Mons. Juan Luis Cipriani T.,
Arzobispo de Ayacucho
17 – 20 de octubre de 1996
Siguiendo el hilo de las exposiciones anteriores voy a referirme al contraste de lo divino que irrumpe en lo temporal, es decir el misterio de la Encarnación y, por lo tanto, la incoación del reino de Dios en la historia de la humanidad. La divinidad dentro del tiempo, lo perfecto dentro de lo imperfecto, la eternidad en lo temporal, es un fenómeno tan fuerte que ha fabricado muchas locuras y en esas locuras ha andado el mundo a lo largo de la historia.
Hemos ido desde el abandono del esfuerzo en el trabajo, en la polÃtica, en la economÃa, el refugiarse en una divinidad mÃstica ajena al acontecer, hasta la utopÃa marxista recientemente caÃda con el muro de BerlÃn. Estamos al otro extremo del péndulo, en que el hombre viendo a Dios quiere instalarse como si él fuera un dios en la tierra. Estos desequilibrios que observamos en la historia de la humanidad, en la historia polÃtica, económica y social también se han reflejado en la historia de la Iglesia. Ha habido momentos de gran autoridad, de lo que llamarÃamos el cesarismo, el emperador como reflejo de la autori-dad divina. Y ha habido el clericalismo, el intento de invasión por parte de la Iglesia en el terreno que corresponde a la sana autonomÃa de los asuntos temporales. Este péndulo se ha ido moviendo de un extremo al otro.
Para poder hacer frente a los desafÃos del Tercer Milenio, es necesa-rio entender que no es un equilibrio el que se debe buscar, no se trata de una balanza en la que hay que lograr el equilibrio entre "un poco" de oración y "un poco" de trabajo. No, no se trata de un equilibrio. Es una armonÃa, es la armonÃa de la gracia. Es la unidad de vida.
Se ha hablado ya del misterio de la Encarnación. Se ha dicho que somos "hijos en el Hijo". Dicho de otra manera, "soy Cristo mismo por la gracia". Es algo recibido, es un don; no es mÃo, no surge de mi naturaleza, ni de mi estudio; no surge de mis ideas, ni de mis plantea-mientos. Es un don de Dios por el que hemos sido capacitados para ser asumidos como hijos de Dios. Por lo tanto, esta armonÃa del Hijo de Dios es lo que, de alguna manera, nos hace participar de ese chis-pazo de inteligencia divina y de amor por el prójimo que nos permite con nuestros medios, elevados por la gracia—o no muy elevados por la gracia—, buscar respuesta a lo que ocurre.
Además, ¿de qué manera va a tratar ese hombre de resolver los problemas? Puede sentirse Dios con su soberbia y su clericalismo, imponiendo soluciones a los asuntos que se han dejado a la libre discusión. Y otra alternativa es que ese hombre se olvide de lo que Dios le da—que es todo—y pretenda formular un sistema "como si Dios no existiera". Los ha habido de todos los tipos. Para poner ejem-plos muy notorios: un nazi, un marxista o un nihilista. Algunos los llaman ahora liberales, sistema económico liberal, colectivista, etc. Ha habido intentos permanentes: un Hegel, con su sistema dialéctico; sistemas que intentan descubrir cuál es el método para instalarnos en esta tierra. El cristiano que debe buscar una respuesta por los necesita-dos participa de una misión que empieza, que tiene su razón de ser, en la misión intra-trinitaria, en la misión del Padre, del Hijo y del EspÃritu Santo. La misión del cristiano se da a partir de la misión intra-trini-taria en la que yo participo siendo hijo en el Hijo. Yo entro por la puerta de Cristo y de esa manera entro a la misión intra-trinitaria y desde ese enfoque me lanzo a alternativas, modos y planteamientos, que es lo que ahora voy a intentar.
Existe un papiro—el papiro Rylands—que se encontró en Egipto y que fue escrito hacia el año 130, cuando los que habÃan visto a Cristo todavÃa vivÃan. El fragmento de la Sagrada Escritura que se encuentra en el papiro recoge justamente esta afirmación de Cristo: «mi reino no es de este mundo» 1 . Lo vamos ha dejar ahÃ, no lo vamos a desarrollar, porque si no se nos va toda la conferencia.
La utopÃa politica de un mundo sin pobres es un enemigo fabricado por un sistema filosófico-politico que impide razonar honestamente. Si aquà en esta mesa, frente a cualquier otro planteamiento, alguno afirma que tiene la fórmula para que ya no haya pobres, entonces no tenemos cómo dialogar. Dejemos la utopÃa del mundo sin clases —o grupos sociales—, que es una idea radicalmente falsa, que por ello genera odios, frustraciones y distorsiona el sentido cristiano de la caridad.
Entremos al tema de la doctrina social. Para buscar respuestas hay que dejar muy claro lo que la Iglesia siempre ha sostenido. ¿Qué misión compete a los laicos? Los laicos son Iglesia, forman parte del cuerpo vivo de la Iglesia. Los laicos son la mayorÃa de la Iglesia. La palabra laico hace una distinción del clérigo, por lo tanto madres, hijos, esposos, campesinos, etc., son laicos. A los ciudadanos del mun-do se les llama fieles laicos. «A los laicos compete, por vocación divina y derecho propio, la misión de ordenar las cosas temporales del mun-do según el querer de Dios, en el ejercicio de la libertad personal de cada uno, y asumiendo responsablemente las consecuencias, sin com-prometer para nada a la Iglesia» 2 .
¿Es realista la doctrina social? Si, «porque responde a la voluntad expresa de Dios y es acorde a la naturaleza misma de las cosas» 3 . Ahà se tiene un punto de apoyo para ver si las alternativas, de respuesta a los problemas sociales son verdaderas, si respetan la naturaleza misma, cómo son las cosas. ¿Cómo son las familias?, ¿cómo es el amor?, ¿cómo es el nacimiento?, ¿cómo es la medicina? Por ello «compete a los ciudadanos cristianos encontrar la manera de llevarla a la práctica en cada caso concreto, ponderando las circunstancias de personas, tiempo y lugar, seleccionando los medios convenientes y oportunos, y sabien-do que asà se hace mucho bien a los hombres» 4 . Y «hay muchas mane-ras de llevar a la práctica la doctrina social de la Iglesia, porque los hombres son libres de realizar la vida de relación con autonomÃa terre-na, dentro de las múltiples opciones válidas y legÃtimas que broten de su inteligencia dentro del orden moral y ético» 5 .
Y una pregunta que es muy importante: ¿en qué consiste esa auto-nomÃa de las realidades temporales? «Consiste en la libertad del hom-bre para descubrir las cosas creadas y completar la creación divina, participando en sociedad con otros hombres, usando de las leyes y los valores de las cosas del mundo, trabajando dentro del orden moral; pero no con independencia de Dios, ni con ignorancia de sus leyes, ni con desprecio de su presencia real en la vida de los hombres» 6 .
Para mÃ, un aporte a este desafÃo del Tercer Milenio es que hay que sacar de la clandestinidad a la doctrina social de la Iglesia, hay que conocerla con detalle y difundirla. Eso es difÃcil porque parte de la doctrina social hace por ejemplo referencia a la vida, donde están los médicos, parte entra al sistema del ordenamiento jurÃdico, donde están los abogados, parte entra al aspecto empresarial, donde están los em-presarios y los economistas. Pero, ¡ay del sacerdote, obispo o religiosa que pretenda hacer una enciclopedia de la doctrina social! Dejemos el marco que establece el magisterio de la Iglesia y luego la responsabili-dad que les corresponde a los laicos.
La Iglesia no puede vivir bajo el paraguas del clericalismo. Esto está mal, el mundo moderno de hoy no admite ya estos padrinazgos. Gra-cias a Dios nuestro pueblo sà cultiva un gran respeto por la Iglesia, sus obispos, sacerdotes y especialmente el Santo Padre, pero esto es muy diferente.
Entonces, cuando Jesucristo nos habla de los pobres —vale la pena aclarar que nos han quitado la expresión "pobres", el pobre no es el proletario según la clase social marxista, pero lamentablemente ha que-dado este cliché—, en todo el Evangelio nos dice, primero: «pobres siempre tendréis con vosotros» 7 —lo que no quiere decir "no hagas nada"—, y dice «mi reino no es de este mundo» 8 y tampoco quiere decir olvÃdate—. Él tiene movimientos de misericordia hacia el que no ha comido, hacia la viuda, hacia la pecadora, hacia la gente que andaba como ovejas sin pastor. Es decir, su misericordia nos hace ver que su tensión hacia la pobreza no es una tensión de esquema o de plantea-miento económico, empresarial.
La persona se realiza en la donación plena al otro y, por lo tanto, para mi realización y perfección, para que yo desarrolle mi vocación como hombre, como mujer, religiosa, joven de cualquier lugar, yo requiero de ir al encuentro del otro. Y cuando hablamos del otro, pues ese otro, cuanto más me necesita es más justo que acuda a él y, por lo tanto, el que no come, el que está enfermo, el que está solo, etc., manifiesta dimensiones de la pobreza que reclaman con fuerza de mi solidaridad para mi propia realización y perfección. Si no, no ejerzo mi vocación, no queda en mà el beneficio gratuito, queda en el otro. Pero el incremento que se da en mà al servir al otro se llama virtud y hace que yo vaya realizándome con más plenitud. Por lo tanto, el reclamo del magisterio de la Iglesia sobre la pobreza es que tú no puedes lograr tu santificación, tu entrada al reino de los cielos, tú no puedes lograr el desarrollo de todo lo que Dios te ha dado, si no te preocupas del prójimo. Por tanto tienes un deber.
Qué lejos queda este planteamiento de un esquema enjaulado en preámbulos hegelianos, marxistas, con esquemas de polÃtica de segun-do nivel que, por último, han fracasado como sistema económico en el mundo. Por tanto, dejemos de lado —lo que se llama teologÃa de la liberación marxista— esa alternativa porque no tiene ni argumentos de tipo filosófico, ni resultados económicos.
Una sociedad, podemos afirmar, se mide por el amor a los desposeÃdos, marginados, enfermos, pobres, gente mayor. Pero nuestra so-ciedad no muestra mucho interés por ocuparse realmente de los nece-sitados, de los enfermos y desposeÃdos. Antes quizá habÃa una mayor atención. Hoy lo poco que hay además se hace de manera frÃa, seca. ¡Ay del que se haga viejo, o tenga problemas mentales, o esté enfermo! Lo atienden en no se sabe dónde. Antiguamente era un honor para los profesionales y para la gente de cierto prestigio formar parte de este deseo de ayudar al desposeÃdo; hoy se ha convertido en una cosa de manejo socio-politico de cuarta categorÃa y, en otras versiones, en las llamadas ONG, muchas veces sin el necesario soporte ético, moral, que brota de la caridad.
Quiero decir brevemente algo del empresariado. Observo que bue-na parte del mismo en el afán de buscar la llamada "modernidad" descuida el enorme fenómeno del desempleo. Para ganar más plata —y es razonable que asà sea— tienen una "chispa" extraordinaria, pero en cuanto a la creatividad para enfrentar el desempleo, a veces se les traba un poquito la maquinaria por el egoÃsmo.
La Iglesia siempre ha estado y seguirá estando pendiente de los pobres, dejándole un amplÃsimo campo y una enorme responsabilidad al laico en todos sus niveles. Desde un portero, un chofer, el Presiden-te de la República, congresistas, ingenieros, médicos, abogados, ma-dres de familias, escolares, deportistas, todos somos Iglesia y esto es muy importante que en la jerarquÃa lo entendamos bien, y lo enseñe-mos y lo practiquemos, que los sacerdotes y religiosas lo entiendan bien y lo practiquen para dejar que las puertas del campo se abran al remo de Cristo.
Finalmente, el desafÃo que se nos presenta a la Iglesia consiste en enseñar con el ejemplo: testigos de Cristo vivo, en medio de todas las realidades temporales. Para eso, catequizar, administrar sacramentos lograr que la familia recupere su importancia como "Iglesia doméstica".
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