10. Sabemos bien que la celebración de la EucaristÃa ha estado vinculada, desde tiempos muy antiguos, no sólo a la oración, sino también a la lectura de la Sagrada Escritura, y al canto de toda la asamblea. Gracias a esto ha sido posible, desde hace mucho tiempo, relacionar con la Misa el parangón hecho por los Padres con las dos mesas, sobre las cuales la Iglesia prepara para sus hijos la Palabra de Dios y la EucaristÃa, es decir, el Pan del Señor. Debemos pues volver a la primera parte del Sagrado Misterio que, con frecuencia, en el presente se le llama Liturgia de la Palabra, y dedicarle un poco de atención.
La lectura de los fragmentos de la Sagrada Escritura, escogidos para cada dÃa, ha sido sometida por el Concilio a criterios y exigencias nuevas 54 . Como consecuencia de tales normas conciliares se ha hecho una nueva selección de lecturas, en las que se ha aplicado, en cierta medida, el principio de la continuidad de los textos, y también el principio de hacer accesible el conjunto de los Libros Sagrados. La introducción de los salmos con los responsorios en la liturgia familiariza a los participantes con los más bellos recursos de la oración y de la poesÃa del Antiguo Testamento. Además el hecho de que los relativos textos sean leÃdos y cantados en la propia lengua, hace que todos puedan participar y comprenderlos más plenamente. No faltan, sin embargo, quienes, educados todavÃa según la antigua liturgia en latÃn, sienten la falta de esta "lengua única", que ha sido en todo el mundo una expresión de la unidad de la Iglesia y que con su dignidad ha suscitado un profundo sentido del Misterio EucarÃstico. Hay que demostrar pues no solamente comprensión, sino también pleno respeto hacia estos sentimientos y deseos y, en cuanto sea posible, secundarlos, como está previsto además en las nuevas disposiciones 55 . La Iglesia romana tiene especiales deberes, con el latÃn, espléndida lengua de la antigua Roma, y debe manifestarlo siempre que se presente ocasión.
De hecho las posibilidades creadas actualmente por la renovación posconciliar son a menudo utilizadas de manera que nos hacen testigos y partÃcipes de la auténtica celebración de la Palabra de Dios. Aumenta también el número de personas que toman parte activa en esta celebración. Surgen grupos de lectores y de cantores, más aún, de "scholae cantorum", masculinas o femeninas, que con gran celo se dedican a ello. La Palabra de Dios, la Sagrada Escritura, comienza a pulsar con nueva vida en muchas comunidades cristianas. Los fieles, reunidos para la Liturgia, se preparan con el canto para escuchar el Evangelio, que es anunciado con la debida devoción y amor.
Constatando todo esto con gran estima y agradecimiento, no puede sin embargo olvidarse que una plena renovación tiene otras exigencias. Estas consisten en una nueva responsabilidad ante la Palabra de Dios transmitida mediante la liturgia, en diversas lenguas, y esto corresponde ciertamente al carácter universal y a las finalidades del Evangelio. La misma responsabilidad atañe también a la ejecución de las relativas acciones litúrgicas, la lectura o el canto, lo cual debe responder también a los principios del arte. Para preservar estas acciones de cualquier artificio, conviene expresar en ellas una capacidad, una sencillez y al mismo tiempo una dignidad tales, que haga resplandecer, desde el mismo modo de leer o de cantar, el carácter peculiar del texto sagrado.
Por tanto, estas exigencias, que brotan de la nueva responsabilidad ante la Palabra de Dios en la liturgia 56 , llegan todavÃa más a lo hondo y afectan a la disposición interior con la que los ministros de la Palabra cumplen su función en la asamblea litúrgica 57 . La misma responsabilidad se refiere finalmente a la selección de los textos. Esa selección ha sido ya hecha por la competente autoridad eclesiástica, que ha previsto incluso los casos, en que se pueden escoger lecturas más adecuadas a una situación especial 58 . Además, conviene siempre recordar que en el conjunto de los textos de las Lecturas de la Misa puede entrar sólo la Palabra de Dios. La lectura de la Escritura no puede ser sustituida por la lectura de otros textos, aun cuando tuvieran indudables valores religiosos y morales. Tales textos en cambio podrán utilizarse, con gran provecho, en las homilÃas. Efectivamente, la homilÃa es especialmente idónea para la utilización de esos textos, con tal de que respondan a las requeridas condiciones de contenido, por cuanto es propio de la homilÃa, entre otras cosas, demostrar la convergencia entre la sabidurÃa divina revelada y el noble pensamiento humano, que por distintos caminos busca la verdad.
11. La segunda mesa del misterio eucarÃstico, es decir, la mesa del Pan del Señor, exige también una adecuada reflexión desde el punto de vista de la renovación litúrgica actual. Es éste un problema de grandÃsima importancia, tratándose de un acto particular de fe viva, más aún, como se atestigua desde los primeros siglos 59 , de una manifestación de culto a Cristo, que en la comunión eucarÃstica se entrega a sà mismo a cada uno de nosotros, a nuestro corazón, a nuestra conciencia, a nuestros labios y a nuestra boca, en forma de alimento. Y por esto, en relación con ese problema, es particularmente necesaria la vigilancia de la que habla el Evangelio, tanto por parte de los Pastores responsables del culto eucarÃstico, como por parte del Pueblo de Dios, cuyo "sentido de la fe" 60 debe ser precisamente en esto muy consciente y agudo.
Por esto, deseo confiar también este problema al corazón de cada uno de vosotros, venerados y queridos Hermanos en el Episcopado. Vosotros debéis sobre todo inserirlo en vuestra solicitud por todas las Iglesias, confiadas a vosotros. Os lo pido en nombre de la unidad que hemos recibido en herencia de los Apóstoles: la unidad colegial. Esta unidad ha nacido, en cierto sentido, en la mesa del Pan del Señor, el Jueves Santo. Con la ayuda de vuestros Hermanos en el sacerdocio, haced todo lo que podáis, para garantizar la dignidad sagrada del ministerio eucarÃstico y el profundo espÃritu de la comunión eucarÃstica, que es un bien peculiar de la Iglesia como Pueblo de Dios, y al mismo tiempo la herencia especial transmitida a nosotros por los Apóstoles, por diversas tradiciones litúrgicas y por tantas generaciones de fieles, a menudo testigos heroicos de Cristo, educados en la "escuela de la Cruz" (Redención) y de la EucaristÃa.
Conviene pues recordar que la EucaristÃa, como mesa del Pan del Señor, es una continua invitación, como se desprende de la alusión litúrgica del celebrante en el momento del "Este es el Cordero de Dios. Dichosos los llamados a la cena del Señor" 61 y de la conocida parábola del Evangelio sobre los invitados al banquete de bodas 62 . Recordemos que en esta parábola hay muchos que se excusan de aceptar la invitación por distintas circunstancias. Ciertamente también en nuestras comunidades católicas no faltan aquellos que podrÃan participar en la Comunión eucarÃstica, y no participan, aun no teniendo en su conciencia impedimento de pecado grave. Esa actitud, que en algunos va unida a una exagerada severidad, se ha cambiado, a decir verdad, en nuestro tiempo, aunque en algunos sitios se nota aún. En realidad, más frecuente que el sentido de indignidad, se nota una cierta falta de disponibilidad interior -si puede llamarse asÃ-, falta de "hambre" y de "sed" eucarÃstica, detrás de la que se esconde también la falta de una adecuada sensibilidad y comprensión de la naturaleza del gran Sacramento del amor.
Sin embargo, en estos últimos años, asistimos también a otro fenómeno. Algunas veces, incluso en casos muy numerosos, todos los participantes en la asamblea eucarÃstica se acercan a la comunión, pero entonces, como confirman pastores expertos, no ha habido la debida preocupación por acercarse al sacramento de la Penitencia para purificar la propia conciencia. Esto naturalmente puede significar que los que se acercan a la Mesa del Señor no encuentren, en su conciencia y según la ley objetiva de Dios, nada que impida aquel sublime y gozoso acto de su unión sacramental con Cristo. Pero puede también esconderse aquÃ, al menos alguna vez, otra convicción: es decir el considerar la Misa sólo como un banquete 63 , en el que se participa recibiendo el Cuerpo de Cristo, para manifestar sobre todo la comunión fraterna. A estos motivos se pueden añadir fácilmente una cierta consideración humana y un simple "conformismo".
Este fenómeno exige, por parte nuestra, una vigilante atención y un análisis teológico y pastoral, guiado por el sentido de una máxima responsabilidad. No podemos permitir que en la vida de nuestras comunidades se disipe aquel bien que es la sensibilidad de la conciencia cristiana, guiada únicamente por el respeto a Cristo que, recibido en la EucaristÃa, debe encontrar en el corazón de cada uno de nosotros una digna morada. Este problema está estrechamente relacionado no sólo con la práctica del Sacramento de la Penitencia, sino también con el recto sentido de responsabilidad de cara al depósito de toda la doctrina moral y de cara a la distinción precisa entre bien y mal, la cual viene a ser a continuación, para cada uno de los participantes en la EucaristÃa, base de correcto juicio de sà mismos en la intimidad de la propia conciencia. Son bien conocidas las palabras de San Pablo: "ExamÃnese, pues, el hombre a sà mismo" 64 ; ese juicio es condición indispensable para una decisión personal, a fin de acercarse a la comunión eucarÃstica o bien abstenerse.
La celebración de la EucaristÃa nos sitúa ante muchas otras exigencias, por lo que respecta al ministerio de la Mesa eucarÃstica, que se refieren, en parte, tanto a los solos sacerdotes y diáconos, como a todos los que participan en la liturgia eucarÃstica. A los sacerdotes y a los diáconos es necesario recordar que el servicio de la mesa del Pan del Señor les impone obligaciones especiales, que se refieren, en primer lugar, al mismo Cristo presente en la EucaristÃa y luego a todos los actuales y posibles participantes en la EucaristÃa. Respecto al primero, no será quizás superfluo recordar las palabras del Pontifical que, en el dÃa de la ordenación, el Obispo dirige al nuevo sacerdote, mientras le entrega en la patena y en el cáliz el pan y el vino ofrecidos por los fieles y preparados por el diácono: "Accipe oblationem plebis sanctae Deo offerendam. Agnosce quod ages, imitare quod tractabis, et vitam tuam mysterio dominicae crucis conforma" 65 . Esta última amonestación hecha a él por el Obispo debe quedar como una de las normas más apreciadas en su ministerio eucarÃstico.
En ella debe inspirarse el sacerdote en su modo de tratar el Pan y el Vino, convertidos en Cuerpo y Sangre del Redentor. Conviene pues que todos nosotros, que somos ministros de la EucaristÃa, examinemos con atención nuestras acciones ante el altar, en especial el modo con que tratamos aquel Alimento y aquella Bebida, que son el Cuerpo y la Sangre de nuestro Dios y Señor en nuestras manos; cómo distribuimos la Santa Comunión; cómo hacemos la purificación.
Todas estas acciones tienen su significado. Conviene naturalmente evitar la escrupulosidad, pero Dios nos guarde de un comportamiento sin respeto, de una prisa inoportuna, de una impaciencia escandalosa. Nuestro honor más grande consiste -además del empeño en la misión evangelizadora- en ejercer ese misterioso poder sobre el Cuerpo del Redentor, y en nosotros todo debe estar claramente ordenado a esto. Debemos, además, recordar siempre que hemos sido sacramentalmente consagrados para ese poder, que hemos sido escogidos entre los hombres y "en favor de los hombres" 66 . Debemos reflexionar sobre ello especialmente nosotros sacerdotes de la Iglesia Romana latina, cuyo rito de ordenación añade, en el curso de los siglos, el uso de ungir las manos del sacerdote.
En algunos PaÃses se ha introducido el uso de la comunicación en la mano. Esta práctica ha sido solicitada por algunas Conferencias Episcopales y ha obtenido la aprobación de la Sede Apostólica. Sin embargo, llegan voces sobre casos de faltas deplorables de respeto a las Especies eucarÃsticas, faltas que gravan no sólo sobre las personas culpables de tal comportamiento, sino también sobre los Pastores de la Iglesia, que hayan sido menos vigilantes sobre el comportamiento de los fieles hacia la EucaristÃa. Sucede también que, a veces, no se tiene en cuenta la libre opción y voluntad de los que, incluso donde ha sido autorizada la distribución de la comunión en la mano, prefieren atenerse al uso de recibirla en la boca. Es difÃcil pues en el contexto de esta Carta, no aludir a los dolorosos fenómenos antes mencionados. Escribiendo esto no quiero de ninguna manera referirme a las personas que, recibiendo al Señor Jesús en la mano, lo hacen con espÃritu de profunda reverencia y devoción, en los PaÃses donde esta praxis ha sido autorizada.
Conviene sin embargo no olvidar el deber primordial de los sacerdotes, que han sido consagrados en su ordenación para representar a Cristo Sacerdote: por eso sus manos, como su palabra y su voluntad, se han hecho instrumento directo de Cristo. Por eso, es decir, como ministros de la sagrada EucaristÃa, éstos tienen sobre las sagradas Especies una responsabilidad primaria, porque es total: ofrecen el pan y el vino, los consagran, y luego distribuyen las sagradas Especies a los participantes en la Asamblea. Los diáconos pueden solamente llevar al altar las ofrendas de los fieles y, una vez consagradas por el sacerdote, distribuirlas. Por eso cuán elocuente, aunque no sea primitivo, es en nuestra ordenación latina el rito de la unción de las manos, como si precisamente a estas manos fuera necesaria una especial gracia y fuerza del EspÃritu Santo.
El tocar las sagradas Especies, su distribución con las propias manos es un privilegio de los ordenados, que indica una participación activa en el ministerio de la EucaristÃa. Es obvio que la Iglesia puede conceder esa facultad a personas que no son ni sacerdotes ni diáconos, como son tanto los acólitos, en preparación para sus futuras ordenaciones, como otros laicos, que la han recibido por una justa necesidad, pero siempre después de una adecuada preparación.
12. No podemos, ni siquiera por un instante, olvidar que la EucaristÃa es un bien peculiar de toda la Iglesia. Es el don más grande que, en el orden de la gracia y del sacramento, el divino Esposo ha ofrecido y ofrece sin cesar a su Esposa. Y, precisamente porque se trata de tal don, todos debemos, con espÃritu de fe profunda, dejarnos guiar por el sentido de una responsabilidad verdaderamente cristiana. Un don nos obliga tanto más profundamente porque nos habla, no con la fuerza de un rÃgido derecho, sino con la fuerza de la confianza personal, y asà -sin obligaciones legales- exige correspondencia y gratitud. La EucaristÃa es verdaderamente tal don, es tal bien. Debemos permanecer fieles en los pormenores a lo que ella expresa en sà y a lo que nos pide, o sea la acción de gracias.
La EucaristÃa es un bien común de toda la Iglesia, como sacramento de su unidad. Y, por consiguiente, la Iglesia tiene el riguroso deber de precisar todo lo que concierne a la participación y celebración de la misma. Debemos, por lo tanto, actuar según los principios establecidos por el último Concilio que, en la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, ha definido las autorizaciones y obligaciones, sea de los respectivos Obispos en sus diócesis, sea de las Conferencias Episcopales, dado que unos y otras actúan unidos colegialmente con la Sede Apostólica.
Además debemos seguir las instrucciones emanadas en este campo de los diversos Dicasterios: sea en materia litúrgica, en las normas establecidas por los libros litúrgicos, en lo concerniente al misterio eucarÃstico, y en las Instrucciones dedicadas al mismo misterio 67 , sea en lo que tiene relación con la "communicatio in sacris", en las normas del "Directorium de re oecumenica" 68 y en la "Instructio de peculiaribus casibus admittendi alios christianos ad communionem eucharisticam in Ecclesia catholica" 69 . Y aunque, en esta etapa de renovación, se ha admitido la posibilidad de una cierta autonomÃa "creativa", sin embargo ella misma debe respetar estrictamente las exigencias de la unidad substancial. Por el camino de este pluralismo (que brota ya entre otras cosas por la introducción de las distintas lenguas en la liturgia) podemos proseguir únicamente hasta allà donde no se hayan cancelado las caracterÃsticas esenciales de la celebración de la EucaristÃa y se hayan respetado las normas prescriptas por la reciente reforma litúrgica.
Hay que realizar en todas partes un esfuerzo indispensable, para que dentro del pluralismo del culto eucarÃstico, programado por el Concilio Vaticano II, se manifieste la unidad de la que la EucaristÃa es signo y causa. Esta tarea sobre la cual, obligada por las circunstancias, debe vigilar la Sede Apostólica, deberÃa ser asumida no sólo por cada una de las Conferencias Episcopales, sino también, por cada ministro de la EucaristÃ, sin excepción. Cada uno debe además recordar que es responsable del bien común de la Iglesia entera. El sacerdote como ministro, como celebrante, como quien preside la asamblea eucarÃstica de los fieles, debe poseer un particular sentido del bien común de la Iglesia, que él mismo representa mediante su ministerio, pero al que debe también subordinarse, según una recta disciplina de la fe. El no puede considerarse como "propietario", que libremente dispone del texto litúrgico y del sagrado rito como de un bien propio, de manera que pueda darle un estilo personal y arbitrario. Esto puede a veces parecer de mayor efecto, puede también corresponder mayormente a una piedad subjetiva; sin embargo, objetivamente, es siempre una traición a aquella unión que, de modo especial, debe encontrar la propia expresión en el sacramento de la unidad.
Todo sacerdote, cuando ofrece el Santo Sacrificio, debe recordar que, durante este Sacrificio, no es únicamente él con su comunidad quien ora, sino que ora la Iglesia entera, expresando asÃ, también con el uso del texto litúrgico aprobado, su unidad espiritual en este sacramento. Si alguien quisiera tachar de "uniformidad" tal postura, esto comprobarÃa sólo la ignorancia de las exigencias objetivas de la auténtica unidad y serÃa un sÃntoma de dañoso individualismo.
Esta subordinación del ministro, del celebrante, al "Mysterium", que le ha sido confiado por la Iglesia para el bien de todo el Pueblo de Dios, debe encontrar también su expresión en la observancia de las exigencias litúrgicas relativas a la celebración del Santo Sacrificio. Estas exigencias se refieren, por ejemplo, al hábito y, particularmente, a los ornamentos que reviste el celebrante. Es obvio que hayan existido y existan circunstancias en las que las prescripciones no obligan. Hemos leÃdo con conmoción, en libros escritos por sacerdotes ex-prisioneros en campos de exterminio, relatos de celebraciones eucarÃsticas sin observar las mencionadas normas, o sea sin altar y sin ornamentos. Pero si en tales circunstancias esto era prueba de heroÃsmo y debÃa suscitar profunda estima, sin embargo en condiciones normales, omitir las prescripciones litúrgicas puede ser interpretado como una falta de respeto hacia la EucaristÃa, dictada tal vez por individualismo o por un defecto de sentido crÃtico sobre las opiniones corrientes, o bien por una cierta falta de espÃritu de fe.
Sobre todos nosotros, que somos, por gracia de Dios, ministros de la EucaristÃa, pesa de modo particular la responsabilidad por las ideas y actitudes de nuestros hermanos y hermanas, encomendados a nuestra cura pastoral. Nuestra vocación es la de suscitar, sobre todo con el ejemplo personal, toda sana manifestación de culto hacia Cristo presente y operante en el Sacramento del amor. Dios nos preserve de obrar diversamente, de debilitar aquel culto, desacostumbrándonos de varias manifestaciones y formas de culto eucarÃstico, en las que se expresa una tal vez tradicional pero sana piedad, y sobre todo aquel "sentido de la fe", que el Pueblo de Dios entero posee, como ha recordado el Concilio Vaticano II 70 .
Llegando ya al término de mis reflexiones, quiero pedir perdón -en mi nombre y en el de todos vosotros, venerados y queridos Hermanos en el Episcopado- por todo lo que, por el motivo que sea y por cualquiera debilidad humana, impaciencia, negligencia, en virtud también de la aplicación a veces parcial, unilateral y errónea de las normas del Concilio Vaticano II, pueda haber causado escándalo y malestar acerca de la interpretación de la doctrina y la veneración debida a este gran Sacramento. Y pido al Señor Jesús para que en el futuro se evite, en nuestro modo de tratar este sagrado Misterio, lo que puede, de alguna manera, debilitar o desorientar el sentido de reverencia y amor en nuestros fieles.
Que el mismo Cristo nos ayude a continuar por el camino de la verdadera renovación hacia aquella plenitud de vida y culto eucarÃstico, a través del cual se construye la Iglesia en esa unidad que ella misma ya posee y que desea poder realizar aún más para gloria del Dios vivo y para la salvación de todos los hombres.
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