Como se desprende de lo dicho, para tiempos de finalizar la traducción de Straubinger, ya se habían publicado otras. La más conocida de ellas es la de Eloíno Nácar Fuster y del dominico Alberto Colunga, La Sagrada Biblia, traducción al castellano del hebreo y del griego, para el Antiguo Testamento, y del griego para el Nuevo. La primera edición es de 1944. Hasta hoy se han difundido millones de ejemplares. M. García Cordero dirige un equipo que revisa la traducción en 1965. Es posible que en un futuro no muy lejano se vuelque a lenguaje electrónico esta famosa traducción, que estaría en proceso de una nueva revisión.
En 1947 aparece una traducción más ajustada a lo literal, realizada de los textos hebreo, arameo y griego. Se debe a José María Bover, S.J., y Francisco Cantera Burgos. Precisamente, este último, junto con Angel Sáenz-Badillos, Natalio Fernández Marcos y el padre Manuel Iglesias, S.J., han producido en 1975 una nueva edición de la traducción Bover y Cantera.
Dirigida por Luis Alonso Schökel y Juan Mateos, aparece una Nueva Biblia Española (1975), que usa una metodología de traducción dinámica. El origen ‘remoto’ de la misma son unos trabajos para uso litúrgico, encomendados a los autores por el episcopado español. El Nuevo Testamento realizado por Juan Mateos, es de 1974. La colección Los Libros Sagrados del Antiguo Testamento, de Ediciones Cristiandad, tiene en germen esta traducción de cariz literario. En cierto sentido, y guardando debidamente las distancias, se la puede poner en la línea de las traducciones con glosas, aunque en este caso más que con glosa se traduce buscando la equivalencia dinámica 112 de las palabras.
Otra traducción importante es la realizada por el equipo de traductores dirigido por Evaristo Martín Nieto, La Santa Biblia (1964). La edición reclama haber sido realizada «con la más rigurosa lealtad al sentido primigenio de la Biblia y, al propio tiempo, con la más adecuada adaptación al lenguaje del hombre de hoy» 113 . Las Ediciones Paulinas ha producido ya distintas ediciones y en diverso formato. La traducción aspiraba a ser «realmente “La Vulgata” entre todos los pueblos de habla española» 114 . Es la primera traducción realizada en castellano en equipo, y las virtudes y defectos de este tipo de traducciones se dejan ver. El estilo es claro, y el lenguaje es formalmente correcto, aunque muestra algunos anacronismos. Hay una nueva edición revisada (1988).
Famosa y muy influyente es la traducción de la Biblia de Jerusalén, que se atiene a las variantes textuales de la Bible de Jérusalem, publicada bajo la dirección de la Escuela Bíblica de Jerusalén. La versión castellana es bastante conocida y responde a una lectura textual que toma en cuenta el uso de los Santos Padres de los primeros siglos. La unidad e interdependencia de las lecturas es un objetivo explícitamente perseguido por los grupos de traductores. Es interesante señalar que en no pocos pasajes, en especial en el Nuevo Testamento, tiene un aire a la traducción del padre Jünemann, probablemente por seguir muy de cerca el texto griego, pero con la clara salvedad de un mejor estilo y construcción. Desde su aparición en 1966 ha tenido varias revisiones. Hace algunos años, para la traducción castellana, la Biblia de Jerusalén es accesible al computador electrónico a través de la herramienta norteamericana Findit, novedosa en su tiempo pero hoy superada tecnológicamente 115 .
La Biblia Latinoamericana (1972) es una traducción realizada en Chile, al parecer en la Arquidiócesis de Concepción, y muy difundida 116 . Los traductores fueron los padres Ramón Ricciardi y Bernardo Hurault. El primero sigue en Chile, en Tomé; el segundo está radicado en Taipei, Taiwan. Hurault publicó en 1980 una interesante Sinopsis Pastoral de Mateo - Marcos - Lucas - (Juan), con notas exegéticas y pastorales. En ella aparece un traducción más enfática que en la edición de la Biblia. La obra conjunta de los dos, Ricciardi y Hurault, apareció con un sesgo muy influido por perspectivas ideológicas de moda en la década de los años 70, lo que aún se percibe en algunas notas. Este sesgo motivó numerosas críticas y una revisión. La edición actual apela al lenguaje coloquial, lo que la hace fácil de leer. Sin embargo, su traducción es en algunos casos interpretativa. Por otro lado, lamentablemente, en algunas notas se percibe poca precisión teológica y cierta oscuridad en lo expresado. Por suerte esto no está extendido a todas, pues hay notas bastante claras y acertadas teológicamente.
En 1981 se publicó una muy curiosa traducción argentina, El Libro del Pueblo de Dios, bajo la dirección de los padres Armando Levoratti y Alfredo Trusso. Esta obra presenta el Antiguo Testamento según el orden del canon hebreo (La Ley, Los Profetas, Los demás Escritos) 117 . Al mismo tiempo, se extrae del Antiguo Testamento los pasajes y libros que no fueron aceptados por quienes elaboraron el canon judio-fariseo con posterioridad a la caída de Jersulén, en el siglo I, y se los deporta a una sección entre ambos Testamentos denominada «Escritos “deuterocanónicos”». El texto en sí mismo tiene un estilo claro y fluido, aunque la traducción y las notas son desiguales. Estas últimas en general son puntuales y concretas. Se habla de una futura edición electrónica en multimedios. Es de esperar que para ella se salve la alteración del orden de los libros y sobre todo se mantenga su integridad textual .
Recientemente, en 1994, ha aparecido para América Latina una edición auspiciada por la Casa de la Biblia de Madrid, denominada Biblia de América. La edición ha sido revisada por un equipo latinoamericano para adaptarla al uso de estas tierras. La traducción es con lenguaje coloquial y se hace fácil de leer. Sin embargo, unas cuantas notas e introducciones tienen la falta de traer hipótesis y presentarlas como hechos. Ciertamente, ese vicio afecta no poco a las traducciones nuevas.
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