Al haber pasado breve revista a la historia de las traducciones en España se ve con toda claridad que existen importantes antecedentes de traducciones bíblicas antes del siglo XVIII. Sin embargo, se considera como las dos traducciones clásicas en castellano a la del padre Felipe Scío de San Miguel y la de Monseñor Félix Torres Amat, que se tratarán más adelante. El largo ayuno de traducciones bíblicas católicas —unos dos siglos— puede ser el responsable de esta calificación. El padre Castellani nunca estaría de acuerdo en llamarlas ‘clásicas’, pues las considera, al igual que a la Reina-Valera, sencillamente «mediocres» 70 . Ciertamente esa visión del autor argentino puede ser discutida o no, pero lo que no puede ser cuestionado, ni siquiera por Castellani, es que tanto la Biblia traducida por Scío como la de Torres Amat son hitos fundamentales, notables, en el proceso de divulgación de la Palabra de Dios en castellano, y precisamente en ese sentido son ‘clásicas’.
A partir de mediados del siglo XVIII reaparecen textos bíblicos traducidos a lenguas hispanas. Así, por ejemplo, para 1777 71 Francisco Gregorio de Salas, traduce Lamentaciones y partes del Oficio de Semana Santa; Ángel Sánchez tradujo Proverbios (1785), el Eclesiastés (1786), los Salmos, Sabiduría y Eclesiástico (1789); el sacerdote benedictino Anselmo Petite, quien fuera abad de San Millán de la Cogulla, traduce los Evangelios y los publica en Madrid, en 1785; en el mismo año Gabriel Quijano publica, también en Madrid, una traducción de las Epístolas de San Pablo; en 1798 se imprime el Cantar de los Cantares y, un año despúes, el libro de Job, traducidos en su día por fray Luis de León 72 ; el Salterio traducido por fray Luis de Granada 73 logró ser dado a imprenta en 1801; en el mismo año el peruano Pedro de Olavide publica su versión parafrástica de los Salmos 74 ; y así otras traducciones parciales antiguas y nuevas empiezan a ver la luz pública. La causa inmediata de esto fue un decreto de la Inquisición española autorizando las publicaciones en lengua vernácula en tierras bajo dominio de la corona española. Felipe Bertrán, Inquisidor General, señala en su decreto que las «causas han cesado ya por la variedad de los tiempos» 75 , en referencia a la prohibición de publicar la Biblia en lengua vernácula. Esto ocurría en 1782.
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