En 1983, el Papa Juan Pablo II proponÃa para América Latina la tarea de la nueva evangelización, que serÃa confirmada en Santo Domingo, durante la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, como el horizonte definitivo de la Iglesia en el continente. Esta tarea plantea una renovación y un recentramiento de la misión de la Iglesia, a la luz del V Centenario de la evangelización y a las puertas del tercer milenio de la era cristiana.
Desde aquella ocasión, el Santo Padre no ha dejado de insistir en esta misión de la nueva evangelización: los viajes al continente, las visitas ad Limina, la inauguración de la IV Conferencia, en fin, cualquier encuentro con la Iglesia en estas tierras, ha sido una ocasión para subrayar esta consigna-tarea, dándole al mismo término "nueva evangelización"un contenido cada vez más profundo e importante. AsÃ, la nueva evangelización, que, como señala el PontÃfice, es prolongación de la primera realizada hace cinco siglos, ha sido asumida por el episcopado latinoamericano como su programa no sólo prioritario, sino englobante 12 , no sólo como respuesta filial y pronta del episcopado latinoamericano a las exigencias del Sucesor de Pedro. También es la propuesta que surge de contemplar el enorme reto evangelizador que se le presenta a la Iglesia en un continente que cabalga sobre diversos y sucesivos ensayos de racionalismo secularizante, que con frecuencia opacan y hasta ocultan su sustrato católico de fondo.
Es obvio que, como lo señala el mismo documento de Santo Domingo, en el centro de esta nueva evangelización se encuentra Jesucristo, «el mismo ayer, hoy y siempre», que cuando es reflejado transparentemente y con actitud servicial por todos los miembros de la Iglesia, provoca la admiración, la conversión y la transformación del entorno cultural y social.
Esta centralidad de Jesucristo está en plena armonÃa con el lema que el Santo Padre impulsa con ocasión del Año Internacional de la Familia: «La familia, corazón de la civilización del amor».
En efecto, si el Señor Jesús es el eje de la nueva evangelización, la civilización -o cultura- del amor es su meta, su punto de llegada, su destino final.
Cuando el Papa pone a la familia en el corazón de este destino, le asigna una tarea prioritaria en el proceso de recentrar en Dios-amor la civilización entera. Pero la familia sólo se convierte en corazón de la civilización del amor cuando comparte el destino de la Iglesia hasta convertirse ella misma en el primer espacio eclesial donde se vive, anuncia y sirve a Jesucristo. Cuando Jesucristo se convierte en el centro de la familia, ésta se convierte a su vez, verdaderamente, en Iglesia doméstica, y por tanto, en el corazón de la civilización del amor.
La imagen del corazón, respecto de la función de la familia, no sólo es bella, también es real. Asà como del corazón se irradia la vida, la familia que tiene a Cristo como centro se convierte en una fuente de vida para la Iglesia y para el mundo. En primer lugar, es fuente de vida para la familia misma, pues, como dice el Salmo, allà donde viven los hermanos unidos en torno al Señor, «Yahveh dispensa la bendición, la vida para siempre» 13 . Para la comunidad eclesial más amplia, se convierte en fuente de vida al atraer, con la oración y el sacrificio cotidiano, como anticipación del misterio de la comunión de los santos, la gracia que la Iglesia requiere para seguir fiel a su misión. La vivifica y alimenta también al proporcionar a la Iglesia cristianos comprometidos, capaces de dar testimonio de la obra reconciliadora de Jesucristo en medio del mundo. Y hace real la promesa de que las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella al enviar obreros a la mies: vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada de plena disponibilidad evangelizadora.
Como el corazón, la familia también se ubica en el centro de la comunidad eclesial hasta el punto que podrÃamos decir que la familia auténticamente cristiana es la primera "parroquia", la primera "comunidad"a través de la cual el cristiano se inserta en la gran comunidad de la Iglesia. AsÃ, la familia es el primer ámbito donde se vive la experiencia de koinonÃa, porque es allà donde, en efecto, el cristiano aprende por primera vez a «acudir asiduamente a la enseñanza de los apóstoles», a «vivir unidos y tener todo en común», a «partir el pan por las casas y tomar los alimentos con alegrÃa y sencillez del corazón», en fin, a «alabar a Dios y gozar de la simpatÃa de todo el pueblo» 14 . Esta primera y fundamental experiencia de comunidad es la mejor garantÃa de que, posteriormente, en otras instancias de la Iglesia, los cristianos estarán maduramente preparados para vivir la caridad y la comunión fraterna: en el compartir cotidiano, en la vida parroquial, en las responsabilidades de gobierno, en la vida comunitaria, en el ejercicio de cualquier función de servicio. En este sentido, el Papa Juan Pablo II señala que «gracias a la caridad de la familia, la Iglesia puede y debe asumir una dimensión más doméstica, es decir, más familiar, adoptando un estilo de relaciones más humano y fraterno» 15 .
El matrimonio es el único sacramento de la Iglesia en el que los sujetos son, al mismo tiempo, ministros. La liturgia matrimonial subraya el maravilloso ejercicio de libertad y responsabilidad que los cónyuges realizan cuando deciden unirse en santo amor «hasta que la muerte los separe». «Te quiero a ti, ... como esposa -como esposo- y me entrego a ti, y prometo serte fiel en las alegrÃas y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los dÃas de mi vida» 16 . Al pronunciar estas palabras, los cónyuges manifiestan que el único vÃnculo, la única garantÃa de la durabilidad de este acto que revela la grandeza y el origen divino de la libertad humana, es ese amor que los une en Cristo y entre sÃ. Libres en el amor, ambos son capaces de transmitir la vida y prolongarla, proyectando asà ese amor y esa libertad en seres capaces de amar y ser libres 17 . El amor y la responsabilidad que implica esta libertad, por tanto, son no sólo el fundamento del matrimonio, sino la raÃz de la misión de la familia.
Como ministros del sacramento, entonces, los esposos son también los principales agentes de su desarrollo integral y el de su descendencia. Es verdad que la familia es una responsabilidad de toda la Iglesia -incluida la jerarquÃa- y que muchas veces los pastores no ofrecemos a la familia todo el apoyo que se deberÃa. Esta carencia, que debe ser examinada y subsanada, no es excusa, sin embargo, para que los esposos dejen de asumir su responsabilidad primordial. Si una familia no prospera en la fidelidad al Plan de Dios, es, en última instancia, responsabilidad de los esposos, pues el acto de libre consentimiento expresado en el matrimonio los hizo responsables no sólo de su propio destino -como es el caso de cualquier cristiano- sino del de la comunidad familiar que, como sabemos, es más que la simple unión de sus miembros.
En este sentido, la consecuencia del amor conyugal es la responsabilidad que éstos asumen en vistas al bien de ellos mismos, de la comunidad familiar, de la Iglesia y, en última instancia, de la comunidad humana toda. El "sÃ"al cónyuge, por tanto, no es una simple palabra pronunciada ante una comunidad reunida, es un compromiso que resuena en el universo entero y que tiene por testigo a toda la creación, pues es un "sÃ"al Plan de amor que Dios tiene para toda la humanidad y para todo el mundo creado.
El primer ámbito evangelizador donde repercute este sà de amor es en la conversión personal. Si cada cónyuge, de forma personal, está vuelto hacia Dios y trabaja seriamente por mantener una relación profunda con Él, existe garantÃa de que es el Señor quien construye la casa y que, en consecuencia, los albañiles no se afanan en vano. Cada uno de los esposos está llamado a esforzarse al máximo para alcanzar la santidad. En la encÃclica Casti connubii, el Papa PÃo XI recordaba que los esposos cristianos en singular «pueden y deben imitar al perfectÃsimo ejemplar de toda santidad propuesto a los hombres por Dios, que es Nuestro Señor Jesucristo; y con la ayuda de Dios alcanzar también la cima más alta de la perfección cristiana, como el ejemplo de muchos santos nos lo demuestra» 18 .
Muchas veces parece olvidarse el hecho de que la salvación es un acontecimiento personal y que, por tanto, el destino escatológico de cada cónyuge puede ser diferente y hasta opuesto respecto del de su pareja. Parece olvidarse también que la salvación, en lo que respecta a la acción humana es responsabilidad de cada persona. En otras palabras, nadie se salva sin un esfuerzo personal constante por cooperar con la gracia que Dios derrama en abundancia a cada uno de sus hijos.
La segunda misión evangelizadora es la que los cónyuges tienen cada uno respecto del otro. «Cuando, en virtud de la alianza conyugal, ellos se unen de modo que llegan a ser "una sola carne"(Gén 2,24) -nos dice el Papa-, su unión debe realizarse "en la verdad y el amor", poniendo asà de relieve la madurez propia de las personas creadas a imagen y semejanza de Dios» 19 . Los esposos contribuyen mutuamente con su salvación y realización personal de múltiples maneras. En primer lugar, a través de una profundización y autentificación cada vez mayor del amor que ambos se tienen; y que debe expresarse en la oración de cada uno por el otro, en una vida de fe intensa que haga que cada uno se convierta en un testimonio vivo de visión sobrenatural, de caridad y de paciencia. Además del testimonio silencioso, son necesarias tanto la corrección nacida de la caridad como el estÃmulo oportuno que ayude a sobrellevar los momentos difÃciles. En general, será de edificación del cónyuge toda obra nacida del deseo de "morir para vivir", de donarse generosamente por amor para que el otro viva.
El amor conyugal se proyecta inmediatamente en su campo evangelizador especÃfico: la formación de los hijos en la fe. Esta tarea es una acción apostólica de máxima importancia para la Iglesia, hasta el punto que todo otro apostolado con los católicos deberÃa tratarse de una acción complementaria a la ya realizada por la familia. Lamentablemente, no pocas veces los padres, incluso los que se llaman cristianos, no sólo no cumplen con esta tarea, sino que en ocasiones se convierten en obstáculo para que los hijos descubran y vivan su fe. El Santo Padre, al respecto, proporciona un apretado recuento de los alcances de la labor evangelizadora que los padres deben realizar con sus hijos: «este apostolado se desarrollará sobre todo dentro de la propia familia, con el testimonio de la vida vivida conforme a la ley divina en todos su aspectos, con la formación cristiana de los hijos, con la ayuda dada para su maduración en la fe, con la educación en la castidad, con la preparación a la vida, con la vigilancia para preservarles de los peligros ideológicos y morales por los que a menudo se ven amenazados, con su gradual y responsable inserción en la comunidad eclesial y civil, con la asistencia y el consejo en la elección de la vocación, con la mutua ayuda entre los miembros de la familia para el común crecimiento humano y cristiano» 20 .
Como consecuencia de este crecimiento en el amor, la familia se proyecta evangelizadoramente a su entorno. No en vano el Papa habla de la responsabilidad social, e incluso polÃtica -en su sentido amplio e integral- de la familia. «Las familias -señala el PontÃfice-, tanto solas como asociadas, pueden y deben por tanto dedicarse a muchas obras de servicio social, especialmente en favor de los pobres y de todas aquellas personas y situaciones, a las que no logra llegar la organización de previsión y asistencia de las autoridades públicas. La aportación social de la familia -continúa el PontÃfice- tiene su originalidad, que exige se le conozca mejor y se la apoye más decididamente, sobre todo a medida que los hijos crecen, implicando de hecho lo más posible a todos sus miembros» 21 .
Involucrarse como familia en la transformación de la realidad social, buscando condiciones cada vez más justas para los hombres, comenzando por los rostros concretos de quienes forman parte de su entorno inmediato, no deberÃa ser la excepción, sino la norma en las familias cristianas. Los padres deben recordar que si los hijos no son formados en la justicia, el desprendimiento y la solidaridad en el contexto de la familia, difÃcilmente encontrarán un ámbito, en el futuro, donde adquieran estas virtudes indispensables para la transformación de la sociedad de acuerdo al Plan de Dios.
Por otro lado, la actual sociedad cientÃfico-tecnológica que parece desarrollarse en un sentido puramente material, avasallando las esperanzas en la dimensión trascendente del hombre exige de las familias, un testimonio de alegrÃa, de esperanza fundamentada en el "esplendor de la verdad". La tarea de transformación social, por tanto, no es sólo material, es también -y con especial urgencia- espiritual.
Muchas cosas podrán decirse en torno al papel de la familia en otros ámbitos tan variados como -por ejemplo- el de la educación, el arte o la ecologÃa. Aunque en todos ellos existen tareas especÃficas que merecen ser desarrolladas, puede aplicarse a ellas el mismo principio agustiniano que ilumina todos los campos del apostolado familiar: «ama y haz lo que quieras».
Aunque el contexto social y cultural plantea innumerables retos y entraña serios peligros para la familia, la Iglesia no es pesimista. Por el contrario: se alegra al constatar, con el Papa Juan Pablo II, que crece, especialmente entre los jóvenes, una nueva conciencia de respeto a la vida desde su concepción, y se difunden los movimientos pro-vida, al igual que diversas iniciativas apostólicas, dirigidas fundamentalmente por laicos, especializadas en el apostolado conyugal y familiar. Para la Iglesia, éstos y otros factores constituyen un signo de esperanza para el futuro de la familia y una feliz confirmación de que el caminar de la Iglesia, a pesar de las dificultades y amenazas, sigue siendo conducido por el Señor Jesús, que quiso hacerse Hijo en un familia humana, y sigue siendo animado por el EspÃritu, Señor y dador de Vida.
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