8. La celebración de la EucaristÃa, comenzando por el cenáculo y por el Jueves Santo, tiene una larga historia propia, larga cuanto la historia de la Iglesia. En el curso de esta historia los elementos secundarios han sufrido ciertos cambios; no obstante, ha permanecido inmutada la esencia del "Mysterium", instituido por el Redentor del mundo, durante la última cena. También el Concilio Vaticano II ha aportado algunas modificaciones, en virtud de las cuales la liturgia actual de la Misa se diferencia en cierto sentido de la conocida antes del Concilio. No pensamos hablar de estas diferencias; por ahora conviene que nos detengamos en lo que es esencial e inmutable en la liturgia eucarÃstica.
Y con este elemento está estrechamente vinculado el carácter de "sacrum" de la EucaristÃa, esto es, de acción santa y sagrada. Santa y sagrada, porque en ella está continuamente presente y actúa Cristo, "el Santo" de Dios 36 , "ungido por el EspÃritu Santo" 37 , "consagrado por el Padre" 38 , para dar libremente y recobrar su vida 39 , "Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza" 40 . Es El, en efecto, quien, representado por el celebrante, hace su ingreso en el santuario y anuncia su evangelio. Es El "el oferente y el ofrecido, el consagrante y el consagrado" 41 . Acción santa y sagrada, porque es constitutiva de las especies sagradas, del "Sancta sanctis", es decir, de las "cosas santas -Cristo el Santo- dadas a los santos", como cantan todas las liturgias de Oriente en el momento en que se alza el pan eucarÃstico para invitar a los fieles a la Cena del Señor.
El "Sacrum" de la Misa no es por tanto una "sacralización", es decir, una añadidura del hombre a la acción de Cristo en el cenáculo, ya que la Cena del Jueves Santo fue un rito sagrado, liturgia primaria y constitutiva, con la que Cristo, comprometiéndose a dar la vida por nosotros, celebró sacramentalmente, El mismo, el misterio de su Pasión y Resurrección, corazón de toda Misa. Derivando de esta liturgia, nuestras Misas revisten de por sà una forma litúrgica completa, que, no obstante esté diversificada según las familias rituales, permanece sustancialmente idéntica. El "Sacrum" de la Misa es una sacralidad instituida por Cristo. Las palabras y la acción de todo sacerdote, a las que corresponde la participación consciente y activa de toda la asamblea eucarÃstica, hacen eco a las del Jueces Santo.
El sacerdote ofrece el Santo Sacrificio "in persona Christi", lo cual quiere decir más que "en nombre", o también "en vez" de Cristo. "In persona": es decir, en la identificación especÃfica, sacramental con el "Sumo y Eterno Sacerdote" 42 , que es el Autor y el Sujeto principal de este su propio Sacrificio, en el que, en verdad, no puede ser sustituido por nadie. Solamente El, solamente Cristo, podÃa y puede ser siempre verdadera y efectiva "propitiatio pro peccatis nostris... sed etiam totius mundi" 43 . Solamente su sacrificio, y ningún otro, podÃa y puede tener "fuerza propiciatoria" ante Dios, ante la Trinidad, ante su trascendental santidad. La toma de conciencia de esta realidad arroja una cierta luz sobre el carácter y sobre el significado del sacerdote-celebrante que, llevando a efecto el Santo Sacrificio y obrando "in persona Christi", es introducido e inserido, de modo sacramental (y al mismo tiempo inefable), en este estrictÃsimo "Sacrum", en el que a su vez asocia espiritualmente a todos los participantes en la asamblea eucarÃstica.
Ese "Sacrum", actuado en formas litúrgicas diversas, puede prescindir de algún elemento secundario, pero no puede ser privado de ningún modo de su sacralidad y sacramentalidad esenciales, porque fueron queridas por Cristo y transmitidas y controladas por la Iglesia. Ese "Sacrum" no puede tampoco ser instrumentalizado para otros fines. El misterio eucarÃstico, desgajado de su propia naturaleza sacrificial y sacramental, deja simplemente de ser tal. No admite ninguna imitación "profana", que se convertirÃa muy fácilmente (si no incluso como norma) en una profanación. Esto hay que recordarlo siempre, y quizá sobre todo en nuestro tiempo en el que observamos una tendencia a brrar la distinción entre "sacrum" y "profanum", dada la difundida tendencia general (al menos en algunos lugares) a la desacralización de todo.
En tal realidad la Iglesia tiene el deber particular de asegurar y corroborar el "sacrum" de la EucaristÃa. En nuestra sociedad pluralista, y a veces también deliberadamente secularizada, la fe viva de la comunidad cristiana -fe consciente incluso de los propios derechos con respecto a todos aquellos que no comparten la misma fe- garantiza a este "sacrum" el derecho de ciudadanÃa. El deber de respetar la fe de cada uno es al mismo tiempo correlativa al derecho natural y civil de la libertad de conciencia y de religión.
La sacralidad de la EucaristÃa ha encontrado y encuentra siempre expresión en la terminologÃa teológica y litúrgica 44 . Este sentido de la sacralidad objetiva del Misterio eucarÃstico es tan constitutivo de la fe del Pueblo de Dios que con ella se ha enriquecido y robustecido 45 . Los ministros de la EucaristÃa deben por tanto, sobre todo en nuestros dÃas, ser iluminados por la plenitud de esta fe viva, y a la luz de ella deben comprender y cumplir todo lo que forma parte de su ministerio sacerdotal, por voluntad de Cristo y de su Iglesia.
9. La EucaristÃa es por encima de todo un sacrificio: sacrificio de la Redención y al mismo tiempo sacrificio de la Nueva Alianza 46 , como creemos y como claramente profesan las Iglesias Orientales: "el sacrificio actual -afirmó hace siglos la Iglesia griega- es como aquél que un dÃa ofreció el Unigénito Verbo encarnado, es ofrecido (hoy como entonces) por El, siendo el mismo y único sacrificio" 47 . Por esto, y precisamente haciendo presente este sacrificio único de nuestra salvación, el hombre y el mundo son restituidos a Dios por medio de la novedad pascual de la Redención. Esta restitución no puede faltar: es fundamento de la "alianza nueva y eterna" de Dios con el hombre y del hombre con Dios. Si llegase a faltar, se deberÃa poner en tela de juicio bien sea la excelencia del sacrificio de la Redención que fue perfecto y definitivo, bien sea el valor sacrificial de la Santa Misa. Por tanto la EucaristÃa, siendo verdadero sacrificio, obra esa restitución a Dios.
Se sigue de ahà que el celebrante, en cuanto ministro del sacrificio, es el auténtico sacerdote, que lleva a cabo -en virtud del poder especÃfico de la sagrada ordenación- el verdadero acto sacrificial que lleva de nuevo a los seres a Dios. En cambio todos aquellos que participan en la EucaristÃa, sin sacrificar como él, ofrecen con él, en virtud del sacerdocio común, sus propios sacrificios espirituales, representados por el pan y el vino, desde el momento de su presentación en el altar. Efectivamente, este acto litúrgico solemnizado por casi todas las liturgias, "tiene su valor y su significado espiritual" 48 . El pan y el vino se convierten en cierto sentido en sÃmbolo de todo lo que lleva la asamblea eucarÃstica, por sà misma, en ofrenda a Dios y que ofrece en espÃritu. Es importante que este primer momento de la liturgia eucarÃstica, en sentido estricto, encuentra su expresión en el comportamiento de los participantes. A esto corresponde la llamada procesión de las ofrendas, prevista por la reciente reforma litúrgica 49 y acompañada, según la antigua tradición, por un salmo o un cántico. Es necesario un cierto espacio de tiempo, a fin de que todos puedan tomar conciencia de este acto, expresado contemporáneamente por las palabras del celebrante.
La conciencia del acto de presentar las ofrendas, deberÃa ser mantenida durante toda la Misa. Más aún, debe ser llevada a plenitud en el momento de la consagración y de la oblación anamnética, tal como lo exige el valor fundamental del momento del sacrificio. Para demostrar esto ayudan las palabras de la oración eucarÃstica que el sacerdote pronuncia en alta voz. Parece útil repetir aquà algunas expresiones de la tercera oración eucarÃstica, que manifiestan especialmente el carácter sacrificial de la EucaristÃa y unen el ofrecimiento de nuestras personas al de Cristo: "Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia, y reconoce en ella la VÃctima por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad, para que fortalecidos con el Cuerpo y Sangre de tu Hijo y lleno de su EspÃritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espÃritu. Que El nos transforme en ofrenda permanente".
Este valor sacrificial está ya expresado en cada celebración por las palabras con que el sacerdote concluye la presentación de los dones al pedir a los fieles que oren para que "este sacrificio mÃo y vuestro sea agradable a Dios, Padre todopoderoso". Tales palabras tienen un valor de compromiso en cuanto expresan el carácter de toda la liturgia eucarÃstica y la plenitud de su contenido tanto divino como eclesial.
Todos los que participan con fe en la EucaristÃa se dan cuenta de que ella es "Sacrificium", es decir, una "Ofrenda consagrada". En efecto, el pan y el vino, presentados en el altar y acompañados por la devoción y por los sacrificios espirituales de los participantes, son finalmente consagrados, para que se conviertan verdadera, real y sustancialmente en el Cuerpo entregado y en la Sangre derramada de Cristo mismo. AsÃ, en virtud de la consagración, las especies del pan y del vino, "re-presentan" 50 , de modo sacramental e incruento, el Sacrificio cruento propiciatorio ofrecido por El en la cruz al Padre para la salvación del mundo. El solo, en efecto, ofreciéndose como vÃctima propiciatoria en un acto de suprema entrega e inmolación, ha reconciliado a la humanidad con el Padre, únicamente mediante su sacrificio, "borrando el acta de los decretos que nos era contraria" 51 .
A este sacrificio, que es renovado de forma sacramental sobre el altar, las ofrendas del pan y del vino, unidas a la devoción de los fieles, dan además una contribución insustituible, ya que, mediante la consagración sacerdotal se convierten en las sagradas Especies. Esto se hace patente en el comportamiento del sacerdote durante la oración eucarÃstica, sobre todo durante la consagración, y también cuando la celebración del Santo Sacrificio y la participación en él están acompañadas por la conciencia de que "el Maestro está ahà y te llama" 52 . Esta llamada del Señor, dirigida a nosotros mediante su Sacrificio, abre los corazones, a fin de que purificados en el Misterio de nuestra Redención se unan a El en la comunión eucarÃstica, que da a la participación en la Misa un valor maduro, pleno, comprometedor para la existencia humana: "la Iglesia desea que los fieles no sólo ofrezcan la hostia inmaculada, sino que aprendan a ofrecerse a sà mismos, y que de dÃa en dÃa perfeccionen con la mediación de Cristo, la unión con Dios y entre sÃ, de modo que sea Dios todo en todos" 53 .
Es por tanto muy conveniente y necesario que continúe poniéndose en práctica una nueva e intensa educación, para descubrir todas las riquezas encerradas en la nueva Liturgia. En efecto, la renovación litúrgica realizada después del Concilio Vaticano II ha dado al sacrificio eucarÃstico una mayor visibilidad. Entre otras cosas, contribuyen a ello las palabras de la oración eucarÃstica recitadas por el celebrante en voz alta y, en especial, las palabras de la consagración, la aclamación de la asamblea inmediatamente después de la elevación.
Si todo esto debe llenarnos de gozo, debemos también recordar que estos cambios exigen una nueva conciencia y madurez espiritual, tanto por parte del celebrante -sobre todo hoy que celebra "de cara al pueblo"- como por parte de los fieles. El culto eucarÃstico madura y crece cuando las palabras de la plegaria eucarÃstica, y especialmente las de la consagración, son pronunciadas con gran humildad y sencillez, de manera comprensible, correcta y digna, como corresponde a su santidad; cuando este acto esencial de la liturgia eucarÃstica es realizado sin prisas; cuando nos compromete a un recogimiento tal y a una devoción tal, que los participantes advierten la grandeza del misterio que se realiza y lo manifiestan con su comportamiento.
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