Congregaci贸n para la Evangelizaci贸n de los Pueblos, Gu铆a para los Catequistas

PRIMERA PARTE:
UN AP脫STOL SIEMPRE ACTUAL

I. EL CATEQUISTA PARA UNA IGLESIA MISIONERA

2. Vocaci贸n e identidad. En la Iglesia, el Esp铆ritu Santo llama por su nombre a cada bautizado a dar su aportaci贸n al advenimiento del Reino de Dios. En el estado laical se dan varias vocaciones, es decir, distintos caminos espirituales y apost贸licos en los que est谩n involucrados cada uno de los fieles y los grupos. En el cauce de una vocaci贸n laical com煤n florecen vocaciones laicales particulares 8 .

Fundamento de la personalidad del catequista, adem谩s de los sacramentos del Bautismo y de la Confirmaci贸n, es, pues, un llamamiento espec铆fico del Esp铆ritu, es decir, un "carisma particular reconocido por la Iglesia" 9 hecho expl铆cito por el mandato del Obispo. Es importante que el candidato a catequista capte el sentido sobrenatural y eclesial de ese llamamiento, para que pueda responder con coherencia y decisi贸n como el Verbo eterno: "He aqu铆 que vengo" (Hb 10, 7), o como el profeta: "Heme aqu铆, env铆ame" (Is 6, 8).

En la realidad misionera, la vocaci贸n del catequista es espec铆fica, es decir, reservada a la catequesis, y general, para colaborar en los servicios apost贸licos que sirven para la edificaci贸n de la Iglesia y para su crecimiento 10 .

La CEP insiste sobre el valor y sobre la especificidad de la vocaci贸n del catequista; de ah铆 el empe帽o que debe tener cada uno en descubrir, discernir y cultivar la propia vocaci贸n 11 .

Por tanto, el catequista que trabaja en los territorios de misi贸n tiene una identidad propia que lo distingue del catequista que desempe帽a sus funciones en las Iglesias de antigua fundaci贸n, como lo ense帽an el mismo Magisterio y la legislaci贸n de la Iglesia 12 .

Sintetizando, el catequista en los territorios de misi贸n est谩 caracterizado por cuatro elementos comunes y espec铆ficos: un llamamiento del Esp铆ritu; una misi贸n eclesial; una cooperaci贸n al mandato apost贸lico del Obispo; una conexi贸n especial con la realizaci贸n de la actividad misionera ad Gentes.

3. Funci贸n. Estrechamente vinculada a esa identidad est谩 la funci贸n del catequista que se desarrolla en relaci贸n con la actividad misionera. Esa misi贸n se presenta amplia y diferenciada: al mismo tiempo que anuncio expl铆cito del mensaje cristiano y conducci贸n de los catec煤menos y de los hermanos y hermanas a los sacramentos hasta la madurez de fe en Cristo, es tambi茅n presencia y testimonio; comprende la promoci贸n del hombre; se traduce en inculturaci贸n, se hace di谩logo 13 .

Por eso el Magisterio, cuando trata del catequista en tierra de misi贸n 14 , manifiesta una consideraci贸n privilegiada y hace una reflexi贸n de amplio alcance. As铆, la Redemptoris Missio describe a los catequistas como "agentes especializados, testigos directos, evangelizadores insustituibles, que representan la fuerza de las comunidades cristianas, especialmente en las Iglesias j贸venes" 15 . El mismo C贸digo de Derecho Can贸nico trata aparte el asunto de los catequistas comprometidos en la actividad misionera propiamente dicha y los describe como "fieles laicos debidamente instruidos y que se destaquen por su vida cristiana, los cuales, bajo la direcci贸n de un misionero, se dediquen a explicar la doctrina evang茅lica y a organizar los actos lit煤rgicos y las obras de caridad" 16 .

Esta amplia descripci贸n de la misi贸n del catequista corresponde al concepto esbozado en la Asamblea Plenaria de la CEP, en el 1970: "El catequista es un laico especialmente encargado por la Iglesia, seg煤n las necesidades locales, para hacer conocer, amar y seguir a Cristo por aquellos que todav铆a no lo conocen y por los mismos fieles" 17 .

Es oportuno, sin embargo, recordar una precisi贸n. As铆 como a los otros fieles, tambi茅n al catequista se pueden confiar, seg煤n las normas can贸nicas, algunos cometidos conexos al sagrado ministerio, que no requieren el car谩cter de la Ordenaci贸n. El desempe帽o de tales funciones, en calidad de suplente, no hace del catequista un pastor, en cuanto su legitimaci贸n deriva directamente de la delegaci贸n oficial dada por los Pastores 18 .

Conviene, sin embargo, tener presente una precisi贸n hecha en el pasado por este mismo Dicasterio en su actividad ordinaria: "El catequista no es un mero suplente del sacerdote, sino que es, de derecho, un testigo de Cristo en la comunidad a la que pertenece" 19 .

4. Categor铆as y funciones. Los catequistas en los territorios de misi贸n se distinguen no solo de los catequistas que act煤an en las Iglesias de antigua tradici贸n, sino que se presentan con caracter铆sticas y modalidades de acci贸n muy diversificadas de una experiencia eclesial a otra, por lo que resulta dif铆cil hacer una descripci贸n unitaria y sint茅tica.

En el plan pr谩ctico, es 煤til tener presente que se puede hablar de dos categor铆as de catequistas: los de tiempo pleno, que dedican toda su vida a este servicio, y, en cuanto tales, son reconocidos oficialmente: y los de tiempo parcial, que ofrecen una colaboraci贸n limitada, pero siempre preciosa. La proporci贸n entre estas dos categor铆as var铆a de zona a zona, aunque la l铆nea de tendencia muestra que los catequistas de tiempo parcial son mucho m谩s numerosos.

A las dos categor铆as est谩n confiadas bastantes tareas o funciones. Y precisamente en este aspecto se dan las mayores y m谩s numerosas diversificaciones. Consideramos objetivo el siguiente prospecto global, y puede ayudar a comprender la situaci贸n actual en las Iglesias que dependen de la CEP:

- Los catequistas que tienen la funci贸n espec铆fica de la catequesis, a los que se conf铆an en general estas actividades: la educaci贸n en la fe de j贸venes y adultos; la preparaci贸n para recibir los sacramentos de la iniciaci贸n cristiana, tanto de los candidatos, como de sus familias; la colaboraci贸n en iniciativas de apoyo a la catequesis como retiros, encuentros, etc. Estos catequistas son m谩s numerosos en las Iglesias donde la organizaci贸n de los servicios laicales est谩 mejor desarrollada 20 .

- Los catequistas que cooperan en las distintas formas de apostolado con los ministros ordenados en cordial y estrecha obediencia. Sus tareas son m煤ltiples: desde el anuncio a los no cristianos y la catequesis a los catec煤menos y a los bautizados, hasta la animaci贸n de la oraci贸n comunitaria, especialmente de la liturgia dominical cuando falta el sacerdote; desde la asistencia espiritual a los enfermos hasta la celebraci贸n de funerales; desde la formaci贸n de otros catequistas en los centros y la direcci贸n de los catequistas voluntarios, hasta el control de las iniciativas pastorales; desde la promoci贸n humana y de la justicia, hasta la ayuda a los pobres, las actividades organizativas, etc. Estos catequistas prevalecen en las parroquias de vasto territorio, y en comunidades de fieles distantes del centro; o tambi茅n cuando los p谩rrocos, por falta de sacerdotes, escogen colaboradores laicos de tiempo completo 21 .

El dinamismo de las Iglesias j贸venes y su situaci贸n socio-cultural favorecen el surgir y aun perdurar de otras distintas funciones apost贸licas. As铆, existen los maestros de religi贸n en las escuelas, encargado de ense帽ar la religi贸n a los estudiantes bautizados y la primera evangelizaci贸n a los no cristianos. Estos prevalecen donde la autoridad del Estado limita ense帽anza religiosa en sus escuelas, y son tambi茅n importante donde existe una estructura escolar de la Iglesia o donde se trata de recuperar su presencia entre los estudiantes de las escuelas estatizadas. Hay tambi茅n Catequistas dominicales encargados de ense帽ar la religi贸n en escuelas organizadas por las parroquias y enlazadas con la liturgia festiva, especialmente donde el Estado no permite tal ense帽anza en las escuelas propias. Y no hay que olvidar tampoco a cuantos operan en los barrios de grandes ciudades, en nuevas zonas urbanas, entre militares, inmigrados, encarcelados, etc. Las diversas experiencias y sensibilidades eclesiales consideran estas funciones como propias del Catequista, o como formas de servicio laical a la Iglesia y a su misi贸n. La CEP considera esta variedad de cometidos como expresi贸n de la riqueza del Esp铆ritu operante en las Iglesias j贸venes. Y los recomienda a la atenci贸n de los Pastores. Pero pide que se promuevan aquellos que responden mejor a las exigencias actuales, poniendo especial atenci贸n a las perspectivas para el futuro.

Hay otro aspecto que no debemos desestimar. Los catequistas pertenecen a diversas categor铆as de personas, y es por tanto claro que el impacto de su actividad var铆a seg煤n el ambiente y las culturas en las que operan. As铆, por ejemplo, el hombre casado parece ser m谩s indicado para desempe帽ar la tarea de animador de la comunidad, especialmente donde la cultura lo considera todav铆a como el jefe natural de la sociedad; a la mujer se la juzga, en general, m谩s id贸nea para la educaci贸n de los ni帽os y para la promoci贸n cristiana del ambiente femenino; a los adultos se les considera m谩s maduros y estables, sobre todo si son casados, con la posibilidad, adem谩s, de testimoniar coherentemente el valor cristiano del matrimonio; los j贸venes, en cambio, son los preferidos para los contactos con j贸venes y para iniciativas que exigen m谩s disponibilidad y tiempo libre.

En fin, es oportuno tener presente que, al lado de los catequistas laicos, opera en la catequesis un gran n煤mero de religiosos y religiosas. Aun sin considerarlos Catequistas por el hecho de ser consagrados poseen una indudable una indudable preparaci贸n espiritual y plena disponibilidad apost贸lica. De ah铆 que, en la pr谩ctica, los religiosos y las religiosas ejercen las funciones propias de los catequistas y sobre todo, en virtud de su estrecha colaboraci贸n con los sacerdotes, tienen con frecuencia una parte activa a nivel de direcci贸n. Por estas razones, la CEP encomienda al compromiso de los religiosos y de las religiosas, como ya se verifica en muchas partes, este importante sector de la vida eclesial, especialmente al nivel de la formaci贸n, de la atenci贸n y del cuidado de los catequistas 22 .

5. Perspectivas de desarrollo en un futuro pr贸ximo. La tendencia general que la CEP asume y anima es la de mantener y promover la figura del catequista como tal, independientemente de las tareas que desempe帽a. El valor del catequista, y su eficacia apost贸lica, son siempre decisivos para la misi贸n de la Iglesia 23 .

La CEP, basada en su experiencia de alcance universal, presenta algunas pistas para promover e iluminar una reflexi贸n en este sentido:

- Se ha de dar preferencia absoluta a la calidad. El problema com煤n, reconocido como tal parece ser la escasez de individuos con una preparaci贸n adecuada. El objetivo inmediato y prioritario para todos ha de ser, por tanto, la persona del catequista. Esto tendr谩 consecuencias pr谩cticas en los criterios de elecci贸n, en el proceso de formaci贸n, en el cuidado y atenci贸n al catequista. Las palabras del Santo Padre son muy claras: "Para un servicio evang茅lico tan fundamental se necesitan numerosos operarios. Pero, sin descuidar el n煤mero, hay que procurar con todo empe帽o sobretodo la calidad del catequista" 24 .

- Teniendo en cuenta el nuevo impulso dado a la misi贸n ad gentes 25 , el futuro del catequista en las Iglesias j贸venes se caracterizar谩, ciertamente, por el celo misionero. El catequista, por lo tanto, se deber谩 calificar cada vez m谩s como ap贸stol laico de frontera. En el futuro deber谩 seguir distingui茅ndose, como en el pasado, por su eficacia insustituibles en la actividad misionera ad gentes.

- No basta establecer un objetivo; es preciso elegir los medios adecuados para alcanzarlo. Eso vale tambi茅n para la cualificaci贸n del catequista. Se trata de establecer programas concretos, procurarse adecuadas estructuras y medios econ贸micos, y encontrar formadores preparados para garantizar al catequista la mayor idoneidad posible. Desde luego, la importancia de los medios y el grado de cualificaci贸n var铆an seg煤n las posibilidades reales de cada Iglesia, pero todos deben lograr un objetivo m铆nimo, sin ceder ante las dificultades.

- Reforzar los n煤cleos de responsables. Se prev茅 que en todas partes ser谩n necesarios al menos algunos catequistas profesionales, preparados en centros espec铆ficos que, bajo la direcci贸n de los Pastores y en puestos claves de la organizaci贸n catequ铆stica, deber谩n cuidar la preparaci贸n de las nuevas fuerzas, introducirlas y guiarlas en el desempe帽o de sus funciones. Deber谩n estar situados en los distintos planos: parroquial, diocesano y nacional, y han de garantizar el buen funcionamiento de ese sector tan importante para la vida de la Iglesia.

- Adem谩s de estas l铆neas de renovaci贸n para el porvenir de los catequistas, la CEP constata que, con toda probabilidad, pues se vislumbran los s铆ntomas, en un futuro pr贸ximo cobrar谩n fuerza algunas categor铆as. Habr谩 que identificar qui茅nes ser谩n protagonistas del ma帽ana.

En este contexto, ser谩 necesario impulsar especialmente a los catequistas que tienen un marcado esp铆ritu misionero, para que "se hagan animadores misioneros de sus respectivas comunidades eclesiales y est茅n dispuestos, si el Esp铆ritu les llama interiormente y los Pastores les env铆an, a salir de su propio territorio para anunciar el Evangelio, preparar los catec煤menos al Bautismo y construir nuevas comunidades eclesiales" 26 .

Se prev茅, asimismo, un futuro cada vez m谩s importante para los Catequistas dedicados directamente a la catequesis, porque las Iglesias j贸venes se desarrollan, multiplicando los servicios apost贸licos laicales distintos del catequista 27 . Se requerir谩n por tanto, catequistas especializados. Entre 茅stos hay que destacar los que trabajan por la renovaci贸n cristiana en las comunidades de mayor铆a de bautizados, pero de escasa instrucci贸n religiosa y vida de fe. Est谩n surgiendo otros tipos de catequistas, que hay que tener en cuenta porque deber谩n responder a retos ya en parte actuales, como la urbanizaci贸n, la creciente escolaridad con particular referencia al 谩mbito universitario y, m谩s en general, a los j贸venes, el avance de la secularizaci贸n, los cambios pol铆ticos, la cultura de masa favorecida por los mass-media, etc.

La CEP se帽ala el alcance de estas perspectivas y la necesidad de no eludirlas, puesto que las opciones concretas, y su actuaci贸n gradual corresponden a los Pastores locales. Las Conferencias Episcopales y cada uno de los Obispos deber谩n elaborar un programa de promoci贸n del catequista para el futuro, teniendo en cuenta estas pistas preferenciales que valen para todos, y dedicando especial atenci贸n a la dimensi贸n misionera, tanto en la formaci贸n como en la actividad del catequista. Estos programas, que no deber ser gen茅ricos sino circunstanciados, deber谩n responder al contexto local, de manera que cada Iglesia tenga los catequistas que necesita ahora, y forme a sus necesidades futuras.

II. L脥NEAS DE ESPIRITUALIDAD DEL CATEQUISTA

6. Necesidad y naturaleza de la espiritualidad del catequista. Es necesario que el catequista tenga una profunda espiritualidad, es decir, que viva en el Esp铆ritu que le ayude a renovarse continuamente en su identidad espec铆fica.

La necesidad de una espiritualidad propia del catequista se deriva de su vocaci贸n y misi贸n. Por eso, la espiritualidad del catequista entra帽a, con nueva y especial exigencia, una llamada a la santidad. La feliz expresi贸n del Sumo Pont铆fice Juan Pablo II: "el verdadero misionero es el santo" 28 puede aplicarse ciertamente al catequista. Como todo fiel, el catequista "est谩 llamado a la santidad y a la misi贸n" 29 , es decir, a realizar su propia vocaci贸n "con el fervor de los santos" 30 .

La espiritualidad del catequista est谩 ligada estrechamente a su condici贸n de "cristiano" y de "laico", hecho part铆cipe, en su propia medida, del oficio prof茅tico, sacerdotal y real de Cristo. La condici贸n propia del laico es secular, con el "deber espec铆fico, cada uno seg煤n su propia condici贸n, de animar y perfeccionar el orden temporal con el esp铆ritu evang茅lico, y dar as铆 testimonio de Cristo, especialmente en la realizaci贸n de esas mismas cosas temporales y en el ejercicio de las tareas seculares" 31 .

Cuando el catequista est谩 casado, la vida matrimonial forma parte de su espiritualidad. Como afirma justamente el Papa: "Los catequistas casados tienen la obligaci贸n de testimoniar con coherencia el valor cristiano del matrimonio, viviendo el sacramento en plena fidelidad y educando con responsabilidad a sus hijos" 32 . Esta espiritualidad correspondiente al matrimonio puede tener un impacto favorable y caracter铆stico en la misma actividad del catequista, y este tratar谩 de asociar a la esposa y a los hijos en su servicio, de manera que toda la familia llegue a ser una c茅lula de irradiaci贸n apost贸lica.

La espiritualidad del catequista est谩 vinculada tambi茅n a su vocaci贸n apost贸lica y, por consiguiente, se expresa en algunas actitudes determinantes que son: la apertura a la Palabra, es decir, a Dios, a la Iglesia y por consiguiente, al mundo; la autenticidad de vida; el celo misionero y el esp铆ritu mariano.

7. Apertura a la Palabra. El ministerio del catequista est谩 esencialmente unido a la comunicaci贸n de la Palabra. La primera actitud espiritual del catequista est谩 relacionada, pues, con la Palabra contenida en la revelaci贸n, predicada por la Iglesia, celebrada en la liturgia y vivida especialmente por los santos 33 . Y es siempre un encuentro con Cristo, oculto en su Palabra, en la Eucarist铆a, en los hermanos. Apertura a la Palabra significa, a fin de cuentas, apertura a Dios, a la Iglesia y al mundo.

- Apertura a Dios Uno y Trino, que est谩 presente en lo m谩s 铆ntimo de la persona y da un sentido a toda su vida: convicciones, criterios, escala de valores, decisiones, relaciones, comportamientos, etc. El catequista debe dejarse atraer a la esfera del Padre que comunica la Palabra; de Cristo, Verbo Encarnado, que pronuncia todas y solo las Palabras que oye al Padre (cf. Jn 8,26; 12,49); del Esp铆ritu Santo que ilumina la mente para hacer comprender toda la Palabra y caldea el coraz贸n para amarla y ponerla fielmente en pr谩ctica (Cf. Jn 16,12-14).

Se trata, pues, de una espiritualidad arraigada en la Palabra viva, con dimensi贸n Trinitaria, como la salvaci贸n y la misi贸n universal. Eso implica una actitud interior coherente, que consiste en participar en el amor del Padre, que quiere que todos los hombres lleguen a conocer la verdad y se salven (cf. 1Tim 2,4); en realizar la comuni贸n con Cristo, compartir sus mismos sentimientos (cf. Flp 2,5), y vivir, como Pablo, la experiencia de su continua presencia alentadora: "No tengas miedo (鈥) porque yo estoy contigo" (Hch 18,9-10); en dejarse plasmar por el Esp铆ritu y transformarse en testigos valientes de Cristo y anunciadores luminosos de la Palabra 34 .

- Apertura a la Iglesia, de la cual el catequista es miembro vivo que contribuye a construirla y por la cual es enviado. A la Iglesia ha sido encomendada la Palabra para que la conserve fielmente, profundice en ella con la asistencia del Esp铆ritu Santo y la proclame a todos los hombres 35 .

Esta Iglesia, como Pueblo de Dios y Cuerpo M铆stico de Cristo, exige del catequista un sentido profundo de pertenencia y de responsabilidad por ser miembro vivo y activo de ella; como sacramento universal de salvaci贸n, ella le pide que se empe帽e en vivir su misterio y gracia multiforme para enriquecerse con ellos y llegar a ser signo visible en la comunidad de los hermanos. El servicio del catequista no es nunca un acto individual o aislado, sino que siempre profundamente eclesial.

La apertura a la Iglesia se manifiesta en el amor filial a ella, en la consagraci贸n a su servicio y en la capacidad de sufrir por su causa. Se manifiesta especialmente en la adhesi贸n y obediencia al Romano Pont铆fice, centro de unidad y v铆nculo de comuni贸n universal, y tambi茅n al propio Obispo, padre y gu铆a de la Iglesia particular. El catequista debe participar responsablemente en las vicisitudes terrenas de la Iglesia peregrina que, por su naturaleza, es misionera 36 y debe compartir con ella, tambi茅n el anhelo del encuentro definitivo y beatificante con el Esposo.

El sentido eclesial, propio de la espiritualidad del catequista se expresa, pues, mediante un amor sincero a la Iglesia, a imitaci贸n de Cristo que "am贸 a la Iglesia y se estreg贸 a s铆 mismo por ella" (Ef 5,25). Se trata de un amor activo y totalizaste que llega a ser participaci贸n en su misi贸n de salvaci贸n hasta dar, si es necesario, la propia vida por ella 37 .

- Apertura misionera al mundo, lugar donde se realiza el plan salv铆fico que procede del "amor fontal" o caridad eterna del Padre 38 ; donde hist贸ricamente el Verbo puso su morada para habitar con los hombres y redimirlos (cf. Jn 1,14), donde ha sido derramado el Esp铆ritu para santificar a los hijos y constituirlos como Iglesia, para llegar hasta el Padre a trav茅s de Cristo, en un solo Esp铆ritu (cf. Ef 2, 18) 39 .

El catequista tendr谩, pues, un sentido de apertura y de atenci贸n a las necesidades del mundo, al que se sabe enviado constantemente y que es su campo de trabajo, aun sin pertenecer del todo a 茅l (cf. Jn 17,14-21). Eso significa que deber谩 permanecer insertado en el contexto de los hombres, hermanos suyos, sin aislarse o echarse atr谩s por temor a las dificultades o por amor a la tranquilidad; y conservar谩 el sentido sobrenatural de la vida y la confianza en la eficacia de la Palabra que, salida de la boca misma de Dios, no retorna sin producir efecto seguro de salvaci贸n (cf. Is 55, 11).

El sentido de apertura al mundo caracteriza la espiritualidad del catequista en virtud de la "caridad apost贸lica", la misma de Jes煤s, Buen Pastor, que vino para "reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos" (Jn 11,52). El catequista ha de ser, pues, el hombre de la caridad que se acerca a los hermanos para anunciarles que Dios los ama y los salva, junto con toda la familia de los hombres 40 .

8. Coherencia y autenticidad de vida. La tarea del catequista compromete toda su persona. Ha de aparecer evidente que el catequista, antes de anunciar la Palabra, la hace suya y la vive 41 . "El mundo (鈥) exige evangelizadores que hablen de un Dios a quien ellos mismos conocen y tratan familiarmente, como si estuvieran viendo al Invisible" 42 .

Lo que el catequista propine no ha de ser una ciencia meramente humana, ni tampoco la suma de sus opiniones personales, sino el contenido de la fe de la Iglesia, 煤nica en todo el mundo, que 茅l ya vive, que ha experimentado y de la cual es testigo 43 .

De aqu铆 surge la necesidad de coherencia y autenticidad de vida en el catequista. Antes de hacer catequesis, debe ser catequista. 隆La verdad de su vida es la nota cualificante de su misi贸n! 隆Qu茅 disonancia habr铆a si el catequista no viviera lo que propone, y si hablara de un Dios que ha estudiado pero que le es poco familiar! El catequista debe aplicarse a s铆 mismo lo que el evangelista Marcos dice con referencia a la vocaci贸n de los ap贸stoles: "Instituy贸 Doce para que estuvieran con 茅l, y para enviarlos a predicar" (cf. Mc 3,14-15).

La autenticidad de vida se expresa a trav茅s de la oraci贸n, la experiencia de Dios, la fidelidad a la acci贸n del Esp铆ritu Santo. Ello implica una intensidad y un orden interior y exterior, aunque adapt谩ndose a las distintas situaciones personales y familiares de cada uno. Se puede objetar que el catequista, en cuanto laico, vive en una realidad que no le permite estructurarse la vida espiritual como si fuera un consagrado y que, por consiguiente, debe contentarse con un tono m谩s modesto. En todas las situaciones de la vida, tanto en el trabajo como en el ministerio, es posible, para todos, sacerdotes, religiosos y laicos, alcanzar una elevada comuni贸n con Dios y un ritmo de oraci贸n ordenada y verdadera; no s贸lo esto , sino tambi茅n crearse espacios de silencio para entrar m谩s profundamente en la contemplaci贸n del Invisible. Cuanto m谩s verdadera e intensa sea su vida espiritual, tanto m谩s evidente ser谩 su testimonio y m谩s eficaz su actividad.

Es importante, asimismo, que el catequista crezca interiormente en la paz y en la alegr铆a de Cristo, para ser el hombre de la esperanza, del valor, que tiende hacia lo esencial (cf. Rm 12,12). Cristo, en efecto, "es nuestro gozo" (Ef 2,14), y lo comunica a los ap贸stoles para que su "alegr铆a llegue a plenitud" (Jn 15,11).

El catequista deber谩 ser, pues, el sembrador de la alegr铆a y de la esperanza pascual , que son dones del Esp铆ritu. En efecto "El don m谩s precioso del mundo de hoy, desorientado e inquieto; es el de formar cristianos firmes en lo esencial y humildemente felices en su fe" 44 .

9. Ardor misionero. Un catequista que viva en contacto con muchedumbres de no cristianos, como sucede en los territorios de misi贸n, en fuerza del Bautismo y de la vocaci贸n especial no puede menos de sentir como dirigidas a 茅l las palabras del Se帽or: "Tambi茅n tengo otras ovejas, que no son de este redil; tambi茅n a ellas las tengo que conducir" (Jn 10,16); "Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda creatura" ( Mc 16,15). Para poder afirmar como Pedro y Juan ante el Sanedr铆n: "No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y o铆do" (Hch 4,20) y realizar, como Pablo, el ideal del ministerio apost贸lico: "el amor de Cristo nos apremia" (2Cor 5,14), es necesario que el catequista tenga un arraigado esp铆ritu misionero. Este esp铆ritu se hace apost贸licamente operante y fecundo bajo algunas condiciones importantes: ante todo, el catequista ha de tener fuertes convicciones interiores y ha de irradiar entusiasmo y valor, sin avergonzarse nunca del Evangelio (cf. Rm 1, 16). Deje que los sabios de este mundo busquen las realidades inmediatas y gratificantes y glor铆ese s贸lo de Cristo que le da fuerza (cf. Col 1, 29) y no ans铆e saber, ni predicar, nada m谩s que a "Cristo fuerza de Dios y sabidur铆a de Dios" (1Co 1,24). Como justamente afirma el Catecismo de la Iglesia Cat贸lica, del "amoroso conocimiento de Cristo nace irresistible el deseo de anunciar, de 'evangelizar鈥 y de conducirlos a otros al 'si' de la fe en Jesucristo. Pero, al mismo tiempo, se siente la necesidad de conocer cada vez mejor esta fe" 45 .

Adem谩s, el catequista ha de procurar mantener la convicci贸n interior del pastor que "va tras la oveja descarriada hasta que la encuentra" (Lc 15.4); o de la mujer que "busca con cuidado la dracma perdida hasta que la encuentra" (Lc 15,8). Es una convicci贸n que engendra celo apost贸lico: "Me he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos. Y todo esto lo hago por el Evangelio" (1Co 9,22-23; cf. 2Co 12,15); "隆ay de m铆 si no predicara el Evangelio!" (1Co 9,16) . Estos apremios interiores de Pablo podr谩n ayudar al catequista a acrecentar en s铆 mismo el celo como corresponde a su vocaci贸n especial, y tambi茅n a su voluntad de responder a ella y le impulsar谩n a colaborar activamente en el anuncio de Cristo y en la construcci贸n y el crecimiento de la comunidad eclesial 46 .

El esp铆ritu misionero requiere, en fin, que el Catequista imprima, en lo m谩s 铆ntimo de su ser, el signo de la autenticidad; la cruz gloriosa. El Cristo que el catequista ha aprendido a conocer, es el "crucificado" (cf. 1Co 2,2); el que 茅l anuncia es tambi茅n el "Cristo crucificado, esc谩ndalo para los jud铆os, necedad para los gentiles" (1Co 1,23), que el Padre ha resucitado de los muertos al tercer d铆a (cf. Hch 10,40). El catequista, por consiguiente, deber谩 saber vivir el misterio de la muerte y resurrecci贸n de Cristo, con esperanza, en toda situaci贸n de limitaci贸n y sufrimiento en el servicio apost贸lico, en el deseo de seguir el mismo camino que recorri贸 el Se帽or: "completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo, a favor de su Cuerpo, que es la Iglesia (Col 1,24)" 47 .

10. Esp铆ritu mariano. Por una vocaci贸n singular, Mar铆a vio al Hijo de Dios "crecer en sabidur铆a, edad y gracia" (Lc. 2,52). Ella fue la Maestra que lo "form贸 en el conocimiento humano de las Escrituras y de la historia del designio de Dios sobre su Pueblo en la adoraci贸n al Padre" 48 . Ella fue, asimismo, "la primera de sus disc铆pulos" 49 . Como lo afirm贸 audazmente S. Agust铆n, el hecho de ser disc铆pula fue para Mar铆a m谩s importante que ser madre 50 . Se puede decir, con raz贸n y alegr铆a, que Mar铆a es un "catecismo viviente", "madre y modelo del catequista" 51 .

La espiritualidad del catequista, como la de todo cristiano y, especialmente, la de todo ap贸stol, debe estar enriquecida por un profundo esp铆ritu mariano. Antes de explicar a los dem谩s la figura de Mar铆a en el misterio de Cristo y de la Iglesia 52 , el catequista debe vivir su presencia en lo m谩s 铆ntimo de s铆 mismo y manifestar, con la comunidad, una sincera piedad mariana 53 . Ha de encontrar en Mar铆a un modelo sencillo y eficaz que debe realizar en s铆 mismo y poder proponer: "La Virgen fue en su vida un ejemplo del amor maternal con que debe animar a todos aquellos que, en la misi贸n apost贸lica de la Iglesia, cooperan a la regeneraci贸n de los hombres" 54 .

El anuncio de la Palabra est谩 siempre relacionado con la oraci贸n, la celebraci贸n eucar铆stica y la construcci贸n de la comuni贸n primitiva vivi贸 esa rica realidad (Hch 2-4) con Mar铆a, la Madre de Jes煤s (cf. Hch 1,14).

III. ACTITUDES DEL CATEQUISTA FRENTE A DETERMINADAS SITUACIONES ACTUALES

11. Servicio a la comunidad y atenci贸n a las distintas categor铆as. El servicio del Catequista se ofrece a toda clase de persona, sea cual fuere la categor铆a a la que pertenecen: j贸venes y adultos, hombres y mujeres, estudiantes y trabajadores, sanos y enfermos, cat贸licos, hermanos separados y no bautizados. Sin embargo, no es lo mismo ser catequista de catec煤menos que se preparan para recibir el bautismo, o responsable de una aldea de cristianos con el cometido de seguir las distintas actividades pastorales, o ser Catequista encargado de ense帽ar el catecismo en las escuelas, o preparar a los sacramentos, o serlo en un barrio de ciudad o en la zona rural.

Por lo tanto, concretamente, todo catequista deber谩 promover el conocimiento y la comuni贸n entre los miembros de la comunidad, cuidar de las personas que le has sido confiadas, y tratar de comprender sus necesidades particulares para poder ayudar. Desde este punto de vista, los catequistas se distinguen por tareas propias y por preparaci贸n espec铆fica.

Esta situaci贸n, de hecho, sugiere que el catequista pueda conocer de antemano su destino, y que se le introduzca a la categor铆a de personas a las que ha de servir. Para esto ser谩n 煤tiles las sugerencias dadas al respecto por el Magisterio, especialmente en el Directorio Catequ茅tico General, nn. 77-97 y en la Exhortaci贸n Apost贸lica Catechesi Tradendae, nn. 35-45.

En el vasto campo apost贸lico, el catequista est谩 llamado a prestar especial cuidado a los enfermos y ancianos, por su fragilidad f铆sica y ps铆quica que exige especial solidaridad y asistencia 55 .

El catequista ha de acercarse al enfermo y ayudarle a comprender el sentido profundo y redentor del misterio cristiano de la cruz 56 en uni贸n con Jes煤s que asumi贸 el peso de nuestras enfermedades (cf. Mt 8,17; Is 53,4). Visita a los enfermos con frecuencia, los conforta con la Palabra y, cuando est谩 encargado de ellos, con la Eucarist铆a.

El catequista ha de seguir de cerca tambi茅n a los ancianos, que tienen una funci贸n cualificada en la Iglesia, como justamente lo reconoce Juan Pablo II al definir al anciano "el testigo de la tradici贸n de la fe (cf. Sal 44,2; Ex 12,16-17), el maestro de vida (cf. Si 6,34; 8,11-12), el operador de caridad" 57 . Ayudar al anciano, para un catequista significa ante todo colaborar a que su familia lo mantenga insertado como "testigo del pasado e inspirador de sabidur铆a para los j贸venes" 58 ; adem谩s, hacer que experimente la cercan铆a de la comunidad y animarlo a que viva con fe sus inevitables l铆mites y, en ciertos casos, tambi茅n la soledad. El catequista no deje de preparar al anciano para el encuentro con el Se帽or, ayud谩ndole a sentir la alegr铆a que nace de la esperanza cristiana en la vida eterna 59 .

Hay que tener presente, adem谩s, la sensibilidad que el catequista deber谩 mostrar para comprender y prestar su ayuda en ciertas situaciones dif铆ciles, como: la uni贸n irregular de la pareja, los hijos de esposos separados o divorciados. El catequista debe participar y expresar verdaderamente la inmensa compasi贸n del coraz贸n de Cristo (cf. Mt 9,36; Mc 6,34; 8,2; Lc 7,13).

12. Necesidad de la inculturaci贸n. Como toda la actividad evangelizadora, tambi茅n la catequesis est谩 llamada a llevar la fuerza del Evangelio al coraz贸n de la cultura y de las culturas 60 . El proceso de inculturaci贸n requiere largo tiempo porque es un proceso profundo, global y gradual. A trav茅s de 茅l, como explica Juan Pablo II, "la Iglesia encarna el Evangelio en las diversas culturas y, al mismo tiempo, introduce a las mismas sus propios valores, asumiendo lo que hay de bueno en ellas y renov谩ndolas desde dentro" 61 .

Los catequistas, en cuanto ap贸stoles, est谩n implicados necesariamente en el dinamismo de este proceso. Adem谩s, con una preparaci贸n espec铆fica, que no puede prescindir del estudio de la antropolog铆a cultural y de los idiomas m谩s id贸neos a la inculturaci贸n, se les debe ayudar a operar por su parte y en la pastoral de conjunto, siguiendo las directivas de la Iglesia acerca de este tema particular 62 , que podemos sintetizar as铆:

- El mensaje evang茅lico, aunque no se identifica nunca con una cultura, necesariamente se encarna en las culturas. De hecho, desde el comienzo del cristianismo, se ha encarnado en algunas culturas. Hay que tener en cuenta esto para no privar a las Iglesias j贸venes de valores que ya son patrimonio de la Iglesia universal.

- El Evangelio tiene una fuerza regeneradora, capaz de rectificar no pocos elementos de las culturas en las que penetra, cuando no son compatibles con 茅l.

- El sujeto principal de la inculturaci贸n son las comunidades eclesiales locales, que viven una experiencia cotidiana de fe y caridad, insertadas en una determinada cultura, corresponde a los Pastores indicar las pistas principales que se deben recorrer para destacar los valores de una determinada cultura; los expertos sirven de est铆mulo y ayuda.

- La inculturaci贸n es genuina si se gu铆a por estos dos miembros principios: se basa en la Palabra de Dios contenida en la Sagrada Escritura y avanza de acuerdo con la Tradici贸n de la Iglesia y las directivas del Magisterio, y no contradice la unidad deseada por el Se帽or.

- La piedad popular, entendida como conjunto de valores, creencias, actitudes y expresiones propias de la religi贸n cat贸lica y purificada de los defectos debidos a la ignorancia o a la superstici贸n, expresa la sabidur铆a del Pueblo de Dios y es una forma privilegiada de inculturaci贸n del Evangelio en una determinada cultura 63 .

Para participar positivamente en ese proceso, el catequista deber谩 atenerse a estas directivas que favorecen en 茅l una actitud clarividente y abierta; insertarse con toda seriedad en el plan de pastoral aprobado por la autoridad competente de la Iglesia, sin aventurarse en experiencias particulares que podr铆an desorientar a los dem谩s fieles; y reavivar la esperanza apost贸lica, convencido de que la fuerza del Evangelio es capaz de penetrar en cualquier cultura, enriqueci茅ndola y fortaleci茅ndola desde dentro.

13. Promoci贸n humana y opci贸n por los pobres. Entre el anuncio del Evangelio y la promoci贸n humana hay una "estrecha conexi贸n" 64 . Se trata, en efecto, de la 煤nica misi贸n de la Iglesia. "Con el mensaje evang茅lico la Iglesia ofrece una fuerza libertadora y promotora de desarrollo, precisamente porque lleva a la conversi贸n de coraz贸n y de la mentalidad; ayuda a reconocer la dignidad de cada persona; dispone a la solidaridad, al compromiso, al servicio de los hermanos; inserta al hombre en el proyecto de Dios, que es la construcci贸n del Reino de paz y justicia, a partir ya de esta vida. Es la perspectiva b铆blica de los' nuevos cielos y nueva tierra鈥 (cf. Is 65,17; 2Pe 3,13; Ap 21,1), es la que ha introducido en la historia el est铆mulo y la meta para el progreso de la humanidad" 65 .

Es bien sabido que la Iglesia reivindica para s铆 una misi贸n de orden "religioso" 66 , que debe realizarse, sin embargo, en la historia y en la vida real de la humanidad y, por tanto, en forma no desencarnada.

Es tarea, preeminentemente de los laicos, llevar los valores del Evangelio al campo econ贸mico, social y pol铆tico 67 . El catequista tiene una importante tarea propia y caracter铆stica en el sector de la promoci贸n humana, del desarrollo y defensa de la justicia. Al vivir en un mismo contexto social con los hermanos, es capaz de comprender, interpretar y resolver las situaciones y los problemas a la luz del Evangelio. Ha de saber, pues, estar en contacto con la gente, estimularla a tomar conciencia de la realidad en que vive para mejorarla y, cuando sea necesario, ha de tener el valor de hablar en nombre de los m谩s d茅biles para defender sus derechos.

Por lo que se refiere a la acci贸n, cuando es necesario realizar iniciativas de ayuda, el catequista deber谩 actuar siempre con la comunidad, en un programa de conjunto, bajo la gu铆a de los Pastores.

Aqu铆 surge, necesariamente, otro aspecto relacionado con la promoci贸n: la opci贸n preferencial por los pobres. El catequista, sobre todo cuando est谩 comprometido en el apostolado en general, tiene el deber de asumir esta opci贸n eclesial que no es exclusiva, sino una forma de primac铆a de la caridad. Y debe estar convencido de que su inter茅s y ayuda a los pobres se funda en la caridad porque, como afirma expl铆citamente el Sumo Pont铆fice Juan Pablo II: "El amor es, y sigue siendo, la fuerza de la misi贸n" 68 .

El catequista ha de tener presente que pos pobres se entiende sobre todo aquellos que se hallan en situaci贸n de estrechez econ贸mica, tan numerosos en diversos territorios de misi贸n; estos hermanos deben poder experimentar el amor maternal de la Iglesia, aunque todav铆a no formen parte de ella, y sentirse estimulados a afrontar y superar las dificultades con la fuerza de la fe cristiana, ayud谩ndolos a hacerse ellos mismos art铆fices de su propio desarrollo integral. Todo acto caritativo de la Iglesia, as铆 como toda la actividad misionera, da "a los pobres luz y aliento para un verdadero desarrollo" 69 .

Adem谩s de atender a los despose铆dos, los catequistas han de acercarse y ayudar, porque son tambi茅n pobres, a los oprimidos y perseguidos, a los marginados y a todas las personas que viven en una situaci贸n de grave necesidad, como los minusv谩lidos, los desocupados, los prisioneros, los refugiados, los drogadictos, los enfermos de SIDA, etc. 70 .

14. Sentido ecum茅nico. La divisi贸n de los cristianos es contraria a la voluntad de Cristo, es un esc谩ndalo para el mundo y "da帽a a la causa sant铆sima de la predicaci贸n del Evangelio a todos los hombres" 71 .

Todas las comunidades cristianas tienen el deber de "participar en el di谩logo ecum茅nico y dem谩s iniciativas destinadas a realizar la unidad de los cristianos" 72 . Pero en los territorios de misi贸n este compromiso asume una urgencia especial para que no sea vana la oraci贸n de Jes煤s al Padre: "sean tambi茅n ellos en nosotros, una cosa sola, para que el mundo crea que t煤 me has enviado" (Jn 17,21) 73 .

El catequista, en virtud de su misi贸n, se encuentra necesariamente implicado en esta dimensi贸n apost贸lica y debe colaborar a madurar la conciencia ecum茅nica en la comunidad, comenzando por los catec煤menos y los ne贸fitos 74 . Ha de cultivar, pues, un profundo deseo de unidad, insertarse con gusto en el di谩logo con los hermanos de otras confesiones cristianas y comprometerse generosamente en las iniciativas ecum茅nicas, dentro de su cometido 75 , siguiendo las directivas de la Iglesia, especificadas localmente por la Conferencia Episcopal y por el Obispo 76 . Procure sobre todo seguir las directivas acerca de la cooperaci贸n ecum茅nica en la catequesis y en la ense帽anza de la religi贸n en las escuelas 77 .

Su acci贸n ser谩 verdaderamente ecum茅nica si se esfuerza en "ense帽ar que la plenitud de las verdades reveladas y de los medios de salvaci贸n instituidos por Cristo se halla en la Iglesia cat贸lica" 78 ; y si logra tambi茅n "hacer una presentaci贸n correcta y leal de las dem谩s Iglesias comunidades eclesiales de las que el Esp铆ritu de Cristo no rehusa servirse como medio de salvaci贸n" 79 .

En el ambiente donde realiza su actividad, el catequista ha de hacer lo posible por establecer relaciones amistosas con los responsables de las otras confesiones, de acuerdo con los Pastores y, si fuere necesario, en representaci贸n suya; ha de evitar que se fomenten in煤tiles pol茅micas y concurrencia; debe ayudar a los fieles a vivir en armon铆a y respeto con los cristianos no cat贸licos, realizando plenamente y sin ning煤n complejo, su identidad cat贸lica; y promueva el esfuerzo com煤n de todos los que creen en Dios, para ser "constructores de paz" 80 .

15. Di谩logo con los hermanos de otras religiones. El di谩logo inter-religioso es una parte de la misi贸n evangelizadora de la Iglesia. El anuncio y el di谩logo se orientan efectivamente hacia la comunicaci贸n de la verdad salv铆fica. El di谩logo es una actividad indispensable en las relaciones entre la Iglesia cat贸lica y las otras religiones y merece seria atenci贸n. Se trata de un di谩logo de la salvaci贸n, que se realiza en Cristo.

Tambi茅n los catequistas, cuya tarea primordial en las misiones es el anuncio, deben estar abiertos, preparados y comprometidos en ese tipo de di谩logo. Se les ha de ayudar, pues, a llevarlo a cabo, teniendo en cuenta las indicaciones del Magisterio, especialmente las de la Redemptoris Missio, del documento conjunto Di谩logo y Anuncio, del Pontificio Consejo para el Di谩logo Inter-religioso y de la C.E.P., y del Catecismo de la Iglesia Cat贸lica 81 , que implican:

- Escucha del Esp铆ritu, que sopla donde quiere (cf. Jn 3,8), respetando lo que El ha operado en el hombre, para alcanzar la purificaci贸n interior, sin la cual el di谩logo no reporta frutos de salvaci贸n 82 .

- El correcto conocimiento de las religiones presentes en el territorio; su historia y organizaci贸n; los valores que, como "semillas del Verbo", pueden ser una "preparaci贸n al Evangelio" 83 , los l铆mites y errores que se oponen a la verdad evang茅lica y que se deben, respectivamente, completar y corregir.

- La convicci贸n de fe que la salvaci贸n procede de Cristo y que, por consiguiente, el di谩logo no dispensa del anuncio 84 ; que la Iglesia es el camino ordinario de la salvaci贸n y s贸lo ella posee la plenitud de la verdad revelada y de los medios salv铆ficos 85 . No es posible, como ha reafirmado S.S. Juan Pablo II haciendo referencia a la Redemptoris Missio: "poner en un mismo nivel la revelaci贸n de Dios en Cristo y las escrituras o tradiciones de otras religiones. Un teocentrismo que no reconociera a Cristo en su plena identidad ser铆a inaceptable para la fe cat贸lica (鈥) El mandato misionero de Cristo, perennemente v谩lido, es una invitaci贸n expl铆cita a hacer disc铆pulos a todas las gentes y a bautizarlas para que se obre para ellas la plenitud del don de Dios" 86 . El di谩logo no debe, pues, conducir al relativismo religioso.

- La colaboraci贸n pr谩ctica con los organismos religiosos no cristianos para resolver los grandes retos que se plantean a la humanidad, como la paz, la justicia, el desarrollo, etc. 87 . Adem谩s, se requiere una actitud de aprecio y acogida a las personas. La caridad del Padre com煤n es la que debe unir a la familia de los hombres en toda obra de bien.

En la realizaci贸n de un di谩logo tan importante, no hay que dejar solo al catequista, este, a su vez, se ha de mantener integrado en la comunidad. Toda iniciativa de di谩logo interreligioso, se debe llevar a cabo partiendo de los programas aprobados por el Obispo y cuando es preciso por la Conferencia Episcopal o por la Santa Sede, y ning煤n catequista ha de actuar por su cuenta, ni mucho menos contra las directivas comunes.

En fin, hay que tener fe en el di谩logo, el camino para realizarlo es dif铆cil e incomprendido. El di谩logo es a veces el 煤nico modo de dar testimonio de Cristo, y es siempre un camino hacia el Reino que no dejar谩 de dar sus frutos, aunque el tiempo y momento est谩n reservados al Padre (cf. Hch 1,8) 88 .

16. Atenci贸n a la difusi贸n de las sectas. La proliferaci贸n de las sectas de origen cristiana y no cristiano es, actualmente, un reto pastoral para la Iglesia en todo el mundo. En los territorios de misi贸n, representan un serio obst谩culo para la predicaci贸n del Evangelio y para el desarrollo ordenado de las Iglesias j贸venes, pues atacan a la integridad de la fe y a la solidez de la comuni贸n 89 .

Existen zonas m谩s vulnerables y personas m谩s expuestas a su influencia. Lo que las sectas pretenden ofrecer, les favorece aparentemente porque lo presentan como una respuesta "inmediata" y "sencilla" a las necesidades sensibles de las personas, y se sirven de medios apropiados a la sensibilidad y cultura locales 90 .

Como es bien sabido, el Magisterio de la Iglesia ha alertado varias veces respecto a las sectas, animando a que se considere su difusi贸n actual como una ocasi贸n para una "seria reflexi贸n" por parte de la Iglesia 91 . M谩s que una campa帽a contra las sectas, en los territorios de misi贸n se debe dar nuevo impulso a la "actividad misionera" propiamente dicha 92 .

El catequista se presenta, hoy d铆a, como uno de los agentes m谩s aptos para superar positivamente ese fen贸meno. Con su tarea de anunciar la Palabra y de acompa帽ar el crecimiento en la vida cristiana, el catequista se encuentra en una situaci贸n ideal para ayudar a las personas - tanto cristianos como no cristianos - a comprender cu谩les con las verdaderas respuestas a sus necesidades, sin recurrir a las pseudos-seguridades de las sectas. Adem谩s, como laico puede actuar m谩s capilarmente y hablar de modo m谩s realista y comprensivo.

Las l铆neas de acci贸n preferenciales, para un catequista, son las siguientes: conocer bien el contenido y especialmente las cuestiones que las sectas explotan para combatir la fe y a la Iglesia, y as铆 hacer comprender a la gente la inconsistencia de la exposici贸n religiosa de las sectas; cuidar la instrucci贸n y el fervor de vida de las comunidades cristianas para detener la corrosi贸n; intensificar el anuncio y la catequesis para prevenir la difusi贸n de sectas. El catequista, por consiguiente, ha de empe帽arse en realizar una obra silenciosa, perseverante y positiva con las personas, para iluminarlas, protegerlas y, eventualmente, liberarlas de la influencia de las sectas.

No hay que olvidar que muchas sectas son intolerantes y proselit铆sticas y, en general, se muestran agresivas hacia el Catolicismo. No es posible pensar en un di谩logo constructivo con la mayor parte de ellas, si bien hay que partir del respeto y comprensi贸n que merecen las personas. Esta constataci贸n exige que la obra de la Iglesia sea compacta para no dar espacio a confusiones; y tambi茅n ecum茅nica, porque la expansi贸n de las sectas representa, asimismo, una amenaza para las otras denominaciones cristianas 93 . Por lo que se refiere a la acci贸n, el catequista deber谩 actuar dentro del programa pastoral com煤n aprobado por los Pastores competentes 94 .


8

Cf. JUAN PABLO II., Ex. Ap. Christifideles Laici, 30 diciembre 1988, 56: AAS 81 (1989) 504-506.

9

Cf. Asamblea Plenaria cit., I, 2.

10

Cf. CONC. ECUM. VAT. II., Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia, Ad Gentes, 15.

11

JUAN PABLO II, Ex. Ap. Christifideles Laici, 58: l.c. 507-509.

12

Cf. CIC cc 773-780 con el c 785.

13

Cf. CCC 6.

14

JUAN PABLO II, Ex. Ap. Catechesi Tradendae, 16 octobre 1979, 66: AAS 71 (1979) 1331.

15

JUAN PABLO II, Lett. Enc. Redemptoris Missio, 73: l.c. 321.

16

CIC c 785 搂 1.

17

Asamblea Plenaria cit., n.1.

18

JUAN PABLO II, Ex. Ap., Christifideles Laici, 23: l.c. 429-433; CIC c 230 搂 2.

19

Asamblea Plenaria cit. I,4.

20

Cf. JUAN PABLO II, Lett. Enc. Redemptoris Missio, 74: l.c. 322; CCC 4-5; 7-8; 1697-1698.

21

Cf. JUAN PABLO II, Discurso a la Asamblea Plenaria cit., n. 2; CCC 6

22

Cf. JUAN PABLO II, Ex. Ap. Catechesi Tradendae, 65: l.c. 1330.

23

Cf. JUAN PABLO II, Lett. Enc. Redemptoris Missio, 73: l.c. 321.

24

JUAN PABLO II, Discurso a la Asamblea Plenaria cit. 3; cf. SAGRADA CONGREGACION PARA EL CLERO, Directorio Catequ茅tico General, 11 abril 1971, 108: AAS 64 (1972) 161.

25

Cf. JUAN PABLO II, Lett. Enc. Redemptoris Missio, 31 ss.: l.c. 276ss.

26

Asamblea Plenaria cit., 4.

27

Cf. JUAN PABLO II, Lett. Enc. Redemptoris Missio, 74: l.c. 322; Angelus 18 octobre 1987: OR 19-20 octobre 1987, 5.

28

JUAN PABLO II, Lett. Enc. Redemptoris Missio, 90: l.c. 337.

29

Ibid.

30

PABLO VI, Ex. Ap. Evangelii Nuntiandi, 8 dec. 1975, 80: AAS 68 (1976) 72-75.

31

CIC c 225 搂 2.

32

Asamblea Plenaria cit., 2.

33

Cf. JUAN PABLO II, Ex. Ap. Catechesi Tradendae, 26-27: l.c. 1298-1299.

34

Cf. JUAN PABLO II, Lett. Enc. Redemptoris Missio, 87: l.c. 334; CCC 2653-2634.

35

Cf. CIC c 747 搂 1.

36

Cf. CONC. ECUM. VAT. II. Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia, Ad Gentes, 2; 6; 9.

37

Cf. JUAN PABLO II, Lett. Enc. Redemptoris Missio, 89: l.c. 335-336.

38

Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia, Ad Gentes, 2.

39

Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. Dogm. Sobre la Iglesia, Lumen Gentium, 4; Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia, Ad Gentes, 4.

40

Cf. JUAN PABLO II. Lett. Enc. Redemptoris Missio, 89: l.c. 335-336.

41

Cf. JUAN PABLO II, Ex. Ap. Catechesi Tradendae, 27: l.c. 1298-1299.

42

PABLO VI, Ex. Ap. Evangelii Nuntiandi, 76: l.c. 68; cf. JUAN PABLO II, Ex. Ap. Catechesi Tradendae, 57: l.c. 1323-1324.

43

Cf. S. IRAENEUS, Adv. Haer., I, 10, 1-3: PG 550-554; JUAN PABLO II, Ex. Ap. Catechesi Tradendae, 60-61: l.c. 1325-1328; Lett. Enc. Redemptoris Missio, 11: l.c. 259-260.

44

Cf. JUAN PABLO II, Ap. Catechesi Tradendae, 61: l.c. 1328.

45

CCC 429

46

Cf. JUAN PABLO II. Lett. Enc. Redemptoris Missio, 89: l.c. 335-336; CCC 849-851.

47

Cf. CCC 853.

48

JUAN PABLO II, Ex. Ap. Catechesi Tradendae, 73: l.c. 1340.

49

Ibid.

50

Cf. Sermo25,7: PL 46, 937-938.

51

JUAN PABLO II, Ex. Ap. Catechesi Tradendae, 73: l.c. 1340; Lett. Enc. Redemptoris Missio, 92: l.c. 339; cf. PABLO VI, Ex. Ap. Evangelii Nuntiandi, 82: l.c. 76.

52

Cf. CCC 484-507; 963-972.

53

Cf. CCC 2673-2679.

54

CONC. ECUM. VAT. II, Const. Dogm. Sobre la Iglesia, Lumen Gentium, 65.

55

Cf. JUAN PABLO II, Discurso a la III Conferencia Internacional sobre Longevit脿 e qualit脿 divita: Dolentium Hominum, Chiesa e Salute nel mondo 10 (1989) 6-8.

56

Cf. JUAN PABLO II, Ex. Ap. Salvifici Doloris, 11 feb. 1984, 19: AAS 19 (1984) 225-226.

57

Cf. JUAN PABLO II, Ex. Ap. Christifideles Laici, 48: l.c. 485-486.

58

JUAN PABLO II, Ex. Ap. Familiaris Consortio, 22 nov. 1981, 27: AAS 73 (1981) 113.

59

Cf. SAGRADA CONGREGACION PARA EL CLERO, Directorio Catequ茅tico General, 95: l.c. 154-155.

60

JUAN PABLO II, Ex. Ap. Catechesi Tradendae, 53: l.c. 1319-1321.

61

JUAN PABLO II. Lett. Enc. Redemptoris Missio, 52: l.c. 300

62

Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia, Ad Gentes, 9, 16, 22; Const. Past. Sobre la Iglesia en el mundo de hoy, Gaudium et Spes, 44, 57ss; PABLO VI, Lett. Ap. Ecclesiae Sanctae III, 18,2; ID., Discurso, Kampala, 2 agosto 1969: AAS 61 (1969) 587-590; ID., Ex. Ap. Evangelii Nuntiandi, 29 dic. 1975, 622ss: l.c. 52ss; JUAN PABLO II, Ex. Ap. Familiaris Consortio, 10: l.c. 90-91; ID., Ex. Ap. Christifideles Laici, 44: l.c. 478-481; ID., Lett,. Enc. Redemptoris Missio. 52-52: l.c. 299-302; CCC 854; 1204-1206: 1232.

63

Cf. CCC 2688.

64

JUAN PABLO II, Lett. Enc. Redemptoris Missio, 59; PABLO VI, EX. Ap. Evangelii Nuntiandi, 31 l.c. 26-27.

65

JUAN PABLO II, Lett. Enc. Redemptoris Missio, 59: l.c. 307; cf. ID Lett. Enc. Centesimus Annus, 1 mayo 1991, 53 ss.:AAS 83 (1991) 859ss; CCC 1939-1942.

66

Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. Past. Sobre la Iglesia en el mundo de hoy, Gaudium et Spes, 42; PABLO VI, Ex. Ap. Evangelii Nuntiandi, 25-28; 32-34: l.c. 23-25; 27-28; CCC 2419-1415.

67

Cf. JUAN PABLO II, Ex. Ap. Christifideles Laici, 41-43: l.c. 470-478; CCC 1908; 2442.

68

JUAN PABLO II, Lett. Enc. Redemptoris Missio, 60: l.c.; cf. CCC 2443-2449.

69

JUAN PABLO II, Lett. Enc. Redemptoris Missio, 59: l.c. 308.

70

Cf. JUAN PABLO II, Lett. Enc. Sollicitudo Rei Socialis, 30 dic. 1987, 42: AAS 80(1988) 572-574; ID. Ex. Ap. Catechesi Tradendae, 41; 45: l.c. 1311,1314; Lett. Enc. Redemptoris Missio 60: l.c. 308-309; Lett. Enc. Centesimus Annus, 57,: l.c. 862-863.

71

CONC. ECUM. VAT. II, Decreto sobre el ecumenismo, Unitatis Redintegratio, 1; cf. Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia, Ad Gentes 6; JUAN PABLO II, Lett. Enc. Redemptoris Missio 36; 50: l.c. 281; 297-298; CCC 817; 855.

72

CONC. ECUM. VAT. II, Decreto sobre el ecumenismo, Unitatis Redintegratio, 5; cf. SAGRADA CONGREGACION PARA EL CLERO, Directorio Catequ茅tico General, 27: l.c. 115.

73

CCC 820-822.

74

CONC. ECUM. VAT. II, Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia, Ad Gentes, 15.

75

JUAN PABLO II, Lett. Enc. Redemptoris Missio, 50: l.c. 297-298.

76

Cf. CIC c 755.

77

JUAN PABLO II, Ex. Ap. Catechesi Tradendae, 33: l.c. 1305-1306.

78

JUAN PABLO II, Ex. Ap. Catechesi Tradendae, 32: l.c. CONC. ECUM. VAT. II, Decreto sobre el ecumenismo, Unitatis Redintegratio, 3-4; 11; cf. SAGRADA CONGREGACION PARA EL CLERO, Directorio Catequ茅tico General, 27: l.c. 115.

79

JUAN PABLO II, Ex. Ap. Catechesi Tradendae, 32: l.c. 1304; cf. SAGRADA CONGREGACION PARA EL CLERO, Directorio Catequ茅tico General, 27: l.c. 115.

80

JUAN PABLO II, Ex. Ap. Catechesi Tradendae, 32: l.c. 1304-1305; ID., Lett. Enc. Redemptoris Missio, 50: l.c. 297-298.

81

Cf. JUAN PABLO II, Lett. Enc. Redemptoris Missio, 55-56: l.c. 302-305; CONSEJO PONTIFICAL PARA EL DIALOGO INTER-RELIGIOSO-CONGREGACION PARA LA EVANGELIZACION DE LOS PUEBLOS, Di谩logo y Anuncio, 19 mayo 1991; cf. SECRETARIO PARA LOS NON CRISTIANOS, La actitud de la Iglesia en frente de los seguidores de otras religiones, 4 setiembre 1984: AAS 76 (1984) 916-828; CCC 839; 845; 856; 1964.

82

Cf. JUAN PABLO II, Lett. Enc. Redemptoris Missio, 55-56: l.c. 304-305; CONSEJO PONTIFICAL PARA EL DIALOGO INTER-RELIGIOSO - CONGREGACION PARA LA EVANGELIZACION DE LOS PUEBLOS, Di谩logo y Proclamaci贸n, 40-41.

83

EUSEBIUS A CAESAREA, Praeparatio Evangelica 1,1: P.G. 21, 28; S. IRENAEUS, Adv. Haer., III, 18,1: PG 7, 932; ID., III, 29,2; ibid. 943; SJUSTINUS 1 Apol., 46; PG 6,395; CONC. ECUM. VAT. II, Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia, Add Gentes, 3,11.

84

JUAN PABLO II, Lett. Enc. Redemptoris Missio, 55: l.c. 302-304.

85

CONC. ECUM. VAT. II, Const. Dogm. sobre la Iglesia, Lumen Gentium, 14; Decreto sobre el ecum茅nismo, Unitatis Redintegratio, 3; Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia, Ad Gentes, 7.

86

JUAN PABLO II, Discurso a la Universidad Urbaniana, 11 abril 1991: OR 13 abril 1991, 5; cf. CCC 846-848.

87

CONC. ECUM. VAT. II, Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia, Ad Gentes, 12; JUAN PABLO II, Lett. Enc. Centesimus Annus, 1 mayo 1991, 60: l.c. 865-866.

88

JUAN PABLO II, Lett. Enc. Redemptoris Missio, 57: l.c. 305.

89

JUAN PABLO II, Lett. Enc. Redemptoris Missio, 50: l.c. 297-298.

90

SECRETARIADO PARA LA UNION DE LOS CRISTIANOS - SECRETARIADO PARA LOS NO CRISTIANOS - PONTIFICIO CONSEJO PARA LA CULTURA, II fenomeno delle sette o nuovi movimenti religiosi, 7 mayo 1986: OR 7 mayo 1988, inserto tabloide.

91

Cf. JUAN PABLO II, Discurso a los Obispos del Zaire: OR 24 abril 1988, 4.

92

JUAN PABLO II, Lett. Enc. Redemptoris Missio, 32; 50: l.c. 277-278; 297-298.

93

JUAN PABLO II, Lett. Enc. Redemptoris Missio, 50: l.c. 297-298.

94

CONGREGACION PARA LA EVANGELIZACION DE LOS PUEBLOS, Gu铆a pastoral por los sacerdotes diocesanos, 1 octobre 1989; EV 2579-2581.

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