"Tenme piedad, oh Dios, según tu amor, por tu inmensa ternura borra mi delito, lávame a fondo de mi culpa y purifÃcame de mi pecado. Pues mi delito yo lo reconozco, mi pecado sin cesar está ante mÃ; contra tÃ, contra tà sólo he pecado, lo malo ante tus ojos cometÃ... RocÃame con el hisopo, y seré limpio; lávame y quedaré más blanco que la nieve. Devuélveme el gozo y la alegrÃa...; retira tu faz de mis pecados, borra todas mis culpas. Crea en mÃ, oh Dios, un corazón puro, renueva dentro de mà un espÃritu firme, no me rechaces lejos de tu rostro, no retires de mi tu Santo EspÃritu. Devuélveme la alegrÃa de tu salvación y afiánzame en un espÃritu generoso. LÃbrame de la sangre, Dios, Dios de mi salvación y aclamará mi lengua tu justicia. Abre, Señor, mis labios, y mi boca publicará tu alabanza" (Salmo 51, 3-6. 9-14.16s).
¿Con qué palabras más apropiadas podrÃa terminar esta reflexión, sino con las que escribió David, luego de haber cometido adulterio y asesinato y de haber sido reprendido por el profeta Natán, palabras con las que expresó su arrepentimiento y su confianza en la misericordia de Dios?
A todos nos conceda el Señor un corazón puro, a todos nos lave y nos purifique, dejándonos limpios como la nieve.
VALPARAISO, 25 de Marzo de 1994, en la Solemnidad de la Anunciación de la SantÃsima Virgen MarÃa.
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