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S.S. Pío XI, Casti connubii
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Insidias contra la fecundidad

20. Viniendo ahora a tratar, Venerables Hermanos, de cada uno de los aspectos que se oponen a los bienes del matrimonio, hemos de hablar, en primer lugar, de la prole, la cual muchos se atreven a llamar pesada carga del matrimonio, por lo que los cónyuges han de evitarla con toda diligencia, y ello, no ciertamente por medio de una honesta continencia (permitida también en el matrimonio, supuesto el consentimiento de ambos esposos), sino viciando el acto conyugal. Criminal licencia ésta, que algunos se arrogan tan sólo porque, aborreciendo la prole, no pretenden sino satisfacer su voluptuosidad, pero sin ninguna carga; otros, en cambio, alegan como excusa propia el que no pueden, en modo alguno, admitir más hijos a causa de sus propias necesidades, de las de la madre o de las económicas de la familia.

Ning√ļn motivo, sin embargo, aun cuando sea grav√≠simo, puede hacer que lo que va intr√≠nsecamente contra la naturaleza sea honesto y conforme a la misma naturaleza; y estando destinado el acto conyugal, por su misma naturaleza, a la generaci√≥n de los hijos, los que en el ejercicio del mismo lo destituyen adrede de su naturaleza y virtud, obran contra la naturaleza y cometen una acci√≥n torpe e intr√≠nsecamente deshonesta.

Por lo cual no es de admirar que las mismas Sagradas Letras atestig√ľen con cu√°nto aborrecimiento la Divina Majestad ha perseguido este nefasto delito, castig√°ndolo a veces con la pena de muerte, como recuerda San Agust√≠n: Porque il√≠cita e imp√ļdicamente yace, aun con su leg√≠tima mujer, el que evita la concepci√≥n de la prole. Que es lo que hizo On√°n, hijo de Judas, por lo cual Dios le quit√≥ la vida 47 .

Solemne condenación

21. Habi√©ndose, pues, algunos manifiestamente separado de la doctrina cristiana, ense√Īada desde el principio y transmitida en todo tiempo sin interrupci√≥n, y habiendo pretendido p√ļblicamente proclamar otra doctrina, la Iglesia cat√≥lica, a quien el mismo Dios ha confiado la ense√Īanza y defensa de la integridad y honestidad de costumbres, colocada, en medio de esta ruina moral, para conservar inmune de tan ignominiosa mancha la castidad de la uni√≥n nupcial, en se√Īal de su divina legaci√≥n, eleva solemne su voz por Nuestros labios y una vez m√°s promulga que cualquier uso del matrimonio, en el que maliciosamente quede el acto destituido de su propia y natural virtud procreativa, va contra la ley de Dios y contra la ley natural, y los que tal cometen, se hacen culpables de un grave delito.

Por consiguiente, seg√ļn pide Nuestra suprema autoridad y el cuidado de la salvaci√≥n de todas las almas, encargamos a los confesore y a todos los que tienen cura de las mismas que no consientan en los fieles encomendados a su cuidado error alguno acerca de esta grav√≠sima ley de Dios, y mucho m√°s que se conserven -ellos mismos- inmunes de estas falsas opiniones y que no contemporicen en modo alguno con ellas. Y si alg√ļn confesor o pastor de almas, lo que Dios no permite, indujera a los fieles, que le han sido confiados, a estos errores, o al menos les confirmara en los mismos con su aprobaci√≥n o doloso silencio, tenga presente que ha de dar estrecha cuenta al Juez supremo por haber faltado a su deber, y apl√≠quese aquellas palabras de Cristo: Ellos son ciegos que gu√≠an a otros ciegos, y si un ciego gu√≠a a otro ciego, ambos caen en la hoya 48 .

22. Por lo que se refiere a las causas que les mueven a defender el mal uso del matrimonio, frecuentemente suelen aducirse algunas fingidas o exageradas, por no hablar de las que son vergonzosas. Sin embargo, la Iglesia, Madre piadosa, entiende muy bien y se da cuenta perfecta de cuanto suele aducirse sobre la salud y peligro de la vida de la madre. ¬ŅY qui√©n ponderar√° estas cosas sin compadecerse? ¬ŅQui√©n no se admirar√° extraordinariamente al contemplar a una madre entreg√°ndose a una muerte casi segura, con fortaleza heroica, para conservar la vida del fruto de sus entra√Īas? Solamente uno, Dios, inmensamente rico y misericordioso, pagar√° sus sufrimientos, soportados para cumplir, como es debido, el oficio de la naturaleza y le dar√°, ciertamente, medida no s√≥lo colmada, sino superabundante 49 .

Sabe muy bien la santa Iglesia que no raras veces uno de los cónyuges, más que cometer el pecado, lo soporta, al permitir, por una causa muy grave, el trastorno del recto orden que aquél rechaza, y que carece, por lo tanto, de culpa, siempre que tenga en cuenta la ley de la caridad y no se descuide en disuadir y apartar del pecado al otro cónyuge. Ni se puede decir que obren contra el orden de la naturaleza los esposos que hacen uso de su derecho siguiendo la recta razón natural, aunque por ciertas causas naturales, ya de tiempo, ya de otros defectos, no se siga de ello el nacimiento de un nuevo viviente. Hay, pues, tanto en el mismo matrimonio como en el uso del derecho matrimonial, fines secundarios -verbigracia, el auxilio mutuo, el fomento del amor recíproco y la sedación de la concupiscencia-, cuya consecución en manera alguna está vedada a los esposos, siempre que quede a salvo la naturaleza intrínseca del acto y, por ende, su subordinación al fin primario.

También nos llenan de amarga pena los gemidos de aquellos esposos que, oprimidos por dura pobreza, encuentran gravísima dificultad para procurar el alimento de sus hijos.

Pero se ha de evitar en absoluto que las deplorables condiciones de orden econ√≥mico den ocasi√≥n a un error mucho m√°s funesto todav√≠a. Ninguna dificultad puede presentarse que valga para derogar la obligaci√≥n impuesta por los mandamientos de Dios, los cuales prohiben todas las acciones que son malas por su √≠ntima naturaleza; cualesquiera que sean las circunstancias, pueden siempre los esposos, robustecidos por la gracia divina, desempe√Īar sus deberes con fidelidad y conservar la castidad limpia de mancha tan vergonzosa, pues est√° firme la verdad de la doctrina cristiana, expresada por el magisterio del Concilio Tridentino: Nadie debe emplear aquella frase temeraria y por los Padres anatematizada de que los preceptos de Dios son imposibles de cumplir al hombre redimido. Dios no manda imposibles, sino que con sus preceptos te amonesta a que hagas cuanto puedas y pidas lo que no puedas, y El te dar√° su ayuda para que puedas 50 . La misma doctrina ha sido solemnemente reiterada y confirmada por la Iglesia al condenar la herej√≠a jansenista, que contra la bondad de Dios os√≥ blasfemar de esta manera: Hay algunos preceptos de Dios que los hombres justos, aun queriendo y poniendo empe√Īo, no los pueden cumplir, atendidas las fuerzas de que actualmente disponen: f√°ltales asimismo la gracia con cuyo medio lo puedan hacer 51 .

"Indicaciones terapéuticas"

23. Todav√≠a hay que recordar, Venerables Hermanos, otro crimen grav√≠simo con el que se atenta contra la vida de la prole cuando aun est√° encerrada en el seno materno. Unos consideran esto como cosa l√≠cita que se deja al libre arbitrio del padre o de la madre; otros, por lo contrario, lo tachan de il√≠cito, a no ser que intervengan causas grav√≠simas que distinguen con el nombre de indicaci√≥n m√©dica, social, eugen√©sica. Todos ellos, por lo que se refiere a las leyes penales de la rep√ļblica con las que se prohibe ocasionar la muerte de la prole ya concebida y a√ļn no dada a luz, piden que las leyes p√ļblicas reconozcan y declaren libre de toda pena la indicaci√≥n que cada uno defiende a su modo, no faltando todav√≠a quienes pretenden que los magistrados p√ļblicos ofrezcan su concurso para tales operaciones destructoras; lo cual, triste es confesarlo, se verifica en algunas partes, como todos saben, frecuent√≠simamente.

Por lo que ata√Īe a la indicaci√≥n m√©dica y terap√©utica, para emplear sus palabras, ya hemos dicho, Venerables Hermanos, cu√°nto Nos mueve a compasi√≥n el estado de la madre a quien amenaza, por raz√≥n del oficio natural, el peligro de perder la salud y aun la vida; pero ¬Ņqu√© causa podr√° excusar jam√°s de alguna manera la muerte directamente procurada del inocente? Porque, en realidad, no de otra cosa se trata.

Ya se cause tal muerte a la madre, ya a la prole, siempre ser√° contra el precepto de Dios y la voz de la naturaleza, que clama: No matar√°s 52 . Es, en efecto, igualmente sagrada la vida de ambos y nunca tendr√° poder ni siquiera la autoridad p√ļblica, para destruirla. Tal poder contra la vida de los inocentes neciamente se quiere deducir del derecho de vida o muerte, que solamente puede ejercerse contra los delincuentes; ni puede aqu√≠ invocarse el derecho de la defensa cruenta contra el injusto agresor (¬Ņqui√©n, en efecto, llamar√° injusto agresor a un ni√Īo inocente?); ni existe el caso del llamado derecho de extrema necesidad, por el cual se puede llegar hasta procurar directamente la muerte del inocente. Son, pues, muy de alabar aquellos honrados y expertos m√©dicos que trabajan por defender y conservar la vida, tanto de la madre como de la prole; mientras que, por lo contrario, se mostrar√≠an indignos del ilustre nombre y del honor de m√©dicos quienes procurasen la muerte de una o de la otra, so pretexto de medicinar o movidos por una falsa misericordia.

Lo cual verdaderamente est√° en armon√≠a con las palabras severas del Obispo de Hipona, cuando reprende a los c√≥nyuges depravados que intentan frustrar la descendencia y, al no obtenerlo, no temen destruirla perversamente: Alguna vez -dice- llega a tal punto la crueldad lasciva o la lascivia cruel, que procura tambi√©n venenos de esterilidad, y si a√ļn no logra su intento, mata y destruye en las entra√Īas el feto concebido, queriendo que perezca la prole antes que viva; o, si en el viento ya viv√≠a, m√°tala antes que nazca. En modo alguno son c√≥nyuges si ambos proceden as√≠, y si fueron as√≠ desde el principio no se unieron por el lazo conyugal, sino por estupro; y si los dos no son as√≠, me atrevo a decir: o ella es en cierto modo meretriz del marido, o √©l ad√ļltero de la mujer 53 .

Lo que se suele aducir en favor de la indicación social y eugenésica se debe y se puede tener en cuenta siendo los medios lícitos y honestos, y dentro de los límites debidos; pero es indecoroso querer proveer a la necesidad, en que ello se apoya, dando muerte a los inocentes, y es contrario al precepto divino, promulgado también por el Apóstol: No hemos de hacer males para que vengan bienes 54 .

Finalmente, no es l√≠cito que los que gobiernan los pueblos y promulgan las leyes echen en olvido que es obligaci√≥n de la autoridad p√ļblica defender la vida de los inocentes con leyes y penas adecuadas; y esto, tanto m√°s cuanto menos pueden defenderse aquellos cuya vida se ve atacada y est√° en peligro, entre los cuales, sin duda alguna, tienen el primer lugar los ni√Īos todav√≠a encerrados en el seno materno. Y si los gobernantes no s√≥lo no defienden a esos ni√Īos, sino que con sus leyes y ordenanzas les abandonan, o prefieren entregarlos en manos de m√©dicos o de otras personas para que los maten, recuerden que Dios es juez y vengador de la sangre inocente, que desde la tierra clama al cielo 55 .

24. Por √ļltimo, ha de reprobarse una pr√°ctica perniciosa que, si directamente se relaciona con el derecho natural del hombre a contraer matrimonio, tambi√©n se refiere, por cierta raz√≥n verdadera, al mismo bien de la prole. Hay algunos, en efecto, que, demasiado sol√≠citos de los fines eugen√©sicos, no se contentan con dar ciertos consejos saludables para mirar con m√°s seguridad por la salud y vigor de la prole -lo cual, desde luego, no es contrario a la recta raz√≥n-, sino que anteponen el fin eugen√©sico a todo otro fin, aun de orden m√°s elevado, y quisieran que se prohibiese por la p√ļblica autoridad contraer matrimonio a todos los que, seg√ļn las normas y conjeturas de su ciencia, juzgan que hab√≠an de engendrar hijos defectuosos por raz√≥n de la transmisi√≥n hereditaria, aun cuando sean de suyo aptos para contraer matrimonio. M√°s a√ļn; quieren privarlos por la ley, hasta contra su voluntad, de esa facultad natural que poseen, mediante intervenci√≥n m√©dica, y esto no para solicitar de la p√ļblica autoridad una pena cruenta por delito cometido o para precaver futuros cr√≠menes de reos, sino contra todo derecho y licitud, atribuyendo a los gobernantes civiles una facultad que nunca tuvieron ni pueden leg√≠timamente tener.

Cuantos obran de este modo, perversamente se olvidan de que es m√°s santa la familia que el Estado, y de que los hombres se engendran principalmente no para la tierra y el tiempo, sino para el cielo y la eternidad. Y de ninguna manera se puede permitir que a hombres de suyo capaces de matrimonio se les considere gravemente culpables si lo contraen, porque se conjetura que, aun empleando el mayor cuidado y diligencia, no han de engendrar m√°s que hijos defectuosos; aunque de ordinario se debe aconsejarles que no lo contraigan.

Adem√°s de que los gobernantes no tienen potestad alguna directa en los miembros de sus s√ļbditos; as√≠, pues, jam√°s pueden da√Īar ni aun tocar directamente la integridad corporal donde no medie culpa alguna o causa de pena cruenta, y esto ni por causas eugen√©sicas ni por otras causas cualesquiera. Lo mismo ense√Īa Santo Tom√°s de Aquino cuando, al inquirir si los jueces humanos, para precaver males futuros, pueden castigar con penas a los hombres, lo concede en orden a ciertos males; pero, con justicia y raz√≥n lo niega e la lesi√≥n corporal: Jam√°s -dice-, seg√ļn el juicio humano, se debe castigar a nadie sin culpa con la pena de azote, para privarle de la vida, mutilarle o maltratarle 56 .

Por lo demás, establece la doctrina cristiana, y consta con toda certeza por la luz natural de la razón, que los mismos hombres, privados, no tienen otro dominio en los miembros de su cuerpo sino el que pertenece a sus fines naturales, y no pueden, consiguientemente, destruirlos, mutilarlos o, por cualquier otro medio, inutilizarlos para dichas naturales funciones, a no ser cuando no se pueda proveer de otra manera al bien de todo el cuerpo.


47

S. Aug. De coniug. adult. 2, 12; cf. Gen. 38, 8-10; S. Poenitent. 3 april, 3. iun. 1916.

48

Mat. 15, 14; Decr. S Off., 22 nov. 1922.

49

Luc. 6, 38.

50

Conc. Trid. sess. 6, cap. 11.

51

Const. ap. Cum occasione 31 maii 1653, prop. 1.

52

Ex. 20, 13; cf. Decr. S. Off., 4 maii 1898, 24 iul. 1895, 31 maii 1884.

53

S. Aug. De nupt. et concup. cap. 15.

54

Cf. Rom. 3, 8.

55

Cf. Gen. 4, 10.

56

2. 2ae. 108, 4, ad 2.
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