Mons. Alberto Brazzini Diaz-Ufano, Defensa de la familia y nueva evangelización
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I. ¿Por qué la Iglesia defiende a la familia?

Un autor neotomista gustaba decir que el sentido común, entendido como esa "lógica natural"que acompaña supuestamente a todo hombre, era el menos común de los sentidos. Esta frase parece ser especialmente cierta cuando se trata de entender cómo la cultura moderna enfrenta la importancia de la familia para la sobrevivencia del género humano.

Es claro que para el hombre sencillo, común y corriente, la centralidad de la familia es casi una verdad de Perogrullo, tan cierta que no merecería el menor debate. Sin embargo, en ámbitos supuestamente más "cultos", donde los motivos más profundos para defender a la familia deberían ser perfectamente comprendidos, muchas veces pasa lo contrario. Así, descubrimos a élites políticas e intelectuales que desde puestos de influencia -llámese la Organización de Naciones Unidas, el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional- difunden el antinatalismo, el sexo "recreativo", el eugenecismo, la eutanasia, la manipulación genética o cualquier otra manifestación de la "cultura de muerte"que atenta directamente contra la supervivencia de la institución familiar, al tiempo que proclaman su importancia.

Racionalismo contra razón

Un caso, aparentemente distante de nuestra realidad, merece ser traído a colación como ejemplo de esta profunda incoherencia del racionalismo actual. El Parlamento Europeo, que se supone reúne a la élite política del continente que se precia de ser la cuna de la civilización occidental, votó recientemente a favor de una resolución que aprueba la unión de homosexuales y la posibilidad de que éstos adopten niños.

El Papa Juan Pablo II y con él, la Iglesia toda, reaccionó con energía, rechazando este duro golpe contra la naturaleza misma de la unión conyugal y de la familia. La prensa mundial pareció reaccionar frente a este hecho con indolencia, incluso con increíble letargo. Sorprendente resultaba, en cambio, para los medios, la importancia que la Santa Sede parecía darle a un tema que para ellos resultaba tan "ligero"y hasta insignificante. Se insinuaba incluso que la Iglesia se dejaba llevar por algo así como una "rigidez ideológica".

Con esta postura, la intelectualidad racionalista renunciaba al ejercicio de la razón para caer en el "factualismo"según el cual los hechos (en este caso, el "matrimonio"homosexual) son simplemente porque se imponen (en este caso, mediante una votación). Y desde esta posición, se rechazaba la reacción de la Iglesia, acusándola de pretender "imponer"su propia lógica, es decir, sus razones, para defender la naturaleza monógama de la familia.

En su reciente Carta a las Familias -el primer documento que un Pontífice dirige directamente a éstas-, el Papa Juan Pablo II explica cómo efectivamente, la Iglesia sí tiene razones para defender la visión cristiana de la familia. Destaca, ante todo, que los argumentos de la Iglesia se basan en el origen divino de la institución familiar, por el cual ésta antecede al derecho de los estados y las instituciones. Pero al mismo tiempo, señala que las razones para destacar la centralidad de la familia para la supervivencia de la sociedad no son una especulación intelectualista ni mucho menos un "prejuicio"religioso; sino una verdad profundamente natural, humana.

Confrontando razones

Si al racionalismo de hoy le resulta imposible entender directamente el origen divino de la familia, no está fuera de su alcance comprender el papel determinante de la familia en la supervivencia de la sociedad. La historia aporta los más claros argumentos.

Tras la revolución de 1917, el gobierno bolchevique de la Unión Soviética intentó aplicar al pie de la letra la ética anti-familiar que Marx y Engels proclamaron en su Manifiesto. En menos de cinco años, la descomposición social llegó a tales niveles que el gobierno se vio obligado a dictar severas leyes de protección a la familia.

Recientemente, una influyente revista europea señalaba, con cifras, que la descomposición familiar de occidente se había convertido en un problema con efectos tan variados -desde el incremento de la criminalidad hasta una inmanejable seguridad social-, que podía considerarse como la más seria amenaza a la estabilidad de los países ricos. Y en el mismo sentido, Charles Murray, columnista del norteamericano «Wall Street Journal» sugiere que la descomposición familiar «se asuma como el problema social más importante de nuestro tiempo, incluso por encima del crimen, las drogas, la pobreza, el analfabetismo, la asistencia social o los sin techo, porque de ella surge todo lo demás» 1 .

Que la familia no es solamente "un tema de Iglesia", sino ante todo un patrimonio universal lo han comprendido pocos pero valiosos pensadores que no están vinculados con la Iglesia católica. Uno de ellos es el intelectual judío norteamericano Dennis Prager, fundador del Michea Center for Monotheism. Según Prager, «la concepción por la que se compara la homosexualidad con el amor heterosexual y matrimonial comporta implícitamente la decadencia de la civilización occidental; así como ciertamente el rechazo de la homosexualidad y de otras prácticas sexuales no matrimoniales hicieron posible la creación de esta civilización» 2 .

El cineasta italiano Adriano Celentano, argumentaba lo mismo pero de forma aún más vívida. Dirigiéndose a un imaginario interlocutor homosexual que ha adoptado un niño, amparado en la nueva legislación europea, Celentano preguntaba: «¿Qué le contarás a tu niño cuando regresando de la escuela te pregunte: "Papá, ¿cómo es posible que todos mis amigos tengan una madre y yo no tengo más que dos papás? ¿Acaso yo tengo más suerte que los demás?". "Claro que sí", le responderás. "Pero entonces, ¿para qué sirven las mujeres?"objetará. Entonces, no te quedará más remedio que decirle que no sirven para otra cosa que para tener hijos, y que si no existieran las mujeres, él no hubiera podido nacer. Y en ese momento ¿no crees que le vendrá el deseo de conocer a su madre?...» 3 .

Familia y persona humana

Ésta y otras muchas reflexiones de hombres y mujeres que no carecen del "menos común de los sentidos"demuestran que la defensa que la Iglesia hace de la familia no se basa en "prejuicios"doctrinales, sino en su bimilenario conocimiento de la naturaleza humana a partir de la verdad sobre el hombre que ha revelado Jesucristo.

En base a esta familiaridad con la naturaleza del hombre, el Papa Juan Pablo II inicia su Carta a las Familias destacando el aprecio que la Iglesia tiene por esta dimensión profundamente humana de la sociedad familia: «entre los numerosos caminos, la familia es el primero y el más importante. Es un camino común, aunque particular, único e irrepetible, como irrepetible es todo hombre; un camino del cual no puede alejarse el ser humano. En efecto, él viene al mundo en el seno de una familia, por lo cual puede decirse que debe a ella el hecho mismo de existir como hombre» 4 . En esta frase, el Papa expresa de manera sencilla cómo, en la medida en que la familia es una realidad profundamente humana, es también una realidad profundamente personal y personalizante; es decir, que no sólo está enraizada en lo que podríamos llamar la mismidad de cada hombre, aquella dimensión más profunda donde éste se revela como un ser creado único e irrepetible; sino que también consolida la identidad, el destino, el proyecto igualmente único e irrepetible de cada hombre.

Si, como afirma el Papa, puede decirse que el ser humano debe a la familia el hecho de existir como hombre, puede decirse entonces que debe a ella también el hecho de existir como persona, como ser radicalmente diferenciado y, por tanto, no sujeto a los condicionamientos de género o especie.

Y si el hombre no está atado a condicionamientos de género o especie, es capaz de ser libre y responsable. Defender la familia, por tanto, para la Iglesia, es una exigencia esencial: se trata de defender la dignidad y la libertad que constituyen el carácter personal del hombre. En otras palabras, se trata de defender la columna vertebral antropológica sobre la que descansan verdades y derechos universalmente reconocidos.

De aquí nace una de las tantas paradojas que envuelven el debate entre el cristianismo y el racionalismo: la Iglesia, acusada desde el individualismo radical de pretender someter la autonomía de cada individuo a la "convención"de la familia, resulta convirtiéndose, en la realidad, en la defensora de la singularidad y libertad de la persona humana al defender a la familia como la fuente de éstas.

La familia como tema-eje

Este carácter personalizante, que vincula a la familia y sus derechos con la naturaleza humana y no con acuerdos o convenciones circunstanciales, establece la gran diferencia, la frontera que el Papa mismo ha llamado «una línea Maginot pero aún más eficaz», que divide a quienes han celebrado el Año Internacional de la Familia desde una perspectiva antropológica integral de aquellos que simplemente cumplen una formalidad abstracta y más aún, de quienes usan el tema como fachada para introducir proyectos contrarios al derecho a transmitir y defender la vida.

En una entrevista publicada en una revista italiana, el cardenal Alfonso López Trujillo, Presidente del Pontificio Consejo para la Familia, señalaba que entre las perspectivas que separan radicalmente a la ONU de la Iglesia «hay un problema de fondo muy serio: la aceptación o no de la familia entendida como institución natural y, como tal, fruto de la voluntad amorosa de Dios para el bien de la humanidad, de los padres y de los esposos, de los hijos de la sociedad toda». El cardenal López Trujillo agregaba con preocupación que «para no pocos, la familia es un consenso o un contrato social mutable, sin mayor solidez y consistencia 5 .

Éste podría ser señalado como el punto central, el tema sobre el cual los cristianos debemos establecer la "línea Maginot": en defender no sólo la "divinidad"-por su origen- de la institución familiar, sino su "naturalidad", es decir, su valor intrínseco para el hombre y la sociedad y, por tanto, inviolable. Pero el Papa explica cómo el carácter profundamente humano de la familia está vinculado a su origen divino: «Hay que volver a considerar la familia -decía- como el santuario de la vida. En efecto, es sagrada: es el ámbito donde la vida, don de Dios, puede ser acogida y protegida de manera adecuada contra los múltiples ataques a que está expuesta, y puede desarrollarse según las exigencias de un auténtico crecimiento humano. Contra la llamada cultura de la muerte, la familia constituye la sede de la cultura de la vida» 6 .

Así, al reconocer esta doble dimensión sagrada y humana, la familia es reconocida también como el espacio natural donde se defienden derechos fundamentales: a la vida desde el momento de su concepción; a condiciones dignas que permitan su desarrollo; a su transmisión fecunda; a su terminación digna y natural.

En esta perspectiva, la familia se convierte en un tema-eje desde el cual se puede pasar revista no sólo a los grandes problemas éticos de nuestro tiempo, desde el aborto y la manipulación genética hasta el antinatalismo y la eutanasia; sino también desde el cual pueden analizarse los principales temas sociales de nuestra época. En este sentido, no es casualidad que la última encíclica social del Sumo Pontífice, la Centesimus annus, tenga como uno de sus temas centrales la relación entre el novedoso concepto de "ecología humana"y la familia. El concepto de "ecología humana", todavía poco desarrollado por los cientistas sociales, incluso católicos, aporta un nuevo horizonte a la "cuestión social": «Mientras nos preocupamos justamente, aunque mucho menos de lo necesario -dice el Papa Juan Pablo II-, de preservar los "habitat"naturales de las diversas especies animales amenazadas de extinción, porque nos damos cuenta de que cada una de ellas aporta su propia contribución al equilibrio general de la tierra, nos esforzamos muy poco por salvaguardar las condiciones morales de una auténtica "ecología humana"»; y agrega luego que en este contexto hay que mencionar también asuntos sociales tan actuales como «los graves problemas de la moderna urbanización, la necesidad de un urbanismo preocupado por la vida de las personas, así como la debida atención a una "ecología social"del trabajo» 7 . Luego, señala cuál es el primer espacio donde se realiza esta aspiración a un ámbito social y cultural favorable al desarrollo integral del hombre: «La primera estructura fundamental a favor de la "ecología humana"es la familia» 8 . Con esta rotunda afirmación, el Papa pone a la familia en el centro y en el principio del esfuerzo por transformar el entorno humano según el Plan de Dios.

La batalla por la familia

Cuando esta centralidad de la familia es comprendida o "redescubierta", se entiende claramente el porqué de las enérgicas expresiones de un Pontífice que sin diplomáticos eufemismos rechaza el plan de las Naciones Unidas para la cita de El Cairo; que se despide de una parroquia romana señalando tajantemente que «me voy a seguir luchando contra el proyecto de las Naciones Unidas»; que afirma, tras fracturarse el fémur, que «éste es el sufrimiento que faltaba ofrecer por las familias»; o que señala a la familia como «corazón de la civilización del amor», es decir, como el eje del gran horizonte-tarea de la Iglesia. No son sólo las expresiones de un Pontífice apasionado por el hombre real, concreto, por el hombre-persona y, por tanto, por la familia. Son también las expresiones del Sucesor de Pedro que es consciente de que la sobrevivencia de la humanidad depende de la decisión de los miembros de la Iglesia de dar la gran batalla por la vida humana.

Por fidelidad al Evangelio de Jesucristo, por nuestra adhesión al magisterio del Romano Pontífice, por coherencia con la auténtica antropología cristiana, en suma, por obediencia a nuestros propios dinamismos más profundos y auténticamente humanos, nuestra respuesta en favor de la familia no puede ser menos apasionada. Es un momento ineludible para todos los cristianos: tiempo para que los pastores enseñemos y amonestemos, tiempo para que los sacerdotes acompañen y provean de alimento espiritual a las familias y, sobre todo, tiempo para que los laicos unidos en matrimonio den un testimonio de amor convincente e irrefutable que se eleve como un faro de esperanza en medio de las tinieblas del egoísmo y la descomposición familiar que se multiplican en nuestro mundo. Tiempo, en fin, para que todos los miembros de la Iglesia, en nuestras circunstancias particulares, combatamos con energía las fuerzas que encarnan la cultura de muerte y nos convirtamos en agentes de la cultura de vida.

En este gran frente no sólo es posible, sino que es necesario involucrar a todos aquellos hombres que, aunque no comparten la plenitud de la fe, creen sinceramente en el valor de la familia y en su origen divino.

Algo se avanza en esta dirección. El intelectual judío norteamericano Dennis Prager proponía hace poco un acuerdo "judeo-cristiano"para rescatar los valores comunes de la civilización occidental. En esa misma dirección camina el documento Evangélicos y Católicos Unidos, en el que importantes líderes religiosos de Estados Unidos, aún reconociendo con transparencia las diferencias que aún -lamentablemente- nos separan, descubren los puntos comunes sobre los cuales es posible establecer un amplio acuerdo para defender el derecho a la vida, los derechos de la familia y los derechos religiosos.

En América Latina el panorama religioso es ciertamente diferente, pero ello no descarta la necesidad de un diálogo. A principios de año, los obispos peruanos afirmábamos que, «porque el bien de la familia coincide con el bien común, defenderla es también una tarea de todos» 9 . En aquella ocasión nos dirigíamos a los diferentes estamentos de la sociedad, urgiéndolos a hacer todo lo humanamente posible, desde su ámbito específico, para defender y fortalecer la familia y, al mismo tiempo, dejar de hacer todo aquello que tiende a su deterioro. «Todo lo que hagan en esta materia -decíamos- no es indiferente al destino de la familia: o contribuirá a fortalecer los lazos familiares o fomentará su destrucción. De la decisión que tomen al respecto, deberán dar cuenta ante el Justo Juez» 10 .

La defensa de la familia, en este sentido, es tarea ineludible de toda la Iglesia, pero no es exclusiva de ella. Es importante involucrar en esta batalla a todo hombre o mujer consciente de que el destino de su propia descendencia depende de lo que se haga ahora en favor de la familia. Y el Papa plantea los alcances de este consenso mínimo: «Conviene hacer realmente todos los esfuerzos posibles para que la familia sea reconocida como sociedad primordial y, en cierto modo, "soberana". Su "soberanía"es indispensable para el bien de la sociedad. Una nación verdaderamente soberana y espiritualmente fuerte está formada siempre por familias fuertes, conscientes de su vocación y de su misión en la historia. La familia está en el centro de todos estos problemas y cometidos: relegarla a un papel subalterno y secundario, excluyéndola del lugar que le compete en la sociedad, significa causar un grave daño al auténtico crecimiento de todo el cuerpo social» 11 .


1

Citado por el «National Catholic Register», 10/2/1994.

2

Dennis Prager, A risk for the West, en «Crisis», febrero de 1994.

3

Adriano Celentano, Contra la Madre Naturaleza, en «Proyección Mundial», abril de 1994.

4

Juan Pablo II, Carta a las Familias, 2/2/1994, 2. El subrayado es nuestro.

5

» Ver entrevista al cardenal Alfonso López Trujillo, en «Jesus», Milán, marzo de 1994.

6

Centesimus annus, 39. El subrayado es nuestro.

7

Allí mismo, 38.

8

Allí mismo, 39.

9

Conferencia Episcopal Peruana, La familia, corazón de la civilización del amor, Lima, 28/1/1994, n. 11.

10

Allí mismo, n. 15.

11

Juan Pablo II, Carta a las Familias, 2/2/1994, 17.

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