San Roberto Belarmino, Sobre las siete palabras pronunciadas por Cristo en la Cruz
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Capítulo IX
El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la quinta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Cuando medito atentamente sobre la sed que soportó Cristo en la Cruz, se me ocurre otra consideración muy útil. Me parece que nuestro Señor ha dicho, «Tengo sed», en el mismo sentido en que se dirigió a la Samaritana, «Dame de beber». Pues al desvelar el misterio que contienen estas palabras, también dijo: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva» 217 . Pero, ¿cómo podía tener sed aquel que es la fuente del agua viva? ¿No se refiere a sí mismo cuando dice: «Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba?» 218 . Y, ¿no es Él la roca a la cual el apóstol se refiere cuando dice: «y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que les seguía; y la roca era Cristo» 219 . En fin, ¿no es Él que se dirige a los Judíos por la boca del profeta Jeremías: «a mí me dejaron, Manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas, que el agua no retienen?» 220 . Entonces, me parece que nuestro Señor desde la Cruz, como desde un trono elevado, mira a todo el mundo que está lleno de hombres que están sedientos y exhaustos, y por lo reseco que está, tiene piedad de la sequía que soporta la humanidad, y grita, «Tengo sed». Esto es, estoy sediento por la sequedad y aridez de mi Cuerpo, pero esta sed pronto se terminará. Sin embargo, la sed que sufro por el deseo de que los hombres empiecen a conocer por la fe que soy el auténtico manantial de agua viva y que se acerquen y beban es incomparablemente mayor.

¡Oh, qué felices seríamos si escuchásemos con atención las palabras que nos está dirigiendo la Palabra encarnada! ¿No tiene sed casi todo hombre, con la ardiente e insaciable sed de la concupiscencia, que por las aguas turbias y pasajeras de las cosas temporales y corruptibles, que son considerados bienes, tales como el dinero, el honor, y los placeres? Y, ¿quién ha escuchado las palabras de su maestro, Cristo, y ha probado el agua viva de la sabiduría divina, que no se haya sentido abominado por las cosas mundanas, y empezado a aspirar las celestiales? ¿Quién ha puesto a un lado el deseo de adquirir y acumular las cosas de este mundo y ha empezado a aspirar y desear por las celestiales? Esta agua viva no brota del mundo, más bien baja del cielo. Nuestro Señor, que es el manantial de agua viva, nos lo va dar si es que le pedimos con oraciones fervientes y copiosas lagrimas. No solo va eliminar toda ansiedad por las cosas mundanas, sino que también va a ser nuestra fuente infalible de comida y bebida en nuestro exilio. De este modo habla Isaías: «todos los sedientos, id por agua,» y para que no pensemos que esta agua es preciosa y querida, añade: «venid, comprad y comed, sin plata, y sin pagar, vino y leche» 221 . Dice que es un agua que tiene que ser comprada, pues no puede ser adquirida sin esfuerzo, y sin tener la adecuada disposición para recibirla, pero no es comprada con plata o por intercambio, pues es entregada gratuitamente, pues es invalorable. Lo que el profeta en una línea llama agua, en la próxima llama vino y leche, pues es tan eficaz que contiene las cualidades del agua, vino y leche.

La verdadera sabiduría y caridad se entienden como agua, pues refresca el corazón de la concupiscencia, se entienden como vino pues calienta y embriaga la mente con un ardor sobrio, se entienden como leche pues nutre al joven en Cristo con un alimento fortalecedor, como lo dice Pedro: «Como niños recién nacidos, desead la leche espiritual pura» 222 . Esta misma sabiduría y caridad —lo opuesto a la concupiscencia de la carne— es el yugo que es dulce, y la carga ligera, que aquellos que lo toman dócil y humildemente lo descubren como un descanso real y auténtico para sus almas. De tal forma que ya no tienen sed, ni se afanan por retirar agua de fuentes mundanas. Este deleitable descanso para el alma ha llenado desiertos, habitados monasterios, reformado al clero, contenido matrimonios. El palacio de Teodosio el Joven no era diferente de un monasterio. La corte de Elzeario tenía poca diferencia con la casa de religiosos pobres. En vez de las peleas y discusiones, se escuchaban salmos y música sacra. Todas estas bendiciones se deben a Cristo, que al precio de su propio sufrimiento, sació nuestra sed y así regó los áridos corazones de hombres que no van a tener sed nuevamente, a no ser que ante la instigación del enemigo voluntariamente se retiren del manantial eterno.


217

Jn 4,7-10.

218

Jn 7,37.

219

1Cor 10,4.

220

Jer 2,13.

221

Is 55,1.

222

1Pe 2,2.

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