La Constitución Pastoral del Concilio “Gaudium et spes†ofrece enseñanzas y estÃmulos de gran riqueza y de alto valor.
Llegamos asà a la orientación pastoral que nos hemos propuesto presentar a vuestra atención. Estamos en el campo de la caridad. Valga lo que hemos dicho hasta aquà para trazar las primeras lÃneas de esta dirección, que por su naturaleza debe desarrollarse en muchas lÃneas prácticas, según las exigencias de la caridad.
Nos parece oportuno llamar la atención a este respecto sobre dos puntos doctrinales: el primero es la dependencia de la caridad para con el prójimo, de la caridad para con Dios. Conocéis los asaltos que sufre en nuestros dÃas esta doctrina de clarÃsima e impugnable derivación evangélica: se quiere secularizar el cristianismo, pasando por alto su esencial referencia a la verdad religiosa, a la comunión sobrenatural con la inefable e inundante caridad de Dios para con los hombres, su referencia al deber de la respuesta humana, obligada a osar amarlo y llamarlo Padre y en consecuencia llamar con toda verdad hermanos a los hombres, para librar al cristianismo mismo de “aquella forma de neurosis que es la religión†(Cox), para evitar toda preocupación teológica y para ofrecer al cristianismo una nueva eficacia, toda ella pragmática, la sola que pudiese dar la medida de su verdad y que lo hiciese aceptable y operante en la moderna civilización profana y tecnológica.
El otro punto doctrinal se refiera a la Iglesia llamada institucional, confrontada con otra presunta Iglesia llamada carismática, como si la primera, comunitaria y jerárquica, visible y responsable, organizada y disciplinada, apostólica y sacramental, fuese una expresión del cristianismo ya superada, mientras la otra, espontánea y espiritual, serÃa capaz de interpretar el cristianismo para el hombre adulto en la civilización contemporánea y de responder a los problemas urgentes y reales de nuestro tiempo. No tenemos necesidad de hacer ante vosotros, a quienes Spiritus Sanctus posuit episcopos regere ecclesiam Dei7, la apologÃa de la Iglesia, como Cristo la fundó y como la tradición fiel y coherente nos la entrega hoy en sus lÃneas constitucionales que describen el verdadero Cuerpo mÃstico de Cristo, vivificado por el EspÃritu de Jesús. No bastará reafirmar nuestra certeza en la autenticidad y en la vitalidad de nuestra Iglesia, una, santa, católica y apostólica, con el propósito de conformar cada vez más su fe, su espiritualidad, su aptitud para acercar y salvar la humanidad (tan diversa en sus múltiples condiciones y ahora tan mudable), su caridad que comprende todo y todo lo soporta8, con la misión salvadora que Cristo le confió. Haremos, sÃ, un esfuerzo de inteligencia amorosa para comprender cuanto de bueno y de admisible se encuentre en estas formas inquietas y frecuentemente erradas de interpretación del mensaje cristiano; para purificar cada vez más nuestra profesión cristiana y llevar estas experiencias espirituales, ya se llamen seculares unas, ya carismáticas otras, al cauce de la verdadera norma eclesial9.
Estas alusiones nos llevan a recomendar a vuestra caridad pastoral algunas categorÃas de personas a las cuales va nuestro pensamiento entrañable.
Las indicamos brevemente, en exigencia del común interés apostólico, no para decir cuanto ellas merecerÃan; bien sabemos que están ya presentes en esta asamblea que se ocupa de ellas; por tanto nos limitamos a alentar vuestro estudio.
La primera categorÃa es la de los Sacerdotes. Nos sea consentido dirigirles un pensamiento afectuosÃsimo desde esta sede y en estos momentos. Los Sacerdotes están siempre dentro de nuestro espÃritu, en nuestro recuerdo. Lo están también en nuestra estima y en nuestra confianza. Lo están en la visión concreta de la actividad de la Iglesia: son vuestros primeros e indispensables colaboradores, son los más directos y más empeñados “dispensadores de los misterios de Diosâ€10, es decir, de la palabra, de la gracia, de la caridad pastoral; son los modelos vivientes de la imitación de Cristo; son, con nosotros, los primeros participantes del sacrificio del Señor; son nuestros hermanos, nuestros amigos11; debemos amarlos mucho, cada vez más. Si un Obispo concentrase sus cuidados más asiduos, más inteligentes, más pacientes, más cordiales, en formar, en asistir, en escuchar, en guiar, en instruir, en amonestar, en confortar a su Clero, habrÃa empleado bien su tiempo, su corazón y su actividad.
Trátese de dar a los Consejos presbiterales y pastorales la consistencia y la funcionalidad queridas por el Concilio; se prevenga prudentemente, con paternal comprensión y caridad, en cuanto sea posible, toda actitud irregular e indisciplinada del Clero; se procure interesarlo en las cuestiones del ministerio diocesano y sostenerlo en sus necesidades; se ponga todo cuidado en reclutar y en formar a los alumnos seminaristas; se asocien también los Religiosos y las Religiosas, según sus aptitudes y posibilidades, a la actividad pastoral. AsÃ, concentrando en el Clero las atenciones mejores, estamos seguros de que este método dará el fruto esperado, el de una Iglesia viva, santa, ordenada y floreciente en toda América Latina.
Después, venerables Hermanos, proponemos a vuestra sapiente caridad los jóvenes y los estudiantes. No se acabarÃa nuestro discurso si quisiésemos decir algo sobre este tema. Os baste saber que lo consideramos digno del máximo interés y de grandÃsima actualidad. De ello estáis todos vosotros perfectamente convencidos.
Este recuerdo nos lleva a recomendaros, con no menor calor, otra categorÃa de hombres, sean o no sean fieles: los trabajadores, del campo, de la industria y similares.
Hemos llegado asà al tercer punto que ponemos a vuestra consideración: el social. No esperéis un discurso, también este serÃa interminable en materia social, especialmente en América Latina. Nos limitamos a algunas afirmaciones que siguen a las que hemos hecho en los discursos de estos dÃas.
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