Existe una estrecha relación entre la Palabra de Dios y la vida sacerdotal. De la Palabra, en efecto, toma su origen y significado la identidad del sacerdote; el anuncio de la Palabra es uno de sus deberes fundamentales; en la Palabra se encuentra la fuerza de su fe y el alimento para su vida espiritual 173 . La Iglesia, por lo tanto, recomienda de manera especial, a los sacerdotes, un continuo contacto con la Escritura mediante el estudio, la escucha y la oración 174 , para que puedan profundizar, cada vez más, en el conocimiento del Señor y en el significado de su mensaje (cf. Flp. 3, 8; Ef. 3, 19; 4, 13).
Con el fin de poder acoger, interiorizar y anunciar la Palabra, reserven los sacerdotes unos momentos al silencio y al recogimiento. Si bien la pastoral apremia con urgencias y requerimientos de todo tipo, son dignos de alabanza aquellos sacerdotes que saben limitar el número de sus actividades en beneficio de su desarrollo espiritual. En la organización de su vida, encuentren los sacerdotes la manera de dejar tiempo para reflexionar sobre la Escritura, leer a los Santos Padres y estudiar las ciencias sagradas. Esta riqueza interior hará de ellos unos apóstoles con mayor fuerza de convencimiento para aquellos que no creen en el Señor.
Entre los medios y expresiones que son más importantes en la vida espiritual del sacerdote están las prácticas de oración. La oración del sacerdote es, ante todo, participación en la fe y la oración de la comunidad, en la cual debe manifestarse como en un lugar privilegiado (cf. Hch. 1, 14) 175 . Es también un ejemplo para los fieles que se ven animados, de este modo, por sus pastores, a vivir la comunión con Dios. Además de la oración en la comunidad cristiana, el sacerdote debe alimentar su propia vida espiritual con una copiosa oración persona. Ha de sentir su responsabilidad como hombre de oración ante los demás hermanos, a imitación de Cristo, el cual "está siempre vivo para interceder en su favor" (Hb. 7, 25). Con la oración, antes que con la palabra o con la acción, el sacerdote debe comunicar lo divino a los hombres, y hablar a Dios en su nombre. Del corazón del sacerdote habrá de subir, hacia el Padre, la adoración, la alabanza, la acción de gracias y la petición en nombre de los fieles y también de los no cristianos.
Hay que reconocer, con realismo, que el ritmo de la actividad pastoral en las Iglesias de territorios de misiones no facilita el ejercicio de una oración regular. El sacerdote, como hombre de lo sagrado, no puede aceptar una situación en la que se sacrifique habitualmente la oración a causa del trabajo. Las ocupaciones pastorales pueden a veces moficiar el orden, el tiempo y también el modo con que se realizan las prácticas piadosas, pero no deben nunca hacer mella en la oración. Dignos de estima son aquellos sacerdotes que saben ordenar sus ocupaciones, y si es necesario incluso limitarlas, en favor de la oración. La Iglesia propone a los sacerdotes, con confianza, el ideal más elevado de la vida de oración, hasta la contemplación, invitándoles a que tiendan hacia ella sinceramente, a pesar de sus lÃmites, de las dificultades externas y de las ocupaciones apremiantes (cf. Lc. 18, 1; Ef. 6, 18; 1 Ts. 5, 17).
La celebración eucarÃstica, que los sacerdotes realizan in persona Christi, constituye la cumbre de la vida espiritual. Sean, pues, fieles en la celebración diaria de la Misa, con la debida preparación y acción de gracias 176 , posiblemente con la participación de los fieles. Es bueno que los sacerdotes que se alojan en un mismo sitio concelebren por lo menos en alguna ocasión importante, con el objeto de reforzar la fraternidad sacramental. La EucaristÃa pide también a los sacerdotes que permanezcan en la presencia de Jesús vivo en el tabernáculo, visitándolo diariamente y con largos momentos de adoración.
La recitación de la Liturgia de las Horas, oración oficial de la Iglesia confiada a la piedad de los sacerdotes, ha de ser completa y ordenada, para consagrar el desarrollo del tiempo en alabanza a Dios, en comunión con toda la comunidad orante. No han de omitirse fácilmente partes del breviario, a no ser que haya motivos graves y proporcionados. Allà donde haya varios sacerdotes, es oportuno que reciten juntos una parte del Oficio Divino. Dondequiera que sea posible, hagan participar los pastores a la comunidad de los fieles en la celebración conjunta de las Laudes y las VÃsperas 177 .
La oración mental, realizada en actitud de escucha, de oración y de disponibilidad, es la forma más elevada de confrontación entre la propia vida y la Palabra de Dios. Por consiguiente, sean los presbÃteros fieles a la práctica de la meditación diaria, preferiblemente al comenzar el dÃa 178 . En ella encontrarán luz, consuelo y remedio para todas las necesidades de la vida y del ministerio. La experiencia confirma que esta meditación regular pone orden en la vida, asegura el desarrollo espiritual e impide que se caiga en la tibieza.
La piedad mariana debe encontrar un lugar amplio, habrá de expresarse espontáneamente y con amor a la Madre de Dios y de la Iglesia. Miren los sacerdotes a MarÃa como modelo de entrega a Dios, de escucha, de oración y de disponibilidad. Manifiesten su devoción en la celebración fervorosa de sus fiestas, en el rezo diario del rosario y en las demás formas de piedad mariana, incluso aquellas que son la expresión de una sana piedad popular. Reconozcan la presencia de MarÃa en su vida, y confÃen en su asistencia protectora sobre los propios fieles y los que todavÃa no conocen al Señor Jesús, para que también ellos puedan escuchar de su voz materna: "Haced lo que él os diga"(Jn. 2, 5).
Ministros de la Reconciliación, acérquense los sacerdotes al sacramento de la penitencia con frecuencia y regularidad 179 , a ser posible dirigiéndose al mismo confesor, para que les conozca y ayude mejor. En este sacramento, ellos no sólo obtendrán el perdón de los pecados, sino que también adquirirán la fuerza para ser coherentes con los compromisos adquiridos y para progresar en su vida espiritual. En este contexto, se recomienda vivamente a los sacerdotes que, en todas las épocas de su vida, hagan uso de la dirección espiritual, convencidos de que necesitan, todavÃa más que los laicos, de un guÃa que les ilumine y los aconseje; la dirección espiritual ayuda a permanecer en el fervor del espÃritu.
Como participación en la ofrenda del Cordero Inmolado, acojan los sacerdotes la cruz como dimensión necesaria de su propia identidad (cf. 2 Cor. 4, 10; 6, 4-5; Gal. 6, 17). Además del sacrificio que está vinculado a las situaciones ordinarias de la vida y del ministerio, sepan los sacerdotes ser generosos en seguir a Cristo que sufre, también mediante la penitencia voluntaria, ofrecida con alegrÃa, con el mismo espÃritu apostólico de Pablo: "Me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros" (Col. 1, 24): "Estoy lleno de consuelo y sobreabundo de gozo en todas nuestras tribulaciones" (2 Cor. 7, 4).
La vida espiritual tiene una necesidad absoluta de la ayuda especial que le proporcionan los largos e intensos momentos de reflexión y de oración (cf. Mc. 6, 31). Sean los sacerdotes fieles a la asistencia a los retiros mensuales y a los ejercicios espirituales anuales 180 . Se recomiendan, igualmente, los retiros organizados por la diócesis para el clero local, especialmente con la presencia del Obispo. Estas prácticas, realizadas regularmente con una participación activa, les ayudarán a adquirir una conciencia exacta de su propia situación espiritual y a mantener la unidad entre la vida interior y el servicio apostólico 181 .
El continuo progreso de las ciencias teológicas que se realiza en la Iglesia con la fuerza y la luz del EspÃritu (cf. Jn. 14, 26; 16, 13); la urgencia presente de propagar el mensaje evangélico y de hacerlo comprensible a los hombres de este tiempo y dentro de su cultura; la necesidad de comprender a la sociedad en sus cambios con criterios de la fe, imponen a los sacerdotes el deber imprescindible de preocuparse por su vida intelectual 182 . Sin ciencia, el sacerdote es como una lámpara apagada (cf. Mt. 5, 14-16). Por esta razón, la Iglesia recomienda claramente: "Aun después de recibido el sacerdocio, los clérigos han de continuar los estudios sagrados, y deben profesar aquella doctrina sólida fundada en la Sagrada Escritura, transmitida por los mayores y recibida como común en la Iglesia, tal como se determina sobre todo en los documentos de los Concilios y de los Romanos PontÃfices" 183 .
Los sacerdotes, en virtud de su identidad de profetas y de pastores, adquieren, pues, una capacidad interior para seguir el paso renovador del EspÃritu Santo en la Iglesia y poder comprender, cada vez más profundamente, el misterio de Cristo, pero también para evitar que se reciban con ligereza novedades inconsistentes o pseudocientÃficas.
El campo de estudio de los sacerdotes incluye, ante todo, las ciencias sagradas y otras disciplinas relacionadas con ellas y que pueden facilitar el ejercicio del ministerio, o aquellas en las cuales ellos se ocupan profesionalmente. Se recuerda a los sacerdotes la necesidad de transmitir el mensaje evangélico con un lenguaje catequético adecuado, y de permanecer abiertos y atentos a la inculturación, incluso en el campo de la teologÃa.
La vida intelectual supone no sólo convicción y disponibilidad, sino también la utilización regular de los medios adecuados; a saber: un tiempo dedicado al estudio; la participación activa en las iniciativas y encuentros organizados por la diócesis; la elección de las lecturas; si fuere posible, también la organización de una biblioteca personal, o diocesana, a la que se pueda recurrir con facilidad. Además todo sacerdote, deberá tener los documentos recientes del Romano PontÃfice y del Obispo, para profundizarlos y hacer de ellos un instrumento de formación de los cristianos. Deberá, asimismo, saber precaverse contra las publicaciones que difunden ideas desviacionistas o peligrosas para su vida y su acción pastoral.
La designación para seguir estudios universitarios en la patria, o en el extranjero, depende del Obispo, en razón de la unidad que debe reinar en el apostolado diocesano. Todo sacerdote esté disponible, confórmese a los programas de la diócesis o de la Conferencia Episcopal, y evite cualquier ambición. Al terminar los cursos, regrese a su diócesis y dedÃquese al trabajo que se le ha asignado, poniendo por obra la formación adquirida, sin pretender privilegios en razón de sus calificaciones 184 .
La vida común, basada, en la unidad del presbiterio y expresión de la fraternidad entre sacerdotes, está vivamente recomendada por la Iglesia a los sacerdotes diocesanos 185 . Ella favorece el trabajo apostólico de grupo, y sobre todo la primera evangelización que, como lo demuestra la experiencia, difÃcilmente puede ser realizada individualmente 186 . Estudien, pues, los Obispos, según las posibilidades, y teniendo en cuenta los modelos que ofrece la cultura local, las maneras concretas para llevarla a cabo, superando las dificultades comprensibles de organización y las eventuales resistencias psicológicas. Conviene recordar que la vida común no se improvisa, y requiere una sensibilización y una preparación desde el seminario.
Cuando varios sacerdotes trabajan en una misma parroquia, es aconsejable que vivan en la misma casa, formando una comunidad. Es oportuno, asimismo, establecer una convivencia entre sacerdotes que están encargados de distintas comunidades, pero cercanas. Hágase lo posible por evitar que cualquier sacerdote, especialmente si es joven, permanezca aislado por largo tiempo. Sin embargo, como en algunas zonas, por razones pastorales, los sacerdotes se ven obligados a permanecer solos en su parroquia, esfuércese el Obispo en ayudarles a mantener y desarrollar el espÃritu comunitario, organizando reuniones regulares de convivencia fraterna, en pequeños grupos o a nivel diocesano.
La vida común no se limita a una convivencia material: es comunión y participación a nivel tanto espiritual, como pastoral y humano; por consiguiente, los presbÃteros que forman una comunidad deberán saber rezar juntos, intercambiar informaciones útiles, planificar, programar y verificar en común las actividades apostólicas; ayudarse mutuamente para renovarse en un plano cultural; practicar la beneficiencia entre sà y, si es posible, alguna forma de comunión de bienes, según las indicaciones del Obispo; transcurrir juntos los momentos de recreación y descanso; asistirse y animarse en las situaciones difÃciles, en especial aquellas relativas a su vocación; asà como en la fatiga y en la enfermedad; y si fuese necesario, no dejarán de amonestarse fraternalmente 187 .
La vida común facilita el entendimiento entre los sacerdotes de distinto origen y edad; los jóvenes encuentran una ayuda para sus primeras actividades, gracias a la experiencia de los ancianos, y éstos hallan colaboración y estÃmulo en el entusiasmo y dinamismo de los jóvenes 188 .
Para que la vida común logre efectos positivos, allà donde existen comunidades sacerdotales, procúrense un mÃnimo de condiciones favorables, a saber: un responsable que no sea necesariamente el párroco; una clara repartición de las tareas; una organización económica ordenada y un programa realista para los distintos momentos comunitarios en el curso del dÃa.
"Entre las virtudes que mayormente se requieren para el ministerio de los presbÃteros hay que contar aquella disposición de ánimo por la que estén siempre prontos a buscar no su propia voluntad, sino la voluntad de Aquel que los ha enviado (cf. Jn. 4, 34; 5, 30; 6, 30)" 189 . La razón profunda de la obediencia del sacerdote se encuentra en su condición de instrumento personal de Cristo y, por consiguiente, en tener que conformarse enteramente a El. Cristo, en efecto, "aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia" (Hb. 5, 8), "se despojó de sà mismo tomando condición de siervo [...], obedeciendo hasta la muerte" (Flp. 2, 7-8), y con su obediencia borró la desobediencia de Adán y mereció la salvación para todos los hombres (cf. Rm. 5, 19).
Además, la tarea de la evangelización de los no cristianos debe ser acogida y realizada por los sacerdotes con espÃritu de obediencia. Asà como Jesús es el primer misionero porque cumple la voluntad salvÃfica del Padre: "He aquà que vengo [...] a hacer, oh Dios, tu voluntad" (Hb. 10, 7), el sacerdote también debe vivir su misión en la obediencia a Cristo y su Iglesia, que le envÃa a reunir en uno a los hijos dispersos (cf. Jn. 11, 52).
La obediencia de los sacerdotes es eclesial; está relacionada con la ordenación, pues su ministerio no puede realizarse sino en la comunión jerárquica. Por consiguiente, la caridad pastoral exige que ellos "consagren por la obediencia su propia voluntad al servicio de Dios y de sus hermanos, aceptando y ejecutando con espÃritu de fe lo que se manda o recomienda por parte del Sumo PontÃfice y del propio Obispo, lo mismo que por otros superiores" 190 .
La obediencia, para los sacerdotes, es ante todo una disposición interior habitual que les vincula directamente con la voluntad de Dios a través de la mediación de la autoridad, y les ayuda a superar una concepción demasiado humana de la autonomÃa de la persona; pero es también una fiel ejecución de las normas, coherente con la inserción en el presbiterio y el lugar que ocupa cada cual en el servicio jerárquico.
La obediencia de los sacerdotes debe manifestarse, hoy, de manera especial, en lo siguiente:
- La fidelidad al Magisterio: ésta se base en la identidad cristiana y sacerdotal, y se expresa concretamente en una actitud de obediencia al magisterio del Romano PontÃfice y de los Obispos, de los cuales los sacerdotes no deberán apartarse para seguir teorÃas que no han sido aprobadas, o convicciones personales; esta fidelidad es indispensable para que sean auténticos y para que puedan presentar una enseñanza conforme a la verdad revelada; guÃe el pastor a su rebaño, alimentándolo con la sana doctrina, y no lo turbe con propuestas inciertas o desviadoras (cf. 2 Tm. 2, 14; Tt. 2, 1).
- La aceptación de los cargos: la fidelidad de los sacerdotes a su tarea de evangelizadores y pastores se manifiesta, ante todo, en la fidelidad con que aceptan y realizan la misión que les ha sido confiada por el Obispo. En este campo, se necesita un espÃritu de fe, y un sentido práctico de la obediencia, con toda disponibilidad, evitando pedir con demasiada insistencia que se les asignen ciertos cargos o ciertas parroquias, y rechazar lo que manda el Obispo. Cuando se trata de nombramientos, permanezcan los sacerdotes con actitud abierta hacia su Obispo, expresándole, en un diálogo franco y sincero, sus ideas; pero, cuando ya está tomada la decisión, acepten con alegrÃa, sin ulteriores objeciones. Aunque a veces se consideren poco idóneos para desempeñar un cargo que les han confiado en nombre de la obediencia, no olviden que una caracterÃstica peculiar de los sacerdotes diocesanos, como colaboradores del Obispo, es comprometerse incondicionalmente para que se solucionen todas las necesidades de la diócesis. Cuando llegue el momento de retirarse, presenten los sacerdotes su dimisión al Obispo y estén disponibles para dejar su cargo.
- Observancia de las exigencias y normas relacionadas con el cargo: el servicio pastoral en una comunidad cristiana, especialmente si se trata de una parroquia, exige que los presbÃteros sean ordenados y fieles en el cumplimiento de sus obligaciones, asà como en su comportamiento. Esto, en primer lugar, en lo referente a las intenciones de las Misas: la Iglesia ha establecido nuevas normas en el nuevo Código 191 a las cuales los sacerdotes han de adherirse con toda atención. EvÃtese la más pequeña apariencia de interés económico, y no deje de celebrar, por falta de estipendios, especialmente cuando se trata de los más pobres. Obsérvense además, las normas generales y diocesanas relacionadas con las ofrendas de las binacionales y la Misa por el pueblo. Todo sacerdote anote las Misas que ha recibido, la fecha de la celebración, la intención indicada por el donante, los encargos ya satisfechos y las eventuales transmisiones de intenciones a otros celebrantes. En las parroquias se ha de tener un libro especial para las Misas.
Los libros parroquiales, a saber, los registros de bautismos, de matrimonios y de difuntos, y otros prescritos por la Conferencia Episcopal o por el Obispo, son importantes para un correcto ejercicio de los derechos y deberes de los fieles. El párroco tiene la obligación de que estén redactados con atención y bien conservados. Además en toda parroquia, ha de haber un archivo ordenado y puesto al dÃa, donde se guarden los libros parroquiales, juntamente con las cartas del Obispo y otros documentos importantes 192 .
Los sacerdotes han de vestir el traje eclesiástico, según las normas dadas por la Conferencia Episcopal y las costumbres legÃtimas del lugar 193 . No descuiden con ligereza ese signo de su estado, que llega a ser para ellos una salvaguardia, y un testimonio para los fieles.
La residencia es, para los pastores, una obligación que está vinculada estrechamente a su oficio. Sin embargo, conforme a las directrices del Obispo, los sacerdotes tienen derecho y necesidad de un suficiente tiempo de vacaciones cada año, que les ha de servir como descanso fÃsico y espiritual. Han de concederse, una breve interrupción, posiblemente semanal, en el trabajo, que les servirá también para ponerse al dÃa con lecturas útiles. Sin embargo, antes de alejarse de la parroquia por largo tiempo, deberán, ponerse de acuerdo con el Obispo y buscar un sustituto para el cuidado pastoral 194 .
La Iglesia vive de su propia vocación siguiendo el camino recorrido por Jesús, quien "realizó la obra de la redención en pobreza y persecución" (cf. Flp. 2, 6-7; 2 Cor. 8, 9) 195 . La coherencia con la pobreza evangélica y la opción preferencial por los pobres es una condición indispensable para que la comunidad eclesial y sus pastores se consideren creÃbles ante los ojos del mundo 196 .
Los sacerdotes, en virtud de su ordenación, están llamados a abrazar "la pobreza voluntaria, por la que se conformen más manifiestamente a Cristo y se tornen más prontos para el sagrado ministerio" 197 .
La virtud de la pobreza para los sacerdotes es, ante todo, la elección radical del Señor como "porción y heredad" (Nm. 18, 20); es vivir en el mundo sin pertenecer a él (cf. Jn. 17, 14-16) y sin disfrutar de él completamente (cf. 1 Cor. 7, 31); es saber establecer una justa relación de desprendimiento y libertad respecto a las realidades terrenas.
La pobreza afectiva y efectiva exige algunos comportamientos determinados de los sacerdotes con relación a sus propios bienes y a los de la Iglesia, respetando la virtud de la justicia 198 :
- Una cierta garantÃa económica: es necesario que los sacerdotes tengan una cierta garantÃa económica como servidores del altar (cf. 1 Cor. 9, 13), para que puedan ejercer el ministerio sin excesivas preocupaciones y distracciones. Vale siempre el principio tradicional de que el mantenimiento de los sacerdotes está confiado a las respectivas comunidades cristianas. Pertenece a las Conferencias Episcopales y a cada Obispo establecer las formas más adecuadas para una justa retribución de los sacerdotes, precisando lo que corresponde al sacerdote y lo que toca a la Iglesia. El uso de los bienes personales, sin embargo, debe también estar impregnado de un espÃritu de pobreza y caridad. Por tanto, los sacerdotes han de vivir la "espiritualidad del peregrino"; cubiertas las necesidades de su vida y la justa retribución de quienes trabajan a su servicio, las ganancias que superen, las emplearán, en favor de la Iglesia y de las obras de caridad, sin acumular para sÃ, convencidos de que el estado clerical no es una ocasión para mejorar la propia situación económica.
- Un estilo de vida sobrio: agradecidos con la Divina Providencia, los sacerdotes utilicen rectamente los bienes temporales para llevar una vida digna, pero sencilla, desprendidos de las riquezas y absteniéndose de todo aquello que puede parecer vanidad. Asà ellos podrán ser verdaderos testigos, y enseñar a los fieles, de manera convincente, el sentido cristiano de los bienes temporales y de su utilización.
En algunos contextos sociales, llegar a ser sacerdote significa, concretamente, subir de grado en la escala social. Esta situación, aunque sea involuntaria, no debe alejar a los sacerdotes de su propia gente. Para que el estilo de su vida sea un testimonio evangélico y no los separe, por tanto, de los pobres, sean los presbÃteros sobrios en el empleo del dinero, ahorrando para ayudar a los que están necesitados; no desprecien la oportunidad de realizar algún trabajo sencillo, por ejemplo, relacionado con la conservación de la casa, pequeños cultivos, etc., sin consagrar, desde luego, demasiado tiempo a éste, con menoscabo de la pastoral. Despójense con gusto de lo que no es necesario, sobre todo de lo superfluo; sigan un criterio de modestia en el arreglo de la casa, en la elección de los adornos, vestidos, medios de transporte, audiovisuales, etc.; eviten las vacaciones frecuentes y en lugares costosos; utilicen bien el tiempo y sean trabajadores. Todo esto lo exige el espÃritu de pobreza, y es necesario también para acercarse a los pobres sin humillarlos.
- Una administración responsable: conscientes de que los bienes temporales de la parroquia son de la Iglesia y no propiedad personal, los sacerdotes velarán porque su administración se haga con justicia y orden, sólo en conformidad con sus finalidades, a saber: la organización y el fomento del culto y del apostolado, la honesta sustentación de los pastores y la ayuda a los necesitados. Sepan establecer una distinción según las normas diocesanas, entre los bienes personales y aquellos de la Iglesia, que no se deben utilizar nunca en beneficio de terceros, ya se trate de parientes o amigos. En la administración de los bienes parroquiales o de las obras pastorales, recurran a la ayuda de expertos, posiblemente laicos; establezcan el consejo de asuntos económicos; tengan al corriente a la comunidad sobre la situación económica de la parroquia, según criterios de prudencia y transparencia: sean precisos en los informes, de acuerdo con las disposiciones del Obispo.
- Autosuficiencia económica y solicitud de donaciones: el objetivo de una comunidad cristiana, desde el punto de vista económico, es aspirar gradualmente a la autofinanciación. Eduquen los sacerdotes a los fieles para proveer las necesidades de la Iglesia y a compartir con los necesitados. Es conveniente, animar a una coparticipación entre las distintas Iglesias. Sean los sacerdotes, sin embargo, discretos al solicitar ofertas y donaciones: éstas se deberán utilizar únicamente en conformidad con las intenciones de los donantes; cuando una ofrenda tiene libre destinación, ha de emplearse en favor de las necesidades de la Iglesia y para ayudar a los pobres. Sean prudentes al solicitar, e incluso también al aceptar ofrendas por parte de ricos y potentes para no exponerse a peligrosos condicionamientos en su ministerio:
- Seguro de enfermedad y de vejez: los sacerdotes han de pagar de acuerdo con la ley, las contribuciones por concepto de previsión social, en caso de enfermedad o de invalidez, y para la pensión de ancianidad. En caso de que la organización civil no contemple estas posibilidades de manera adecuada, es deber de las Iglesias particulares intervenir en ese campo con iniciativas económicas y estructuras propias, a nivel diocesano o, mejor aún, a nivel de la Conferencia Episcopal. Se sugiere, igualmente, que se establezcan casas adecuadas para acoger a los sacerdotes ancianos, de manera que puedan pasar los últimos años de su vida siendo asistidos con amor, en toda serenidad y en un ambiente sacerdotal. En este contexto, se invita a los sacerdotes a que cuiden de su salud en forma de prevención contra las enfermedades, a que se sometan a control médico periódicamente y tomen las precauciones necesarias para evitar las enfermedades contagiosas, en especial en los lugares donde no hay buena higiene.
- Testamento: entre los deberes relacionados con la justicia y la pobreza, está el de hacer a su debido tiempo un testamento escrito, depositándolo de preferencia en la curia diocesana. Ha de tenerse presente que en el testamento no se puede disponer de los bienes de la Iglesia, sino sólo de los bienes personales. Preocúpense los sacerdotes por ayudar a la Iglesia y a los pobres también después de la muerte, y no permitan que sus bienes contribuyan al enriquecimiento de particulares.
La Iglesia ha estimado siempre, "de manera especial para la vida sacerdotal", la continencia perfecta y perpetua por el Reino de los cielos, tan recomendada por el Señor (cf. Mt. 19, 12). En la actual sociedad, a menudo permisiva, los sacerdotes están llamados a confirmar su vocación a la continencia perfecta en el celibato, por la cual se consagran "de nueva y excelente manera" a Dios, "se unen más fácilmente a él con corazón indiviso" (cf. 1 Cor. 7, 32-34) y se dedican al servicio de sus hermanos con mayor libertad y eficacia, viviendo el don de una "más dilatada paternidad en Cristo" 199 . Es importante que la castidad no se considere principalmente como una disposición que inhibe a la persona, sino que se viva haciendo hincapié en sus aspectos positivos.
La castidad perfecta en el celibato es ante todo una gracia que el Padre concede a quienes la solicitan con perseverancia, confianza y humildad. Al estar convencidos, sin embargo, de que la ordenación no los deja a salvo de toda tentación y peligro, y que la castidad por el Reino no se adquiere una vez por todas, sino es el resultado de una conquista diaria 200 , sepan los sacerdotes recurrir a los medios adecuados y no descuiden algunos comportamientos reconocidos como eficaces, a saber:
- La sinceridad con Dios y consigo mismo. En primer lugar, ellos deben tener el valor de ser transparentes ante Dios y ante su propia conciencia, diciéndose la verdad sobre sus aspiraciones y eventuales dificultades o debilidades. El verdadero conocimiento de sà mismo ayuda a descubrir los aspectos que deben reforzarse y aquellos que han de corregirse; la sinceridad con Dios abre a la ayuda sobrenatural, y fortalece la alegrÃa de ser sacerdotes.
- Utilización de los medios adecuados. La experiencia sugiere que se haga atento uso de los medios sobrenaturales y naturales que favorecen la vida en el celibato. Por consiguiente, los sacerdotes renueven cada dÃa su pertenencia total a Cristo; pidan, en la oración, el don de la fidelidad y la perseverancia; confÃen su corazón a MarÃa, Reina de las vÃrgenes; y recurran a la mortificación que los hace capaces de controlarse y de vencer los obstáculos.
La madurez humana es, para los sacerdotes, una condición indispensable para llevar una vida casta. Por tanto, deberán prestar atención a su vida afectiva y, si fuere necesario, se harán ayudar por expertos, de preferencia sacerdotes; cultiven la amistad con sacerdotes y den la primacÃa a la vida común con ellos, evitando quedarse aislados demasiado tiempo; no se expongan a peligros inútiles; sean moderados en la comida, en el uso de bebidas alcohólicas y del tabaco; pongan cuidadosa atención en sus lecturas, en la asistencia a espectáculos, en la utilización de los medios audiovisuales, en los tipos de diversión, y todo lo que pueda tener un carácter de ligereza.
Hay que tener en cuenta que, algunas veces, hay un contraste entre el celibato y las estructuras familiares o tribales. El sacerdote ha de ser coherente con su compromiso también en estos casos, explicando a los demás con las palabras, y sobre todo con la vida, el verdadero significado de su elección.
- Comportamiento con la mujer. En las relaciones con las mujeres es necesaria una especial delicadeza debido al estado sacerdotal y la sensibilidad de la gente 201 . Esto vale, en particular, con las religiosas, al estar más cercanas a los sacerdotes por el espÃritu religioso, el ideal apostólico y el estilo de vida. Los sacerdotes, por consiguiente tienen el deber de mantener relaciones serenas con todas las mujeres, invitándolas a participar en el apostolado, y eviten atenciones preferenciales y todo aquello que puede hacer surgir relaciones contrarias a la dignidad y disminuir la libertad del corazón. Teniendo en cuenta la cultura local, eviten cualquier manera de comportarse que pueda turbar a los fieles y disminuir la credibilidad de los sacerdotes, como, por ejemplo, permanecer solos por mucho tiempo, admitir a las mujeres en las habitaciones, hacer regalos, realizar viajes, etc. En todos estos comportamientos no es suficiente atenerse a la propia conciencia como única norma de conducta; es preciso seguir el criterio general de S. Pablo: "A nadie damos ocasión alguna de tropiezo, para que no se haga mofa del ministerio" (2 Cor. 6, 3; cf. 8, 21). En cuanto a las mujeres que prestan servicio en la casa parroquial, han de seguirse las disposiciones del Obispo o de la Conferencia Episcopal.
La comunión con la familia de origen tiene un gran valor para el sacerdote. En ella encuentra un apoyo natural para su vida. En algunas culturas, el problema de las relaciones entre los ministros consagrados y sus familias es muy agudo, no sólo en cuanto al aspecto humano y afectivo, sino también por la parte económica y de justicia. Se debe adoptar un comportamiento evangélico que ayude a vivir la comunión con los seres queridos, y a asistirlos, sin perder, por otra parte, la libertad necesaria al ministerio.
Edúquense las familias cristianas para que estimen la vocación de sus hijos sacerdotes como un don de Dios a la comunidad, y a que compartan su ideal apostólico, sin intervenir en sus tareas pastorales. Por lo que se refiere al aspecto económico, los hijos sacerdotes ayuden con gratitud a sus parientes, sobre todo a sus padres, si éstos se encuentran necesitados, pero siempre con discreción y sin tomar para ellos de los bienes de la Iglesia. No impliquen nunca a sus parientes en la administración eclesiástica. Aun poniendo en práctica la debida hospitalidad hacia los parientes, eviten recibirlos de manera estable en su propia residencia, en especial si se trata de grupos y procuren que sus visitas no condicionen su propia vida y actividad apostólica debido a su frecuencia o duración.
Al ser ciudadanos de su propio paÃs los sacerdotes tienen el deber de mantener una presencia positiva y dinámica para colaborar en la construcción y en la vida ordenada de la ciudad terrena, según el espÃritu del Evangelio y la doctrina social de la Iglesia.
Como pastores, "fomenten los clérigos siempre, lo más posible, que se conserve entre los hombres la paz y la concordia fundada en la justicia" 202 . Antecedan a sus fieles en la observancia del orden y de las justas leyes del Estado. Tengan también la capacidad de reservarse la libertad requerida por el ejercicio del ministerio pastoral, conforme a los derechos esenciales e inalienables de la Iglesia. En la defensa de esos derechos, y en la afirmación de su propia autonomÃa, actúen los sacerdotes siempre de acuerdo con el Obispo.
Por lo que se refiere a la participación activa en la vida cÃvica, la Iglesia exige a los sacerdotes que asuman un comportamiento conveniente con su estado, y eviten las actividades que pueden comprometer su credibilidad como pastores.
Los siguientes campos implican, para la ley canónica, lÃmites precisos: está siempre prohibido aceptar cargos públicos que lleven consigo una participación en el ejercicio de la potestad civil; sin licencia de su Ordinario, los sacerdotes no han de aceptar la administración de bienes pertenecientes a laicos u oficios seculares que lleven consigo la obligación de rendir cuentas; se les prohibe estipular hipotecas, incluso con sus propios bienes; y han de abstenerse de firmar letras de cambio, en las que se asume la obligación de pagar una cantidad de dinero sin concretar la causa; no deben ejercer, por ningún motivo, actividades de negocios o comerciales, ya sea personalmente o por mediación de otros; ni participar activamente en los partidos polÃticos o en la dirección de asociaciones sindicales 203 .
Si el bien de la Iglesia o de la comunidad civil exige que un sacerdote desarrolle alguna de estas actividades que requieren una licencia especial, el Obispo debe concederla sólo por un tiempo limitado, en conformidad con los criterios de la Conferencia Episcopal y después de haber escuchado la opinión del Consejo presbiteral.
El carácter evolutivo de la persona humana, el desarrollo de la vida cristiana y sacerdotal, el progreso de las ciencias sagradas y profanas, la necesidad de adaptarse a los ritmos de evolución de la sociedad, exigen que los presbÃteros se mantengan en un estado de formación continua. Esta tarea abarca todas las dimensiones de la vida: humana, espiritual, sacerdotal, doctrinal, apostólica y profesional.
La formación humana continua es indispensable al sacerdote para que se mantenga insertado convenientemente en la vida social, entienda sus valores y lagunas, establezca relaciones positivas con las personas, comprenda los cambios y sea apto para formular juicios crÃticos sobre las realidades.
La formación permanente pone de relieve la dimensión espiritual, sacerdotal y apostólica: la vocación al sacerdocio, la relación con Dios, el compromiso de seguir a Cristo, la generosidad en la misión de evangelizador y pastor, la conversión interior, la renovación de los métodos pastorales, son todos aspectos que requieren una continua atención y capacidad de desarrollarse continuamente en vista del gran ideal de la santidad sacerdotal 204 .
Los sacerdotes deberán estar convencidos de la necesidad de continuar el estudio en todos los momentos de su vida, en función de su desarrollo como personas humanas, como alimento de la verdadera piedad y del contacto con Dios, y en relación con el trabajo apostólico. El marco cultural de la formación permanente implica la utilización de instrumentos apropiados, como son los cursos organizados, el estudio personal, el intercambio de experiencias, etc., utilizándolos con perseverancia y con la convicción de que nunca se está suficientemente al dÃa.
La formación permanente presenta caracterÃsticas particulares en determinadas situaciones y edades. En los primeros años después de la ordenación, y especialmente con motivo del primer nombramiento, o del cambio de oficio, préstese ayuda a los sacerdotes, y ellos mismos hagan todo lo posible por insertarse en el nuevo ambiente y tipo de trabajo, siguiendo los pasos de algún sacerdote que tenga experiencia. No debe permitirse que el sacerdote comience un nuevo trabajo sin una conveniente instrucción al respecto. Es necesario que las diócesis dispongan de estructuras adecuadas con este fin, en especial cuando se trata de sacerdotes jóvenes, durante los primeros años que siguen a la ordenación.
En la época de la madurez, es conveniente realizar una revisión crÃtica de la propia vida y actividad apostólica, posiblemente con la ayuda de un periodo más largo de formación especial. Esto podrÃa coincidir con un año sabático. Otros momentos de la vida exigen en los sacerdotes una capacidad especial de adaptación, como la enfermedad y la vejez, cuando hay cambios inevitables de función y limitaciones en la actividad. El Obispo, y los hermanos en el sacerdocio, ayuden al sacerdote a vivir en forma positiva esos momentos, estando cerca de él con su cariño, asistencia, y ayuda también material. En fin, esté el sacerdote siempre preparado para la muerte, considerada como el encuentro con Cristo vivo y glorioso -a quien se ama por encima de todo y se sirve con generosidad y fidelidad- y el principio de la posesión del Reino (cf. Mt. 25, 31. 34).
Las exigencias vinculadas a la vida del presbÃtero son muchas, y urgentes. Se desprenden de los deberes relativos a la oración, de aquellos relacionados con la vida apostólica, de los que se refieren al estudio, al reposo, a los contactos con el prójimo. Dignos de alabanza son, pues, aquellos presbÃteros que saben imponerse un programa de vida y se esfuerzan por permanecer fieles a él cada dÃa. Ese programa no debe limitar la libertad y la espontaneidad, ni vincular a esquemas rÃgidos que impedirÃan el servicio pastoral; debe, más bien, ayudar a trabajar con método y evitar la improvisación y el peligro de descuidar deberes importantes. Por lo tanto, habrá de ser un programa esencial, ordenado, y deberá contemplar la justa proporción entre las distintas obligaciones.
Sin embargo, para lograr la unidad y la armonÃa en la vida del sacerdote, no es suficiente el orden meramente externo en el trabajo pastoral, ni la sola práctica de la oración, ni la constancia en el cumplimiento del propio deber. Hay que llegar a lo más profundo, a la fuente de la identidad del presbÃtero que es la persona de Cristo, de quien él es ministro.
Para lograr la unidad y la armonÃa de su vida, los presbÃteros deberán unirse "a Cristo en el conocimiento de la voluntad del Padre, y en el don de sà mismo por el rebaño que les ha sido confiado" (cf. 1 Jn. 3, 16) 205 .
Del Sacrificio EucarÃstico, sobre todo, surge esa caridad pastoral que es capaz de realizar la unidad y la armonÃa en la vida y en la actividad de los ministros sagrados, y de producir un celo irresistible. Sólo siendo "el hombre de lo sagrado", el presbÃtero será también "el hombre para los demás".
El celo es consecuencia necesaria del carácter sacerdotal y de la respuesta generosa a la gracia que éste implica. Como Pablo, también el sacerdote debe poder decir: "no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mÃ" (Gal. 2, 20); "he sido yo quien, por el Evangelio, os engendré en Cristo Jesús" (1 Cor. 4, 15); "me he hecho todo a todos" (1 Cor. 9, 22); "ay de mà si no predicara el Evangelio" (1 Cor. 9, 16). El celo, que es ardor interior, convicción profunda, y que se expresa en el compromiso misionero, en el servicio pastoral incansable, en la apertura a los que están lejos, en la atención a los demás, en especial a los más pobres, es en el presbÃtero una necesidad intrÃnseca que se desprende de su consagración. Es necesario, por consiguiente, que se realice en todos los presbÃteros esa maravillosa unidad y armonÃa entre la consagración y la misión.
Los sacerdotes hallarán un modelo sencillo y eficaz en la Virgen MarÃa, que ha sabido sintetizar y expresar toda su participación personal en la misión de Jesús mediante su amor maternal. "La Virgen fue en su vida modelo de aquel amor maternal con que es necesario que estén animados todos aquellos que, en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan a la regeneración de los hombres" 206 . MarÃa, que acogió con fe y amor (cf. Lc. 1, 38), contempló en su corazón (cf. Lc. 2, 19. 51) y dio a su Hijo Jesús a los hombres, será fuente perenne de inspiración y una ayuda eficaz para los sacerdotes, para que realicen en el mundo el ardiente deseo de Aquel que les llamó y les envió: "He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y cuánto desearÃa que ya estuviera encendido" (Lc. 12. 49).
El Sumo PontÃfice Juan Pablo II, en el curso de la Audiencia concedida al que suscribe Cardenal Prefecto, el 1 de setiembre de 1989, ha aprobado la presente GuÃa Pastoral y ha dispuesto su publicación.
Roma, en la Sede de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, el 1 de Octubre de 1989, Fiesta de Santa Teresa del Niño Jesús, Patrona de las Misiones.
Jozef Card. Tomko,
Prefecto
José Sánchez, Arzobispo emérito de Nueva Segovia,
Secretario
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