Cardenal Juan Luis Cipriani Thorne, La virtud de la prudencia y el obrar humano

C) La perfección de la prudencia adquirida por las virtudes teologales y la prudencia infusa

Si la situación de criatura—es decir, la condición radical del hombre en cuanto situado por el acto creador—nos permitia ver la actividad moral en su ratz primera, la situación de hijos de Dios—es decir, la condición radical del cristiano, en cuanto elevado a la intimidad de la vida trinitaria— nos permite vislumbrar cuál es la grandeza de nuestra conducta moral "a fin de que podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y longura, y la alteza y la profundidad de este misterio" 35 .

La presencia de inhabitación de la Trinidad en el alma —que funda la vida de la gracia—nos da la medida incomparable en que es divina nuestra conducta, ya que es lo más profundo de nuestro ser—la energia divina por la que subsistimos— la que ha sido colmada por esa inhabitación que rebasa los limites de nuestra naturaleza. Al mismo tiempo' la composición naturaleza-gracia, que esa inhabitación comporta, nos descubre la plenitud con que permanece nuestra condición humana y el modo excelente, por tanto colmado de dependencia, en que esa intima grandeza de la gracia nos pertenece se comprende bien que nuestra principal tarea es no poner obstáculos a la gracia.

La caída original y la Redención desvelan aún más el extremo a que ha llegado el amor de Dios la posibilidad de nuestra divinización llega hasta la identificación con Cristo; y, por ende, el abismo al que puede llegar nuestra bajeza, cuando por el pecado borramos esos rasgos, expulsando del alma a la Trinidad.

La vida de la gracia es, ciertamente; y por tanto está finalizada por Dios. Pero esto hay que entenderlo con la necesaria referencia a la composición naturaleza-gracia y a !a presencia e inhab;tación de la Trinidad que la funda. Por tanto, toda la estructura fundamental de la finalización natural perdura, pero llevada a un limite insospechable, tanto en la grandeza como en la dependencia.

Así como Dios creó el mundo para comunicar su bondad, manifestando asi su gloria, así también, elevó, y luego redimió, al hombre para colmar de bondad a la criatura —la bondad de su vida intima— manifestando asi la gloria qua in se est,: la gloria inaccesible de su intimidad. Una parte de esa gloria divina se manifiesta en el universo de modo inmediato e inseparable de su existencia es la bondad primera de la creación y la Encarnación de Cristo 36 , que perdura en la santidad de la Iglesia. Para hacer a los cristianos participes en mayor grado de su bondad, quiso que parte de esa gloria no se manifestase sino por las operaciones que les son propias 37 .

El cristiano no puede buscarse a si mismo —no es su fin— porque su fin es glorificar al Padre con la gloria misma que le dio Cristo. En el alma en gracia existe la posibilidad de, con su libertad, cooperar a la manifestación de la gloria sobrenatural de Dios en el universo, la gloria de los hijos de Dios por la que "todas las criaturas están suspirando por dicho día, y como con dolores de parto" 38 .

El cristiano, cuando asi obra, su vivir es Cristo 39 ; pero es más, como cristianos no podemos obrar de otro modo. Cuando buscamos nuestra propia gloria, el hombre sigue siendo hombre, pero el cristiano actúa al margen de la gracia y en contra suya, de modo que si persiste —hasta caer en pecado mortal— lo que hace es expulsar a Dios de su alma.

Asi como el grado de ser de una criatura marca sus posibilidades de dar gloria a Dios, asi también, el grado de gracia de cada alma delimita las de glorificación sobrenatural. "Por eso mismo, deberla ilusionarnos cada vez más saberlo, que la santidad no conoce limites siempre se puede creer más, esperar más, amar más. Mientras en el orden natural cada hombre tiene una capacidad determinada y limitada de perfección, que puede actuar con sus propias fuerzas, llegándolas a agotar, en el plano sobrenatural no la ordenación de la gracia no fluye de los principios del sujeto, sino que procede de la ilimitada liberalidad de Dios, que derrama sus dones rebosando los límites de la angostura del recipiente 40 .

Dios no niega nunca su gracia a quien está debidamente dispuesto por eso una vez el hombre preparado, con el auxilio de la gracia, el aumento de identificación con Cristo y de la glorificación sobrenatural devienen infaliblemente. La condición de la potencia operativa del alma en gracia viene a ser asi semejante, respecto a la glorificación sobrenatural, a la que tienen los padres en orden a la generación de los hijos así como Dios infunde el alma, infunde la gracia. Como es cooperador de Dios en el nacimiento de los hijos, el hombre también colabora en el crecimiento del cuerpo de Cristo —de la vida de la gracia entre los hombres— de aquí el realismo de ia paternidad espiritual en quien consigue gracias para otros.

Se debe tener en cuenta que la glorificación, tanto natural como sobrenatural depende de la consecución del fin, y por tanto de la operación de la criatura; tiene su causa en la perfección de la obra de la creación y de la Encarnación. En todas las criaturas la perfección primera es siempre causa de la perfección segunda 41 . El grado en que glorifican a Dios determina la ordenación mulua de las criaturas. De ahi que todo el universo se ordene a la glorificación de Dos que le tributarán los bienaventurados 42 .

El cristiano, con el mal uso de su libertad impide que D os infunda su gracia, o si la tiene, puede arrojarla del alma. Como consecuencia del carácter accidental de la composición naturaleza-gracia, aunque su libertad puede menos en ei orden sobrenatural en cierto sentido alcanza más. Puede menos, porque nunca causa la gracia; tan sólo coopera con su libertad a que Dios la infunda. Pero alcanza a más, en el sentido de que, mientras en el orden natural, al negarse a querer su último fin, no puede aniquilarse ni dejar de alcanzarlo —aunque de un modo impropio de su naturaleza como imposición, como sanción—, en el orden sobrenatural el pecado es causa de la pérdida de la gracia y de que en modo alguno el hombre alcance su fin sobrenatural si el ser y la esencia del hombre no dependen de su libertad defectible, la gracia, en cambio, si.

Para alcanzar el fin sobrenatural, el hombre necesita el perfeccionamiento—la elevación— de sus potencias operativas, a fin de que estén capacitadas para realizar actos proporcionados a su fin, es decir, sobrenaturales. Por eso, los hábitos, ese medio entre la potencia y el acto —que es característico de la criatura humana en cuanto por su operación se ordena progresivamente al fin—, por los qué la libertad disminuye su indeterminación y las potencias, siendo igualmente libres, se fijan progresivamente en el fin, se encuentran en el orden sobrenatural con caracteres propios. En su profunda radicalidad, la bondad sobrenatural de nuestras acciones procede de la gracia; y el crecimiento de las virtudes teologales, de las morales infusas y de los dones del Espíritu Santo, lo otorga Dios" 43 .

En el orden sobrenatural los hábitos —virtudes y dones del Espíritu Santo—, más que sacar de su indeterminación a la libertad —entre el bien y el mal connatural— lo que hacen es capacitarla y determinarla al bien sobrenatural Dios que disponit ornnia suavitier 44 , a los que mueve a conseguir el bien sobrenatural "les infunde las formas o cualidades sobrenaturales, según las cuales suavemente y con prontitud las mueve para alcanzar el bien eterno" 45 . Estos hábitos no son adquiridos por la operación, sino infundados por Dios —como la gracia— la virtud sobrenatural es causada en nosotros solamente por la operación divina 46 .

Precisamente por esto, a diferencia de lo que ocurre con las virtudes adquiridas, las infusas pueden coexistir con disposiciones contrarias debidas a actos anteriores opuestos, por los cuales encuentran dificultad en operar lo que no ocurre con las naturales, porque los actos por las que se adquieren quitan al mismo tiempo la disposición contraria 47 . Por lo mismo, mientras las virtudes adquiridas disminuyen por el no ejercicio de sus actos propios y se corrompen por la repetición de los contrarios —en el número que sea necesario—, sucede igual con las sobrenaturales, ya que éstas no son causadas por nuestros actos, sino sólo por Dios 48 .

Sin embargo, el hecho de que no sean causados por los actos humanos, no significa que éstos carezcan de relevancia en esa infusión, por Dios, de las mismas; sino que operan de distinto modo en la virtud adquirida los actos humanos causan, en la virtud infusa, disponen y promueven 49 . De aquí la importancia de los sacramentos— sin los cuales no se puede llevar una v da cristiana ni aun siquiera plenamente humana 50 —, que son los cauces de la energía sobrenatural, por donde nos vienen las armas sobrenaturales para esta lucha sobrenatural 51 .

Aunque la progresiva ordenación de nuestros actos al fin sobrenatural no dependa directamente de nuestra operación, sino de la creciente infusión de las virtudes y dones sobrenaturales en nosotros, sin embargo, queda también de algún modo, la huella de nuestra operación en relación al fin sobrenatural. Con nuestros actos nos disponemos a recibir de Dios las virtudes infusas o, si obramos en gracia de Dios, merecemos su aumento. "Cuando un alma se esfuerza por cultivar las virtudes humanas, su corazón está ya muy cerca de Cristo. Y el cristiano percibe que las virtudes teologales —la fe, la esperanza, la caridad—, y todas las otras que trae consigo la gracia de Dios, le impulsan a no descuidar nunca esas cualidades buenas que comparte con tantos hombres" 52 .

En realidad sólo las virtudes sobrenaturales son perfectas y pueden llamarse simplemente virtudes en cuanto ordenan al hombre al verdadero bien completo que es su último fin sobrenatural 53 . Además, en el orden natural hay sólo virtudes; en el sobrenatural, en cambio, por la excelencia del fin, son necesarias—como vimos— las virtudes y los dones del Espíritu Santo el alma es movida por el Espíritu Santo 54 .

Establecidos los principios que rigen la finalidad sobrenatural de la criatura humana, debemos insertar en esta estructura de la vida de la gracia, la función de la virtud de la prudencia 55 . La virtud natural es perfeccionada por la gracia, con la que se nos infunden las virtudes teologales, la prudencia infusa y las demás virtudes morales sobrenaturales. Este nuevo modo de obrar de la criatura en gracia le confiere una mayor plenitud a toda su operación. La potencia con que la gracia une al último fin, impele al hombre a un obrar más cierto y más firme. Es necesario que el hombre llamado a la perfección en la vida cristiana —"Estofe perfecti, sicut et Pater vester caelestis perfectus est" 56 —, tenga la virtud de la prudencia que le dirija a buscar solamente fas cosas que hacen relación a Dios, en cuanto último fin sobrenatural, despreciando toda contemplación puramente terrena de las realidades 57 .

El organismo metafísico del hombre, no varia sustancialmente al ser elevado por la gracia, sino que es perfeccionado esencialmente por la gracia pero sin modificar el modo propio de actuar. Por lo tanto, la prudencia infusa sigue informando racionalmente a las demás virtudes morales, y mantiene su grado superior entre ellas siendo guía, madre y complemento necesario 58 .

Las virtudes teologales perfeccionan el ejercicio de la virtud de la prudencia. ''La fe no implica, en su esencia, la conformidad de las buenas obras con la voluntad, sino consiste substancialmente en sólo el conocimiento" 59 . El discernimiento que nos permite la luz de la fe, nos ayuda a tratar de complacer en todo el Señor, sabiendo distinguir cual es la voluntad de Dios en cada momento. En muchas ocasiones la lógica y la realidad sobrenatural estarán en aparente oposición de la lógica humana. Es la hora de la fe. "Este discernimiento supone el conocimiento de la voluntad del Señor. La enseñanza según la verdad renueva el juicio de los cristianos; por consiguiente, toda su vida moral debe verse transformada... En otro tiempo no conocían a Dios. Ahora que lo conocen deben poner todo su empeño en desarrollar ese conocimiento practico que les permita discernir el bien del mal. Esto se hace por la oración y por el ejercicio" 60 . Es San Pablo, en la Epístola a los Filipenses, quien nos dice "y lo que pido es que vuestra caridad crezca mas y más en conocimiento y en toda discreción a fin de que sepáis discernir lo mejor.. ." 61 .

Según las leyes humanas, según las sabias previsiones de la razón, la predicación cristiana no podía acabar sino en un fracaso. "Por eso la prudencia cristiana debe tener en cuenta un factor absolutamente hermético para los no cristianos o para los que no tienen el espíritu de Cristo la intervención de la omnipotencia de la gracia de Dios. Desde este punto de vista hay que establecer cierta conexión entre prudencia y esperanza. Porque si, desde el punto de vista natural, es imprudente emprender algo que humanamente no tiene probabilidades de éxito, no es contrario a la prudencia cristiana ir buscando lo que la gracia de Dios nos permite esperar. La virtud teologal de la esperanza se aplica a la vez a los bienes divinos y a los medios de obtener estos medios" 62 .

Siendo Dios quien nos infunde la gracia, haciéndonos participes de su divinidad, "cives sanctorum et dom stici Dei" 63 , su presencia en nuestra alma nos reviste de actos sobrenaturales conformes a nuestra condición de hilos suyos 64 . La caridad, el amor del cristiano a su Padre Dios, le consume en un deseo constante de cumplir su voluntad, ordenando con una fuerza sobrenatural todos sus actos en ese sentido. La presencia de Dios en la vida del cristiano es un foco luminoso que permite elegir con rapidez y fácilmente, las alternativas que la vida le ofrece, en su caminar divino por la tierra. Por eso dice el Apóstol que "el manjar sólido es para los perfectos, los que, en virtud de la costumbre, tienen los sentidos ejercitados en discernir lo bueno de lo malo" 65 .

Lo oración y la frecuencia de sacramentos son los medios que un cristiano prudente debe poner, para alcanzar una presencia de Dios, que le permita caminar por la vida, sabiendo descubrir los "oasis" llenos de engaño que se le presentan, del mismo modo que les sucedió a !as "vírgenes necias" de la parábola. No basta una actitud que clame ¡Señor, Señor! es necesario cumplir la voluntad de Dios en nuestra propia preocupación, en el lugar que nos ha tocado en el mundo, con valentía ''No me gusta tanto eufemismo a la cobardía la llamáis prudencia. Y vuestra 'prudencia' es ocasión de que los enemigos de Dios, vacío de ideas el cerebro, se den tono de sabios y escalen puestos que nunca debieran escalar" 66 .


35

Eph 3, 18.

36

Cfr. S. Th., I, q. 73, a. 1.

37

Ibidem.

38

Rom. 8, 22.

39

Cfr. Phil., 1, 21.

40

R. GARCÍA DE HARO – I. DE CELAYA, La Moral, cit., p. 144.

41

Cfr. S. Th., q, 1, a 1, c.

42

Ibidem.

43

R. GARCÍA DE HARO – I. DE CELAYA, La moral, cit., 144 - 145.

44

Sap. 8, 1.

45

S, Th., I-II, q. 110, a. 2, c.

46

Cfr. S. Th., I-II, q. 63, a. 2

47

Cfr. S. Th., I-II, q. 63, a. 2

48

Cfr. S. Th., II-II, q. 24, a. 10.

49

Cfr. S. Th., I-II, q. 92, a. 1, ad 1.

50

Cfr. Conc. Trento, Decr De iustificatione, cap. XIII (DZ 806).

51

PIUS XII, Litt. Enc. Mystici Corporis, 29 lun. 1943

52

J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Amigos de Dios, cit., n 91.

53

Cfr, S. Th., I-II, q. 65, a. 2.

54

Cfr. S. Th., II-II, q. 52, a. 1, c.

55

De virt. in comm., q. 1, a. 12, ad. 12.

56

Mt. 5, 48.

57

S. Th., I-II, q. 61, a. 5, c,

58

S. Th., I-II, q. 66, a. 1. c.

59

S. Th., II-II, q, 47, a. 13, ad. 2.

60

Ph. DELHAYE, La conciencia moral del cristiano, trad. A.E, Lator, ''El misterio cristiano" (Barcelona 1968), p. 78..

61

Phil. 1,9-11.

62

Ph. DELHAYE, La conciencia, cit., p. 251.

63

S. Th., I-II, q. 63, a. 4, c.

64

De virtut. in comm., q. 1, a. 10, c.

65

Hebr. 5, 14.

66

J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Camino, cit., n. 35.

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