Como en todos los temas referentes a la vida cristiana, la Sagrada Escritura es fuente importante para el conocimiento de la naturaleza de la castidad. El siguiente número será dedicado a esta fuente. Los Padres y los doctores de la Iglesia han escrito sobre el tema. El magisterio también ha hecho su aporte en diversos documentos, como por ejemplo el Concilio Vaticano II, EncÃclicas y, muy significativamente, en el Catecismo de la Iglesia Católica, donde la materia es tratada en varios lugares y especialmente en los nn. 1809, 2337 a 2365, 2380 a 2391, y 2514 a 2533. Invito cordialmente a leer esos textos tan ricos en doctrina y que constituyen una enseñanza auténtica con vistas al progreso en este aspecto de la vida espiritual. Ya dije que la Liturgia de la Iglesia se hace eco del tema de la castidad, sobre todo en la forma de la virginidad consagrada. La vida de la Iglesia ha sido fecunda en formas y ejemplos eximios de castidad y virginidad, como demuestran figuras tales como las Santas vÃrgenes y mártires Inés y Cecilia, los santos monjes, los santos conversos, como San AgustÃn, los santos viudos como S. Francisco de Borja y Santa Francisca Frémiot de Chantal; San Luis Gonzaga, Santa MarÃa Goretti, mártir de la virginidad, y nuestras dos compatriotas Santa Teresa de Jesús de los Andes y la Bienaventurada Laurita Vicuña, cuya vida contiene datos como para pensar que pudiera estar en el catálogo no sólo de las vÃrgenes sino también de las mártires. Hoy dÃa, como ayer y como siempre, el perfecto discÃpulo de Cristo debe ejercitarse en toda las virtudes, y entre ellas en la castidad según su propio estado.
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