San Roberto Belarmino, Sobre las siete palabras pronunciadas por Cristo en la Cruz

Capítulo VI
El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la segunda Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

El conocimiento del poder de la Divina gracia y de la debilidad de la voluntad humana, es el segundo fruto a ser recogido de la consideración de la segunda palabra, y este conocimiento equivale a decir que nuestra mejor política es poner toda nuestra confianza en la gracia de Dios, y desconfiar enteramente de nuestra propia fuerza. Si algún hombre quiere conocer el poder de la gracia de Dios, que ponga sus ojos en el buen ladrón. Era un pecador notorio, que había pecado en el perverso curso de su vida hasta el momento en que fue sujeto a la cruz, esto es, casi hasta el último momento de su vida; y en este momento crítico, cuando su salvación eterna estaba en juego, no había nadie presente para aconsejarlo o asistirlo. Pues aunque estaba en gran proximidad a su Salvador, sin embargo sólo escuchaba a los sumos sacerdotes y Fariseos declarando que Él era un seductor y un hombre ambicioso que buscaba tener poder soberano. También escuchaba a su compañero, burlándose perversamente en términos similares. No había nadie que dijera una palabra buena por Cristo, e incluso Cristo Mismo no refutaba estas blasfemias y maldiciones. Sin embargo, con la asistencia de la gracia de Dios, cuando las puertas del cielo parecían cerradas para él, y las fauces del infierno abiertas para recibirlo, y el pecador mismo tan alejado como parece posible de la vida eterna, fue iluminado repentinamente de lo alto, sus pensamientos se dirigieron hacia el canal apropiado, y confesó que Cristo era inocente y el Rey del mundo por venir, y, como ministro de Dios, reprobó al ladrón que lo acompañaba, lo persuadió de que se arrepintiera, y se encomendó humilde y devotamente a Cristo. En una palabra, sus disposiciones fueron tan perfectas que los dolores de su crucifixión compensaron por cuanto sufrimiento pudiera estar guardado para él en el Purgatorio, de tal modo que inmediatamente después de la muerte ingresó en el gozo de su Señor. Por esta circunstancia resulta evidente que nadie debe desesperar de la salvación, pues el ladrón que entró en la viña del Señor casi a la hora duodécima recibió su premio con aquellos que habían venido en la primera hora. Por otro lado, en orden a permitirnos ver la magnitud de la debilidad humana, el mal ladrón no se convierte ni por la inmensa caridad de Cristo, Quien oró tan amorosamente por Sus ejecutores, ni por la fuerza de sus propios sufrimientos, ni por la admonición y ejemplo de su compañero, ni por la inusual oscuridad, el partirse de las rocas, o la conducta de aquellos que, después de la muerte de Cristo, volvieron a la ciudad golpeándose el pecho. Y todas estas cosas sucedieron después de la conversión del buen ladrón, para mostrarnos que mientras uno pudo ser convertido sin estas ayudas, el otro, con todos estos auxilios, no pudo, o en realidad no quiso, ser convertido.

Pero puede preguntarse, ¿por qué Dios ha dado la gracia de la conversión a uno y se la ha negado al otro? Contestó que a ambos se le dio gracia suficiente para su conversión, y que si uno pereció, pereció por su propia culpa, y que si el otro se convirtió, fue convertido por la gracia de Dios, pero no sin la cooperación de su propia libre voluntad. Todavía podría argüirse, ¿por qué no dio Dios a ambos esa gracia eficaz que capaz de sobreponerse al corazón más endurecido? La razón de que no lo haya hecho así es uno de esos secretos que debemos admirar pero no penetrar, pues debemos quedar satisfechos con el pensamiento de que no puede haber injusticia en Dios 92 , como dice el Apóstol, pues, como lo expresa San Agustín, los juicios de Dios pueden ser secretos, pero no pueden ser injustos. Aprender de este ejemplo a no posponer nuestra conversión hasta la proximidad de la muerte, es una lección que nos concierne de forma más inmediata. Pues si uno de los ladrones cooperó con la gracia de Dios en el último momento, el otro la rechazó, y encontró su perdición definitiva. Y todo lector de historia, u observador de lo que sucede alrededor, no puede sino saber que la regla es que los hombres terminen una vida perversa con una muerte miserable, mientras que es una excepción que el pecador muera de manera feliz; y, por el otro lado, no sucede con frecuencia que aquellos que viven bien y santamente lleguen a un fin triste y miserable, sino que muchas personas buenas y piadosas entran, después de su muerte, en posesión de los gozos eternos. Son demasiado presuntuosas y necias aquellas personas que, en un asunto de tal importancia como la felicidad eterna o el tormento eterno, osan permanecer en un estado de pecado mortal incluso por un día, viendo que pueden ser sorprendidas por la muerte en cualquier momento, y que después de la muerte no hay lugar para el arrepentimiento, y que una vez en el infierno ya no hay redención.


92

Ver Rom 9,14.

© Copyright 2008. BIBLIOTECA ELECTRÓNICA CRISTIANA -BEC- VE MULTIMEDIOS™. La versión electrónica de este documento ha sido realizada por VE MULTIMEDIOS - VIDA Y ESPIRITUALIDAD. Todos los derechos reservados. La -BEC- está protegida por las leyes de derechos de autor nacionales e internacionales que prescriben parámetros para su uso. Hecho el depósito legal.


Diseño web :: Hosting Católico