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Cardenal Juan Luis Cipriani Thorne, La virtud de la prudencia y el obrar humano
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B) La prudencia guía la elección de los medios al fin

El cúmulo de potencias o capacidades humanas para alcanzar ordenadamente sus bienes particulares, sin perjudicar al hombre, deben subordinarse al bien o último fin, al que por naturaleza está destinado. Por ende, debe someterse al imperio de la razón, que marcará la ¡jerarquía, conforme a la escala de los bienes que le conducen al último fin. La razón, en cuanto que conoce algo como fin, precede al apetito de ese fin, en cambio, deseamos el fin, antes de elegir los medios para alcanzarlo, función que es propia de la virtud de la prudencia 23 .

El hombre, ha de ser bueno del todo. Por eso toda tendencia natural dirigida a un bien en si mismo, debe ser contemplada en su relación al todo, en virtud de que la criatura racional puede discernir lo que es conveniente de lo que es nocivo respecto de su último fin 24 . La necesidad que tiene el hombre de comer y el gusto que encuentra al hacerlo tiene un fin bueno la conservación de la vida. Pero esa satisfacción no es el último fin ni es un bien absoluto para el hombre, sino un medio para alcanzarlo. Por ello, al comer demasiado o muy poco, ponemos un obstáculo que impide o se opone a nuestro último fin, porque la razón es afectada y nuestra salud se deteriora, el bien particular ha dejado de serlo para mi, porque no me conduce al bien del todo. En este caso, la virtud de la templanza carece de la medida de la racionalidad que es propia de la prudencia 25 .

La importancia de nuestras acciones estriba en la repercusión que tienen respecto a nuestra obtención del último fin. Las riquezas, por ejemplo, son buenas, en cuanto facilitan la acción de las virtudes, si impiden el ejercicio de las obras buenas u obstaculizan nuestra operación cara a Dios, dejan de ser buenas y se convierten en malas 26 . Esto sucede cuando el desmedido apego a los bienes materiales, produce una inversión de las motivaciones, porque convierten en fin lo que solamente es medio. Sin embargo, no podemos afirmar que la pobreza —la carencia de bienes materiales— sea algo bueno en si mismo; es buena en cuanto permite al hombre dirigirse libremente a los bienes espirituales 27 . Es interesante, pues, recalcar que el modo en que nos dirigimos hacia nuestro último fin puede dar la valoración moral de un acto o de una realidad que en si misma no es necesariamente ni buena ni mala.

Vemos, pues, que las potencias o inclinaciones deberán dirigirse hacia su bien cuando esto es necesario para el último bien del hombre. En cambio, deberán prescindir total o parcialmente de él, en la medida que impide la obtención de aquél. En concreto, toda la bondad de los actos del hombre está en averiguar si son medio para su último fin, y entonces aparece claramente su calificación de buenos o malos según que conduzcan o desvíen —en la medida que lo hagan— de la dirección que la criatura debe elegir, rumbo a ese fin. En la enumeración de los preceptos del Decálogo, no hay ninguno referente a la prudencia; sin embargo, todos ellos hacen referencia directa a esta virtud, "en cuanto que dirige todos los actos virtuosos" 28 . Todos los preceptos que rigen la moralidad de nuestros actos, en último término, "se ordenan a la ejecución de la prudencia" 29 . Concluimos pues, que esta virtud es la que impera a todas las demás, señaIándoles el camino —el medio— que deben elegir para dirigir al fin que deben alcanzar, sin perjudicar la ordenación del hombre al último fin.

El hombre se abre a una cantidad tan grande de bienes diversos y particulares como es el número de sus potencias, que esperan el bien que las actualice socios nuestros apetitos sensitivos, e intelectivos frente a su bien obran necesariamente. Pero, mientras todos ellos son especificados por un bien particular, dentro de coya órbita se mueven, la voluntad puede apetecer bienes de todas las potencias humanas, sin excluir la misma inteligencia. Es decir la voluntad del hombre es la que puede establecer la verdadera jerarquía dé su actividad total; pero, para realizar este papel, ha de estar informada por la razón, a través de la prudencia. Esta virtud, en último término, levanta el velo de indeterminación que la vida nos ofrece, y vincula al sujeto con los medios necesarios que le conducen a la consecución del último fin.

De aquí que el problema moral humano sea esencialmente un problema de rectificación de la voluntad por medio de las virtudes morales que la inclinan al fin recto 30 . Simultáneamente, hay que resaltar que no basta la sola inclinación, sino que es necesario la elección efectiva que de hecho lleve por la dirección de esa inclinación; y ésta es la función de la virtud de la prudencia 31 .

Para la recta elección se requieren, por tanto, dos condiciones; en primer lugar, la "intentlio finis" que proviene de las virtudes morales; y, en segundo lugar, el imperio para obrar en orden a conseguir dicho fin, lo cual realiza la prudencia 32 . Estas dos características que iluminan el obrar prudente, han sido selladas por Dios en cuanto a la inclinación al último fin, nos ha infundido la gracia y las virtudes; y, en cuanto a la recta elección de los medios, El nos custodia como Maestro, y nos asiste a través de nuestros ángeles custodios 33 . Sin embargo, la enorme riqueza de la naturaleza humana y el sin fin de posibles operaciones que realiza, permite que el hombre no tenga una certeza total acerca de todas sus acciones singulares y contingentes, aunque su obrar sea informado por la prudencia 34 . La contrapartida de esta debilidad de la naturaleza humana se ve reforzada por la infinita misericordia de nuestro Padre Dios, que acude siempre que se lo pedimos en nuestra ayuda, tratándonos como un padre bueno empeñado en la salvación de todos sus hilos.


23

S. Th., I-II, q. 58, a. 5, ad 1.

24

S. Th., II-II, q. 47, a. 1, ad. 1, 2 y 3.

25

In III Sent., d. XXXIII, q. II, a. 5.

26

C.G., lib. III, c. 133.

27

C.G., Iib., III, c. 133.

28

S. Th., II-II, q. 56, a. 1, c.

29

S. Th., II-II, q, 56, a. 2, ad. 3.

30

S. Th., I-II, q. 65, a. 1, c.

31

In II Sent., d. IX, q. 1, a. 1, q. II, ad. I.

32

5, Th., I-II, q. 56, a. 4, ad. 4.

33

S. Th., I, q. 113, a. 1, ad. 2.

34

S. Th., II-II, q. 47, a. 9, ad. 2.
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