1. Los retos del momento: Al contemplar el panorama que se abre a la nueva evangelización, no es posible desconocer los desafíos que esa labor ha de enfrentar.
La escasez de ministros cualificados para tal misión, pone el primero y quizá mayor obstáculo.
La secularización de la sociedad, ante la necesidad de vivir los valores radicalmente cristianos, plantea otra seria limitación.
Las cortapisas puestas a veces a la libre profesión de la fe son, por desgracia, hechos comprobables en diversos lugares.
El antitestimonio de ciertos cristianos incoherentes o las divisiones eclesiales crean evidente escándalo en la comunidad cristiana.
El clamor por una urgente justicia, demasiado largamente esperada, se eleva desde una sociedad que busca la debida dignidad.
La corrupción en la vida pública, los conflictos armados, los ingentes gastos para preparar muerte y no progreso, la falta de sentido ético en tantos campos, siembran cansancio y rompen ilusiones de un mejor futuro.
A todo ello se añaden las insolidaridades entre naciones, un comportamiento no correcto en las relaciones internacionales y en los intercambios comerciales, que crean nuevos desequilibrios. Y ahora se presenta el grave problema de la deuda externa de los países del Tercer Mundo, en particular de América Latina.
Este fenómeno puede crear condiciones de indefinida paralización social y puede condenar naciones enteras a una permanente deuda de serias repercusiones, engendradora de estable subdesarrollo. A este propósito vienen a mi mente las palabras que pronuncié durante mi viaje apostólico a Suiza: "También el mundo financiero es un mundo humano, nuestro mundo, que está sujeto a la conciencia de todos nosotros; también aquí valen los principios éticos" (Homilía en Flüeli, 14 junio 1984, 6).
Ante estos retos, hay muchos problemas que escapan a la posibilidad de acción y a la misión de la Iglesia. Es, sin embargo, necesario que ella redoble su esfuerzo, para hacer presente a Cristo Salvador, para cambiar corazones mediante una evangelización renovada, que sea fuente de vitalidad cristiana y de esperanza.
2. América Latina: desde tu fidelidad a Cristo, ¡resiste a quienes quieren ahogar tu vocación de esperanza!;
- la tentación de quienes quieren olvidar tu innegable vocación cristiana y los valores que la plasman, para buscar modelos sociales que prescinden de ella o la contradicen;
- la tentación de lo que puede debilitar la comunión en la Iglesia como sacramento de unidad y salvación; sea de quienes ideologizan la fe o pretenden construir una "Iglesia popular" que no es la de Cristo, sea de quienes promueven la difusión de sectas religiosas que poco tienen que ver con los verdaderos contenidos de la fe:
- la tentación anticristiana de los violentos que desesperan del diálogo y de la reconciliación, y que sustituyen las soluciones políticas por el poder de las armas, o de la opresión ideológica;
- la seducción de las ideologías que pretenden sustituir la visión cristiana con los ídolos del poder y la violencia, de la riqueza y del placer;
- la corrupción de la vida pública o de los mercantes de droga y de pornografía, que van carcomiendo la fibra moral, la resistencia y esperanza de los pueblos;
- la acción de los agentes del neomaltusiasnismo que quieren imponer un nuevo colonialismo a los pueblos latinoamericanos; ahogando su potencia de vida con las prácticas contraceptivas, la esterilización, la liberalización del aborto, y disgregando la unidad, estabilidad y fecundidad de la familia;
- el egoísmo de los "satisfechos" que se aferran a un presente privilegiado de minorías opulentas, mientras vastos sectores populares soportan difíciles y hasta dramáticas condiciones de vida, en situaciones de miseria, de marginación, de opresión;
- las interferencias de potencias extranjeras, que siguen sus propios intereses económicos, de bloque o ideológicos, y reducen a los pueblos a campo de maniobras al servicio de sus propias estrategias.
3. América Latina, fiel a Cristo, ¡aumenta y realiza tu esperanza!
He aquí algunas metas para este momento tuyo:
- esperanza de una Iglesia, que firmemente unida a sus obispos -con sus sacerdotes, religiosos y religiosas al frente- se concentra intensamente en su misión evangelizadora y que lleva a los fieles a la savia vital de la Palabra de Cristo y a las fuentes de gracia de los sacramentos:
- esperanza de ulterior crecimiento de vocaciones sacerdotales y religiosas, para llevar a cabo la nueva evangelización de los pueblos latinoamericanos, a partir del rico patrimonio de verdades sobre Cristo, sobre la Iglesia y sobre el hombre, que proclamó Puebla;
- esperanza de una Iglesia fuertemente empeñada en una sistemática catequesis, que complete en los fieles la evangelización recibida:
- esperanza de los jóvenes que plenamente acogidos y alimentados en su espíritu, de a la Iglesia, en un continente de jóvenes, horizontes de vigor nuevo en su fidelidad a Dios y al hombre por El;
- esperanza de un laicado consciente y responsable, comprometido en su misión eclesial y de ordenación del mundo según Dios;
- esperanza de reconciliación entre los pueblos hermanos, desterrando guerras y violencias; para reconocerse en la unidad de una gran patria latinoamericana, libre y próspera, fundada en un común substrato cultural y religioso;
- esperanza de grupos étnicos que quieren mantener su identidad y cultura peculiar, sin renunciar a la común solidaridad y progreso, y que necesitan una más plena evangelización;
- esperanza del movimiento de los trabajadores que luchan por más dignas condiciones de vida y de trabajo; de los sectores intelectuales que reencuentran los valores éticos y culturales de su pueblo para servirlos y promoverlos; de los científicos y tecnólogos que quieren ordenar los recursos del saber a la elevación y progreso de América Latina.
4. Hacia la civilización del amor. El próximo centenario del descubrimiento y de la primera evangelización nos convoca pues a una nueva evangelización de América Latina, que despliegue con más vigor -como la de los orígenes- una potencial de santidad, un gran impulso misionero, una vasta creatividad catequética, una manifestación fecunda de colegialidad y comunión, un combate evangélico de dignificación del hombre, para generar desde el seno de América Latina, un gran futuro de esperanza.
Este tiene un nombre: "la civilización del amor". Ese nombre que ya indicara Pablo VI, nombre al que yo mismo he repetidamente aludido y que recogiera el Mensaje de los Obispos latinoamericanos en Puebla, es una enorme tarea y responsabilidad.
Una nueva civilización que está ya inscrita en el mismo nacimiento de América Latina; que se va gestando entre lágrimas y sufrimientos; que espera la plena manifestación de la fuerza de libertad y liberación de los hijos de Dios; que realice la vocación originaria de una América Latina llamada a plasmar -como afirmaba Pablo VI ya en 1964- en una "síntesis nueva y genial lo espiritual y lo temporal, lo antiguo y lo moderno, lo que otros te han dado y tu propia originalidad". En síntesis: un testimonio de una "novísima civilización cristiana" (Homilía en la basílica de San Pedro, 3 de julio 1964).
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