parte y a cada miembro, es decir, a los hombres dotados de la dignidad de persona, cuanto necesitan para cumplir sus funciones sociales. La realizaci√≥n de la justicia social dar√° como fruto una intensa actividad de toda la vida econ√≥mica desarrollada en la tranquilidad y en el orden, y se pondr√° as√≠ de relieve la salud del cuerpo social, del mismo modo que la salud del cuerpo humano se reconoce en la actividad arm√≥nica, al mismo tiempo que plena y fructuosa, de todo el organismo.

52. Pero no se puede decir que se haya satisfecho a la justicia social si los obreros no tienen asegurado su propio sustento y el de sus familias con un salario proporcionado a este fin; si no se les facilita la ocasi√≥n de adquirir alguna modesta fortuna, previniendo as√≠ la plaga del pauperismo universal; si no se toman precauciones en su favor, con seguros p√ļblicos y privados para el tiempo de vejez, de enfermedad o de paro. En una palabra, para repetir lo que dijimos en Nuestra enc√≠clica Quadragesimo anno: "La econom√≠a social quedar√° s√≥lidamente constituida y alcanzar√° sus fines s√≥lo cuando a todos y a cada uno de los socios se les provea de todos los bienes que las riquezas y subsidios naturales, la t√©cnica y la constituci√≥n social del hecho econ√≥mico puedan ofrecer. Esos bienes deben ser tan suficientemente abundantes que satisfagan las necesidades y comodidades honestas, y eleven a los hombres a aquella condici√≥n de vida m√°s feliz que, administrada prudentemente, no s√≥lo no impide la virtud, sino que la favorece en gran manera" 40 .

53. Además, si, como sucede, con frecuencia cada vez mayor, en el salariado, la justicia no puede ser practicada por los particulares, sino a condición de que todos convengan en practicarla conjuntamente mediante instituciones que unan entre sí a los patronos, para evitar entre ellos una concurrencia incompatible con la justicia debida a los trabajadores, el deber de los empresarios y patronos es el sostener y promover estas instituciones necesarias, que son el medio normal para poder cumplir los deberes de justicia. Pero también los trabajadores deben acordarse de sus obligaciones de caridad y de justicia para con los patronos: estén persuadidos de que así pondrán mejor a salvo sus propios intereses.

54. Si se considera, pues, el conjunto de la vida económica -como lo notamos ya en Nuestra encíclica Quadragesimo anno-, no se conseguirá que en las relaciones económico-sociales reine la mutua colaboración de la justicia y de la caridad sino por medio de un conjunto de instituciones profesionales e interprofesionales que, fundadas sobre bases sólidamente cristianas y unidas entre sí, constituyan, bajo diversas formas adaptadas a lugares y circunstancias, lo que se llamaba la Corporación.

Doctrina social

55. Para dar a esta acci√≥n social una eficacia mayor, es muy necesario promover el estudio de los problemas sociales a la luz de la doctrina de la Iglesia misma. Si el modo de proceder de algunos cat√≥licos ha dejado que desear en el campo econ√≥mico-social, con frecuencia ello se debe a que no han conocido suficientemente ni meditado las ense√Īanzas de los Sumos Pont√≠fices en la materia. Por esto es sumamente necesario que en todas las clases de la sociedad se promueva una m√°s intensa formaci√≥n social, correspondiente al diverso grado de cultura intelectual, y se procure con toda solicitud y por todos medios la m√°s amplia difusi√≥n de las ense√Īanzas de la Iglesia aun entre la clase obrera. Ilum√≠nense las mentes con la segura luz de la doctrina cat√≥lica, mu√©vanse las voluntades a seguirla y aplicarla como norma de una vida recta, por el cumplimiento concienzudo de los m√ļltiples deberes sociales. Y as√≠ se evitar√° esa incoherencia y discontinuidad en la vida cristiana de la que varias veces Nos hemos lamentado, pues algunos, miembros son aparentemente fieles al cumplimiento de sus deberes religiosos, luego, en el campo del trabajo, o de la industria, o de la profesi√≥n, o en el comercio, o en el empleo, por un deplorable desdoblamiento de conciencia, llevan una vida demasiado disconforme con las claras normas de la justicia y de la caridad cristiana, dando as√≠ grave esc√°ndalo a los d√©biles y ofreciendo a los malos f√°cil pretexto para desacreditar a la Iglesia misma.

56. Grandemente puede contribuir a esta renovaci√≥n la prensa cat√≥lica. Ella puede y debe, ante todo, procurar dar a conocer cada vez mejor, vali√©ndose de medios tan variados como atractivos, la doctrina social; informar con exactitud, pero tambi√©n con la debida extensi√≥n, acerca de la actividad de los enemigos, y describir los medios de lucha que se hayan demostrado ser los m√°s eficaces en las diversas regiones; proponer √ļtiles sugerencias y poner en guardia contra las astucias y enga√Īos con que los comunistas procuran, y ya lo han logrado, atraerse a s√≠ aun a hombres de buena fe.

Contra las insidias comunistas

57. Sobre este punto insistimos ya en Nuestra Alocuci√≥n del 12 de mayo del a√Īo pasado, pero creemos necesario, Venerables Hermanos, volver a llamar acerca de ello vuestra atenci√≥n de manera especial. Al principio, el comunismo se mostr√≥ cual era en toda su perversidad; pero pronto cay√≥ en la cuenta de que con tal proceder alejaba de si a los pueblos, y por esto ha cambiado de t√°ctica y procura atraerse las muchedumbres con diversos enga√Īos, ocultando sus designios bajo ideas que en s√≠ mismas son buenas y atrayentes. As√≠, ante el deseo general de paz, los jefes del comunismo fingen ser los m√°s celosos fautores y propagandistas del movimiento por la paz mundial; pero al mismo tiempo excitan a una lucha de clases que hace correr r√≠os de sangre, y sintiendo que no tienen garant√≠as internas de paz, recurren a armamentos ilimitados. As√≠, bajo diversos nombres y sin alusi√≥n alguna al comunismo, fundan asociaciones y peri√≥dicos que luego no sirven sino para lograr que sus ideas vayan penetrando en medios que de otro modo no les ser√≠an f√°cilmente accesibles; y p√©rfidamente procuran infiltrarse hasta en asociaciones abiertamente cat√≥licas y religiosas. As√≠, en otras partes, sin renunciar en lo m√°s m√≠nimo a sus perversos principios, invitan a los cat√≥licos a colaborar con ellos en el campo llamado humanitario y caritativo, a veces proponiendo cosas completamente conformes al esp√≠ritu cristiano y a la doctrina de la Iglesia. En otras partes llevan su hipocres√≠a hasta hacer creer que el comunismo en los pa√≠ses de mayor fe o de mayor cultura tomar√° un aspecto m√°s suave, y no impedir√° el culto religioso y respetar√° la libertad de conciencia. Y hasta hay quienes, refiri√©ndose a ciertos cambios introducidos recientemente en la legislaci√≥n sovi√©tica, deducen que el comunismo est√° ya para abandonar su programa de lucha contra Dios.

58. Procurad, Venerables Hermanos, que los fieles no se dejen enga√Īar. El comunismo es intr√≠nsecamente perverso; y no se puede admitir que colaboren con √©l, en ning√ļn terreno, quienes deseen salvar la civilizaci√≥n cristiana. Y si algunos, inducidos al error, cooperasen a la victoria del comunismo en sus pa√≠ses, ser√≠an los primeros en ser v√≠ctimas de su ceguera; y cuanto las regiones, donde el comunismo consigue penetrar, m√°s se distingan por la antig√ľedad y la grandeza de su civilizaci√≥n cristiana, tanto m√°s devastador se manifestar√° all√≠ el odio de los sin Dios.

Oración y penitencia

59. Pero si el Se√Īor no guardare la ciudad, en vano vigila el centinela 41 . Por esto, como √ļltimo y poderos√≠simo remedio, os recomendamos, Venerables Hermanos, que en vuestras di√≥cesis promov√°is e intensifiqu√©is del modo m√°s eficaz el esp√≠ritu de oraci√≥n, unido a la penitencia cristiana. Cuando los Ap√≥stoles preguntaron al Salvador por qu√© no hab√≠an podido librar del esp√≠ritu maligno a un endemoniado, les respondi√≥ el Se√Īor: Tales demonios no se lanzan m√°s que con la oraci√≥n y el ayuno 42 . Tampoco podr√° ser vencido el mal que hoy atormenta a la humanidd sino con una santa y universal cruzada de oraci√≥n y de penitencia; y recomendamos singularmente a las Ordenes contemplativas, masculinas y femeninas, que redoblen sus s√ļplicas y sacrificios para impetrar del cielo una poderosa ayuda a la Iglesia en las luchas presentes, con la poderosa intercesi√≥n de la Virgen Inmaculada, la cual, as√≠ como un d√≠a aplast√≥ la cabeza de la antigua serpiente, as√≠ tambi√©n es hoy segura defensa e invencible Auxilio de los cristianos.

V. MINISTROS Y AUXILIARES DE ESTA OBRA SOCIAL DE LA IGLESIA

Sacerdotes

60. Para la obra mundial de salvación que hemos venido describiendo, y para la aplicación de los remedios que quedan brevemente apuntados, los sacerdotes son los que ocupan el primer puesto entre los ministros y obreros evangélicos designados por el divino Rey Jesucristo. A ellos, por vocación especial, bajo la guía de los Sagrados Pastores, y en unión de filial obediencia al Vicario de Cristo en la tierra, se les ha confiado el cargo de tener encendida en el mundo la antorcha de la fe y de infundir en los fieles aquella confianza sobrenatural con que la Iglesia, en nombre de Cristo, ha combatido y vencido tantas otras batallas. Esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe 43 .

61. De modo particular recordamos a los sacerdotes la exhortaci√≥n tantas veces repetida por Nuestro Predecesor Le√≥n XIII de ir al obrero; exhortaci√≥n que Nos hacemos Nuestra, complet√°ndola: Id al obrero, especialmente al obrero pobre; m√°s a√ļn, en general, id a los pobres, siguiendo en esto las ense√Īanzas de Jes√ļs y de su Iglesia. Los pobres, en efecto, son los que est√°n m√°s expuestos a las insidias de los agitadores, que explotan su desgraciada condici√≥n para encender la envidia contra los ricos y excitarles a tomar por la fuerza lo que les parece que la fortuna les ha negado injustamente; y si el sacerdote no va a los obreros y a los pobres, para prevenirles o para desenga√Īarlos de los prejuicios y falsas teor√≠as, se convertir√°n en f√°cil presa de los ap√≥stoles del comunismo.

62. No podemos negar que se ha hecho ya mucho en este sentido, especialmente despu√©s de las enc√≠clicas Rerum novarum y Quadragesimo anno; y saludamos con paterna complacencia el industrioso celo pastoral de tantos Obispos y sacerdotes que, con las debidas prudentes cautelas, inventan o prueban nuevos m√©todos de apostolado adaptados a las exigencias modernas. Pero todo esto es aun demasiado poco para las exigencias de la hora presente. As√≠ como cuando la patria est√° en peligro, todo lo que no es estrictamente necesario o no est√° directamente ordenado a la urgente necesidad de la defensa com√ļn pasa a segunda l√≠nea, as√≠ tambi√©n en nuestro caso, toda otra obra, por muy hermosa y buena que sea, debe ceder el puesto a la vital necesidad de salvar las bases mismas de la fe y de la civilizaci√≥n cristiana. Por consiguiente, los sacerdotes en sus parroquias, dedic√°ndose, naturalmente, cuanto sea necesario, al cuidado ordinario de los fieles, reserven la mejor y la mayor parte de sus fuerzas y de su actividad a fin de volver a ganar las masas trabajadoras para Cristo y su Iglesia, hacer penetrar el esp√≠ritu cristiano en los medios que le son m√°s ajenos. En las masas populares hallar√°n una inesperada correspondencia y abundancia de frutos que les compensar√°n del duro trabajo de la primera roturaci√≥n, como lo hemos visto y lo vemos en Roma y en muchas otras grandes ciudades, donde en las nuevas iglesias que van surgiendo en los barrios perif√©ricos, se ven formarse celosas comunidades parroquiales y se operan verdaderos milagros de conversi√≥n entre muchedumbres antes hostiles a la religi√≥n, s√≥lo porque no la conoc√≠an.

63. Pero el medio m√°s eficaz de apostolado entre las muchedumbres de los pobres y de los humildes es el ejemplo del sacerdote, el ejemplo de todas las virtudes sacerdotales, tal como las hemos descrito en Nuestra enc√≠clica Ad catholici sacerdotii 44 ; mas, en el presente caso, de un modo especial es necesario un luminoso ejemplo de vida humilde, pobre, desinteresada, imitando al Divino Maestro, que pod√≠a proclamar con divina franqueza: Las raposas tienen madrigueras y las aves del cielo nido, mas el Hijo del hombre no tiene sobre donde reclinar la cabeza 45 . Un sacerdote verdadera y evang√©licamente pobre y desinteresado hace milagros de bien en medio del pueblo, como un Vicente de Pa√ļl, un cura de Ars, un Cottolengo, un Don Bosco y tantos otros; pero un sacerdote avaro e interesado, como lo hemos recordado en la ya citada Enc√≠clica, aunque no caiga como Judas, en el abismo de la traici√≥n, ser√° por lo menos un vano bronce que resuena y un in√ļtil c√≠mbalo que reti√Īe 46 y, demasiadas veces, un estorbo m√°s que un instrumento de la gracia, en medio del pueblo. Y si el sacerdote secular o regular tiene que administrar bienes temporales por deber de oficio, recuerde que no s√≥lo ha de observar escrupulosamente cuanto prescriben la caridad y la justicia, sino que de manera especial debe mostrarse verdadero padre de los pobres.

Acción Católica

64. Despu√©s de este llamamiento al Clero, dirigimos Nuestra paternal invitaci√≥n a Nuestros querid√≠simos hijos seglares que militan en las filas de la Acci√≥n Cat√≥lica, que Nos es tan cara y que, como declaramos en otra ocasi√≥n (*), es una ayuda particularmente providencial a la obra de la Iglesia en estas circunstancias tan dif√≠ciles. En efecto, la Acci√≥n Cat√≥lica es tambi√©n apostolado social en cuanto tiende a difundir el reino de Jesucristo, no s√≥lo en los individuos, sino tambi√©n en las familias y en la sociedad. Por esto debe, ante todo, atender a formar con cuidado especial a sus miembros y a prepararlos para las santas batallas del Se√Īor. Para este trabajo formativo, urgente y necesario como nunca, y que debe preceder siempre a la acci√≥n directa y efectiva, servir√°n ciertamente los c√≠rculos de estudio, las semanas sociales, los cursos sistematizados de conferencias y todas las dem√°s iniciativas aptas para dar a conocer la soluci√≥n cristiana de los problemas sociales.

65. Los que militan en la Acci√≥n Cat√≥lica, tan bien preparados y adiestrados, ser√°n los primeros e inmediatos ap√≥stoles de sus compa√Īeros de trabajo y los preciosos auxiliares del sacerdote para llevar la luz de la verdad y para aliviar las graves miserias materiales y espirituales en innumerables zonas que se han hecho refractarias a toda acci√≥n de los ministros de Dios por inveterados prejuicios contra el clero o una deplorable apat√≠a religiosa. As√≠ es como, bajo la gu√≠a de sacerdotes particularmente expertos, se cooperar√° a esa asistencia religiosa a las clases trabajadoras, que tanto Nos preocupa, porque es el medio m√°s apto para preservar a esos amados hijos Nuestros de la insidia comunista.

66. Además de este apostolado individual, muchas veces silencioso, pero utilísimo y eficaz, es también propio de la Acción Católica difundir ampliamente por medio de la propaganda oral y escrita los principios fundamentales que han de servir a la construcción de un orden social cristiano, como se desprende de los documentos pontificios.

Organizaciones auxiliares

67. Alrededor de la Acci√≥n Cat√≥lica se alinean las organizaciones que muchas veces hemos recomendado como auxiliares de la misma. A estas organizaciones tan √ļtiles las exhortamos con paternal afecto a que se consagren a la gran misi√≥n de que tratamos, porque actualmente supera a todas las dem√°s por su vital importancia.

Organizaciones profesionales

68. Nos pensamos tambi√©n en las organizaciones profesionales de obreros, de agricultores, de ingenieros, de m√©dicos, de patronos, intelectuales, y otras semejantes: hombres y mujeres, que viven en las mismas condiciones culturales y a quienes la naturaleza misma re√ļne en agrupaciones homog√©neas. Precisamente estos grupos y estas organizaciones est√°n destinados a introducir en la sociedad aquel orden que tuvimos presente en Nuestra enc√≠clica Quadragesimo anno, y a difundir as√≠ el reconocimiento de la realeza de Cristo en los diversos campos de la cultura y del trabajo.

69. Y si por haberse transformado las condiciones de la vida económica y social, el Estado se ha creído en el deber de intervenir hasta el punto de asistir y regular directamente tales instituciones con peculiares disposiciones legislativas, salvo el respeto debido a la libertad y a las iniciativas privadas, ni aun en esas circunstancias puede la Acción Católica apartarse de la realidad. Con prudencia deberá prestar su contribución de pensamiento, estudiando los nuevos problemas a la luz de la doctrina católica, y la contribución de su actividad por la participación leal y generosa de sus socios en las nuevas formas e instituciones, llevando a ellas el espíritu cristiano, que es siempre principio de orden y de mutua y fraternal colaboración.

Llamamiento a los obreros

70. Una palabra especialmente paternal quisiéramos dirigir aquí a Nuestros queridos obreros católicos, jóvenes y adultos, los cuales, tal vez en premio a su fidelidad, a veces heroica en estos tiempos tan difíciles, han recibido una misión muy noble y ardua. Bajo la dirección de sus Obispos y de sus sacerdotes, ellos deben traer de nuevo a la Iglesia y a Dios esas inmensas multitudes de hermanos suyos en el trabajo que, exacerbados por no haber sido comprendidos o tratados con la dignidad a que tenían derecho, se han alejado de Dios. Demuestren los obreror católicos con su ejemplo, con sus palabras, a estos hermanos extraviados que la Iglesia es una tierna madre para todos los que trabajan y sufren, y que jamás ha faltado ni faltará a su sagrado deber maternal de defender a sus hijos. Si esta misión que ellos deben cumplir en las minas, en las fábricas, en los talleres, dondequiera que se trabaja, requiere a veces grandes sacrificios, recuerden que el Salvador del mundo ha dado no sólo el ejemplo del trabajo, sino también el del sacrificio.

Concordia

71. Finalmente, a todos Nuestros hijos de toda clase social, de toda naci√≥n, de toda agrupaci√≥n religiosa o seglar en la Iglesia, quisi√©ramos dirigir un nuevo y m√°s apremiante llamamiento a la concordia. Muchas veces Nuestro coraz√≥n paternal ha sido afligido por las divisiones, f√ļtiles frecuentemente en sus causas, pero siempre tr√°gicas en sus consecuencias, que hacen enfrentarse entre s√≠ a los hijos de una misma madre, la Iglesia. Y entonces se ve c√≥mo los fautores de des√≥rdenes, que no son tan numerosos, aprovech√°ndose de tales discordias, las hacen todav√≠a m√°s estridentes y acaban por lanzar a la lucha, unos contra otros, aun a los mismos cat√≥licos. Despu√©s de los acontecimientos de los √ļltimos meses, deber√≠a parecer superflua Nuestra advertencia. Pero la repetimos una vez m√°s para aquellos que no han comprendido o tal vez no quieren comprender. Los que trabajan por aumentar las disensiones entre los cat√≥licos toman sobre s√≠ una terrible responsabilidad ante Dios y ante la Iglesia.

Llamamiento a todos

72. Pero en esta lucha, empe√Īada por el poder de las tinieblas contra la idea misma de la Divinidad, queremos Nos esperar que, adem√°s de todos los que se glor√≠an del nombre de Cristo, se muestren dispuestos tambi√©n cuantos creen en Dios y lo adoran, que son a√ļn la inmensa mayor√≠a de los hombres. Renovamos, por lo tanto, el llamamiento que hace ya cinco a√Īos lanzamos en Nuestra enc√≠clica Caritate Christi, a fin de que tambi√©n ellos concurran leal y cordialmente por su parte para apartar de la humanidad el gran peligro que a todos amenaza. Porque -como dec√≠amos entonces- el creer en Dios es el fundamento firm√≠simo de todo orden social y de toda responsabilidad en la tierra, y por esto cuantos no quieren la anarqu√≠a y el terror deben con toda energ√≠a consagrarse a que los enemigos de la religi√≥n no consigan el fin que con tanta claridad han proclamado 47 .

Deberes del Estado cristiano
Ayudar a la Iglesia

73. Hemos expuesto, Venerables Hermanos, la tarea positiva, de orden doctrinal y pr√°ctico a la vez, que la Iglesia asume para s√≠, en virtud de la misi√≥n que Cristo le confi√≥ de construir la sociedad cristiana, y, en nuestros tiempos, de combatir y desbaratar los esfuerzos del comunismo; y hemos dirigido un llamamiento a todas y cada una de las clases de la sociedad. A esta misma empresa espiritual de la Iglesia debe el Estado cristiano concurrir positivamente, ayudando en su empe√Īo a la Iglesia con los medios que le son propios; medios exteriores ciertamente, pero que tambi√©n se refieren no menos, en primer lugar, al bien de las almas.

74. Por esto los Estados pondr√°n todo cuidado en impedir que la propaganda atea, que destruye todos los fundamentos del orden, haga estragos en sus territorios, porque no podr√° haber autoridad sobre la tierra si no se reconoce la autoridad de la Majestad divina, ni ser√° firme el juramento que no se haga en el nombre de Dios vivo. Repetimos lo que tantas veces y con tanta insistencia hemos dicho, especialmente en Nuestra enc√≠clica Caritate Christi: Y, efectivamente, ¬Ņc√≥mo puede mantenerse un contrato cualquiera, y qu√© valor puede tener un tratado, cuando falta toda garant√≠a de conciencia? ¬ŅY c√≥mo se puede hablar de garant√≠a de conciencia, cuando se ha perdido la fe en Dios, todo temor de Dios? Quitada esta base, cae con ella toda ley moral, y ning√ļn medio hay que pueda impedir la gradual, pero inevitable ruina de los pueblos, de las familias, del Estado, de la misma civilizaci√≥n humana 48 .

Providencias del bien com√ļn

75. Adem√°s, el Estado debe emplear todos los medios para crear aquellas condiciones materiales de vida, sin las que no puede subsistir una sociedad ordenada, y para procurar trabajo, especialmente a los padres de familia y a la juventud. Para este fin, induzca a las clases ricas a que, por la urgente necesidad del bien com√ļn, tomen sobre s√≠ aquellas cargas sin las cuales la sociedad humana no puede salvarse ni ellas podr√≠an hallar salvaci√≥n. Pero las providencias que toma el Estado a este fin deben ser tales que alcancen realmente a quienes de hecho tienen en sus manos los mayores capitales y los aumentan continuamente con grave da√Īo de los dem√°s.

Prudente administración

76. El Estado mismo, acord√°ndose de sus responsabilidades ante Dios y ante la sociedad, sirva de ejemplo a todos los dem√°s con una prudente y sobria administraci√≥n. Hoy m√°s que nunca, la grav√≠sima crisis mundial exige que los que dispongan de fondos enormes, fruto del trabajo y del sudor de millones de ciudadanos, tengan siempre ante los ojos √ļnicamente el bien com√ļn y procuren promoverlo lo m√°s posible. Que tambi√©n los funcionarios y todos los empleados del Estado cumplan por obligaci√≥n de conciencia sus deberes con fidelidad y desinter√©s, siguiendo los luminosos ejemplos antiguos y recientes de hombres insignes que, en un trabajo sin descanso, sacrificaron toda su vida por el bien de la patria. Y, finalmente, en las relaciones de los pueblos entre s√≠, se procure sol√≠citamente que cuanto antes desaparezcan los impedimentos artificiales de la vida econ√≥mica, nacidos de un sentimiento de desconfianza y de odio, cuando la verdad es que los pueblos de la tierra forman una √ļnica familia de Dios.

Dejar libertad a la Iglesia

77. Pero, al mismo tiempo, el Estado tiene que dejar a la Iglesia plena libertad de cumplir su misión divina y espiritual, para contribuir así poderosamente a salvar los pueblos de la terrible tormenta de la hora presente. De todas partes se hace hoy un angustioso llamamiento a las fuerzas morales y espirituales; y con razón, porque el mal que se ha de combatir es, ante todo, considerado en su primera fuente, un mal de naturaleza espiritual, y de esta fuente es de donde brotan con una lógica infernal todas las monstruosidades del comunismo. Ahora bien: entre las fuerzas morales y religiosas sobresale incontestablemente la Iglesia católica; y por eso, el bien mismo de la humanidad exige que no se pongan impedimentos a su actividad.

78. Obrar de otro modo, y pretender al mismo tiempo alcanzar el fin con medios puramente econ√≥micos o pol√≠ticos, es dejarse arrastrar por un error peligroso. Y cuando se excluye la religi√≥n de la escuela, de la educaci√≥n, de la vida p√ļblica, cuando se expone al ludibrio a los representantes del Cristianismo y sus sagrados ritos, ¬Ņno se favorece, por ventura, a aquel materialismo, de donde nace el comunismo? Ni la fuerza, aun mejor organizada, ni los ideales terrenos, por muy grandes y nobles que sean, pueden sofocar un movimiento que tiene sus ra√≠ces precisamente en la demasiada estima de los bienes de la tierra.

79. Confiamos que quienes dirigen la suerte de las naciones, por poco que sientan el peligro extremo que hoy amenaza a los pueblos, entenderán cada vez mejor el supremo deber de no impedir a la Iglesia el cumplimiento de su misión; y ello tanto más cuanto que al cumplirla, mientras atiende a la felicidad eterna del hombre, trabaja inseparablemente por la verdadera felicidad tempora.

Paternal llamamiento

80. No podemos terminar esta Enc√≠clica sin dirigir una palabra a aquellos hijos Nuestros que ya est√°n contagiados, o poco menos, por el mal comunista. Los exhortamos vivamente a que oigan la voz del Padre que los ama, y rogamos al Se√Īor que los ilumine para que abandonen el resbaladizo camino que los lleva a una inmensa y catastr√≥fica ruina, y reconozcan ellos tambi√©n que el √ļnico Salvador es Jesucristo Se√Īor Nuestro, pues no se ha dado a los hombres otro nombre debajo del cielo por el cual debamos salvarnos 49 .

CONCLUSI√ďN

81. Y para apresurar la paz de Cristo en el reino de Cristo 50 , por todos tan deseada, ponemos la gran acci√≥n de la Iglesia cat√≥lica contra el comunismo ateo mundial bajo la √©gida del poderoso Protector de la Iglesia, San Jos√©. El pertenece a la clase obrera y √©l experiment√≥ el peso de la pobreza en s√≠ y en la Sagrada Familia, de la que era jefe sol√≠cito y amante; a √©l le fue confiado el divino Ni√Īo, cuando Herodes envi√≥ sus sicarios contra El. Con una vida de absoluta fidelidad en el cumplimiento del deber cotidiano, ha dejado un ejemplo de vida a todos los que tienen que ganar el pan con el trabajo de sus manos, y mereci√≥ ser llamado el Justo, ejemplo viviente de la justicia cristiana que debe dominar en la vida social.

82. Levantando la mirada, Nuestra fe ve los nuevos cielos y la nueva tierra de que habla el primer Predecesor Nuestro, San Pedro 51 . Mientras las promesas de los falsos profetas se resuelven en sangre y lágrimas, brilla con celestial belleza la gran profecía apocalíptica del Redentor del mundo: He aquí que Yo renuevo todas las cosas 52 .

No Nos resta, Venerables Hermanos, sino elevar las manos paternas y hacer descender sobre vosotros, sobre vuestro clero y pueblo, sobre toda la gran familia católica, la Bendición Apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, en la fiesta de San Jos√©, Patrono de la Iglesia universal, el 19 de marzo de 1937, a√Īo d√©cimosexto de Nuestro Pontificado.


1

Cf. Gen. 3, 23.

2

Gal. 4, 4.

3

Enc. Qui pluribus 9 nov. 1846: Acta Pii IX 1, 13. -Cf. Syllabus, pr. 4: A.S.S., 3, 170.

4

Enc. Quod Apostolici muneris 28 dec. 1878; A.L. 1, 170-183.

5

Alloc. 18 dec. 1924: A.A.S. 16, 494. 495.

6

8 maii 1928: A.A.S. 20, 165-178.

7

15 maii 1931: A.A.S. 23, 177-228.

8

3 maii 1932: A.A.S. 24, 177-194.

9

29 sept. 1932: A.A.S. 24, 321-332.

10

3 iun. 1933: A.A.S. 25, 261-274.

11

Cf. enc. Casti connubii 31 dec. 1930: A.A.S. 30, 567.

12

Cf. 2 Thess. 2, 4.

13

Enc. Divini illius Magistri 31 dec. 1929: A.A.S. 22 (1930), 49-86.

14

Enc. Casti connubbi 31 dec. 1930: A.A.S. 22, 539-582.

15

1 Cor. 3, 22. 23.

16

Enc. Rerum novarum 15 maii 1891.

17

Enc. Quadragesimo anno 15 maii 1931.

18

Enc. Diuturnum illud 29 iun. 1891.

19

Enc. Immortale Dei 1 nov. 1885.

20

Luc. 2, 14.

21

Mat. 6, 33.

22

Cf. Mat. 13, 55; Marc. 6, 3.

23

Cic. De officiis 1, 42.

24

Iac. 1, 22.

25

Ibid. 1, 17.

26

28 oct. 1936: A.A.S. 28 (1936), 421-424.

27

Io. 4, 23.

28

Mat. 5, 3.

29

Hebr. 13, 14.

30

Cf. Luc. 11, 41.

31

Iac. 5, 1-3.

32

Mat. 5, 3.

33

Iac. 5, 7-8.

34

Luc. 6, 20.

35

1 Cor. 13, 4.

36

Mat. 25, 34-40.

37

Ibid. 41-45.

38

Io. 13, 34.

39

Rom. 13, 8-9.

40

Enc. Quadragesimo anno 15 maii 1931: A.A.S. 23, 202.

41

Ps. 126, 1.

42

Mat. 17, 20.

43

1 Io. 5, 4.

44

Enc. Ad catholici sacerdoti 20 dec. 1935: A.A.S. 28 (1936), 5-53.

45

Mat. 8, 20.

46

1 Cor. 13, 1. * 12 maii 1936; A.A.S. 29, 139-144.

47

Enc. Caritate Christi 3 maii 1932: A.A.S. 24, 184.

48

Ibid. A.A.S. 24 (1932), 190.

49

Act. 4, 12.

50

Cf. Enc. Ubi arcano 23 dec. 1922. A.A.S. 24, 691.

51

2 Pet. 3, 13; cf. Is. 65, 17; 66, 22; Apoc. 21, 1.

52

Apoc. 21, 5.
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