Ahora déjenme contarles una pequeña historia antes de concluir.
En 1642, el pintor francés Philippe de Champaigne realizó una maravillosa serie de retratos del Cardenal Richelieu. Pueden encontrarlos colgados en la GalerÃa Nacional de Londres. También los pueden encontrar colgando en el ciberespacio en un CD-ROM llamado "Microsoft Art Gallery".
A comienzos de esta semana, un miembro de mi equipo describÃa cómo su hijo de 17 años abrió este particular CD-ROM en la computadora de la familia, copió una de las pinturas del Cardenal Richelieu, importó la misma al Adobe Photoshop, recalibró los colores, cortó la cara del cardenal, colocó encima su propia cara tomada de otro CD de fotos sin dejar marca alguna, redimensionó la imagen, entonces transfirió todo a un volante. Para una fiesta de Halloween. Sic transit gloria mundi. Probablemente no era esto lo que Su Eminencia tenÃa en mente cuando mandó realizar el retrato.
Mi punto aquà es simple. El dÃa en que podÃamos dar por sentada la permanencia de nuestro patrimonio cultural —nuestra mejor música, arte y literatura— se ha terminado. El proceso del CD-ROM que acabo de describir fue realizado por un alumno del último año de secundaria en una máquina casera relativamente barata, con un software que cualquiera puede comprar. Eso es poder. Esa es la nueva democracia de la información. Mientras digitalizamos el registro de nuestra civilización, éste se vuelve infinitamente plástico, infinitamente retrabajable. Por primera vez en nuestra historia como especie, podemos jugar con nuestra memoria colectiva, y por lo tanto con nuestra conciencia colectiva. No es un pensamiento tranquilizador.
Comprendan que yo no soy anti-tecnologÃa. Pero en el rostro del nuevo milenio, estoy más convencido que nunca de que la separación entre el arte y la fe religiosa, entre la naturaleza y la gracia, que ha tomado posesión de la cultura desde el Iluminismo y antes aun, debe terminar de manera urgente. Mucho del contenido del Concilio Vaticano II, por ejemplo, se dirigió a superar la dicotomÃa naturaleza/gracia en la vida católica a través de una recuperación de las fuentes patrÃsticas de nuestra teologÃa.
Hace siete años, la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó uno de los más importantes, y también más proféticos, documentos morales del siglo. Se centraba en la bioética, y especÃficamente en el impacto deshumanizador de las nuevas tecnologÃas reproductivas y genéticas para la procreación humana.
Desde entonces, nuestro conocimiento genético se ha incrementado dramáticamente. El 16 de octubre, el New York Time Book Review dedicó toda su portada, y varias de sus reseñas principales a la pregunta: "¿Cuánto de nosotros está en los genes?". No estoy seguro de que tengamos la madurez o la sabidurÃa para manejar la respuesta. En realidad, luego de 37 años de escuchar confesiones, estoy del todo seguro de que no.
Del mismo modo que la revolución digital nos dará una enorme influencia sobre el pasado mediante el control de los registros electrónicos históricos que forman nuestra memoria, asà también la revolución genética nos dará la ilusión de un control sin precedentes sobre el futuro, al descubrir los planos exactos de la vida biológica misma. PodrÃa parecer que estamos aboliendo la enfermedad. PodrÃa parecer que estamos eliminando el envejecimiento. Estas ideas no son tan remotas u ocurrentes como podrÃamos pensar. Y tampoco lo es la posibilidad de una procreación selectiva, pues la eugenesia es una realidad muy viva y profundamente peligrosa en este paÃs.
No es del todo imposible que estemos viviendo los últimos decenios de la especie humana tal como la conocemos. Alan Dressler, en su fascinante nuevo libro de astronomÃa y cosmologÃa, Voyage to the Great Attractor, predice la descomposición definitiva de la especie humana. "Es mi conclusión, por lo tanto, que estamos muy posiblemente cercanos al fin de lo que hemos conocido como humanidad. Los dones que nos ha dado la naturaleza nos han guiado a las claves secretas de la evolución, y es poco probable, creo, que nos contengamos por mucho tiempo de abrir esta caja de tesoros y problemas".
Cuando está en nuestras manos la posibilidad de reconstruir genéticamente los fundamentos mismos de la humanidad, y cuando se presenta ante nosotros la posibilidad de "mejorar" nuestra naturaleza humana según modelos polÃticos, económicos, fÃsicos o intelectuales, entonces, dependiendo de nuestras opciones, habremos levantado un muro que nos separe de Dios y su gracia. Nos habremos liberado de la libertad misma. Pero no seremos humanos.
Al principio de estas observaciones, me preguntaba: ¿Cuál es la vocación, el llamado, del artista? Creo que lo sabemos. En la tradición de Buenaventura, Hamann, G.M. Hopkins, Peguy y Claudel, el artista es la ventana de la que Dios se sirve para derramar en el mundo esperanza y alegrÃa, belleza y verdad.
Por encima de todo, el artista está llamado a conducirnos al punto en que la Cruz de Cristo se convierte en la manifestación final del esplendor humano: en la cruz, el ascenso a Dios aparece como la renuncia a toda belleza familiar. Dios ve en el Crucificado su propia belleza. Cristo, mediante el misterio de su kénosis, de su propio abajamiento, ha revelado la gloria original del amor de Dios que se humilla a sà mismo incluso hasta la muerte de cruz.
Ante esta original y auténtica coincidentia oppositorum, ante esta "coincidencia de opuestos", incluso el gran OrÃgenes de AlejandrÃa empezó como a parpadear rápidamente y entrecerrar los ojos. Sólo Cristo revela lo humano; su figura es la única que nos ennoblece. Pues Dios ha inscrito dentro de nosotros la belleza de su único Hijo.
La "necedad de la Cruz" nos recuerda también que, con todo lo bella que es, la vida es tan sólo un sello de agua en relación a la realidad real, a la inmensamente mayor realidad que a veces vislumbramos, pero que nunca llegamos a capturar, al mirar hacia Dios a través de la ventana de la belleza mortal. Hopkins, en su poesÃa, nos recuerda esta antigua intuición.
¿Qué hacer entonces? ¿Cómo hallar la belleza? Simplemente hállenla; posean,
el más Ãntimo hogar, el dulce don del cielo; luego partan, váyanse.
SÃ, deseen eso también, deseen todo, lo más bello de Dios, la Gracia.
La vocación del artista es la de ser custodio de nuestra humanidad y de nuestra más profunda libertad, ser transparente, dejar que la luz que viene de fuera sea transmitida a otros sin impedimento; anunciar la importancia de ese "cambio de luces" en la Anunciación de Fra Angelico; ser, como MarÃa de Nazaret, un canal de dones que uno no posee y no puede nunca acabar de entender completamente, pero cuyo "sÃ" hace posible la presencia de Cristo entre nosotros.
Gracias por su amabilidad.
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