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Cardenal Jean Danielou, Estoy en la Iglesia
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Estoy en la Iglesia

Muchos cristianos dan hoy la impresión de que no se sienten a gusto en la Iglesia y que sólo permanecen fieles a Ella con dificultad. Debo decir que mi experiencia es contraria a la suya. La Iglesia nunca me ha defraudado. Más bien soy yo quién se inclinaría a acusarme de no haber aprovechado todos los beneficios que tiene para ofrecerme. Un teólogo escribió cierta vez que podía entender a Simone de Beauvoir dejando la Iglesia que ella conoció. ¡Como si fuera necesario esperar hasta el Vaticano II para encontrar la Iglesia en la cual se puede respirar!

El ambiente cristiano en el que yo crecí era el mismo que el de Simone de Beauvoir. Sus maestros fueron Gilson y Maritain, Bernanos y Mauriac, Mounier y Garric. Este ambiente era de una calidad excepcional. Y esto habría bastado para permitirme consagrarme a él.

Pero otras personas pueden no haber tenido este privilegio. Pueden haber encontrado entornos cristianos que eran estrechos, mediocres u opresivos. Pueden haberse sentido intimidados en sus legítimas aspiraciones. Es más, pueden haber percibido un desacuerdo entre la fe como es profesada y la manera como es vivida. Pueden haber sentido que la libertad intelectual, la lucha por la justicia, la realización de lo humano, podría encontrarse en alguna otra parte en mayor magnitud. Y es verdad que la Iglesia, en la realidad concreta y sociológica de los entornos que la representan - lo que Peguy llamaba "el mundo cristiano" - puede ser una desilusión.

Si las razones para permanecer en la Iglesia o para separarse de Ella eran de este orden, entonces no podían ser muy fuertes. Es por eso que no admito que uno deje la Iglesia por argumentos semejantes, ni tampoco que yo permanezco dentro de la Iglesia debido a los motivos contrarios. Si nosotros quisiéramos encontrar comunidades fraternales, personas generosas, mentes con inventiva, éstas después de todo se pueden encontrar en otra parte.

Lo que me atrae a la Iglesia no es la simpatía que yo pueda sentir hacia las personas que la componen, sino lo que se me da a través de estos hombres, no importa quienes sean, esto es, la verdad y la vida de Jesucristo. Yo me uno a la Iglesia porque Ella no puede separarse de Jesucristo, porque Jesucristo libremente se dio a sí mismo a Ella, porque no puedo encontrar a Jesucristo de una manera auténtica fuera de Ella. Esa es la respuesta a aquéllos que dicen: ¿"Por qué la Iglesia?" Toda búsqueda de Cristo fuera de la Iglesia es una quimera. Es sólo a la Iglesia, quien es su esposa, a la que Cristo dio las riquezas de su gloria para su distribución al mundo.

Primero, lo que Cristo dio a la Iglesia es su verdad. Lo que me interesa no son las ideas personales de este o aquel teólogo. Es la verdad de la fe. Ahora, esta verdad no está a merced de una u otra interpretación particular. Cristo no puso su mensaje bajo la arbitrariedad de unas interpretaciones individuales. Él lo confió a la Iglesia que Él fundó. Aseguró su ayuda a la Iglesia para guardarlo intacto, para hacer las riquezas de su doctrina explícitas, para proclamarla a sucesivas generaciones, para rechazar toda alteración.

Es esencialmente a sus Apóstoles unidos a Pedro y a los sucesores de los Apóstoles unidos con el sucesor de Pedro a quienes Cristo ha confiado este depósito. En una Iglesia donde desgraciadamente hoy las opiniones más polémicas se expresan, donde no hay ningún artículo del Credo que no se vacíe de sus contenidos por los nuevos sofistas que aspiran a adaptarlos al gusto de los tiempos, como San Pablo había predicho hace siglos, no puedo expresar adecuadamente la gran alegría que sentía leyendo la Profesión de Fe del Papa Pablo VI. Expresa en forma pura, cristalina y sin distorsión lo que yo creo.

Es la Iglesia que por su Magisterio, preserva, predica, y comunica la verdad de Jesucristo. Ella lo ha estado haciendo durante casi dos mil años; ha sido confrontada por todas las corrientes ideológicas. Desde los gnósticos del siglo segundo a los modernistas del vigésimo, estas corrientes han intentado infiltrarla y alterar su fe. Algunos teólogos se han dejado arrastrar por estas corrientes; pero la Iglesia ha conservado siempre la verdad sin deterioro.

Cuántas veces le han dicho que uno u otro dogma no era aceptable a los intelectuales de ese tiempo. Pero esos sistemas se han derrumbado y la fe ha permanecido. Tenemos aquí un espectáculo para despertar sobrecogimiento. El hombre no está condenado a la incertidumbre completa, tan contraria a la naturaleza de su intelecto, hecho como está para percibir la realidad; es el deleite del intelecto descansar en la verdad. Y es ésta la alegría que la Iglesia proporciona.

Algunos la acusarán de orgullo, de triunfalismo, incluso de ser posesiva. "Nosotros no poseemos la verdad, nosotros estamos en busca de ella", dijo un obispo que estaba malamente inspirado aquel día y confundido por imputaciones como esas. Ciertamente ninguna autoridad intelectual humana tiene el derecho de requerir un asentimiento incondicional de la mente como el que pide la fe.

Pero el punto es que la infalibilidad de la Iglesia no depende de una autoridad humana. Es la misma infalibilidad de Dios. "¿Y cómo podemos nosotros no creer en Dios?", preguntaba Clemente de Alejandría. Esta infalibilidad no es algo que la Iglesia ha soñado. Ella es sólo una humilde mujer. Ella la recibe de su Esposo. Pero es algo real lo que recibe. Y es por ello que puede reconocerlo con humildad, porque sabe que no tuvo ninguna parte haciéndola. Pero Ella no puede abandonarla para favorecer ciertas opiniones, pues al hacerlo estaría traicionando a su Esposo.

¿Quién puede robarme esta alegría? No serán ciertamente esos espíritus tristes que ponen en duda el mismo "sello de fábrica" del intelecto y ponen la certeza bajo sospecha, como un tipo de búsqueda descaminada de confort y consuelo. Y todas sus advertencias psicoanalíticas sobre la necesidad de seguridad nunca me avergonzarán en la serenidad de mi fe. Es su intelecto el que está afligido, con su enfermizo gusto por la desconfianza, que es lo contrario a una crítica saludable y animada. Ya que dentro de los límites de la fe hay un tipo saludable de crítica que es causa importante de progreso. Pero hay una desconfianza enfermiza que paraliza la adhesión a la fe, turba la certeza y torna estéril la contemplación.

Con la Iglesia de Jesucristo, con las mujeres comunes, sencillas, de mi pueblo, con el Papa Pablo VI, con Bernanos y Claudel, yo profeso el Credo de las cosas visibles e invisibles, contemplo los inmensos espacios que la Revelación despliega ante los ojos inquisitivos de mi corazón. Contemplo a Cristo que se sienta a la mano derecha del Padre, vertiendo Su Espíritu sobre el género humano. Contemplo a las innumerables personas angélicas, a los santos que miran fijamente la cara de Dios y velan por mí, y entre ellos, a la Virgen María, exaltada en alma y cuerpo a la Gloria .

Y yo les permito a estos señores explicarme con toda la solemnidad de su pedantería que la sociología religiosa nos hace ver en esta representación el espejo de una sociedad feudal, con sus jerarquías graduadas, y que nuestra sociedad democrática requiere ver las cosas desde un punto de vista más horizontal. Yo los dejo sospechar que los ángeles son quizás sólo una manera de expresar el hecho de que Dios está manifestándose --y que, en todo caso, el hecho de que Dios se exprese así sería un antropomorfismo unido a una fase pre-crítica y pre-dialéctica de teología-- y que finalmente el mismo sentido de la palabra "Dios" es dependiente de una estructurada investigación que le permitirá ser situado en el sistema a que pertenece.

Ellos dan muestras de consternación cuando nosotros les hablamos de la profesión de fe de Pablo VI e intentan explicarnos que nada tienen que ver con una Iglesia así. Pero son ellos quienes siempre estarán detrás de los tiempos, siempre preparándose para embarcarse en el penúltimo bote, pero nunca llegando a tiempo. Apollinaire tenía consigo bastante más que intuición cuando escribió en "La Belle Rousse": "Papa Pío X, es usted quien de los hombres es el más moderno".

Pues lo que el Papa dice tiene la juventud y la frescura de la verdad. Y lo que ellos dicen tiene siempre la imagen cansada y anticuada de lo pseudo-actual. Ellos quieren instituir una democracia en la Iglesia en un momento en que Ella está en la aflicción de una crisis de autoridad, y secularismo cuando el mundo está clamando por lo sagrado.

Permanecen en la Iglesia a pesar del Papa, mientras hacen lo más que pueden para diluir la autoridad papal. Yo permanezco en la Iglesia debido al Papa y no a pesar del Papa; yo soy católico debido a la infalibilidad y no a pesar de la infalibilidad, pues lo que estoy buscando no es la mejor forma de gobierno --podríamos discutir indefinidamente sobre ese tema-- sino la autoridad de Dios más allá de las incertidumbres humanas. Y finalmente es en Pedro y en los sucesores de Pedro que la Iglesia disfruta la presencia de esta autoridad divina que es precisamente lo que yo busco más allá de todas las opiniones humanas.

La autoridad, me dirán ellos, es la Palabra de Dios como está contenida en las Escrituras inspiradas. Y esta Palabra de Dios a veces recibe de parte de los exégetas una interpretación en un sentido y a veces en otro. Si uno tuviera que esperarlos parar saber si hay tres personas en Dios, si Cristo es en verdad el Hijo pre-existente de Dios, si realmente fue concebido por el Espíritu Santo, si resucitó de entre los muertos, uno tendría que esperar durante mucho tiempo, pues algunos dicen blanco y otros negro. No es que no hayan prestado ningún servicio. Pero no fue a ellos a quien Cristo confió la interpretación de las Escrituras. Él lo confió a Pedro y a sus sucesores.

Yo estoy en la Iglesia porque es solamente la Iglesia la que me da la interpretación divinamente autorizada de las Escrituras. Es Ella quien, a lo largo de los siglos, ha explicado con autoridad lo que estaba implícito en las afirmaciones de las Escrituras. Es el Evangelio lo que busco, pero precisamente es sólo en la Iglesia donde encuentro el Evangelio, porque Cristo dio su Evangelio sólo a la Iglesia. Querer ir directamente al Evangelio sin pasar por la Iglesia es sustituir la interpretación autorizada del Evangelio por una interpretación humana del Evangelio.

Yo dejo a los muertos que entierren a los muertos. Yo dejo a los necrólogos disecar una escritura muerta. Yo dejo a los excavadores de tumbas descubrir, según dicen ellos, una tibia de Jesucristo, y esto, agregan, no cambiaría nada. Si Cristo no resucitó, es decir si su cuerpo no fue transfigurado por el Espíritu Santo, que es la garantía de que mi propio cuerpo se transfigurará por el Espíritu Santo, entonces mi fe es inútil, como lo ha dicho ya San Pablo. Para mí Jesucristo está vivo y Él está vivo en la Iglesia. Y es a través de la Iglesia viviente que Él está hablando conmigo hoy, "haciéndome entender por el Espíritu Santo todo lo que Él me ha enseñado". Es a esta palabra viva que mi fe se adhiere. Estoy interesado en lo que los exegetas dicen. Pero creo lo que la Iglesia enseña.

Otra razón que me lleva a mantenerme en la Iglesia son los sacramentos. Si permanezco en la Iglesia es porque Ella es un entorno vital. Ella es el paraíso dónde las energías del Espíritu Santo están laborando. Éste es el lugar donde los grandes ríos de agua viva me lavan de mis manchas, dónde el árbol de vida me nutre con su fruta. Tertuliano decía: "Nosotros, pequeños peces no podemos vivir fuera del agua". Yo no puedo vivir fuera del entorno de los sacramentos. No hay vida espiritual real sin que se bañe en este entorno vital, pues el amor de Dios se difunde en nuestros corazones por el Espíritu Santo, y es a la Iglesia que el Espíritu Santo fue enviado y es por los sacramentos que es comunicado.

Pero ellos han descubierto una nueva religión que es la religión de la "palabra". Nosotros sabemos muy bien donde se originó esto. Fue en la teología de Karl Barth y en el artículo sobre "logos" del diccionario de Kittel. Pero la "palabra" se ha vuelto su especialidad. Ellos empezaron a martillar la "palabra" en mayo del 69. La han usado tanto que ahora tenemos que pedirles que se callen. Tanto que los jóvenes van a Taize en busca de un silencio que las iglesias son ahora incapaces de ofrecerle.

Ellos han mezclado la Palabra de Dios, el Kerygma de los Apóstoles, el universo entero de palabras. La radio y televisión les han ofrecido un instrumento maravilloso para sus charlas. Y lo que dicen crea una pantalla de palabras que opaca la huella del misterio.

De pronto, los pobres ministros ya no saben qué hacer. Ellos se habían hecho sacerdotes para distribuir los sacramentos. Y tenían razón. Es de hecho por esta razón que nosotros nos hacemos sacerdotes. Y siempre es esto lo que se pide a los sacerdotes. Pero, ahora, les han dicho que es 'la palabra' lo qué en verdad importa y que los sacramentos son secundarios. Ellos han sido informados con eruditos aires que el ritual es un vestigio del Antiguo Testamento y del paganismo, humeando de superstición. Y desde entonces intentan volverse tan útiles como pueden practicando su psicoanálisis, construyendo sus bloques de departamentos, enseñando sociología, y, claro, vertiendo palabras incansablemente.

¿Pero cómo es que esto ha de cambiar el mundo? ¿Cómo es que esto ha de cambiar la vida? Jesucristo no vino a hacer discursos. Vino a cambiar la vida. La cambió a través de su Muerte y Resurrección. Él introdujo nuestra carne en la Gloria del Padre. Y así como la carne de Cristo transfigurada por el Espíritu Santo es una con nuestra carne, de la carne de Cristo resucitado la vida del Espíritu está orientada a comunicarse a toda la carne, así como el fuego, que una vez encendido en el arbusto se extiende al bosque entero haciéndolo arder. Bien, es por los sacramentos que esta vida del Espíritu se comunica. Y los sacramentos son celebrados por los sacerdotes.

Yo no necesito cualquier maestro. Si Jesús fuera sólo un ejemplo bueno, un modelo entusiasmante, una llamada para la acción, no me interesaría más que otros maestros. El idioma cristiano como idioma no me interesa. Sólo me interesa por lo que dice a través de sus pobres palabras humanas. Me dice que Dios me amó y envió a su Hijo que es Dios, sabiduría de Dios, poder de Dios, para rescatarme en medio de mi condición perecedera, liberarme del pecado y de la muerte, para hacerme, de hoy en adelante, un ser espiritual, antes de incorporarme, después de mi muerte, en su vida incorruptible.

Lo que para mí es importante en los sacramentos es que ellos son los medios por los que la vida se me comunica. Para mí es importante que la efectividad de Dios está trabajando a través de estas señales visibles. Creer en ellos no tiene nada que hacer con alguna clase de magia; es el ser de mi fe, cuyo objeto es la presencia de un poder divinizante en la Iglesia. Yo me zambullo en los sacramentos como en aguas vivientes para renovar mi vida en ellos, como cuando niño fui sumergido en ellos para recibir la vida. Los sacramentos no son en primer lugar las señales exteriores de mi adhesión a la fe. Ellos son principalmente las señales visibles de las acciones de Dios.

Pero ellos me dirán: "Usted parece pensar que el bautismo borra el pecado original. Pero debe explicar primero qué es el pecado original". Si yo tuviera que esperar sus sabias explicaciones para creer, si yo tuviera que poner mi fe entre paréntesis hasta que ellos hayan explicado finalmente todo, ¿adónde me llevaría todo esto?

El pecado original, el hecho de que yo llevo la carga de muerte y pecado y que sólo el poder de Dios puede rescatarme de esto, es lo que San Pablo me dice, lo que la Iglesia me enseña, y es lo que yo creo. Y es debido a esto que el bautismo no es, en primer lugar, la señal exterior de mi compromiso en la Iglesia. Antes que todo el resto, es la señal de la acción de Cristo que destruye el pecado original. Y es por eso que se bautizan los niños pequeños, en orden a recibir el don de Dios, a estar vivos.

La Eucaristía renueva la vida en mí por la comunión con Cristo Resucitado que está realmente presente bajo las especies de pan y vino. Lo que es importante para mí es esta Presencia Real. Yo sé que solamente la Iglesia lo posee. Sé que esta presencia sólo puede ser real cuando es consecuencia de la acción de los ministros válidamente ordenados. Eso es lo que busco y lo que no encuentro en ninguna otra parte. Yo tengo hambre del Cuerpo de Cristo y no de un símbolo cualquiera: "El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna" (Jn 6, 54).

La certeza de que yo encontraré esta Presencia Real en la Iglesia Católica es lo que me mantiene vinculado a Ella, libremente del interés sugerido por otras consideraciones.

En el sacramento de penitencia, la reconciliación del hombre con Dios --aspecto esencial de la acción divina realizada por Jesucristo-- es continuada a través del ministerio del sacerdote, pues el poder perdonar los pecados depende exclusivamente de Dios. Cristo posee ese poder por su naturaleza divina y Él lo dio a los Apóstoles, y no a cada cristiano. Los Apóstoles transmitieron ese poder a sus sucesores. Es una acción divina que se realiza a través de sus manos. Restaura la amistad con Dios a aquéllos que la han perdido. Regenera la vida de gracia. Intensifica nuevamente las energías de la caridad. Le permite al hombre vivir con la libertad de los hijos de Dios --que no es la falsa libertad de aquéllos que desdeñan la ley, sino liberación de la esclavitud del pecado-- reconciliando nuevamente al hombre con el Plan de Dios y atrayéndolo a gustar la dulzura de Su Ley.

Yo amo la Iglesia porque yo estoy buscando la vida. La meta de la acción divina en Cristo, a través del Espíritu, es hacer que una persona viva en el Espíritu. La meta de la acción divina es abrir el intelecto al misterio de Dios, llevar al hombre a las profundidades más profundas de la realidad, para hacerle comprender que la base del ser es el amor eterno de las personas divinas y la participación del hombre en este amor. La meta de la acción divina es extender la caridad sobrenatural que me mueve a ayudar a mis hermanos los hombres, no sólo en la dimensión humana de su vida terrenal, sino también en la realización de su vocación divina.

La meta de la acción divina es beatificar mi corazón en la posesión de los beneficios de Dios, en la vida incorruptible, en la contemplación del rostro de Dios. Ahora esta vida, esta caridad, esta comprensión sólo pueden respirar y desarrollarse en el ambiente dador de vida de los sacramentos. Los sacramentos permanecen estériles si no dan frutos de caridad, y la caridad no puede dar frutos si no es concedida en Cristo por medio de los sacramentos.

La caridad es el crecimiento de vida cuyo germen sólo se da por los sacramentos. Sin esta caridad, se puede de hecho encontrar generosidad y dedicación, inteligencia y virtud, felicidad y belleza; la razón de ello es que todo cuanto Dios ha creado es bueno. Pero esto es verdad para todos los hombres, hindúes y musulmanes, deístas y ateos. Todo esto no forma parte del regalo especial de Cristo, y bien puede encontrarse fuera de la Iglesia. Pero ese regalo especial suyo sólo se da por los sacramentos en la Iglesia.

La Palabra no tiene ninguna otra meta que darnos a conocer la acción de Dios. Nos da a conocer su acción en Abraham y Moisés. Nos da a conocer su acción en la Encarnación y en la Resurrección. Nos da a conocer su acción en nuestros días por los sacramentos. Pues los sacramentos son la continuación de las maravillas de Dios en el Antiguo y en el Nuevo Testamento: "El que crea y sea bautizado se salvará" (Mc 16, 16).

No es la palabra la que constituye la substancia de los sacramentos, es el sacramento que da su substancia a la palabra. El sacramento no es un rito a ser juzgado como ligeramente superfluo, o eventualmente inútil, una supervivencia pagana en un mundo secularizado. Es el instrumento por el que Cristo comunica su vida.

Pero ellos ya no creen en el poder de los sacramentos. Han inventado una teoría de una Cristiandad implícita y anónima según la cual cada hombre es un cristiano por el mismo hecho de pertenecer a la naturaleza humana. La Iglesia entonces, la Iglesia instituida por Jesucristo, se vuelve un lujo para una élite.

Esto abre la manera para librar a la Iglesia de los pobres, y cualquier otro que esté por ahí, porque, después de todo, ellos pueden andar bien sin Ella. ¿Pero por qué entonces debo preocuparme sobre la Iglesia, si Ella ya no corresponde a una necesidad vital? ¿Por qué debo buscar atraer a otros a Ella, si pueden estar completamente bien sin Ella? Y en el momento en que Ella se vuelve un lujo, aparece rápidamente como un obstáculo. En el futuro, tendrá que desintegrarse en medio del movimiento de avance de la humanidad.

Y éste es exactamente su objetivo. Ellos piensan que son los profetas de una nueva iglesia que es la humanidad en marcha. Y ellos persisten en buscar destruir la Iglesia, la verdadera Iglesia, la que Jesucristo instituyó, esta Iglesia que es la única que dispensa los regalos de gracia. Ellos buscan imponer una cierta mala fe en aquéllos que creen en la Iglesia y que buscan que por tanto terminen con sentimientos de culpa por permanecer dentro de Ella. ¿Y cómo me afecta su propuesta? Si yo estoy interesado en la humanidad en marcha, yo puedo escoger para guía cualquiera que yo desee entre Brezhnev o Mao, Nixon, o Franco, o cualquier otro que usted guste mencionar. Pero la vida de Dios sólo la puedo recibir por la Iglesia y los sacramentos.

Ellos quieren politizar la Iglesia. Su misión sería dirigir a la humanidad en su búsqueda de la justicia y la paz. Pero es allí que el viejo anticlericalismo de mis antepasados bretones se despierta dentro de mí. Mis antepasados habían visto demasiados de esos pastores bretones que querían dirigir a sus parroquianos en la política. Y esto los impulsó contra una iglesia que interfería con lo que no era asunto suyo. A pesar de esto, ellos seguían siendo primordialmente cristianos, e incluso a veces más que sus pastores. Hoy yo siento la misma reacción. Siempre son los mismos pastores que quieren dirigir la política. Sólo que hoy han cambiado sus sentimientos políticos.

Lo que nosotros les estamos pidiendo a los sacerdotes es dar el bautismo, la penitencia, la comunión. No les estamos pidiendo consejo político. Y ante todo, no les estamos pidiendo que pongan condiciones políticas para la recepción de los sacramentos. Ellos han hecho más que suficiente en el pasado. Han blandido demasiado a menudo sus amenazas de excomunión. Yo supe de algunos que en tiempo de la ocupación alemana se negaron a dar la absolución a aquéllos que eran partidarios de De Gaulle.

Ellos están empezando a hacer lo mismo de nuevo. Están haciendo un artículo de fe del socialismo, como cuando lo hicieron con la monarquía. Admiten en sus grupos de acción católica no a aquellos que despliegan la túnica blanca del bautismo sino sólo a aquéllos que despliegan la bandera roja de la revolución. ¡Que se preocupen de su propio negocio!

Y cuál es su negocio, que es tan grande. Ellos imaginan que el hombre moderno no muestra más interés por Dios y es por eso que intentan reubicarse en la arena política. Una vez más, están un siglo tarde. Pues hoy el mundo está sediento de Dios. Está buscando dónde encontrarlo. Y la misión de la Iglesia, y la misión singular de los sacerdotes, es dar a Dios a este mundo que anhela por Él.

Si no fuera sacerdote, yo me haría sacerdote hoy, porque siento la gran necesidad de sacerdotes que tiene el mundo. Si no fuera católico, yo me volvería católico, pues la Iglesia es la depositaria de los regalos divinos que necesita el mundo.

Las personas estaban empezando a venir a ellos. Y ellos son los que se están saliendo. Los prejuicios empezaron a caerse. Sus iglesias se estaban llenando, sus escuelas estaban floreciendo, sus monasterios estaban resplandecientes. Y son ellos quienes quieren subastar todo esto como señales de la Iglesia visible que detestan. Están listos para vender las iglesias, cerrar las escuelas, dispersar los monasterios. Es como si tuviesen vergüenza de ser ellos mismos. Quieren esconderse en sus fosas. Parecen ser humillados por el sentimiento bueno que les expresan los oficiales civiles; a esto le llaman constantinianismo; Tienen un sabor masoquista por la persecución. Y es verdad que las persecuciones producen virtudes ejemplares. Las democracias son prueba de eso. Pero creando grupos de cristianos especiales, están destruyendo a las poblaciones cristianas.

Yo he declarado mis invariables razones para pertenecer a la Iglesia. Ellas implican lo que la Iglesia es en su substancia y el don irreemplazable que Ella trae. Pero la Iglesia es también la Iglesia del hecho histórico, la Iglesia concreta como existe hoy, con su herencia histórica, insertada en la sociedad contemporánea, bajo las formas tomadas por sus instituciones. Frecuentemente es este aspecto de la Iglesia que lleva a algunos a apartarse de Ella.

Para citar un ejemplo característico, la encíclica "Humanae vitae" fue una ocasión para que un cierto número de sacerdotes y creyentes se separaran de la Iglesia. ¿Las posiciones de la Iglesia con respecto a los grandes problemas de hoy son una razón para atarse más todavía a Ella, o, al contrario, para separarse de Ella?

Acabo de decir que no se supone que Ella se meta en la política. Es decir, Ella no debe sostener ni imponer una posición política. Pero esto no significa que Ella debe evitar intervenir en materias políticas, en la medida en que son cosas que en la política pertenecen también a la ley de Dios. No las juzga, sin embargo, en nombre de un determinado criterio político; lo hace en nombre de la Ley de Dios.

Y aquí Ella sí tiene algo que decir, cuando se oprimen las libertades o cuando las libertades son opresivas. Ella no tiene nada que hacer en la elección de asuntos económicos con su equilibrio de ventajas y desventajas, pero debe juzgar el buen o mal uso de esos asuntos. Debe condenar el libre uso del dinero que está envenenando nuestro mundo occidental. Y debe condenar un estado opresivo que viola las legítimas libertades.

Nosotros sabemos cuán difíciles son estos temas. A algunos les gustaría relegar la Iglesia a la sacristía y prohibirle hacer cualquier tipo de intervención en los asuntos políticos. Pero la Iglesia no puede aceptar esto, pues el destino del hombre del que Ella es responsable ante Dios, también se cumple a través de las cosas políticas. Ella debe, respecto a otras cosas y por el mismo hecho de su misión profética, denunciar continuamente los abusos del poder político o de las libertades económicas. Y debe, como institución, establecer relaciones con estos poderes y estas libertades.

Está claro que, en una circunstancia dada, la posición que Ella toma puede disputarse. Pero lo que es esencial es que Ella se niegue a permitir que algún poder o cualquier libertad se erija como un juez supremo, y que, como corte de último recurso, Ella ejerza el derecho para juzgar a todo otro poder.

Es muy importante que la Iglesia no esté bajo la influencia de la política. Es importante que apruebe lo que es legítimo en el orden existente y que condene lo que es inaceptable en el desorden existente.

Toda sociedad siempre es una mezcla de bueno y malo. Y la Iglesia debe pasar el juicio en esto. Es en esas ocasiones que sus intervenciones son válidas. Ellas pueden chocar con ciertos intereses. Pero esto poco significa. Ella debe condenar lo que es injusto aunque, a veces, pueda tener que sufrir por esto en el orden temporal. Pero las personas la escucharán, si es que está claro que Ella sólo está inspirada por la preocupación de ser fiel a lo que Dios le pide. Porque se espera que Ella constantemente nos recuerde los requisitos de fidelidad a la ley divina.

En este sentido, el poderoso esfuerzo de la Iglesia esforzándose contra lo que es contrario a la justicia en nuestro mundo atrae más cerca a Ella. Ella ha hablado. Pero, muy a menudo se ha dado el caso de que los cristianos no la hayan escuchado. Los citatorios dirigidos por el Sínodo a los hombres comunes cristianos, para esforzarse de una manera más activa en hacer que la Ley de Dios reine en el mundo contemporáneo, deben oírse. Esto no tiene nada que hacer con la política partidaria. Simplemente es una asunto de obediencia a Dios. La acción profesional, social y política tiene un carácter moral. Y la Iglesia tiene el deber de recordarnos sus requisitos morales.

Pero nosotros debemos agregar que esto es verdad en todas las áreas. Actualmente, algunos que reprochan a la Iglesia no estar exigiendo bastante en el nivel social, le reprochan ser demasiado exigente cuando se refiere a los problemas sexuales. Sospechan que ella vive fuera del tiempo de hoy, no tomando en cuenta los progresos en biología o las condiciones demográficas. Le dicen que estos requisitos absurdos que pone harán a muchas personas salir fuera de la Iglesia. En cuanto a mí, las mismas razones que me hacen desear que la Iglesia sea exigente en relación al deber social, me hacen desear también que Ella lo sea en el nivel de la ética sexual. La encíclica Humanae Vitae, por el valor de su posición contra la degradación moderna del amor, es para mí una razón más para amar a la Iglesia.

Yo sé de los difíciles problemas encontrados por muchas parejas. Yo sé de los problemas dramáticos levantados por la evolución demográfica. Pero sé también que la forma en que el amor y el matrimonio se viven son esenciales a una civilización. Sé cuánto tocan las zonas más profundas de las personas humanas, y aún más, sé cuánto se deshonraron y degradaron en el mundo moderno.

Yo sé que manteniendo sus requisitos la Iglesia está defendiendo los más preciosos valores humanos. Yo me apartaría de Ella si se volviera floja cómplice de un mundo desdeñable. Yo la quiero ver llena de compasión infinita, porque quiero que esté abierta a todos. Pero quiero que no sucumba a compromisos, pues es así como elevará todo cuanto es mejor en el ser humano.

Es lo mismo con las responsabilidades del intelecto. Aquí de nuevo, pasa a menudo que aquellos que culpan a la Iglesia de no estar exigiendo bastante en el nivel social, la acusan de ser intransigente, oscurantista y sectaria en el nivel intelectual. Como si el dominio del intelecto fuera un lugar donde todo ha de ser permitido, como si no tuviera ningún lado serio, como si no comprometiera la responsabilidad. Ahora, el área del intelecto es la más seria de todas, pues, finalmente, son las visiones de la mente las que gobiernan la orientación de las ciudades.

Lo que el mundo moderno más requiere no son recursos materiales, sino las normas que permitirían poner esos recursos al servicio del hombre. Y nuestro tiempo, precisamente, es uno en que el intelecto está sufriendo una de sus más graves crisis, en la que es la parte más perturbada del hombre.

Aquí también, los requerimientos de la Iglesia son lo que me hacen amarla. En un mundo que opone un sistema arbitrario a otro, donde las mentes sólo ven en el pensamiento la proyección de su subjetividad, donde los requisitos de la acción se han vuelto la única regla, la Iglesia cree que el intelecto humano puede lograr el conocimiento de la realidad y que el acuerdo de éste con la realidad constituye la verdad. Yo amo a la Iglesia que cree que hay verdad y que hay error. Yo amo a la Iglesia que se niega a permitir que las personas consideren las verdades metafísicas como simplemente unas opiniones entre otras. Yo amo a la Iglesia que ve en el rechazo a Dios, en el rechazo a la inmortalidad de hombre y en el rechazo a éticas objetivas las perversiones de la mente.

Las posiciones de la Iglesia sobre las preguntas importantes de nuestro tiempo, como son declaradas por sus representantes responsables, no me alejan en lo más mínimo de Ella; al contrario, yo me descubro más firmemente vinculado a Ella. En la actualidad Ella defiende los valores humanos auténticos contra aquellos que los destruyen. Defiende la justicia auténtica, el amor auténtico, la inteligencia auténtica. Y defiende, contra un mundo al que le gustaría quedarse sin Dios, la dimensión religiosa que es constitutiva del hombre y de la sociedad del hombre. Sin la referencia a esta dimensión religiosa, otros valores humanos son incapaces de hallar lo que les sirva de base y los justifique.

Y precisamente lo que me hiere es ver a cristianos y sacerdotes que rechazan estos requisitos que son la razón por la que yo amo a la Iglesia. Cuando los veo culpar a la Iglesia de no entender al hombre moderno, yo pienso que Ella lo entiende mucho mejor que ellos. Porque ellos se están haciendo cómplices de lo que es peor en él. Aceptan la rendición de la inteligencia y el rebajar de la moral. La Iglesia, precisamente porque ama lo que está en fermento en el mundo de hoy y en particular en su juventud, no acepta que todo esto deba destruirse y deba pervertirse. Su intransigencia es la expresión de su amor.

Yo recuerdo haber oído a un observador comentar durante el Concilio Vaticano II que la gran libertad de palabra de que disfrutaron los obispos venía del hecho de que sabían que sus críticos podrían destruir las paredes exteriores, pero nunca podrían perturbar la Roca. Yo me siento libre en la Iglesia, libre para decir lo que me hiere o lo que me desagrada. Y yo amo esta libertad en otros, pero a condición de que proceda del amor. Pero cuando la crítica es tal que está destruyendo la substancia de las cosas y busca destruir la Roca, entonces yo la detesto y siento cuánto amo a la Iglesia, tanto por todos los regalos divinos que sólo Ella ofrece, como también por esa cierta calidad que Ella confiere a las cosas humanas.

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