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S.S. Juan Pablo II, Discurso de S.S. Juan Pablo II al comité central y a los delegados de las Iglesias para la preparación del gran jubileo, proclamado el 16 de febrero de 1996
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Cristo, único Salvador del mundo

Señores cardenales; venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; amadísimos hermanos y hermanas:

1. Os acojo a todos con gran alegría y gratitud. Saludo, en particular, al señor cardenal Roger Etchegaray, presidente del Comité central para el gran jubileo del año 2000, agradeciéndole las amables palabras que me ha dirigido en vuestro nombre. Saludo, asimismo, a los demás cardenales miembros del Consejo de presidencia, así como a monseñor Sergio Sebastiani, secretario general del Comité central, y a los delegados de las Conferencias episcopales de todo el mundo presentes en este encuentro.

Doy una especial bienvenida a los representantes de las Iglesias y comunidades eclesiales no católicas que, con su presencia, hacen más concreto el deseo de celebrar los 2000 año del nacimiento de Cristo, «si no plenamente unidos, al menos más cercanos» (Homilía durante la misa de clausura de la Semana de oración por la unidad de los cristianos, 25 de enero de 1996, n. 4: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 2 de febrero de 1996, p. 4).

Sin lugar a dudas, estas dos jornadas de intenso trabajo han sido útiles para establecer la estrategia pastoral indispensable para la preparación del Año santo, ya cercano. En efecto, está llegando a su término la fase antepreparatoria, y con el año 1997 comenzará la etapa propiamente preparatoria. Las iniciativas, que muchas diócesis y parroquias ya han puesto en marcha, permiten esperar una participación plena y fructuosa de todo el pueblo de Dios en este acontecimiento extraordinario.

La riqueza del Concilio

2. Como se ha repetido también durante estos días, cada programación con vistas al jubileo debe remitirse, ante todo, a la riqueza del concilio ecuménico Vaticano II, «acontecimiento providencial, gracias al cual la Iglesia ha iniciado la preparación próxima del jubileo del segundo milenio» (Tertio millennio adveniente, 18).

En efecto, el Concilio representa, en cierto modo, la «puerta santa» de la nueva primavera de la Iglesia, que el acontecimiento jubilar deberá revelarnos. La Asamblea conciliar se concentró en el misterio de Cristo y de su Iglesia, abriéndose al mundo para ofrecer la respuesta evangélica a la evolución de la sociedad contemporánea (cf. ib., 18): su «lección» es fundamental para la preparación y la celebración del gran jubileo del año 2000.

Durante estos años, la comunidad de creyentes deberá dirigir su mirada a Cristo, que es el corazón de la Iglesia, la razón de su existencia y el contenido siempre actual de su vida, de su anuncio y de su testimonio. El jubileo, extraordinario acontecimiento espiritual, es tiempo dedicado a Dios, que dio a su Hijo para que los hombres «tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). Por tanto, es preciso hacer todos los esfuerzos posibles para que los necesarios compromisos organizativos no ofusquen esta dimensión fundamental. «El jubileo deberá confirmar en los cristianos de hoy la fe en el Dios revelado en Cristo, sostener la esperanza prolongada en la espera de la vida eterna, vivificar la caridad comprometida activamente en el servicio a los hermanos» (Tertio millennio adveniente, 31).

Un acontecimiento eclesial providencial

3. Así pues, el jubileo se presenta como un acontecimiento eclesial providencial. En todo el mundo la Esposa del Señor está llamada a dar gracias al Padre por el misterio de la encarnación del Hijo, fundamento de unidad y superación de toda división en el hombre y en la humanidad. Así, se realiza lo que sugiere el apóstol Pablo: «Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos» (Ef 4,4-6).

El estado de desorientación e incertidumbre, que el mundo contemporáneo vive a menudo, impulsa a comprender cuán urgente es para los cristianos testimoniar, de modo comunitario, su adhesión libre y plena a Cristo, verdad del hombre. Además, esta adhesión, aun siendo un acto personal, es siempre también un acto eclesial. Como bien observa el Catecismo de la Iglesia católica, es la Iglesia, nuestra Madre, quien responde a Dios con su fe y nos enseña a decir «creo», «creemos» (cf. n. 167). Cuanto más logre la catequesis crear en los creyentes la conciencia de que son Iglesia, tanto más crecerá en cada uno de ellos el celo apostólico y misionero.

Dar un impulso renovado al anuncio del Evangelio

4. Conscientes de que todos formamos parte de la misma y única familia espiritual, nunca nos cansaremos de repetir: éste es el tiempo de la nueva evangelización para imprimir, al comienzo del tercer milenio, un impulso renovado al anuncio del Evangelio. Para la Iglesia no se trata de una contribución facultativa, sino de un «deber que le incumbe, por mandato del Señor, con vistas a que los hombres crean y se salven» (Evangelii nuntiandi, 5). Pero, este anuncio, para que sea creíble, exige humildad, capacidad de escucha, intrepidez y disponibilidad a buscar incansablemente y a cumplir con generosidad la voluntad de Dios.

Mi venerado predecesor, el siervo de Dios Pablo VI, en la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, «carta magna» de la evangelización de los tiempos modernos, recordaba: «Evangelizadora, la Iglesia comienza por evangelizarse a sí misma. Comunidad de creyentes, comunidad de esperanza vivida y comunicada, comunidad de amor fraterno, tiene necesidad de escuchar sin cesar lo que debe creer, las razones para esperar, el mandamiento nuevo del amor. Pueblo de Dios inmerso en el mundo y, con frecuencia, tentado por los ídolos, necesita saber proclamar "las grandezas de Dios", que la han convertido al Señor, y ser nuevamente convocada y reunida por él. En una palabra, esto quiere decir que la Iglesia siempre tiene necesidad de ser evangelizada, si quiere conservar su frescor, su impulso y su fuerza para anunciar el evangelio» (n. 15).

Así pues, a la luz de estas perspectivas ascéticas y apostólicas, ¿cómo no desear que las comunidades eclesiales de cada nación sientan la preparación del jubileo como una ocasión de conversión y de verificación de su compromiso pastoral? Ojalá que estos años que nos llevan al 2000 sean para todos un tiempo de escucha de la palabra de Dios y de atención a los hermanos, como un curso prolongado de ejercicios espirituales que hay que vivir en cada diócesis, en cada parroquia, en cada comunidad, en cada asociación, en cada movimiento y en cada familia cristiana.

El misterio trinitario

5. Amadísimos hermanos y hermanas, la Iglesia, desde el año 1997 al 1999, está llamada a contemplar el misterio trinitario, revelado en Jesús de Nazaret. Manteniendo fija nuestra mirada en «Jesucristo, único Salvador del mundo, ayer, hoy y siempre», en el año 1997 nos pondremos a la escucha de él, maestro y evangelizador, para volver a descubrir que, como él, somos enviados a «anunciar a los pobres la buena nueva, a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (Lc 4,18-19). El renovado interés por la Biblia y la asiduidad a la «enseñanza de los Apóstoles» (Hch 2,42) y a la catequesis llevarán a los cristianos a profundizar la fe en el Hijo de Dios, encarnado, muerto y resucitado, como condición necesaria para la salvación, y al bautismo, como fundamento de la existencia cristiana. La Virgen santísima, modelo de los creyentes, contemplada en el misterio de su maternidad divina, sostendrá la búsqueda paciente y laboriosa de la unidad entre los bautizados, de acuerdo con la ardiente oración de Cristo en el cenáculo (cf. Jn 17,1-26).

El año 1998 se dedicará al Espíritu Santo, alma del pueblo cristiano. Contemplándolo a él, que «actualiza en la Iglesia de todos los tiempos y de todos los lugares la única revelación traída por Cristo a los hombres, haciéndola viva y eficaz en el ánimo de cada uno» (Tertio millennio adveniente, 44), y que es «también para nuestra época, el agente principal de la nueva evangelización» (ib., 45), los cristianos descubrirán su acción particularmente en el sacramento de la confirmación y se esforzarán por valorizar los múltiples carismas y servicios que suscita en la comunidad eclesial. Descubrirán, asimismo, que el Espíritu es «aquel que construye el reino de Dios en el curso de la historia y prepara su plena manifestación en Jesucristo, animando a los hombres en su corazón y haciendo germinar dentro de la vivencia humana las semillas de la salvación definitiva que se dará al final de los tiempos» (ib.). Profundizando estas «semillas» presentes en la Iglesia y en el mundo, sostenidos por la virtud de la esperanza, seguirán el ejemplo de María, para llegar a ser por doquier constructores de unidad, de paz y de fraternidad solidaria.

En 1999, tercero y último año de la preparación, los creyentes, ensanchando los horizontes según la perspectiva del Reino, serán invitados a un gran acto de alabanza al «Padre celestial» (Mt 5,45), un prolongado Magníficat, que los llevará, guiados por la Madre del Señor, a hacer lo que Jesús les diga (cf. Jn 2,5). Se trata de un camino de auténtica conversión, que culminará en la celebración del sacramento de la penitencia. Este itinerario espiritual impulsará a los fieles a adherirse más plenamente a Cristo, para que la Iglesia «permanezca como esposa digna del Señor y se renueve sin cesar por la acción del Espíritu Santo hasta que por la cruz llegue a la luz sin ocaso» (Lumen gentium, 9). El amor renovado a dios llevará a la familia de los bautizados a dar voz a los pobre de la tierra, testimoniando la solicitud amorosa del Padre celestial hacia todo ser humano. La impulsará al diálogo con los hermanos en la misma fe de Abraham y con los representantes de las grandes religiones, para proclamar el primado absoluto de Dios en la vida de los hombres, evitando, sin embargo, cualquier tipo de sincretismo o de fácil irenismo.

Profundizar el espíritu de la bienaventuranzas

6. Amadísimos hermanos y hermanas, este exigente itinerario de preparación para el gran jubileo del año 2000 requiere la participación de cada uno de los fieles y de la Iglesia en su conjunto, invitados a profundizar cada vez más el espíritu de las bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres…, bienaventurados los mansos…, bienaventurados los que lloran…, bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia…, bienaventurados los misericordiosos…, bienaventurados los limpios de corazón…, bienaventurados los que trabajan por la paz…, bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia». Que las palabras de Cristo se transformen en orientaciones cada vez más concretas para las opciones de los creyentes, de modo que su existencia se caracterice por la pobreza de espíritu, el dolor por la lejanía de Dios, la mansedumbre, el hambre y la sed de la justicia, la misericordia, la pureza de corazón, los deseos concretos de paz y la fidelidad a Dios y a su proyecto, incluso frente a las persecuciones (cf. Mt 5,1-12).

De este modo, la Iglesia, mientras se dispone a cruzar el umbral del tercer milenio, renovada en la fe, en la esperanza y en la caridad, además de en los métodos pastorales, podrá anunciar con ardor renovado a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo que Jesucristo es el único Salvador del mundo, ayer, hoy y siempre.

Importancia de los medios de comunicación social

7. El modo privilegiado de este anuncio sigue siendo, ciertamente, el encuentro personal y el diálogo atento y paciente con quienes se cruzan en nuestro camino. Sin embargo, la época actual presenta otras modalidades de comunicación, que ya son importantes para la sociedad contemporánea, en rápida y constante evolución. Me refiero a las potencialidades de los medios de comunicación social, cada vez más avanzados y sorprendentes. Se trata de instrumentos de enorme difusión, que sin duda alguna pueden facilitar las relaciones entre los hombres, convirtiendo el mundo en una aldea global y, por eso, planteando en términos nuevos la urgencia de la evangelización.

Por consiguiente, es necesario considerar con atento discernimiento las nuevas tecnologías multimediales, que influyen de manera decisiva en el modo de pensar y de actuar de la gente, así como en la formación de las nuevas generaciones. Por medio de ellas pueden entrar en las casas mensajes y propuestas de vida a veces alejados del Evangelio, cambiando tradiciones y costumbres seculares. Al mismo tiempo, es posible servirse de ellas para alimentar la comprensión y la solidaridad entre los hombres y los pueblos.

Nadie deja de advertir el papel que estos instrumentos pueden desempeñar en la preparación y la celebración del próximo jubileo, el primero de la era telemática. Al comienzo del segundo milenio, la Iglesia contribuyó de manera decisiva a la difusión del Evangelio y a la civilización de los pueblos, poniendo a su servicio, sobre todo a través de los monasterios, no sólo los tesoros de la espiritualidad cristiana, sino también los de la cultura clásica. En la actual transición histórica que, con la llegada del tercer milenio, cobra el aspecto de una auténtica revolución tecnológica y telemática, la comunidad cristiana, rica de fe y experta en humanidad, está llamada a tomar conciencia de los nuevos desafíos y a afrontarlos con valentía, animando cristianamente este nuevo areópago. Poniendo al servicio del Evangelio los más modernos instrumentos de comunicación, los creyentes se mantendrán actualizados y no dejarán de dar su aportación peculiar para construir la civilización del amor en un mundo que esté más atento al hombre, por ser más fiel a Dios. Ojalá que la preparación para el gran jubileo del año 2000 vea unirse los esfuerzos de todos, a fin de que Cristo se transforme en el corazón del mundo.

Las esperanzas de la humanidad

8. Venerados hermanos en el episcopado, amadísimos hermanos y hermanas, narrando el episodio de la sinagoga de Nazaret, san Lucas nota que, después de la lectura del texto de Isaías, «todos los ojos estaban fijos en él» (Lc 4,20). Espero que la celebración jubilar suscite en el hombre de hoy esa misma actitud, orientando a Cristo las expectativas y las esperanzas de toda la humanidad.

Encomiendo a la Madre del Redentor, modelo y apoyo de la Iglesia, vuestras personas y el importante trabajo que estáis realizando como preparación al gran jubileo del año 2000. Por mi parte, os aseguro mi recuerdo constante y agradecido en la oración, mientras os imparto de corazón mi bendición apostólica a vosotros, a vuestras comunidades y a todos los que en cada rincón de la tierra trabajan con generosa dedicación para preparar esta cita histórica de la fe cristiana.

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