No es fácil entender el significado profundo de la castidad, sobre todo en un mundo en que se hace poca mención de esta virtud y no se le concede gran aprecio. Para percibir ciertos objetos es preciso crear condiciones favorables, y esto es tanto más necesario cuanto el objeto es más delicado. Para percibir el delicado entorno e identidad de la castidad se requieren algunas condiciones básicas:
a) Creer en Dios, adorarlo como único Señor, tener la convicción profunda que todo debe estar referido a El, y que lo que no se puede referir a El no tiene valor alguno. La castidad, como hemos visto en no pocos textos de la S. Escritura, tiene una profunda dimensión religiosa y no se comprende a cabalidad sino de cara a Dios. Para quien no cree en Dios es posible entender algo de lo que significa la castidad, pero jamás llegará a apreciar plenamente su más profundo sentido y alcance.
b) Creer en la vida eterna, estar firmemente persuadidos de que nuestra existencia terrenal no es sino una etapa, la primera, -provisoria y transitoria- de nuestro ser personal, y que después de ella viene la segunda, definitiva y sin ocaso, cuando alcanzaremos la plenitud de nuestro ser y de nuestro destino.
c) Creer que nuestra vida terrenal sólo tiene sentido cabal en función de la vida eterna. No son dos realidades yuxtapuestas, autónomas la una con respecto a la otra, sino que la primera es camino, instrumento y preparación para la segunda; medio con respecto a un fin.
d) Vivir y pensar con limpieza de corazón, porque quien no vive conforme a lo que piensa, acaba pensando de acuerdo a lo que vive. Es difÃcil que la persona que no vive castamente llegue a tener aprecio por la castidad. Quien vive entregado a la malicia y a la lujuria no está en condiciones de entender lo que es la castidad.
e) Creer que la sexualidad es una obra de Dios, que tiene una finalidad no sólo biológica, sino espiritual, y que su ejercicio debe estar marcado por esa finalidad y jamás independizarse de ella.
f) Tener presente que la naturaleza humana, obra de Dios, está herida por el pecado original. Esto significa que hay en ella un desorden en las apetencias que produce impulsos que tienden a hacerse autónomos y a realizar acciones que no son coherentes con la finalidad de la naturaleza. Consciente de poseer una naturaleza "herida", el hombre puede comprender que su regla de conducta no puede ser la de "dejarse llevar" por sus impulsos, como si fueran siempre buenos, sino que debe vivir alerta, vigilante, ejercitando el señorÃo de su razón, iluminada por la fe, sobre sus apetencias.
g) En toda acción humana el cristiano sabe que interviene la gracia de Dios, esa fuerza misteriosa, y no por ello menos real, que lo impulsa a obrar en conformidad a la voluntad de Dios, sanando el desorden causado por el pecado original y los pecados personales, devolviendo al hombre a la amorosa familiaridad con Dios y rehaciendo en la creatura la imagen y semejanza del Creador. La gracia de Dios ejerce su poder tanto en nuestra inteligencia, a fin de hacernos capaces de juzgar según la sabidurÃa de Dios, como sobre nuestra voluntad, haciéndole posible imponer su decisión sobre las apetencias desordenadas y querer lo que Dios quiere.
Los siete "presupuestos" anteriores no deben concebirse como los eslabones de una cadena, de modo que cada uno derivara del anterior y el precedente pudiera prescindir del que lo sigue, sino que son las facetas de una misma realidad total, aspectos que se condicionan los unos a los otros, y de tal modo que no se puede prescindir de ninguno, so pena de amagar el equilibrio y la armonÃa del conjunto.
Estas consideraciones muestran que la castidad no puede ser comprendida correctamente sino en el conjunto de la vida cristiana. Es una virtud, entre otras: ni es la única virtud, ni se la puede entender aislándola de las demás. El "organismo espiritual" es una delicada trama en la que se ejercitan distintas funciones en forma que cada una estimula a las demás y depende de las otras. SerÃa tan ilusorio pensar que se puede ser cristiano sin apreciar y ejercitar la castidad, como pensar que un discÃpulo de Cristo pudiera contentarse con ser casto, haciendo caso omiso de las demás virtudes. En los tiempos que corren pareciera más frecuente el caso de los que piensan poder ser buenos cristianos sin amar ni practicar la castidad.
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