Cardenal Alfonso López Trujillo, La Tensión entre la Cultura de la Vida y la Cultura de la Muerte en la Evangelium Vitae
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1. Las culturas de la muerte y de la vida: dimensión antropológica

Esta histórica encíclica, Evangelium vitae, está llamada a movilizar las conciencias en una perspectiva de cultura de la vida, especialmente de los dirigentes del mundo. Es, sin embargo, un apelo universal de frente al desencadenarse de la cultura de la muerte que crece, en forma alarmante, e introduce una confusión de extrema gravedad. Es bueno recordar que estas expresiones han sido usadas, por vez primera, en el magisterio pontificio, en la encíclica Centesimus annus 1 .

Son expresiones muy significativas. La "cultura de la muerte" muestra que el desbarajuste no es espontáneo. Es fruto de una mentalidad que se ha ido creando, como efecto de una deseducación sistemática, tendiente a sepultar los valores evangélicos y morales. Esta "cultura", la mentalidad anti-vida 2 , muestra que hay una nueva manera de ver la situación que obedece a una profunda distorsión. No nos hallamos solamente frente a dramas personales inmensos de personas acosadas por los acontecimientos o presiones, o abandonadas, sino que esta situación adquiere nuevas proporciones de alcance social y que obedecen a proyectos políticos, sociales y económicos que, en su conjunto, conforman una cultura signada por la deshumanización.

Cuando el Santo Padre eleva su clamor profético suscita una reacción, en muchos sectores, de acogida, no obstante una contestación difusa ya conocida. La Iglesia, con entrañas maternales, es reconocida como conciencia y defensa de la humanidad. Para algunos, incluso para algunas religiones, la voz del Papa es un lenguaje claro, articulado en el amor a la humanidad. La Iglesia proclama y se expresa como recogiendo las profundas aspiraciones y derechos que muchos no aciertan a descubrir o no se atreven a presentar.

Podríamos decir que el centro de la encíclica es una profunda preocupación antropológica, la verdad sobre el hombre que sólo se ilumina plenamente en el Verbo encarnado 3 , que es Luz de las gentes. El gran drama hoy, la terrible enfermedad que debilita sociedades enteras, toca la verdad del hombre que es como aprisionada, asfixiada, en la expresión de San Pablo (ver Rom 1,18). Esta raíz de la confusión lleva a un lenguaje que no es el cauce para transmitir y encontrar la verdad, sino para ocultarla y enceguecer los espíritus y debilitarlos, al privarlos del pan de la verdad.

¿Qué ha ocurrido para que en cerca de sólo 30 años lo que antes avergonzaba a los parlamentos, como un crimen cobarde, que el ensañarse en los más débiles e inocentes, hoy se exhiba como un derecho? ¡El delito se vuelve derecho 4 !, y la eliminación de los más débiles aparece como un ejercicio noble de la libertad, como una "conquista" de la civilización, sobre todo de las mujeres. Todo esto se esconde, habilidosamente, en la fórmula pro-choice.

Es una ideología de la muerte que no sólo se "tolera" sino que se impone, se exporta y se transmuta en "lenguaje imperial" que todo lo arrasa.

América Latina está amenazada. Hay una "conjura" contra la vida; una "conspiración" en curso. Y las manipulaciones son evidentes. Algunos gobernantes son vencidos, no convencidos, por las amenazas y las restricciones. Desafortunadamente hay un positivismo, un pragmatismo, una información superficial que nos pone en los antípodas de lo que era para Platón el ideal de la democracia. Es decir, el gobierno de los pueblos no se pone en las manos de los filósofos (o de los sabios), sino de quienes se mueven en el pragmatismo de fáciles obediencias ante el poder del dinero. Impera una visión inmediatista y el temor a perder el favor de los poderosos.

Nos hallamos, pues, en el núcleo del problema. Permitidme una reciente anécdota: el 12 de julio pasado fui invitado a presentar la encíclica Evangelium vitae en el Parlamento Europeo en Estrasburgo (la invitación provenía de los Partidos Populares). Fueron cerca de cuatro horas de un diálogo muy vivo, cordial e interesante. Fue para mí muy indicativo ver cómo los traductores (un grupo grande) ofrecieron una hora gratis de su tiempo para dar espacio mayor al diálogo iniciado. Una parlamentaria, de lengua alemana, protestante, con tono respetuoso me decía: «¿Por qué la Iglesia ha olvidado a los jóvenes?». No acertaba yo a entender tal aseveración. Ella se explicó: «¿Por qué la Iglesia les niega el uso de los anticonceptivos y de los preservativos? La Iglesia no ayuda a los jóvenes y, así, los abandona». Varios, sobre todo algunas parlamentarias, parecían asentir. Algunos, de hecho, después hablaron en una línea semejante. Otros, desde luego, no se mostraban de acuerdo.

Me llamó mucho la atención esta intervención y más cuando en la presentación de la encíclica no me había referido a la anticoncepción. Hacia el final resolví avanzar estas ideas: ¿Qué hombre y qué mujer queremos? ¿Cuál es la imagen y el diseño que queremos promover, si esto estuviera en nuestras manos? El fondo de la cuestión es la verdad del hombre. Le pregunté, respetuosamente: ¿Qué tipo de hija ella quisiera construir? ¿Aquella que, en la revolución sexual, sin una comprensión de la verdad del sexo, lleva los instrumentos anticonceptivos en la cartera...? Si pudiéramos elegir a nuestras propias madres, ¿qué tipo de mujer y de madre buscaríamos? El Santo Padre en el mensaje a la señora Nafis Sadik, con ocasión de la Conferencia de El Cairo sobre población y desarrollo, y a los gobernantes, preguntaba: ¿qué clase de juventud queréis modelar hacia el futuro? ¡Sí! la cuestión es antropológica y si esto no se aclara, qué difícil será el diálogo si se deja de lado lo que es el hombre, ¡imagen de Dios!

Aquello que percibía hace 30 años el Concilio (en estos días celebramos 30 años de la promulgación de la Gaudium et spes) sobre la centralidad de la antropología -ligada a la cristología- es algo que hoy se capta con especial evidencia 5 . Unida a la concepción del hombre, como primera expresión de su ser social, está la familia, la primera comunidad, de tal manera que la sociedad es captada como una cadena solidaria de comunidades.

Me parece que es ésta la perspectiva de esa profunda intuición de Pablo VI con la célebre concepción de la "civilización del amor". Más que una visión política peculiar, el Pontífice de la Populorum progressio y de la Humanae vitae, entendía que la sociedad es sólo concebible como un encuentro comunitario de personas, más aún, de comunidades congregadas y vivificadas por el amor, a partir de la comunidad básica, célula primordial y vital que es la familia.

La Gaudium et spes es como una explicación sistemática de la humanidad que se construye como una familia. El Santo Padre Juan Pablo II centró su reciente intervención en la ONU en el tema de la familia de naciones.


1

Ver Centesimus annus, 38-39.

2

Ver Familiaris consortio, 30.

3

Ver Gaudium et spes, 22, 11.

4

Ver Evangelium vitae, 4.

5

Ver Gaudium et spes, 22, 11.

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