S.S. Juan Pablo II, Carta a todos los obispos de la Iglesia sobre el Misterio y el Culto de la Eucaristía

II. Sacralidad de la Eucaristía y sacrificio

Sacralidad

8. La celebración de la Eucaristía, comenzando por el cenáculo y por el Jueves Santo, tiene una larga historia propia, larga cuanto la historia de la Iglesia. En el curso de esta historia los elementos secundarios han sufrido ciertos cambios; no obstante, ha permanecido inmutada la esencia del "Mysterium", instituido por el Redentor del mundo, durante la última cena. También el Concilio Vaticano II ha aportado algunas modificaciones, en virtud de las cuales la liturgia actual de la Misa se diferencia en cierto sentido de la conocida antes del Concilio. No pensamos hablar de estas diferencias; por ahora conviene que nos detengamos en lo que es esencial e inmutable en la liturgia eucarística.

Y con este elemento está estrechamente vinculado el carácter de "sacrum" de la Eucaristía, esto es, de acción santa y sagrada. Santa y sagrada, porque en ella está continuamente presente y actúa Cristo, "el Santo" de Dios 36 , "ungido por el Espíritu Santo" 37 , "consagrado por el Padre" 38 , para dar libremente y recobrar su vida 39 , "Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza" 40 . Es El, en efecto, quien, representado por el celebrante, hace su ingreso en el santuario y anuncia su evangelio. Es El "el oferente y el ofrecido, el consagrante y el consagrado" 41 . Acción santa y sagrada, porque es constitutiva de las especies sagradas, del "Sancta sanctis", es decir, de las "cosas santas -Cristo el Santo- dadas a los santos", como cantan todas las liturgias de Oriente en el momento en que se alza el pan eucarístico para invitar a los fieles a la Cena del Señor.

El "Sacrum" de la Misa no es por tanto una "sacralización", es decir, una añadidura del hombre a la acción de Cristo en el cenáculo, ya que la Cena del Jueves Santo fue un rito sagrado, liturgia primaria y constitutiva, con la que Cristo, comprometiéndose a dar la vida por nosotros, celebró sacramentalmente, El mismo, el misterio de su Pasión y Resurrección, corazón de toda Misa. Derivando de esta liturgia, nuestras Misas revisten de por sí una forma litúrgica completa, que, no obstante esté diversificada según las familias rituales, permanece sustancialmente idéntica. El "Sacrum" de la Misa es una sacralidad instituida por Cristo. Las palabras y la acción de todo sacerdote, a las que corresponde la participación consciente y activa de toda la asamblea eucarística, hacen eco a las del Jueces Santo.

El sacerdote ofrece el Santo Sacrificio "in persona Christi", lo cual quiere decir más que "en nombre", o también "en vez" de Cristo. "In persona": es decir, en la identificación específica, sacramental con el "Sumo y Eterno Sacerdote" 42 , que es el Autor y el Sujeto principal de este su propio Sacrificio, en el que, en verdad, no puede ser sustituido por nadie. Solamente El, solamente Cristo, podía y puede ser siempre verdadera y efectiva "propitiatio pro peccatis nostris... sed etiam totius mundi" 43 . Solamente su sacrificio, y ningún otro, podía y puede tener "fuerza propiciatoria" ante Dios, ante la Trinidad, ante su trascendental santidad. La toma de conciencia de esta realidad arroja una cierta luz sobre el carácter y sobre el significado del sacerdote-celebrante que, llevando a efecto el Santo Sacrificio y obrando "in persona Christi", es introducido e inserido, de modo sacramental (y al mismo tiempo inefable), en este estrictísimo "Sacrum", en el que a su vez asocia espiritualmente a todos los participantes en la asamblea eucarística.

Ese "Sacrum", actuado en formas litúrgicas diversas, puede prescindir de algún elemento secundario, pero no puede ser privado de ningún modo de su sacralidad y sacramentalidad esenciales, porque fueron queridas por Cristo y transmitidas y controladas por la Iglesia. Ese "Sacrum" no puede tampoco ser instrumentalizado para otros fines. El misterio eucarístico, desgajado de su propia naturaleza sacrificial y sacramental, deja simplemente de ser tal. No admite ninguna imitación "profana", que se convertiría muy fácilmente (si no incluso como norma) en una profanación. Esto hay que recordarlo siempre, y quizá sobre todo en nuestro tiempo en el que observamos una tendencia a brrar la distinción entre "sacrum" y "profanum", dada la difundida tendencia general (al menos en algunos lugares) a la desacralización de todo.

En tal realidad la Iglesia tiene el deber particular de asegurar y corroborar el "sacrum" de la Eucaristía. En nuestra sociedad pluralista, y a veces también deliberadamente secularizada, la fe viva de la comunidad cristiana -fe consciente incluso de los propios derechos con respecto a todos aquellos que no comparten la misma fe- garantiza a este "sacrum" el derecho de ciudadanía. El deber de respetar la fe de cada uno es al mismo tiempo correlativa al derecho natural y civil de la libertad de conciencia y de religión.

La sacralidad de la Eucaristía ha encontrado y encuentra siempre expresión en la terminología teológica y litúrgica 44 . Este sentido de la sacralidad objetiva del Misterio eucarístico es tan constitutivo de la fe del Pueblo de Dios que con ella se ha enriquecido y robustecido 45 . Los ministros de la Eucaristía deben por tanto, sobre todo en nuestros días, ser iluminados por la plenitud de esta fe viva, y a la luz de ella deben comprender y cumplir todo lo que forma parte de su ministerio sacerdotal, por voluntad de Cristo y de su Iglesia.

Sacrificio

9. La Eucaristía es por encima de todo un sacrificio: sacrificio de la Redención y al mismo tiempo sacrificio de la Nueva Alianza 46 , como creemos y como claramente profesan las Iglesias Orientales: "el sacrificio actual -afirmó hace siglos la Iglesia griega- es como aquél que un día ofreció el Unigénito Verbo encarnado, es ofrecido (hoy como entonces) por El, siendo el mismo y único sacrificio" 47 . Por esto, y precisamente haciendo presente este sacrificio único de nuestra salvación, el hombre y el mundo son restituidos a Dios por medio de la novedad pascual de la Redención. Esta restitución no puede faltar: es fundamento de la "alianza nueva y eterna" de Dios con el hombre y del hombre con Dios. Si llegase a faltar, se debería poner en tela de juicio bien sea la excelencia del sacrificio de la Redención que fue perfecto y definitivo, bien sea el valor sacrificial de la Santa Misa. Por tanto la Eucaristía, siendo verdadero sacrificio, obra esa restitución a Dios.

Se sigue de ahí que el celebrante, en cuanto ministro del sacrificio, es el auténtico sacerdote, que lleva a cabo -en virtud del poder específico de la sagrada ordenación- el verdadero acto sacrificial que lleva de nuevo a los seres a Dios. En cambio todos aquellos que participan en la Eucaristía, sin sacrificar como él, ofrecen con él, en virtud del sacerdocio común, sus propios sacrificios espirituales, representados por el pan y el vino, desde el momento de su presentación en el altar. Efectivamente, este acto litúrgico solemnizado por casi todas las liturgias, "tiene su valor y su significado espiritual" 48 . El pan y el vino se convierten en cierto sentido en símbolo de todo lo que lleva la asamblea eucarística, por sí misma, en ofrenda a Dios y que ofrece en espíritu. Es importante que este primer momento de la liturgia eucarística, en sentido estricto, encuentra su expresión en el comportamiento de los participantes. A esto corresponde la llamada procesión de las ofrendas, prevista por la reciente reforma litúrgica 49 y acompañada, según la antigua tradición, por un salmo o un cántico. Es necesario un cierto espacio de tiempo, a fin de que todos puedan tomar conciencia de este acto, expresado contemporáneamente por las palabras del celebrante.

La conciencia del acto de presentar las ofrendas, debería ser mantenida durante toda la Misa. Más aún, debe ser llevada a plenitud en el momento de la consagración y de la oblación anamnética, tal como lo exige el valor fundamental del momento del sacrificio. Para demostrar esto ayudan las palabras de la oración eucarística que el sacerdote pronuncia en alta voz. Parece útil repetir aquí algunas expresiones de la tercera oración eucarística, que manifiestan especialmente el carácter sacrificial de la Eucaristía y unen el ofrecimiento de nuestras personas al de Cristo: "Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia, y reconoce en ella la Víctima por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad, para que fortalecidos con el Cuerpo y Sangre de tu Hijo y lleno de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu. Que El nos transforme en ofrenda permanente".

Este valor sacrificial está ya expresado en cada celebración por las palabras con que el sacerdote concluye la presentación de los dones al pedir a los fieles que oren para que "este sacrificio mío y vuestro sea agradable a Dios, Padre todopoderoso". Tales palabras tienen un valor de compromiso en cuanto expresan el carácter de toda la liturgia eucarística y la plenitud de su contenido tanto divino como eclesial.

Todos los que participan con fe en la Eucaristía se dan cuenta de que ella es "Sacrificium", es decir, una "Ofrenda consagrada". En efecto, el pan y el vino, presentados en el altar y acompañados por la devoción y por los sacrificios espirituales de los participantes, son finalmente consagrados, para que se conviertan verdadera, real y sustancialmente en el Cuerpo entregado y en la Sangre derramada de Cristo mismo. Así, en virtud de la consagración, las especies del pan y del vino, "re-presentan" 50 , de modo sacramental e incruento, el Sacrificio cruento propiciatorio ofrecido por El en la cruz al Padre para la salvación del mundo. El solo, en efecto, ofreciéndose como víctima propiciatoria en un acto de suprema entrega e inmolación, ha reconciliado a la humanidad con el Padre, únicamente mediante su sacrificio, "borrando el acta de los decretos que nos era contraria" 51 .

A este sacrificio, que es renovado de forma sacramental sobre el altar, las ofrendas del pan y del vino, unidas a la devoción de los fieles, dan además una contribución insustituible, ya que, mediante la consagración sacerdotal se convierten en las sagradas Especies. Esto se hace patente en el comportamiento del sacerdote durante la oración eucarística, sobre todo durante la consagración, y también cuando la celebración del Santo Sacrificio y la participación en él están acompañadas por la conciencia de que "el Maestro está ahí y te llama" 52 . Esta llamada del Señor, dirigida a nosotros mediante su Sacrificio, abre los corazones, a fin de que purificados en el Misterio de nuestra Redención se unan a El en la comunión eucarística, que da a la participación en la Misa un valor maduro, pleno, comprometedor para la existencia humana: "la Iglesia desea que los fieles no sólo ofrezcan la hostia inmaculada, sino que aprendan a ofrecerse a sí mismos, y que de día en día perfeccionen con la mediación de Cristo, la unión con Dios y entre sí, de modo que sea Dios todo en todos" 53 .

Es por tanto muy conveniente y necesario que continúe poniéndose en práctica una nueva e intensa educación, para descubrir todas las riquezas encerradas en la nueva Liturgia. En efecto, la renovación litúrgica realizada después del Concilio Vaticano II ha dado al sacrificio eucarístico una mayor visibilidad. Entre otras cosas, contribuyen a ello las palabras de la oración eucarística recitadas por el celebrante en voz alta y, en especial, las palabras de la consagración, la aclamación de la asamblea inmediatamente después de la elevación.

Si todo esto debe llenarnos de gozo, debemos también recordar que estos cambios exigen una nueva conciencia y madurez espiritual, tanto por parte del celebrante -sobre todo hoy que celebra "de cara al pueblo"- como por parte de los fieles. El culto eucarístico madura y crece cuando las palabras de la plegaria eucarística, y especialmente las de la consagración, son pronunciadas con gran humildad y sencillez, de manera comprensible, correcta y digna, como corresponde a su santidad; cuando este acto esencial de la liturgia eucarística es realizado sin prisas; cuando nos compromete a un recogimiento tal y a una devoción tal, que los participantes advierten la grandeza del misterio que se realiza y lo manifiestan con su comportamiento.


36

Lc. 1, 34; Jn. 6, 69; He. 3, 14; Apoc. 3, 7.

37

He. 10, 38; Lc. 4, 18.

38

Jn. 10, 36.

39

Cfr. Jn. 10, 17.

40

Heb. 3, 1; 4, 15, etc.

41

Como decía la liturgia bizantina del siglo IX, según el códice más antiguo, antes denominado Barberino di San Marco (Florencia) y actualmente en la Biblioteca Apostólica Vaticana denominado Barberini greco 336, fo. 8 vuelto, líneas 17-20, publicado, por lo que se refiere a esta parte, por F. E. Brightman, Liturgie Eastern and Western, I, Eastern Liturgies, Oxford 1896, p. 318, 34-35.

42

Cfr. Misal Romano: Colecta de la Misa votiva de la Sagrada Eucaristía, B.

43

1 Jn. 2, 2; cfr. ibid. 4, 10.

44

Hablamos del "divinum Mysterium", del "Sanctissimum" o del "Sacrosanctum", es decir, del "Sacro" y del "Santo" por excelencia. A su vez las Iglesias Orientales llaman a la Misa "raza", esto es "mystérion" #****, "hagiasmós" #****, "quddasa", "qedasse", es decir, "consagración" por excelencia. Hay además ritos litúrgicos que, para inspirar el sentido del sagrado, exigen bien sea el silencio, el estar de pie o de rodillas, bien sea las profesiones de fe, la incensación del evangelio, del altar, del celebrante y de las sagradas Especies. Es más, tales ritos reclaman la ayuda de los seres angélicos, creados para el servicio del Dios Santo: con el "Sanctus" de nuestras Iglesias latinas, con el "Trisagion" y el "Sancta Sanctis" de las Liturgias de Oriente.

45

Por ejemplo, en la invitación a comulgar, esta fe ha sido formada para descubrir aspectos complementarios de la presencia de Cristo Santo: el aspecto epifánico revelado por los Bizantinos ("Bendito el que viene en nombre del Señor: el Señor es Dios y se ha aparecido a nosotros": La divina Liturgia del santo nostro Padre Giovanni Crisostomo, Grottaferrata 1967, pp. 136 ss.); el aspecto relacional y unitivo, cantado por los Armenos (Liturgia de S. Ignacio de Antioquía: "Un solo Padre santo con nosotros, un solo Hijo santo con nosotros, un solo Espíritu santo con nosotros": Die Anaphora des heiligen Ignatius von Antiochien, übersetzt von A. Rücker, Oriens Christianus, ser. 3a. 530, p. 76); el aspecto recóndito y celeste, celebrado por los Caldeos y Malabares (cfr. Himno antifonario, cantado entre sacerdotes y asamblea después de la comunión: F. E. Brightman, o. c., p. 299).

46

Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, nn. 2, 47: AAS 56 (1964), pp. 83 ss.; 113; Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, nn. 3, 28: AAS 57 (1965), pp. 6, 33 ss.; Decreto sobre el ecumenismo Unitatis Redintegratio, n. 2: AAS 57 (1965), p. 91; Dec. sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, n. 13: AAS 58 (1966), pp. 1011 ss.; Conc. Ecum. Tridentino, sesión XXII, cap. I y II: Conciliorum Oecumenicorum Decreta, Bologna 1973, pp. 732 ss.; especialmente: "una eademque est hostia, idem nunc offerens sacerdotum ministerio, qui se ipsum tunc in cruce obtulit, sola offerendi ratione diversa" (ibid. p. 733).

47

Synodus Constantinopolitana adversus Sotericum (enero 1156 y mayo 1157): Angelo Mai, Spicilegium romanum, t. X, Romae 1844, p. 77; PG 140, 190; cfr. Martin Jugie, Dict. Theol. Cath., t. X, 1338; Theologia dogmatica christianorum orientalium, Paris 1930, pp. 317-320.

48

Instrucción General para el uso del Misal Romano, n. 49: cfr. Misal Romano; cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, n. 5: AAS 58 (1966), pp. 99 ss.

49

Cfr. Ordo Missae cum populo, n. 18: cfr. Misal Romano.

50

Conc. Ecum. Tridentino, Sessio XXII, c. I, Conciliorum Oecumenicorum Decreta, Bologna 1973, pp. 732 ss.

51

Col. 2, 14.

52

Jn. 11, 28.

53

Así lo desea la "Instrucción General para el uso del Misal Romano", n. 55 s.: cfr. Misal Romano.

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