Cardenal Eduardo Pironio, I Congreso de Comunicadores Católicos
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1. La vocación del comunicador

"La vida de todo hombre es una vocación" (Pablo VI, P.P. 15).
"Aquí estoy, envíame" (Is 6,8).

Lo primero que diría para los comunicadores sociales (cualquiera sea su ubicación en la Iglesia) es la conciencia gozosa de su vocación. Han sido llamados, elegidos y exigidos, por el Señor. "Antes de nacer te había constituido profeta de las naciones...Yo pongo mis palabras en tu boca" (ver Jer 1,5-9). No es un juego fácil de pura profesión humana. Dios interviene desde el inicio, la capacitación, la formación, la animación por el Espíritu Santo en la Iglesia. Como toda vocación exige fidelidad a la llamada del Señor (a su fuerza esencial que es la santidad y la verdad), a la Iglesia (misterio de comunión misionera), al mundo en el cual estamos insertados como protagonistas de una nueva evangelización y de una auténtica civilización del amor. Toda comunicación social presupone una íntima e ininterrumpida comunicación con Dios, que es la Verdad, y con el mundo que tiene que ser construido en la verdad del hombre y de las cosas, en la justicia, la solidaridad y el amor. El punto en que se ubica el laico es siempre el que corresponde al "Christifidelis laici", es decir, incorporado plenamente en Cristo por el Bautismo y totalmente inmerso en el mundo como su espacio teológico. Llamado a la santidad, pero abierto constantemente a las realidades temporales. Toda vocación exige desprendimiento y austeridad, pero al mismo tiempo comunión y fidelidad. No es lo mío lo que comunico, sino lo que descubro contemplativamente y recibo; pero, al mismo tiempo, es lo mío (lo consubstancialmente recibido y asimilado). "Mi palabra no es mía", dice Jesús: "es la del Padre que me envió". Es importante concebir la comunicación como una vocación. Entonces la comunicación se vuelve exigente, gozosa y siempre nueva. En cierto sentido (al menos para los cristianos), esta vocación es una forma de su función profética. Una profecía que exige fidelidad y realismo, fortaleza y esperanza. Volvemos al tema de la esperanza. Este es el punto en que nos ubicamos. Juan XXIII al empezar el Concilio, nos hizo ver los distintos modos de asomarse al mundo. Ante el mismo panorama están los profetas de calamidades, que siempre anuncian lo peor, con los que no se puede estar de acuerdo. Frente a estos profetas el Papa Juan invita a reconocer los misteriosos designios de la Providencia. Hay que ser profetas de esperanza. Estos son los que de verdad han entendido que el mundo es un don de Dios y tienen puesta su mirada en un más allá que para el cristiano es fuente de esperanza. Esto no significa vivir ciegos ante los difíciles problemas del mundo, sino aproximarse a ellos con otro "punto de vista". Cuando Pablo habló en el Areópago de Atenas habló de la "última novedad" de Jesucristo, de que el mundo fue hecho por Dios y de que "nosotros somos de la raza de Dios" (ver Hech 17).

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