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S.S. Juan Pablo II, Discurso de S.S. Juan Pablo II al Congreso Internacional ¬ęEl desaf√≠o del secularismo y el futuro de la fe en el umbral del tercer milenio¬Ľ.
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Dios no es el rival del hombre, sino el garante de su libertad y la fuente de su felicidad

Se√Īores cardenales; ilustres profesores; amad√≠simos hermanos y hermanas:

1. Me alegra acogeros al t√©rmino del Congreso internacional dedicado al tema: ¬ęEl desaf√≠o del secularismo y el futuro de la fe en el umbral del tercer milenio¬Ľ. Saludo cordialmente a cada uno de vosotros, en particular a los se√Īores cardenales Paul Poupard, presidente del Consejo pontificio para la cultura y Jozef Tomko, prefecto de la Congregaci√≥n para la evangelizaci√≥n de los pueblos y gran canciller de la Pontificia Universidad Urbaniana, que han organizado el congreso. Asimismo, saludo a los colaboradores, a los expertos y a todos los participantes en los trabajos de este congreso.

En la carta apost√≥lica Tertio millennio adveniente he centrado la atenci√≥n en el hecho de que la √©poca actual, adem√°s de muchas luces tambi√©n presenta algunas sombras, especialmente ¬ęla indiferencia religiosa¬Ľ y ¬ęla atm√≥sfera de secularismo y relativismo √©tico¬Ľ (n. 36), y he pedido ¬ęque se estimen y profundicen los signos de esperanza presentes en este √ļltimo tramo de siglo, a pesar de las sombras que con frecuencia los esconden a nuestros ojos¬Ľ (n. 46). Doy gracias de coraz√≥n a la Pontificia Universidad Urbaniana, que cuenta con la colaboraci√≥n activa del Instituto superior para el estudio de la no creencia, de la religi√≥n y de las culturas, por haber respondido, junto con el Consejo pontificio para la cultura, a mi invitaci√≥n.

Necesidad creciente de la experiencia religiosa

2. Con valentía y lucidez habéis examinado durante estos días los principales desafíos presentes en nuestro tiempo. Teólogos, biblistas, filósofos, historiadores, sociólogos, artistas y hombres de cultura han dialogado con los pastores acerca de la visión religiosa y secularista del mundo constatando el callejón sin salida en que muchos se encuentran hoy y reflexionando sobre el futuro de la fe en Cristo en el umbral del tercer milenio.

En la cultura, o mejor, en las culturas de este final del siglo XX, a la vez trágico y fascinante se manifiestan fenómenos contrastantes, susceptibles de diversas interpretaciones, pero todos relacionados con el hombre. Hoy, más que nunca, constatamos que la cultura es del hombre, la hace el hombre y está destinada al hombre.

Hace treinta a√Īos, la constituci√≥n conciliar Gaudium et spes lo hab√≠a subrayado y los tres decenios ya transcurridos lo han confirmado con el peso de la historia. Frente al llamado eclipse de lo sagrado, se ha manifestado una necesidad creciente de la experiencia religiosa. Muchos fen√≥menos lo testimonian en todos los lugares del mundo, donde tengo la alegr√≠a de encontrarme con innumerables j√≥venes que miran al futuro con confiada esperanza. La secularizaci√≥n, que parec√≠a un progreso de la civilizaci√≥n, se presenta hoy como el peligroso declive que conduce al secularismo, a la mutilaci√≥n de la parte inalienable del hombre que afecta a su identidad profunda: la dimensi√≥n religiosa. La Iglesia afronta el desaf√≠o de comprender a esta nueva generaci√≥n, que el escepticismo de la generaci√≥n anterior impulsa a una b√ļsqueda creciente del Absoluto.

3. A este respecto, se han realizado numerosos sondeos en diversos países y sus resultados parecen contradictorios: junto a una persistente afirmación de la fe en Dios se constata una preocupante ausencia de práctica religiosa unida a la indiferencia y a la ignorancia de las verdades de la fe. Quizá se debería hablar más bien de un debilitamiento de las convicciones que en muchos ya no tienen la fuerza necesaria para inspirar el comportamiento. De ahí brota una verdadera desertización espiritual de la existencia, que priva a la persona de sus razones de ser y de vida, y lo deja sin guía y sin esperanza.

La nostalgia del Absoluto

Las creencias permanecen, pero ya no se perciben como valores capaces de influir en la vida personal y social. Ya se trate de elecciones diarias o de orientaciones de la existencia, de √©tica o de est√©tica, la referencia habitual, p√ļblica, en particular la difundida por los medios de comunicaci√≥n social, ya no est√° inspirada en la visi√≥n cristiana del hombre y del mundo. Como suele decirse, la religi√≥n se ha privatizado, la sociedad se ha secularizado y la cultura se ha vuelto laica.

La cultura cristiana, privada de sus sólidos cimientos internos y, al mismo tiempo, de sus posibilidades expresivas externas decae mientras que la necesidad del Absoluto, que conserva toda su fuerza, busca nuevos puntos firmes. Nuestras sociedades, más que de terrenos listos para la siembra, se van cubriendo de espacios áridos, que esperan la llegada del agua regeneradora de una fe recuperada.

¬ŅQui√©n no ve ahora la urgencia de un di√°logo renovado entre fe y cultura, hecho de escucha y al mismo tiempo de propuestas, sobre todo de testimonio evang√©lico, que sepa liberar las verdades ocultas, las fuerzas latentes en el coraz√≥n de las culturas? As√≠, del aparente desierto de Dios presente en tantos pa√≠ses invadidos por el secularismo nacer√° una nueva generaci√≥n de creyentes, puesto que la nostalgia del Absoluto est√° enraizada en las profundidades del ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios.

Dios es la fuente de nuestra felicidad

4. De este congreso surge con claridad un dato: el desafío del secularismo en el umbral del tercer milenio es un desafío antropológico. El futuro de la fe depende en gran medida de la capacidad de la Iglesia de responder a ese desafío, proponiendo el gran mensaje del Evangelio de modo adecuado para llegar al corazón mismo de la cultura de nuestro tiempo, en todas sus diferentes manifestaciones.

El hombre quiere realizarse plenamente. Se ha equivocado al creer que pod√≠a llegar a realizarse plenamente rechazando a Dios. Una visi√≥n secularista del mundo lo ha mutilado, encerr√°ndolo en su inmanencia. ¬ęSin el misterio -dec√≠a con raz√≥n Gabriel Marcel- la vida resulta irrespirable¬Ľ. La cultura secularista ha alterado las relaciones sociales. La pretensi√≥n de organizar la sociedad con una racionalidad puramente tecnol√≥gica, la primac√≠a del hedonismo individualista y la marginaci√≥n de la dimensi√≥n religiosa de la cultura, han minado los cimientos mismos de la civilizaci√≥n.

El gran desafío que afronta la Iglesia consiste en encontrar puntos de apoyo en esta nueva situación cultural, y en presentar el Evangelio como una buena nueva para las culturas, para el hombre artífice de cultura. Dios no es el rival del hombre, sino el garante de su libertad y la fuente de su felicidad. Dios hace crecer al hombre dándole la alegría de la fe, la fuerza de la esperanza y el fervor del amor.

Difundir por el mundo la civilización del amor

5. Queridos hermanos y hermanas, os invito a todos a convertiros en heraldos de este anuncio lleno de gozo, sobre todo permaneciendo junto a los j√≥venes. Llevadles a Cristo, dadles el Evangelio en toda su lozan√≠a de buena noticia, siempre nueva y siempre joven. Los dos mil a√Īos que han transcurrido desde la encarnaci√≥n del Hijo de Dios en el seno de la Virgen Mar√≠a son un destello en el oscuro cielo del tiempo. Os exhorto a trabajar, con la audacia del pensamiento y de la inteligencia, por difundir, en el umbral del nuevo milenio, la civilizaci√≥n del amor, que florecer√° en un terreno regado por la fe: una tierra que hay que hacer fructificar sabiamente, hombres a los que es preciso amar sin exclusi√≥n, y Dios a quien se ha de adorar con coraz√≥n sincero. Al hombre que busca el Absoluto, y a su inteligencia que busca el Infinito, este nuevo humanismo para el pr√≥ximo milenio le dar√° la respuesta a sus aspiraciones m√°s profundas. El secularismo las ha ocultado, pero permanecen, y Cristo las colma plenamente. √Čste es el futuro de la fe. √Čste es el futuro del hombre.

A cada uno de vosotros imparto mi bendición afectuosa.

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