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S.S. Juan Pablo II, Homilía de S.S. Juan Pablo II en la Pascua de 1998, I Domingo
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El anuncio de la Resurrección nos infunde una íntima alegría y una esperanza renovada

Homilía de S.S. Juan Pablo II en el I domingo de Pascua

26 de abril de 1998

1. «Es el Señor» (Jn 21, 7). Esta exclamación del apóstol Juan pone de relieve la intensa emoción que experimentaron los discípulos al reconocer a Jesús resucitado, que se les aparecía por tercera vez a orillas del mar de Tiberíades.

Juan se hace portavoz de los sentimientos de Pedro y de los demás Apóstoles ante la presencia del Señor resucitado. Después de una larga noche de soledad y fatiga, llega el alba y su aparición cambia radicalmente todas las cosas: la luz vence a la oscuridad, el trabajo infructuoso se convierte en pesca fácil y abundante, el cansancio y la soledad se transforman en alegría y paz.

Desde entonces, esos mismos sentimientos animan a la Iglesia. Aunque a una mirada superficial pueda parecer a veces que triunfan las tinieblas del mal y la fatiga de la vida diaria, la Iglesia sabe con certeza que sobre quienes siguen a Cristo resplandece ahora la luz inextinguible de la Pascua. El gran anuncio de la Resurrección infunde en el corazón de los creyentes una íntima alegría y una esperanza renovada.

2. El libro de los Hechos de los Apóstoles, que la liturgia nos hace releer durante este tiempo pascual, describe la vitalidad misionera, llena de alegría, que animaba a la comunidad cristiana de los orígenes, aun en medio de todo tipo de dificultades y obstáculos. Esa misma vitalidad se ha prolongado a lo largo de los siglos gracias a la acción del Espíritu Santo y a la cooperación dócil y generosa de los creyentes.

Leemos hoy en la primera lectura: «Testigo de esto somos nosotros y el Espíritu Santo» (Hch 5, 32). El Espíritu Santo vivifica el compromiso apostólico de los discípulos de Cristo, sosteniéndolos en sus pruebas, iluminándolos en sus opciones y asegurando eficacia a su anuncio del misterio pascual.

3. ¡En verdad, Cristo ha resucitado! ¡Aleluya! También hoy la Iglesia sigue proponiendo el mismo anuncio gozoso. «¡En verdad, Cristo ha resucitado!»: estas palabras son un grito de alegría y una invitación a la esperanza. Si Cristo ha resucitado, observa san Pablo, nuestra fe no es vana. Si hemos muerto con Cristo, también hemos resucitado con él; por tanto, ahora debemos vivir como resucitados.

(…)

Todos tienen necesidad de esta Palabra que salva; a todos la lleva personalmente el Señor resucitado. Queridos fieles, comunicad este mensaje de esperanza a cuantos encontráis en las casas, en las escuelas, en las oficinas y en los lugares de trabajo. Acercaos, sobre todo, a los que están solos, a los que atraviesan un momento de sufrimiento y se hallan en condiciones precarias, a los enfermos y a los marginados. Proclamad a todos y a cada uno: ¡En verdad, Cristo ha resucitado!

4. De este modo, vuestra comunidad que, como muchas otras parroquias romanas, es de reciente creación y ya posee una historia densa de problemas sociales y humanos, será cada vez más un lugar de solidaridad y encuentro, de alegría y fortalecimiento espiritual. (…)

6. «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza» (Ap 5, 12).

En este tercer domingo de Pascua, hagamos nuestras las palabras de la liturgia celestial, que refiere el Apocalipsis. Mientras contemplamos la gloria del Resucitado, pidamos al Señor que conceda a vuestra comunidad un futuro más sereno y rico en esperanza.

Que el Señor ayude a cada uno a tomar mayor conciencia de su misión al servicio del Evangelio.

Amadísimos hermanos y hermanas, Cristo resucitado os dé la valentía del amor y os haga sus testigos. Os colme de su Espíritu para que, con toda la Iglesia, sostenidos por la intercesión de María, proclaméis el himno de gloria de los redimidos: «Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder» (Ap 5, 13). Amén.

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