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Cardenal Jaime Ortega Alamina, Homilía durante la Misa en la S.M.I. Catedral de La Habana por la Jornada Mundial de la Paz
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Homilía del Cardenal Jaime Ortega Alamina, arzobispo de La Habana

Durante la Misa del 1ro. de Enero de 1998 en la S.M.I. Catedral de La Habana por la Jornada Mundial de la Paz

Excmo. Sr. Nuncio de Su Santidad Mons. Beniamino Stella,

Autoridades de la nación,

Distinguidos miembros del cuerpo diplomático.

Queridos hermanos y hermanas:

El día primero del año la Iglesia retorna con los pastores al pesebre de Belén y contempla la escena entrañable del niño acostado en el pesebre. Pero esta vez, siempre abismados en la contemplación del Dios hecho hombre, fijamos nuestra mirada en María, la Madre de Dios que "conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón".

La Iglesia, comunidad de los seguidores de Jesús, el Niño de Belén, el hombre de Nazareth, el redentor crucificado y resucitado, se identifica con María y conserva todas las maravillas que Dios ha hecho por nosotros, meditándolas en su oración, y haciéndolas vida en su Liturgia, particularmente en estos días de fiesta en los que celebramos el acontecimiento que constituye la gran Bendición de Dios a los hombres. Nunca Dios ha negado su bendición a la humanidad. En la primera lectura de este día, tomada del libro de los Números en el Antiguo Testamento, ya Dios entrega a Moisés una fórmula para bendecir al pueblo. Pero al enviarnos a su Hijo, la bendición de Dios adquiere un carácter inusitado y definitivo, porque gracias a Cristo podemos llamar a Dios Padre, como nos lo dice el apóstol San Pablo en su carta a los Gálatas, que escuchamos en la segunda lectura. Saber que no somos esclavos, sino hijos y herederos es la mayor de las bendiciones del hombre. La Virgen María fue escogida por Dios para ser portadora de esta bendición al dar al mundo la luz eterna, Jesucristo Señor Nuestro.

Esta bendición trae consigo la Paz a los corazones y a los pueblos, Paz anunciada en esta tierra por el canto de los ángeles en la Noche de Navidad para todos los hombres que ama el Señor, pero que no ha sido plenamente alcanzada aún. Por esto el día primero del año, junto con sus deseos de Paz para toda la humanidad, la Iglesia celebra una jornada mundial de la Paz, proponiendo en cada ocasión a la reflexión de hombres de gobierno, responsables de la sociedad y pueblos de la tierra, algunos aspectos fundamentales de los factores que inciden directamente en la Paz.

Como cada año el Papa Juan Pablo II ha explicitado en su mensaje el lema de esta jornada: "DE LA JUSTICIA DE CADA UNO NACE LA PAZ PARA TODOS". Al explicar cómo la justicia se fundamenta en el respeto de los derechos humanos, recuerda el Papa que en 1998 se cumplen 50 años de la Declaración de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

Hace mención el Santo Padre en su mensaje de una afirmación de sumo interés contenida en aquella Declaración, porque en palabras del Papa, ha resistido el paso del tiempo: "libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana".

El Papa pasa entonces a hablar de las sombras y realidades nuevas y amenazadoras que en este aniversario necesitan ser consideradas atentamente, especialmente por los Jefes de Estado y Responsables de las Naciones, a quienes dirige, sobre todo, su llamado en esta Jornada.

Una de las sombras que el Papa Juan Pablo II advierte son "las reservas manifestadas sobre dos características esenciales de la noción misma de los derechos del hombre: su universalidad y su indivisibilidad".

Por universalidad quiere decir el Santo Padre que los derechos humanos son para todos los hombres y todos los pueblos y que no debe haber ninguna razón cultural o de otro orden que exima de su cumplimiento.

La indivisibilidad consiste en que los derechos humanos forman un todo: no pueden escogerse para su aplicación, por ejemplo, los derechos individuales y las libertades civiles, olvidando los derechos económicos y sociales del hombre o viceversa.

En su mensaje muestra el Papa su preocupación por la globalización de la economía y las finanzas. Constata el Santo Padre que esta es una realidad que se percibe cada vez más claramente con el progreso de las Tecnologías informáticas. Y se pregunta el Papa: "¿Cuáles serán las consecuencias de los cambios que actualmente se están produciendo? ¿Se podrán beneficiar TODOS de un mercado global? ¿Tendrán TODOS finalmente la posibilidad de gozar de la paz? ¿Serán más equitativas las relaciones entre los estados o, por el contrario, la competencia económica y la rivalidad entre los pueblos y naciones llevarán a la humanidad hacia una situación de inestabilidad aún mayor?"

Es aquí cuando el Papa Juan Pablo II propone un pensamiento muy querido por él, Dice el Santo Padre: "En definitiva, el desafío consiste en asegurar una globalización en la solidaridad, una globalización sin dejar a nadie al margen".

Otro de los factores que ensombrecen la celebración de este quincuagésimo aniversario de la Declaración de los derechos del hombre es lo que el Santo Padre llama "el pesado lastre de la deuda externa", por la cual "hay naciones y regiones enteras del mundo que corren el peligro de quedar excluidas de una economía que se globaliza". Y aquí expone de nuevo el Papa su deseo de que todas las naciones puedan beneficiarse de una reducción coordenada de dicha deuda antes del año 2000.

El tema de la pobreza entra en el mensaje del Sumo Pontífice con rasgos dramáticos. Escuchemos sus propias palabras: "ya no se puede tolerar un mundo en el que viven al lado el acaudalado y el miserable, menesterosos carentes incluso de lo esencial y gente que despilfarra sin recato aquello que otros necesitan desesperadamente. Semejantes contrastes son una afrenta a la dignidad de la persona humana... las situaciones de extrema pobreza en cualquier lugar en que se manifiesten, son la primera injusticia".

Y afirma el Papa: "Un signo distintivo del cristiano debe ser, hoy más que nunca, el amor por los pobres, los débiles y los que sufren". Deseo recordar, dice el Santo Padre a los cristianos de cada continente, la exhortación del concilio Vaticano II: "Es necesario... satisfacer ante todo las exigencias de la justicia, de modo que no se ofrezca como ayuda de caridad lo que ya se debe a título de justicia". Y sobre el mismo tema sigue el Papa: "Quien vive en la miseria no puede esperar más, tiene necesidad AHORA y, por tanto, tiene derecho a recibir inmediatamente lo necesario".

Hay otras preocupaciones que el Papa expone con respecto a la justicia y la Paz, como son "la falta de medios para acceder equitativamente al crédito" y la "violencia contra las mujeres, las niñas y los niños".

Finaliza su mensaje el Santo Padre presentando el compartir como un camino hacia la Paz.

En este camino hacia el Gran Jubileo del Año 2000 recuerda el Papa que hemos comenzado el año 1998, dedicado al Espíritu Santo. "El Espíritu de la esperanza -dice el Papa- está actuando en el mundo. Está presente en el servicio desinteresado de quien trabaja al lado de los marginados y los que sufren, de quien acoge a los emigrantes y refugiados, de quien con valentía se niega a rechazar a una persona o a un grupo por motivos étnicos, culturales o religiosos; está presente, de manera particular, en la acción generosa de todos aquellos que con paciencia y constancia continúan promoviendo la paz y la reconciliación entre quienes eran antes adversarios y enemigos. Son signos de esperanza que alientan la búsqueda de la justicia que conduce a la paz".

Comenzamos, pues, el Nuevo Año no sólo con buenos deseos de paz para todos, sino convocados por el Mensaje del Papa Juan Pablo II para trabajar seriamente por la justicia.

Todo inicio de año lleva consigo algún proyecto personal o comunitario de renovación.

La Iglesia es una realidad que permanece en el tiempo, siempre fiel al plan de Dios manifestado en Cristo, que quiso fundarla sobre roca y nos prometió que las fuerzas del mal no la destruirían.

Este proyecto del Señor se renueva, sin embargo, continuamente, según las etapas de la historia y las diversas culturas. La Iglesia en Cuba se renueva hoy por el mayor número de fieles que participan en su vida sacramental y litúrgico, por el número creciente de vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, por el compromiso apostólico del laicado.

Este crecimiento de la Iglesia ha seguido en estos últimos años un proceso de evolución, palabra que el Papa Juan Pablo II usa con preferencia, cuando se refiere a los cambios necesarios en la Iglesia y en la sociedad. La evolución no destruye ni deja a un lado todo lo realizado antes, no niega lo antiguo, sino que lo asume transformándolo.

Signo de esta evolución renovadora es esta Catedral de San Cristóbal de La Habana, digna y majestuosa en su estructura, que recobra lo que desde el siglo XVIII fue la apariencia de su coro canonical, para colocar en lugar central el precioso altar de mármol, siguiendo las normas litúrgicas del Concilio Vaticano II. Traigo a colación aquí las palabras de Jesús: "El reino de los cielos se parece a un armario del cual el padre de familia saca lo viejo y lo nuevo".

Se ha restaurado esta Catedral para recibir en ella al Papa Juan Pablo II y se convierte así en un símbolo de lo que será el mensaje del Romano Pontífice a su paso por nuestra tierra: como el Padre de familia, él pondrá ante nuestros ojos lo perenne de la fe y del amor cristiano y las respuestas novedosas que debemos dar, desde esa misma fe y animados por el amor, a los grandes desafíos de la hora presente.

Para esto debemos poner a Jesucristo en el centro de toda nuestra acción pastoral, como hemos colocado este altar en el centro de atención de todos los que entran a este templo.

Ahora procederemos a consagrar el altar, que en la solidez del mármol simboliza a Cristo, roca de nuestra salvación, el mismo ayer, hoy y siempre. Lo ungiremos como fue ungido el cuerpo de Jesús para ser sepultado, colocaremos dentro de la piedra las reliquias del mártir San Amancio que murió en Roma en el año 304 durante la persecución de Diocleciano, que dio su vida por fidelidad a Cristo. Porque no basta fijar los ojos del corazón en Jesús, tenemos que ser capaces de entregar cada día la vida por El. Sobre las tumbas de los mártires, en las catacumbas, celebraban los primeros cristianos la Santa eucaristía. Lo mismo haremos nosotros hoy y siempre en este altar. Sobre él quemaremos el incienso, que simboliza la oración de los cristianos que sube hasta Dios cada vez que el sacerdote presenta al Padre la ofrenda de Cristo en la celebración de la Santa Misa.

Así, en espíritu de renovación, que se afianza en la perennidad, comenzamos el año 1998, que para nosotros es el año del Papa Juan Pablo II en Cuba.

Si Jesús en Belén es bendición irrevocable de Dios, el paso en medio de nosotros de quien hace especialmente presente a Jesucristo será abundancia de bendiciones para nuestra Iglesia y nuestro pueblo.

Pocos días antes de la Navidad el Papa Juan Pablo II enviaba su mensaje al pueblo cubano que fue ampliamente difundido por la prensa escrita, la radio y la televisión. Fue, en síntesis, un hermoso mensaje de Navidad que nuestro pueblo recibió con gran amor y devoción. Aunque ya expresé personalmente por escrito y también en nombre de los obispos de Cuba estos sentimientos al Santo Padre, quiero que llegue a Su Santidad, por medio de su representante ante nosotros, el Señor Nuncio Apostólico, el profundo reconocimiento de todos los cristianos y de tantos hombres y mujeres de nuestro pueblo. Tenga a bien Excelencia, al Santo Padre que la Navidad ha sido celebrada desde un extremo hasta el otro de Cuba con alegría y esperanza. Hágale saber que los cubanos aguardamos su venida con emoción y gratitud y que su Iglesia en Cuba, en esta Navidad, ha alabado a Dios por su inminente visita y se apresta, como los pastores en la Noche de Belén, a ir al encuentro del Supremo Pastor para "ver esto que ha hecho por nosotros el Señor".

A la Madre de Dios, que "guardaba todas esas cosas en su corazón" le pedimos que guarde la fe de nuestra Iglesia en Cuba, que guarde a Su Santidad el Papa Juan Pablo II y lo fortalezca en su misión y nos dé a todos el coraje, de trabajar por la justicia para que reine la paz.

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