La palabra "concupiscencia" pertenece al lenguaje bÃblico. San Pablo nos dice que "el pecado suscitó en mà toda suerte de concupiscencias... Me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, pero advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros" (Rm 7, 8.22s). Es lógico que el Apóstol recomiende a los cristianos que "no reine el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que obedezcáis a sus concupiscencias" (Rm 6, 12). San Pedro nos amonesta a huir "de la corrupción que hay en el mundo por la concupiscencia" (2 Pd 1, 4) y nos advierte del castigo "en el dÃa del Juicio, sobre todo a los que andan tras la carne con concupiscencias impuras" (2Pd 2, 10). Santiago enseña que "cada uno es probado por su propia concupiscencia que le arrastra y le seduce. Después la concupiscencia, cuando ha concebido, da a luz el pecado, y el pecado, una vez consumado, engendra la muerte" (St 1, 14s). El Apóstol San Juan, en el contexto de la acepción negativa que suele emplear en el uso de la palabra "mundo" dice que "todo lo que hay en el mundo -la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas-, no viene del Padre, sino del mundo. El mundo y sus concupiscencias pasan; pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre" (1 Jn 2, 16s). El "mundo" es en este texto toda realidad que está bajo el poder de Satanás y de sus engaños y de el dice San Juan que "el mundo entero yace en poder del Maligno... en tanto que nosotros estamos en el Verdadero, en el Hijo de Dios, Jesucristo" (1Jn 5, 19s). Todos estos textos ilustran la advertencia de Jesús en la parábola del sembrador, cuando señala, como una de las causas por las que la Palabra de Dios no da fruto en algunos, que; "... las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las demás concupiscencias los invaden y ahogan la Palabra" (Mc 4, 19). De ahà que la carta a los Gálatas presente la vida cristiana como una denodada lucha entre el espÃritu y la carne, advirtiéndonos que el espÃritu y la carne tienen apetencias antagónicas irreductibles, de tal manera que los que verdaderamente "son de Cristo Jesús, han crucificado la carne con sus pasiones y concupiscencias" (Gal 5, 16-24). Esta lucha y esfuerzo para dominar las concupiscencias implican constancia y negaciones: "los atletas se privan de todo, y eso para alcanzar una corona perecedera; nosotros en cambio, para lograr una corona incorruptible... golpeo mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que habiendo alertado a los demás, resulte yo mismo descalificado" (1 Cor 9, 25.27). Ciertamente, cuando Jesús dice que "si alguno quiere venir en pos de mi, que se niegue a sà mismo, tome su cruz cada dÃa, y sÃgame" (Lc 9, 23), está incluyendo la lucha contra el desorden interior o concupiscencia, y asà debe haberlo entendido San Pablo cuando habló de "crucificar la carne con sus pasiones y concupiscencias".
La enseñanza de la Sagrada Escritura acerca de la concupiscencia indica que es un desorden, que su origen está en el pecado, que contradice al espÃritu, que no es en sà misma pecado, pero que induce a él, y que hay que sostener contra ella una dura y permanente lucha.
De la lectura de los textos bÃblicos acerca de la concupiscencia, aparece que ella se manifiesta en el apetito sexual, pero no únicamente en ese campo, aunque sea mencionado con frecuencia (ver Jn 2, 16). Hay también un apetito desordenado de poseer bienes materiales, y lo hay también en la búsqueda de honores o de poder. En todos los casos se trata de un bien creado que es intensamente apetecido, y en forma desordenada, al punto que la apetencia ya no es coherente con el papel que ese determinado bien tiene en los designios de Dios, los que coinciden con la dignidad y la santidad del hombre. Puede decirse que los bienes apetecidos en forma desordenada llegan a convertirse en Ãdolos que intentan ocupar el lugar que sólo le corresponde a Dios. Asà como la Verdad es la que establece al hombre en su correcta relación con Dios, asà los Ãdolos son intrÃnsecamente falsos porque nacen de un engaño y falsean la relación con Dios.
Conviene hacer aún un ulterior análisis acerca de la concupiscencia.
Es, ante todo, una apetencia, una inclinación del hombre hacia un objeto que se le presenta como un bien capaz de complacer su deseo. Esta apetencia se produce antes de que la razón alcance a juzgar sobre la rectitud o el desorden del deseo, y puede ser más o menos vehemente. En este sentido se dice que la concupiscencia es "antecedente". Si el juicio de la razón establece que la apetencia es básicamente correcta y que, en consecuencia, la voluntad puede adherir al objeto deseado, el impulso del apetito sigue haciéndose sentir y acompaña el movimiento de la voluntad. Es, pues, "concomitante". Si el juicio de la razón califica el objeto como incorrecto, e indica a la voluntad que debe ser rechazado y ésta de hecho lo rechaza, no por eso desaparece automáticamente la apetencia: sigue inclinando hacia el objeto deseado aún contra el juicio de la razón y el rechazo de la voluntad, lo que exige del hombre una lucha mediante diversas estrategias para dominar la apetencia no deseada ni consentida, pero que no está a su alcance hacer desaparecer por el solo imperio de su rechazo. Es la concupiscencia "subsiguiente".
Todo cristiano debe ser consciente de la fuerza que la concupiscencia lleva en sà y contra la que habrá de luchar hasta el dÃa de su muerte. Es un error pensar que la concupiscencia se aquieta satisfaciéndola en todas sus apetencias: la conducta cristiana frente a ella exige ascesis, lucha, "dominio de sÃ" (Gal 5, 23).
La concupiscencia despierta ante lo que puede ser un objeto de su apetito. No siempre está en nuestras manos evitar la presencia de estÃmulos de nuestras concupiscencias, pero es un deber moral evitar los que pueden serlos. La espiritualidad cristiana habla de la "guarda de los sentidos", es decir de soslayar la presencia o no fijar la atención en de objetos que pueden ser motivo de apetencias más o menos violentas y contrarias a la virtud cristiana, a las que se podrÃa ceder o que al menos pondrÃan en peligro la limpieza del corazón.
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