Cardenal Jorge Medina Estévez, Carta Pastoral de Monseñor Jorge Medina Estévez acerca de la Castidad

10.- Los pecados contra la castidad.

Los pecados contra la castidad, al igual que todo pecado, son al mismo tiempo ofensas contra Dios Creador, contra la dignidad del hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios, y contra la vitalidad espiritual de la Iglesia, que resulta perjudicada por los pecados de sus miembros. La ley de Dios no es una imposición arbitraria y limitante, sino que es la cautela del bien del hombre y de su destino.

Se puede pecar contra la castidad, como con respecto a cualquier otra virtud, de pensamiento, de palabra, de obra o de omisión. Podría agregarse que en esta materia, como también en otras, hay pecados por complicidad y por inducción, es decir cuando alguien ayuda otro a pecar prestándole su colaboración, o lo induce a pecar mediante la provocación, el mal consejo o el mal ejemplo.

No es grato hacer la lista de los diferentes tipos de pecados contra la castidad: es la lista de graves debilidades y deficiencias que desfiguran el rostro de Cristo en sus discípulos. Tampoco para los médicos es grato observar la obra de destrucción que las enfermedades van haciendo en el cuerpo humano, a veces con rasgos repugnantes, pero el conocimiento de las enfermedades en sus expresiones concretas es condición para poder aplicarles la terapia apropiada y obtener su curación. Así también el cristiano necesita saber cuáles son los principales modos como se ofende la castidad, a fin de precaverse y también para prestar ayuda a aquellos hermanos que pudieran estar en peligro de destruir en sí la vida divina y dejar maltrecha la imagen de Dios, dando cabida en sí a la impureza.

A veces algún pecado contra la castidad lo es al mismo tiempo contra otra virtud, como por ejemplo el adulterio, que ofende la castidad y la justicia, o el incesto, que ofende también a la piedad familiar, o las ofensas a la castidad que se cometen con personas consagradas o en lugar sagrado, y que son también pecados contra la religión, el abuso de menores que incluye el escándalo, y así otros.

En forma genérica, los pecados contra la castidad se denominan pecados de lujuria, que es el deseo o acción desordenados de obtener placer sexual, separado de las finalidades propias del sexo que son la unión de las personas y la procreación ejercitadas dentro de legítimo matrimonio. Cuando el deseo de placer sexual se verifica en el matrimonio, y con la moderación y delicadeza que corresponden a quien mira su cuerpo y el del cónyuge como miembros de Cristo y templos del Espíritu Santo, no hay ni desorden ni lujuria, sino actos coherentes con el designio de Dios y con los deberes y derechos mutuos de los casados.

Se llama adulterio la relación sexual con una tercera persona, soltera o casada de quien que está unido en matrimonio. Si ambos están unidos en matrimonio con terceros, el adulterio es doble. El adulterio puede ser ocasional o permanente; este último consiste en la convivencia marital entre dos personas, una de las cuales tiene un vínculo matrimonial con un tercero. Cuando se habla aquí de "vínculo matrimonial", se entiende el que procede de un matrimonio indisoluble. Para la conciencia de un católico la anulación del matrimonio civil, o el divorcio, en nada cambian la condición de casado con su legítimo cónyuge mientras este vive, y por consiguiente la calidad de adulterina de cualquier unión posterior a la separación. Es duro tener que decirlo, pero esa es la verdad en conformidad con el Evangelio. El adulterio es un pecado muy grave.

Se denomina fornicación el acto sexual realizado entre personas solteras, sea ocasionalmente, sea en el marco de una relación estable. Son variantes de la fornicación, la prostitución y el concubinato. Las personas que teniendo intención de contraer matrimonio realizan antes de él actos sexuales, llamados "relaciones pre-matrimoniales" comenten pecado de fornicación. El pecado de fornicación es grave, aunque menor que el de adulterio. A veces hay padres o madres de familia que proporcionan anticonceptivos a sus hijos o hijas "para precaverse de sorpresas", o sea para que pequen "sin riesgo": eso no es educar con sentido cristiano, sino colaborar con lo que está reñido con la moral, lo que complicidad en el pecado.

La violación es el acto sexual que se realiza con una persona que no lo desea, y a quien se doblega mediante la violencia.

Se da el nombre de incesto a la unión sexual entre personas unidas por lazos cercanos de parentesco.

Con el nombre de estupro se llama el abuso sexual de menores, y es sin duda un gravísimo pecado que conduce a veces a la corrupción de quienes son sus víctimas.

Se llama autoerotismo o masturbación el hecho de procurarse físicamente placer sexual a sí mismo.

La pornografía es la publicidad de actos sexuales reales o simulados, exhibiéndolos ante terceras personas, generalmente con fines de lucro.

El pecado de homosexualidad consiste en la realización de actos eróticos entre personas del mismo sexo. Cuando se realizan con menores, la gravedad es mayor, pues puede acarrear su corrupción.

La triste enumeración que precede no es, por desgracia, exhaustiva, pero es suficiente para instruir acerca de los pecados más corrientes contra la castidad. Todo pecado contra la castidad libremente realizado y con conocimiento de su malicia, constituye un acto grave contra la ley de Dios. La persona que peca puede tener atenuada su responsabilidad moral en virtud de diversos factores, pero ninguna atenuante puede hacer que lo que es objetivamente malo y pecaminoso, se convierta en un acto bueno y virtuoso.

En los pecados contra la castidad puede darse, como también en otros pecados, la circunstancia de que hayan llegado a ser habituales y no solo ocasionales. El hábito de pecar constituye una calamidad adicional, ya que, si por una parte puede atenuar la responsabilidad moral, por otra dificulta notablemente abandonar la costumbre de pecar. Así como la virtud facilita y hace estable el bien obrar, así el pecado habitual o vicio estabiliza en el mal obrar y dificulta el retorno a una conducta virtuosa.

Quien se deja llevar por un hábito de pecado experimenta, aunque no lo reconozca mediante un análisis explícito, la voluntad de autojustificarse, y hay muchas maneras de hacerlo. Se dirá que el caso propio es del todo "excepcional" y "único", o que el pecado que se comete "no causa daño a otras personas", o se reconocerá que es algo malo, pero se postergará la enmienda o ruptura, etc.... Y es que el pecado va produciendo una ceguera espiritual que incapacita al hombre para ver las cosas como Dios las ve. El extremo se produce cuando el pecador llega a afirmar que lo que hace "para mí no es pecado", erigiéndose así en árbitro del bien y del mal. Es apropiado recordar la frase de Paul Bourget, al final de una de sus novelas: "Quien no vive conforme a lo que piensa, termina pensando conforme a lo que vive". Ya es una gran cosa cuando al obrar mal, lo reconocemos sin ambages ni justificaciones, como el publicano de la parábola (Lc 18, 13).

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