Deseo subrayar dos cosas: que el contenido central de la Comunicación cristiana es la Palabra de Dios y que esa Palabra tomó carne en el seno virginal de Nuestra Señora. Es una Palabra que se hizo historia, que permaneciendo siempre el Hijo de Dios "que está en el seno del Padre" (Jn 1,18), plantó su morada entre nosotros. Un buen comunicador es siempre un contemplativo y el contemplativo verdadero es un hombre profundamente encarnado. Alguien que escucha siempre a Dios y tiene capacidad para escuchar al hombre (asumiendo sus angustias y esperanzas, iluminando su dolor y dando sentido a su alegrÃa). Volveremos a tocar el tema de la contemplación como exigencia espiritual y humana de la comunicación. Para los comunicadores católicos (o cristianos), la comunicación es un anuncio explÃcito (o implÃcito) de Jesucristo que no vino a condenar, si no a salvar, que no vino a ser servido sino a servir, que vino para dar la Vida. Es preciso presentar la imagen cercana de Jesús, el Maestro y Salvador, la Luz del mundo, el médico espiritual y corporal, el que reconcilia el mundo con el Padre. Pero es también necesario presentar el rostro de Jesús en el pobre y el que sufre, en el rostro transparente de una Iglesia fraterna y creÃble. Es la Iglesia orante, fraterna y misionera, la que debe ser presentada al mundo como sacramento universal de salvación. Hablando de comunicadores de Jesucristo se está hablando de la Iglesia: desde el interior de una Iglesia comunión evangelizadora y misionera. Pero entonces nos preguntamos: ¿Cómo queremos que sea la Iglesia del Tercer Milenio? ¿Cómo nos comprometemos ante las puertas del III Milenio a construirla como obra e imagen de la Trinidad SantÃsima? ¿Cómo tiene que ser la vida de un comunicador social ahora y el testimonio de la comunidad cristiana comprometida toda ella en lo nuevo del mundo?
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