Es necesario que el último fin de las cosas sea la Bondad divina. Dios, al crearnos, lo que primeramente quiere es su misma Bondad; por ello, como las cosas creadas por El, son hechas con una finalidad, podemos concluir que la Bondad divina es el fin de las cosas creadas 8 . No resulta difícil de entender este planteamiento, porque al contemplar cómo actúa el hombre al producir algo, observamos que el efecto producido refleja la finalidad que el autor ha querido darle. Así, un arquitecto construye una casa para que viva una determinada familia, y la concibe con unas características concretas que sirvan al fin que él quiere que tenga. Del mismo modo, podemos hablar del artista, del literato, del médico, etc. Esta semejanza en el obrar de la criatura, no es más que un pálido reflejo del modo con que Dios crea al hombre dándole una finalidad determinada.
Pero la imposibilidad de representar perfectamente la Bondad divina, por la infinita distancia que separa a cada criatura de Dios, hace conveniente, por parte de Dios, la creación de múltiples y diversas criaturas, a fin de mostrar mejor Su Bondad 9 Ya hemos explicado los distintos modos cómo las cosas creadas adquieren la semejanza de la Bondad divina. Ahora sólo queremos resaltar cómo esta multiplicidad de criaturas—cada una de ellas con un modo de ser propio— hacen del universo en que el hombre vive, un medio ambiente complejo que debemos saber utilizar en su recta ordenación al último fin no es tan sencilla la tarea del hombre, aunque se presenta clara y ardua al mismo tiempo.
Ahora bien, es evidente que el obrar humano en cada momento concreto no obedece de modo inmediato al conocimiento de la Bondad divina es decir, no comunicamos directamente con la esencia divina; por tanto, obramos movidos primero por el amor que inclina al fin; después por el deseo que nos mueve hacia ese fin y, en último lugar, por las operaciones que proceden de este deseo, que nos permiten acercarnos a su posesión 10
Debemos concluir este primer razonamiento afirmando que el hombre en ese dirigirse al último fin, debe ordenar a la Gloria de Dios la multiplicidad diversifica de las cosas creadas que intervienen en su vida, sabiendo descubrir la Bondad divina que cada una de ellas tiene; y todo esto a partir de sus propias experiencias. Esta tarea presupone en el hombre elegir una acción determinada, precisamente como medio para conseguir un propósito 11 ; y así, come toda elección de bienes está presente la intención de un fin próximo 12 , del mismo modo no hay intención recta, si no existe el deseo implícito de cumplir la Voluntad de Dios 13 .
Por lo tanto ningún acto imperado por la voluntad, que sea moralmente bueno es posible, si, al mismo tiempo, no se tiene un amor ordenado a Dios —aunque sea implicito—, y un intento de cumplir su Voluntad, dirigido por el conocimiento que de Ella se tenga. En ocasiones sucede que, amando a Dios y deseando cumplir Su Voluntad, no sabemos claramente cómo hacerlo. Si nuestro amor es verdadero, nuestro conocimiento de Dios aumenta. La intensidad de nuestra unión con Dios admite muchos niveles, según el grado de virtud o vida moral que se viva.
La virtud, pues, intensifica nuestra inclinación a la operación 14 por la que alcanzamos nuestra perfección última y esta mayor inclinación es consecuencia de la mayor energia de que dispónemos para obrar 15 . La virtud de suyo no es lo que da la rectitud moral de nuestras acciones, sino el grado de facilidad para obrar con rectitud moral.
La prudencia, soberana de la conducta, nos da la facilidad y prontitud para descubrir cuál es el modo de hacer en cada caso lo que Dios quiere de nosotros. Por eso, para que los deseos de obrar bien que tenemos no se queden en deseos generales y estériles sino que se sepan aplicar a las circunstancias concretas y reales, se necesita la prudencia asi nuestra respuesta a los requerimientos divinos será más rápida y certera.
Las virtudes morales nos facilitan la unión con el último fin, porque "sus actos se refieren a Dios, ya que es la medida de sus operaciones" 16 . Y las virtudes que tienen por objeto el último fin, no se refieren sólo al fin, sino que también reciben el influjo que de él se desprende para poner los medios 17 . Precisamente a la virtud de la prudencia "no le corresponde imponer el fin de las virtudes morales, sino sólo disponer de los medios" 18 .
El último fundamento ele la moralidad es Dios como último fin "nada tiene razón de bien, sino en cuanto participa de la semejanza de Dios, y, por tanto, manifiesta su gloria. La bondad de una acción humana depende de la medida en que contribuye a la gloria de Dios" 19
Debemos plantear no sólo el conocimiento del bien, sino, principalmente, la intención de hacerlo, de manera constante. La aplicación de la voluntad al bien se realiza mediante las virtudes morales. Existe en la voluntad una inclinación natural —los "semina virtutum"— cuya actualización y desarrollo nos es posible en la medida en que elegimos el mandato particular que nos dicta la prudencia. Nuestras acciones siempre versan sobre bienes particulares, nunca sobre nuestro último fin 20 , porque precisamente se fundamentan en nuestra inclinación a él 21 , causa de que nuestra relación con las criaturas no sea necesaria sino libre.
La voluntad perfeccionada por las virtudes morales para el ejercicio fácil y permanente del bien, es informada por la inteligencia, a través de la virtud de la prudencia, que le impera a la aplicación de la elección realizada. Por tanto, asi como las virtudes morales orientan y aplican la voluntad al úlitmo fin, haciéndola habitualmente buena; la prudencia, descendiendo de la inteligencia a la voluntad, dirige y aplica esas virtudes no a su fin, sino a hechos concretos, que son medios para alcanzar el último fin.
Nuestra condición de instrumentos en las manos de Dios es inseparable de nuestra condición de criaturas; y, por esto, no se puede entender la actividad libre del hombre, sino fundamentada en el poder que Dios le ha otorgado por el que dirige su actividad, en la medida en que se conforma al querer de Dios. "Luego, hemos de ser prudentes, ¿Para qué? Para ser justos, para vivir la caridad para servir eficazmente a Dios y a todas las almas Con gran razón a la prudencia se le ha llamado “genetrix virtutum”, madre de las virtudes, y también "auriga virtutum", conductora de todos los hábitos buenos" 22
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