Cardenal Jorge Medina Estévez, Carta Pastoral de Monseñor Jorge Medina Estévez acerca de la Castidad

2.- Destinatarios

Como es natural cuando se trata de un escrito de un pastor de la Iglesia que habla en su calidad de tal, sus primeros destinatarios son los fieles católicos que forman parte de la Iglesia particular cuya atención le ha sido confiada por el Santo Padre el Papa. Me dirijo especialmente a los ministros de la Iglesia, sacerdotes, diáconos y catequistas, a los padres de familia, a los jóvenes y a los medios de comunicación social. Quienes son cristianos pero no católicos, pueden ver en este escrito una expresión de la fe común, basada en las Sagradas Escrituras, aunque no coincidan con nosotros en la valoración del magisterio eclesiástico. Para quienes no comparten la fe cristiana, este escrito puede resultarles de interés para conocer lo que piensa la Iglesia Católica y para valorar sus posiciones, las que a veces son presentadas en forma fragmentaria y parcializada, fuente de equívocos o interpretaciones que se basan en una información insuficiente.

La virtud de la castidad debe interesar a todos los cristianos porque es una actitud que pertenece a la recta formación de quien quiere de veras ser una persona humana según el designio de Dios, y un discípulo de Cristo. No es solamente la virtud de una determinada edad o de un determinado estado, sino de toda la vida y tan necesaria a varones como a mujeres. No obstante tiene una especial relevancia en la juventud, tanto porque en esa edad se hace presente con fuerza el impulso sexual, como porque la adolescencia es la época de la vida humana en que se educa la personalidad para el ejercicio de todas las virtudes, y entre ellas de la castidad.

Por lo dicho, pido a quienes lean este escrito que lo hagan pensando ante todo en sí mismos, tanto para clarificar los conceptos y la valoración moral de los actos, como para abrazar con alegría el camino de la pureza y del necesario vencimiento de las tendencias que no son coherentes con la castidad. Esta mirada sobre nosotros mismos no impide que observemos la realidad que nos rodea y la juzguemos con un discernimiento cristiano y no simplemente con el criterio de comprobaciones estadísticas y curvas de frecuencia. Inmersos en un ambiente, en una cultura, en una sociedad, tenemos la ineludible obligación de confrontar la realidad con la verdad y, a partir de ésta, dar nuestro juicio moral. Comprobar que algo está mal, y decirlo, no es farisaísmo, sino ejercicio de la caridad. Sería farisaísmo señalar con el dedo a los demás, olvidando que nosotros mismos somos frágiles y pecadores. Sería una falta de caridad guardar un silencio complaciente ante lo que está reñido con la moral. El cristiano que se ve en presencia de pecados ajenos no puede dejarse llevar por sentimientos de odio o de desprecio hacia quien peca, sino por una profunda tristeza de ver que la imagen de Dios se desfigura en un ser humano, frustrando los designios de salvación de Dios Creador y Redentor.

La reflexión que propongo tiene la finalidad de entregar materiales para la acción apostólica. Todo cristiano es portador de una misión y es, en cierta medida, responsable de la salvación de sus hermanos. Ahora bien, el camino de la salvación comienza por la iluminación de la inteligencia, la que deber ser "reformada", a fin de que pueda "distinguir cuál es la voluntad de Dios, lo bueno, lo digno de aprobación, lo perfecto" (Rom, 12, 1s). En tiempos de confusión, como los que vivimos, la acción apostólica tiene necesariamente que ejercitarse en forma de clarificación de las ideas y valores, es decir a través de la comunicación de la verdad "que hace libres" (Jn 8,22). No hay que mirar despreocupadamente la confusión de ideas, porque es una de las formas como Satanás ejercita su acción, marcada desde el principio por la mentira, el engaño y la seducción a través de las apariencias (Gn 3,1ss; ver Jn 8, 44). La acción engañadora del Maligno se oculta con frecuencia bajo eufemismos, es decir expresiones en apariencia anodinas y que no provocan rechazo, pero bajo las cuales se ocultan realidades moralmente reprobables. Todos conocemos la ambigüedad de términos como "amiga", "interrupción del embarazo", "pareja", "compañera", "amor", palabras todas que encubren con frecuencia graves pecados. Llamar a las cosas por su nombre y sin dar lugar a equívocos es una de las formas de hacer obra de verdad y, por lo mismo, de auténtica libertad.

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