Cristo Jesús, en quien "reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente" (Col. 2, 9), fue enviado por el Padre para realizar el plan de salvación universal (cf. Jn. 3, 17; 5, 30; 8, 16; Gal. 4, 4; etc.), recibiendo de El todo poder para cumplir su misión (cf. Jn. 5, 20-21; Mt. 28, 18); fue ungido con el EspÃritu Santo (cf. Lc. 4, 18 ss.; Hch. 10, 38), y después de haber cumplido la voluntad del Padre, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad (cf. 1 Tim. 2, 4), hasta dar su vida como rescate por muchos (cf. Mc. 10. 45), destruyó la muerte con la resurrección y volvió al Padre, penetrando los cielos, donde reina eternamente e intercede por sus hermanos (cf. Jn. 16, 27-28; 13, 1. 3; Hb. 4, 14-16). El sacerdote, cuya tarea es continuar la misión de Cristo, halla la fuente última de su misión en el amor salvÃfico del Padre (cf. Jn. 17, 6-9. 24; 1 Cor. 1, 1; 2 Cor. 1, 1), y el origen inmediato de su vocación en Cristo que le llama por su nombre como llamó a los apóstoles e infunde en él su EspÃritu (cf. Jn. 20, 21) para marchar hacia el Padre con sus hermanos. En esta realidad Trinitaria, fuente de la misión de la Iglesia 2 , se arraiga y encuentra plena justificación la vocación y misión del sacerdote ministro.
El mismo Cristo promovió a sus apóstoles como ministros de manera que poseyeran, en la sociedad de los creyentes, la sagrada potestad del orden. Por medio de los apóstoles, el Señor hizo partÃcipes de su propia consagración y misión a los sucesores de aquellos que son los Obispos, cuyo cargo ministerial, en grado subordinado, fue encomendado a los presbÃteros a fin de que cooperaran en el fiel cumplimiento de la misión apostólica 3 . Esta misión participa en la misión universal de la Iglesia para los no cristianos e involucra a los sacerdotes en forma concreta 4 .
Por intermedio del Obispo, los sacerdotes son llamados por Cristo a una vocación especial (cf. Mc. 3. 13; Lc. 6, 13); están en el mundo pero no son del mundo (cf. Jn. 17, 14-15); y, en virtud de la consagración, están capacitados para cumplir la misión misma de Cristo de anunciar a todos que el tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca (cf. Mc. 1, 15), y de presidir, enseñar y santificar al Pueblo de Dios 5 .
El principio constitutivo del sacerdocio ministerial es Cristo-Sacerdote vÃctima de la nueva y eterna alianza (cf. Hb. 9, 11-15). El principio eficaz es la elección y misión especial por parte de Dios, que convierte al sacerdote en instrumento de Cristo (cf. Mc. 3, 10-19; Lc. 22, 19; Mt. 28, 18-20). El principio ejemplar es la diaconÃa de Cristo, cuyas imágenes dan luz a la identidad del sacerdote: Cristo-enviado por el Padre para salvar al mundo (cf. Jn. 3, 17), que indica la universalidad de la misión; Cristo-siervo, que subraya la renuncia de Cristo, quien vino, no a ser servido, sino a servir y a dar su vida (cf. Mt. 20, 28: Flp. 2, 7-8); Cristo-pastor-maestro, que vela con amor, guÃa su rebaño, y lo reúne en el único redil (cf. Jn. 10.1 ss.). Es la palabra viva del Padre que convoca a las gentes en su Reino (cf. Jn. 12, 48-50).
El relieve que se da a la función ministerial subraya la relación esencial del sacerdote con la Persona de Cristo. El sacerdote, en efecto, es signo e instrumento del único sacerdote y mediador ante el Padre: Jesucristo, y continuación de El sobre la tierra, que actualiza el poder de Cristo de anunciar la Palabra, de renovar el sacrificio de la Cruz en la EucaristÃa, perdonar los pecados y guiar al Pueblo de Dios. Es imposible separar el ser del sacerdote del ser de Cristo, la vida del sacerdote de la vida de Cristo.
Estén, pues, todos los presbÃteros, convencidos de que su identidad sacerdotal se realiza únicamente en la conformidad total con la identidad de Cristo, con conocimiento, coherencia y fervor del espÃritu. Y recuerden que Cristo, al cumplir su misión de salvador, aceptó el camino de la encarnación, despojándose de sà mismo y tomando todo lo que es propio del hombre, excepto el pecado (cf. Hb. 2, 17-18; 4, 15). Esta encarnación ha de ser un signo de la actividad misionera.
El EspÃritu Santo da a la Iglesia la unidad Ãntima y ministerial, proporcionándole diversos dones jerárquicos y carismáticos (cf. Ef. 4, 11-13; 1 Cor. 12, 4) 6 , y vivificando, como alma, a las instituciones eclesiásticas 7 , infundiendo en los corazones de los cristianos ese espÃritu que habÃa animado a Cristo a cumplir su misión 8 .
"Los presbÃteros, por la unción del EspÃritu Santo, quedan sellados con un carácter particular, y asà se configuran con Cristo sacerdote, de suerte que puedan obrar como en persona de Cristo cabeza" 9 . La elección, la santificación y la misión proceden siempre del EspÃritu santificador (cf. Hch. 13, 3; 19, 6). Y es el EspÃritu el que da la capacidad objetiva de ejercer eficazmente el ministerio. También el EspÃritu es enviado (cf. Jn. 14, 26; 15, 26) y permanece unido al sacerdote-enviado para colaborar en la obra de salvación 10 .
Gracias al EspÃritu, principio de comunión 11 , los sacerdotes llegan a ser guÃas y animadores espirituales de la comunidad, especialmente con la fuerza de la Palabra. Gracias a ese mismo EspÃritu, son ministros de los sacramentos, que por El son vivificados, desde el bautismo, "en el EspÃritu y el agua" (Jn. 3, 5; Hch. 10. 47), hasta la EucaristÃa, en la que Cristo "ejerce constantemente, por obra del EspÃritu Santo, su oficio sacerdotal en favor nuestro" 12 .
La consagración inaugura en los sacerdotes un continuo Pentecostés. En virtud de esta gracia extraordinaria, ellos deben saber reconocer la acción del EspÃritu en la Iglesia y cooperar con ella, conscientes de que han recibido una misión sobrenatural y universal en favor de todos los hombres.
La Iglesia, "sacramento universal de salvación" 13 , actualiza la redención, mediante la Palabra y los sacramentos, principalmente mediante el Sacrificio de la EucaristÃa. De este carácter ministerial de la Iglesia participan los sacerdotes llamados a predicar y difundir el Evangelio, a presidir el culto y a desempeñar la función de guÃas en el Pueblo de Dios.
La Iglesia es comunión, articulada jerárquicamente en distintos ministerios, servicios y funciones en el interior de la comunidad. En particular, mediante los tres grados del Orden sagrado (Obispos, sacerdotes, diáconos), se edifica como templo vivo, en una comunión de fe y de amor. Estos tres ministerios que confiere la ordenación, transmitidos por los apóstoles y sus sucesores, son jerárquicos y constituyen la jerarquÃa eclesiástica.
El Obispo en comunión con el Sumo PontÃfice, Jefe del Colegio Episcopal, y con los miembros del Colegio, es -en la comunidad eclesial- el "gran sacerdote" 14 , signo vivo de Cristo, supremo pastor; su función reproduce aquella central de servicio humilde y potente de Cristo Jefe 15 . Para ejercer en forma plena y eficaz su ministerio, el Obispo debe ser coadyuvado por presbÃteros y diáconos. Los presbÃteros son ayuda e instrumento del Orden episcopal y, en cada comunidad, representan al Obispo: bajo su autoridad, predican el Evangelio 16 , "santifican y rigen la porción de la grey del Señor a ellos encomendada" 17 .
El presbÃtero, además, en comunión con el Obispo, obra en nombre de Cristo 18 . Anuncia, ejerciendo el mismo ministerio de Cristo-Profeta en el servicio de la Palabra, incluso a aquellos que están lejos 19 ; es sacerdote-ministro en cuanto consagra en nombre de Cristo-PontÃfice ("in persona Christi Pontificis") 20 ; es pastor, en cuanto reúne y guÃa a la comunidad en nombre de Cristo-Buen Pastor (cf. Lc. 10, 16; 1 P. 5, 2).
En la Iglesia-comunión, en fin, hay distinción y complementariedad entre el sacerdocio de los ministros ordenados y el sacerdocio común de los fieles, pues el uno coopera con el otro para realizar la misión confiada por Cristo a la Iglesia. El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial, aunque diferentes esencialmente y no sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo 21 . Los presbÃteros deben ser conscientes de su identidad particular que los habilita para un ministerio especÃfico y que se ordena a la edificación del único Cuerpo de Cristo que es por naturaleza: profético, sacerdotal y real. A pesar de la diversidad de las funciones permanece intacta la idéntica dignidad fundamental de los cristianos.
El sacerdote es diocesano en virtud de su incardinación en la diócesis 22 , donde permanece unido al Obispo bajo un aspecto nuevo y está, de manera especial, al servicio de esa comunidad eclesial particular que es la diócesis 23 . En su calidad de sacerdote diocesano, está llamado a crear la comunión entre los miembros de la comunidad local y también a ampliarla, evangelizando a aquellos que todavÃa permanecen fuera de ella.
En esta comunión de la Iglesia, no debe olvidarse el papel que tienen los diáconos permanentes que trabajan al lado del sacerdote y deben formarse para que lleven una vida evangélica, de manera que puedan cumplir, en forma adecuada, los deberes propios de su orden. Ellos representan una figura que puede asumir un significado importante en las Iglesias jóvenes que necesitan de todas las energÃas disponibles para desarrollarse. La función del diácono debe estudiarse y organizarse a nivel de las Conferencias Episcopales 24 .
Es necesario subrayar la dimensión eclesial y sacramental que califica a los sacerdotes. Todo sacerdote representa a la Iglesia y actualiza en ella el proyecto de salvación. Esto supone: conciencia de aquello que tiene relación con la Iglesia, coherencia con el proyecto concreto de salvación, y comunión de espÃritu y de acción con todos los que actúan en la pastoral, en especial con el Romano PontÃfice, el Obispo, los demás sacerdotes y los diáconos.
Tengan todos los presbÃteros fija su mirada en MarÃa, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia: desde el momento de la Encarnación del Hijo de Dios, ella es fundamento ejemplar necesario de su ser y de su vida.
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