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S.S. Juan Pablo II, Mensaje de S.S. Juan Pablo II a un congreso sobre el filósofo francés Maurice Blondel
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«Pensador valiente y fiel a la Iglesia»

Mensaje de S.S. Juan Pablo II a un congreso sobre el filósofo francés Maurice Blondel

Monseñor Bernard Panafieu, arzobispo de Aix:

La archidiócesis de Aix celebra este año el centenario de La Acción de Maurice Blondel, que ha marcado profundamente el pensamiento católico del siglo XX. Del 11 al 13 de marzo queréis rendir homenaje a este pensador y explorar los múltiples aspectos de su obra a través de un congreso internacional, cuyo rico programa he podido apreciar.

Esa obra brinda a los lectores, además de un razonamiento filosófico, un alimento espiritual e intelectual, capaz de sostener su vida cristiana, pues el aspecto intelectual forma parte de los «preámbulos racionales de la fe» (M. Blondel, Le problème de la mystique, 6); pero esto no debe llevarnos a desconocer los límites de todo pensamiento y de toda escuela.

«¿Sí o no? ¿Tiene la vida humana un sentido? ¿Tiene el hombre un destino?» (L’Action, p. VII). Éste es el interrogante inicial de la tesis de 1893, interrogante que ningún hombre puede evitar. Maurice Blondel responde con un fino análisis fenomenológico de la acción humana, desde su origen hasta su fin, pasando por las diferentes circunstancias a través de las cuales se perfecciona incesantemente; más aún, pone al día sus múltiples aspectos. Al manifestar la libertad humana —este escándalo de la ciencia (p. 118)— mediante la que el hombre participa de un poder infinito (p. 121) que prolonga la obra creadora de Dios, el obrar es expresión y realización de la conciencia y de la ley moral, in actu perfectio (p. 409), y nosotros moralizamos nuestra naturaleza gracias a la virtud operante del deber (p. 142). Más aún, en opinión del filósofo de Aix, la acción tiene la posibilidad de manifestar el amor y, de este modo, abre el alma a Dios. La originalidad de Blondel reside en que abarca la acción humana en todas sus dimensiones —individual, social, moral y, sobre todo, religiosa—, y en que muestra la conexión íntima de estos diferentes aspectos. De aquí se sigue que, en su obrar, todo hombre revela el poder de su ser y de su vida interior como vínculo profundo con su Creador. Por eso, nos explica el filósofo, el alma religiosa encuentra, en definitiva, su perfección en la práctica literal y sencilla de la religión revelada. Más allá de las maravillas dialécticas y las emociones fascinantes de la conciencia (p. 409), se sitúa la acción por la que Dios penetra en nosotros. ¿Acaso no es modelo de ello el acto eucarístico, que abre a lo infinito y da al fiel lo infinito finito?

En una época en la que el racionalismo y la crisis modernista desnaturalizaban la revelación y amenazaban la fe de la Iglesia, Maurice Blondel recordaba, en una visión positiva, que la acción permite vislumbrar el obrar divino, comprometido con nuestra carne (p. 114), así como el vínculo entre el misterio de la gracia divina y la conciencia o la acción del hombre. Pero, al final de su exposición filosófica, Blondel nos lleva al umbral del misterio, pues no existe una medida común entre lo que proviene del hombre, esta acción a la que atribuye un poder tan grande, y lo que proviene de Dios.

Esta obra no dejará de suscitar el asombro de filósofos y teólogos. Los primeros, porque Blondel parece demostrar demasiado; los últimos, porque, demostrando demasiado, Blondel no parece observar suficientemente la distinción del orden natural y el orden sobrenatural. Pero a medida que los estudios sobre Blondel han ido progresando, ha aparecido con mayor claridad el rigor de toda la obra. La Acción nos permite captar, desde el punto de vista del creyente que utiliza el instrumento filosófico, que existe una armonía maravillosa entre la naturaleza y la gracia, entre la razón y la fe. Como en Pascal, el hombre, a medio camino entre la nada y el todo, es conducido pacientemente a reconocer el precio divino de la vida.

En un mundo en que el relativismo y el cientificismo aumentaban, la tesis de Blondel era preciosa por su búsqueda de unificación del ser y por su preocupación por la paz intelectual: es el razonamiento de un creyente dirigido a los no creyentes, el razonamiento de un filósofo sobre lo que supera la filosofía; estimula la búsqueda del vinculum, esta victoria de la conciencia por la que se alcanza la unidad del obrar humano, se revela la consistencia de todo lo que existe y se expresa la connaturalidad que establece un puente entre el misterio de Dios y la acción humana.

Así, recordando esta obra, queremos sobre todo rendir homenaje a su autor que, en su pensamiento y vida, supo aunar la crítica más rigurosa y la investigación filosófica más intrépida con el catolicismo más auténtico, sacando su inspiración de las fuentes de la tradición dogmática, patrística y mística. Esta doble fidelidad a ciertas exigencias del pensamiento filosófico moderno y al magisterio de la Iglesia no estuvo exenta de incomprensiones y sufrimientos, en un tiempo en que la Iglesia debía afrontar la crisis modernista, cuyos riesgos y errores Blondel había sido uno de los primeros en discernir. Alentado muchas veces por mis predecesores León XIII, Pío X, Pío XI y Pío XII, Blondel prosiguió su obra aclarando incansable y obstinadamente su pensamiento, sin renegar de su inspiración. Los filósofos y los teólogos actuales que estudian la obra de Blondel deben aprender de este gran maestro precisamente su valentía de pensador, unida a una fidelidad y a un amor indefectible a la Iglesia. La Iglesia, hoy como siempre, tiene necesidad de filósofos que no teman abordar las cuestiones decisivas de la vida humana, de la vida moral y espiritual, para preparar la adhesión y el testimonio de la fe, principio de acción (p. 411), para dar razón de la esperanza y abrirse al ejercicio de la caridad. La Iglesia, además, tiene necesidad de teólogos que, apoyándose en un sólido razonamiento filosófico, sean capaces de expresar el dato revelado, a fin de iluminar tanto a los fieles como a los no creyentes.

Esperando que el ejemplo que Maurice Blondel, creyente y filósofo, que de la intimidad con el Maestro tomó su deseo de la verdad, inspire a los filósofos cristianos de nuestros días, pido a Cristo, sabiduría divina y reflejo de la gloria del Padre, que nunca deje de enviar su Espíritu para iluminar la inteligencia de sus hermanos. Imparto de todo corazón mi bendición apostólica a todos los participantes en el congreso de Aix-en-Provence.

Vaticano, 19 de febrero de 1992.

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