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Luis Fernando Figari, La construcción de un mundo más humano: cultura y trabajo
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La construcción de un mundo más humano: Cultura y trabajo

«Ya desde los congresos de movimientos eclesiales que se desarrollaron en la década pasada consideré que era fundamental que quienes hemos sido bendecidos por el don del Espíritu Santo al haber sido convocados a formar parte de esta riqueza de la Iglesia de hoy que son los movimientos eclesiales, compartamos, desde los propios carismas recibidos, para profundizar, en espíritu de oración y comunión fraterna, en la responsabilidad al servicio de la evangelización que Dios presenta a cada uno de los movimientos en su divino Plan, en la comunión al servicio de la misión de la Iglesia. Creo firmemente que todo don -por el cual debemos alegrarnos y agradecer- trae consigo una responsabilidad eclesial que con la gracia de Dios y con toda humildad debemos esforzarnos en acoger y poner por obra».

La «anticultura»

Como ha dicho el Papa Juan Pablo II, más de una vez, es un hecho que vivimos inmersos en una «anticultura» o «cultura de muerte», situación que ciertamente no responde al designio divino para el ser humano ni para su convivencia social. Ya en su tiempo el Papa Pablo VI contemplando la situación del mundo se preguntaba: «¿Dónde no llega hoy el océano de la incredulidad, de la indiferencia, de la hostilidad?». Unos veintiún años después el Papa Juan Pablo II hará referencia a lo que llama «diáspora cultural de los católicos», describiéndola como una «convicción según la cual toda idea o visión del mundo es compatible con la fe», o también como su fácil adhesión a fuerzas políticas y sociales que se opongan o no presten atención a los principios sobre la persona y sobre el respeto a la vida humana, sobre la familia, sobre la libertad, la solidaridad, la promoción de la justicia y de la paz. El agnosticismo funcional, el relativismo galopante, la gravísima crisis sobre la verdad, la actitud «lite» o «debole», la adhesión a teorías e ideologías que conducen a la construcción de una «anticultura» de un mundo que dando la espalda a Dios se convierte en una amenaza para la realización de la persona humana no es un asunto ante el que se pueda huir en la falaz ilusión de protegerse marginándose de la sociedad en una especie de gueto o bunker creyendo que con ello desaparece el grave desafío de ese «mundo» y de esa «diáspora cultural». Más bien esa realidad trágica habla alto y fuerte de la necesaria renovación de la vida cristiana y constituye un enérgico aldabonazo que aleja todo optimismo fácil, todo triunfalismo con el cual se pretende ocultar lo que está pasando. Más bien tal situación trae a la mente unas palabras del Papa Pablo inspirándose en el Apóstol de Gentes: «Evangelizar no es para nosotros una invitación facultativa, sino un deber acuciante (…) Pesa sobre mí una grave obligación: ¡Ay de mí si no evangelizare!».

El Plan de Dios

Dios que es Vida, Libertad, Amor, es también Dios de la vida, la libertad y el amor. Él nos da esas dimensiones del ser, y nos concede el don de la fe que ilumina el caminar humano, y nos invita a compartir la experiencia jubilosa de encontrarnos con el Señor Jesús en la Iglesia. Y es que la persona humana ha sido hecha para participar del amor de la Trinidad y para reflejar ese amor en su vida íntima, en su conducta relacional con otros seres humanos, y en su estar y actuar en el mundo.

El gran Proyecto de Dios afincado en la dinámica de la comunión, de la reconciliación y la participación, a la cual responden los dinamismos fundamentales de su criatura predilecta, quiere para el hombre una cultura de vida, de libertad, de amor, que lo lleve a su realización como persona. Una sana teología de la creación expresa una dinámica positiva en la que el hombre se convierte en cooperador fundamental de Dios.

Dios crea todo, gratuitamente, desde una suprema abundancia de amor, y todo cuanto crea es bueno, como se lee en el umbral de la Sagrada Escritura. Allí se nos dice a través de sugerentes imágenes que la paz, armonía y gozo eran el ámbito de la raza humana, que cooperaba con Dios en llevar adelante la creación. El mismo trabajo en el Edén tiene tal sentido de cooperación. Pero, el ser humano haciendo mal uso de su libertad, peca, se aparta de Dios negando el divino Plan, introduciendo así la dinámica del pecado, de las rupturas, en sí mismo y en la creación toda, en su manifestación cultural, así como en la búsqueda de sentido que desde el fondo de su mismidad clama por una respuesta de infinito. El horizonte de los dones maravillosos de Dios, se ve oscurecido por la dinámica del pecado por la niebla de la muerte, del libertinaje y la esclavitud, del odio, la injusticia, la irreconciliación, del antiamor, pero no desaparece, más bien permanece vital en lo profundo. Desde los orígenes de la historia está el misterio de la iniquidad actuando sobre el hombre, pretendiendo distorsionar la libertad humana que habría de dirigirse hacia la verdad, el bien y la belleza, hacia Dios, para alejar la vida de cada hombre concreto, de las sociedades y de su cultura de la senda querida por quien es Señor de la Historia. Así, hoy, señala el Santo Padre, asistimos con tristeza a la «perplejidad de un hombre que a menudo ya no sabe quién es, de dónde viene, ni adónde va».

La Anunciación y la Encarnación del Verbo Eterno de Dios en el vientre Inmaculado de la siempre Virgen María y su secuela, los misterios de su Vida, Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión, nos arrancan de una perspectiva que podría colorearse de pesimismo para situarnos en un horizonte pascual pleno de esperanza en el que por la fuerza de la gracia, que nos llama a la cooperación, nos adherimos vitalmente al Señor Jesús en un dinamismo ascensional que transforma el sentido del obrar y nos conduce a la vida plena.

El hombre, creador de cultura

Ya desde el segundo relato del Génesis, e incluso antes del pecado fontal, el ser humano aparece como un auténtico creador de cultura. El Creador presenta ante el ser humano un universo innominado para que mediante la designación del nombre vaya humanizando su contorno natural y así haciendo su morada cultural.

Vemos cómo el ser humano es invitado a expresarse mediante códigos mentales siendo así integrado en la dinámica creacional. Dios mismo aparece como quien lo invita a que por su acción, cooperando con el Creador, forje el mundo del hombre, impregnando la tierra y todo el universo de la cultura con los rasgos interiores que él mismo ha recibido al ser creado a «imagen y semejanza» de Dios. En este desplegarse, al que es invitado por el Altísimo, el ser humano se introduce en un horizonte por el cual se va proyectando, y también va aumentando el develamiento de la realidad intrínseca de la persona, con una teleologicidad que no puede ser cancelada. La acción humana va forjando el ámbito de la cultura donde aparece ante todo como «quien es» el ser humano, para luego irradiar, desde esa obvia primacía suya, tanto sobre sí como sobre el mundo de las cosas que fabrica y pone a su servicio personal y al de los demás mediante el trabajo que, como dice el Papa, «constituye una dimensión fundamental de la existencia humana sobre la tierra». La cultura que el hombre, como sujeto que es, forja con su acción es así a la vez expresión y ámbito del ser humano. En este proceso, mediante el despliegue de su mismidad se va realizando también él mismo. Igualmente, por la acción humana rectamente encaminada coopera con Dios en la dinámica del despliegue de la creación. Y la consciencia en la vida cotidiana de esta realidad de sintonía con el desarrollo del Plan de Dios ofrece una ocasión para el desarrollo de lo humano, de su naturaleza, al tiempo que en su proyección humaniza el cosmos. En todas sus grandes realizaciones la persona aprende a descubrir que ellas «son señal de la grandeza de Dios y fruto de sus inefables designios».

Poco más de un año antes de ser elevado al solio pontificio el Cardenal Karol Wojtyla señalaba que el ser humano como creador de cultura al actuar y generar efectos o productos, se expresa a sí mismo, y en cierta manera se realiza a sí mismo, e incluso en «un cierto sentido se «crea»» a sí mismo, actualizándose, llevando a cierto cumplimiento sus inherentes potencialidades.

La vocación del hombre como «hacedor de cultura» nos pone sobre aviso contra toda idea de que el ser humano se reduzca tanto a las varias acciones del proceso de trabajo como a lo que su trabajo, ya intelectual ya material, forja. No se debe obviar nunca en el despliegue humano la primacía ontológica y praxiológica de la persona como tal, como criatura de Dios que porta su imagen. Así en su vida cotidiana el horizonte máximo será aquel sentido sobre el cual no puede haber un sentido mayor. Entonces, en la medida en que su despliegue día a día responda a su primacial densidad ontológica y a la tensión hacia el horizonte religioso -en el que la relación con Dios constituye el núcleo-, el proceso humanizador del despliegue del ser humano y de su trabajo se proyecta personalizándolo así mismo, y aportando a la humanización de la sociedad y su huella en el universo.

Precisamente esta dimensión de portador de sentidos y valores con que el ser humano se asume libre y dinámicamente y se inserta en el mundo se va cargando en ciertas realidades perfilando su mundo en términos de valor o anti-valor. De allí la enorme importancia de tener en cuenta el pecado cuya presencia constituye un obstáculo para el recto despliegue humanizador en el trabajo y en la construcción de la cultura, trastocando, no poco, el espacio que sobre la tierra debía tener para vivir el amor y la comunión, un espacio de realización y no un campo de batalla donde reinasen las rupturas. Precisamente por ello el Papa Juan Pablo II señala la posibilidad de que en la línea indirecta de sus efectos, esos frutos, del trabajo, se vuelvan contra el mismo ser humano. De allí también la importancia fundamental de la adhesión a la fe de la Iglesia que con su luz ilumina el sendero recto, y en ella se avanza al encuentro configurante con el Señor Jesús, que al tiempo que redime, reconcilia y transforma al ser humano, le muestra su identidad y la dirección para que el despliegue de su acción y su plasmación cultural sean realmente fructíferos y humanizantes.

La acción y la presencia del ser humano, su despliegue ontológico, establece una situación relacional dinámica, en la que él se hace responsable de la jerarquía de los valores asumida en el contacto hombre-mundo. Existe un universo cultural estructurado según valores fundamentales que responden en última instancia, o se oponen, a la naturaleza del ser humano según ha sido creada por Dios. Ese universo en su recta jerarquía de valores no puede ser alterado para ser degradado sin que se produzcan graves consecuencias contra la realización del ser humano. El responder a un recto despliegue dota de sentido al trabajo que imprime su huella en una extraordinaria dimensión de humanización. El desatender el recto despliegue conduce al mundo de la «cultura de muerte», donde el influjo de esa dimensión negativa cobra su cuota en términos de ofensa a la dignidad y a los derechos del ser humano, de un tener en exceso a costa de la injusticia a otros, de la manifestación de una búsqueda de placer ilícito que hunde a la persona y a quienes toca en dimensiones que atentan contra su dignidad, de poder por el poder, de la violencia, en fin, de un proceso de degradación de lo humano.

Ya el Papa Pío XII, en la exhortación que ha sido llamada Por un mundo mejor decía: «Es todo un mundo el que se ha de rehacer desde los cimientos, que es necesario transformar de salvaje en humano, de humano en divino, es decir según el corazón de Dios». En línea análoga, el Papa Pablo VI, en su extraordinaria encíclica Populorum progressio invita -hoy a más de 30 años, con la dulzura y la riqueza del vino que se va añejando- a los seres humanos a encontrarse a sí mismos y asumir los valores superiores sembrados por Dios en su mismidad, abiertos en humana fraternidad al servicio de los hermanos, a pasar por su despliegue activo de condiciones menos humanas a condiciones cada vez más humanas, hasta que alcanzando por su despliegue en el obrar forjando cultura la dimensión con la que culmina su alentador elenco programático el inolvidable Pontífice: «[a condiciones] más humanas por fin y especialmente la fe, don de Dios acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad en la caridad de Cristo, que nos llama a todos a participar, como hijos en la vida de Dios vivo, Padre de todos los hombres». Todo esto es construir un mundo más humano viviendo cotidianamente según la verdad que sobre la persona y la convivencia social nos manifiesta el Señor Jesús.

De cara al tercer milenio de la fe, podemos afirmar que es tiempo de vivir la esperanza, de desplegarse adheridos al Señor Jesús y a la verdad que nos muestra en la Iglesia, para que con la gracia del Espíritu Santo, mirando a Santa María, Estrella de la Nueva Evangelización, trabajemos como incansables artesanos de la tan ansiada Civilización del Amor.

Consultas

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