1. La Providencia me trae una vez más a tierras de América, a este que fue llamado el Nuevo Mundo.
Ya en el primer viaje apostólico de mi pontificado dije que quería pasar por Santo Domingo, "siguiendo la ruta que, al momento del descubrimiento del continente, trazaron los primeros evangelizadores" (Discurso de llegada, 25 enero 1979).
Por su parte, el Episcopado latinoamericano, en el Documento de Puebla, tuvo presente el evento de los 500 años de la evangelización y el reto que suponía para la Iglesia en este continente (cf. "Evangelización y religiosidad popular", Puebla, II, cap. II, 3. 3).
También durante el viaje apostólico a España, indiqué en Zaragoza que el V centenario del descubrimiento y evangelización de América era un acontecimiento al que la Iglesia no podía faltar (6 de noviembre 1982).
Pero sobre todo, en el encuentro que tuve con el CELAM en la catedral de Puerto Príncipe (Haití), el mes de marzo del pasado año, decía que este centenario debíais celebrarlo con una "mirada de gratitud a Dios, por la vocación cristiana y católica de América Latina, y a cuantos fueron instrumentos vivos y activos de la evangelización. Mirada de fidelidad a vuestro pasado de fe. Mirada hacia los desafíos del presente y a los esfuerzos que se realizan. Mirada hacia el futuro, para ver cómo consolidar la obra iniciada". Obra que debía ser "una evangelización nueva: nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión" (Alocución del 9 de marzo 1983, III).
En esa misma línea ha tenido el propósito de moverse el CELAM, al subrayar recientemente que la celebración del centenario "que queremos preparar con años de anticipación, significa tanto el reconocimiento agradecido a quienes implantaron y transmitieron la fe en este continente, como el compromiso de mantener y aumentar esta insigne herencia" (Mensaje ante los 500 años del descubrimiento y evangelización de América Latina).
2. Estos son los propósitos que han inspirado la decisión de preparar adecuadamente el medio milenio de la evangelización. Son también los que han movido al Papa a traer la solidaridad de la Iglesia de Roma a estas Iglesias, a impulsar con su presencia dicha preparación, para que los actos iniciados aquí en la República Dominicana constituyan en todo el continente el comienzo de una gran campaña de la fe, articulada en múltiples iniciativas de evangelización nueva, durante la novena de años que hoy inauguramos.
No podía el Papa, sobre cuyo ministerio eclesial cae en primer lugar el mandato de Cristo de predicar la fe, dejar de dar su contribución personal a tal tarea, cuando se plantea para tan amplio sector de la Iglesia -toda América Latina- el propósito de una evangelización nueva. Una evangelización que continúe y complete la obra de los primeros evangelizadores.
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