Congregaci贸n para la Evangelizaci贸n de los Pueblos, El Sacerdote, Espiritualidad y Misi贸n

II. IDENTIDAD DEL EVANGELIZADOR Y DEL PASTOR

4. Conciencia misionera del presb铆tero

La comuni贸n de las Iglesias particulares con la Iglesia universal llega a su perfecci贸n s贸lo cuando 茅stas tambi茅n toman parte en el esfuerzo misional en pro de los no cristianos en su territorio, y tambi茅n en aqu茅l que se realiza para con otras naciones 25 .

En el dinamismo apost贸lico, propio de la esencia misionera de la Iglesia 26 , los presb铆teros ocupan necesariamente un lugar importante. Esto debe ponerse de relieve, especialmente, en los que trabajan en territorios de misiones donde se realiza la evangelizaci贸n de los no cristianos.

Con la sagrada ordenaci贸n, los presb铆teros han recibido, en efecto, un don especial que "no los prepara a una misi贸n limitada y restringida, sino a la misi贸n universal y ampl铆sima de salvaci贸n 'hasta lo 煤ltimo de la tierra' (Hch. 1, 8)" 27 .

Por consiguiente, todo presb铆tero debe tener una clara conciencia misionera, que le haga apto y listo para comprometerse efectivamente y con generosidad para que el anuncio del Evangelio llegue a los que todav铆a no profesan la fe en Cristo. El sacerdote es, en verdad, "misionero para el mundo" 28 .

La evangelizaci贸n de los no cristianos que viven en el territorio de una di贸cesis o una parroquia est谩 encomendada, en primer lugar, al respectivo pastor y a la comunidad cristiana local. Este deber apost贸lico exige que el Obispo sea esencialmente mensajero de fe, y que los presb铆teros hagan todo lo posible por predicar el Evangelio a los que se encuentran fuera de la comunidad eclesial, comprometi茅ndose personalmente, y haciendo participar a los fieles, en colaboraci贸n con los misioneros.

En la distribuci贸n de las tareas pastorales, a los sacerdotes locales no deben confiarse, prioritariamente, las comunidades ya formadas y organizadas, dejando al cuidado de los misioneros aquellas que comienzan, o la responsabilidad de evangelizar nuevos grupos. Los sacerdotes locales tienen el derecho y el deber de asumir, ellos mismos, la evangelizaci贸n de sus hermanos que todav铆a no son cristianos, siendo verdaderos ap贸stoles de frontera, sin aspirar a las funciones m谩s destacadas y a puestos seguros, centrales o mejor remunerados.

Es conveniente que las Iglesias j贸venes "participen cuanto antes activamente en la misi贸n universal de la Iglesia, enviando tambi茅n ellas misioneros que anuncien el Evangelio por toda la tierra, aunque sufran escasez de clero" 29 . Que todas las Iglesias particulares sepan dar de su pobreza 30 . Por tanto, adem谩s de los presb铆teros que pertenecen a institutos misioneros, prop贸nganse las di贸cesis enviar sus propios sacerdotes que sienten la llamada de Cristo, como misioneros fidei donum, para que se inserten en la actividad misionera propiamente dicha 31 . Estos sacerdotes est茅n felices de poder vivir con toda plenitud la comuni贸n con Cristo enviado por el Padre (cf. Jn. 17, 18; 20, 21) y con la Iglesia universal, poni茅ndose a disposici贸n de su Obispo para ser enviados a predicar el Evangelio a otros pueblos. Esto requiere en ellos no s贸lo madurez en la vocaci贸n, sino tambi茅n la capacidad de desprenderse de su propia patria, etnia y familia, y una aptitud especial para insertarse en las otras culturas con inteligencia y respeto (cf. Gn. 12, 1-4; Hb. 11, 8).

En ning煤n otro sector del apostolado eclesial, como en 茅ste, los presb铆teros podr谩n demostrar la intensidad de su amor a Cristo, a la Iglesia y al hombre, pudiendo decir con S. Pablo: "Me he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos" (1 Cor. 9, 22) 32 .

5. Conciencia pastoral del presb铆tero

La funci贸n pastoral exige de los sacerdotes una conciencia pastoral profunda, que se basa en su identidad de "consagrados para predicar el Evangelio y apacentar a los fieles y celebrar el culto divino" 33 , participando as铆 en la misi贸n de Cristo Buen Pastor que conoce, alimenta y gu铆a a sus ovejas y va en busca de aquellas que est谩n perdidas o se encuentran todav铆a fuera del redil (cf. Jn. 10, 1 ss.; Lc. 15, 3-6).

En su expresi贸n completa, la conciencia pastoral se manifiesta en el sentido de pertenencia a la Iglesia universal, en comuni贸n de amor y de obediencia al Romano Pont铆fice, principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad de la fe y de la comuni贸n (cf. Mt. 16, 19; Jn. 21, 15-17); y tambi茅n en el sentido de comuni贸n y coparticipaci贸n entre las Iglesias particulares, en las cuales y de las cuales se edifica la Iglesia universal 34 . Una Iglesia particular se vuelve est茅ril si no se da las dem谩s Iglesias hermanas. Esto supone que los presb铆teros est茅n dispuestos a partir, enviados por el Obispo, para colaborar, en la caridad, con las Iglesias m谩s necesitadas, especialmente con aquellas que se encuentran en ambientes solo parcialmente evangelizados 35 .

En su expresi贸n inmediata, la conciencia pastoral se manifiesta en el sentido de pertenencia a la propia Iglesia particular, en comuni贸n con el Pastor, con los dem谩s presb铆teros, los di谩conos y toda la comunidad de los fieles.

La comuni贸n con el Obispo debe ser espiritual y jer谩rquica, y supone algunas actitudes como: reconocer en el la autoridad de Cristo, Supremo Pastor; aceptar con estima y amor su funci贸n de padre de la comunidad diocesana; colaborar activamente con 茅l, con esp铆ritu de obediencia apost贸lica. Los Obispos, por su parte, consideren a los presb铆teros como "hermanos y amigos"; con贸zcanles personalmente; vis铆tenles con frecuencia y preoc煤pense por su bien material y espiritual 36 . La relaci贸n entre Obispos y sacerdotes se basa en un esp铆ritu de fe, pero se desarrolla y se expresa en un clima de mutua confianza, de verdadera estima y de concreta colaboraci贸n, respetando el papel propio de cada cual.

La comuni贸n con los presb铆teros se basa en el hecho de que junto al Obispo, y a su alrededor, ellos forman un "solo presbiterio" 37 . El sentido de pertenencia al presbiterio hace que cada sacerdote se sienta unidos a los dem谩s por "especiales lazos de caridad apost贸lica, ministerio y fraternidad" 38 , realizando as铆 la unidad mediante la cual Cristo quiso que los suyos fueran "perfectamente uno" (cf. Jn. 17, 23). La forma institucionalizada, en representaci贸n del presbiterio, cuya misi贸n es ayudar al Obispo en el gobierno de la di贸cesis es el Consejo presbiteral. En las Iglesias de territorios de misiones, 茅ste desempe帽a una funci贸n pastoral activa; por consiguiente, debe constituirse y valorizarse, lo m谩s ampliamente posible, seg煤n las normas can贸nicas y teniendo en cuenta la situaci贸n concreta local 39 .

La comuni贸n con los fieles requiere que los presb铆teros se consideren Pueblo de Dios con ellos, dedicados radicalmente al desarrollo de la comunidad, con aut茅ntica caridad pastoral, pues han sido tomados de entre los hombres y puestos en favor de las cosas que se refieren a Dios (cf. Hb. 5, 1) 40 . Por consiguiente, oren los presb铆teros incesantemente por sus propios fieles, recomend谩ndoles al amor del Padre (cf. 2 Ts. 1, 11); comprom茅tanse a conocer bien su situaci贸n real, como el pastor conoce sus ovejas (cf. Jn. 10, 14); vivan en medio de ellos como "hermanos entre hermanos" 41 ; recorran con ellos un mismo camino cristiano de fe, d谩ndoles ejemplo (cf. Jn. 13, 15); eviten con cuidado todo aquello que pueda causar esc谩ndalo (cf. 2 Cor. 6, 3); den, con la comunidad, un aut茅ntico testimonio de coherencia cristiana a los que est谩n lejos y todav铆a no creen en Cristo; tengan cuidado de no alejarse de la gente debido a su condici贸n que, con frecuencia, les coloca a un nivel superior en la escala social.

Dignos de alabanza son aquellos sacerdotes que aceptan y ejercen con empe帽o y alegr铆a cualquier servicio que su Obispo les encomiende; que hacen lo posible por acercarse a los no cristianos y no se dejan implicar en actividades ajenas al sentido apost贸lico de su vocaci贸n.

6. Fraternidad sacerdotal

Los presb铆teros, reunidos alrededor del Obispo, vivan la fraternidad, conscientes de que se trata de una verdadera "fraternidad sacramental" 42 , fundamento necesario para una mutua ayuda espiritual, a fin de que desempe帽en el ministerio con unidad de intenci贸n. Tengan ellos presente el valor evangelizador de esa fraternidad sacerdotal por la cual forman un cuerpo din谩mico y cre铆ble, de conformidad con la petici贸n que hizo Jes煤s al Padre en la oraci贸n de la Ultima Cena (cf. Jn. 17, 20-21). La Evangelizaci贸n nunca es un acto aislado o individual, sino siempre profundamente eclesial, que se ha de cumplir con el esp铆ritu y con el m茅todo de la comuni贸n. Esto se hace urgente en las Iglesias en cuyo territorio se est谩 llevando a cabo la evangelizaci贸n de los no cristianos 43 .

Procuren los presb铆teros tener una verdadera amistad con sus hermanos; gracias a 茅sta podr谩n ayudarse, con mayor facilidad, a crecer en la vida espiritual e intelectual, prestarse asistencia en las necesidades materiales, y tener una vida m谩s plena y serena. Esta amistad entre los sacerdotes, realizada en Cristo como consecuencia de la comuni贸n de cada uno con El, es una gran ayuda para superar el peso y las dificultades de la soledad 44 .

Los presb铆teros encargados de la cura de almas, en especial los p谩rrocos, consideren que les han sido confiados especialmente los sacerdotes j贸venes que el Obispo les env铆a como colaboradores; ay煤denlos fraternalmente de manera que no se sientan abandonados y se integren positivamente en el presbiterio.

Entre los medios que favorecen esa fraternidad, se pueden se帽alar las asociaciones sacerdotales. Han de estimarse aquellas que, con estatutos reconocidos por la autoridad eclesi谩stica competente, fomentan la vida espiritual, la convivencia humana, las actividades culturale y pastorales, y favorecen la unidad de los presb铆teros entre s铆 y con su propio Obispo 45 . Han de evitarse las asociaciones que tienen un esp铆ritu cerrado, una mentalidad exclusivista, sobre todo si est谩n de alguna manera relacionadas con grupos potentes o movimientos pol铆ticos, o son favorecidos por ellos 46 . De todos modos, ins铆stase, en las Iglesias j贸venes, en la unidad de todo el presbiterio.

Se debe dar especial importancia a la fraternidad entre los sacerdotes seculares y los misioneros, especialmente los que han contribuido a fundar la Iglesia y a desarrollar el clero nativo.

La fraternidad sacerdotal, cierto, abarca tambi茅n a los sacerdotes que pertenecen a Institutos de vida consagrada o a Sociedades de vida apost贸lica. Y, en cierto sentido, se extiende tambi茅n a los laicos que siguen a Cristo m谩s de cerca en una vida consagrada. Prep谩rense los presb铆teros, y est茅n dispuestos a ayudar espiritualmente a los hermanos y hermanas laicos, de acuerdo con las directrices del Obispo, sin intervenir, sin embargo, en asuntos referentes a la disciplina y a la organizaci贸n interna de la comunidad.

7. Ministro de la Palabra

Pertenece al presb铆tero, como educador del Pueblo de Dios en la fe, part铆cipe de la misi贸n prof茅tica de Cristo y cooperador del Obispo, anunciar la Palabra de salvaci贸n y, con su fuerza, congregar a los fieles (cf. Rom. 10, 17) 47 . Un deber espec铆fico del predicador del Evangelio es comunicar la Palabra de Dios, de la cual es humilde servidor -no la sabidur铆a humana (cf. 1 Cor. 2, 1 ss.) 48 . El ministerio de la Palabra se realiza de distintas maneras. En las Iglesias j贸venes, se pueden destacar las siguientes: el primer anuncio a los no cristianos; la predicaci贸n a los fieles; la catequesis a los catec煤menos y a los bautizados; la evangelizaci贸n de la ense帽anza y de la cultura; el di谩logo individual.

- Evangelizador incansable. El presb铆tero de prioridad a la tarea de anunciar, mediante la palabra, el mensaje del Evangelio a quienes no est谩n todav铆a bautizados en el territorio que le ha sido encomendado. Ese primer anuncio es una responsabilidad fundamental que la Iglesia, a trav茅s de los ap贸stoles, recibi贸 del Se帽or mismo: "Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creaci贸n" (Mc. 16, 15; cf. Mt. 28, 19). Todo sacerdote, en virtud de su funci贸n prof茅tica, y en estrecha colaboraci贸n con la responsabilidad misionera de su Obispo, tiene el deber imprescindible de anunciar a los hombres "al Dios vivo y a Jesucristo enviado por El para salvar a todos (Cf. 1 Ts. 1, 9-10; 1 Cor. 1, 18-21), a fin de que los no cristianos, bajo la acci贸n del Esp铆ritu Santo (cf. Hch. 16, 14), que abre sus corazones, creyendo se conviertan libremente al Se帽or" 49 . Como Pedro y Juan, todo presb铆tero manifieste su deseo de ser mensajero infatigable de la Buena Nueva de Jesucristo: "No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y o铆do" (Hch. 4, 20); y escuche, como si fueran para 茅l las palabras que el Se帽or dijo a Pablo: "No tengas miedo, sigue hablando y no calles, porque yo estoy contigo" (Hch. 18, 9-10).

Al organizar las actividades apost贸licas de la di贸cesis y de la parroquia, debe darse un lugar destacado a la funci贸n espec铆fica del anuncio a los no cristianos, involucrando en primer lugar a los sacerdotes y a los di谩conos, con la estrecha colaboraci贸n de los catequistas y de toda la comunidad de los fieles.

- Al servicio de la predicaci贸n. Es deber del p谩rroco, con sus colaboradores, programar la predicaci贸n, para que llegue a todos los fieles con regularidad y frecuencia, incluso a aquellos grupos que no tienen la posibilidad de celebrar la Eucarist铆a con ocasi贸n de todas las fiestas de precepto.

La predicaci贸n implica, para los sacerdotes, un elevado sentido de responsabilidad y deberes concretos: no debe ser improvisada, sino preparada mediante el estudio, e interiorizaci贸n en la oraci贸n; ha de expresar los valores perennes de la Sagrada Escritura, de la Tradici贸n, de la liturgia, del magisterio y de la vida de la Iglesia 50 ; debe haber coherencia entre la predicaci贸n y la conducta del sacerdote, de manera que la Palabra sea corroborada por el testimonio (cf. Mt. 5, 16); han de exponerse criterios perennemente actuales para la vida cristiana individual y comunitaria 51 .

En la predicaci贸n, se destaca la homil铆a, que es parte de la misma liturgia y est谩 reservada al sacerdote o al di谩cono. Se le da un lugar privilegiado y debe exponer los misterios de la fe y las normas de vida cristiana, bas谩ndose en el texto sagrado y siguiendo el a帽o lit煤rgico 52 . Debe estar vinculada con la catequesis, aplicando a las formas concretas de vida, en el contexto cultural, los misterios proclamados.

En las zonas de misiones, donde hay escasez de clero, p贸ngase de relieve la posibilidad de admitir a predicar tambi茅n a los laicos, en conformidad con las normas can贸nicas 53 . Elijan los sacerdotes algunos de los fieles m谩s id贸neos y prep谩renlos a este delicado ministerio. Si estos 煤ltimos han sido oficialmente escogidos por el Obispo, incl煤yanles en los programas parroquiales de predicaci贸n y as铆stanles fraternalmente.

- Comprometido en la catequesis. La formaci贸n catequ茅tica, entendida como ense帽anza sistem谩tica de la doctrina y como iniciaci贸n gradual en la vida cristiana, es un deber grave de la comunidad eclesial y en particular de los pastores de alma 54 . Los p谩rrocos, en virtud de su cargo, deber谩n garantizar que la catequesis se lleve a cabo en forma ordenada y regular, en favor de todas las categor铆as de los fieles y que abarque todos los grupos de edades 55 .

En las misiones, la catequesis ocupa un lugar de primera necesidad para ayudar a que surjan nuevas comunidades, y fomentando as铆 la formaci贸n religiosa de los bautizados en un contexto eclesial joven que requiere una adecuada inculturaci贸n y que a menudo se ve sometido a presiones contrarias por el ambiente no evangelizado, y recibe la influencia del materialismo moderno.

En este campo es indispensable la cooperaci贸n de todos los miembros de la comunidad, pero especialmente de algunas categor铆as.

Los padres tienen, ante todo, m谩s que cualquier otro, la obligaci贸n de formar cristianamente a sus hijos con las palabras y con el ejemplo 56 . Preparen los sacerdotes a aquellos que est谩n por contraer matrimonio, y apoyen a las parejas y a los padres de familia cristianos en esa peculiar responsabilidad, mediante instrucciones apropiadas y con una ayuda pr谩ctica.

Nadie puede ignorar la importancia de los maestros para ayudar a crecer en la fe a las nuevas generaciones 57 . La ense帽anza de la religi贸n en las escuelas es, para muchos j贸venes, el primer contacto que tienen con el Evangelio. Por lo tanto, emp茅帽ense los sacerdotes en el sector de la pastoral de las escuelas cat贸licas y estatales, pues son un terreno prometedor para una primera evangelizaci贸n y un medio propicio para la formaci贸n religiosa de los j贸venes ya bautizados, ya que se debe encarnar el mensaje cristiano en los valores de la cultura que la escuela transmite. Las maneras de intervenir deber谩n ser diferentes, seg煤n las instituciones escolares, la preparaci贸n religiosa de los maestros y las leyes del Estado. Lo que cuenta es hacerse cargo, con convicci贸n, del sector escolar, en la pastoral diocesana y parroquial 58 .

En las Iglesias de misiones, los catequistas tienen la tarea de explicar la doctrina evang茅lica y de organizar, en colaboraci贸n con los sacerdotes, los actos lit煤rgicos y las obras de caridad 59 . En algunos casos, se les conf铆a el cuidado espiritual de peque帽as comunidades donde el sacerdote s贸lo puede estar raras veces. Con el desarrollo de las Iglesias, el catequista para todo se va configurando m谩s bien como una funci贸n espec铆fica, con la 煤nica tarea de la catequesis. Es necesario que los sacerdotes se entiendan muy bien con los catequistas, dando valor a su trabajo, retribuy茅ndoles justamente y se preocupen por su formaci贸n espiritual e intelectual, de acuerdo con las normas diocesanas, en escuelas destinadas a este fin 60 .

Instruir, y acompa帽ar a los catec煤menos, es una de las funciones primordiales de los catequistas. La experiencia demuestra que el desarrollo de la primera evangelizaci贸n se debe a su generosidad, sobre todo en las zonas donde los no cristianos son numerosos. En este contexto, ha de subrayarse la funci贸n del catecumenado peculiar de las misiones que, a trav茅s de la instrucci贸n y la pr谩ctica, inicia a los catec煤menos en el misterio de la salvaci贸n y les lleva a vivir la fe, la caridad y el apostolado. Es tarea de las Conferencias Episcopales establecer estatutos para organizar el catecumenado sobre la base del Ordo Initiationis Christianae, especificando los deberes, las prerrogativas y los programas de los catec煤menos 61 . Se pida a los sacerdotes un empe帽o generoso para valorizar el catecumenado, con la convicci贸n de que es el mejor medio para que se desarrolle la comunidad, en cuanto a nuevos miembros, y en madurez.

Para facilitar la instrucci贸n catequ茅tica y, en general, el anuncio de la Palabra, es importante que los presb铆teros crean en la utilidad de los medios de comunicaci贸n grupales y sociales, y los empleen, ayudando tambi茅n a los fieles a formarse criterios eficaces para su correcta utilizaci贸n. Habr谩n, pues, de tener una cierta sensibilidad, suficiente preparaci贸n, capacidad para suscitar la colaboraci贸n de los laicos, y saber emplear los medios apropiados 62 .

- El di谩logo entre las personas. Todas las formas de comunicaci贸n de la Palabra deben realizarse mediante la transmisi贸n, siempre eficaz, de persona a persona. El Se帽or mismo la utiliz贸, como lo demuestran, por ejemplo, las conversaciones con Nicodemo (cf. Jn. 3, 1 ss.), la Samaritana (cf. Jn. 4, 1 ss.), Sim贸n el fariseo (cf. Lc. 7, 1 ss.) y con otros. Hay que estimular el contacto personal del que comunica la Palabra con el que la recibe. Los sacerdotes, en particular, valoricen el Sacramento de la Penitencia y la direcci贸n espiritual como medios importantes de formaci贸n; mediante el contacto y di谩logo fraternos, se podr谩n dar respuestas m谩s adecuadas a los problemas, siempre diferentes, de persona a persona 63 .

8. Presidente de las celebraciones lit煤rgicas y ministro de los Sacramentos

El presb铆tero, part铆cipe de manera especial del Sacerdocio de Cristo, actuando como ministro suyo y bajo la autoridad del Obispo, ejerce su funci贸n sacerdotal sobre todo en los actos lit煤rgicos y en la administraci贸n de los sacramentos 64 . Debe, por tanto, empe帽arse en adquirir un profundo sentido lit煤rgico y ser un animador convencido de la vida lit煤rgica de los fieles 65 .

- Pastoral sacramental. Por lo que se refiere al ministerio de los sacramentos, la tarea primordial de los presb铆teros es procurar que se conozca verdaderamente, en especial mediante la catequesis, su car谩cter eclesial, su finalidad intr铆nseca y su unidad con la Eucarist铆a, la aptitud radical de los fieles para recibirlos y vivir su gracia propia en virtud del sacerdocio com煤n de los fieles 66 . L煤chese contra la idea equ铆voca de que los sacramentos han de considerarse como acciones aisladas en s铆 mismas, como un efecto m谩gico, separados de la vida.

Dado que los fieles bien dispuestos tienen derecho a recibir los sacramentos 67 , procuren los pastores que tengan una preparaci贸n adecuada 68 . Es necesario precisar, aqu铆, que la pastoral sacramental no se limita al tiempo que precede a la celebraci贸n, sino sigue m谩s adelante para acompa帽ar y llevar a la madurez, prestando especial atenci贸n a los ne贸fitos 69 . La comunidad tiene el deber de crear un ambiente fraterno a quienes reciben los sacramentos por primera vez.

Para que la Iglesia pueda desarrollarse, es preciso poner de relieve el car谩cter central de la Eucarist铆a, en virtud de la cual, y alrededor de la cual la comunidad se forma, vive y llega a la madurez. Al ofrecer el Santo Sacrificio "en la espec铆fica identificaci贸n sacramental con el Sumo y Eterno Sacerdote" 70 , los presb铆teros habr谩n de colocar, efectivamente, el misterio eucar铆stico en el centro de su vida y de su comunidad. No olviden que s贸lo a partir de ese centro vital podr谩n anunciar la Palabra con fruto y reunir a la comunidad que les ha sido encomendada. Esfu茅rcense por estimular a los fieles a que tomen parte activa en la Santa Misa, ofreciendo la divina v铆ctima a Dios Padre y uniendo la ofrenda de su propia existencia 71 , reciban con frecuencia el pan de vida, y veneren con adoraci贸n a Cristo vivo en el tabern谩culo 72 . Cuando, por falta de sacerdotes, no es posible celebrar la Santa Misa todos los domingos en todas las comunidades, los pastores deben establecer un programa que, contemple la celebraci贸n por turnos, de manera que los fieles puedan tener una cierta garant铆a y orden en este campo esencial para su vida cristiana.

En la situaci贸n actual, conviene tambi茅n invitar a los sacerdotes a un "ejercicio diligente, regular, paciente y fervoroso del sagrado ministerio de la Penitencia" 73 . Esta pastoral requiere disponibilidad y esp铆ritu de sacrificio, pero es la expresi贸n m谩s elevada de la misericordia de Dios en Cristo a trav茅s del ministerio de la Iglesia. Esfu茅rcense los sacerdotes en presentar este sacramento tambi茅n como una soluci贸n para los conflictos del mundo actual, en cuanto que el pecado individual repercute siempre en la vida social, con consecuencias desastrosas para la dignidad integral del hombre 74 .

En las Iglesias de territorio de misiones, gracias a una catequesis fiel a la doctrina, y a la generosidad de los pastores, la pr谩ctica del sacramento de la Penitencia es todav铆a frecuente. Habr谩 que superar las dificultades en cuanto a la organizaci贸n y al n煤mero limitado de confesores para conservarla e intensificarla. Una programaci贸n ordenada ayudar谩 a coordinar las fuerzas; en especial, con ocasi贸n de las grandes fiestas, de manera que los sacerdotes que son vecinos se ayuden mutuamente. Hay que tener siempre presente que la confesi贸n individual es el 煤nico modo ordinario para que un fiel consciente de que est谩 en pecado grave se reconcilie con Dios y con la Iglesia. Por lo que se refiere, en cambio a la absoluci贸n a varios penitentes a la vez, sin previa confesi贸n individual, hay que recordar que puede administrarse s贸lo bajo ciertas condiciones: cuando hay peligro de muerte, o si se prsenta una necesidad grave; es decir, cuando, teniendo en cuenta el n煤mero de penitentes, no hay bastantes confesores para o铆r debidamente la confesi贸n de cada uno dentro de un tiempo razonable, de manera que los penitentes, sin culpa pro su parte, se ver铆an privados durante notable tiempo de la gracia sacramental o de la sagrada comuni贸n. Corresponde al Obispo diocesano juzgar si se dan las condiciones requeridas por la norma can贸nica; 茅ste, teniendo en cuenta los criterios acordados con los dem谩s miembros de la Conferencia Episcopal, puede determinar los casos en los que se verifica esa necesidad 75 . No habr谩n de descuidarse, especialmente en los momentos principales del a帽o lit煤rgico, las celebraciones penitenciales comunitarias; se ayudar谩 a los fieles a comprender el sentido profundamente eclesial de purificaci贸n, aunque no sea bajo la forma sacramental.

Principalmente, pero no exclusivamente, en los Territorios donde se realiza la primera evangelizaci贸n de los no cristianos, los sacramentos del Bautismo y de la Confirmaci贸n requieren especial atenci贸n por parte de los sacerdotes.

Por lo que se refiere al Bautismo, subr谩yense especialmente los efectos, a saber: la liberaci贸n del pecado, la filiaci贸n divina, la configuraci贸n con Cristo y la incorporaci贸n a la Iglesia 76 . En la fase de preparaci贸n, la pastoral debe dirigirse a los padres y a los padrinos cuando se trata del Bautismo de ni帽os, y a los candidatos mismos cuando son adultos 77 . Se debe valorizar la natural conexi贸n entre catecumenado y bautismo 78 . No deber descuidarse la pastoral postbautismal, ya que los ne贸fitos necesitan una especial ayuda para cumplir fielmente los deberes de la vida cristiana e integrarse en la comunidad eclesial que les ha recibido 79 .

En cuanto a la Confirmaci贸n, tambi茅n es importante insistir en los efectos. Por ella se progresa en el camino de la iniciaci贸n cristiana, y ella enriquece con los dones del Esp铆ritu Santo, vinculada m谩s estrechamente a la Iglesia y obliga m谩s estrictamente a comprometerse en el apostolado, dentro y fuera de la comunidad eclesial 80 . La pastoral debe cuidar de la preparaci贸n de los confirmandos y luego acompa帽arlos para que su vida cristiana sea m谩s madura y su compromiso apost贸lico, a煤n con los no cristianos, sea m谩s generoso. La administraci贸n de la Confirmaci贸n es una ocasi贸n propicia para establecer un v铆nculo personal y concreto entre cada uno de los candidatos y el Obispo.

- Algunas prioridades en la pastoral lit煤rgica. En las Iglesias que se van desarrollando hacia una plena madurez, la pastoral lit煤rgica presenta algunos aspectos prioritarios: ante todo, el sentido comunitario de las celebraciones, como obra de Cristo y de la Iglesia 81 , en las cuales todo cristiano puede participar seg煤n sus aptitudes, de acuerdo con las distintas 贸rdenes y funciones 82 . Adem谩s la necesidad de la participaci贸n activa que supone, tanto una previa preparaci贸n, como una conciencia del valor de la acci贸n lit煤rgica 83 . La pastoral lit煤rgica exige, adem谩s, que se preste atenci贸n a la relaci贸n entre la celebraci贸n y la vida, de manera que los fieles puedan manifestar en sus actividades las m煤ltiples riquezas del misterio de Cristo que han conocido mediante la fe 84 . Ese tipo de pastoral exige un notable esfuerzo de inculturaci贸n, para que se comprendan m谩s f谩cilmente las celebraciones y correspondan a la sensibilidad de las personas en su contexto cultural, sin desde luego disminuir el imprescindible sentido de misterio 85 . El estudio y las iniciativas de inculturaci贸n de la liturgia deber谩n emprenderse a nivel de las Conferencias Episcopales, en conformidad y armon铆a con la tradici贸n y las normas de la Iglesia universal. Los sacerdotes con cura de almas deber谩n sostenerlas con convicci贸n y realizar las orientaciones seg煤n el programa com煤n aprobado en la di贸cesis 86 . En fin, t贸mense bien en cuenta las celebraciones dominicales cuando falta el ministro sagrado. Ratificada la celebraci贸n de la Eucarist铆a como centro y cumbre de la vida cristiana, es indispensable asegurar a las comunidades alejadas del centro una reuni贸n de oraci贸n todos los domingos, aun cuando no se puede celebrar la Misa por falta de sacerdotes 87 . Las Conferencias Episcopales y los Obispos locales tienen el deber de organizar esas celebraciones conforme a las normas de la Iglesia 88 por lo que se refiere a su contenido, su relaci贸n con el a帽o lit煤rgico, la persona que las debe presidir, su desarrollo y la necesidad de no confundirlas con la celebraci贸n eucar铆stica. Corresponde a los sacerdotes preparar a las comunidades interesadas y a sus animadores, de manera que estas celebraciones en las que se lee la Palabra de Dios y, posiblemente, se distribuye la Eucarist铆a, sean una verdadera expresi贸n de la oraci贸n de la Iglesia que pueda ayudar a los fieles a santificar el domingo y aumentar en ellos el deseo de participar en la Santa Misa.

- La actitud del sacerdote que preside habr谩 de inspirarse no s贸lo en una comprensi贸n adecuada 89 ; debe tener, asimismo, una apropiada dignidad. Esta se logra, en la liturgia, tambi茅n en la sencillez y pobreza de los edificios y objetos sagrados, siempre que las celebraciones se realicen con devoci贸n interior y exterior, evitando toda prisa o descuido. Esfu茅rcese, pues, el presidente de la acci贸n lit煤rgica, por animarla activamente, interviniendo personalmente con las exhortaciones apropiadas que aparecen en las r煤bricas y dejando lugar a las otras intervenciones: lecturas, cantos, gestos, y a los momentos de silencio. La presidencia de las acciones lit煤rgicas, y su animaci贸n, exigen al sacerdote riqueza interior, buen conocimiento doctrinal, la capacidad de hacer participar a los dem谩s y el esmero en prepararse cada vez.

- Fiel observancia de las normas lit煤rgicas. Por lo que se refiere a los gestos, palabras, ornamentos y objetos, el sacerdote debe hacer hincapi茅 en el sentido de lo sagrado que est谩 relacionado con el culto, y mostrar tambi茅n un inter茅s pedag贸gico. La Iglesia ha publicado instrucciones precisas al respecto que todos los sacerdotes deben seguir 90 . Esta fidelidad a las normas de la celebraci贸n, y el dinamismo al presidir, servir谩n de ejemplo para la comunidad. Los fieles deber谩n comprender la magnitud de los misterios que se celebran por el fervor interior de los sacerdotes y la dignidad de su comportamiento. Sepan los sacerdotes que faltan a su funci贸n de gu铆as y pueden desorientar a los fieles cuando modifican, con ligereza, el desarrollo de la acci贸n sagrada agregando o suprimiendo algo indebidamente, o celebran sin ornamentos, con vasos no sagrados, o fuera del lugar y sede prescritos. Reconociendo que existen situaciones de necesidad y hay excepciones justificadas, se invita calurosamente a los sacerdotes a brindar a las j贸venes comunidades de misiones celebraciones lit煤rgicas lo m谩s dignas y ordenadas posibles. Recuerden, en fin, que las celebraciones realizadas con dignidad son un sublime llamamiento para quienes se interesan por el cristianismo y se est谩n acercando a 茅l.

9. Liberaci贸n, promoci贸n humana y opci贸n preferencial por los pobres

La promoci贸n del hombre est谩 asociada a la evangelizaci贸n: se trata, en efecto, de la 煤nica misi贸n de la Iglesia que se siente comprometida, por voluntad de Cristo (cf. Mt. 25, 41-45; Lc. 16, 19-31), en un aut茅ntico desarrollo integral del hombre, como individuo y como sociedad, hasta llegar a denunciar, cuando es necesario, los males y las injusticias sociales que lo aquejan 91 . Hay que recordar, sin embargo, que la misi贸n propia de la Iglesia no es de orden "pol铆tico, econ贸mico o social", sino "religioso" 92 , en cuanto que ella "da su primera contribuci贸n a la soluci贸n del problema urgente del desarrollo cuando proclama la verdad sobre Cristo, sobre s铆 misma y sobre el hombre" 93 .

En este mismo marco, surge la cuesti贸n de la liberaci贸n, que se siente con mayor o menor urgencia en distintas partes de la Iglesia, con todo lo que ella implica en la acci贸n. Todo hombre ha sido llamado, en el eterno designio del Padre, a la comuni贸n con Dios, con el g茅nero humano y con todo el mundo; 茅ste se encuentra 铆ntimamente vinculado al hombre y por medio de 茅l alcanza su fin. Esta comuni贸n es quebrantada por el pecado, pero restaurada en Cristo, seg煤n la promesa de salvaci贸n que Dios anunci贸 desde los or铆genes de la humanidad (cf. Gn. 3, 15; Rom. 5, 20-21). Cristo, muerto y resucitado, en efecto, libera al hombre del pecado y de sus consecuencias de opresi贸n, ego铆smo e injusticia a nivel individual y social, restaura la comuni贸n y ofrece a todos la salvaci贸n. Siguiendo el ejemplo de Cristo, la Iglesia proclama esta misma liberaci贸n y se empe帽a en ayudar al hombre para que la conquiste en todos los campos de su existencia. Es necesario que en los territorios de misiones, los sacerdotes tengan una conciencia clara y precisa de este problema y conozcan exactamente los elementos esenciales de una teolog铆a de la liberaci贸n conforme al magisterio de la Iglesia 94 , a fin de dar una contribuci贸n eficaz en el pensamiento y la acci贸n, sin caer en ideolog铆as sectarias.

La tarea espec铆fica de los laicos es llevar los valores del Evangelio y del Reino al campo econ贸mico, social y pol铆tico 95 . A los sacerdotes corresponde preocuparse por su preparaci贸n y asistirles, as铆 como acompa帽arlos y estimularlos a asumir sus responsabilidades en el campo espec铆fico de las realidades temporales 96 . Tengan los sacerdotes valor y equilibrio en este sector del apostolado.

Para ejercer, de manera eficaz, la pastoral de la liberaci贸n, de la promoci贸n humana y de la justicia, procuren los sacerdotes conocer completamente la doctrina social, las directrices y las opciones pastorales de la Iglesia. Sepan estar cerca de su gente -cuando 茅sta se halla oprimida por quienes tienen las riquezas y el poder- manteniendo relaciones de solidaridad, acogida y concientizaci贸n, de manera que no se someta pasivamente a las situaciones de injusticia social. No se detengan los pastores ante las dificultades inevitablemente relacionadas con esta pastoral.

Hay que recordar, asimismo, el grave fen贸meno de los refugiados a causa de la guerrilla o de las calamidades naturales. El sufrimiento del exilio, la disgregaci贸n de las familias y el aislamiento, adem谩s de la extrema miseria, tienen como resultado, a menudo, el derrumbamiento de los ideales, la desconfianza o incluso la desesperaci贸n. La fe religiosa constituye un apoyo precioso para reconstruir una vida. A menudo, el sacerdote es el primero que recibe el impacto de estas situaciones, con los problemas inherentes como la concentraci贸n de la poblaci贸n, la promiscuidad en los campos de pr贸fugos, y los j贸venes que van a la deriva. En estos casos, se requiere una especial sensibilidad y preparaci贸n, por parte de los sacerdotes, para realizar una cura pastoral m谩s espec铆fica.

Cuando se trata de llevar a cabo iniciativas de desarrollo, y en los casos en que se denuncian injusticias p煤blicas, act煤en los sacerdotes no aisladamente sino unidos, con un programa estudiado a nivel diocesano y aprobado por el Obispo. Debe tenerse presente que algunas intervenciones desproporcionadas y personales, en especial en el campo sociopol铆tico, pueden hacer deslizar al sacerdote fuera de su esfera que es la caridad pastoral, disminuir la credibilidad en su misi贸n, desorientar a los fieles y perjudicar al apostolado.

Las solicitudes de ayuda material para otras Iglesias o instituciones p煤blicas deben hacerse siempre con aprobaci贸n del Ordinario y seg煤n un plan diocesano, a fin de garantizar una sana precauci贸n entre las distintas comunidades parroquiales.

Entre las exigencias del Evangelio, se destaca la caridad hacia todos, en particular hacia los pobres. La Iglesia reitera su opci贸n, o amor preferencial por los pobres, pidiendo a los sacerdotes que sean coherentes. No se trata de una elecci贸n exclusiva, sino de una forma especial del primado de la caridad; un amor a los hermanos por lo que ellos son, y no por lo que poseen o por la situaci贸n privilegial en que se encuentran. Hay que tener presente que se consideran pobres no s贸lo los que no tienen, sino tambi茅n algunas clases y categor铆as de personas muy numerosas de oprimidos, marginados, o personas en graves dificultades como los minusv谩lidos, los desocupados, los emigrantes, los refugiados, los drogadictos, etc. 97 . Est茅n los sacerdotes cerca de estos hermanos, compartiendo sus problemas y sus sufrimientos, y viendo en ellos el rostro doliente de Cristo (cf. Mt. 25, 40).

Asimismo en la realizaci贸n de obras de desarrollo social, est茅n convencidos los sacerdotes de que la evangelizaci贸n debe imponerse gracias a los valores sobrenaturales del Evangelio y no por la fuerza de los medios econ贸micos. En la salvaguardia de la misi贸n de la Iglesia, ev铆tese despertar intereses demasiado terrenales en los fieles y en quienes se acercan al Cristianismo.

10. Art铆fice de la colaboraci贸n

El apostolado es un acto eclesial, comunitario, ordenado jer谩rquicamente en distintos niveles de competencia 98 .

Los sacerdotes tienen el deber de ejercer su servicio pastoral con un esp铆ritu eclesial, permaneciendo profundamente insertados en la comunidad, en uni贸n y obediencia al Obispo y en colaboraci贸n con todos los agentes de pastoral, evitando obrar en forma aut贸noma y personalista y siguiendo la marcha de la comunidad en la realizaci贸n de planes de acci贸n, con paciencia y flexibilidad.

El compromiso de los presb铆teros a nivel diocesano se manifiesta tambi茅n mediante su inserci贸n en los distintos consejos y organismos. Manifiesten ellos su participaci贸n con inter茅s y generosidad, con miras al desarrollo de toda la familia diocesana.

En la parroquia, pertenece en primer lugar al p谩rroco organizar la cooperaci贸n entre todos los agentes de pastoral: sacerdotes, di谩conos, religiosos y laicos 99 . Debe estimularse el esfuerzo por promover la unidad entre aquellos que trabajan con plena dedicaci贸n, mediante reuniones regulares y frecuentes de informaci贸n, planificaci贸n y b煤squeda de medios de acci贸n.

Con un esp铆ritu de confianza, hay que promover en la parroquia los organismos de participaci贸n previstos por el derecho can贸nico, como el Consejo pastoral 100 y el consejo de asuntos econ贸micos 101 ; as铆 como otras iniciativas comunitarias como peque帽as comunidades, asociaciones y movimientos. Hay que tener presente que, en algunas culturas, la peque帽a comunidad eclesial es fundamental en la estructura social y puede constituir un marco ideal tambi茅n para la vida cristiana. Ay煤dese a estas comunidades de base a ser verdaderamente eclesiales, es decir, a estar en comuni贸n y cooperaci贸n real con la Iglesia y con los Pastores, en la doctrina, la organizaci贸n y las iniciativas apost贸licas 102 . La sensatez del sacerdote debe facilitar la cooperaci贸n en la acci贸n de los diversos grupos, con un esp铆ritu de unidad, pero respetando las caracter铆sticas propias de cada uno y su propia autonom铆a.

Tanto a nivel diocesano como parroquial, merece destacarse especialmente la colaboraci贸n entre el clero local y los misioneros provenientes de otros pa铆ses, teniendo presente que muchos de ellos son religiosos. Estos trabajan en virtud de un mandato universal de la Iglesia, confiado por la Autoridad Suprema, y de una convenci贸n especial con el Ordinario local. Su presencia es un don precioso de la Iglesia misionera y un intercambio de caridad entre Iglesias particulares. Sepan estos misioneros integrarse en la sociedad e insertarse en la Iglesia local, en cuanto son parte de ella de pleno derecho: son miembros del presbiterio si son sacerdotes, y se adhieren en todo a su Pastor por lo que se refiere a la actividad pastoral sin dejar de vivir y de actuar conforme al carisma espec铆fico de las constituciones de su respectivo Instituto 103 . Los presb铆teros locales, superando todo esp铆ritu de falso nacionalismo, vivan en comuni贸n con ellos y sepan valorar su cooperaci贸n apost贸lica que, sobre todo en lo que respecta a la primera evangelizaci贸n, no es s贸lo 煤til y especializada, sino en muchos casos indispensable. Favorezcan, por su parte, los misioneros, el justo desarrollo de fuerzas locales. Establ茅zcase entre estos Institutos y el clero local una coordinaci贸n ordenada de la acci贸n pastoral, bajo la direcci贸n del Obispo, respetando el sentido de unidad entre ap贸stoles, el car谩cter y el fin de cada Instituto 104 .

Para promover la pastoral de conjunto, que es de capital importancia para la actividad misionera, los sacerdotes deber谩n actuar con arreglo a una acertada planificaci贸n, por lo menos a nivel diocesano y parroquial. Esto requiere la utilizaci贸n de una t茅cnica ya experimentada, a saber: conocer la realidad y establecer los objetivos generales y espec铆ficos, los criterios, las estrategias y las formas de actuar. Para que la planificaci贸n no sea s贸lo te贸rica, h谩ganse programas concretos, estableciendo las metas, las iniciativas, los responsables, los medios, lugares, fechas, etc. Los programas habr谩n de someterse a revisiones regulares.

11. Pastor dedicado a la evangelizaci贸n de las culturas

El Evangelio trasciende todas las culturas y no se identifica con ninguna de ellas (cf. Jn. 18, 36). Sin embargo, el Reino que anuncia el Evangelio, lo viven hombres profundamente vinculados a una cultura, y la edificaci贸n de este Reino no puede prescindir de los elementos culturales. Este importante sector tiene un profundo significado en la evangelizaci贸n misionera; se sit煤a, en efecto, en el marco de la Encarnaci贸n del Verbo. Es deber de la Iglesia, nada f谩cil, evangelizar las culturas, es decir, favorecer y acoger todos los recursos, las riquezas, las costumbres de los pueblos en la medida en que son buenos; adem谩s, anunciar la Buena Nueva a todas las capas de la humanidad para transformarlas desde el interior, purificarlas de los elementos negativos viejos y nuevos, de manera que se pueda expresar nuevamente el mensaje evang茅lico a trav茅s de manifestaciones valederas.

La inculturaci贸n ha de realizarse, en primer lugar, en las Iglesias particulares, consider谩ndolas como comunidades que viven una experiencia cotidiana de fe y de amor. Los especialistas pueden estimularla y guiarla, pero ellos no son los agentes principales. Por otra parte, la inculturaci贸n no es tarea de una sola comunidad, sino de todas las Iglesias que viven en una determinada zona cultural. La inculturaci贸n, en fin, no es un acto que se realiza una vez por todas, sino una continua integraci贸n de la experiencia cristiana en una cultura, que nunca es estable ni termina.

Es importante recordar que el Evangelio, durante siglos, ha penetrado en diferentes culturas, asumiendo sus valores, que han llegado a ser valores humanos universales, elementos que han podido responder a las exigencias de cualquier cultura. Esto facilita y enriquece la inculturaci贸n del mensaje evang茅lico en cada cultura. Hay que tener en cuenta lo anterior, en el discernimiento de los elementos, para no realizar una obra de demolici贸n que podr铆a privar a un determinado grupo humano de un patrimonio cultural que es patrimonio de toda la Iglesia.

Los sacerdotes deben comprometerse, con alegr铆a y confianza, en este campo del apostolado, aprendiendo a juzgar su propia cultura, es decir, a distinguir en ella los valores, las deficiencias o los errores, y tambi茅n las consecuencias del pecado, de manera que cualquier manifestaci贸n cultural no se considere como valor. Ellos deben tener presente que la inculturaci贸n no debe estar en contradicci贸n con la unidad de la Iglesia, sino que debe partir siempre de la Sagrada Escritura, permaneciendo fiel a la Tradici贸n y a las directrices del Magisterio vivo 105 . Pero para que la inculturaci贸n alcance su fin y los fieles no queden desorientados, los sacerdotes deben actuar en uni贸n con el Obispo y los dem谩s presb铆teros, siguiendo un programa com煤n, establecido a nivel de la Conferencia Episcopal 106 .

En este contexto, se presenta la funci贸n imprescindible de la religiosidad popular cat贸lica presente en el pa铆s. Si esta se considera en cuanto conjunto de valores, creencias, actitudes y expresiones tomadas de la religi贸n cat贸lica, es un elemento privilegiado para el di谩logo entre el Evangelio y las culturas; constituye la sabidur铆a de un pueblo. Por tanto, para evangelizar profundamente una cultura, hay que formar en ella esa religiosidad. Procuren los sacerdotes que la religiosidad popular se alimente de un conocimiento del mensaje cristiano aut茅ntico y no caiga en la magia, la superstici贸n, el fatalismo, u otras formas desviadas de religiosidad 107 .

12. Amigo y gu铆a de los j贸venes

Los j贸venes son una realidad viva y actuante en la Iglesia; se encuentran en el centro de sus preocupaciones y de su amor; son su esperanza 108 . La Iglesia, convencida de que la juventud es por s铆 misma una riqueza 109 , y de que los j贸venes influyen de manera decisiva en la edificaci贸n de la sociedad 110 , los encomienda a los sacerdotes para que 茅stos les presten un cuidado particular 111 y se formen hombres y mujeres con una recia personalidad humana y cristiana 112 . En las j贸venes comunidades eclesiales que se encuentran, principalmente en contextos con mayor铆a de j贸venes, este tipo de pastoral se considera de orden prioritario, sin que se pueda renunciar a 茅l, en bien del presente y del porvenir de la Iglesia 113 . Den los sacerdotes importancia a los j贸venes para la obra de evangelizaci贸n. Se puede hablar, con raz贸n, de un apostolado de la esperanza, si los j贸venes son evangelizados y llegan a ser protagonistas de la evangelizaci贸n de sus compa帽eros no cristianos 114 .

La actitud del sacerdote respecto a los j贸venes ha de ser apropiada; debe caracterizarse por un sincero amor y una gran disponibilidad por su parte; tendr谩 que aceptar, aunque sea molesto, su vitalidad; habr谩 de compartir sus ideales, sus puntos de vista v谩lidos, sus problemas y sus actividades; tendr谩 que ser capaz de estimularlos a que den un juicio cr铆tico al afrontar situaciones dif铆ciles como pueden ser, por ejemplo, una cierta cultura secularizada, y a menudo atea; las ideolog铆as alienantes; la tensi贸n debida a las injusticias sociales; la difusi贸n de la droga, el permisivismo sexual, el desempleo, etc. Los sacerdotes, por consiguiente, debe permanecer junto a los j贸venes para iluminarlos y guiarlos en medio de estos escollos, ayud谩ndoles as铆 a formarse en un ambiente de confianza, a superar las contradicciones que les son peculiares y a expresar propuestas positivas de vida y emprenderlas en forma coherente. Por tanto, tendr谩n que hacer lo posible por examinar las cosas desde el punto de vista de los j贸venes, darles mucho tiempo, mostrarles inter茅s, tener con ellos relaciones de amistad y utilizar la pr谩ctica de la direcci贸n espiritual que influye de manera tan profunda en los a帽os de la juventud. Los sacerdotes deben tener siempre presente que la Iglesia tiene muchas cosas que decir a los j贸venes, y 茅stos tienen muchas cosas que decir a la Iglesia 115 .

Es necesario, asimismo reunir a los j贸venes en grupos masculinos, femeninos o mixtos, valorizando las estructuras escolares, las asociaciones y los movimientos, o tambi茅n promoviendo la formaci贸n de grupos espont谩neos. Los j贸venes tienen necesidad de participar y de sostenerse mutuamente, de realizar algo efectivo, para crecer juntos. Por lo tanto, traten los sacerdotes de conocer bien la din谩mica de grupo y, sobre todo, preoc煤pense por formar dirigentes de grupos juveniles.

A nivel diocesano, habr谩 que establecer un organismo para la promoci贸n de la pastoral juvenil, con sacerdotes preparados, a los que se les encomiende este ministerio y que est茅n disponibles para intervenir en las parroquias o en los grupos con una aportaci贸n cualificada.

Presten especial atenci贸n los sacerdotes a un fen贸meno actual particular que influye en la difusi贸n del mensaje: un gran n煤mero de j贸venes insisten, por una parte, en que se les considere como tales a una edad ya adulta; mientras, que por otro lado, imponen criterios poco maduros, que ellos llaman juveniles, para juzgar la vida. Es un problema de inadaptaci贸n que debe tenerse presente all铆 donde se manifiesta, para evitar condicionamientos.

La pastoral juvenil no se limita a los j贸venes; se refiere a toda la comunidad cristiana. Se trata de formar y de ayudar a la comunidad a comprender y a tener en cuenta los anhelos de los j贸venes, y a dar testimonio de rectitud e integridad y de coherencia en la fe; a integrar a los j贸venes en ella; en una palabra: a considerarse como verdadera comunidad humana s贸lo si hay una presencia viva y una aportaci贸n din谩mica de la juventud. Adultos y j贸venes, unidos, estrechamente y capaces de un intercambio mutuo de valores, forman la comunidad cristiana real y completa.

13. Promotor de las vocaciones

Los sacerdotes desempe帽an un papel 煤nico e insustituible en la pastoral vocacional. Con la convicci贸n de que el Esp铆ritu sigue distribuyendo con gran liberalidad los carismas de las vocaciones especiales, y que Cristo sigue llamando a los j贸venes porque los ama (cf. Mc. 10, 2) 116 , esfu茅rcense los sacerdotes por acompa帽ar a los j贸venes durante el periodo delicado y decisivo de la b煤squeda vocacional.

La pastoral vocacional comienza en la comunidad cristiana, con una invitaci贸n a la oraci贸n y al testimonio. La comunidad, en la variedad de servicios, funciones y carismas, tiene un papel importante de corresponsabilidad en cuanto al origen de las vocaciones. Sigue, luego, involucrando a las familias y a las escuelas, ya que los padres y los maestros son educadores tambi茅n en la esfera relativa a la elecci贸n de la vida 117 . Pero los principales interlocutores en el di谩logo vocacional son los mismos ni帽os y j贸venes; toca a los sacerdotes llamarles y ayudarles a encontrar la luz en todo el abanico de las vocaciones.

As铆, cuando un joven demuestra una verdadera madurez cristiana, y manifiesta inclinaci贸n a la vocaci贸n sacerdotal, a la vida consagrada o al compromiso misionero, el sacerdote debe acercarse a 茅l con delicadeza y acompa帽arle individualmente mediante una esmerada direcci贸n espiritual. A ejemplo de Jes煤s, no temer谩 interpelarlo, proponi茅ndole expl铆citamente la opci贸n de una vida enteramente consagrada a Dios en un servicio apost贸lico (cf. Mt. 4, 19-20: 19, 21; Jn. 1, 39, 42-43). El sacerdote ha de tener presente, sin embargo, que la mejor propuesta debe proceder de su propia vida, coherente y feliz. Evite, adem谩s, presentar ante todo la ayuda que se presta a los pobres, descuidando el punto focal y decisivo de toda vocaci贸n sagrada, a saber: la persona misma de Jesucristo que se debe amar y seguir para cooperar a la salvaci贸n del hombre. No se olvide que las vocaciones a la vida consagrada nacen s贸lo gracias a una intensa vida cristiana.

Un punto importante de esta pastoral es la ayuda que se brinda al joven para que pueda valorar sus motivaciones vocacionales. Hay que conocer muy bien la calidad de los candidatos, y evitar que las casas de formaci贸n se llenen de j贸venes que no han sido suficientemente probados. El Obispo es quien tiene la responsabilidad de indicar los criterios necesarios para realizar un discernimiento de las vocaciones que tenga en cuenta la madurez humana y espiritual, las capacidades intelectuales, el esp铆ritu de servicio y la aptitud para asumir un compromiso social. Ha de incluirse, como condici贸n esencial, entre los criterios de discernimiento de la vocaci贸n al presbiterado, la sensibilidad y disposici贸n del candidato para propagar el Evangelio entre los no cristianos. Ser 煤til, asimismo, integrarse en los programas vocacionales a nivel diocesano y nacional, recurriendo a organismos y formas de ayuda adecuadas, y participando en iniciativas comunes.

Parte de la pastoral vocacional es la acogida y el apoyo que se dan a los seminaristas cuando est谩n de vacaciones con la familia o durante los periodos establecidos de experiencia pastoral. Los sacerdotes, especialmente el p谩rroco, han de estar cerca de ellos y acompa帽arles en la vida de oraci贸n, en las experiencias apost贸licas y en el estudio, conforme a las orientaciones del seminario. Demuestren los sacerdotes una especial disponibilidad y atenci贸n hacia los di谩conos durante el periodo establecido de pastoral que constituye un momento especial para formarles e iniciarles en el ministerio.

14. Atento a la identidad propia de los laicos

La atenci贸n por los laicos es muy importante para la Iglesia. Esta subraya con insistencia su vocaci贸n a la santidad y el triple oficio -sacerdotal, prof茅tico y real- de los bautizados y confirmados 118 .

Tengan los sacerdotes una actitud de apertura y atenci贸n hacia los laicos, y si茅ntanse con ellos disc铆pulos del Se帽or. No olviden, en el ejercicio del ministerio, que, aunque tengan distintas funciones son, con los laicos, "como miembros de un solo y mismo cuerpo de Cristo, cuya edificaci贸n ha sido encomendada a todos" (cf. Rm. 12, 4-10) 119 .

La pastoral de los laicos tiene en cuenta, ante todo, su 铆ndole secular. A ellos corresponde, por propia vocaci贸n, buscar el Reino de Dios gestionando las cosas temporales. Viven en el siglo, en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, pero est谩n llamados por Dios como desde dentro, a modo de fermento, para que contribuyan a la santificaci贸n del mundo, guiados por el esp铆ritu evang茅lico 120 . En las Iglesias que viven en grupos humanos de minor铆a cristiana, la presencia de los laicos bautizados adquiere un particular significado, en cuanto ellos pueden dar el testimonio m谩s f谩cilmente perceptible de la fuerza y de la actualidad del mensaje evang茅lico 121 .

La acci贸n de los fieles laicos se revela hoy cada vez m谩s necesaria y valiosa, pues la tarea misionera de la Iglesia asume una amplitud siempre nueva y exige un compromiso responsable y solidario por parte de todos los bautizados. Desde esta perspectiva, la formaci贸n de un laicado maduro y responsable se presenta como elemento esencial e irrenunciable de la "plantatio Ecclesiae" y de su desarrollo 122 .

Toca a los sacerdotes mantener vivo, en la conciencia de los fieles, el grave deber que tienen de anunciar el Evangelio y de animar el orden temporal, siendo solidarios con sus conciudadanos, con esp铆ritu de caridad y con la fuerza del Evangelio 123 .

Sean los sacerdotes promotores convencidos del apostolado de los laicos, form谩ndoles de manera adecuada y anim谩ndoles a que se comprometan con entusiasmo, movidos por un impulso verdaderamente cristiano 124 . Introd煤zcanles en los consejos y dem谩s organismos, encomend谩ndoles cargos en la comunidad, conforme a su vocaci贸n propia y peculiar 125 . Los sacerdotes no han de reemplazar nunca a los laicos; m谩s bien deber谩n animarles en sus actividades, convencidos de que el desarrollo de la Iglesia, especialmente en las misiones, se logra tambi茅n mediante la presencia din谩mica de un laicado cada vez m谩s preparado y verdaderamente responsable.

Debe prestarse especial atenci贸n a la presencia de la mujer en la vida de la Iglesia y en las distintas actividades pastorales. En virtud de los valores peculiares de la condici贸n femenina 126 , la mujer interviene con m谩s fuerza en algunos sectores en los cuales debe darse valor a su presencia; por ejemplo: la vida familiar, la educaci贸n de la juventud, la catequesis, la visita a los enfermos, las obras de asistencia y de caridad, etc., o en los campos donde no conviene que intervenga un hombre, sobre todo si es sacerdote. La colaboraci贸n pastoral con las mujeres requiere madurez y reserva en los sacerdotes. La direcci贸n inmediata de las actividades confiadas a las mujeres se debe encomendar, de preferencia, a una de ellas.

15. Ap贸stol de la familia

La familia cristiana tiene el privilegio de ser la imagen de Dios-Amor. Ese amor, que involucra a la persona como cuerpo y esp铆ritu, une a la pareja y se hace fecundo (cf. Ef. 5, 25-32). As铆, la familia es la "c茅lula primera y vital de la sociedad" y "santuario dom茅stico de la Iglesia" 127 . Jes煤s la defendi贸 por sus valores originarios e inmutables (cf. Mt. 19, 4-8). En todas partes, la familia vive una situaci贸n compleja, con luces y sombras; en los pa铆ses de misiones, tiene que resolver problemas especiales, planteados por las condiciones sociales, las influencias culturales o las convicciones religiosas. La Iglesia es consciente de los grandes desaf铆os que debe afrontar la familia cristiana hoy 128 , y reitera su predilecci贸n por ella, encomend谩ndola a los pastores como tarea prioritaria 129 .

El cuidado de las familias es uno de los deberes principales del p谩rroco; con 茅l deben colaborar los dem谩s sacerdotes, los di谩conos, los religiosos y los laicos bien preparados 130 . La pastoral familiar se realiza, en forma inmediata, en la comunidad parroquial, gracias a su fuerza de comuni贸n; pero, de manera m谩s espec铆fica, en la familia cristiana, en virtud de la gracia recibida en el sacramento 131 .

La pastoral familiar empieza con la preparaci贸n de los novios, que es remota, pr贸xima e inmediata. La preparaci贸n remota debe comenzar con la catequesis juvenil; la pr贸xima, es tarea de los pastores, con la colaboraci贸n de personas cualificadas; la inmediata, compete directamente a los sacerdotes, en cuanto se refiere de cerca al sacramento. Cuiden los sacerdotes de la preparaci贸n al matrimonio mediante contactos personales, tanto individualmente como en grupos 132 , subrayando, en especial, el significado del sacramento, la santidad y los deberes del nuevo estado. En algunas culturas, que deben apoyarse, las familias mismas se encargan de transmitir a los j贸venes los valores humanos y cristianos relativos a la vida matrimonial y familiar.

En la celebraci贸n lit煤rgica del matrimonio, los c贸nyuges manifiestan el misterio en el que participan: la uni贸n y amor fecundo entre Cristo y la Iglesia (cf. Ef. 5, 32) 133 . Es oportuno, en la medida de lo posible, que esta celebraci贸n sacramental sea solemne, se realice en d铆as festivos o en aquellos establecidos en el programa diocesano, con la presencia activa y responsable de la comunidad. El empe帽o pastoral se manifestar谩, asimismo, dando importancia a la Liturgia de la Palabra y procurando la educaci贸n en la fe de los participantes 134 .

La pastoral postmatrimonial debe ser tarea de todos los componentes de la comunidad, y ayudar谩 a los esposos a vivir cada vez mejor su vocaci贸n y misi贸n. Sigan de cerca los sacerdotes a las nuevas familias, ayud谩ndolas a recibir, con toda lucidez, la gracia peculiar y siempre actual del sacramento, a vivir con esp铆ritu cristiano los momentos felices y a superar las inevitables dificultades; sobre todo, a acoger con amor a los hijos, asumiendo en forma responsable la tarea de servirlos en su desarrollo humano y cristiano 135 .

Mientras se propagan teor铆as contrarias a la ense帽anza de la Iglesia sobre la transmisi贸n de la vida, a menudo integradas en las legislaciones civiles, los sacerdotes tienen el cometido dif铆cil y digno de elogio, de ayudar a los fieles cristianos a ser plenamente conscientes y coherentes en su deber de "cooperar con el amor del Creador" 136 . Es preciso realizar un trabajo pastoral unitario, perseverante y organizado, a nivel diocesano 137 , para que en las j贸venes comunidades cristianas se arraigue la formaci贸n responsable de la vida, conforme a la tradicional y sana doctrina de la Iglesia. Con frecuencia, en los territorios de misiones, hay valores culturales que favorecen la obra de la Iglesia en esta pedagog铆a matrimonial, y se deben poner de relieve.

Los pastores deber谩n tener especial esmero en lo siguiente: -preparar a los fieles, especialmente a los novios y reci茅n casados, con la ayuda de personas expertas y moralmente 铆ntegras, mediante cursos y contactos personales, con el fin de educarles a una verdadera paternidad responsable, seg煤n la fe cristiana, utilizando el m茅todo natural 138 ; -indicar exactamente el sentido y el valor de la castidad conyugal 139 ; -luchar en茅rgicamente contra la plaga del aborto 140 ; -fomentar la m谩xima prudencia y adhesi贸n a las ense帽anzas del Magisterio en todo lo referente a la biom茅dica, en cuanto a las investigaciones sobre el patrimonio gen茅tico, la fecundaci贸n artificial, etc. 141 .

Ayuden a los pastores a las familias a ser coherentes con los compromisos cristianos, incluso en contextos indiferentes o contrarios; a sostenerse con amor, con esp铆ritu de sacrificio y con la oraci贸n comunitaria; y a dar un testimonio aut茅ntico del Evangelio en la sociedad, en particular con los no cristianos. La visita a las familias es parte importante de la pastoral. Prep谩rese seriamente el sacerdote para ese apostolado y comp贸rtese, con respecto a las familias, como "padre, hermano, pastor y maestro" 142 , sin preferencias, y m谩s bien en favor de aquellas m谩s pobres y de los que est谩n viviendo momentos particularmente dif铆ciles.

Las Iglesias j贸venes deben afrontar circunstancias particulares con relaci贸n al matrimonio y a la familia, seg煤n la cultura o la situaci贸n religiosa y social local. Se trata de las uniones aceptadas de hecho por la sociedad, pero que no han sido regularizadas desde el principio ante la Iglesia, bien porque el esposo todav铆a no ha terminado de pagar toda la dote, o porque se espera verificar si la uni贸n es fecunda, o por otras razones de tipo jur铆dico y de costumbres. Adem谩s, est谩n los casos bastante frecuentes de poligamia, los matrimonios mixtos por disparidad de cultos y, en algunas regiones, la plaga del divorcio. La atenci贸n a estas distintas uniones es delicada y dif铆cil. Es tarea de los Obispos, despu茅s de haber consultado a los dem谩s miembros de la Conferencia Episcopal, precisar los criterios de comportamiento pastoral para aplicar en las circunstancias concretas las normas universales aprobadas por el Romano Pont铆fice 143 , las cuales, aunque excluyan la admisi贸n a los sacramentos, manifiestan un profundo amor y respeto; ellas son: una s贸lida formaci贸n de los j贸venes en la coherencia de la vida con relaci贸n a los deberes del matrimonio cristiano; comprensi贸n, sin rigidez, hacia las personas que se encuentran en tales situaciones por debilidad o por presiones extr铆nsecas; asistencia a esas parejas para ayudarles a que no pierdan la esperanza y a que vivan, por lo menos en cierta medida, una vida cristiana, as铆 como a educar religiosamente a sus hijos y, si es posible, a regularizar su uni贸n; fiel observancia de las normas can贸nicas referentes a los casos de matrimonios mixtos 144 y a la sanaci贸n en la ra铆z 145 .

16. Cercano a los enfermos y ancianos

Los enfermos y los ancianos requieren una atenci贸n particular en la comunidad, en especial por parte de los pastores (cf. Mt. 25, 36. 43; Mc. 16, 18; Lc. 9, 11). Ellos tienen en com煤n la fragilidad f铆sica y s铆quica, y conocen el dolor en su doble dimensi贸n: espiritual y corporal.

Establezcan los sacerdotes una fraterna armon铆a con los enfermos, consider谩ndolos parte preciosa del reba帽o que les ha sido encomendado. S铆ganles de cerca, continuamente y ay煤denles a comprender el infinito amor del coraz贸n de Cristo (cf. Mt. 11, 28), la solidaridad cristiana y el significado misterioso y sobrenatural de la Cruz. An铆menles a que encuentren fuerza y esperanza en la oraci贸n y en la ofrenda de su sufrimiento para la redenci贸n del mundo, en uni贸n con la pasi贸n de Cristo: "Completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia" (Col. 1, 24). Gracias al sost茅n de esta fe, los enfermos pueden llevar consigo el "gozo del Esp铆ritu Santo en medio de muchas tribulaciones" (1 Ts. 1, 6) y ser testigos cre铆bles de la esperanza cristiana ante sus hermanos y ante aquellos que todav铆a no creen en el Se帽or. H谩gase hincapi茅 en una acci贸n pastoral para los enfermos y los que sufren, y con ellos 146 .

La Eucarist铆a frecuente es el don m谩s bello y la mejor ayuda que el sacerdote puede proporcionar a los enfermos y a los ancianos. Mediante la Eucarist铆a, 茅l les recuerda que, a la luz de la resurrecci贸n de Cristo, el dolor y la muerte adquieren un significado victorioso. Es la respuesta de la sabidur铆a cristiana a un vac铆o que existe, a menudo, en la sociedad actual, sobre todo con el progreso tecnol贸gico. As铆 se ayuda a los ancianos a superar la dolorosa experiencia de ver aumentar sus limitaciones y, en algunos casos, de la soledad y el abandono. Preoc煤pense los sacerdotes por atender a los ancianos para que 茅stos sepan dar un valor a esa 茅poca de la vida que implica una misi贸n espec铆fica y original, en raz贸n de la edad. El anciano, en la Iglesia y en la sociedad, puede justamente calificarse como "testigo de la tradici贸n de fe" (cf. Sal. 44, 2; Ex. 12, 26-27), maestro de vida (cf. Si. 6, 34; 8, 11-12), "el que obra con caridad" 147 . Ay煤dese a los ancianos, adem谩s, a completar su vida en forma positiva. Hay que estimular las culturas que manifiestan una singular veneraci贸n por el anciano, dej谩ndolo profundamente injertado en la familia como "testigo del pasado e inspirador de sabidur铆a para los j贸venes y para el futuro" 148 .

La administraci贸n de los sacramentos de la Penitencia y de la Unci贸n de los enfermos es un momento importante de la pastoral de los enfermos y de los ancianos. Sean sol铆citos los sacerdotes en ejercer este ministerio 149 , sin esperar los 煤ltimos momentos, y procuren, cuando esto sea posible y conforme a las disposiciones del Obispo, que la unci贸n de los enfermos se celebre comunitariamente, para varios enfermos al mismo tiempo, con la participaci贸n de los familiares y, posiblemente, de la comunidad.

Para fomentar la pastoral de los enfermos y de los ancianos, el铆janse algunos laicos debidamente preparados y oficialmente encargados, como ministros extraordinarios de la Eucarist铆a y a otros como encargados de las obras de caridad 150 . El sacerdote, sin embargo, habr谩 de mantener el contacto personal, que es irremplazable.

En este contexto, cabe agregar una invitaci贸n a que se preste cuidadosa atenci贸n a las exequias de los difuntos. En todas partes, pero especialmente en las sociedades donde la veneraci贸n de los muertos y de los antepasados es muy importante, acompa帽en los pastores a las familias en esos momentos dolorosos y procuren dar relieve a la celebraci贸n del rito f煤nebre, si es posible con la participaci贸n de la comunidad cristiana. Hagan ellos de manera que se exprese vivamente el sentido de participaci贸n de la Iglesia y el significado pascual de la muerte cristiana (cf. Rm. 6, 3-9; 1 Cor. 15, 20-22; 2 Cor. 4, 14-15; Ap. 14, 13), teniendo en cuenta las tradiciones culturales en ciertos s铆mbolos como el color de los ornamentos, los cantos y el lugar y forma de la sepultura 151 . Es una ocasi贸n privilegiada para hacer vivir a los fieles una profunda experiencia de la comuni贸n de los santos, y tambi茅n para presentar una catequesis sobre los nov铆simos y el sufragio para los difuntos. Es, asimismo, una oportunidad para dar testimonio, ante los no cristianos, de la fe de los bautizados en Cristo, vencedor de la muerte, y en la vida eterna.

17. Promotor de ecumenismo

La divisi贸n entre los cristianos "no s贸lo contradice abiertamente a la voluntad de Cristo"; es, incluso, "esc谩ndalo para el mundo y da帽a a la causa sant铆sima de la predicaci贸n del Evangelio a todos los hombres" 152 , retardando la "plena comuni贸n cat贸lica" 153 .

Sean los sacerdotes fautores convencidos del ecumenismo, siempre abiertos a la esperanza de que se realizar谩 la plegaria de Jes煤s: "que ellos tambi茅n sean uno" (Jn. 17, 21), sin dejarse desanimar por los obst谩culos e inacomprensiones locales que todav铆a existen.

Expongan los sacerdotes la verdad cat贸lica a sus propios fieles, integralmente y en forma clara 154 , sin caer en el relativismo y evitando toda ambig眉edad en la ense帽anza de la fe y el comportamiento, aunque sea con buenas intenciones.

Por lo que se refiere a las iniciativas del movimiento ecum茅nico, los sacerdotes deber谩n atenerse a las directrices de la Iglesia dadas por la Conferencia Episcopal y el Obispo local 155 .

En las relaciones con los no cat贸licos, que a veces crean problemas de orden pastoral, eviten los sacerdotes poner de relieve las diferencias y las rivalidades religiosas, sabiendo sin embargo mantener la unidad y la transparencia de la fe en su propia comunidad. Hagan todo lo posible por establecer relaciones de amistad con los responsables religiosos de las dem谩s confesiones, para ayudarse mutuamente cuando esto sea posible y evitar incomprensiones y posturas incorrectas de los unos hacia los otros, que escandalizan a los no cristianos.

En cuanto a las sectas religiosas fundamentalistas e intransigentes, numerosas en los territorios de misiones y que se muestran, por lo general, agresivas con el Catolicismo, es necesario catequizar a los fieles sobre los siguientes puntos: -cu谩les son las verdaderas notas de la Iglesia que estas sectas contradicen m谩s; -cuales son sus puntos d茅biles y errores principales; -la imposibilidad de establecer un di谩logo, aunque sea m铆nimo, con ellas; -el deber de defenderse, y de evangelizar a sus adeptos, que no pueden considerarse cristianos. Los sacerdotes, por consiguiente, procuren saber por lo menos los elementos principales de la doctrina y de los m茅todos de proselitismo de esas sectas, para poder ayudar en forma adecuada a sus propios fieles.

18. Atento al di谩logo con los no cristianos

El di谩logo con los seguidores de otras religiones es una tarea delicada e importante del actual apostolado de la Iglesia. Se trata siempre del di谩logo de salvaci贸n, que se realiza s贸lo en Cristo, y que, por lo tanto, no puede llevar al relativismo, ni mucho menos menoscabar la integridad de la fe cat贸lica. Este di谩logo es necesario para que se pueda conocer con mayor exactitud el Evangelio, y su mensaje sea m谩s f谩cil de percibir.

Permanezcan los sacerdotes atentos y abiertos a esta realidad, y tengan un conocimiento adecuado de las religiones, no s贸lo de su historia, l铆mites y errores, sino tambi茅n de los valores que -"como semillas del Verbo"- pueden ser una "preparaci贸n al Evangelio" 156 .

En un mundo marcado por el pluralismo religioso, es importante establecer y mantener el di谩logo y la colaboraci贸n con todos para favorecer las grandes causas en pro de la humanidad, como la paz, la justicia, el desarrollo, los derechos humanos, etc. 157 . Desde este punto de vista, los sacerdotes tienen el deber pastoral de infundir en los fieles un esp铆ritu de di谩logo, anim谩ndoles a la solidaridad y la colaboraci贸n con los adeptos de otras religiones.

En las iniciativas concretas en materia de di谩logo interreligioso, act煤en los sacerdotes en el marco de un programa diocesano, conforme a las directrices del Obispo, de la Conferencia Episcopal y de la Iglesia universal, y no lo hagan nunca aisladamente.

Sobre todo, est茅n convencidos de que los seguidores de las otras religiones tienen el derecho de recibir la plenitud de la verdad cristiana, -que potencialmente, desde luego, es patrimonio de la humanidad- por parte de quienes han recibido el mandato de la Iglesia cat贸lica para anunciarla.


25

Cf. Conc. Vat. II, Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 20; Id., Decreto sobre el ministerio y la vida de los presb铆teros Presbyterorum Ordinis, 6.

26

Cf. Conc. Vat. II, Constituci贸n dogm谩tica sobre la Iglesia Lumen gentium, 23; Id., Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 2, 35; CIC c 781.

27

Cf. Conc. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presb铆teros Presbyterorum Ordinis, 10; cf. Id., Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 20.

28

Juan Pablo II, Discurso en la Plenaria de la Congregaci贸n para la Evangelizaci贸n de los Pueblos, 14 de abril de 1989; OR 15. 4. 1989, 5.

29

Cf. Conc. Vat. II, Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 20.

30

Cf. La Evangelizaci贸n en el presente y en el futuro de Am茅rica Latina, Puebla, 1979, 368.

31

Cf. Conc. Vat. II, Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 20; CIC c 784.

32

Cf. Juan Pablo II, Discurso en la Plenaria de la Congregaci贸n para la Evangelizaci贸n de los Pueblos, 14 de abril de 1989; OR 15. 4. 1989, 5.

33

Cf. Conc. Vat. II, Constituci贸n dogm谩tica sobre la Iglesia Lumen gentium, 28.

34

Cf. S. Cipriano, Epist. 55, 24; Hartel 642; Epist. 36, 4; Hartel, 575; Conc. Vat. II, Constituci贸n dogm谩tica sobre la Iglesia Lumen gentium, 23.

35

Cf. Conc. Vat. II, Decreto sobre el oficio pastoral de los Obispos Christus Dominus, 6; Id. Decreto sobre el ministerio y vida de los presb铆teros Presbyterorum Ordinis, 10.

36

Cf. ibid., 7; Id. Constituci贸n dogm谩tica sobre la Iglesia Lumen gentium, 28.

37

Ibid.

38

Cf. Conc. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presb铆teros Presbyterorum Ordinis, 8.

39

Cf. CIC c 495-502.

40

Cf. Conc. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presb铆teros Presbyterorum Ordinis, 3.

41

Ibid. 9; cf. Pablo VI, Enc铆clica Ecclesiam suam, 6 de agosto de 1964: AAS 56 (1964), 647.

42

Cf. Conc. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presb铆teros Presbyterorum Ordinis, 8.

43

Cf. Conc. Vat. II, Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 27; Pablo VI, Exhortaci贸n apost贸lica Evangelii Nuntiandi, 29 de diciembre de 1975, 60: AAS 68 (1976), 50-51.

44

Cf. Conc. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presb铆teros Presbyterorum Ordinis, 8.

45

Cf. ibid.; CIC c 278 & 2.

46

Cf. Congregaci贸n para el Clero, Declaraci贸n Quidam Episcopi, 8 de marzo de 1982: AAS 74 (1982), 642-645.

47

Cf. Conc. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presb铆teros Presbyterorum Ordinis, 4; Pablo VI, Exhortaci贸n apost贸lica Evangelii Nuntiandi, 29 de dic. de 1975, 68: AAS 68 (1976), 57-58; CIC c 757.

48

Cf. Conc. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presb铆teros Presbyterorum Ordinis, 4; Pablo VI, Exhortaci贸n apost贸lica Evangelii Nuntiandi, 29 de diciembre de 1975, 15: AAS 68 (1976), 13-15.

49

Cf. Conc. Vat. II, Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 13.

50

Cf. CIC c 760.

51

Cf. Conc. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presb铆teros Presbyterorum Ordinis, 4.

52

Cf. CIC c 767; Juan Pablo II, Exhortaci贸n apost贸lica Catechesi Tradendae, 16 de octubre de 1979, 48: AAS 71 (1979), 1316.

53

Cf. CIC cc 766-767.

54

Cf. ibid., 773; Juan Pablo II, Exhortaci贸n apost贸lica Catechesi Tradendae, 16 de octubre de 1979, 64, 67: AAS 71 (1979), 1330-1331; 1331-1333.

55

Cf. CIC c 777; Juan Pablo II, Exhortaci贸n apost贸lica Catechesi Tradendae, 16 de octubre de 1979, 18-25: AAS 71 (1979), 1291-1298, 1307-1314.

56

Cf. CIC c 774; Juan Pablo II, Exhortaci贸n apost贸lica Catechesi Tradendae, 16 de octubre de 1979, 68: AAS 71 (1979), 1333-1334.

57

Cf. CIC cc 796 ss.

58

Cf. Juan Pablo II, Exhortaci贸n apost贸lica Catechesi Tradendae, 16 de octubre de 1979, 69: AAS 71 (1979), 1334-1336.

59

Cf. CIC c 785.

60

Cf. ibid., 780, 785 & 2; Juan Pablo II, Exhortaci贸n apost贸lica Catechesi Tradendae, 16 de octubre de 1979, 66: AAS 71 (1979), 1331.

61

Cf. CIC c 788.

62

Cf. ibid., 772 & 2, 779; Juan Pablo II, Exhortaci贸n apost贸lica Catechesi Tradendae, 16 de octubre de 1979, 46: AAS 71 (1979), 1314.

63

Cf. Pablo VI, Exhortaci贸n apost贸lica Evangelii Nuntiandi, 29 de dic. de 1975, 46: AAS 68 (1976), 36.

64

Cf. Conc. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presb铆teros Presbyterorum Ordinis, 5; CIC c 835 & 2.

65

Cf. Conc. Vat. Ii, Constituci贸n sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium, 18-19; Juan Pablo II, Carta apost贸lica Vicesimus Quintus Annus, 4 de dic. de 1988, 10: OR 14. 5. 1989, suplemento.

66

Cf. Conc. Vat. II, Constituci贸n dogm谩tica sobre la Iglesia, Lumen gentium, 11; Id., Decreto sobre el ministerio y vida de los presb铆teros Presbyterorum Ordinis, 5.

67

Cf. CIC cc 213, 843 & 1.

68

Cf. ibid., 843 & 2.

69

Cf. ibid., 789.

70

Juan Pablo II, Carta apost贸lica Dominicae Cenae, 24 de febrero de 1980, 8: AAS 72 (1980), 128.

71

Cf. Conc. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presb铆teros Presbyterorum Ordinis, 5; Id., Constituci贸n dogm谩tica sobre la Iglesia Lumen gentium & 34.

72

Cf. CIC c 898.

73

Juan Pablo II, Exhortaci贸n Apost贸lica Reconciliatio et Paenitentia, 2 de diciembre de 1984, 31: AAS 77 (1985), 266.

74

Cf. id., 16: ibid., 213-217.

75

Cf. id., 32-33: ibid., 267-271; CIC cc 960-963.

76

Cf. Conc. Vat. II, Constituci贸n dogm谩tica sobre la Iglesia Lumen Gentium, 11; Id., Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 14; CIC c 849.

77

Cf. ibid., 851.

78

Cf. Conc. Vat. II, Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 14.

79

Cf. ibid., 15.

80

Cf. Conc. Vat. II, Constituci贸n dogm谩tica sobre la Iglesia Lumen gentium, 11; Id., Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 36; CIC c 879.

81

Cf. Conc. Vat. II, Constituci贸n sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium, 7.

82

Cf. ibid., 27; CIC c 837 & 1.

83

Cf. Conc. Vat. II, Constituci贸n sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium, 30; CIC c 837 & 2.

84

Cf. Conc. Vat. II, Constituci贸n sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium, 10.

85

Cf. Juan Pablo II, Carta Apost贸lica Vicesimus Quintus Annus, 4 de dic. de 1988, 16: OR, 14. 5. 1989, suplemento.

86

Cf. Conc. Vat. II, Constituci贸n sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium, 37-39.

87

Cf. CIC C 1248 & 2.

88

Cf. Congregaci贸n para el Culto Divino, Directorio para las celebraciones dominicales en ausencia del presb铆tero, 2 de junio de 1988.

89

Cf. Conc. Vat. II, Constituci贸n sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium, 18.

90

Cf. Congregaci贸n para el Culto Divino, Instrucci贸n Inaestimabile Donum, 3 de abril de 1980: AAS 72 (1980), 331-334; CIC cc 838, 841, 846; Juan Pablo II, Carta apost贸lica Vicesimus Quintus Annus, 4 de dic. de 1988, 13: OR, 14. 5. 1989, suplemento.

91

Cf. Conc. Vat. II, Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 12; Id., Constituci贸n pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 40 ss.; Juan Pablo II, Enc铆clica Sollicitudo rei socialis, 30 de diciembre de 1987, 42: AAS 80 (1988), 572-574.

92

Cf. Conc. Vat. II, Constituci贸n pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 42 ss.; cf. Pablo VI Exhortaci贸n apost贸lica Evangelii Nuntiandi, 29 de dic. de 1975, 25-28, 32-34; AAS 68 (1976), 23-25. 27-28.

93

Juan Pablo II, Enc铆clica Sollicitudo rei socialis, 30 de diciembre de 1987, 42: AAS 80 (1988), 571.

94

Congregaci贸n para la Doctrina de la Fe, Instrucci贸n Libertatis Nuntius, 6 de agosto de 1984: AAS 76 (1984), 876-909.

95

Cf. Juan Pablo II, Exhortaci贸n apost贸lica Christifideles Laici, 30 de diciembre de 1988, 41-43.

96

Cf. Conc. Vat. II, Constituci贸n dogm谩tica sobre la Iglesia Lumen gentium, 31; Juan Pablo II, Exhortaci贸n apost贸lica Christifideles Laici, 30 de diciembre de 1988, 15. Juan Pablo II, Enc铆clica Sollicitudo rei socialis, 30 de diciembre de 1987, 42: AAS 80 (1988), 572-574.

97

Juan Pablo II, Enc铆clica Sollicitudo rei socialis, 30 de diciembre de 1987, 42: AAS 80 (1988), 572-574

98

Cf. Pablo VI Exhortaci贸n apost贸lica Evangelii Nuntiandi, 29 de diciembre de 1975, 60: AAS 68 (1976), 50-51.

99

Cf. Conc. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presb铆teros Presbyterorum Ordinis, 9.

100

Cf. CIC c 536.

101

Cf. ibid. 537.

102

Cf. Pablo VI Exhortaci贸n apost贸lica Evangelii Nuntiandi, 29 de dic. de 1975, 25-28, 32-34; AAS 68 (1976), 46-49; Congregaci贸n para la Doctrina de la Fe, Instrucci贸n Libertatis Conscientia, 22 de marzo de 1986, 69: AAS 74 (1987), 584-585; Juan Pablo II, Exhortaci贸n apost贸lica Christifideles Laici, 30 de diciembre de 1988, 61.

103

Cf. Conc. Vat. II, Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 20; CIC cc 678, 790.

104

Cf. ibid., 680.

105

Cf. Conc. Vat. II, Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 9, 11, 16, 22; Pablo VI, Carta apost贸lica Ecclesiae Sanctae, III, 18, 2, Conc. Vat. II, Constituci贸n pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 44, 57 ss.; Pablo VI, Discurso en Kampala, 2 de agosto de 1969: AAS 61 (1969), 587-590; Id. Exhortaci贸n apost贸lica Evangelii Nuntiandi, 29 de diciembre de 1975, 62 ss.: AAS 68 (1976), 52 ss; Juan Pablo II, Discurso a los Obispos de Zaire, 3 de mayo de 1980: AAS 72 (1980), 430-439; Id., Exhortaci贸n apost贸lica Familiaris Consortio, 22 de noviembre de 1981, 10: AAS 74 (1982), 90-91; Id. Exhortaci贸n apost贸lica Christifideles Laici, 30 de diciembre de 1988, 44.

106

Cf. Pablo VI, Carta apost贸lica Ecclesiae Sanctae, III, 18, 2.

107

Cf. Pablo VI, Exhortaci贸n apost贸lica Evangelii Nuntiandi, 29 de diciembre de 1975, 48: AAS 68 (1976), 37-38.

108

Cf. Juan Pablo II, Exhortaci贸n apost贸lica Christifideles Laici, 30 de diciembre de 1988, 46.

109

Cf. Juan Pablo II, Carta a los J贸venes con motivo del A帽o Internacional de la Juventud Parati semper, 31 de marzo de 1985: AAS 77 (1985), 579-628.

110

Cf. Conc. Vat. II, Decreto sobre el apostolado de los seglares Apostolicam actuositatem, 12.

111

Cf. Conc. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presb铆teros Presbyterorum Ordinis, 6.

112

Cf. Conc. Vat. II, Constituci贸n pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 31.

113

Cf. Juan Pablo II, Exhortaci贸n apost贸lica Christifideles Laici, 30 de diciembre de 1988, 46.

114

Cf. ibid.

115

Cf. ibid.

116

Cf. Conc. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presb铆teros Presbyterorum Ordinis, 11; Id., Decreto sobre la formaci贸n sacerdotal Optatam totius, 2; Id., Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 16; CIC cc 233, 574 & 2, 791.

117

Cf. Juan Pablo II, Exhortaci贸n apost贸lica Christifideles Laici, 30 de diciembre de 1988, 35. Cf. Conc. Vat. II, Constituci贸n dogm谩tica sobre la Iglesia Lumen gentium, 10-12, 30-36; Id., Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 21; Juan Pablo II, Exhortaci贸n apost贸lica Christifideles laici, 30 de diciembre de 1988, 14, 16-17.

118

Cf. Conc. Vat. II, Constituci贸n dogm谩tica sobre la Iglesia Lumen Gentium, 10-12, 30-36; Id.,Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 21: Juan Pablo II, Exhortaci贸n apost贸lica Christifideles laici, 30 de diciembre de 1988, 14, 16-17.

119

Cf. Conc. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presb铆teros Presbyterorum Ordinis, 9; cf. Juan Pablo II, Exhortaci贸n apost贸lica Christifideles laici, 30 de diciembre de 1988, 20.

120

Cf. Conc. Vat. II, Constituci贸n dogm谩tica sobre la Iglesia Lumen gentium, 31; Id., Decreto sobre el apostolado de los seglares Apostolicam actuositatem, 3-4; Juan Pablo II, Exhortaci贸n Apost贸lica Christifideles laici, 30 de diciembre de 1988, 15.

121

Cf. Conc. Vat. II, Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 11.

122

Cf. Juan Pablo II, Exhortaci贸n apost贸lica Christifideles laici, 30 de diciembre de 1988, 35.

123

Cf. Conc. Vat. II, Constituci贸n dogm谩tica sobre la Iglesia Lumen gentium, 31; Id., Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 11-12; Id. Decreto sobre el apostolado de los seglares Apostolicam actuositatem, 7; Id. Constituci贸n pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 43; CIC c 225 & 2.

124

Cf. Conc. Vat. II, Decreto sobre el apostolado de los seglares Apostolicam actuositatem, 16; Juan Pablo II, Exhortaci贸n apost贸lica Christifideles laici, 30 de diciembre de 1988, 28.

125

Cf. Conc. Vat. II, Constituci贸n dogm谩tica sobre la Iglesia Lumen gentium, 37; Id. Decreto sobre el apostolado de los seglares Apostolicam actuositatem, 24-26; CIC c 228; Juan Pablo II, Exhortaci贸n apost贸lica Christifideles laici, 30 de diciembre de 1988, 29-31.

126

Cf. Juan Pablo II, Carta apost贸lica, Mulieris dignitatem, 15 de agosto de 1988; 28-30: AAS 80 (1988), 1720-1727.

127

Conc. Vat. II, Decreto sobre el apostolado de los seglares Apostolicam actuositatem, 11.

128

Cf. Juan Pablo II, Exhortaci贸n apost贸lica Familiaris Consortio, 22 de noviembre de 1981, 7: AAS 74 (1982), 87-88.

129

Cf. Id., 73; ibid., 170-171.

130

Cf. Id., 73-75; ibid., 170-173; CIC c 529 & 1.

131

Cf. Juan Pablo II, Exhortaci贸n apost贸lica Familiaris Consortio, 22 de noviembre de 1981, 70-71: AAS 74 (1982), 167-168.

132

Cf. Id., 66; ibid., 159-162; Congregaci贸n para la Educaci贸n Cat贸lica, Orientaciones educativas sobre el Amor humano, Lineamientos de educaci贸n sexual, 1 de noviembre de 1983; 60-62; OR, 2. 12. 1983, suplemento; CIC c 1063.

133

Cf. Juan Pablo II, Carta apost贸lica Mulieris dignitatem 15 de agosto de 1988, 23: AAS 80 (1988), 1708-1710.

134

Cf. Juan Pablo II, Exhortaci贸n apost贸lica Familiaris Consortio, 22 de noviembre de 1981, 7: AAS 74 (1982), 162-163.

135

Cf. id., 36-38; ibid., 126-130; 165-167.

136

Id., 28 ibid., 114.

137

Cf. Id., 73-76; ibid., 170-175.

138

Cf. Conc. Vat. II, Constituci贸n pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 50-51; Pablo VI, Enc铆clica Humanae Vitae, 25 de julio de 1968, 10-16; AAS 60 (1968), 487-492; Juan Pablo II, Exhortaci贸n apost贸lica Familiaris Consortio, 22 de noviembre de 1981, 30-35: AAS 74 (1982), 115-120; Santa Sede, Carta de los Derechos de la Familia, 24 de noviembre de 1983, 3: OR, 25. 11. 1983, suplemento; Juan Pablo II, Carta apost贸lica Mulieris dignitatem, 15 de agosto de 1988, 18-19: AAS 80 (1988), 1693-1700.

139

Cf. Conc. Vat. II, Constituci贸n pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 51; Pablo VI, Enc铆clica Humanae Vitae, 25 de julio de 1968, 21-22: AAS 60 (1968), 495-497.

140

Cf. Conc. Vat. II, Constituci贸n pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 51; Pablo VI, Enc铆clica Humanae Vitae, 25 de julio de 1968, 14: AAS 60 (1968), 490-491; Juan Pablo II, Exhortaci贸n apost贸lica Familiaris Consortio, 22 de noviembre de 1981, 30: AAS 74 (1982), 115-117; Santa Sede, Carta de los Derechos de la Familia, 24 de noviembre de 1983, 4a: OR, 25. 11. 1983, suplemento.

141

Cf. Id., 4, b. c.: ibid.; Congregaci贸n para la Doctrina de la Fe, Instrucci贸n Donum Vitae, 22 de febrero de 1987: AAS 80 (1988), 70-102.

142

Juan Pablo II, Exhortaci贸n apost贸lica Familiaris Consortio, 22 de noviembre de 1981, 73: AAS 74 (1982), 170-171.

143

Cf. Id., 33, 77-84: ibid. 120-123, 175-186.

144

Cf. CIC cc 1124-1129; Juan Pablo II, Exhortaci贸n apost贸lica Familiaris Consortio, 22 de noviembre de 1981, 78: AAS 74 (1982), 178-180.

145

Cf. CIC cc 1161-1165.

146

Cf. Juan Pablo II, Exhortaci贸n apost贸lica Christifideles Laici. 30 de diciembre de 1988, 53-54.

147

Ibid., 48.

148

Juan Pablo II, Exhortaci贸n Apost贸lica Familiaris Consortio, 22 de noviembre de 1981, 27: AAS (1982), 113-114.

149

Cf. CIC cc. 922, 1001.

150

Cf. ibid., 230 & 3, 231 & 1, 910 & 2.

151

Cf. Conc. Vat. II, Constituci贸n sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium, 81.

152

Conc. Vat. II, Decreto sobre el ecumenismo Unitatis redintegratio, 1.

153

Ibid., 4.

154

Cf. ibid., 11.

155

Cf. CIC c 755.

156

Cf. S. Ireneo, Adv. Haer., III, 18, 1. PG 7,932; Id. III, 20, 2: ibid., 943; S. Justino, 1 Apol., 44: PG 6,395, Conc. Vat. II, Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 3, 11.

157

Cf. ibid., 12.