Ya hemos dicho en qué consiste la castidad; ahora conviene detenernos en algunas de sus expresiones. En todas ellas hay algo en común, pero hay también diferencias.
La castidad juvenil incluye, con frecuencia, la perspectiva del matrimonio. Una de sus caracterÃsticas es la de prepararse para las responsabilidades del estado conyugal con un ejercicio de vencimiento y de purificación del corazón que permita llegar a amar de verdad, por amor a Dios, con una perspectiva espiritual y de vida eterna. Pasado el tiempo de la juventud, cuando ya el matrimonio no está en el horizonte de lo previsible o de lo deseado, la castidad asume el matiz de la solterÃa. Es un estado de vida que llama en forma especial al sentido religioso de la vida, integrando la soledad en el estilo de vida que encamina hacia el Reino. La castidad de quienes han sido llamados a consagrarse a Dios en la virginidad o en el celibato, incluye la renuncia al matrimonio, no porque se lo menosprecie, sino para responder al llamado de Dios para vivir por anticipado la forma de vida que será la propia del Reino de los cielos. La castidad en el matrimonio no excluye el gozo de la intimidad fÃsica entre los cónyuges, pero reclama su purificación, de modo que vaya desapareciendo el egoÃsmo y tenga siempre presente que el matrimonio es una realidad que pasa, mientras la caridad no pasará jamás (1 Cor 13, 8). El uso del matrimonio debe ser tal que se mantenga abierto a la procreación. La castidad de la viudez fue objeto de las enseñanzas de San Pablo (ver 1 Tm 5, 3-16; 1 Cor 7, 39 s). Según el Apóstol, quien ha enviudado puede contraer legÃtimamente nuevas nupcias, pero puede también tomar ocasión de su estado para dedicarse con más asiduidad al servicio del Señor.
Un caso especial de ejercicio de la castidad es el de quienes, habiendo contraÃdo matrimonio, han llegado a la separación. Estas personas se ven en la necesidad cristiana de asumir su soledad, renunciando a una nueva unión, que serÃa objetivamente vivir en adulterio. Mantenerse en una casta soledad es una exigencia de la indisolubilidad del matrimonio y, por tanto, de la ley de Dios. Cualquier persona que se encuentre en esta situación puede tener la certeza de que, si emplea los medios naturales y sobrenaturales que Dios pone a su alcance, le será posible vivir sin ofender a Dios. También a estas personas se aplica lo que dice la Escritura: "fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas; antes bien, con la tentación se os dará modo de poderla resistir con éxito" (1 Cor 10, 13).
Para poder vivir castamente en cualquiera de las formas en que se expresa esta virtud, según los diversos estados y situaciones, es necesario orar, mantener vivo el sentido de la fe, acercarse con frecuencia a los sacramentos de la penitencia y de la EucaristÃa, implorar la ayuda de la SantÃsima Virgen MarÃa, ejercitar el dominio de sà mediante vencimientos voluntarios, vivir en permanente alerta para no ceder al ambiente de permisividad que nos rodea. Es preciso luchar contra Satanás que siempre recurre al engaño y se esfuerza en persuadirnos de que la impureza "no es algo tan grave", que es algo "natural", que la pureza es "imposible de observar", que no puede ser que el "amor" sea pecado, que la continencia sexual es "perjudicial a la salud" y contraria a la naturaleza, que Dios no se fija en "pequeñeces", que "lo importante es amar al prójimo", que hay tanta gente buena y respetable que no vive castamente, etc... Es triste comprobar como no son pocos los cristianos que tienen su juicio moral perturbado en materia de castidad, precisamente sobre la base de estas falacias, las que son consideradas en ciertos ambientes como verdades indiscutibles.
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