Cardenal Eduardo Pironio, I Congreso de Comunicadores Católicos
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6. Hay otro aspecto que va esencialmente unido a la comunicación: es la comunión.

"Lo que hemos visto y oído se lo anunciamos también a ustedes, para que vivan en comunión con nosotros" (1 Jn 1,3). Es la comunión en la verdad, en la justicia, en el amor, que lleva necesariamente a la comunión en la paz. Es la comunicación que tiende a la comunión entre los hombres y los pueblos, a la comunión con Dios. Esto es evidente cuando se trata de la comunicación de la Palabra de Dios: crea la comunión de los hombres con Dios y de los hombres entre sí. Los medios de comunicación social acercan los pueblos y crean una cultura de solidaridad. Una experiencia notable la constituyen las transmisiones de las Jornadas Mundiales de los Jóvenes; de un modo especial ello se verificó en las intercomunicaciones de pueblos en la Jornada Europea de Jóvenes en Loreto 1995: fue un momento providencial de evangelización, de comunión entre jóvenes orantes y sufrientes. No solo fue la evangelización de la palabra y de los cantos, sino la del dolor y el sufrimiento.

Pero esto supone un uso de la técnica de la comunicación que nace del espíritu de comunión y tiende a la creación de una cultura de comunión. Supone una Iglesia misterio de comunión misionera. Cuando la Iglesia vive profundamente su misterio de comunión y se expresa, a través de los distintos medios de comunicación, como la unidad del Pueblo de Dios, hace más creíble su existencia y su mensaje. Cristo instituyó la Iglesia como "comunión de vida, de caridad y de verdad" (LG 9). La Iglesia es expresión de la comunión trinitaria "Y así toda la Iglesia aparece como un Pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (LG 4). De esta intrínseca y esencial comunión trinitaria nace la comunicación al hombre "creado a imagen y semejanza de Dios". El hombre nació, como puro don de Dios, de la comunión trinitaria. Comunión intrínseca del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Pero "en la plenitud de los tiempos" (Gál 4,4), comunión con el hombre a través del Hijo ("envió Dios a su Hijo", no para condenar sino para salvar), puro don de Dios al hombre acogido en el seno virginal de María. Ascendido a la derecha del Padre, por el Misterio Pascual, Jesús nos hizo el don del Espíritu Santo que nos penetra interiormente con la alegría de sus siete dones. La Iglesia se hace plenamente comunicadora mediante el don del Espíritu Santo en Pentecostés. Queda hecha en plenitud de comunión y de misión. Pentecostés consuma la unidad de las tres realidades esenciales: la comunicación, la comunión, la contemplación.

7. Una sencilla reflexión sobre los medios de comunicación, hecha desde la fe y para comunicadores católicos, debería necesariamente terminar con algunos apuntes sobre la espiritualidad del laico comprometido especialmente en la comunicación. Algunas cosas han sido anotadas más arriba. Pero quisiera todavía subrayarlas:

a- Lo primero que diría es que tiene que ser una espiritualidad de encarnación: que el comunicador sea un hombre o mujer profundamente insertado en el mundo ("Así amó Dios al mundo..." "La Palabra se hizo carne"). Con todo lo que la encarnación supone de amor y de riesgo; no defenderse de la verdad del hombre y del mundo. Amar la verdad del mundo, aunque sea dolorosa: amar salvadoramente al hombre, a todo hombre. Ser capaces de dar la vida (como lo han hecho muchos comunicadores), por buscar la verdad y exponerla. Es un modo de ir construyendo una sociedad más justa y verdadera. Una espiritualidad de encarnación supone riesgo y coraje. Continuamente tendremos que preguntarnos sobre nuestra intención, nuestras motivaciones y las consecuencias de nuestra comunicación. No podemos olvidar que el amor tiene que ser siempre nuestra ley: es la ley de la transformación del mundo (ver GS 38). El lenguaje del amor nos obliga a revisar continuamente nuestros criterios. Leamos frecuentemente el Evangelio para descubrir cuales son los criterios con los que actúa Jesús, cómo se acerca a las personas, cómo dialoga con ellos, cómo hace comprensible su mensaje. El lenguaje del amor implica el respeto a cada ser humano, la salvaguardia de cada persona;

b- Luego una espiritualidad de contemplación, es decir, de escucha, de diálogo, de silencio, de búsqueda, de oración. Esto da posibilidad de acceso a la verdad, profundidad y claridad en la exposición. La contemplación inspira los gestos de la comunicación y da la rapidez justa a las palabras. Impide la precipitación y el desajuste de la verdad. La contemplación verdadera nos introduce más profunda y más rápidamente en la realidad de las cosas y de la historia. El contemplativo percibe y asume más fácilmente el dolor y el sufrimiento de los hombres; y lo sabe exponer con más espíritu de compasión y de solidaridad; con capacidad de reconstrucción y de salvación.

c- Espiritualidad de fraternidad evangélica. Con la sensibilidad del buen samaritano que se detiene en el camino y lo da todo (el aceite, el vino, la cabalgadura, el dinero y particularmente su tiempo (ver Lc 10)). Es el sentido de fraternidad evangélica que considera la comunicación como una vocación y un servicio, como un modo de construir una nueva civilización de amor. Esto lleva al comunicador a buscar la fecundidad de la verdad y las mejores formas de comunión entre los hombres y los pueblos. Es un modo de evangelización inmediato y eficaz; la espiritualidad de la esperanza. En un momento en que el mundo se desangra por la tristeza, la angustia y la desesperanza, es urgente descubrir y exponer las razones de la esperanza que llevamos dentro (ver 1 Pe 3,5); ayudar a descubrir y sembrar motivos de esperanza aun en los momentos difíciles. "En la proximidad del tercer milenio de la Redención, Dios está preparando una gran primavera cristiana, de la que ya se vislumbra su comienzo" (RM 86). Hay que ser realistas y no ocultar los acontecimientos dolorosos y negativos, pero tampoco comunicar exclusivamente la destrucción y la violencia. Hay cosas excelentes y alentadoras que merecen ser destacadas. Está el mal en el mundo, pero también existen los santos. La esperanza va unida necesariamente a la alegría: "sean alegres en la esperanza..." (Rm 12,12) con la alegría profunda que nace del amor, de la cruz, de la oración. Alegría de la fraternidad, alegría de la construcción de un mundo nuevo, más justo, más libre, más humano; en definitiva, la alegría de Dios y de la Virgen.

d- Espiritualidad de Iglesia misterio creíble y fecundo de comunión. Más que nunca el mundo desea descubrir a Cristo en la Iglesia. En una Iglesia comunión del Pueblo de Dios, insertada misioneramente en el mundo como "sacramento universal de salvación" Más que nunca la Iglesia se presenta al mundo como unidad del Pueblo de Dios, familia de Dios, comunión de los hijos de Dios (obispos y sacerdotes, religiosos y religiosas, diáconos, seminaristas y fieles laicos). La comunicación eclesial nace de la contemplación y engendra la alegría de la comunión.

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