Cardenal Francis Stafford, La vocación del artista

2. Dónde estábamos

¿Cómo nos metimos en este lío? Culpar al Iluminismo puede ser muy simple, pero es un buen punto de partida. Hay verdadera ironía aquí. Déjenme explicarlo.

La actitud antigua hacia la actividad creativa humana era simple: el arte, la música, la escultura, la poesía, eran todos guiados desde fuera, por los dioses. No existe línea más poderosa y encantadora en la literatura que las primeras palabras de la Odisea de Homero: "Cántame, Oh Musa, del hombre...".

Quiero que consideren esas palabras. "Cántame", no "Háblame". Hay allí algo más elevado, algo mágico, algo "distinto a" y santo, acerca del canto y la música. Y noten que la Musa es una persona, una divinidad objetiva y externa que es la autora real de la historia, no una fuerza interior o impersonal. Y finalmente, ¿sobre qué es el poema? Sobre Odiseo, un ser humano. El arte puede aludir repetidamente a dioses y gigantes, hechiceras y animales mitológicos, pero habla de seres humanos, de asuntos humanos, del sufrimiento y del carácter humanos. Busca el sentido, y asume que el sentido existe.

Incluso la tecnología del poema afirma la humanidad, porque los griegos no leían la "Odisea". Ellos la escuchaban, once mil líneas completas. Surgió de la tradición oral y era recitada de memoria por los bardos, cuyas voces encarnaban la historia con mucha mayor vitalidad que lo que cualquier palabra escrita ha podido alguna vez.

Con la venida de Jesús, la divinidad de fuera de nosotros literalmente tomó nuestra carne. Una "nueva canción" está siendo cantada. A pesar de todo el martilleo que la Iglesia recibe por ser supuestamente anti-carnal, ningún arte es más humano, más de carne y hueso, que el arte de Aquel cuyo corazón herido revela la riqueza de nuestra herencia gloriosa. Una y otra vez en mis meditaciones sobre la Escritura, vuelvo a aquel momento en el atrio cuando Pilato presenta a un Cristo salvajemente golpeado a la muchedumbre: Ecce homo. "He aquí al hombre".

Sinceramente, este debería ser el tema, explícito o no, de todo artista. He aquí al hombre. He aquí la humanidad, que es la imagen visible de Dios invisible. Basta tan referirse al texto clásico del Primer Prefacio de Navidad en el Misal Romano: "Porque gracias al misterio de la Palabra encarnada, la nueva luz de tu claridad se ha mostrado a los ojos de nuestra mente; para que conociendo a Dios visiblemente, seamos llevados por éste al amor a las cosas invisibles".

Piensen en las imágenes del arte dominantes a lo largo del milenio cristiano: el nacimiento en el establo; la Virgen y el niño; la huida a Egipto; la crucifixión; la resurrección; las formas gloriosas de María o Jesús o los santos en el cielo. Cada una de estas imágenes es personal, íntima, tangible, familiar, en otras palabras, accesible a cualquiera; tanto como la alegría, el sufrimiento, el miedo y la esperanza son comprensibles por cualquiera.

La historia de Jesucristo, del Cristo total, es inherente a la situación humana. Integra el cuerpo y el espíritu, y es por eso el arte que inspira permanece. No hay otra explicación para la supervivencia de la cruz -este brutal instrumento de tortura y ejecución- como el supremo símbolo de esperanza y belleza de la humanidad. Sólo tal amor sacrificial es digno de fe.

Pero si todo esto es verdad, ¿cómo explicamos la jerga de la crítica del arte? ¿O a Karen Finley embarrando su cuerpo con barras de chocolate y llamando a eso arte? Me siento aquí un poco como el "editor de la motosierra de Texas", porque tengo que comprimir en unos breves comentarios una discusión que fácilmente podríamos mantener viva por días.

Debido a toda clase de razones enraizadas en el Averroísmo, el Renacimiento, la Reforma, las guerras de religión y el surgimiento del capitalismo y las naciones-estado, el Iluminismo identificó Cristianismo con superstición, regresión, oscurantismo y la esfera puramente privada de la vida. Divinizó a la razón humana, asumió la perfección de la sociedad y preparó el camino para crear al "nuevo hombre".

Las implicancias para el arte fueron simples. En manos de visionarios políticos, se convirtió en una herramienta. Desde la obra de Jacques-Louis David durante la Revolución Francesa, hasta el realismo socialista de Stalin y los films de Leni Riefenstahl y la grandiosa arquitectura del Tercer Reich, el arte se convirtió en un arma dentro de la guerra cultural. Y ya que estas ideologías no sólo dejaron de mantener la verdad sobre el hombre, sino que además terminaron con océanos de sangre en sus manos, el arte y los artistas que le sirvieron acabaron quebrados moralmente.

Por otro lado, donde la libertad artística fue menos distorsionada por la ideología, varias tendencias, comenzando con el Romanticismo, continuando posteriormente con el Cubismo, Expresionismo y llegando hasta nuestros días con el post-modernismo, comenzaron el camino hacia el exceso y el nihilismo —el descubrimiento de que la libertad sin sentido es sólo una diferente, menos evidente, forma de condenación—.

Obviamente estoy usando una brocha muy pero muy ancha aquí. Pero lo que quiero subrayar es la ironía central de nuestra era: el hombre expulsa a Dios del arte y la cultura humanos para proteger y ennoblecer al hombre. Lo que logra en cambio es separarse a sí mismo de la fuente de toda belleza, de toda verdad, de todo sentido, dañando así gravemente su propia dignidad.

Uno de los exponentes más críticos de una estética teológica, Hans Urs von Balthasar, escribió acerca de esta desastrosa separación del conocimiento "mundano" y el encuentro del hombre con la Palabra de Dios que ha caracterizado a la cultura occidental por siglos: "Siempre que se corta la relación entre la naturaleza y la gracia..., la totalidad del ser mundano cae bajo el dominio del 'conocimiento', y las fuentes y fuerzas del amor inmanentes en el mundo son subyugadas y finalmente sofocadas por la ciencia, la tecnología y la cibernética. El resultado es un mundo sin mujeres, sin niños, sin reverencia por el amor, en pobreza y humillación, un mundo en el que el poder y el margen de ganancia son los únicos criterios, donde el desinteresado, el inservible, el que no tiene un fin determinado es despreciado, perseguido y al final exterminado, un mundo donde el arte mismo es forzado a vestir el manto de la técnica".

Todos recordamos la famosa frase de G. K. Chesterton sobre que cuando las personas dejan de creer en Dios, no es que no crean en nada; creen en cualquier cosa. Lo mismo en el arte. Sin un fundamento en la verdad sobre la naturaleza humana, el arte se va haciendo cada vez menos humano, y cada vez más deformante. Hay, después de todo, otros espíritus aparte de Dios interesados en los asuntos humanos.

© Copyright 2008. BIBLIOTECA ELECTRÓNICA CRISTIANA -BEC- VE MULTIMEDIOSâ„¢. La versión electrónica de este documento ha sido realizada por VE MULTIMEDIOS - VIDA Y ESPIRITUALIDAD. Todos los derechos reservados. La -BEC- está protegida por las leyes de derechos de autor nacionales e internacionales que prescriben parámetros para su uso. Hecho el depósito legal.


Diseño web :: Hosting Católico