Cardenal Alfonso López Trujillo, La Tensión entre la Cultura de la Vida y la Cultura de la Muerte en la Evangelium Vitae

3. La defensa de los más débiles

¿A cuál categoría se refiere el Santo Padre? A grupos de personas que experimentan la impotencia. Hay una cierta analogía respecto del concepto de "proletariado", con alguna resonancia mesiánica, y la categoría de los más débiles. El proletariado, como negación total, se convierte como resucitado de su alienación, emerge como sensus historiae. Habrá mayor impotencia, una más amplia negación, la que sufre el nascituro, el concebido no nacido, víctima de adultos que no le reconocen sus derechos, como si fueran sus dueños, árbitros de la vida; víctimas de quienes están obligados a un mayor amor y más cálida ternura. Es ésta la expresión del Papa: «Hoy una gran multitud de seres humanos débiles e indefensos, como son, concretamente, los niños aún no nacidos, está siendo aplastada en su derecho fundamental a la vida. Si la Iglesia, al final del siglo pasado, no podía callar ante los abusos entonces existentes, menos aún puede callar hoy, cuando a las injusticias sociales del pasado, tristemente no superadas todavía, se añaden en tantas partes del mundo injusticias y opresiones incluso más graves, consideradas tal vez como elementos de progreso de cara a la organización de un nuevo orden mundial» 8 .

¿Cómo ha podido acontecer que lo que reconocía el juramento hipocrático, tantos siglos antes de Cristo, el mundo moderno, con tantos avances y conquistas, lo ignore y lo rechace? ¡Porque lo que hay de por medio no es algo, una cosa, un instrumento de que es dable usar, que se puede eliminar y tratar como basura! ¡El nascituro es alguien, es un ser humano, es un concebido, debe ser tratado como una persona humana! ¿Cómo pueden los parlamentos padecer tan peligrosa obnubilación? ¿Cómo pueden las madres rechazar algo que deberían defender con ternura y amor de predilección, así fuera por instinto? Es verdad que el Papa, con entrañas de misericordia, se rebela, o se resiste a creer, contra la idea de que pueda haber madres que en lugar de ser fuentes de vida, se vuelvan no sólo sepulcros sino sus verdugos. Y señala toda una cadena de responsables que mueven, presionan y acosan a las madres a cometer el crimen del aborto: la sociedad, la familia (sin compasión), sobre todo los parlamentos que promueven leyes inicuas 9 . Hay una circulación de amorosa compasión respecto de las madres (sin negar el horror del delito), incluso cuando han incurrido en este crimen abominable.

¿Cómo ha podido operarse tan desconcertante cambio en la mentalidad, de tal modo que la alegría en la acogida de la vida nueva se transforme en desconfianza, en temor, hasta la decisión de eliminar al concebido como si fuera un injusto agresor?

Hace unos meses visité algunos países de África. Me contaban acerca de una significativa tradición, en muchos lugares. Cuando nace un niño en una clínica o en un hospital, acude la tribu con cantos y danzas para recoger al niño y conducirlo, en ambiente de fiesta, hasta su casa. Algo parecido a los pastores que corrieron presurosos hasta el pesebre de Belén: hay villancicos, hay cantos de los ángeles. Nuestros hogares se llenan de canciones en la "noche buena". Navidad es la fiesta del nacimiento del Salvador, y en cada hogar, cuando irrumpe la vida, hay navidad. ¡Quiénes, cómo, con cuáles derechos destruyen estas tradiciones y vuelven los vientres en cárceles, antesalas de las penas capitales del aborto! Qué contraste: mientras la Iglesia mira con fundada desconfianza y sólo en circunstancias muy especiales, el recurso a la pena capital, aún cuando se trata de delincuentes -protagonistas de crímenes atroces 10 -, las democracias modernas se consideran autorizadas para decretar las penas de muerte a los más débiles, indefensos, a los más inocentes. ¡Se equivocan quienes sostienen la idea de que el aborto no es un abominable homicidio!

Es la moderna masacre de 50 millones de víctimas de abortos legalizados, al año, de una democracia que los despedaza en el útero materno, como homenaje al derecho que les reconoce falso de eliminar a los nascituri como si fueran simples apéndices, agregados celulares, como una especie de tumor en el seno materno. Es ésta la idea que muchas madres que abortan tienen: cuando pueden contemplar a sus hijos, en los scanners, y ven que no son cosas, surge una nueva corriente de ternura y responsabilidad y se convierten en fervientes defensoras del fruto de su vientre. Hay una cadena de centros de defensa de la vida en México, por ejemplo, que han salvado más de 10,000 nascituri.

Hoy, el nuevo muro que se alza, dividiendo a la humanidad, no es ya el de Berlín, construido por la ideología 11 , sino el que separa la cultura de la vida y de la muerte. Y este muro de vergüenza se levanta al interior de la mayoría de los países del mundo.

Estamos en medio del conflicto, de la lucha. La Iglesia se halla en medio de la batalla. Hay que decidir, fieles a la voluntad del Señor, por la vida. ¡No podía ser de otra manera 12 ! En Estados Unidos los abortistas pro-choice son contrarrestados así: el mejor pro-choice es pro-life (ésa es la verdad y la libertad).

La Iglesia toma en sus manos la causa de los más débiles e inocentes contra la prepotencia de los poderosos. Su fuerza arbitraria se transmuta en tiranía, por el peso de las mayorías (mal informadas o dominadas por las ideologías) en los parlamentos, que creen poder fundar las leyes no en la justicia sino en su voluntad soberana y arbitraria. La Iglesia no puede callar mientras cunde el grito de los inocentes.

Es una lucha llena de peligros porque los poderosos cuentan con todos los medios, excepto la verdad, el amor y la justicia. Son ríos de dinero los que corren para difundir el imperialismo contraceptivo y abortivo. Se habla de más de 13 millones de dólares, sumando los presupuestos de las instituciones que buscan el control de la natalidad. Hay que recordar que el Fondo de las Naciones Unidas para la Población y el Desarrollo (UNPFA) tiene metas bien ambiciosas para antes del año 2000. Y esto sin contar las ayudas oficiales para abortar. Oí en estos días que abortar cuesta cerca de 500,000 liras en Italia (unos 350 dólares). El resto lo paga el Estado. ¡Y en Singapur costaría cinco dólares! En los países abortistas, los que rechazan esas leyes inicuas son obligados contribuyentes.

Curiosamente, mientras las democracias modernas admiten toda clase de protestas, van tendiendo a que se considere imposible protestar contra esta masacre. ¡Se vuelve difícil, con tantos riesgos, propender por la objeción de conciencia! La Iglesia no protege y menos suscita movimientos violentos en defensa de la vida. Algunos quieren inculcar esa caricatura. Y ningún movimiento pro-vida apoyaría a quienes buscan hacer justicia por propia mano, sustituyendo a las autoridades. ¿Cómo hacen creer que hace parte de su ideario liquidar médicos abortistas? Castigar esos delitos es algo que, con leyes justas, corresponde a las autoridades. La vergüenza moral es que esto no se haga.

Nos hallamos ante la insensatez de pensar que no castigar el crimen, la despenalización, sea una vía civilizada. Se olvida que elevar al nivel de principio que el delito no sea punible es cancelar la categoría de delito. Eso podría corresponder al juez, analizadas las circunstancias. Hay circunstancias atenuantes, como las hay agravantes. El error radica en que, a priori, el legislador señale quien, en concreto, al cometer un delito, no merezca ser castigado. ¡He aquí la vía hacia el totalitarismo, por la acumulación de poderes! El legislador se arroga el papel de juez que elimina la pena.

Es verdad que el problema es dramático cuando las leyes inicuas se vuelven invulnerables, con un muro de silencio. Será prohibido no sólo actuar, sino -si la manipulación fuera posible- pensar contra lo que las leyes arbitrarias disponen. ¿Quién, entonces, defiende a los inocentes? Ellos, los nascituri, no pueden protestar, manifestar en las calles, organizar su defensa. Si el nascituro pudiera defenderse de la letal agresión que perpetran los cómplices del delito al realizarlo, tendría todo el derecho a hacerlo, incluso hasta quitar la vida al injusto agresor, según la moral con los principios clásicos conocidos. No se puede negar que es en extremo dolorosa la situación cuando las leyes inicuas se defienden hasta impedir el clamor de una sociedad que se siente asaltada en sus derechos. Y todo en nombre de una democracia "pluralista" que debiera ostentar un amor que incluso privilegie a los más necesitados e indefensos. ¡Cuán peligrosa es una democracia que se complace en despedazar a los más inocentes! En breve, lo esperamos, se reconocerá el límite cruel de una democracia que silencia y condena a muerte a los más débiles. Cómo hoy los pueblos se avergüenzan de hablar de democracia cuando aceptaban como un derecho el esclavismo.

Quizás no se ha perdido del todo la vergüenza por semejantes delitos. Se busca cubrir, con el maquillaje de un lenguaje rebuscado, la gravedad del crimen. Se llega a imaginar que los artificios del lenguaje son suficientes para ocultar la iniquidad. Es el caso de la expresión "interrupción del embarazo". ¡No se habla del aborto! A El Cairo se llevaba un paquete de expresiones artificiosas que enmascaraba la realidad y los propósitos. ¡Cuántos rodeos para hacer pasar inadvertidamente el aborto como instrumento de planificación de la familia! Cuántos rodeos para no tener que aludir a una deformación de la verdad del sexo y su responsabilidad que tiene su lugar en el matrimonio.

Como se empezó a hablar de un aborto "seguro" (safe abortion), sin hacer referencia a los derechos del concebido a quien lo único que se asegura es la muerte; de un "aborto raro", cuando la tendencia en varios países va en la línea de ampliar las "causales" de aborto, en el tiempo y en las circunstancias... ¿"Raro" el aborto en Europa, que sólo es rechazado por Irlanda y Malta; "raro" en Estados Unidos, cuando se hacía circular de nuevo los recursos económicos para un control natal sin referencias morales?

Con todo, el mismo lenguaje tiene sus trampas... Se habla hoy más del "producto", con una expresión de fábrica, en vez del hijo. Se evita a toda costa hablar del matrimonio y se hace referencia a "uniones", a la "pareja". Pero no son raros los resbalones. Se difunde la idea de la "vacuna anti-bebé", lo que equivale a catalogar al nascituro como un virus. Por tanto, la maternidad es una enfermedad y la esterilidad un bien buscado, no una humillación. Pensar que en Brasil más de la tercera parte de las mujeres en edad fértil han sido esterilizadas. Mientras en el año 1960 se establecía como proyección para esta década una población de 210 millones de habitantes, los datos estadísticos indican que no pasan de 160 millones.

Hay otra categoría de personas en altísimo riesgo por la mentalidad anti-vida: son los enfermos, los enfermos terminales, pero también, los nascituri que no gozan de una "calidad de vida", cuya existencia es considerada inútil y nociva. Se apela aquí a todos los resortes de la compasión para concluir que la eutanasia o la eugenesia es una acto de humana compasión, incluso un comportamiento responsable. Al derecho de "morir dignamente", es decir sin dolores... corresponde el derecho a una complicidad compasiva.

Nuevamente nos hallamos ante un problema serio de distorsión antropológica. ¿Quién es este nascituro? ¿Quién es este enfermo cuyo cuerpo se erosiona irremediablemente? ¿Es imagen de Dios, es cuerpo y alma, es ser humano, persona humana, o no? ¿La enfermedad, la falta de la salud, de ese tipo de calidad de vida de la que tanto se habla hoy, cancela su realidad de persona?

Permitidme expresar que, precisamente aquí, es donde, con peculiar claridad, se dan cita la razón y la fe, la verdad del hombre, iluminada plenamente desde el Verbo encarnado. ¿Este nascituro enfermo, del cual se quieren liberar, después de un diagnóstico prenatal con tal intención, que merece vivir, tiene un derecho a ello? ¿Este enfermo que se revuelca en el dolor y en la angustia, vive así una vida digna de ser vivida? No hay duda de que nos hallamos ante uno de los más duros dramas. La Iglesia no lo oculta. Pues bien, ¿cuál es la última raíz de su dignidad, de su realidad personal, así nadie los amara, acogiera, acompañara y fueran declarados fardos pesados e insoportables? La respuesta es ésta: la última raíz de su dignidad personal es que ellos son amados, queridos por Dios. Porque Dios los ha amado, por ello vienen al mundo. Dice la imitación de Cristo: «no hay creatura tan pequeña y humilde (ita parva et humilis) que no represente la bondad de Dios». En una filosofía digna de tal nombre, Deus est infundens bonitatem in rebus. El bien, todo bien, la bondad de la vida, esa calidad ontológica única e insustituible, tiene su fuente en Dios que da, que infunde, la bondad en las cosas.

No es bueno o malo lo que dan como veredicto los parlamentos, sino lo que Dios, Señor de la vida, establece. ¡Ved cómo es de peligroso olvidar la ley natural!

Aquí la antropología se introduce y se explica, en la mayor profundidad, con lo que llamamos el diseño de Dios, el plan de Dios. La verdad del hombre pasa por esta pregunta: ¿qué quiere Dios del hombre, de este hombre, de este niño, de este enfermo, de este hogar? La razón y la fe se enlazan en un homenaje de obediencia, de apertura a Dios. El hombre es imagen y se hace imagen, como vocación, en la medida en que él se abre, se comunica, con quien es su Creador. Sólo así se reconoce como objeto de amor y emerge a su realidad más noble.

Permitidme una anécdota, que quizás hará más comprensible esta verdad del hombre. Llevamos a cabo un encuentro internacional en Río de Janeiro sobre "los niños de la calle" (os meninos da rua). Fue convocado por nuestro Pontificio Consejo. Me llamó mucho la atención la constante que fue surgiendo de la experiencia de los especialistas, de los que han dedicado lo mejor de sus energías a este apostolado. Contaban que esos niños abandonados no temen la muerte. Más aún, se desprecian a sí mismos en la medida en que son despreciados. Diríamos que introyectan esa actitud que los hace experimentar que sobran, que están como de más... Algo sobre tal sensación fue abordado por la filosofía, cuando el hombre no experimenta la paternidad.

Los niños, os meninos da rua, se transforman cuando se sienten amados (en una familia que los acoge, en una institución que les da calor de un hogar), se sienten personas; es como un amanecer, en una como creación en el milagro del amor. La psicología tendría mucho que decir sobre la forma como se va tejiendo nuestra conciencia personal y moral, la conciencia de un yo, al encontrarse con el tú, de otros, que reflejan de alguna manera el (con mayúscula) de Dios mismo.

Así, de manera similar, amanece en la vida del enfermo cuando el amor se expresa en compañía, en cuidados, en la cura debida. Es un modo claro de expresar que valen, que cuentan, que son personas. La madre Teresa de Calcuta narra cómo los enfermos, aquellos que recoge en las calles, los acribillados por el sida, mueren como amaneciendo, en paz, cuando se sienten amados. Es la antropología que se vuelve praxis de caridad.

Es verdad que todo esto representa otro lenguaje. Aquí radica el problema de la comunicación. Se juega para el futuro la misma posibilidad del diálogo, base de la coexistencia entre personas y pueblos. Hay que rehacer la posibilidad misma del diálogo en la cultura de la vida. Al drama del enfermo la Iglesia acude como el Buen Samaritano, con entrañas de misericordia, con una capacidad de compadecer (cum pati) que es compartir en el respeto, no suprimir o liquidar.

A todo esto se refiere la Evangelium vitae en no pocos lugares 13 . Nada tiene que ver esta compasión con el encarnecimiento terapéutico.

Hay una "lógica" implacable. Si a otros tratamos como cosas, en las que se "agotaron" las personas, en un cambio cualitativo impuesto... tratados como cosas, no como personas, como carga, un mañana (un mañana más o menos próximo), cuando la salud se erosione, cuando pasen los años, también nosotros seremos tratados así. Los periódicos hace un tiempo informaban del comportamiento de unas enfermeras en Austria que resolvieron deshacerse de los enfermos (de semejante carga), asfixiándolos con las almohadas. Mañana los psiquiatras podrán comenzar a hablar de ese "complejo"... del complejo de la almohada para ancianos y enfermos.


8

Lug cit.

9

Ver Evangelium vitae, 69-74.

10

Ver Evangelium vitae, 56-57.

11

La idea la recojo de un parlamento italiano.

12

Ver Evangelium vitae, 5-6.

13

Ver Evangelium vitae, 15, 23, 46, 47, 64-67.

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