San Roberto Belarmino, Sobre las siete palabras pronunciadas por Cristo en la Cruz

Capítulo XXI
El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la séptima Palabra dicha por Cristo en la Cruz

Otro y muy provecho fruto sería cosechado de la consideración de esta palabra si pudiésemos hacernos el hábito de repetirnos continuamente la oración que Cristo nuestro Señor nos enseñó en la Cruz con su último aliento: «En tus manos encomiendo mi Espíritu» 347 . Nuestro Señor no tenía necesidad como nosotros para hacer tal oración. Él era el Hijo de Dios. Nosotros somos siervos y pecadores, y en consecuencia nuestra Santa Madre y Señora, la Iglesia, nos enseña a hacer constante uso de esta plegaria, y repetir no sólo la parte que usó nuestro Señor, sino entera, como la hallamos en los Salmos de David: «En tus manos encomiendo mi espíritu, Tú me has redimido, Señor, Dios de la verdad» 348 . Nuestro Señor omitió la última parte del versículo porque Él era el Redentor y no uno a ser redimido, pero aquel que ha sido redimido con su preciosa Sangre no debe omitirlo. Más aún, Cristo, como el Hijo Unigénito de Dios, oró a su Padre. Nosotros, por otro lado, oramos a Cristo como nuestro Redentor, y en consecuencia no decimos «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu», sino «en tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu, Tú me has redimido, Señor, Dios de la verdad». El proto-mártir San Esteban fue el primero en usar esta oración cuando en el momento de su muerte exclamó: «Señor Jesús, recibe mi espíritu» 349 .

Nuestra Santa Madre Iglesia nos enseña a hacer uso de esta jaculatoria en tres distintas ocasiones. Nos enseña a decirla diariamente al comienzo de las completas, como aquellos que recitan el Oficio Divino pueden confirmarlo. En segundo lugar, cuando nos acercamos a la Sagrada Eucaristía, luego del «Domine non sum dignus», el sacerdote dice primero para sí mismo y luego para los otros que comulgan: «En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu». Finalmente, al momento de la muerte, recomienda a todos los fieles imitar a su Señor al morir en el uso de esta plegaria. No hay duda de que somos ordenados a usar este versículo en las Completas, porque esa parte del Oficio Divino es rezada al final del día, y San Basilio en sus reglas explica cuán fácil es al llegar la oscuridad, y empieza la noche, encomendar nuestro espíritu a Dios, para que si súbitamente nos coge la muerte, no seamos hallados desprevenidos. La razón por la que debemos usar la misma jaculatoria en el momento en que recibimos la Sagrada Eucaristía es clara, pues el recibir la Sagrada Eucaristía es riesgoso y a la vez tan necesario, que no podemos ni acercarnos con mucha frecuencia ni abstenernos sin peligro: «Quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre de Cristo Nuestro Señor», y «come y bebe su propio castigo» 350 . Y aquel que no recibe el Cuerpo de Cristo Nuestro Señor no recibe el pan de vida, incluso la vida misma. Así que estamos rodeados de peligros como hombres hambrientos, inseguros de si la comida que es ofrecida está envenenada o no. Con miedo y temblor hemos entonces de exclamar: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo, a menos que Tu en Tu bondad me hagas digno, y por tanto di solo una palabra y mi alma será sanada. Pero como no tengo razón para dudar si Tu te dignarías curar mis heridas, encomiendo mi espíritu a tus manos, para que llegado el momento, tu puedas estar cerca y asistir a mi alma, a la que has redimido con tu preciosa Sangre.

Si algunos cristianos pensaran seriamente en estas cosas, no estarían tan prontos a recibir el sacerdocio con el objeto de ganarse la vida con los estipendios que reciben de las misas. Tales sacerdotes no están tan ansiosos de acercarse a este gran Sacrificio con una preparación adecuada, como lo están para obtener el fin que se proponen, que es asegurar la comida para sus cuerpos, y no para sus almas. Hay también otros que, asistentes a los palacios de prelados y príncipes, se aproximan a este gran misterio a través del respeto humano, por miedo a que por accidente incurran en desagradar a sus señores al no comulgar a las horas regularmente constituidas. ¿Qué ha de hacerse entonces? ¿Es más ventajoso acercarse con poca frecuencia a este Banquete Divino? Ciertamente no. Mucho mejor es acercarse frecuentemente pero con la debida preparación, pues, como dice San Cirilo, mientras menos nos aproximamos menos estamos preparados para recibir el mana celestial.

La llegada de la muerte es un tiempo cuando nos es necesario repetir con gran ardor una y otra vez la plegaria: «en tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu, Tu me has redimido, Señor, Dios de la verdad». Pues si nuestra alma al dejar nuestro cuerpo cae en las manos de Satanás, no hay esperanza de salvación. Si por el contrario, cae en las manos paternales de Dios, no hay más causa alguna para temer el poder del enemigo. Consecuentemente con intenso dolor, con verdadera y perfecta contrición, con confianza ilimitada en la misericordia de nuestro Dios, debemos en el momento temido clamar una y otra vez: «En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu». Y en ese último momento, aquellos que durante la vida pensaron poco en Dios son más severamente tentados a la desesperanza, porque no tienen ahora mayor tiempo para arrepentirse. Deben alzar ahora el escudo de la fe, recordando que está escrito: «La maldad del malvado no le hará sucumbir el día en que se aparte de su maldad» 351 , y el yelmo de la esperanza, confiando en la bondad y la compasión de Dios, y repitiendo continuamente «En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu», ni fallar en añadir aquella parte de la plegaria que es el fundamento de nuestra esperanza: «pues Tu me has redimido, Señor, Dios de verdad». ¿Quién puede devolver a Jesús la sangre inocente que ha derramado por nosotros? ¿Quien puede pagar de vuelta el rescate con el que nos ha comprado? San Agustín, en el libro noveno de sus Confesiones, nos alienta a poner confianza ilimitada en nuestro Redentor, porque la obra de nuestra redención, una vez realizada, nunca será inútil o inválida, a menos que le pongamos a su efecto una barrera impenetrable por nuestra desesperanza y falta de penitencia.


347

Lc 23,46.

348

Sal 30,6.

349

Hch 7,58.

350

1Cor 11,27.29.

351

Ez 33,12.

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