Congregación para el Clero, Directorio General para la Catequesis

PRIMERA PARTE:
LA CATEQUESIS EN LA MISIÓN EVANGELIZADORA DE LA IGLESIA

«Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio a toda la creación» (Mc 16,15).

«Id y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt 28, 19-20).

«Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos... hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8).

El mandato misionero de Jesús

34. Jesús, después de su resurrección, envió de parte del Padre al Espíritu Santo para que llevase a cabo desde dentro la obra de la salvación y animase a los discípulos a continuar su propia misión en el mundo entero, como él a su vez había sido enviado por el Padre. Él fue el primero y más grande evangelizador. Anunció el Reino de Dios, 66 como nueva y definitiva intervención divina en la historia, y definió este anuncio como «el Evangelio», es decir, la buena noticia. A él dedicó toda su existencia terrena: dio a conocer el gozo de pertenecer al Reino, 67 sus exigencias y su «carta magna», 68 los misterios que encierra, 69 la vida fraterna de los que entran en él, 70 y su plenitud futura. 71

Significado y finalidad de esta parte

35. Esta primera parte trata de definir el carácter propio de la catequesis.

El capítulo primero, de fundamentación teológica, recuerda brevemente el concepto de Revelación expuesto en la Constitución conciliar Dei Verbum. Dicha concepción determina, de manera específica, el modo de concebir el ministerio de la Palabra. Los conceptos de Palabra de Dios, Evangelio, Reino de Dios y Tradición, presentes en esta Constitución dogmática, fundamentan el significado de catequesis. Junto a ellos, el concepto de evangelización es referente obligado para la catequesis. Su dinámica y sus elementos, son expuestos, con una nueva y profunda precisión, en la Exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi.

El capítulo segundo sitúa a la catequesis en el marco de la evangelización y la pone en relación con las otras formas del ministerio de la Palabra de Dios. Gracias a esta relación se descubre más fácilmente el carácter propio de la catequesis.

El capítulo tercero analiza más directamente la catequesis en sí misma: su naturaleza eclesial, su finalidad vinculativa de comunión con Jesucristo, sus tareas, y la inspiración catecumenal que la anima.

La concepción que se tenga de la catequesis condiciona profundamente la selección y organización de sus contenidos (cognoscitivos, experienciales, comportamentales), precisa sus destinatarios y define la pedagogía que se requiere para la consecución de sus objetivos.

El término «catequesis» ha experimentado una evolución semántica durante los veinte siglos de la historia de la Iglesia. En este Directorio la concepción de catequesis se inspira en los Documentos del Magisterio Pontificio post-conciliar y, sobre todo, en Evangelii Nuntiandi, Catechesi Tradendae y Redemptoris Missio.

CAPÍTULO I:
La revelación y su transmisión mediante la evangelización

«Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en Cristo,... dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su designio benevolente, que en El se propuso de antemano, para realizarlo en la plenitud de los tiempos: hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza» (Ef 1,3-10).

La Revelación del designio benevolente de Dios

36. «Dios, creando y conservando el universo por su Palabra, ofrece a los hombres en la creación un testimonio perenne de sí mismo». 72 El hombre, que por su naturaleza y vocación es «capaz de Dios», cuando escucha el mensaje de las criaturas puede alcanzar la certeza de la existencia de Dios como causa y fin de todo y que El puede revelarse al hombre.

La Constitución Dei Verbum del Concilio Vaticano II ha descrito la Revelación como el acto por el cual Dios se manifiesta personalmente a los hombres. Dios se muestra, en efecto, como quien quiere comunicarse a Sí mismo, haciendo a la persona humana partícipe de su naturaleza divina. 73 Es así como realiza su designio de amor.

«Quiso Dios, en su bondad y sabiduría, revelarse a Sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad... para invitar a los hombres a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía». 74

37. Este designio benevolente 75 del Padre, revelado plenamente en Jesucristo, se realiza con la fuerza del Espíritu Santo.

Lleva consigo:

– la revelación de Dios, de su «verdad íntima», 76 de su «secreto», 77 así como de la verdadera vocación y dignidad de la persona humana; 78

– el ofrecimiento de la salvación a todos los hombres, como don de la gracia y de la misericordia de Dios, 79 que implica la liberación del mal, del pecado y de la muerte; 80

– la definitiva llamada para reunir a todos los hijos dispersos en la familia de Dios, realizando así entre los hombres la unión fraterna. 81

La Revelación: hechos y palabras

38. Dios, en su inmensidad, para revelarse a la persona humana, utiliza una pedagogía: 82 se sirve de acontecimientos y palabras humanas para comunicar su designio; y lo hace progresivamente, por etapas, 83 para mejor acercarse a los hombres. Dios, en efecto, obra de tal manera que los hombres llegan al conocimiento de su plan salvador mediante los acontecimientos de la historia de la salvación y las palabras divinamente inspiradas que los acompañan y explican.

«Este plan de la Revelación se realiza por obras y palabras intrínsecamente ligadas, de forma que

– las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y las realidades que las palabras significan;

– a su vez, las palabras proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas». 84

39. También la evangelización, que transmite al mundo la Revelación, se realiza con obras y palabras. Es, a un tiempo, testimonio y anuncio, palabra y sacramento, enseñanza y compromiso.

La catequesis, por su parte, transmite los hechos y las palabras de la Revelación: debe proclamarlos y narrarlos y, al mismo tiempo, esclarecer los profundos misterios que contienen. Aún más, por ser la Revelación fuente de luz para la persona humana, la catequesis no sólo recuerda las maravillas de Dios hechas en el pasado sino que, a la luz de la misma Revelación, interpreta los signos de los tiempos y la vida de los hombres y mujeres, ya que en ellos se realiza el designio de Dios para la salvación del mundo. 85

Jesucristo, mediador y plenitud de la Revelación

40. Dios se reveló progresivamente a los hombres, por medio de los profetas y de los acontecimientos salvíficos, hasta que culminó su revelación enviando a su propio Hijo: 86

«Jesucristo, con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección, y con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelación». 87

Jesucristo no sólo es el mayor de los profetas sino que es el Hijo eterno de Dios hecho hombre. El es, por tanto, el acontecimiento último hacia el que convergen todos los acontecimientos de la historia de la salvación. 88 El es, en efecto, «la Palabra única, perfecta y definitiva del Padre». 89

41. El ministerio de la Palabra debe destacar esta admirable característica, propia de la economía de la Revelación: el Hijo de Dios entra en la historia de los hombres, asume la vida y la muerte humanas y realiza la alianza nueva y definitiva entre Dios y los hombres. Es tarea propia de la catequesis mostrar quién es Jesucristo: su vida y su misterio, y presentar la fe cristiana como seguimiento de su persona. 90 Para ello, ha de apoyarse continuamente en los evangelios, que «son el corazón de toda la Escritura, por ser el testimonio principal de la vida y doctrina de la Palabra hecha carne, nuestro Salvador». 91

El hecho de que Jesucristo sea la plenitud de la Revelación es el fundamento del «cristocentrismo» 92 de la catequesis: el misterio de Cristo, en el mensaje revelado, no es un elemento más junto a otros, sino el centro a partir del cual los restantes elementos se jerarquizan y se iluminan.

La transmisión de la Revelación por medio de la Iglesia, obra del Espíritu Santo

42. La Revelación de Dios, culminada en Jesucristo, está destinada a toda la humanidad: «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tm 2,4). En virtud de esta voluntad salvífica universal, Dios ha dispuesto que la Revelación se transmitiera a todos los pueblos, a todas las generaciones, y permaneciese íntegra para siempre. 93

43. Para cumplir este designio divino, Jesucristo instituyó la Iglesia sobre el fundamento de los Apóstoles y, enviándoles de parte del Padre el Espíritu Santo, les mandó predicar el Evangelio por todo el mundo. Los Apóstoles, con palabras, obras y escritos, cumplieron fielmente este mandato. 94

Esta Tradición apostólica se perpetúa en la Iglesia y por la Iglesia. Toda ella, pastores y fieles, vela por su conservación y transmisión. El Evangelio, en efecto, se conserva íntegro y vivo en la Iglesia: los discípulos de Jesucristo lo contemplan y meditan sin cesar, lo viven en su existencia diaria y lo anuncian en la misión. El Espíritu Santo fecunda constantemente la Iglesia en esta vivencia del Evangelio, la hace crecer continuamente en la inteligencia del mismo, y la impulsa y sostiene en la tarea de anunciarlo por todos los confines del mundo. 95

44. La conservación íntegra de la Revelación, Palabra de Dios contenida en la Tradición y en la Escritura, así como su continua transmisión, están garantizadas en su autenticidad. El Magisterio de la Iglesia, sostenido por el Espíritu Santo y dotado del «carisma de la verdad», ejerce la función de «interpretar auténticamente la Palabra de Dios». 96

45. La Iglesia, «sacramento universal de salvación», 97 movida por el Espíritu Santo, transmite la Revelación mediante la evangelización: anuncia la buena nueva del designio salvífico del Padre y, en los sacramentos, comunica los dones divinos.

A Dios que se revela se le debe la obediencia de la fe, por la cual el hombre se adhiere libremente al «Evangelio de la gracia de Dios» (Hch 20,24), con asentimiento pleno de la inteligencia y de la voluntad. Guiado por la fe, don del Espíritu, el hombre llega a contemplar y gustar al Dios del amor, que en Cristo ha revelado las riquezas de su gloria. 98

La evangelización 99

46. La Iglesia «existe para evangelizar», 100 esto es, para «llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad». 101

El mandato misionero de Jesús comporta varios aspectos, íntimamente unidos entre sí: «anunciad» (Mc 16,15), «haced discípulos y enseñad», 102 «sed mis testigos», 103 «bautizad», 104 «haced esto en memoria mía» (Lc 22,19), «amaos unos a otros» (Jn 15,12). Anuncio, testimonio, enseñanza, sacramentos, amor al prójimo, hacer discípulos: todos estos aspectos son vías y medios para la transmisión del único Evangelio y constituyen los elementos de la evangelización.

Algunos de estos elementos revisten una importancia tan grande que, a veces, se tiende a identificarlos con la acción evangelizadora. Sin embargo, «ninguna definición parcial y fragmentaria refleja la realidad rica, compleja y dinámica que comporta la evangelización». 105 Se corre el riesgo de empobrecerla e, incluso, de mutilarla. Al contrario, ella debe desplegar «toda su integridad» 106 e incorporar sus intrínsecas bipolaridades: testimonio y anuncio, 107 palabra y sacramento, 108 cambio interior y transformación social. 109 Los agentes de la evangelización han de saber operar con una «visión global» 110 de la misma e identificarla con el conjunto de la misión de la Iglesia. 111

El proceso de la evangelización

47. La Iglesia, aun conteniendo en sí permanentemente la plenitud de los medios de salvación, obra de modo gradual. 112 El decreto conciliar Ad Gentes 113 ha clarificado bien la dinámica del proceso evangelizador: testimonio cristiano, diálogo y presencia de la caridad (nn. 11-12), anuncio del Evangelio y llamada a la conversión (n. 13), catecumenado e iniciación cristiana (n. 14), formación de la comunidad cristiana, por medio de los sacramentos, con sus ministerios (nn. 15-18). 113 Este es el dinamismo de la implantación y edificación de la Iglesia.

48. Según esto, hemos de concebir la evangelización como el proceso, por el que la Iglesia, movida por el Espíritu, anuncia y difunde el Evangelio en todo el mundo, de tal modo que ella:

– Impulsada por la caridad, impregna y transforma todo el orden temporal, asumiendo y renovando las culturas; 114

– da testimonio 115 entre los pueblos de la nueva manera de ser y de vivir que caracteriza a los cristianos;

– y proclama explícitamente el Evangelio, mediante el «primer anuncio», 116 llamando a la conversión. 117

– Inicia en la fe y vida cristiana, mediante la «catequesis» 118 y los «sacramentos de iniciación», 119 a los que se convierten a Jesucristo, o a los que reemprenden el camino de su seguimiento, incorporando a unos y reconduciendo a otros a la comunidad cristiana. 120

– Alimenta constantemente el don de la comunión 121 en los fieles mediante la educación permanente de la fe (homilía, otras formas del ministerio de la Palabra), los sacramentos y el ejercicio de la caridad;

– y suscita continuamente la misión, 122 al enviar a todos los discípulos de Cristo a anunciar el Evangelio, con palabras y obras, por todo el mundo.

49. El proceso evangelizador, 123 por consiguiente, está estructurado en etapas o «momentos esenciales»: 124 la acción misionera para los no creyentes y para los que viven en la indiferencia religiosa; la acción catequético-iniciatoria para los que optan por el Evangelio y para los que necesitan completar o reestructurar su iniciación; y la acción pastoral para los fieles cristianos ya maduros, en el seno de la comunidad cristiana. 125 Estos momentos, sin embargo, no son etapas cerradas: se reiteran siempre que sea necesario, ya que tratan de dar el alimento evangélico más adecuado al crecimiento espiritual de cada persona o de la misma comunidad.

El ministerio de la Palabra de Dios en la evangelización

50. El ministerio de la Palabra 126 es elemento fundamental de la evangelización. La presencia cristiana en medio de los diferentes grupos humanos y el testimonio de vida necesitan ser esclarecidos y justificados por el anuncio explícito de Jesucristo, el Señor. «No hay evangelización verdadera mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios». 127 También quienes son ya discípulos de Cristo necesitan ser alimentados constantemente con la Palabra de Dios para crecer en su vida cristiana. 128

El ministerio de la Palabra, al interior de la evangelización, transmite la Revelación por medio de la Iglesia, valiéndose de «palabras» humanas. Pero éstas siempre están referidas a las «obras»: a las que Dios realizó y sigue realizando, especialmente en la liturgia; al testimonio de vida de los cristianos; a la acción transformadora que éstos, unidos a tantos hombres de buena voluntad, realizan en el mundo. Esta palabra humana de la Iglesia es el medio de que se sirve el Espíritu Santo para continuar el diálogo con la humanidad. El es, efectivamente, el agente principal del ministerio de la Palabra y por quien «la voz viva del Evangelio resuena en la Iglesia, y por ella en el mundo». 129

El ministerio de la Palabra se ejerce «de forma múltiple». 130 La Iglesia, desde la época apostólica, 131 en su deseo de ofrecer la Palabra de Dios de la manera más conveniente, ha realizado este ministerio a través de formas muy variadas. 132 Todas ellas sirven para canalizar aquellas funciones básicas que el ministerio de la Palabra está llamado a desplegar.

Funciones y formas del ministerio de la Palabra de Dios

51. Las principales funciones del ministerio de la Palabra son las siguientes:

– Convocatoria y llamada a la fe

Es la función que más inmediatamente se desprende del mandato misionero de Jesús. Se realiza mediante el «primer anuncio», dirigido a los no creyentes: aquellos que han hecho una opción de increencia, los bautizados que viven al margen de la vida cristiana, los que pertenecen a otras religiones... 133 El despertar religioso de los niños, en las familias cristianas, es también una forma eminente de esta función.

– La función de iniciación

Aquel que, movido por la gracia, decide seguir a Jesucristo es «introducido en la vida de la fe, de la liturgia y de la caridad del Pueblo de Dios». 134 La Iglesia realiza esta función, fundamentalmente, por medio de la catequesis, en íntima relación con los sacramentos de la iniciación, tanto si van a ser recibidos como si ya se han recibido. Formas importantes son: la catequesis de adultos no bautizados, en el catecumenado; la catequesis de adultos bautizados que desean volver a la fe, o de los que necesitan completar su iniciación; la catequesis de niños y jóvenes, que tiene de por sí un carácter iniciatorio. También la educación cristiana familiar y la enseñanza religiosa escolar ejercen una función de iniciación.

– La educación permanente de la fe

En diversas regiones es llamada también «catequesis permanente». 135 Se dirige a los cristianos iniciados en los elementos básicos, que necesitan alimentar y madurar constantemente su fe a lo largo de toda la vida. Es una función que se realiza a través de formas muy variadas: «sistemáticas y ocasionales, individuales y comunitarias, organizadas y espontáneas, etc.». 136

– La función litúrgica

El ministerio de la Palabra tiene, asímismo, una función litúrgica, ya que cuando se realiza al interior de una acción sagrada es parte integrante de la misma. 137 Este ministerio se expresa de modo eminente a través de la homilía. Otras formas, son las intervenciones y exhortaciones durante las celebraciones de la palabra. Hay que referirse también a la preparación inmediata a los diversos sacramentos y a las celebraciones sacramentales, sobre todo a la participación de los fieles en la Eucaristía, que es la forma frontal de la educación de la fe.

– La función teológica

Trata de desarrollar la inteligencia de la fe, situándose en la dinámica de la «fides quaerens intellectum», es decir, de la fe que busca entender. 138 La teología, para cumplir esta función, necesita confrontarse o dialogar con las formas filosóficas del pensamiento, con los humanismos que configuran la cultura y con las ciencias del hombre. Se canaliza a través de formas que promueven «la enseñanza sistemática y la investigación científica de las verdades de la fe». 139

52. Formas importantes del ministerio de la Palabra son: el primer anuncio o predicación misionera, la catequesis pre y post bautismal, la forma litúrgica y la forma teológica. Ocurre, a menudo, que tales formas —por circunstancias pastorales— deben asumir más de una función. La catequesis, por ejemplo, junto a su función de iniciación, debe asumir frecuentemente tareas misioneras. La misma homilía, según las circunstancias, convendrá que asuma las funciones de convocatoria y de iniciación orgánica.

La conversión y la fe

53. La evangelización, al anunciar al mundo la Buena Nueva de la Revelación, invita a hombres y mujeres a la conversión y a la fe. 140 La llamada de Jesús, «convertíos y creed el Evangelio» (Mc 1,15), sigue resonando, hoy, mediante la evangelización de la Iglesia.

La fe cristiana es, ante todo, conversión a Jesucristo, 141 adhesión plena y sincera a su persona y decisión de caminar en su seguimiento. 142 La fe es un encuentro personal con Jesucristo, es hacerse discípulo suyo. Esto exige el compromiso permanente de pensar como El, de juzgar como El y de vivir como El lo hizo. 143 Así, el creyente se une a la comunidad de los discípulos y hace suya la fe de la Iglesia. 144

54. Este «sí» a Jesucristo, plenitud de la Revelación del Padre, encierra en sí una doble dimensión: la entrega confiada a Dios y el asentimiento cordial a todo lo que El nos ha revelado. Esto sólo es posible por la acción del Espíritu Santo. 145

«Por la fe,

– el hombre se entrega entera y libremente a Dios

– y le ofrece el homenaje total de su entendimiento y voluntad, asintiendo libremente a lo que Dios ha revelado». 146

«Creer entraña, pues, una doble referencia: a la persona y a la verdad; a la verdad por confianza en la persona que lo atestigua». 147

55. La fe lleva consigo un cambio de vida, una «metanoia», 148 es decir, una transformación profunda de la mente y del corazón: hace así que el creyente viva esa «nueva manera de ser, de vivir, de vivir juntos, que inaugura el Evangelio». 149 Y este cambio de vida se manifiesta en todos los niveles de la existencia del cristiano: en su vida interior de adoración y acogida de la voluntad divina; en su participación activa en la misión de la Iglesia; en su vida matrimonial y familiar; en el ejercicio de la vida profesional; en el desempeño de las actividades económicas y sociales.

La fe y la conversión brotan del corazón, es decir, de lo más profundo de la persona humana, afectándola por entero. Al encontrar a Jesucristo, y al adherirse a El, el ser humano ve colmadas sus aspiraciones más hondas: encuentra lo que siempre buscó y además de manera sobreabundante. 150 La fe responde a esa «espera», 151 a menudo no consciente y siempre limitada, por conocer la verdad sobre Dios, sobre el hombre mismo y sobre el destino que le espera. Es como un agua pura 152 que reaviva el camino del ser humano, peregrino en busca de su hogar.

La fe es un don de Dios. Sólo puede nacer en el fondo del corazón humano como fruto de «la gracia que previene y ayuda», 153 y como respuesta, enteramente libre, a la moción del Espíritu Santo, que mueve el corazón y lo convierte a Dios, «dándole la dulzura en el asentir y creer a la verdad». 154

La Virgen María vivió de la manera más perfecta estas dimensiones de la fe. La Iglesia venera en ella «la realización más pura de la fe». 155

El proceso de conversión permanente

56. La fe es un don destinado a crecer en el corazón de los creyentes. 156 La adhesión a Jesucristo, en efecto, da origen a un proceso de conversión permanente que dura toda la vida. 157 Quien accede a la fe es como un niño recién nacido 158 que, poco a poco, crecerá y se convertirá en un ser adulto, que tiende al «estado de hombre perfecto», 159 a la madurez de la plenitud de Cristo.

En el proceso de la fe y de la conversión se pueden destacar, desde el punto de vista teológico, varios momentos importantes:

a) El interés por el Evangelio. El primer momento se produce cuando en el corazón del no creyente, del indiferente o del que pertenece a otra religión, brota, como consecuencia del primer anuncio, un interés por el Evangelio, sin ser todavía una decisión firme. Ese primer movimiento del espíritu humano en dirección a la fe, que ya es fruto de la gracia, recibe varios nombres: «atracción a la fe», 160 «preparación evangélica», 161 inclinación a creer, «búsqueda religiosa». 162 La Iglesia denomina «simpatizantes» 163 a los que muestran esta inquietud.

b) La conversión. Este primer interés por el Evangelio necesita un tiempo de búsqueda 164 para poder llegar a ser una opción firme. La decisión por la fe debe ser sopesada y madurada. Esa búsqueda, impulsada por la acción del Espíritu Santo y el anuncio del kerigma, prepara la conversión, que será —ciertamente— «inicial», 165 pero que lleva consigo la adhesión a Jesucristo y la voluntad de caminar en su seguimiento. Sobre esta «opción fundamental» descansa toda la vida cristiana del discípulo del Señor. 166

c) La profesión de fe. La entrega a Jesucristo genera en los creyentes el deseo de conocerle más profundamente y de identificarse con El. La catequesis les inicia en el conocimiento de la fe y en el aprendizaje de la vida cristiana, favoreciendo un camino espiritual que provoca un «cambio progresivo de actitudes y costumbres», 167 hecho de renuncias y de luchas, y también de gozos que Dios concede sin medida. El discípulo de Jesucristo es ya apto, entonces, para realizar una viva, explícita y operante profesión de fe. 168

d) El camino hacia la perfección. Esa madurez básica, de la que brota la profesión de fe, no es el punto final en el proceso permanente de la conversión. La profesión de fe bautismal se sitúa en los cimientos de un edificio espiritual destinado a crecer. El bautizado, impulsado siempre por el Espíritu, alimentado por los sacramentos, la oración y el ejercicio de la caridad, y ayudado por las múltiples formas de educación permanente de la fe, busca hacer suyo el deseo de Cristo: «Vosotros sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto». 169 Es la llamada a la plenitud que se dirige a todo bautizado.

57. El ministerio de la Palabra está al servicio de este proceso de conversión plena. El primer anuncio tiene el carácter de llamar a la fe; la catequesis el de fundamentar la conversión, estructurando básicamente la vida cristiana; y la educación permanente de la fe, en la que destaca la homilía, el carácter de ser el alimento constante que todo organismo adulto necesita para vivir. 170

Diferentes situaciones socio-religiosas ante la evangelización

58. La evangelización del mundo se encuentra ante un panorama religioso muy diversificado y cambiante, en el que se pueden distinguir, fundamentalmente, «tres situaciones» 171 que piden respuestas adecuadas y diferenciadas.

a) La situación de aquellos «pueblos, grupos humanos, contextos socio-culturales, donde Cristo y su Evangelio no son conocidos, o donde faltan comunidades cristianas suficientemente maduras como para poder encarnar la fe en el propio ambiente y anunciarla a otros grupos». 172 Esta situación reclama la misión ad gentes, 173 con una acción evangelizadora centrada, preferentemente, en los jóvenes y en los adultos. Su peculiaridad consiste en el hecho de dirigirse a los no cristianos invitándoles a la conversión. La catequesis, en esta situación, se desarrolla ordinariamente en el interior del catecumenado bautismal.

b) Hay, además, situaciones en que, en un contexto socio-cultural determinado, están presentes de manera muy significativa «comunidades cristianas dotadas de estructuras eclesiales adecuadas y sólidas, que tienen un gran fervor de fe y de vida; que irradian el testimonio del Evangelio en su ambiente, y sienten el compromiso de la misión universal». 174 Estas comunidades necesitan una intensa acción pastoral de la Iglesia, puesto que son personas y familias con un hondo sentido cristiano. En tal situación, es necesario que la catequesis de niños, adolescentes y jóvenes desarrolle verdaderos procesos de iniciación cristiana, bien articulados, que les permitan acceder a la edad adulta con una fe madura, y que de evangelizados se conviertan en evangelizadores. También en estas situaciones, los adultos son destinatarios de modalidades diversas de formación cristiana.

c) En muchos países de tradición cristiana, y a veces también en las Iglesias más jóvenes, se da una «situación intermedia», 175 ya que en ella «grupos enteros de bautizados han perdido el sentido vivo de la fe o incluso no se reconocen ya como miembros de la Iglesia, llevando una existencia alejada de Cristo y de su Evangelio». 176 Esta situación requiere una nueva evangelización. Su peculiaridad consiste en que la acción misionera se dirige a bautizados de toda edad, que viven en un contexto religioso de referencias cristianas, percibidas sólo exteriormente. En esta situación, el primer anuncio y una catequesis fundante constituyen la opción prioritaria.

Mutua conexión entre las acciones evangelizadoras correspondientes a estas situaciones

59. Estas situaciones socio-religiosas son, obviamente, diferentes y no es justo equipararlas. Tal diversidad, que siempre se ha dado en la misión de la Iglesia, adquiere hoy, en este mundo cambiante, una novedad. En efecto, frecuentemente conviven juntas en un mismo territorio. En muchas grandes ciudades, por ejemplo, la situación que reclama una «misión ad gentes» y la que pide una «nueva evangelización» coexisten simultáneamente. Junto a ellas, están dinámicamente presentes comunidades cristianas misioneras, alimentadas por una «acción pastoral» adecuada. Hoy es frecuente, que en el territorio de una Iglesia particular, haya que atender al conjunto de estas situaciones. «No es fácil definir los confines entre atención pastoral a los fieles, nueva evangelización y acción misionera específica, y no es pensable crear entre ellos barreras o compartimentos estancos». 177 De hecho, «cada una influye en la otra, la estimula y la ayuda». 178

Por eso, en orden al mutuo enriquecimiento de unas acciones evangelizadoras que conviven juntas, conviene tener presente que:

– La «misión ad gentes», sea cual sea la zona o el ámbito en que se realice, es la responsabilidad más específicamente misionera que Jesús ha confiado a su Iglesia y, por tanto, es el paradigma del conjunto de la acción misionera de la Iglesia. La «nueva evangelización» no puede suplantar o sustituir a la «misión ad gentes», que sigue siendo la actividad misionera específica y tarea primaria. 179

– «El modelo de toda catequesis es el catecumenado bautismal, que es formación específica que conduce al adulto convertido a la profesión de su fe bautismal en la noche pascual». 180 Esta formación catecumenal ha de inspirar, en sus objetivos y en su dinamismo, a las otras formas de catequesis.

– «La catequesis de adultos, al ir dirigida a personas capaces de una adhesión plenamente responsable, debe ser considerada como la forma principal de catequesis, a la que todas las demás, siempre ciertamente necesarias, de alguna manera se ordenan». 181 Esto implica que la catequesis de las otras edades debe tenerla como punto de referencia, y articularse con ella en un proyecto catequético coherente de pastoral diocesana.

De este modo, la catequesis, situada en el interior de la misión evangelizadora de la Iglesia como «momento» esencial de la misma, recibe de la evangelización un dinamismo misionero que la fecunda interiormente y la configura en su identidad. El ministerio de la catequesis aparece, así, como un servicio eclesial fundamental en la realización del mandato misionero de Jesús.

CAPÍTULO II:
La catequesis en el proceso de la evangelización

«Lo que oímos y aprendimos, lo que nuestros padres nos contaron no lo ocultaremos a sus hijos, lo contaremos a la futura generación: las alabanzas del Señor, su poder, las maravillas que realizó» (Sal 78,3-4).

«Apolo había sido catequizado en el camino del Señor y, con fervor de espíritu, hablaba y enseñaba con todo esmero lo referente a Jesús» (Hch 18,25).

60. En este capítulo se muestra la relación de la catequesis con los otros elementos de la evangelización, de la que es parte integrante.

En este sentido se describe, en primer lugar, la relación de la catequesis con el primer anuncio, que se realiza en la misión. Se muestra, después, la íntima conexión entre la catequesis y los sacramentos de la iniciación cristiana. A continuación se hace ver el papel fundamental de la catequesis en la vida ordinaria de la Iglesia en su tarea de educar permanentemente en la fe.

Hay que dar una consideración especial a la relación de la catequesis con la enseñanza religiosa escolar, ya que ambas acciones están profundamente relacionadas y, junto a la educación cristiana familiar, son fundamentales para la formación de la infancia y de la juventud.

Primer anuncio y catequesis

61. El primer anuncio se dirige a los no creyentes y a los que, de hecho, viven en la indiferencia religiosa. Asume la función de anunciar el Evangelio y llamar a la conversión. La catequesis, «distinta del primer anuncio del Evangelio», 182 promueve y hace madurar esta conversión inicial, educando en la fe al convertido e incorporándolo a la comunidad cristiana. La relación entre ambas formas del ministerio de la Palabra es, por tanto, una relación de distinción en la complementariedad.

El primer anuncio, que todo cristiano está llamado a realizar, participa del «id» 183 que Jesús propuso a sus discípulos: implica, por tanto, salir, adelantarse, proponer. La catequesis, en cambio, parte de la condición que el mismo Jesús indicó, «el que crea», 184 el que se convierta, el que se decida. Las dos acciones son esenciales y se reclaman mutuamente: ir y acoger, anunciar y educar, llamar e incorporar.

62. En la práctica pastoral, sin embargo, las fronteras entre ambas acciones no son fácilmente delimitables. Frecuentemente, las personas que acceden a la catequesis necesitan, de hecho, una verdadera conversión. Por eso, la Iglesia desea que, ordinariamente, una primera etapa del proceso catequizador esté dedicada a asegurar la conversión. 185 En la «misión ad gentes», esta tarea se realiza en el «precatecumenado». 186 En la situación que requiere la «nueva evangelización» se realiza por medio de la «catequesis kerigmática», que algunos llaman «precatequesis», 187 porque, inspirada en el precatecumenado, es una propuesta de la Buena Nueva en orden a una opción sólida de fe. Sólo a partir de la conversión, y contando con la actitud interior de «el que crea», la catequesis propiamente dicha podrá desarrollar su tarea específica de educación de la fe. 188

El hecho de que la catequesis, en un primer momento, asuma estas tareas misioneras, no dispensa a una Iglesia particular de promover una intervención institucionalizada del primer anuncio, como la actuación más directa del mandato misionero de Jesús. La renovación catequética debe cimentarse sobre esta evangelización misionera previa.

La catequesis al servicio de la iniciación cristiana
La catequesis, «momento» esencial del proceso de la evangelización

63. La Exhortación apostólica Catechesi Tradendae, cuando sitúa a la catequesis dentro de la misión de la Iglesia, recuerda que la evangelización es una realidad rica, compleja y dinámica, que comprende «momentos» esenciales y diferentes entre sí. Y añade: «La catequesis es uno de esos momentos —y cuán señalado— en el proceso total de la evangelización». 189 Esto quiere decir que hay acciones que «preparan» 190 a la catequesis y acciones que «emanan» 191 de ella.

El «momento» de la catequesis es el que corresponde al período en que se estructura la conversión a Jesucristo, dando una fundamentación a esa primera adhesión. Los convertidos, mediante «una enseñanza y aprendizaje convenientemente prolongado de toda la vida cristiana», 192 son iniciados en el misterio de la salvación y en el estilo de vida propio del Evangelio. Se trata, en efecto, «de iniciarlos en la plenitud de la vida cristiana». 193

64. La catequesis, al realizar con diferentes formas esta función de iniciación del ministerio de la Palabra, lo que hace es poner los cimientos del edificio de la fe. 194 Otras funciones de ese mismo ministerio irán construyendo, después, las diversas plantas de ese mismo edificio.

La catequesis de iniciación es, así, el eslabón necesario entre la acción misionera, que llama a la fe, y la acción pastoral, que alimenta constantemente a la comunidad cristiana. No es, por tanto, una acción facultativa, sino una acción básica y fundamental en la construcción tanto de la personalidad del discípulo como de la comunidad. Sin ella la acción misionera no tendría continuidad y sería infecunda. Sin ella la acción pastoral no tendría raíces y sería superficial y confusa: cualquier tormenta desmoronaría todo el edificio. 195

En verdad, «el crecimiento interior de la Iglesia, su correspondencia con el designio divino, dependen esencialmente de ella». 196 En este sentido, la catequesis debe ser considerada momento prioritario en la evangelización.

La catequesis al servicio de la iniciación cristiana

65. La fe, por la que el hombre responde al anuncio del Evangelio, reclama el Bautismo. La íntima relación entre las dos realidades tiene su raíz en la voluntad del mismo Cristo, que mandó a sus apóstoles a hacer discípulos a todas las gentes y a bautizarlas. «La misión de bautizar, por tanto, la misión sacramental, está comprendida en la misión de evangelizar». 197

Los que se han convertido a Jesucristo y han sido educados en la fe por la catequesis, al recibir los sacramentos de la iniciación cristiana, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, «son liberados del poder de las tinieblas; muertos, sepultados y resucitados con Cristo; reciben el Espíritu de hijos de adopción; y celebran con todo el Pueblo de Dios el memorial de la muerte y resurrección del Señor». 198

66. La catequesis es, así, elemento fundamental de la iniciación cristiana y está estrechamente vinculada a los sacramentos de la iniciación, especialmente al Bautismo, «sacramento de la fe». 199 El eslabón que une la catequesis con el Bautismo es la profesión de fe, que es, a un tiempo, elemento interior de este sacramento y meta de la catequesis. La finalidad de la acción catequética consiste precisamente en esto: propiciar una viva, explícita y operante profesión de fe. 200

Para lograrlo, la Iglesia transmite a los catecúmenos y a los catequizandos la experiencia viva que ella misma tiene del Evangelio, su fe, para que aquéllos la hagan suya al profesarla. Por eso, «la auténtica catequesis es siempre una iniciación ordenada y sistemática a la revelación que Dios mismo ha hecho al hombre en Jesucristo, revelación conservada en la memoria profunda de la Iglesia y en las Sagradas Escrituras y comunicada constantemente, mediante una 'traditio' viva y activa, de generación en generación». 201

Características fundamentales de la catequesis de iniciación

67. El hecho de ser «momento esencial» del proceso evangelizador, al servicio de la iniciación cristiana, confiere a la catequesis algunas características: 202

– La catequesis es una formación orgánica y sistemática de la fe. El Sínodo de 1977 subrayó la necesidad de una catequesis «orgánica y bien ordenada», 203 ya que esa indagación vital y orgánica en el misterio de Cristo es lo que, principalmente, distingue a la catequesis de todas las demás formas de presentar la Palabra de Dios.

– Esta formación orgánica es más que una enseñanza: es un aprendizaje de toda la vida cristiana, «una iniciación cristiana integral», 204 que propicia un auténtico seguimiento de Jesucristo, centrado en su Persona. Se trata, en efecto, de educar en el conocimiento y en la vida de fe, de forma que el hombre entero, en sus experiencias más profundas, se vea fecundado por la Palabra de Dios. Se ayudará así al discípulo de Jesucristo a transformar el hombre viejo, a asumir sus compromisos bautismales y a profesar la fe desde el «corazón». 205

– La catequesis es una formación básica, esencial, 206 centrada en lo nuclear de la experiencia cristiana, en las certezas más básicas de la fe y en los valores evangélicos más fundamentales. La catequesis pone los cimientos del edificio espiritual del cristiano, alimenta las raíces de su vida de fe, capacitándole para recibir el posterior alimento sólido en la vida ordinaria de la comunidad cristiana.

68. En síntesis, la catequesis de iniciación, por ser orgánica y sistemática, no se reduce a lo meramente circunstancial u ocasional; 207 por ser formación para la vida cristiana, desborda —incluyéndola— a la mera enseñanza; 208 por ser esencial, se centra en lo «común» para el cristiano, sin entrar en cuestiones disputadas ni convertirse en investigación teológica. En fin, por ser iniciación, incorpora a la comunidad que vive, celebra y testimonia la fe. Ejerce, por tanto, al mismo tiempo, tareas de iniciación, de educación y de instrucción. 209 Esta riqueza, inherente al catecumenado de adultos no bautizados, ha de inspirar a las demás formas de catequesis.

La catequesis al servicio de la educación permanente de la fe.
La educación permanente de la fe en la comunidad cristiana

69. La educación permanente de la fe es posterior a su educación básica y la supone. Ambas actualizan dos funciones del ministerio de la Palabra, distintas y complementarias, al servicio del proceso permanente de conversión.

La catequesis de iniciación pone las bases de la vida cristiana en los seguidores de Jesús. El proceso permanente de conversión va más allá de lo que proporciona la catequesis de base o fundante. Para favorecer tal proceso, se necesita una comunidad cristiana que acoja a los iniciados para sostenerlos y formarlos en la fe. «La catequesis corre el riesgo de esterilizarse si una comunidad de fe y de vida cristiana no acoge al catecúmeno en cierta fase de su catequesis». 210 El acompañamiento que ejerce la comunidad en favor del que se inicia, se transforma en plena integración del mismo en la comunidad.

70. En la comunidad cristiana, los discípulos de Jesucristo se alimentan en una doble mesa: «la de la Palabra de Dios y la del Cuerpo de Cristo». 211 El Evangelio y la Eucaristía son su constante alimento en el peregrinar hacia la casa del Padre. La acción del Espíritu Santo hace que el don de la «comunión» y el compromiso de la «misión» se ahonden y se vivan de manera cada vez más profunda.

La educación permanente de la fe se dirige no sólo a cada cristiano, para acompañarle en su camino hacia la santidad, sino también a la comunidad cristiana como tal, para que vaya madurando tanto en su vida interna de amor a Dios y de amor fraterno, cuanto en su apertura al mundo como comunidad misionera. El deseo y la oración de Jesús ante el Padre son una llamada incesante: «Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros para que el mundo crea que tú me has enviado». 212 Acercarse paulatinamente a este ideal requiere, en la comunidad, una fidelidad grande a la acción del Espíritu Santo, un constante alimentarse del Cuerpo y de la Sangre del Señor y una permanente educación de la fe, en la escucha de la Palabra.

En esta mesa de la Palabra de Dios, la homilía tiene un lugar privilegiado, ya que «vuelve a recorrer el itinerario de fe propuesto por la catequesis y lo conduce a su perfeccionamiento natural; al mismo tiempo impulsa a los discípulos del Señor a emprender cada día su itinerario espiritual en la verdad, la adoración y la acción de gracias». 213

Formas múltiples de catequesis permanente

71. Para la educación permanente de la fe, el ministerio de la Palabra cuenta con muchas formas de catequesis. Entre otras, se pueden destacar las siguientes:

– El estudio y profundización de la Sagrada Escritura leída no solo en la Iglesia, sino con la Iglesia y su fe siempre viva. Esto ayuda a descubrir la verdad divina, de forma que suscite una respuesta de fe. La denominada «lectio divina» es forma eminente de este estudio vital de las Escrituras. 214

– La lectura cristiana de los acontecimientos, que viene exigida por la vocación misionera de la comunidad cristiana. Para hacer esta lectura, el estudio de la doctrina social de la Iglesia es indispensable, ya que «su objetivo principal es interpretar esas realidades (las complejas realidades de la existencia del hombre en la sociedad y en el contexto internacional), examinando su conformidad o disconformidad con lo que el Evangelio enseña». 215

– La catequesis litúrgica, que prepara a los sacramentos y favorece una comprensión y vivencia más profundas de la liturgia. Esta catequesis explica los contenidos de la oración, el sentido de los gestos y de los signos, educa para la participación activa, para la contemplación y el silencio. Debe ser considerada como «una forma eminente de catequesis». 216

– La catequesis ocasional que, ante determinadas circunstancias de la vida personal, familiar, eclesial y social, trata de ayudar a interpretarlas y vivirlas desde la fe. 217

– La iniciativas de formación espiritual, que fortalecen las convicciones, descubren nuevas perspectivas y hacen perseverar en la oración y en los compromisos del seguimiento de Cristo.

– La profundización sistemática del mensaje cristiano, por medio de una enseñanza teológica que eduque realmente en la fe, haga crecer en la inteligencia de la misma y capacite al cristiano para dar razón de su esperanza en el mundo actual. 218 En cierto sentido, es adecuado denominar «catequesis perfectiva» a esta enseñanza.

72. Es fundamental que la catequesis de iniciación de adultos, bautizados o no, la catequesis de iniciación de niños y jóvenes y la catequesis permanente estén bien trabadas en el proyecto catequético de la comunidad cristiana, para que la Iglesia particular crezca armónicamente, y su actividad evangelizadora mane de auténticas fuentes. «Es importante que la catequesis de niños y jóvenes, la catequesis permanente y la catequesis de adultos no sean compartimentos estancos e incomunicados... Es menester propiciar su perfecta complementariedad». 219

Catequesis y enseñanza religiosa escolar.
El carácter propio de la enseñanza religiosa escolar

73. Una consideración especial merece, dentro del ministerio de la Palabra, el carácter propio de la enseñanza religiosa escolar y su relación con la catequesis de niños y jóvenes.

La relación entre enseñanza religiosa escolar y catequesis es una relación de distinción y de complementariedad: «Hay un nexo indisoluble y una clara distinción entre enseñanza de la religión y catequesis». 220

Lo que confiere a la enseñanza religiosa escolar su característica propia es el hecho de estar llamada a penetrar en el ámbito de la cultura y de relacionarse con los demás saberes. Como forma original del ministerio de la Palabra, en efecto, la enseñanza religiosa escolar hace presente el Evangelio en el proceso personal de asimilación, sistemática y crítica, de la cultura. 221

En el universo cultural, que interiorizan los alumnos y que está definido por los saberes y valores que ofrecen las demás disciplinas escolares, la enseñanza religiosa escolar deposita el fermento dinamizador del Evangelio y trata de «alcanzar verdaderamente los demás elementos del saber y de la educación, a fin de que el Evangelio impregne la mente de los alumnos en el terreno de su formación y que la armonización de su cultura se logre a la luz de la fe». 222

Para ello es necesario que la enseñanza religiosa escolar aparezca como disciplina escolar, con la misma exigencia de sistematicidad y rigor que las demás materias. Ha de presentar el mensaje y acontecimiento cristiano con la misma seriedad y profundidad con que las demás disciplinas presentan sus saberes. No se sitúa, sin embargo, junto a ellas como algo accesorio, sino en un necesario diálogo interdisciplinar. Este diálogo ha de establecerse, ante todo, en aquel nivel en que cada disciplina configura la personalidad del alumno. Así, la presentación del mensaje cristiano incidirá en el modo de concibir, desde el Evangelio, el origen del mundo y el sentido de la historia, el fundamento de los valores éticos, la función de las religiones en la cultura, el destino del hombre, la relación con la naturaleza... La enseñanza religiosa escolar, mediante este diálogo interdisciplinar, funda, potencia, desarrolla y completa la acción educadora de la escuela. 223

El contexto escolar y los destinatarios de la enseñanza religiosa escolar

74. La enseñanza religiosa escolar se desarrolla en contextos escolares diversos, lo que hace que, manteniendo su carácter propio, adquiera también acentos diversos. Estos acentos dependen de las condiciones legales y organizativas, de la concepción didáctica, de los presupuestos personales de los educadores y de los alumnos, y de la relación de la enseñanza religiosa escolar con la catequesis familiar y parroquial.

No es posible reducir a una única forma todas las modalidades de enseñanza religiosa escolar que se han desarrollado en la historia como consecuencia de los Acuerdos con los Estados y de las decisiones tomadas por diferentes Conferencias episcopales. Es, sin embargo, necesario que, de conformidad con las correspondientes situaciones y circunstancias, la orientación que se dé a la enseñanza religiosa escolar, responda a su finalidad y a sus peculiares características. 224

Los alumnos «tienen el derecho de aprender, con verdad y certeza, la religión a la que pertenecen. Este derecho a conocer más a fondo la persona de Cristo y la integridad del anuncio salvífico que El propone, no puede ser desatendido. El carácter confesional de la enseñanza religiosa escolar, desarrollada por la Iglesia según las modalidades y formas establecidas en cada país, es —por tanto— una garantía indispensable ofrecida a las familias y a los alumnos que eligen tal enseñanza». 225

Para la Escuela católica, la enseñanza religiosa escolar así identificada y complementada con otras formas del ministerio de la Palabra (catequesis, celebraciones litúrgicas...), es parte indispensable de su tarea educativa y fundamento de su propia existencia. 226

La enseñanza religiosa escolar, en el marco de la Escuela estatal y en el de la no confesional, donde la Autoridad civil u otras circunstancias impongan una enseñanza religiosa común a católicos y no católicos, 227 tendrá un carácter más ecuménico y de conocimiento interreligioso común.

En otras ocasiones, la enseñanza religiosa escolar podrá tener un carácter más bien cultural, dirigida al conocimiento de las religiones, y presentando con el debido relieve la religión católica. 228 También en este caso, sobre todo si es impartida por un profesor sinceramente respetuoso, la enseñanza religiosa mantiene una dimensión de verdadera «preparación evangélica».

75. La situación de vida y de fe de los alumnos que asisten a la enseñanza religiosa escolar se caracteriza por una inestabilidad notable y continua. La enseñanza religiosa escolar ha de tener en cuenta esta realidad cambiante para poder alcanzar su finalidad.

La enseñanza religiosa escolar ayuda a los alumnos creyentes a comprender mejor el mensaje cristiano en relación con los problemas existenciales comunes a las religiones y característicos de todo ser humano, con las concepciones de la vida más presentes en la cultura, y con los problemas morales fundamentales en los que, hoy, la humanidad se ve envuelta.

Por otra parte, los alumnos que se encuentran en una situación de búsqueda, o afectados por dudas religiosas, podrán descubrir gracias a la enseñanza religiosa escolar qué es exactamente la fe en Jesucristo, cuáles son las respuestas de la Iglesia a sus interrogantes, proporcionándoles así la oportunidad de reflexionar mejor sobre la decisión a tomar.

Finalmente, cuando los alumnos no son creyentes, la enseñanza religiosa escolar asume las características de un anuncio misionero del Evangelio, en orden a una decisión de fe, que la catequesis, por su parte, en un contexto comunitario, ayudará después a crecer y a madurar.

Educación cristiana familiar, catequesis y enseñanza religiosa escolar al servicio de la educación en la fe

76. La educación cristiana familiar, la catequesis y la enseñanza religiosa escolar, cada una desde su carácter propio, están íntimamente relacionadas dentro del servicio de la educación cristiana de niños, adolescentes y jóvenes. En la práctica, sin embargo, deben tenerse en cuenta, diferentes elementos variables, que puntualmente se presentan, a fin de proceder con realismo y prudencia pastoral en la aplicación de las orientaciones generales.

Por tanto, corresponde a cada diócesis o región pastoral discernir las diversas circunstancias que concurren, bien en cuanto a la existencia o no de una iniciación cristiana en el ámbito de las familias para sus propios hijos, bien en cuanto a los cometidos formativos que en la tradición o situación local ejercen las parroquias, las escuelas, etc.

En consecuencia, las Iglesias particulares y la Conferencia Episcopal establecerán las orientaciones propias para los diversos ámbitos, fomentando unas actividades que son distintas y se complementan.

CAPÍTULO III:
Naturaleza, finalidad y tarea de la catequesis

«Que toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre» (Fil 2,11).

77. Clarificado el lugar que ocupa la catequesis dentro de la misión evangelizadora de la Iglesia, así como sus relaciones con los demás elementos de la evangelización y con otras formas del ministerio de la Palabra, en este capítulo se trata de reflexionar de manera específica sobre:

– la naturaleza eclesial de la catequesis, es decir, el sujeto agente de la catequesis, la Iglesia animada por el Espíritu;

– la finalidad fundamental que ella busca al catequizar;

– las tareas mediante las cuales procura esta finalidad, y que constituyen sus objetivos más inmediatos;

– la gradualidad interna del proceso catequético y la inspiración catecumenal que lo anima.

De esta manera, en este el último capítulo, se profundiza más en el carácter propio de la catequesis, ya descrito en el capítulo anterior, al analizar las relaciones que establece con las otras acciones eclesiales.

La catequesis: acción de naturaleza eclesial

78. La catequesis es una acción esencialmente eclesial. 229 El verdadero sujeto de la catequesis es la Iglesia que, como continuadora de la misión de Jesucristo Maestro y animada por el Espíritu, ha sido enviada para ser maestra de la fe. Por ello, la Iglesia, imitando a la Madre del Señor, conserva fielmente el Evangelio en su corazón, 230 lo anuncia, lo celebra, lo vive y lo transmite en la catequesis a todos aquellos que han decidido seguir a Jesucristo.

Esta transmisión del Evangelio es un acto vivo de tradición eclesial: 231

– La Iglesia, en efecto, transmite la fe que ella misma vive: su comprensión del misterio de Dios y de su designio de salvación; su visión de la altísima vocación del hombre; el estilo de vida evangélico que comunica la dicha del Reino; la esperanza que la invade; el amor que siente por la humanidad y por todas las criaturas de Dios.

– La Iglesia transmite la fe de forma activa, la siembra en el corazón de los catecúmenos y catequizandos para que fecunde sus experiencias más hondas. 232 La profesión de fe recibida de la Iglesia (traditio), al germinar y crecer a lo largo del proceso catequético, es devuelta (redditio) enriquecida con los valores de las diferentes culturas. 233 El catecumenado se convierte, así, en foco fundamental de incremento de la catolicidad y fermento de renovación eclesial.

79. La Iglesia, al transmitir —en la iniciación cristiana— la fe y la vida nueva actúa como madre de los hombres, que engendra a unos hijos concebidos por obra del Espíritu Santo y nacidos de Dios. 234 Precisamente, «porque es madre es también la educadora de nuestra fe»; 235 es madre y maestra, al mismo tiempo. Por la catequesis alimenta a sus hijos con su propia fe y los inserta, como miembros, a la familia eclesial. Como buena madre, les ofrece el Evangelio en toda su autenticidad y pureza, que les es dado, al mismo tiempo, como alimento adaptado, culturalmente enriquecido y como respuesta a las aspiraciones más profundas del corazón humano.

Finalidad de la catequesis: la comunión con Jesucristo

80. «El fin definitivo de la catequesis es poner a uno no sólo en contacto sino en comunión, en intimidad con Jesucristo». 236

Toda la acción evangelizadora busca favorecer la comunión con Jesucristo. A partir de la conversión «inicial» 237 de una persona al Señor, suscitada por el Espíritu Santo mediante el primer anuncio, la catequesis se propone fundamentar y hacer madurar esta primera adhesión. Se trata, entonces, de ayudar al recién convertido a «conocer mejor a ese Jesús en cuyas manos se ha puesto: conocer su 'misterio', el Reino de Dios que anuncia, las exigencias y las promesas contenidas en su mensaje evangélico, los senderos que El ha trazado a quien quiera seguirle». 238 El Bautismo, sacramento por el que «nos configuramos con Cristo», 239 sostiene con su gracia este trabajo de la catequesis.

81. La comunión con Jesucristo, por su propia dinámica, impulsa al discípulo a unirse con todo aquello con lo que el propio Jesucristo estaba profundamente unido: con Dios, su Padre, que le había enviado al mundo y con el Espíritu Santo, que le impulsaba a la misión; con la Iglesia, su Cuerpo, por la cual se entregó; con los hombres, sus hermanos, cuya suerte quiso compartir.

La finalidad de la catequesis se expresa en la profesión de fe en el único Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo

82. La catequesis es esa forma particular del ministerio de la Palabra que hace madurar la conversión inicial hasta hacer de ella una viva, explícita y operativa confesión de fe: «La catequesis tiene su origen en la confesión de fe y conduce a la confesión de fe». 240

La profesión de fe, interior al Bautismo, 241 es eminentemente trinitaria. La Iglesia bautiza «en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19), 242 Dios uno y trino, a quien el cristiano confía su vida. La catequesis de iniciación prepara —antes o después de recibir el Bautismo— para esta decisiva entrega. La catequesis permanente ayudará a madurar esa profesión de fe continuamente, a proclamarla en la Eucaristía y a renovar los compromisos que implica. Es importante que la catequesis sepa vincular bien la confesión de fe cristológica, «Jesús es Señor», con la confesión trinitaria, «Creo en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo», ya que no son más que dos modalidades de expresar la misma fe cristiana. El que, por el primer anuncio se convierte a Jesucristo y le reconoce como Señor, inicia un proceso, ayudado por la catequesis, que desemboca necesariamente en la confesión explícita de la Trinidad.

Con la profesión de fe en el Dios único, el cristiano renuncia a servir a cualquier absoluto humano: poder, placer, raza, antepasado, Estado, dinero..., 243 liberándose de cualquier ídolo que lo esclavice. Es la proclamación de su voluntad de querer servir a Dios y a los hombres sin ataduras. Y al proclamar la fe en la Trinidad, que es comunión de personas, el discípulo de Jesucristo manifiesta al mismo tiempo que el amor a Dios y al prójimo es el principio que informa su ser y su obrar.

83. La profesión de fe sólo es plena si es referida a la Iglesia. Todo bautizado proclama en singular el Credo, pues ninguna acción es más personal que ésta. Pero lo recita en la Iglesia y a través de ella, puesto que lo hace como miembro suyo. El «creo» y el «creemos» se implican mutuamente. 244 Al fundir su confesión con la de la Iglesia, el cristiano se incorpora a la misión de ésta: ser «sacramento universal de salvación» para la vida del mundo. El que proclama la profesión de fe asume compromisos que, no pocas veces, atraerán persecución. En la historia cristiana son los mártires los anunciadores y los testigos por excelencia. 245

Las tareas de la catequesis realizan su finalidad

84. La finalidad de la catequesis se realiza a través de diversas tareas, mutuamente implicadas. 246 Para actualizarlas, la catequesis se inspirará ciertamente en el modo en que Jesús formaba a sus discípulos: les daba a conocer las diferentes dimensiones del Reino de Dios («a vosotros se os ha dado a conocer los misterios del Reino de los cielos» [Mt 13,11]), 247 les enseñaba a orar («cuando oréis, decid: Padre...» [Lc 11,2]), 248 les inculcaba las actitudes evangélicas («aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» [Mt 11,29], les iniciaba en la misión («les envió de dos en dos...» [Lc 10,1]). 249

Las tareas de la catequesis corresponden a la educación de las diferentes dimensiones de la fe, ya que la catequesis es una formación cristiana integral, «abierta a todas las esferas de la vida cristiana». 250 En virtud de su misma dinámica interna, la fe pide ser conocida, celebrada, vivida y hecha oración. La catequesis debe cultivar cada una de estas dimensiones. Pero la fe se vive en la comunidad cristiana y se anuncia en la misión: es una fe compartida y anunciada. Y estas dimensiones deben ser, también, cultivadas por la catequesis.

El Concilio Vaticano II expresó así estas tareas: «La formación catequética ilumina y robustece la fe, alimenta la vida según el espíritu de Cristo, lleva a una consciente y activa participación del misterio litúrgico y alienta a la acción apostólica». 251

Tareas fundamentales de la catequesis: ayudar a conocer, celebrar, vivir y contemplar el misterio de Cristo

85. Las tareas fundamentales de la catequesis son:

– Propiciar el conocimiento de la fe

El que se ha encontrado con Cristo desea conocerle lo más posible y conocer el designio del Padre que él reveló. El conocimiento de los contenidos de la fe (fides quae) viene pedido por la adhesión a la fe (fides qua). 252 Ya en el orden humano, el amor a una persona lleva a conocerla cada vez más. La catequesis debe conducir, por tanto, a «la comprensión paulatina de toda la verdad del designio divino», 253 introduciendo a los discípulos de Jesucristo en el conocimiento de la Tradición y de la Escritura, que es la «ciencia eminente de Cristo» (Flp 3,8). 254 Este profundizar en el conocimiento de la fe ilumina cristianamente la existencia humana, alimenta la vida de fe y capacita también para dar razón de ella en el mundo. La «entrega del Símbolo», compendio de la Escritura y de la fe de la Iglesia, expresa la realización de esta tarea.

– La educación litúrgica

En efecto, «Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica». 255 La comunión con Jesucristo conduce a celebrar su presencia salvífica en los sacramentos y, particularmente, en la Eucaristía. LaIglesia desea ardientemente que se lleve a todos los fieles cristianos a aquella participación plena, consciente y activa que exige la naturaleza de la liturgia misma y la dignidad de su sacerdocio bautismal. 256 Para ello, la catequesis, además de propiciar el conocimiento del significado de la liturgia y de los sacramentos, ha de educar a los discípulos de Jesucristo «para la oración, la acción de gracias, la penitencia, la plegaria confiada, el sentido comunitario, la captación recta del significado de los símbolos...»; 257 ya que todo ello es necesario para que exista una verdadera vida litúrgica.

– La formación moral

La conversión a Jesucristo implica caminar en su seguimiento. La catequesis debe, por tanto, inculcar en los discípulos las actitudes propias del Maestro. Los discípulos emprenden, así, un camino de transformación interior en el que, participando del misterio pascual del Señor, «pasan del hombre viejo al hombre nuevo en Cristo». 258 El sermón del Monte, en el que Jesús, asumiendo el decálogo, le imprime el espíritu de las bienaventuranzas, 259 es una referencia indispensable en esta formación moral, hoy tan necesaria. La evangelización, «que comporta el anuncio y la propuesta moral», 260 difunde toda su fuerza interpeladora cuando, junto a la palabra anunciada, sabe ofrecer también la palabra vivida. Este testimonio moral, al que prepara la catequesis, ha de saber mostrar las consecuencias sociales de las exigencias evangélicas. 261

– Enseñar a orar

La comunión con Jesucristo lleva a los discípulos a asumir el carácter orante y contemplativo que tuvo el Maestro. Aprender a orar con Jesús es orar con los mismos sentimientos con que se dirigía al Padre: adoración, alabanza, acción de gracias, confianza filial, súplica, admiración por su gloria. Estos sentimientos quedan reflejados en el Padre Nuestro, la oración que Jesús enseñó a sus discípulos y que es modelo de toda oración cristiana. La «entrega del Padre Nuestro», 262 resumen de todo el Evangelio, 263 es, por ello, verdadera expresión de la realización de esta tarea. Cuando la catequesis está penetrada por un clima de oración, el aprendizaje de la vida cristiana cobra toda su profundidad. Este clima se hace particularmente necesario cuando los catecúmenos y los catequizandos se enfrentan a los aspectos más exigentes del Evangelio y se sienten débiles, o cuando descubren —maravillados— la acción de Dios en sus vidas.

Otras tareas relevantes de la catequesis: iniciación y educación para la vida comunitaria y para la misión

86. La catequesis capacita al cristiano para vivir en comunidad y para participar activamente en la vida y misión de la Iglesia. El Concilio Vaticano II señala a los pastores la necesidad de «cultivar debidamente el espíritu de comunidad» 264 y a los catecúmenos la de «aprender a cooperar eficazmente en la evangelización y edificación de la Iglesia». 265

– La educación para la vida comunitaria

a) La vida cristiana en comunidad no se improvisa y hay que educarla con cuidado. Para este aprendizaje, la enseñanza de Jesús sobre la vida comunitaria, recogida en el evangelio de Mateo, reclama algunas actitudes que la catequesis deberá fomentar: el espíritu de sencillez y humildad («si no os hacéis como niños...» [Mt 18,3]); la solicitud por los más pequeños («el que escandalice a uno de estos pequeños...» [Mt 18,16]); la atención preferente a los que se han alejado («ir en busca de la oveja perdida...» [Mt 18,12]); la corrección fraterna («amonéstale a solas tú con él...» [Mt 18,15]); la oración en común («si dos se ponen de acuerdo para pedir algo...» [Mt 18,19]); el perdón mutuo («hasta setenta veces siete...» [Mt 18,22]). El amor fraterno aglutina todas estas actitudes («amaos unos a otros como yo os he amado» [Jn 13,34]).

b) En la educación de este sentido comunitario, la catequesis cuidará también la dimensión ecuménica y estimulará actitudes fraternales hacia los miembros de otras iglesias y comunidades eclesiales. Por ello, la catequesis, al proponerse esta meta, expondrá con claridad toda la doctrina de la Iglesia católica, evitando expresiones o exposiciones que puedan inducir a error. Favorecerá, además, «un adecuado conocimiento de las otras confesiones», 266 con las que existen bienes comunes como: «la Palabra de Dios escrita, la vida de la gracia, la fe, la esperanza y la caridad, y otros dones interiores del Espíritu Santo». 267 La catequesis tendrá una dimensión ecuménica en la medida en que sepa suscitar y alimentar el «verdadero deseo de unidad», 268 hecho no en orden a un fácil irenismo, sino a la unidad perfecta, cuando el Señor lo disponga y por las vías que El quiera.

– La iniciación a la misión

a) La catequesis está abierta, igualmente, al dinamismo misionero. 269 Se trata de capacitar a los discípulos de Jesucristo para estar presentes, en cuanto cristianos, en la sociedad, en la vida profesional, cultural y social. Se les preparará, igualmente, para cooperar en los diferentes servicios eclesiales, según la vocación de cada uno. Este compromiso evangelizador brota, para los fieles laicos, de los sacramentos de la iniciación cristiana y del carácter secular de su vocación. 270 También es importante poner todos los medios para suscitar vocaciones sacerdotales y de especial consagración a Dios en las diferentes formas de vida religiosa y apostólica, y para suscitar en el corazón de cada uno la específica vocación misionera.

Las actitudes evangélicas que Jesús sugirió a sus discípulos, cuando les inició en la misión, son las que la catequesis debe alimentar: buscar la oveja perdida; anunciar y sanar al mismo tiempo; presentarse pobres, sin oro ni alforja; saber asumir el rechazo y la persecución; poner la confianza en el Padre y en el apoyo del Espíritu Santo; no esperar otro premio que la dicha de trabajar por el Reino. 271

b) En la educación de este sentido misionero, la catequesis preparará para el diálogo interreligioso, que capacite a los fieles para una comunicación fecunda con hombres y mujeres de otras religiones. 272 La catequesis hará ver cómo el vínculo de la Iglesia con las religiones no cristianas es, en primer lugar, el del origen común y el del fin común del género humano, así como el de las múltiples «semillas de la Palabra» que Dios ha depositado en esas religiones. La catequesis ayudará también a saber conciliar y, al mismo tiempo, distinguir el «anuncio de Cristo» y el «diálogo interreligioso». Ambos elementos, manteniendo su íntima relación, no deben ser confundidos ni ser considerados equivalentes. 273 En efecto, «el diálogo intereligoso no dispensa de la evangelización». 274

Algunas consideraciones sobre el conjunto de estas tareas

87. Las tareas de la catequesis constituyen, en consecuencia, un conjunto rico y variado de aspectos. Sobre este conjunto conviene hacer varias consideraciones:

– Todas las tareas son necesarias. Así como para la vitalidad de un organismo humano es necesario que funcionen todos sus órganos, para la maduración de la vida cristiana hay que cultivar todas sus dimensiones: el conocimiento de la fe, la vida litúrgica, la formación moral, la oración, la pertenencia comunitaria, el espíritu misionero. Si la catequesis descuidara alguna de ellas, la fe cristiana no alcanzaría todo su crecimiento.

– Cada una de estas tareas realiza, a su modo, la finalidad de la catequesis. La formación moral, por ejemplo, es esencialmente cristológica y trinitaria, llena de sentido eclesial y abierta a su dimensión social. Lo mismo ocurre con la educación litúrgica, esencialmente religiosa y eclesial, pero también muy exigente en su compromiso evangelizador en favor del mundo.

– Las tareas se implican mutuamente y se desarrollan conjuntamente. Cada gran tema catequético, por ejemplo la catequesis sobre Dios Padre, tiene una dimensión cognoscitiva e implicaciones morales, se interioriza en la oración y se asume en el testimonio. Una tarea llama a la otra: el conocimiento de la fe capacita para la misión; la vida sacramental da fuerzas para la transformación moral.

– Para realizar sus tareas, la catequesis se vale de dos grandes medios: la transmisión del mensaje evangélico y la experiencia de la vida cristiana. 275 La educación litúrgica, por ejemplo, necesita explicar qué es la liturgia cristiana y qué son los sacramentos, pero también debe hacer experimentar los diferentes tipos de celebración, descubrir y hacer amar los símbolos, el sentido de los gestos corporales, etc... La formación moral no sólo transmite el contenido de la moral cristiana, sino que cultiva activamente las actitudes evangélicas y los valores cristianos.

– Las diferentes dimensiones de la fe son objeto de educación tanto en su aspecto de «don» como en su aspecto de «compromiso». El conocimiento de la fe, la vida litúrgica, el seguimiento de Cristo son, cada uno de ellos, un don del Espíritu que se acoge en la oración y, al mismo tiempo, un compromiso de estudio, espiritual, moral, testimonial. Ambas facetas deben ser cultivadas. 276

– Cada dimensión de la fe, como la fe en su conjunto, debe ser enraizada en la experiencia humana, sin que permanezca en la persona como un añadido o un aparte. El conocimiento de la fe es significativo, ilumina toda la existencia y dialoga con la cultura; en la liturgia, toda la vida personal es ofrenda espiritual; la moral evangélica asume y eleva los valores humanos; la oración está abierta a todos los problemas personales y sociales. 277

Como indicaba el Directorio de 1971, «interesa en gran manera que la catequesis conserve esta riqueza de aspectos diversos, con tal de que un aspecto no se separe de los demás, con detrimento de ellos». 278

El catecumenado bautismal: estructura y gradualidad

88. La fe, impulsada por la gracia divina y cultivada por la acción de la Iglesia, experimenta un proceso de maduración. La catequesis, al servicio de ese crecimiento, es una acción gradual. La catequesis apropiada está dispuesta por grados. 279

En el catecumenado bautismal, la formación se desarrolla en cuatro etapas:

– el precatecumenado, 280 caracterizado porque en él tiene lugar la primera evangelización en orden a la conversión y se explícita el kerigma del primer anuncio;

– el catecumenado, 281 propiamente dicho, destinado a la catequesis integral y en cuyo comienzo se realiza la «entrega de los Evangelios»; 282

– el tiempo de purificación e iluminación, 283 que proporciona una preparación más intensa a los sacramentos de la iniciación, y en el que tiene lugar la «entrega del Símbolo» 284 y la «entrega de la Oración del Señor»; 285

– el tiempo de la mystagogia, 286 caracterizado por la experiencia de los sacramentos y la entrada en la comunidad.

89. Estas etapas, llenas de la sabiduría de la gran tradición catecumenal, inspiran la gradualidad de la catequesis. 287 En la época de los Padres de la Iglesia, en efecto, la formación propiamente catecumenal se realizaba mediante una catequesis bíblica, centrada en la narración de la Historia de la salvación; la preparación inmediata al Bautismo, por medio de una catequesis doctrinal, que explicaba el Símbolo y el Padre nuestro, recién entregados, con sus implicaciones morales; y la etapa que seguía a los sacramentos de la iniciación, mediante una catequesis mystagógica, que ayudaba a interiorizarlos y a incorporarse en la comunidad. Esta concepción patrística sigue siendo un foco de luz para el catecumenado actual y para la misma catequesis de iniciación.

Ésta, por ser acompañamiento del proceso de conversión, es esencialmente gradual; y, por estar al servicio del que ha decidido seguir a Jesucristo, es eminentemente cristocéntrica.

El catecumenado bautismal, inspirador de la catequesis en la Iglesia

90. Dado que la «misión ad gentes» es el paradigma de toda la acción misionera de la Iglesia, el catecumenado bautismal a ella inherente es el modelo inspirador de su acción catequizadora. 288 Por ello, es conveniente subrayar los elementos del catecumenado que deben inspirar la catequesis actual y el significado de esta inspiración.

Antes hay que decir, sin embargo, que entre los catequizandos 289 y los catecúmenos y entre la catequesis posbautismal y la catequesis prebautismal, respectivamente, hay una diferencia fundamental. Esta diferencia proviene de los sacramentos de iniciación recibidos por los primeros, los cuales «han sido ya introducidos en la Iglesia y hechos hijos de Dios por el Bautismo. Por tanto su conversión se funda en el Bautismo recibido, cuya virtud deben desarrollar después». 290

91. Supuesta esta diferencia esencial, se consideran ahora algunos elementos del catecumenado bautismal, que deben ser fuente de inspiración para la catequesis posbautismal:

– El catecumenado bautismal recuerda constantemente a toda la Iglesia la importancia fundamental de la función de iniciación, con los factores básicos que la constituyen: la catequesis y los sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía. La pastoral de la iniciación cristiana es vital en toda la Iglesia particular.

– El catecumenado bautismal es responsabilidad de toda la comunidad cristiana. En efecto, «esta iniciación cristiana no deben procurarla solamente los catequistas y los sacerdotes, sino toda la comunidad de los fieles, y de modo especial los padrinos». 291 La institución catecumenal acrecienta, así, en la Iglesia la conciencia de la maternidad espiritual que ejerce en toda forma de educación de la fe. 292

– El catecumenado bautismal está impregnado por el misterio de la Pascua de Cristo. Por eso, «conviene que toda la iniciación se caracterice por su índole pascual». 293 La Vigilia pascual, centro de la liturgia cristiana, y su espiritualidad bautismal, son inspiración para toda la catequesis.

– El catecumenado bautismal es, también, lugar inicial de inculturación. Siguiendo el ejemplo de la Encarnación del Hijo de Dios, hecho hombre en un momento histórico concreto, la Iglesia acoge a los catecúmenos integralmente, con sus vínculos culturales. Toda la acción catequizadora participa de esta función de incorporar a la catolicidad de la Iglesia las auténticas «semillas de la Palabra» esparcidas en individuos y pueblos. 294

– Finalmente, la concepción del catecumenado bautismal como proceso formativo y verdadera escuela de fe, proporciona a la catequesis posbautismal una dinámica y unas características configuradoras: la intensidad e integridad de la formación; su carácter gradual, con etapas definidas; su vinculación a ritos, símbolos y signos, especialmente bíblicos y litúrgicos; su constante referencia a la comunidad cristiana...

La catequesis postbautismal, sin tener que reproducir miméticamente la configuración del catecumenado bautismal, y reconociendo el carácter de bautizados que tienen los catequizandos, hará bien en inspirarse en esta «escuela preparatoria de la vida cristiana», 295 dejándose fecundar por sus principales elementos configuradores.


66

Cf Mc 1,15 y paralelos; RM 12-20; CEC 541-560.

67

Cf Mt 5,3-12.

68

Cf Mt 5,1-7.29.

69

Cf Mt 13,11.

70

Cf Mt 18,1-35.

71

Cf Mt 24,1-25.46.

72

DV 3.

73

Cf 2 P 1,4; CEC 51-52.

74

DV 2.

75

Cf Ef 1,9.

76

DV 2.

77

EN 11.

78

Cf GS 22a.

79

Cf Ef 2,8; EN 27.

80

Cf EN 9.

81

Cf Jn 11,52; AG 2b y 3a.

82

Cf DV 15; CT 58; ChL 61; CEC 53.122; cf S. Ireneo de lyón, Adversus haereses III,20,2; SCh 211,389-393.; Veáse en la Tercera Parte, cap. 1 del presente Directorio.

83

CEC 54-64.

84

DV 2.

85

Cf DCG (1971) 11 b.

86

Cf Heb 1,1-2.

87

DV 4.

88

Cf Lc 24,27.

89

CEC 65; S. Juan de la Cruz se expresa así: «Todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra» (Subida al Monte Carmelo 2,22); cf Liturgia de las Horas, I, Oficio de lecturas del lunes de la segunda semana de Adviento.

90

Cf CT 5; CEC 520 y 2053.

91

CEC 125, haciendo referencia a DV 18.

92

CT 5. El tema del cristocentrismo se afronta, con más detalle, en: «Finalidad de la catequesis: la comunión con Jesucristo» (Primera Parte, cap. 3) y «El cristocentrismo del mensaje evangélico» (Segunda Parte, cap. 1).

93

Cf DV 7.

94

Cf DV 7 a.

95

Cf DV 8 y CEC 75-79.

96

DV 10b; cf CEC 85-87.

97

LG 48; AG 1; GS 45; cf CEC 774-776.

98

Cf Col 1,26.

99

En la Constitución Dei Verbum (nn. 2-5) y en el Catecismo de la Iglesia Católica (nn. 50-175) se habla de la fe como respuesta a la Revelación. Por razones catequético-pastorales, el presente Directorio prefiere vincular la fe más a la evangelización que a la Revelación, en cuanto que ésta última, de hecho, llega al hombre ordinariamente a través de la misión evangelizadora de la Iglesia.

100

EN 14.

101

EN 18.

102

Cf Mt 28,19-20.

103

Cf Hch 1,8.

104

Cf Mt 28,19.

105

EN 17.

106

EN 28.

107

Cf EN 22a.

108

Cf EN 47b.

109

Cf EN 18.

110

EN 24d.

111

Cf EN 14.

112

Cf AG 6b.

113

En el dinamismo de la evangelización hay que distinguir lo que son las «situaciones iniciales» (initia), los «desarrollos graduales» (gradus) y la situación de madurez: «a cada circunstancia o estado deben corresponder actividades apropiadas o medios adecuados» (AG 6).

114

Cf EN 18-20 y RM 52-54; AG 11-12 y 22.

115

Cf EN 21 y 41; RM 42-43; AG 11.

116

EN 51.52.53; cf CT 18.19.21.25; RM 44.

117

Cf AG 13; EN 10 y 23; CT 19; RM 46.

118

EN 22; CT 18; cf AG 14 y RM 47.

119

AG 14; CEC 1212; cf CEC 1229-1233.

120

Cf EN 23; CT 24; RM 48-49; AG 15.

121

Cf ChL 18.

122

Cf ChL 32, que muestra la íntima conexión entre «comunión» y «misión».

123

Cf EN 24.

124

CT 18.

125

Cf AG 6f; RM 33 y 48.

126

Cf Hch 6,4. El ministerio de la Palabra divina, es ejercido en la Iglesia por parte:

- de los ministerios ordenados (cf CIC 756-757);
- de los miembros de los institutos de vida consagrada, en virtud de su consagración a Dios (cf CIC 758);
- de los fieles laicos, en virtud de su bautismo y de la confirmación (cf CIC 759).
En relación con el término ministerio (servitium), es preciso señalar que sólo la constante referencia al único y fontal ministerio de Cristo permite, en cierta medida, aplicar también a los fieles no ordenados sin ambigüedad, el término ministerio... En su sentido originario, este término expresa el trabajo con que algunos miembros de la Iglesia prolongan, en su interior y para el mundo, la misión de Cristo. Por el contrario, cuando el término se diferencia en la relación y en la confrontación entre los diversos munera y officia, entonces es preciso advertir con claridad que sólo en virtud de la sagrada ordenación este término obtiene aquella plenitud y univocidad del significado que la Tradición siempre le ha atribuido (cf Juan Pablo II, Alocución al Simposio sobre «La participación de los fieles laicos en el Ministerio», n. 4: L'Osservatore Romano, 23 abril 1994, p. 4).

127

EN 22; cf EN 51-53.

128

Cf EN 42-45. 54. 57.

129

DV 8c.

130

PO 4b; cf CD 13c.

131

En el Nuevo Testamento aparecen formas muy diversas de este único ministerio: «anuncio», «enseñanza», «exhortación»... La riqueza de expresiones es grande.

132

Las modalidades por las que se canaliza el único ministerio de la Palabra no son, en realidad, intrínsecas al mensaje cristiano. Son, más bien, acentuaciones, tonalidades, desarrollos más o menos explicitados, adoptados a la situación de fe de cada persona y de cada grupo humano en sus circunstancias.

133

Cf EN 51-53.

134

AG 14.

135

Hay razones de diversa índole que legitiman las expresiones «educación permanente de la fe» o «catequesis permanente», a condición de que no se relativice el carácter prioritario, fundante, estructurante y específico de la catequesis en cuanto iniciación básica. La expresión «educación permanente de la fe» se generalizó, en la actividad catequética, a partir del Concilio Vaticano II, para indicar solamente un segundo grado de catequesis, posterior a la catequesis de iniciación, y no como la totalidad de la acción catequizadora. Véase cómo esta distinción entre formación básica y formación permanente es asumida, referida a la preparación de los presbíteros, en: Juan Pablo II, Exhortación apostólica Pastores dabo vobis (25 marzo 1992), cap. V y VI, especialmente el n. 71: AAS 84 (1992), pp. 729 ss.; 778 ss.; 782-873.

136

DCG (1971) 19d.

137

Cf SC 35; CEC 1154.

138

Cf Congregación para la doctrina de la fe, Instrucción Donum veritatis sobre la vocación eclesial del teólogo (24 mayo 1990), 6: AAS 82 (1990) p. 1552.

139

DCG (1971) 17; cf GS 62g.

140

Cf Rm 10,17; LG 16; AG 7; CEC 846-848.

141

Cf AG 13a.

142

Cf CT 5b.

143

Cf CT 20b.

144

Cf CEC 166-167.

145

Cf CEC 150.153.176.

146

DV 5.

147

CEC 177.

148

Cf EN 10; AG 13b; CEC 1430-1431.

149

EN 23.

150