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S.S. Juan Pablo II, Carta sobre la peregrinación a los lugares vinculados con la historia de la salvación
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Carta de S.S. Juan Pablo II sobre la peregrinación a los lugares vinculados con la historia del a salvación

Vaticano, 29 de junio de 1999, solemnidad de los Santos Pedro y Pablo

A cu√°ntos se preparan

a celebrar en la fe el Gran Jubileo

1. Despu√©s de a√Īos de preparaci√≥n, nos encontramos ya en el umbral del Gran Jubileo. En estos a√Īos se han hecho muchas cosas en toda la Iglesia para preparar este acontecimiento de gracia. Pero, como en v√≠speras de un viaje, ha llegado el momento de ultimar los preparativos. En realidad, el Gran Jubileo no consiste en una serie de cosas por hacer, sino en vivir una gran experiencia interior. Las iniciativas exteriores s√≥lo tienen sentido en la medida que son expresiones de un profundo compromiso que nace en el coraz√≥n de las personas. He querido llamar la atenci√≥n de todos precisamente sobre esta dimensi√≥n interior, tanto en la Carta apost√≥lica Tertio millennio adveniente como en la Bula de convocaci√≥n del Jubileo Incarnationis mysterium. Ambas han tenido una amplia y cordial acogida. Los Obispos han encontrado en ellas indicaciones significativas y los temas propuestos para los diversos a√Īos de preparaci√≥n han sido largamente meditados. Por todo esto quiero expresar mi gratitud al Se√Īor y un sincero reconocimiento tanto a los Pastores como a todo el Pueblo de Dios.

Ahora, la inminencia del Jubileo me sugiere proponer una reflexi√≥n, que va unida a mi deseo de hacer personalmente, si Dios quiere, una especial peregrinaci√≥n jubilar, deteni√©ndome en algunos de los lugares particularmente vinculados a la encarnaci√≥n del Verbo de Dios, que es el acontecimiento al que se refiere directamente el A√Īo Santo del 2000.

Por tanto, mi meditaci√≥n lleva a los ¬ęlugares¬Ľ de Dios, a aquellos espacios que √Čl ha elegido para poner su ¬ętienda¬Ľ entre nosotros (Jn 1, 14; cf. Ex 40, 34-35; 1 Re 8, 10-13), con el fin de permitir al ser humano un encuentro m√°s directo con √Čl. De este modo, completo en cierto sentido la reflexi√≥n de la Tertio millennio adveniente, donde, con el trasfondo de la historia de la salvaci√≥n, la perspectiva dominante era la relevancia fundamental del ¬ętiempo¬Ľ. En realidad, en la concreta actuaci√≥n del misterio de la Encarnaci√≥n, la dimensi√≥n del ¬ęespacio¬Ľ no es menos importante que la del tiempo.

2. A primera vista, hablar de determinados ¬ęespacios¬Ľ en relaci√≥n con Dios podr√≠a suscitar cierta perplejidad. ¬ŅAcaso no est√° el espacio, al igual que el tiempo, sometido enteramente al dominio de Dios? En efecto, todo ha salido de sus manos y no hay lugar donde Dios no est√©: ¬ęDel Se√Īor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes, √©l la fund√≥ sobre los mares, √©l la afianz√≥ sobre los r√≠os¬Ľ (Sal 23(24), 1-2). Dios est√° igualmente presente en cada rinc√≥n de la tierra, de tal modo que todo el mundo puede ser considerado como ¬ętemplo¬Ľ de su presencia.

Con todo, esto no impide que, así como el tiempo puede estar acompasado por kairoi, momentos especiales de gracia, el espacio pueda estar marcado análogamente por particulares intervenciones salvíficas de Dios. Por lo demás, esta es una intuición presente en todas las religiones, en las cuales no solamente hay tiempos, sino también lugares sagrados, en donde puede experimentarse el encuentro con lo divino más intensamente de lo que sucede habitualmente en la inmensidad del cosmos.

3. En relaci√≥n con esta tendencia religiosa general, la Biblia ofrece un mensaje espec√≠fico, situando el tema del ¬ęespacio sagrado¬Ľ en el horizonte de la historia de la salvaci√≥n. Por una parte, advierte sobre los peligros inherentes a la definici√≥n de dicho espacio, cuando √©sta se hace en la perspectiva de una divinizaci√≥n de la naturaleza --a este prop√≥sito, se ha de recordar la fuerte pol√©mica antiidol√°trica de los profetas en nombre de la fidelidad a Yahveh, Dios del √Čxodo-- y, por otra, no excluye un uso cultual del espacio, en la medida en que esto expresa plenamente la intervenci√≥n espec√≠fica de Dios en la historia de Israel. El espacio sagrado se ve as√≠ progresivamente ¬ęconcentrado¬Ľ en el templo de Jerusal√©n, donde el Dios de Israel quiere ser venerado y, en cierto sentido, encontrado. Hacia el templo se dirigen los ojos del peregrino de Israel y grande es su alegr√≠a cuando llega al lugar donde Dios ha puesto su morada: ¬ę¬°Qu√© alegr√≠a cuando me dijeron: "vamos a la casa del Se√Īor"! Ya est√°n pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusal√©n¬Ľ (Sal 121(122), 1-2).

En el Nuevo Testamento, esta ¬ęconcentraci√≥n¬Ľ del espacio sagrado alcanza su punto culminante en Cristo, que se convierte ahora en el nuevo ¬ętemplo¬Ľ (cf. Jn 2, 21), en el que habita la ¬ęplenitud de la divinidad¬Ľ (Col 2, 9). Con su venida el culto est√° llamado a superar radicalmente los templos materiales para llegar a ser un culto ¬ęen esp√≠ritu y verdad¬Ľ (Jn 4, 24). Asimismo, en Cristo, tambi√©n la Iglesia es considerada ¬ętemplo¬Ľ por el Nuevo Testamento (cf. 1 Co 3, 17), como lo es incluso cada disc√≠pulo de Cristo, en cuanto habitado por el Esp√≠ritu Santo (cf. 1 Co 6, 19; Rm 8, 11). Evidentemente, como demuestra la historia de la Iglesia, todo esto no excluye que los cristianos puedan tener lugares de culto; es necesario, sin embargo, que no se olvide su car√°cter funcional respecto a la vida cultual y fraterna de la comunidad, sabiendo que la presencia de Dios, por su naturaleza, no puede ser circunscrita a ning√ļn lugar, puesto que los impregna todos, teniendo en Cristo la plenitud de su expresi√≥n y de su irradiaci√≥n.

El misterio de la Encarnaci√≥n, por tanto, transforma la experiencia universal del ¬ęespacio sagrado¬Ľ, restringi√©ndola por un lado y, por otra, resaltando su importancia en nuevos t√©rminos. En efecto, la referencia al espacio est√° implicada en el mismo ¬ęhacerse carne¬Ľ del Verbo (cf. Jn 1, 14). Dios ha asumido en Jes√ļs de Nazaret las caracter√≠sticas propias de la naturaleza humana, incluida la ineludible pertenencia del hombre a un pueblo concreto y a una tierra determinada. ¬ęHic de Virgine Maria Iesus Christus natus est¬Ľ. Esta expresi√≥n colocada en Bel√©n, precisamente en el lugar en que, seg√ļn la tradici√≥n, naci√≥ Jes√ļs, adquiere una peculiar resonancia: ¬ęAqu√≠, de la Virgen Mar√≠a, naci√≥ Jesucristo¬Ľ. La concreci√≥n f√≠sica de la tierra y de su emplazamiento geogr√°fico est√° unida a la verdad de la carne humana asumida por el Verbo.

4. Por eso, en la perspectiva del a√Īo bimilenario de la Encarnaci√≥n, siento un deseo muy grande de ir personalmente a orar a los principales lugares que, desde el Antiguo al Nuevo Testamento, han conocido las intervenciones de Dios, hasta llegar a la cima del misterio de la Encarnaci√≥n y de la Pascua de Cristo. Estos lugares est√°n ya indeleblemente grabados en mi memoria, desde que en 1965 tuve la oportunidad de visitar Tierra Santa. Fue una experiencia inolvidable. A√ļn hoy hojeo de buena gana las emotivas p√°ginas que escrib√≠ entonces. ¬ęLlego a estos lugares que T√ļ has llenado de ti de una vez para siempre... ¬°Oh, lugar! ¬°Cu√°ntas veces, cu√°ntas veces te has trasformado antes de que de suyo, se hiciera tambi√©n m√≠o! Cuando √Čl te llen√≥ la primera vez, no eras a√ļn ning√ļn lugar exterior; eras s√≥lo el seno de su Madre. ¬°Oh! saber que las piedras sobre las que camin√≥ en Nazaret son las mismas que su pie tocaba cuando Ella era a√ļn tu lugar, el √ļnico en el mundo. ¬°Encontrarte a trav√©s de una piedra que fue tocada por el pie de tu Madre! ¬°Oh lugar, lugar de Tierra Santa, qu√© espacio ocupas en mi! Por eso no puedo pisarte con mis pasos; debo arrodillarme. Y as√≠ dejar constancia de que has sido para m√≠ un lugar de encuentro. Yo me arrodillo y pongo as√≠ mi huella. Quedar√°s aqu√≠ con mi huella --quedar√°s, quedar√°s-- y yo te llevar√© conmigo, te transformar√© dentro de m√≠ en un lugar de nuevo testimonio. Yo me voy como un testigo que dar√° testimonio de ti a trav√©s de los milenios¬Ľ (Karol Wojtyla, Poezje. Poems, Wydawnictwo Literackie, Cracovia 1998, p. 169).

Cuando escrib√≠a estas palabras, hace m√°s de treinta a√Īos, no pod√≠a imaginar que el testimonio al que entonces me compromet√≠a lo habr√≠a dado hoy como Sucesor de Pedro, puesto al servicio de toda la Iglesia. Es un testimonio que me inserta en una larga cadena de personas que desde hace dos mil a√Īos han ido en busca de las ¬ęhuellas¬Ľ de Dios en aquella tierra, justamente llamada ¬ęsanta¬Ľ, como recorri√©ndolas en las piedras, en los montes y las aguas que hicieron de escenario a la vida terrena del Hijo de Dios. Ya desde la antig√ľedad es conocido el diario de viaje de la peregrina Egeria. ¬°Cu√°ntos peregrinos, cu√°ntos santos han seguido su itinerario a lo largo de los siglos! A√ļn cuando las circunstancias hist√≥ricas perturbaron el car√°cter esencialmente pac√≠fico de la peregrinaci√≥n a Tierra Santa, d√°ndole una fisionom√≠a que, m√°s all√° de las intenciones, concuerda bien poco con la imagen del Crucificado, los cristianos m√°s sensatos intentaban s√≥lo encontrar en aquella tierra el recuerdo vivo de Cristo. Quiso la Providencia que, junto con los hermanos de las Iglesias orientales, fueran sobre todo los hijos de Francisco de As√≠s, santo de la pobreza, de la mansedumbre y de la paz, los que, de parte de la cristiandad de occidente, interpretaran en modo genuinamente evang√©lico el leg√≠timo deseo cristiano de custodiar los lugares en los que est√°n nuestras ra√≠ces espirituales.

5. Con este espíritu tengo intención de recorrer, si Dios quiere, con ocasión del Gran Jubileo del 2000, las huellas de la historia de la salvación en la tierra en la que ésta se ha desarrollado.

El punto de partida ser√°n algunos lugares destacados del Antiguo Testamento. Con ello deseo manifestar la conciencia que tiene la Iglesia de su permanente v√≠nculo con el antiguo pueblo de la alianza. Abraham es tambi√©n para nosotros ¬ępadre de la fe¬Ľ por antonomasia (cf. Rm 4; Ga 3, 6-9; Hb 11, 8-19). En el Evangelio de Juan se leen las palabras que Cristo pronunci√≥ un d√≠a sobre √©l: ¬ęAbraham se regocij√≥ pensando en ver mi d√≠a; lo vio y se alegr√≥¬Ľ (8, 56).

Precisamente a Abraham se refiere la primera etapa del viaje que planeo en mis deseos. En efecto, me gustar√≠a, si √©sta es la voluntad de Dios, ir a Ur de los Caldeos, la actual Tal al Muqayyar, en el sur de Irak, ciudad donde, seg√ļn la narraci√≥n b√≠blica, Abraham oy√≥ la palabra del Se√Īor que lo arrancaba de su tierra, de su pueblo, y en cierto modo de s√≠ mismo, para hacer de √©l el instrumento de un designio de salvaci√≥n que abarcaba el futuro del pueblo de la alianza e, incluso, todos los pueblos del mundo: ¬ęYahveh dijo a Abram: "Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostrar√©. De ti har√© una naci√≥n grande y te bendecir√©. Engrandecer√© tu nombre; y s√© t√ļ una bendici√≥n [...]. Por ti se bendecir√°n todos los linajes de la tierra"¬Ľ (Gn 12, 1-3). Con estas palabras comienza el gran camino del Pueblo de Dios. En Abraham ponen sus ojos no solamente los que se precian de ser descendencia f√≠sica suya, sino tambi√©n cuantos --y son innumerables-- se consideran su descendencia ¬ęespiritual¬Ľ, porque comparten con √©l la fe y el abandono sin reservas a la iniciativa salv√≠fica del Omnipotente.

6. Las vicisitudes del pueblo de Abraham se desarrollaron durante centenares de a√Īos en muchos lugares del pr√≥ximo Oriente. Pero han quedado como centrales los acontecimientos del √Čxodo, cuando el pueblo de Israel, tras una dura experiencia de esclavitud, se puso en marcha bajo la gu√≠a de Mois√©s hacia la Tierra de su libertad. Aquel camino estuvo marcado por tres momentos, vinculados a lugares monta√Īosos llenos de misterio. En la fase preliminar destaca, ante todo, el monte Oreb, otra denominaci√≥n b√≠blica del Sina√≠, donde Mois√©s tuvo la revelaci√≥n del nombre de Dios, signo de su misterio y de su eficaz presencia salv√≠fica: ¬ęYo soy el que soy¬Ľ (Ex 3, 14). Tambi√©n a Mois√©s, al igual que a Abraham, se le ped√≠a confiar en el designio de Dios y ponerse a la cabeza de su pueblo. Comenzaron as√≠ los dram√°ticos acontecimientos de la liberaci√≥n, que permanecer√≠an en la memoria de Israel como una experiencia basilar para su fe.

Durante el camino por el desierto, tambi√©n el Sina√≠ fue el escenario en el que se estipul√≥ la alianza entre Yahveh y su pueblo. Este monte queda as√≠ unido al don del Dec√°logo, las ¬ędiez palabras¬Ľ que compromet√≠an a Israel a una vida de total adhesi√≥n a la voluntad de Dios. Estas ¬ępalabras¬Ľ, en realidad, expresaban los pilares de la ley moral de car√°cter universal escrita en el coraz√≥n de cada hombre, pero que a Israel le fueron consignadas en el marco de un pacto rec√≠proco de fidelidad, con el cual el pueblo se compromet√≠a a amar a Dios, recordando las maravillas realizadas por √Čl en el √Čxodo, mientras que Dios garantizaba su perenne benevolencia: ¬ęYo, Yahveh, soy tu Dios, que te he sacado del pa√≠s de Egipto, de la casa de servidumbre¬Ľ (Ex 20, 2). Dios y el pueblo se compromet√≠an rec√≠procamente. Si en la visi√≥n de la zarza ardiente el Oreb, el lugar del ¬ęnombre¬Ľ y del ¬ęproyecto¬Ľ de Dios, hab√≠a sido sobre todo el ¬ęmonte de la fe¬Ľ, ahora, para el pueblo peregrino en el desierto, se convierte en el lugar del encuentro y del pacto rec√≠proco, en cierto sentido el ¬ęmonte del amor¬Ľ. Cu√°ntas veces, a lo largo de los siglos, denunciando la infidelidad del pueblo a la alianza, los profetas la han descrito como una especie de infidelidad ¬ęconyugal¬Ľ, una propia y verdadera traici√≥n del pueblo-esposa respecto a Dios, su esposo (cf. Jr 2, 2; Ez 16, 1-43).

Al final del camino del √Čxodo se yergue otra cumbre, el monte Nebo, desde el que Mois√©s pudo contemplar la Tierra prometida (cf. Dt 32, 49), sin el gozo de estar en ella, pero con la certeza de haberla alcanzado finalmente. Su mirada desde el Nebo es el s√≠mbolo mismo de la esperanza. Desde aquel monte, pudo constatar que Dios hab√≠a mantenido sus promesas. Una vez m√°s, sin embargo, deb√≠a abandonarse confiadamente a la omnipotencia divina para el cumplimiento definitivo del designio preanunciado.

Probablemente no me ser√° posible detenerme en todos estos lugares durante mi peregrinaci√≥n. Pero desear√≠a al menos, si Dios quiere, visitar Ur, lugar de los or√≠genes de Abraham, y hacer despu√©s una etapa en el c√©lebre Monasterio de Santa Catalina, en el Sina√≠, el monte de la Alianza que resume en cierto modo todo el misterio del √Čxodo, paradigma perenne del nuevo √Čxodo que tendr√° su pleno cumplimiento en el G√≥lgota.

7. Si √©stos y otros itinerarios similares del Antiguo Testamento son tan ricos de significado para nosotros, es obvio que el A√Īo jubilar, conmemoraci√≥n solemne de la encarnaci√≥n del Verbo, nos invita a detenernos sobre todo en los lugares en los que se desarroll√≥ la vida de Jes√ļs.

Muy intenso es mi deseo de ir ante todo a Nazaret, ciudad unida al momento mismo de la Encarnaci√≥n y tierra en la que Jes√ļs creci√≥ ¬ęen sabidur√≠a, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres¬Ľ (Lc 2, 52). Aqu√≠ se oy√≥ el saludo del Angel a Mar√≠a: ¬ęAl√©grate, llena de gracia, el Se√Īor est√° contigo¬Ľ (Lc 1, 28). Aqu√≠ pronunci√≥ Ella su fiat al anuncio que la llamaba a ser madre del Salvador y, por obra del Esp√≠ritu Santo, seno acogedor para el Hijo de Dios.

Y, ¬Ņc√≥mo no acercarme a Bel√©n, donde Cristo vio la luz, donde los pastores y los Magos dieron voz a la adoraci√≥n de toda la humanidad? En Bel√©n se oy√≥ tambi√©n, por vez primera, aquel anuncio de paz que, proclamado por los √Āngeles, continuar√≠a resonando de generaci√≥n en generaci√≥n hasta nuestros d√≠as.

Jerusal√©n, el lugar de la muerte en cruz y de la resurrecci√≥n del Se√Īor Jes√ļs, ser√° una etapa particularmente significativa.

Ciertamente, los lugares que evocan la vida terrena del Salvador son mucho m√°s numerosos y hay tantos que merecer√≠an ser visitados. ¬ŅC√≥mo olvidar, por ejemplo, el monte de las Bienaventuranzas, el monte de la Transfiguraci√≥n o Cesarea de Filipo, regi√≥n en la cual Jes√ļs confi√≥ a Pedro las llaves del Reino de los cielos, constituy√©ndole fundamento de su Iglesia (cf. Mt 16, 13-19)? Se puede decir que en Tierra Santa, de norte a sur, todo recuerda a Cristo. Pero deber√© contentarme con los lugares m√°s representativos y Jerusal√©n, en cierto modo, los resume todos. Aqu√≠, si Dios quiere, tengo intenci√≥n de sumirme en oraci√≥n, llevando en el coraz√≥n a toda la Iglesia. Aqu√≠ contemplar√© los lugares en los que Cristo ha dado su vida y la ha recuperado despu√©s en la resurrecci√≥n, haci√©ndose don de su Esp√≠ritu. Aqu√≠ quisiera gritar una vez m√°s la inmensa y consoladora certeza de que ¬ętanto am√≥ Dios al mundo que dio a su Hijo √ļnico, para que todo el que crea en √©l no perezca, sino que tenga vida eterna¬Ľ (Jn 3, 16).

8. Entre los lugares de Jerusal√©n a los que est√°n m√°s unidos los acontecimientos terrenos de Cristo, es casi obligada la visita al Cen√°culo, donde Jes√ļs instituy√≥ la Eucarist√≠a, fuente y cumbre de la vida de la Iglesia. Aqu√≠, seg√ļn la tradici√≥n, estaban reunidos en oraci√≥n los Ap√≥stoles, junto con Mar√≠a, madre de Cristo, cuando el d√≠a de Pentecost√©s recibieron el Esp√≠ritu Santo. Entonces comenz√≥ la √ļltima etapa en el camino de la historia de la salvaci√≥n, el tiempo de la Iglesia, cuerpo y esposa de Cristo, pueblo peregrino en el tiempo, llamada a ser signo e instrumento de la √≠ntima uni√≥n con Dios y de la unidad de todo el g√©nero humano (cf. Lumen gentium, 1).

La visita al Cen√°culo quiere ser, pues, una vuelta a las fuentes mismas de la Iglesia. El Sucesor de Pedro, que vive en Roma, el lugar donde el Pr√≠ncipe de los Ap√≥stoles afront√≥ el martirio, ha de volver constantemente al lugar en el que Pedro, el d√≠a de Pentecost√©s, comenz√≥ a proclamar en voz alta, con la fuerza embriagadora del Esp√≠ritu, la ¬ębuena noticia¬Ľ de que Jesucristo es el Se√Īor (cf. Hch 2, 36).

9. La visita a los Santos Lugares de la vida terrena del Redentor introduce, l√≥gicamente, en los lugares que fueron significativos para la Iglesia naciente y conocieron el empuje misionero de la primera comunidad cristiana. √Čstos ser√≠an muchos, si seguimos la narraci√≥n de Lucas en los Hechos de los Ap√≥stoles. Pero, en particular, me gustar√≠a poder detenerme en meditaci√≥n tambi√©n en dos ciudades singularmente relacionadas con la vida de Pablo, el ap√≥stol de los Gentiles. Pienso ante todo en Damasco, lugar que evoca su conversi√≥n. En efecto, el futuro ap√≥stol se dirig√≠a a aquella ciudad como perseguidor cuando Cristo mismo se interpuso en su camino: ¬ęSaulo, Saulo, ¬Ņpor qu√© me persigues?¬Ľ (Hch 9, 4). El celo de Pablo, una vez conquistado por Cristo, se extendi√≥ con una progresi√≥n incontenible hasta alcanzar gran parte del mundo entonces conocido. Muchas fueron las ciudades que √©l evangeliz√≥. En particular, desear√≠a pasar por Atenas, en cuyo Are√≥pago Pablo pronunci√≥ un discurso memorable (cf. Hch 17, 22-31). Teniendo en cuenta el papel de Grecia en la formaci√≥n de la cultura antigua, se comprende por qu√© aquel discurso puede ser considerado en cierto modo como el s√≠mbolo mismo del encuentro del Evangelio con la cultura humana.

10. Abandon√°ndome totalmente a lo que disponga la divina voluntad, me gustar√≠a que, al menos en sus puntos esenciales, puediera llevarse a cabo este proyecto. Se trata de una peregrinaci√≥n exclusivamente religiosa, tanto por su naturaleza como por su finalidad, y me desagradar√≠a que a este proyecto m√≠o se le atribuyeran otros significados diferentes. M√°s a√ļn, ya desde ahora lo estoy recorriendo en sentido espiritual, puesto que ir a estos lugares, aunque s√≥lo sea con el pensamiento, significa en cierto modo releer el Evangelio mismo, hacer las rutas que ha seguido la Revelaci√≥n.

Ir con esp√≠ritu de oraci√≥n de un lugar a otro, de una a otra ciudad, en el espacio particularmente marcado por la intervenci√≥n de Dios, no solamente nos ayuda a vivir nuestra vida como un camino, sino que nos presenta pl√°sticamente la idea de un Dios que nos ha anticipado y nos precede, que se ha puesto √©l mismo en camino por las sendas de los hombres, que no nos mira desde lo alto sino que se ha hecho nuestro compa√Īero de viaje.

La peregrinaci√≥n a los Santos Lugares se convierte as√≠ en una experiencia extraordinariamente significativa, evocada en cierto modo por cualquier otra peregrinaci√≥n jubilar. En efecto, la Iglesia no puede olvidar sus ra√≠ces; m√°s a√ļn, debe volver a ellas continuamente para mantenerse fiel al designio de Dios. Por eso he escrito en la Bula Incarnationis mysterium que el Jubileo, celebrado contempor√°neamente en Tierra Santa, en Roma y en las Iglesias locales de todo el mundo, ¬ętendr√°, por decirlo de alg√ļn modo, dos centros: por una parte la Ciudad donde la Providencia quiso poner la sede del Sucesor de Pedro, y por otra, Tierra Santa, en la que el Hijo de Dios naci√≥ como hombre tomando carne de una Virgen llamada Mar√≠a¬Ľ (n. 2).

Esta atenci√≥n a Tierra Santa, a la vez que expresa el recuerdo obligado de los cristianos, quiere poner de relieve la profunda relaci√≥n que √©stos siguen teniendo con el pueblo jud√≠o, del cual Cristo proviene seg√ļn la carne (cf. Rm 9, 5). En estos √ļltimos decenios, especialmente despu√©s del Concilio Vaticano II, se han dado muchos pasos para establecer un di√°logo fecundo con el pueblo que Dios ha elegido como primer destinatario de sus promesas y de la alianza. El Jubileo debe ser una ocasi√≥n ulterior para hacer crecer la conciencia de los v√≠nculos que nos unen, contribuyendo a disipar definitivamente las incomprensiones que, por desgracia, han marcado tantas veces amargamente a lo largo de los siglos las relaciones entre cristianos y jud√≠os.

Además, no podemos olvidar que también para los seguidores del Islam la Tierra Santa es un lugar importante y le tributan una especial veneración. Espero ardientemente que mi visita a los Santos Lugares pueda ofrecer también la oportunidad de un encuentro con ellos, para que, incluso en la claridad del testimonio, se acrecienten los motivos de un conocimiento y estima recíprocos, así como de colaboración en el esfuerzo por dar testimonio del valor del compromiso religioso y el anhelo por una sociedad más conforme al designio de Dios, en el respeto de cada ser humano y de la creación.

11. En este caminar por las tierras que Dios ha elegido para plantar su ¬ętienda¬Ľ entre nosotros, deseo vivamente ser acogido como peregrino y hermano, no s√≥lo por las comunidades cat√≥licas que tendr√© el gozo de encontrar, sino tambi√©n por las otras Iglesias que han vivido ininterrumpidamente en los Santos Lugares y los han custodiado con fidelidad y amor al Se√Īor.

Esta peregrinaci√≥n que me preparo a realizar a Tierra Santa con ocasi√≥n del A√Īo jubilar, estar√° marcada, m√°s que en cualquier otro de mis viajes, por el anhelo de la oraci√≥n dirigida por Cristo al Padre para que todos sus disc√≠pulos ¬ęsean uno¬Ľ (Jn 17, 21); una oraci√≥n que interpela de manera a√ļn m√°s vigorosa si cabe en el momento excepcional que abre el nuevo milenio. Por eso desear√≠a que todos los hermanos de fe, en la docilidad al Esp√≠ritu Santo, puedan ver en mis pasos de peregrino en la tierra hollada por Cristo una ¬ędoxolog√≠a¬Ľ para la salvaci√≥n que todos hemos recibido, y ser√≠a una dicha para m√≠ si pudi√©ramos reunirnos juntos en los lugares de nuestro origen com√ļn, para testimoniar a Cristo que es Uno (cf. Ut unum sint, n. 23) y confirmar el compromiso mutuo hacia el restablecimiento de la plena comuni√≥n.

12. No me queda, pues, si no invitar fervientemente a toda la comunidad cristiana a ponerse idealmente en camino para la peregrinaci√≥n jubilar. Esta podr√° celebrarse en las m√ļltiples formas que he indicado en la Bula de convocaci√≥n. Pero ciertamente ser√°n muchos los que lo vivir√°n poni√©ndose concretamente en marcha hacia aquellos lugares que han tenido un relieve particular en la historia de la salvaci√≥n. En cualquier caso, todos debemos hacer ese viaje interior que tiene por objeto separarnos de lo que, en nosotros y en torno a nosotros, es contrario a la ley de Dios, para ponernos en disposici√≥n de encontrar plenamente a Cristo, confesando nuestra fe en √©l y recibiendo la abundancia de su misericordia.

En el Evangelio, Jes√ļs se nos presenta siempre en camino. Parece que tuviera prisa de ir de una parte a otra para anunciar la cercan√≠a del Reino de Dios. Anuncia y llama. Su ¬ęs√≠gueme¬Ľ obtuvo la pronta adhesi√≥n de los Ap√≥stoles (cf. Mc 1, 16-20). Sint√°monos todos alcanzados por su voz, su invitaci√≥n, su llamada a una vida nueva.

Lo digo sobre todo a los jóvenes, ante los cuales la vida se abre como un camino rico de sorpresas y de promesas.

Lo digo a todos: ¬°Vayamos tras las huellas de Cristo!

Que el viaje que deseo hacer en el A√Īo jubilar pueda representar el viaje de toda la Iglesia, deseosa de estar cada vez m√°s disponible a la voz del Esp√≠ritu, para ir con agilidad al encuentro con Cristo, el Esposo: ¬ęEl Esp√≠ritu y la Novia dicen: "¬°Ven!"¬Ľ (Ap 22, 17).

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