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San Gregorio de Nisa, De instituto christiano. La meta divina y la vida conforme a la verdad
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¬ęDe instituto christiano¬Ľ. La meta divina y la vida conforme a la verdad

A los ascetas que lo habían interrogado.

Esbozo (hypotypose) sobre el fin de la piedad, sobre la vida com√ļn y sobre la carrera para correr en com√ļn.

PRIMERA PARTE: LA META DIVINA

Si alguien aleja un poco del cuerpo la facultad de conocer, si se libera de la servidumbre de sus impresiones irracionales, y mira su alma desde arriba por medio de una reflexión sincera y pura, ése ver claramente en su misma naturaleza la caridad de Dios para con nosotros, y la voluntad del Creador hacia nosotros. En efecto, por medio de esta reflexión encontrar que existe en el hombre el impulso connatural e innato de un deseo que lo lleva hacia lo bello y lo excelente; y que existe en su naturaleza el amor impasible y feliz de esta "Imagen" inteligible y bienaventurada cuya imitación es el hombre.

Pero si el alma está despreocupada y no se mantiene en guardia contra sus distracciones, una carrera errante, de una a otra de las cosas visibles y efímeras va a seducirla y a encantarla. Con una pasión descabellada y un amargo placer la arrastrar hacia un mal temible, que nace de las voluptuosidades de la vida, y que engendra la muerte para cualquiera que se prenda de ellas.

Ahora bien, la gracia de nuestro Salvador concede, a aquellos que la reciben con un ardiente deseo, un remedio salvífico para sus almas: el conocimiento de la verdad. Por ella, la carrera errante que encantaba al hombre termina; el sentido menospreciable de la carne se apaga; el alma es conducida hacia lo divino y hacia su propia salvación por medio de la luz de la verdad: recibe la revelación del conocimiento.

Con magnanimidad, ustedes se decidieron a recibir este conocimiento. Con generosidad, ustedes dan riendas sueltas al amor de Dios, seg√ļn la misma naturaleza que Dios quiso atribuir al alma. En sus actos ustedes cumplen en com√ļn lo que es propio a la "vida apost√≥lica". Desean de nosotros una palabra que les gu√≠e y les conduzca sin rodeos en el viaje de la vida, mostr√°ndoles con precisi√≥n cu√°l es la meta de esta vida para aquellos que participan de ella - cu√°l es la voluntad de Dios, buena, favorable y perfecta -; cu√°l es el camino hacia esta meta, y c√≥mo deben comportarse los unos hacia los otros que la recorren - c√≥mo los superiores deben dirigir el "coro filos√≥fico" -; y que trabajos deben asumir aquellos que quieren alcanzar la cumbre de la virtud y preparar dignamente su alma para la venida del Esp√≠ritu.

Puesto que ustedes nos reclaman esta palabra, y la quieren no s√≥lo oral sino por escrito, a fin de guardar estas l√≠neas como una bodega de la memoria y poder sacar de ella con oportunidad lo que les ser √ļtil, trataremos de responder a sus deseos dej√°ndonos llevar por la gracia del Esp√≠ritu.

El principio de la vida cristiana: fe y bautismo

Sabemos muy bien que entre ustedes la regla de la piedad est√° establecida en la recta doctrina. Ustedes creen firmemente que hay una sola Deidad en bienaventurada y eterna Trinidad. Esta Deidad no sufre absolutamente ning√ļn cambio, sino que debe ser pensada y adorada en una sola esencia, una sola gloria y una voluntad id√©ntica en sus tres hip√≥stasis. Hemos recibido esta confesi√≥n de muchos testigos, y la proclamamos nosotros tambi√©n, para gloria del Esp√≠ritu que nos lav√≥ en la fuente del sacramento.

Sabemos que esta profesi√≥n de fe, piadosa y sin error, firmemente establecida en el fondo del alma, la tenemos en com√ļn con ustedes; y conocemos el impulso de ustedes y la ascensi√≥n de sus actos hacia el bien y la beatitud; por eso nos limitaremos a escribirles algunos breves principios de instrucci√≥n. Los elegimos entre los escritos que nos dio el Esp√≠ritu, y en muchos lugares mencionamos las mismas palabras de la Escritura, para apoyar lo que decimos sobre su autoridad y para manifestar que le estamos subordinado. As√≠ no tendremos la impresi√≥n de abandonar la gracia de arriba para producir nosotros mismos las elucubraciones ileg√≠timas de un pensamiento bajo y sin valor, ni de forzar con las filosof√≠as del exterior nuestros ejemplos de piedad, para introducirlos subrepticiamente en la Escritura despu√©s de haberlos hecho brotar de una vana presunci√≥n.

Pues, aquel que quiere conducir hacia Dios su alma y su cuerpo siguiendo la ley de la piedad y devolverle "el culto incruento y puro", estableciendo como guía de su vida esta fe piadosa que las palabras de los santos nos hacen entender a través de toda la Escritura, aquél debe ofrecer a la carrera de la virtud un alma dócil y bien dispuesta: que se aparte con toda pureza de las trabas de esta vida, y de todas las servidumbres con relación a las cosas bajas y vanas. En resumen, que pertenezca todo entero, por su fe y su vida, a Dios sólo.

El sabe perfectamente que allí donde está la fe piadosa y una vida irreprochable, allí también está el poder de Cristo; y que allí donde está el poder de Cristo, allí también está la derrota de todo mal, y de la muerte que nos roba la vida.

Porque los vicios no tienen en sí un poder suficientemente grande como para poner obstáculo al poder soberano; sino que se desarrollan naturalmente en la desobediencia a los mandamientos. Es lo que experimentó en otros tiempos el primer hombre, y lo que experimentan ahora todos aquellos que imitan su desobediencia con una elección deliberada.

Al contrario, aquellos que se acercan al Esp√≠ritu con una disposici√≥n recta, y guardan la fe con una certeza plena, son purificados por el mismo poder del Esp√≠ritu, no permaneciendo en su conciencia ninguna mancha. Lo afirma el Ap√≥stol: nuestro evangelio no les fue manifestado s√≥lo con palabras, sino tambi√©n con el poder y en el Esp√≠ritu Santo, y con plena certeza (1 Ts 1,5), como ustedes bien lo saben. Y tambi√©n: que el esp√≠ritu de ustedes, su alma y cuerpo, sean guardados irreprochables para el advenimiento de nuestro Se√Īor Jesucristo (1 Ts 5,23), quien por el bautismo ha conseguido la prenda de la resurrecci√≥n a aquellos que √©l hace dignos, a fin de que el talento confiado a cada uno le obtenga por su labor la riqueza invisible.

"La edad perfecta" del cristiano es la obra del Espíritu y del alma que se hizo libre

Porque, hermanos m√≠os, el santo bautismo es grande: suficientemente grande para procurar a aquellos que lo reciben con temor la posesi√≥n de las realidades inteligibles. El Esp√≠ritu es rico y no es envidioso de sus dones: se vierte siempre como un torrente en aquellos que reciben la gracia; y los Ap√≥stoles colmados de esta gracia, han manifestado a las Iglesias de Cristo los frutos de su plenitud. En aquellos que reciben ese don con toda rectitud, el Esp√≠ritu permanece; seg√ļn la medida de la fe de cada uno, √©l es su hu√©sped; √©l opera con ellos y construye en cada uno el bien, seg√ļn la proporci√≥n del celo del alma en las obras de la fe.

El Se√Īor lo dijo a prop√≥sito de la mina: la gracia del Esp√≠ritu Santo se da a cada uno en vista a su trabajo, es decir, para el progreso y crecimiento de aquel que lo recibe. Porque es necesario que el alma regenerada sea alimentada por el poder de Dios hasta la medida de la edad del conocimiento en el Esp√≠ritu; est√°, pues, irrigada con generosidad por la savia de la virtud y el enriquecimiento de la gracia (ver Lc 19,23 ss).

El alma que ha sido regenerada por la potencia de Dios debe nutrirse del Espíritu hasta el límite de la edad intelectual, irrigada continuamente por el sudor de la virtud y por la abundancia de la gracia.

El cuerpo del ni√Īo reci√©n nacido no permanece mucho tiempo en la edad m√°s tierna, sino que es fortificado por los alimentos corporales, crece seg√ļn la ley de la naturaleza, hasta la medida que le es dada. Algo parecido se produce en el alma que reci√©n renaci√≥: su participaci√≥n en el Esp√≠ritu anula la enfermedad que hab√≠a entrado con la desobediencia, y renueva la belleza primitiva de la naturaleza. El alma as√≠ renacida no permanece siempre ni√Īa, incapaz, inm√≥vil, dormida en el estado en el cual estaba en su nacimiento; sino que se nutre con los alimentos que le son propios, y hace crecer su estatura por medio de diversos ejercicios y virtudes, seg√ļn las exigencias de su naturaleza. Por el poder del Esp√≠ritu y mediante su propia virtud, se volver inexpugnable para los ladrones invisibles que lanzan contra las almas sus innumerables invenciones.

Es necesario pues, progresar siempre hacia el "hombre perfecto", seg√ļn estas palabras del Ap√≥stol: Hasta que alcancemos todos la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al "hombre perfecto", a la medida de la edad de la plenitud de Cristo; a fin de que no seamos m√°s ni√Īos, sacudidos y llevados por cualquier viento de doctrina seg√ļn los art√≠fices del error; sino viviendo seg√ļn la verdad, crezcamos en todas las cosas hacia Aquel que es la cabeza, Cristo (Ef 4, 13-15). Y en otro lugar el mismo Ap√≥stol dice: No se conformen al mundo presente, sino transf√≥rmense renovando su mente, a fin de discernir cu√°l es la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto (Rm 12,2).

La "voluntad perfecta" de Dios

Lo que el Apóstol entiende por "la voluntad perfecta" es que el alma tome la forma de la piedad, en la medida que la gracia del Espíritu la hace florecer hasta la belleza suprema, trabajando con el hombre que sufre en su transformación.

El crecimiento del cuerpo no depende de nosotros, porque no es seg√ļn el juicio del hombre ni seg√ļn su agrado que la naturaleza mide su estatura: ella sigue su propia tendencia y necesidad. Por el contrario, en el orden del nuevo nacimiento, la medida y la belleza del alma - dadas por la gracia del Esp√≠ritu, que pasa por el celo de aquel que la recibe - crecen seg√ļn nuestra disposici√≥n. Mientras m√°s extiendas tu combate en favor de la piedad, tambi√©n m√°s se extender la estatura de tu alma, por medio de estas luchas y estos trabajos a los cuales nuestro Se√Īor nos invita diciendo: Luchen por entrar por la puerta estrecha (Lc 13,24; ver Mt 7,13), y tambi√©n: ¬°H√°ganse violencia! Son los violentos quienes arrebatan el reino de los cielos (ver Mt 11,12). Y tambi√©n: Aquel que persevere hasta el fin, √©se se salvar (Mt 10,22). Y: Por su perseverancia tomar n posesi√≥n de sus almas (Mc 13,12). A su vez dice el Ap√≥stol: Por la paciencia, corramos la carrera que se nos propone (Hb 12,1), y tambi√©n: Corran de manera que ganen el premio (1 Co 9,24), y de nuevo: Como servidores de Dios por medio de una paciencia incansable (2 Co 6,4), etc.

Nos invita pues a correr, y a dirigir todo nuestro esfuerzo a estos combates, puesto que el don de la gracia est√° proporcionado a los esfuerzos de aquel que la recibe.

Porque es la gracia del Esp√≠ritu la que concede la vida eterna y la alegr√≠a inefable en los cielos; y es el amor el que por la fe acompa√Īada de las obras, gana el premio, atrae los dones y hace gozar de la gracia. La gracia del Esp√≠ritu Santo y la obra buena concurrente al mismo fin colman con esta vida bienaventurada el alma en la que ellas se re√ļnen.

Al contrario, separadas, no procurar√≠an al alma ning√ļn beneficio. Porque la gracia de Dios es de tal naturaleza que no puede visitar a las almas que rehusan la salvaci√≥n; y el poder de la virtud humana no basta por s√≠ solo para elevar hasta la forma de la vida celestial a las almas que no participan de la gracia. Si el Se√Īor no edifica la casa ni guarda la ciudad, dice la Escritura, en vano vigila el guardi√°n y trabaja el que construye (Sal 126,1). Y tambi√©n: No son sus espadas las que conquistaron la tierra, no son sus brazos los que los salvaron - aun si los brazos y las espadas han servido en el combate - sino tu mano y tu brazo (oh Se√Īor), y la luz de tu rostro (Sal 43,4).

¬ŅQu√© quiere decir esto? Que desde arriba el Se√Īor lucha con los que luchan - y que la corona no depende solamente del trabajo de los hombres ni tampoco de sus esfuerzos -. Las esperanzas descansan finalmente sobre la voluntad de Dios.

Es necesario, pues, saber en primer lugar cu√°l es la voluntad de Dios; mirarla dirigiendo hacia ella todos nuestros esfuerzos; y, tendidos hacia la vida bienaventurada por el deseo, disponer en vista a esta vida nuestra propia existencia.

La "voluntad perfecta" de Dios consiste en purificar el alma de toda mancha por la gracia, elevarla por encima de los placeres del cuerpo, y que se ofrezca a Dios, pura, tendida por el deseo, y hecha capaz de ver la luz inteligible e inefable.

Entonces el Se√Īor declara al hombre "bienaventurado": Bienaventurados los corazones puros, porque ver n a Dios (Mt 5,8). Y en otra parte ordena: Sean perfectos como su Padre del cielo es perfecto (Mt 5,48).

El Apóstol exhorta a correr hacia esta perfección cuando dice: Para llevar a todos los hombres hasta la perfección en Cristo, me fatigo luchando (Col 1,28).

La libertad del alma librada de la verg√ľenza

Para los que desean una vida aut√©nticamente filos√≥fica, David, hablando en el Esp√≠ritu, ense√Īa el camino de la verdadera filosof√≠a - el camino que deben tomar para llegar a la meta perfecta -, los bienes que deben pedir a Aquel que da: Que mi coraz√≥n, dice, se vuelva inmaculado en tu justicia, a fin de que no pase verg√ľenza (Sal 118,80). Diciendo esto, invita a aquellos que por sus malas acciones se han cubierto de verg√ľenza, a temer esta verg√ľenza y a desembarazarse de ella como de un vestido manchado, un vestido de infamia.

Dice tambi√©n: No tendr√© verg√ľenza si escudri√Īo todos tus mandamientos (Sal 118,6). Observa c√≥mo el Esp√≠ritu pone en el cumplimiento de los mandamientos la "libertad" del alma.

David dice también: Construye en mí, oh Dios, un corazón puro; establece en mi seno un espíritu nuevo y recto; afiánzame con el Espíritu soberano (Sal 50,12).

En otra parte pregunta: ¬ŅQui√©n subir a la monta√Īa del Se√Īor? (Sal 23,3). Entonces responde: El hombre de manos inocentes, y puro coraz√≥n (Sal 23,4).

He aqu√≠ quien subir a la monta√Īa del Se√Īor: aquel que es puro en todas las cosas, quien por el pensamiento, el conocimiento o los actos, no manch√≥ su alma hasta el fondo obstin√°ndose en el mal; aquel que habiendo recibido el "Esp√≠ritu soberano", reconstruy√≥ con obras y con buenos pensamientos su coraz√≥n, que hab√≠a sido destruido por el mal.

El alma se vuelve la esposa de Cristo, se asimila a √Čl

El Santo Ap√≥stol, hablando a los que decidieron vivir en la virginidad, describe cual debe ser este g√©nero de vida: La virgen, dice, piensa en las cosas del Se√Īor, c√≥mo ser santa en el cuerpo y en el esp√≠ritu (1 Co 7,34), queriendo significar con esto c√≥mo purificarse en cuanto al alma y a la carne. Y exhorta a huir de todo pecado - visible o escondido - es decir, a abstenerse enteramente de las faltas que se cometen con las acciones y de las que se cumplen en el pensamiento. Porque la meta para el alma honrada con la virginidad consiste en acercarse a Dios y hacerse la esposa de Cristo.

Aquel que desea unirse con alguien debe, por supuesto, adoptar su manera de ser, imit√°ndolo. Es pues una necesidad para el alma que desea convertirse en esposa de Cristo, hacerse conforme a la belleza de Cristo, por medio de la virtud, seg√ļn el poder del Esp√≠ritu. Porque no es posible que se una a la luz aquel que no brilla con el reflejo de esta luz. Y he aprendido del Ap√≥stol Juan: Cualquiera que tiene esta esperanza se santifica, como Cristo mismo es santo (1 Jn 3,3). El Ap√≥stol Pablo escribe tambi√©n: Sean mis imitadores como yo lo soy de Cristo (1 Co 11,1).

El alma que quiere levantar vuelo hacia lo divino y adherirse fuertemente a Cristo, debe pues alejar de s√≠ toda falta; las que se cumplen visiblemente con las acciones: quiero decir, el robo, la rapi√Īa, el adulterio, la avaricia, la fornicaci√≥n, el vicio de la lengua, en resumen, todos los g√©neros de faltas visibles; y tambi√©n los males que se introducen subrepticiamente en las almas, y que permaneciendo escondidos para la gente del exterior, devoran al hombre de una manera cruel: es decir, la envidia, la incredulidad, la malignidad, el fraude, el deseo de lo que no conviene, el odio, el fingimiento, la vanagloria, y todo el enjambre enga√Īador de estos vicios que la Escritura odia, que rechaza con disgusto al igual que los pecados visibles, como si fueran de la misma ralea y generados del mismo mal.

Porque ¬Ņde qui√©n el Se√Īor dispersar los huesos? ¬ŅNo es acaso de aquellos que quieren agradar a los hombres? ¬ŅA qui√©n el Se√Īor rechazar como maldito y asesino? ¬ŅNo es acaso al hombre enga√Īador y p√©rfido? ¬°El hombre de sangre y de fraude, el Se√Īor lo maldice! (Sal 5,7). ¬ŅY David no condena abiertamente a aquellos que dicen "Paz" a su pr√≥jimo pero cuyo coraz√≥n est√° lleno de maldad (Sal 27,3) gritando hacia Dios: En sus corazones ustedes hacen la injusticia sobre la tierra (Sal 105,39)?.

La regla de la verdad: "Aquel que ve en lo secreto"

Dios llama, pues, "obra de pecado" al movimiento del coraz√≥n que se produjo en secreto (Sal 57,3). En consecuencia, exhorta a no buscar alabanzas de los hombres, y a no enrojecerse por sus menosprecios. Porque la Escritura declara privados de recompensa en el cielo a aquellos que socorren al pobre con ostentaci√≥n, y que se glorifican de sus limosnas en la tierra. Si, en efecto, buscas agradar a los hombres, y das para ser alabado, el salario de tu buena acci√≥n te est√° pagado por las alabanzas humanas en vista de las cuales has mostrado beneficencia. No busques, pues, m√°s recompensa en el cielo, t√ļ que colocas tus trabajos aqu√≠ abajo; y no esperes honores cerca de Dios, t√ļ que los has recibido de los hombres.

¬ŅDeseas una gloria inmortal? Muestra tu vida en lo secreto, a Aquel que es suficientemente poderoso para procurar la gloria que deseas. ¬ŅTemes una verg√ľenza eterna? Teme a Aquel que desvelar tu verg√ľenza en el d√≠a del juicio.

¬ŅPero c√≥mo entonces el Se√Īor dijo: que la luz de ustedes brille delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre de ustedes que est√° en los cielos (Mt 5,16)? Es que anima al hombre que cumple los mandamientos de Dios para hacer todas sus acciones mirando hacia Dios - a agradar a Dios solo, sin correr detr√°s de cualquier gloria que viene de los hombres -; a huir m√°s bien de sus elogios, as√≠ como de la ostentaci√≥n; a hacerse conocer por todos por su vida y sus obras, de tal manera que los espectadores - no dijo: "admiraran la demostraci√≥n" -, sino glorifiquen al Padre de ustedes que est√° en los cielos (ib√≠d.).

Lo que ordena aquí es referir toda la gloria al Padre, y cumplir toda acción en vistas a la voluntad del Padre. Y así estar cerca del Padre, en quien se encuentra la recompensa de las obras de virtud.

El Se√Īor te invita a huir del elogio que viene de los hombres y de la tierra y de desviarte de √©l. Porque no solamente aquel que lo busca y lo atrae se priva de la gloria de la vida eterna, sino que puede desde ahora esperar el castigo. Pobres de ustedes, dice el Se√Īor, cuando los hombres hablen bien de ustedes (ver Lc 6,26).

Huye, entonces, de todo honor humano, cuyo fin es la verg√ľenza y la confusi√≥n eternas, y tiende hacia las alabanzas de arriba, de las cuales David canta: Mi alabanza est√° cerca de ti (Sal 21,26), y: Mi alma se glor√≠a en el Se√Īor (Sal 33,3).

Aun cuando se trate simplemente del comer, el bienaventurado Apóstol recomienda no tomar de cualquier manera la comida que se encuentra preparada, sino dar gloria en primer lugar a Aquel que da los medios para sostener la vida. Es, pues, en todas las cosas que ordena menospreciar la gloria de los hombres y buscar sólo la gloria de Dios.

Quien busca las alabanzas no tiene fe

Aquel que busca la gloria de Dios, el mismo Se√Īor lo llama "fiel"; mientras que junta con los "infieles" a aquel que ambiciona los honores de aqu√≠ abajo. ¬ŅC√≥mo podr√≠an creer - dice - ustedes que reciben gloria los unos de los otros, y no buscan la gloria que viene s√≥lo de Dios? (Jn 5,44).

¬°Y el odio! Aprende del Ap√≥stol Juan lo que es: Aquel que odia a su hermano es un homicida - dice - y ustedes saben que ning√ļn homicida tiene la vida eterna (1 Jn 3,15). Rechaza pues de la vida eterna a aquel que tiene odio contra su hermano como si fuera un homicida; o m√°s bien dice abiertamente que el odio es un homicidio. Porque aquel que suprime y destruye el amor del pr√≥jimo, y que en lugar de amigo se vuelve enemigo, puede ser considerado verdaderamente como quien entretiene contra su pr√≥jimo el odio escondido que alimentan los homicidas hacia las v√≠ctimas que se proponen derribar.

Que no hay ninguna diferencia entre las faltas escondidas en el interior y las que se ven y aparecen, el Apóstol lo muestra con sagacidad reuniéndolas y colocándolas sobre el mismo plano: Como no juzgaron bueno guardar el conocimiento de Dios, Dios los abandonó a sus inteligencias depravadas, de tal manera que hacen lo que no hay que hacer, llenos de iniquidad, de malicias, de fornicación, de avaricia, de maldad, llenos de envidia, de homicidios, de querellas, de fraude, de maleficencia; maldicientes, detractores, detestables para Dios, despreciativos, orgullosos, altaneros, inventores de calamidades, desobedientes a sus padres, insensatos, desordenados, sin afectos, sin lealtad, sin misericordia. Ellos no conocen la justicia de Dios - y sabiendo que aquellos que hacen estas cosas son dignos de muerte - no solamente las hacen, sino que aprueban a los que las hacen (Rm 1, 28-32).

¬ŅVes c√≥mo flagela la maldad, el orgullo, el enga√Īo y los dem√°s vicios escondidos, al mismo tiempo que el asesinato, la avaricia y todos los cr√≠menes de esta naturaleza? En cuanto el mismo Se√Īor, proclama: lo que est√° elevado entre los hombres es abominaci√≥n delante de Dios (ver Lc 16,5b); y: Aquel que se eleva ser abajado, aquel que se abaja, ser elevado (Lc 14,11). La Sabidur√≠a dice tambi√©n: Un coraz√≥n que se eleva es impuro delante de Dios (Pr 16,5).

La "ley del pecado"

Tambi√©n en otros libros de las Escrituras se podr√≠an encontrar muchos otros textos que condenan las faltas escondidas en las almas. Estos vicios son malos y dif√≠ciles para sanar: se fortifican en la profundidad del alma, hasta el punto que no es posible extirparlos y arrancarlos por la sola fuerza y celo del hombre. Se lo alcanza s√≥lo atrayendo por la oraci√≥n el poder del Esp√≠ritu, para combatir juntos; entonces uno se hace due√Īo de este mal, que es un tirano interior. El Esp√≠ritu nos lo ense√Īa por medio de la voz de David: Purif√≠came de mis pecados ocultos; preserva a tu servidor de los vicios que est√°n en √©l como extranjeros (Sal 18, 13-14).

Es necesario, pues, vigilar de cerca, volviéndose con frecuencia hacia el alma como el jefe de guerra que grita y manda: Hombre, guarda tu corazón con toda vigilancia, porque de él procede la vida (Pr 4,23). Ahora bien, la guarda del alma es el juicio de la piedad, fortificado por el temor de Dios, la gracia del Espíritu y las obras de la virtud. Aquel que arma su alma con ellos desvía con facilidad los asaltos del tirano, quiero decir, el fraude y la codicia, el orgullo y la cólera, la envidia y todos los movimientos perversos del mal que se forman en el interior del hombre.

Nadie puede servir a dos maestros

El cultivador de la virtud debe ser, pues, un hombre franco y firme, sabiendo cultivar los √ļnicos frutos de la piedad; que no extrav√≠e nunca su vida sobre los caminos del mal; que nunca aleje de la fe el juicio de la piedad, sino que sea alguien simple y derecho.

Que ignore los sentimientos extra√Īos a su propio camino. Porque el camino abrazado por el hombre solo y aquel que pasa por la uni√≥n con una mujer no podr√≠an conseguir el mismo salario de vida.

El bienaventurado Mois√©s dijo: No enganchar√°s juntos en tu arado animales de distintas especies tales como un buey y un asno; sino que trillar s tu grano poniendo bajo el yugo a los animales de una misma especie. No tejer s lino con lana ni lana con lino en un mismo vestido. En el suelo de la tierra no sembrar s dos semillas distintas, la una sobre la otra ni el mismo a√Īo. No aparear s dos animales de especies distintas, sino que juntar s aquellos de la misma especie (ver Dt 22,10 y Lv 19,19).

¬ŅQu√© quieren decir estos enigmas para el santo? Que no se debe sembrar en la misma alma el vicio y la virtud, compartir su vida entre contrarios, cultivando al mismo tiempo las espinas y el trigo. La esposa de Cristo no debe cometer el adulterio con los enemigos de Cristo: no puede engendrar por una parte la luz y por otra las tinieblas.

Porque estas cosas no est√°n hechas para caminar juntas, ni tampoco las partes de la virtud con las del vicio. ¬ŅQu√© tipo de amistad podr√≠a establecerse entre la moderaci√≥n y la intemperancia? ¬ŅQu√© acuerdo entre la justicia y la injusticia? ¬ŅQu√© sociedad entre la luz y las tinieblas? ¬ŅNo suceder de manera infalible que el uno perder el terreno en favor del otro y no desear permanecer frente al asaltante?

Es necesario que el sabio agricultor desparrame, como de una fuente buena para beber, las aguas puras de la vida, sin mezcla de ning√ļn lodazal; porque debe conocer s√≥lo las √ļnicas cosechas de Dios, y trabajar en ellas con perseverancia durante toda su vida. Entonces, incluso si un pensamiento extra√Īo aparece bajo la cobertura de los frutos de la virtud, Aquel que lo ve todo mirar tus trabajos; y con prontitud, por medio de su propio poder, cortar esta ra√≠z de malos pensamientos, falsa y escondida, antes de que brote. Porque si alguien persevera en los trabajos de la virtud, la gracia del Esp√≠ritu lo acompa√Īa destruyendo cuanto antes las semillas del vicio. Y es imposible que aquel que se adhiera siempre a Dios pierda la esperanza o sea dejado sin defensa.

La oración obtiene todo

Has le√≠do en el Evangelio la historia de esta viuda que expone a un juez inicuo una gran injusticia. Mucho tiempo y perseverancia en su requerimiento triunfan de las costumbres del juez y la lleva a sacar venganza del injusto agresor. Pues bien, t√ļ tambi√©n no te desanimes cuando reces. Porque si la audacia de esta mujer lleg√≥ a quebrar la arbitrariedad de un juez sin piedad, ¬Ņc√≥mo podr√≠a ser posible desesperar de la solicitud de Dios, de quien sabemos que la misericordia previene a menudo a aquellos que lo invocan? Por otra parte, el mismo Se√Īor espera la perseverancia de nuestras oraciones en esta par bola. El nos exhorta a insistir: Vean, explica, lo que dice el juez inicuo. ¬ŅY Dios no har√° justicia a los que gritan a √©l d√≠a y noche? Yo les digo: les har√° justicia y pronto (Lc 18, 6-8).

Los dones del Espíritu

El Ap√≥stol, sabiendo que muchos esfuerzos y combates esperan a los disc√≠pulos de la piedad en sus progresos hacia la perfecci√≥n, proponiendo a todos la meta verdadera, escribe: ...corrigiendo a todos los hombres e instruy√©ndolos con toda sabidur√≠a, a fin de que cada uno llegue a la perfecci√≥n en Cristo. Por eso me fatigo luchando (Col 1, 28-29). Adem√°s, pide que aquellos que por el bautismo se hicieron dignos de recibir el sello del Esp√≠ritu, adquieran el crecimiento de "la edad del conocimiento" (edad espiritual) bajo la conducci√≥n del Esp√≠ritu: Habiendo tenido noticia de la fe de ustedes, y de la caridad que tienen para con todos los santos, no ceso de orar por ustedes y de pedir que el Dios de nuestro Se√Īor Jesucristo, el Padre de la gloria, les de el Esp√≠ritu de sabidur√≠a y de revelaci√≥n en su conocimiento: que los ojos de su coraz√≥n sean iluminados para que sepan cu√°l es la esperanza de su llamado y la riqueza de la gloria de su herencia entre los santos, y cu√°l es la grandeza supereminente de su poder, a favor nuestro, para nosotros los creyentes (Ef 1, 16-19).

Despu√©s habla del modo de participaci√≥n del Esp√≠ritu: Seg√ļn la operaci√≥n de su potencia, que √©l obr√≥ en Cristo resucit√°ndolo de entre los muertos (ib√≠d., 1,19). Se expresa claramente sobre la participaci√≥n con el Esp√≠ritu y sobre la acci√≥n de √©ste en favor de aquellos que lo reciben: ... para que ustedes tambi√©n reciban de la misma manera su plenitud.

Un poco m√°s lejos en la misma ep√≠stola, implora para ellos algo mejor, pidiendo que baje sobre ellos el perfecto poder del Esp√≠ritu: Por eso doblo las rodillas ante el Padre de nuestro Se√Īor Jesucristo, de quien toma su nombre toda familia en los cielos y en la tierra, para que seg√ļn la riqueza de su gloria, les conceda ser poderosamente fortalecidos en el hombre interior por su Esp√≠ritu; que Cristo habite por la fe en sus corazones, que arraigados y fundados en la caridad, puedan comprender, en uni√≥n con todos los santos, cu√°l es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y conocer la caridad de Cristo, que supera toda ciencia, para que sean llenos de toda plenitud de Dios (Ef 3, 14-19).

El camino supereminente

Ya en otra ep√≠stola habla a sus disc√≠pulos de las mismas realidades, revel√°ndoles el tesoro del Esp√≠ritu, y exhort√°ndolos a participar de √©l: Aspiren a los mejores dones. Pero quiero mostrarles un camino mejor. Si yo hablara las lenguas de los hombres y de los √°ngeles, si no tengo caridad, soy como un bronce que suena o un c√≠mbalo que reti√Īe. Y si tuviera el don de profec√≠a y conociera todos los misterios y toda la ciencia, y tuviera una fe que trasladara monta√Īas, si no tengo caridad, no soy nada. Y si repartiera todos mis bienes y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, para nada me aprovecha (1 Co 13, 1-3).

¬ŅPero, qu√© es pues la superioridad de la caridad y cu√°les son sus frutos? ¬ŅDe qu√© males aleja a aquel que la posee, y qu√© bienes procura? El Ap√≥stol lo muestra con sabidur√≠a con estas palabras: La caridad es long√°nima, es benigna, no es envidiosa, no es jactanciosa, no se hincha; no es descort√©s, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa mal; no se alegra de la injusticia, se complace en la verdad; todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera. La caridad jam√°s terminar (1 Co 13, 4-8).

Esto es hablar con una perfecta sabidur√≠a y exactitud. La caridad jam√°s terminar . ¬ŅQu√© significa esto? Si alguien consigue estos carismas que el Esp√≠ritu concede - quiero decir las lenguas de los √°ngeles, la profec√≠a, la ciencia, el don de sanaci√≥n - pero no est√° aun plenamente liberado, por la caridad del Esp√≠ritu, de las pasiones que lo perturban desde el interior, y no recibi√≥ aun en su alma el perfecto remedio de la salvaci√≥n, √©se permanece en el temor de una ca√≠da, porque no tiene la caridad que funda y confirma en la estabilidad de la virtud.

No te quedes pues en los dones. ¡Y no pienses que con la gracia rica y generosa del Espíritu, nada te falta para la perfección!, sino que cuando afluyan hacia ti esta profusión de dones, entonces hazte pobre de espíritu. Acurrucado bajo el temor de Dios y contando solo con la caridad como fundamento del tesoro de la gracia para el alma, sigue combatiendo toda impresión descabellada antes de haber alcanzado la cumbre de la meta de la piedad: el mismo Apóstol te precedió, y trae a allí a sus discípulos por su oración y por su doctrina, mostró incircuncisión, lo que vale es ser una nueva criatura. Y a todos los que siguen esta norma, paz y misericordia, así como al Israel de Dios (Ga 6, 15-16).

La nueva criatura

Dice también: Si alguien es de Cristo, se ha hecho criatura nueva, y lo viejo pasó (2 Co 5,17). Ser "nueva criatura" es la regla apostólica: regla que el Apóstol en otra epístola expresa con penetración:... a fin de presentársela a sí gloriosa, sin mancha o arruga o cosa semejante, sino santa e inmaculada (Ef 5,27).

Llama pues "nueva creaci√≥n" la inhabitaci√≥n del Esp√≠ritu Santo en el alma pura y sin mancha, alejada de toda malicia, perversidad o torpeza. Cuando el alma, en efecto, haya alcanzado el odio al pecado, y se haya entregado a Dios seg√ļn sus fuerzas por medio del gobierno de la virtud, cuando reciba la gracia del Esp√≠ritu y se encuentre transformada por la divina gracia, ser enteramente nueva y recreada. La advertencia: Purif√≠quense de la vieja levadura para transformarse en una masa nueva (1 Co 5,7) expresa la misma ense√Īanza. As√≠ tambi√©n: Celebremos este banquete, no con la vieja levadura, sino con los √°zimos de pureza y de verdad (1 Co 5,8).

Puesto que el enemigo tiende sus trampas al alma por todos lados lanzando hacia ella su maleficencia, y que las fuerzas humanas son por s√≠ mismas inferiores en semejante combate, el Ap√≥stol nos ordena armar nuestro miembros con las armas celestiales: nos invita a revestirnos con la coraza de la justicia, a calzar nuestros pies con la preparaci√≥n de la paz, a ce√Īirnos con la verdad, tomando por encima de todo eso el escudo de la fe con que poder apagar los encendidos dardos del maligno (ver Ef 6, 14-16). Los dardos encendidos son las pasiones no reprimidas. Nos exhorta tambi√©n a tomar el casco de la salvaci√≥n y la espada santa del Esp√≠ritu. Por la espada santa se entiende la Palabra poderosa de Dios . El alma debe armar su mano derecha con ella para rechazar las maquinaciones del enemigo.

Pero, ¬Ņc√≥mo podemos tomar estas armas? Apr√©ndelo del mismo Ap√≥stol: Por la oraci√≥n continua y la s√ļplica - dice -. Recen en el Esp√≠ritu en todo tiempo. Por eso vigilen en todo tiempo y con perseverancia (Ef 6,18). Y ora por todos con estas palabras: Que la gracia de nuestro Se√Īor Jesucristo, y la caridad de Dios y la comuni√≥n del Esp√≠ritu Santo est√© con todos ustedes (2 Co 13,13). Y tambi√©n: Que el esp√≠ritu de ustedes, alma y cuerpo, se conserve entero, sin mancha para la venida de nuestro Se√Īor Jesucristo (1 Ts 5,23).

El cristiano perfecto: "el mayor mandamiento"

¬ŅVes cu√°ntos medios de salvaci√≥n te mostr√≥? Y todos tienden hacia el √ļnico camino y la √ļnica meta, que es la de ser un cristiano perfecto. Es el fin hacia el cual deben apurarse, por medio de una fe robusta y una esperanza constante, aquellos que est√°n prendados por la verdad y que se adelantan con alegr√≠a, con pleno fervor en lo m√°s fuerte de la lucha. Para ellos la carrera de la vida se cumple con facilidad hasta la cumbre de estos mandamientos de donde se desprende toda la Ley y los profetas. ¬ŅQu√© mandamientos? Amar s al Se√Īor tu Dios con todo tu coraz√≥n y con toda tu alma y con todo tu pensamiento, y a tu pr√≥jimo como a ti mismo (Dt 6,5).

Tal es la meta de la piedad, que el mismo Se√Īor y los Ap√≥stoles por √©l formados nos han transmitido. ¬°Y si con algunas disgresiones prolongamos un poco nuestro discurso, preocupados por establecer la verdad m√°s que de economizar las palabras, ¬°no se nos censure! Porque una vez conocidas las reglas de la filosof√≠a, conociendo as√≠ claramente el trabajo del viaje y el fin de la carrera, todos repudiar n la presunci√≥n y la gloria que inspiran los √©xitos alcanzados. Para una vida eterna renunciar n a sus almas, como dice la Escritura, y mirar n hacia una sola riqueza: la que Dios propone a los que lo aman, como el premio ganado por su amor a Cristo, porque llama a ello a todos aquellos que se ofrecen con prontitud para sostener la lucha, a todos aquellos para quienes la cruz de Cristo basta como vi tico en el pa√≠s de esta vida.

El cristiano perfecto: "que renuncie a sí mismo y cargue con su cruz"

Con alegr√≠a y buena esperanza deben, llevando su cruz, seguir al Dios Salvador. Que adopten como ley y como itinerario de su vida la econom√≠a divina, como lo dice el mismo Ap√≥stol: Sean mis imitadores como yo lo soy de Cristo (1 Co 11,1). Y tambi√©n: Por la paciencia corramos el combate que se nos ofrece, puestos los ojos en Jes√ļs, que es el autor y consumador de la fe: el cual, en vez del gozo que se le ofrec√≠a, soport√≥ la cruz, sin hacer caso de la ignominia, y est√° sentado a la diestra del trono de Dios (Hb 12, 1-2).

Es de temer, en efecto, que transportados por los dones del Esp√≠ritu, encontremos en nuestros peque√Īos √©xitos de virtud un motivo para enorgullecernos y gloriarnos; entonces caer√≠amos de nuestro impulso antes de alcanzar el t√©rmino de nuestra esperanza. Todo el trabajo ya hecho se volver√≠a in√ļtil, y aparecer√≠a que somos indignos de la perfecci√≥n hacia la cual la gracia del Esp√≠ritu nos arrastra.

"Tendidos hacia lo que est√° adelante"

No debemos, pues, bajo ning√ļn pretexto aflojar la intensidad de nuestro esfuerzo, ni dejar el combate que nos espera, ni ocupar nuestro esp√≠ritu con lo que est√° atr√°s - si algo bueno se hizo -, sino olvidar todo eso y con el ejemplo del Ap√≥stol: tender hacia lo que nos precede (Flp 3,13).

Mientras nuestro corazón se rompe bajo la tensión del esfuerzo, con un deseo insaciable de justicia - porque sólo de ella deben tener hambre y sed aquellos que buscan alcanzar la perfección -, nos volveremos humildes, y compenetrados por el temor de Dios, viendo que estamos lejos de las promesas, y exiliados de la perfecta caridad de Cristo. Porque aquel que ama esta caridad y que mira hacia arriba, hacia la promesa, no se exalta con los éxitos logrados, ni cuando ayuna, ni cuando vigila, ni cuando aplica su celo a otras formas de virtud; sino lleno del deseo de Dios, y mirando con intensidad hacia Aquel que lo llama, considera todo lo que hace por alcanzarlo como poca cosa y como indigno de recompensa. Mientras dura esta vida, se sobrepasa continuamente a sí mismo, acumulando trabajos sobre trabajos y virtudes sobre virtudes, hasta que esté frente a Dios, precioso por sus obras, pero no teniendo conciencia de haberse hecho digno de El.

El amor sin medida

Porque acá reside la cumbre de la "filosofía": que aquel que es grande por las obras se abaje en su corazón y condene su vida con temor de Dios haciendo caer la opinión que tiene de sí mismo.

Así gozar de la promesa en la medida en que creyó y en que amó, no en la medida en que trabajó y se cansó.

Porque los dones son muy grandes para que pueda encontrar trabajos dignos de ellos. Lo que hace falta es una gran fe y una gran esperanza; entonces la recompensa se medir en base a estas dos virtudes, y no a los ejercicios. El soporte de la fe es la pobreza seg√ļn el Esp√≠ritu, y el amor de Dios sin medida.

SEGUNDA PARTE: LA VIDA COM√öN

Pienso haber dicho lo suficiente sobre la meta que esperan aquellos que abrazan la vida filosófica. Queda por precisarse cómo deben vivir juntos, qué ejercicios elegir, cómo correr la carrera compitiendo los unos con los otros, hasta que alcancen la ciudad de arriba.

La pobreza perfecta

Es necesario que menospreciando absolutamente los espejismos de esta vida, renunciando a sus padres, renunciando tambi√©n a todas las glorias de aqu√≠ abajo, prendado de la gloria celestial, y unido espiritualmente a sus hermanos seg√ļn Dios, el monje reniegue aun de su propia alma para ganar la vida eterna. Renegar de su alma, consiste en no buscar de ninguna manera su voluntad propia. Sino m√°s bien que la voluntad del hombre realice "la Palabra de Dios" - esta Palabra que mand√≥ -, y la tenga como el buen piloto que dirige a toda la asamblea de los hermanos, en la unanimidad, hacia el puerto de la voluntad de Dios.

Que no posea nada; que no considere nada como propio, al margen de la comunidad, salvo el vestido que cubre su cuerpo. Porque si no tiene nada, si se encuentra desnudo, despojado de la preocupaci√≥n de su propia vida, servir al bien com√ļn y ejecutar de buen grado las √≥rdenes de los superiores, en la alegr√≠a y la esperanza, como un servidor de Cristo bien dispuesto, que comparte la necesidad com√ļn de los hermanos. Esto, el mismo Se√Īor lo quiere y lo ordena, cuando dice: Aquel que quiere ser grande, y ser el primero entre ustedes, ser el √ļltimo y el servidor de todos (Mc 9,34).

El servicio humilde y gratuito

Este servicio debe ser, pues, gratuito, y no dar ning√ļn honor y gloria al servidor, a fin de que √©ste no parezca "servir para ser visto y agradar a los hombres", como dice la Escritura (ver Ef 6,6). Al contrario, que sirva como si sirviera al Se√Īor en persona; que camine por el camino angosto, y cargue sobre s√≠ con fervor el yugo del Se√Īor. Si El lo sostiene desde el comienzo hasta el fin, √©l mismo ser llevado hasta el fin con alegr√≠a y buena esperanza.

Debe ubicarse más abajo que todos, y servir a sus hermanos como si fuera deudor de un crédito. Que deje caer en su alma las preocupaciones de todos, y que cumpla la caridad en toda su amplitud, porque es debida.

Los superiores son m√°s servidores que todos los dem√°s

Los superiores de este coro espiritual deben considerar la grandeza de este cargo, prever los artífices del mal que construyen trampas a la fe, y correr la carrera de la manera que conviene a su autoridad, sin que nunca el poder les inspire ideas de grandezas. Porque allí reside un peligro; y algunos que parecían ser superiores a los demás y dirigirles hacia la vida celestial, se perdieron en secreto por su orgullo.

Pues es conveniente que aquellos que est√°n establecidos en el cargo de superiores, se sacrifiquen m√°s que los dem√°s, tengan sentimientos a√ļn m√°s humildes que sus subordinados, y presenten a sus hermanos, por sus propias vidas, el mismo tipo de servicio. Que miren a los que les son confiados como dep√≥sitos pertenecientes a Dios.

Si act√ļan as√≠, forjando el coro sagrado por sus cuidados cotidianos, manifestando la doctrina seg√ļn la necesidad de cada uno para salvar la disposici√≥n que distinga a cada uno - y si en lo secreto tienen en el pensamiento un sentimiento humilde, como buenos servidores que vigilan sobre la fe -, ganan para ellos mismos, por medio de una vida tal, una gran recompensa.

Oc√ļpense, pues, de aquellos que dependen de ustedes, como los buenos pedagogos se ocupan de ni√Īos j√≥venes confiados por sus padres: estudian el temperamento de los ni√Īos, y usan de la vara con unos, de una exhortaci√≥n con otros, de elogios con los terceros, etc. Y no hacen nada de todo eso por favor o por enemistad, sino que adaptan sus medios a los casos que se presentan y al car√°cter del ni√Īo, para prepararlo con seriedad a la vida.

Ustedes tambi√©n, dejando toda animosidad contra los hermanos, y toda presunci√≥n, ajusten sus palabras a las fuerzas e inteligencias de cada uno. Den a uno muestras de estima, avisen al otro, exhorten tal otro; como un buen m√©dico que procura remedios seg√ļn la necesidad de cada uno: observa a sus pacientes, y aplica a uno remedios benignos, a otro algunos m√°s violentos; no agobia a ninguno de los que necesitan sus cuidados, sino que adapta su arte a las almas y a los cuerpos. T√ļ entonces, conf√≥rmate a las necesidades de la causa, a fin de educar bien el alma del disc√≠pulo que tiene los ojos puestos en ti, y de presentar al Padre la virtud de esta alma toda resplandeciente, como digna heredera de sus dones.

Si se comportan así los unos con los otros - los que están establecidos como superiores, y aquellos que los tienen por maestros -, los unos obedeciendo con alegría a los superiores, los otros conduciendo con felicidad a los hermanos hacia la perfección, honrándose recíprocamente (ver Rm 12,10), entonces vivir n sobre la tierra la vida de los ángeles.

Que ning√ļn humo de orgullo se manifieste entre ustedes; sino que la simplicidad, la armon√≠a, un porte franco, forjen el coro.

Y que cada uno se persuada no solamente de que es inferior al hermano que vive con √©l, sino a√ļn que es inferior a todo hombre: cuando haya entendido esto, ser verdaderamente disc√≠pulo de Cristo. Como lo ha dicho el Salvador, el que se ensalza ser humillado, y el que se humilla ser ensalzado (Lc 14,11). Y tambi√©n: Si alguno quiere ser el primero, que sea el √ļltimo de todos y el servidor de todos, pues tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos (Mt 20,28 y Mc 23,12). Y el Ap√≥stol: No nos predicamos a nosotros mismos, sino al Se√Īor Jesucristo, siendo para ustedes servidores por amor a Jes√ļs (2 Co 4,5).

Conociendo, pues, los frutos de la humildad y el castigo del orgullo, imiten al Maestro am√°ndose los unos a los otros. Por el bien com√ļn, no vacilen m√°s frente a la muerte que frente a cualquier otro sufrimiento; caminen para Dios sobre el camino por donde √©ste march√≥ entre nosotros; avancen como un solo cuerpo y una sola alma, hacia la llamada de arriba; amen a Dios y √°mense los unos a los otros. Porque la caridad y el temor del Se√Īor, es el m√°s alto cumplimiento de la ley.

El orden de la caridad

Cada uno de ustedes debe establecer el temor y la caridad como un fundamento robusto y firme en su alma, e irrigarla sin cesar con buenas acciones y con la oración perseverante. Porque la caridad hacia Dios no nace ni se desarrolla naturalmente en nosotros por azar, sino con penas y con grandes cuidados, y con la ayuda de Cristo.

Así dice la Sabiduría: Si la buscas como se busca la plata, cual si excavaras un tesoro, entonces comprender s el temor de Yahvé y hallar s el conocimiento de Dios (Pr 2, 4-5). Ahora bien, encontrando el conocimiento de Dios, tomar s el temor con facilidad, y cumplir s felizmente lo que viene después, quiero decir la caridad para con el prójimo. Porque una vez adquirido con trabajo el amor de Dios, que es el primero y el más grande, el otro que es menor, se agrega al primero con menos dificultad. Pero si el primero falla, el segundo no puede existir auténticamente.

¬ŅC√≥mo, en efecto, aquel que no ama a Dios con todo su coraz√≥n y todo su esp√≠ritu, podr√≠a darse con sinceridad y asiduamente al amor de sus hermanos, puesto que no cumple para Dios esta caridad a la que uno puede aplicarse solamente para √©l?

El inventor del pecado encuentra desarmado a este infeliz que no entrega a Dios su alma entera ni comulga con su caridad. Le hace dar un traspi√© y pronto lo domina por medio de golpes p√©rfidos: una vez hace parecer pesados los mandamientos de la Escritura e insoportable el servicio de la comunidad; otra vez exalta al hermano llev√°ndolo a la jactancia y al orgullo, a prop√≥sito de este servicio que hace a sus co-servidores: lo convence que cumpli√≥ ampliamente los mandamientos del Se√Īor, y que es grande en los cielos. Ahora bien, esto no es poca injusticia.

El servidor ferviente y que busca hacer el bien, debe confiar al maestro el juicio a aplicar a su buena voluntad. Que no se haga juez en lugar del maestro, ni tampoco panegirista de su propia vida; porque si es él quien se vuelve juez menospreciando la verdad, no obtendrá recompensa: se recompensó a sí mismo con sus propias alabanzas y con su presunción sustituyó el juicio del superior.

El testimonio del Espíritu

Es el Esp√≠ritu de Dios quien debe dar testimonio a nuestro esp√≠ritu - lo dice San Pablo - y no nos corresponde a nosotros la evaluaci√≥n de nuestros actos seg√ļn nuestro propio juicio. Porque dice: no es el que a s√≠ mismo se recomienda quien est√° aprobado, sino aquel a quien recomienda el Se√Īor (2 Co 10,12). Ahora bien, cualquiera que no espera con paciencia la recomendaci√≥n del Se√Īor, sino que se adelanta al juicio de √©ste, se pierde en las opiniones humanas, organizando con su propia industria su propia gloria entre sus hermanos, y haciendo la obra de un infiel. Porque es infiel aquel que persigue las obras humanas en lugar de las del cielo; el mismo Se√Īor lo dijo: ¬ŅC√≥mo van a creer ustedes que reciben la gloria unos de otros y no buscan la gloria que procede del √ļnico Dios? (Jn 5,44).

¬ŅCon qui√©n podr√≠a compararlos? Tal vez con los que purifican el exterior de la copa y del plato, pero el interior est√° lleno de vicios (ver Mt 23,25). ¬°Vigilen en no soportar nada parecido! Ustedes que han dado sus almas "arriba", ustedes que tienen un solo pensamiento: agradar al Se√Īor - y que no quieren perder el recuerdo del cielo, ni recibir los honores de esta vida -, corran pues, escondiendo a la estima de los dem√°s su carrera espiritual. As√≠ el tentador, que sugiere los honores de la tierra, no tendr√° la oportunidad de arrancar el esp√≠ritu de ustedes de las verdaderas cosas que lo ocupen, y de postrarlo sobre cosas vanas y llenas de mentiras. Si no encuentra ninguna oportunidad para entrar, para seducir a aquellos que por medio del alma viven "arriba", est√° perdido: yace muerto. Porque es la muerte del diablo probar que su maleficencia es ineficaz y sin resultado.

Los ojos siempre hacia Dios

Si, en cambio, la caridad de Dios está presente en nosotros, el resto vendrá necesariamente con ella: el amor de los hermanos, la dulzura, la sinceridad, la perseverancia y el celo en la oración, en fin, todas las virtudes.

Este tesoro es grande. Por eso para adquirirlo, grandes trabajos son necesarios, trabajos que no apuntan a ser vistos por los hombres, sino para agradar al Se√Īor que ve en lo secreto: a √©l debemos mirar siempre. ¬°Y es necesario explorar el interior de nuestra alma, y meditar los argumentos de la piedad, a fin de que el adversario no encuentre ninguna entrada falsa, ni una plaza libre para sus maquinaciones, que no se ocupe en educar y conducir al "conocimiento del bien y del mal" las partes d√©biles del alma!

El esp√≠ritu d√≥cil a Dios sabe educar estas partes d√©biles: se asocia toda el alma, la torna hacia el Se√Īor; y con su amor para con Dios, con reflexiones secretas de la virtud, y con la obediencia a los preceptos, √©l saca el remedio para sanar las partes heridas y apoyarlas sobre las que permanecen s√≥lidas.

Al final, hay una sola guardia del alma, una sola vigilancia, que consiste en acordarse de Dios con un deseo constante y estar siempre ocupados con buenos pensamientos. No nos sustraigamos a este esfuerzo: ni cuando comamos, ni cuando bebamos, ni cuando estemos descansando, ni cuando hagamos una que otra cosa, ni cuando hablemos; a fin de que todo lo que viene de nosotros convenza y termine en la gloria de Dios y no en la nuestra propia, y que nuestra vida no tenga ninguna mancha que venga de la maquinación del Maligno.

Por otra parte, para aquellos que aman a Dios, el trabajo de los mandamientos ser f√°cil y agradable, porque el amor de Dios hace la carrera amable y ligera. Por eso el Maligno lucha tambi√©n, de todas formas, para ahuyentar de nuestras almas el temor del Se√Īor y disolver la caridad hacia Dios. Rivaliza con ella con placeres prohibidos e incentivos que seducen; y si sorprende al alma desprovista de sus armas espirituales y sin guardia, anula todos nuestros trabajos. Nos hace brillar la gloria de la tierra, dejando a la sombra la del cielo; y en la imaginaci√≥n de los enga√Īados, hace turbias las cosas que son realmente buenas, para hacer parecer m√°s brillantes las que son buenas s√≥lo en apariencia.

Porque es h√°bil: si encuentra la guardia adormecida, no atenta, √©l toma la oportunidad. Entra, salta por encima de los trabajos de la virtud, y siembra por encima del trigo su ciza√Īa: quiero decir el orgullo, el insulto, la vanagloria y el deseo de los honores, la contestaci√≥n y las otras obras del mal.

Hay que vigilar, pues, acechar√° por todos los lados la venida del enemigo: entonces, a√ļn si del fondo de su imprudencia tira alg√ļn artefacto, √©ste ser rechazado antes de tocar al alma.

El sacrificio aceptado

Acu√©rdense tambi√©n de esto y med√≠tenlo: Abel ofreci√≥ al Se√Īor un sacrificio de los primog√©nitos de su reba√Īo y de su grasa; Ca√≠n ofreci√≥ frutas de la tierra, pero no de los primeros frutos. Ahora bien, dice la Escritura, que Dios acept√≥ los sacrificios de Abel pero no los dones de Ca√≠n. ¬ŅQu√© nos ense√Īa este relato? Que Dios acepta lo que se le presenta con temor y con fe, pero no acepta una ofrenda hecha sin caridad.

M√°s tarde Abraham recibi√≥ la bendici√≥n de Melquisedec, solamente despu√©s de haber ofrecido al sacerdote de Dios las primicias y las partes principales de todo lo que pose√≠a (ver Hb 7,4; ver Gn 14,18); por las primicias y los mejores frutos hay que entender a la misma alma y el mismo esp√≠ritu. La Escritura nos invita, pues, a ofrecer a Dios nuestras alabanzas y nuestras oraciones sin escatimarlas, y a presentar al Se√Īor no cualquier cosa sino lo que hay de principal en el alma: o m√°s bien a elevarla enteramente hacia Dios con toda nuestra caridad y todo nuestro fervor. As√≠, siempre alimentados por la gracia del Esp√≠ritu, y atrayendo hacia nosotros el poder de Cristo, corramos con facilidad la carrera de la salvaci√≥n. Y esta carrera para la justicia nos parecer liviana y agradable, porque Dios vendr√° en nuestro socorro alentando el ardor de nuestros esfuerzos. A trav√©s de nosotros cumplir √©l mismo las obras de la justicia.

La virtudes est√°n relacionadas

Ya se habl√≥ bastante sobre la cuesti√≥n. En cuanto a las partes de las virtudes, cu√°les son las principales para hacer pasar antes de las dem√°s, despu√©s las que vienen en segundo lugar y as√≠ sucesivamente, no se puede precisar. Porque las virtudes est√°n relacionadas y es entre ellas que elevan hasta el coronamiento a aquel que las cultiva. La sencillez, en efecto, lo entrega a la obediencia, la obediencia a la fe, √©sta a la esperanza, y la esperanza a la justicia; la justicia lo lleva al servicio caritativo, y √©ste servicio a la humildad. La dulzura lo recibe de la humildad y lo lleva a la alegr√≠a; la alegr√≠a a la caridad, la caridad a la oraci√≥n. Y as√≠ recibi√©ndolo las unas de las otras y at√°ndoselo las unas y las otras, lo llevan y lo hacen subir hasta la cumbre de su deseo - mientras que, por el contrario, la malicia hace caer a sus adeptos hasta la √ļltima perversidad, pasando por todos sus niveles -.

La cumbre de las virtudes: la oración

Sobre todo perseveremos en la oraci√≥n. Porque ella es el corifeo del coro de las virtudes y es tambi√©n por medio de ella que pedimos a Dios todas las dem√°s. Aquel que persevera en la oraci√≥n comulga con Dios: le est√° unido por una consagraci√≥n m√≠stica, una fuerza espiritual, una disposici√≥n que no se puede expresar. Porque, en adelante, tomando al Esp√≠ritu como gu√≠a y como sost√©n, arde con la caridad del Se√Īor y hierve de deseos, no pudiendo saciarse con la oraci√≥n. M√°s y m√°s se enciende con el amor al bien y reaviva el fervor de su alma seg√ļn esta palabra de la Escritura: Aquellos que me comen tendr√°n m√°s hambre, aquellos que me beben tendr√°n m√°s sed (Sir 24,20). Y tambi√©n: En mi coraz√≥n me has dado la alegr√≠a (Sal 4,8). Y el mismo Se√Īor ha dicho: El reino de los cielos est√° dentro de ustedes (Lc 17,21).

¬ŅCu√°l es ese reino dentro de nosotros? ¬ŅY qu√© podr√≠a ser distinto de esta felicidad que, "desde arriba" nace en las almas por medio del Esp√≠ritu? En efecto, no es m√°s que la imagen de las arras, la se√Īal de la felicidad eterna de que gozar n las almas de los santos en la eternidad. El Se√Īor nos consuela, pues, por la fuerza del Esp√≠ritu, en todas nuestras tribulaciones: es as√≠ que nos salva y que nos hace part√≠cipes de los bienes espirituales y de los carismas del Esp√≠ritu. Nos consuela - dice la Escritura - en todas nuestras tribulaciones (2 Co 1,4). Y tambi√©n: Mi coraz√≥n y mi carne se lanzan alegres hacia el Dios viviente (Sal 83,3), y: Es como un fest√≠n que mi alma saborea (Sal 62,6). Todo esto nos sugiere en s√≠mbolos la alegr√≠a y la consolaci√≥n que vienen del Esp√≠ritu.

De tal manera se nos muestra la meta de la piedad; de tal manera se propone a aquellos que abrazan "la vida preciosa a los ojos de Dios". Esta vida se resume en la purificaci√≥n del alma y en la inhabitaci√≥n del Esp√≠ritu, en la medida que progresan las buenas obras. Que cada uno de ustedes prepare su alma seg√ļn estos ejemplos: que llegue hasta llenarla del amor de Dios, y que se consagre a la oraci√≥n y a los ayunos seg√ļn la voluntad de Dios. Que guarde presente en su memoria las palabras del Ap√≥stol que nos ordena: Oren sin cesar (1 Ts 5,17), y ...perseverando en la oraci√≥n (Rm 12,12). Y tambi√©n las del Se√Īor en el Evangelio: ¬ŅCu√°nto m√°s Dios har√° justicia a sus elegidos que gritan hacia √©l d√≠a y noche? (ver Lc 18, 6-7). Porque dice la Escritura que propuso esta par bola para ense√Īar que hay que orar siempre sin cansarse nunca (Lc 18,1).

Que el celo para la oraci√≥n nos procura grandes bienes y que el mismo Esp√≠ritu habita en las almas, el Ap√≥stol lo demuestra con sagacidad por medio de las exhortaciones que nos dirige: por la oraci√≥n constante y la s√ļplica, rezando en el Esp√≠ritu en todo tiempo; vigilando, vueltos hacia El, con toda perseverancia y oraci√≥n (Ef 6,18).

Si alguno de los hermanos se da a esta parte de las virtudes - quiero decir la oración - es a un hermoso tesoro que da sus cuidados, y está prendado de la mayor riqueza; con tal que se aplique con una conciencia recta y firme y no flote voluntariamente al capricho de su pensamiento. Lejos de saldar como por necesidad un pago del cual no puede sustraerse, debe rezar como si diera curso libre al amor y al deseo de su alma, y hacer sentir a todos sus hermanos los buenos frutos de su constancia.

La oración de uno es bendición para todos

Todos los dem√°s deber n darle tiempo, y regocijarse con √©l por su asiduidad en la oraci√≥n; as√≠ tendr√°n ellos mismos parte en sus buenos frutos, porque se hacen socios de su vida, por el hecho de cooperar con ella. Por otra parte, el Se√Īor dar el medio para rezar a todos aquellos que se lo piden, seg√ļn esta palabra: "Aquel que da al orante la oraci√≥n". Hay que pedir, pues.

Sepan tambi√©n que aquel que persevera en la oraci√≥n - asunto tan importante - empe√Īa en este combate todos sus esfuerzos y todo su poder. Porque las grandes recompensas exigen grandes trabajos; tanto m√°s que el mal acecha por encima de todas estas gentes: les pone trampas por todos los lados, corre alrededor de ellos, esforz√°ndose en desviar su celo. De all√≠ viene la torpeza, el agobio del cuerpo y del alma, la indolencia, la acedia, la dejadez, la impaciencia, y todos los dem√°s movimientos y obras del vicio. Por ellos, el alma se pierde: tomada poco a poco por todas sus partes, abandona y se re√ļne con su propio enemigo.

Es necesario, pues, encargar al alma el control de la razón, como un sabio piloto: nunca entregar su pensamiento a las agitaciones del espíritu malo; no dejarse llevar sobre sus aguas; sino mirar derecho hacia el refugio "de arriba", y ofrecer el alma a Dios, quien la confió en depósito y quien la vuelve a pedir. Porque no se trata de arrojarse de rodillas, de mostrarse asiduo y celoso para la Escritura - como aquellos que se dan a la oración - y dejar al mismo tiempo al pensamiento vagar lejos de Dios: ¡no!. Se debe rechazar toda distracción del pensamiento, toda reflexión intempestiva, y entregar a la oración el alma entera con el cuerpo.

Los superiores deben colaborar a la resolución de aquel que reza así, y mantener su deseo con todo su celo y todos sus alientos. Y que vigilen con cuidado para purificar su alma.

Porque el fruto de las virtudes de aquellos que rezan as√≠ est√° invisible para el entorno y se vuelve extremadamente √ļtil, no solamente para el hermano que progresa r√°pidamente, sino tambi√©n para los dem√°s j√≥venes, para los que tienen necesidad de aprender: porque este hermano que corre adelante los arrastra; no les queda m√°s que mirar e imitar.

Ahora bien, el fruto de esta oración pura, es la sencillez, la caridad, el espíritu de humildad, la paciencia, la inocencia, y el resto, que produce desde esta vida, antes de los frutos eternos, el esfuerzo del hermano asiduo en la oración.

Con tales frutos, la oración se hace bella; pero si faltan, ella pierde su esfuerzo. Y lo que es verdad de la oración lo es de toda la vía filosófica: si ella tiene esta fecundidad, es verdaderamente el camino de la justicia y conduce hacia su fin auténtico; pero si permanece sin fecundidad, su nombre se vacía de toda significación, y se asemeja a las vírgenes locas, que se quedaron sin aceite para las bodas cuando había llegado el momento.

Ellas no ten√≠an en el alma la luz que es el fruto de la virtud, ni en el pensamiento la lampara del Esp√≠ritu. Por eso la Escritura las llama "locas", y con raz√≥n, porque su virtud se apag√≥ antes de la llegada del esposo; por eso las excluy√≥ de la recompensa, es decir de las bodas de arriba. Porque no ten√≠an la fuerza del Esp√≠ritu, no les tom√≥ en cuenta el celo de su virginidad; y tuvo totalmente raz√≥n. Porque ¬Ņa qu√© sirve trabajar una vi√Īa si no da frutos? Es para tener frutos que el vi√Īador asume su trabajo.

¬ŅY para qu√© el ayuno, la oraci√≥n y las vigilias, si no hay paz, ni alegr√≠a, ni caridad, ni los dem√°s frutos de la gracia del Esp√≠ritu que el Santo Ap√≥stol enumera (Ga 5,22)? Para ellos, el hermano prendado de la alegr√≠a de arriba asume todo su esfuerzo; por ellos atrae desde arriba al Esp√≠ritu; y tomando consigo la gracia, lleva frutos y goza con felicidad de la cosecha que la gracia del Esp√≠ritu ha cultivado en la humildad de sus sentimientos y en su coraje en el trabajo.

La alegría

Es necesario poner todo su ánimo, toda su caridad, toda su esperanza, en los trabajos de la oración, del ayuno y de los demás ejercicios y, sin embargo, permanecer convencidos de que las flores y los frutos de este trabajo son la obra del Espíritu. Si alguien, en efecto, pone el éxito a su cuenta y atribuye todo a sus esfuerzos, la jactancia y el orgullo crecer n en él en lugar de los buenos frutos. Ahora bien, estas pasiones se propalan como una podredumbre en las almas de aquellos que se dejan llevar por ellas: corrompen y anulan su trabajo.

¬ŅQu√© debe, pues, hacer aquel que vive para Dios y para su esperanza? Sostener alegremente los combates de la virtud, pero fundar en Dios solo la libertad del alma, su liberaci√≥n de las pasiones, su ascensi√≥n hacia la cima de las virtudes. Poner en El s√≥lo la esperanza de la perfecci√≥n, y creer que en Dios est√° la "filantrop√≠a".

El hermano que está en estas disposiciones goza de la gracia de Aquel en quien creyó una vez para siempre. Corre sin fatiga y menosprecia la maleficencia del enemigo; porque le es en adelante extranjero, la gracia de Cristo lo ha liberado de sus pasiones.

Y de las mismas maneras que las pasiones malas, cuando se introducen en la naturaleza de los buenos por su negligencia, los hacen caer, produciendo en ellos, sobre una pendiente f√°cil y r pida, un tipo de placer natural, y llevando como frutos la codicia, la envidia, la depravaci√≥n, y las dem√°s partes del mal que es nuestro enemigo, as√≠ los servidores de Cristo y de la verdad reciben de la gracia del Esp√≠ritu - mediante la fe y las obras virtuosas - bienes que est√°n por encima de su naturaleza. Llevan frutos con una inefable alegr√≠a, y realizan sin esfuerzo la caridad sin fingimiento y sin retorno, la fe inquebrantable, la paz inviolable, la verdadera bondad, y todas las dem√°s perfecciones. Entonces el alma vuelta mejor que s√≠ misma y m√°s fuerte que la maldad de su enemigo, se presenta al Esp√≠ritu adorable y santo como una habitaci√≥n pura. Recibe de √©l la inconmovible paz de Cristo, por medio de la cual adhiere al Se√Īor y se une definitivamente con √©l.

La cumbre de la alegría: participar de la Pasión de Cristo

Cuando el alma recibi√≥ la gracia del Esp√≠ritu, se uni√≥ por medio de ella al Se√Īor, y se hizo un solo esp√≠ritu con √©l, no s√≥lo ejecuta r√°pidamente las obras de la virtud que se volvi√≥ suya - sin tener que luchar√° contra el enemigo, puesto que en adelante ella es m√°s fuerte que los asaltos de su mal designio - sino, lo que sobrepasa todo lo dem√°s, ella recibe en s√≠ misma los sufrimientos de la Pasi√≥n del Salvador: y est√° colmada de felicidad por ella, m√°s que los aficionados de esta vida de ac√° abajo que gozan de honores, de glorias y del poder que vienen de los hombres.

Porque, para el cristiano que recibió la gracia y que, por el don del Espíritu y el buen gobierno de su vida, progresa "hacia la medida de la edad del conocimiento", la gloria, la satisfacción, el gozo que sobrepasa toda voluptuosidad, es el ser odiado a causa de Cristo, ser perseguido, aguantar todos los ultrajes y todas las humillaciones por la fe en Dios.

Porque la esperanza de un hombre as√≠ en la resurrecci√≥n y en los bienes futuros es total; pues todos los ultrajes, todos los tormentos, los suplicios, los sufrimientos cualesquiera que sean y hasta la misma cruz, le son bienestar, descanso, y prenda de tesoros celestiales. Felices ustedes, dice el Se√Īor, cuando todos los hombres los maldigan y los persigan, y digan contra ustedes todo el mal posible, mintiendo a causa de m√≠. Regoc√≠jense y est√©n alegres, porque la recompensa de ustedes es grande en los cielos (Mt 5, 11-12; ver Lc 6, 22-23).

Y el Ap√≥stol: Me regocijo en las tribulaciones (Rm 5,3). En otra parte: Con gusto me gloriar√© de mis debilidades, para que viva en m√≠ la fuerza de Cristo. Por eso me complazco en mis debilidades, en los ultrajes, en los contratiempos, en los encarcelamientos: porque cuando soy d√©bil entonces soy fuerte (2 Co 12, 9-10). Y tambi√©n: Como servidores de Dios, con inagotable paciencia (2 Co 6,4). La misma gracia del Esp√≠ritu Santo, en efecto, tom√≥ posesi√≥n del alma toda entera, y llen√≥ su morada con alegr√≠a y con fuerza. Por medio de la esperanza de los bienes futuros saca del alma el sentimiento del dolor presente, y le hace dulce los sufrimientos de la Pasi√≥n del Se√Īor.

Puesto que es "hacia arriba", con la fuerza del Esp√≠ritu que los ayuda, que ustedes edifican el poder y la gloria, cond√ļzcanse como ciudadanos "de arriba". Como fundamentos, lleven con alegr√≠a todos sus trabajos y todos sus combates: as√≠ ser n juzgados dignos de ser morada del Esp√≠ritu y los coherederos de Cristo. No se dejen llevar nunca por el relajamiento, ni por la desidia siguiendo la pendiente de la facilidad, porque caer√≠an y se volver√≠an para los dem√°s una ocasi√≥n de pecado.

Pero si algunos no han alcanzado todavía la intensidad de la oración más alta, ni la energía y la fuerza que son obligatorias en este asunto, y si se ven atrasados en esta virtud, que cumplan entre otras la obediencia, por el poder de Dios: sirviendo con buen ánimo, trabajando alegremente, ocupándose de lo necesario con gusto.

Pero no sue√Īen con ser recompensados por la estima y la opini√≥n de los hombres. Y no se entreguen a sus trabajos con indiferencia y negligencia, ni como si sirvieran a cuerpos y almas que les son extranjeros, sino como si sirvieran a los servidores de Cristo, como si socorrieran a "nuestras propias entra√Īas". As√≠ es como la obra de ustedes aparecer pura y sin fraude delante del Se√Īor.

Que nadie se borre frente al esfuerzo de las buenas obras, como si fuera incapaz de ejecutar estas acciones que salvan al alma; porque Dios no prescribe a sus servidores cosas imposibles. Nos dio el ejemplo de su caridad y de su bondad divinas, ricas y desparramadas con profusi√≥n sobre todos; y da a cada uno, seg√ļn su voluntad, el hacer el bien que puede. Ninguno de aquellos que quieren firmemente ser salvados fracasan. Quienquiera que sea, dice el Se√Īor, que d√© un vaso de agua fresca a uno de los m√≠os por ser mi disc√≠pulo, en verdad les digo que no perder su recompensa (Mt 10,42; ver Mc 9,41).

¬ŅQu√© hay m√°s f√°cil que este mandamiento? Y por un vaso de agua fresca, una recompensa celestial. F√≠jense la desmedida de esta "filantrop√≠a": Lo que han hecho a uno de estos, dice, me lo han hecho a m√≠ (Mt 25,40). El mandamiento es peque√Īo, pero el salario de la obediencia es grande: est√° pagado por Dios con magnificencia.

Seremos juzgados en el amor

El no pide, pues, nada que supera tus fuerzas. Pero, sea que hagas una cosa peque√Īa, sea que hagas una grande, el salario resulta seg√ļn tu intenci√≥n: si act√ļas en nombre y por el temor de Dios, el don viene a ti resplandeciente e inamisible; si por el contrario, es para la pompa, para la gloria humana, escucha al mismo Se√Īor que afirma: En verdad les digo, que ya han recibido su paga (Mt 6,2).

Para preservarnos de semejante desgracia, advierte a sus discípulos y a nosotros mismos a través de ellos: Cuídense de hacer su limosna, su oración y su ayuno delante de los hombres; porque entonces no tendrán recompensa de su Padre que está en los cielos (Mt 6,1 ss).

La gloria que est√° cerca del Padre

El ordena evitar, y aun huir de estas alabanzas muertas que vienen de los mortales, y de la gloria ef√≠mera que huye de nosotros, y buscar la √ļnica gloria cuya belleza es indecible y no tiene fin.

Que podamos, por medio de esta gloria que nos ser dada, glorificar también nosotros al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

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